Si hay algo evidente en nuestro mundo

es el desconcierto de un alto número

de padres cuyos hijos oscilan entre los catorce

y los veinte años. Son padres que no entienden

nada de lo que ocurre a su alrededor,

que miran a sus hijos y se preguntan

de dónde han sacado la mentalidad que tienen,

quién les enseñó las maneras con que se compartan.

Ese es el caso de una señora animosa que escribe en una revista, y que a las tres y cuarto de la mañana, mientras espera escuchar el motor de la moto de su hijo, que aún no ha regresado a dormir, cuenta sus esfuerzos por dejar a sus hijos un buen recuerdo y un buen ejemplo" y sus miedos de no conseguirlo, porque -dice- “a la gente joven les interesan muy pocas cosas que no sean sus caprichos y su egoísmo". Y comienza una dramática descripción:

“En lo religioso, no les interesa rezar. Mis hijos mayores ya no van nunca a misa: es un rollo. Empiezan a decir que si el Papa, que si tal cura es así o asá, que si la Iglesia no se ha modernizado y que si patatín y patatán. Yo, a mi manera les hablo de Jesús, pero no les convenzo: yo no tengo estudios y ellos sí, y por eso me pueden. Y luego está la moral: la mayoría de los jóvenes hacen el amor con su pareja, lo ven normal, dicen que es la biología y que es la Iglesia la que se equivoca al no permitirlo. Y me pregunto: ¿qué tenemos que hacer los padres?

Yo no lo que está pasando. De nosotros lo único que quieren es la paga semanal, aunque no se hagan ni la cama. Hablan lo menos posible con sus padres, se duchan a diario y quieren ropa bien limpia, llegan a casa tardísimo. Y que les presten el coche, que les dejes dormir toda la mañana, que la comida esté bien y que no te metas con ellos. Si te hacen un recado te lo cobran en pesetas.

Mi marido trabaja en dos sitios para que ellos tengan lo necesario, y ellos se quedan tan panchos con los pies encima de la mesa viendo la birria de la tele que les tiene alucinados y repitiendo curso, porque los libros, los profesores, los curas, los padres, la vida, todo es un coñazo.

Y concluye: “Cuando oiga la moto de mi hijo que llega, me acostaré y lo haré sin decirle nada. Y mañana me levantaré pronto y empezaré otro día más. De todas formas le pido a Dios que me ayude a ser una madre cada día mejor".

¿Qué decir de este “retrato" de los adolescentes de hoy? Por de pronto que aplicarlo a “todos" sería una enorme injusticia. Y, después, que no reconocer que refleja a porcentajes bastante altos de ellos sería una ingenuidad. Desgraciadamente son muchos los que, con más o menos detalles, encajan en ese “tipo" de adolescentes. O, al menos, así les ven sus padres, que en grandes proporciones sienten ese desconcierto, ese no saber por dónde salir.

¿De qué proviene todo esto? Como siempre de un largo complejo de factores. Resumiendo mucho diría que hemos educado a los jóvenes, al mismo tiempo, en una gran comodidad y en una gran falta de esperanzas personales. Muchos educaron a sus hijos en un afán de tenerlo todo, de no sacrificarse por nada, que todo les fuera resuelto sin responsabilidades personales, con una visión de la libertad que consistía en que se hiciera en todo su capricho (y ésto desde muy niños) y, luego, se quejan de que esos mimados resulten egoístas. Pero, al mismo tiempo, les hemos situado en un mundo en el que muchas puertas permanecen cerradas: han de estudiar carreras que tal vez no eligen; ven cómo los mayores a ellos vagan después de haber acabado sus estudios en busca de trabajo; viven en una sociedad que magnifica la trampa, la mentira y el juego sucio. Y todo les incita a la postura cómoda: disfruta del presente, porque, te esfuerces o no, el futuro será igual de oscuro.

¿Y qué decir a esos padres desconcertados?

Que examinen un poquito sus conciencias para averiguar si empezaron ellos educándoles en ese aplatanamiento. Pero que, luego, no se detengan a inculparse tontamente, que hagan lo que la madre de la carta: que se acuesten pensando que mañana van a seguir trabajando, a seguir queriendo a sus hijos, con la seguridad de que del amor siempre sale algo, siempre queda algo. Pero que no tengan miedo de cantarles las cuarenta siempre que sea necesario, sin látigos, pero también sin complejos. Porque, cuando uno empieza por decir "no hay nada que hacer", entonces es cuando efectivamente no hay nada que hacer.

Cuadro de texto: Padres desconcertados
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