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EL CREDO DE NUESTRA FE
Se puede creer o no creer, pero no creer dormidos. Me gustaría que ustedes, amigos míos, se aprendiesen esta frase. Porque probablemente el gran drama de la fe en nuestro siglo no son los que la han perdido, sino todos aquellos que dicen que tienen fe, pero no saben en realidad qué es lo que tienen, y viven, de hecho, como si no la tuvieran. Incluso son muchos los cristianos que cada domingo recitan en las iglesias el Credo, pero lo hacen como cuando de niños recitábamos la lista de los reyes godos o la de los ríos de España. Repasemos juntos las palabras del Credo, para preguntarnos cómo han llegado hasta nosotros, qué significan realmente y, sobre todo, a qué nos comprometen. Subrayo esto último porque quizá el mayor de los disparates que puedan decirse es ése tan corriente ahora de los que proclaman como algo normal y casi como un orgullo que ellos creen, pero no practican, que es algo así como decir «yo vivo pero no respiro» o «yo veo, pero tengo siempre cerrados los ojos». También están, claro, los que dicen que ellos «creen y practican» queriendo únicamente decir que ellos «van a misa». Pero sin descubrir que «practicar la fe» es más, mucho más que ir a las iglesias media hora los domingos. Efectivamente, amigos, creer no es, ni puede ser, saberse de carretilla una serie de fórmulas de fe y seguir viviendo como si esas fórmulas no significasen nada. La fe no es una cosa que se acepta, sino un estilo de vida que se vive. Los creyentes no son los que aceptan teóricamente veinticinco dogmas, sino los que viven en consonancia con esos dogmas que dicen creer. La fe no es algo que se tiene, como se tiene un reloj en la pulsera o un televisor en el salón de la casa. La fe es algo que se es. Y por eso no deberíamos, en realidad, decir yo «tengo fe» -como podríamos decir: yo tengo un traje gris-, sino decir: yo soy creyente, como decimos, yo soy hombre, o yo soy hijo de mis padres, algo tan sustancial con nosotros mismos que no podríamos perder sin dejar de ser lo que somos. La fe, lógicamente, tiene que tener consecuencias. Debe ser una determinada manera de ver el mundo, una determinada manera de vivir, de pensar, de amar. Decimos cada domingo: «Creo que Dios es mi Padre». ¿A qué me obliga creer en esto? ¿Qué consecuencias tiene para mi vida y para mis relaciones con los que me rodean? Cada domingo decimos: «Creo en Jesucristo, creo en el Espíritu Santo, creo en la Iglesia, creo en la resurrección de la carne». ¿A qué me conduce creer en estas cosas? ¿En qué se diferencia mi vida, creyéndolas, de la vida de quienes no las creen o no las toman en serio? Porque no podemos creer que la fe es una herencia que hemos recibido y que bastante hacemos con conservarla limpita en el cajón. La fe nos ha sido transmitida por las generaciones anteriores, pero no como una perla fría que podamos conservar avaramente entre algodones, sino como una fruta que debe seguir madurando en nuestras manos y que podría pudrírsenos o marchistarse si no seguimos dándole nueva savia cada día.
CREO EN DIOS
San Agustín, que tenía el arte de decir las cosas sin rodeos, escribió una vez que el hombre se mide por aquello en lo que cree y aquello que ama. Decía: ¿Crees en la tierra y amas a la tierra? Entonces tú eres tierra. ¿Crees en Dios y amas a Dios? Entonces, no tengas miedo a decirlo: Tú eres Dios, tú eres hijo de Dios. ¿En qué creemos verdaderamente? ¿Cuál es el centro de nuestras vidas? Porque todos creemos en algo: en la felicidad, en el dinero, en la amistad, en el triunfo, en el poder... o en Alguien más grande que nosotros. Y conviene que cada uno de nosotros conteste, sin tratar de engañarse a sí mismo, en qué cree verdaderamente. Porque no tendría gracia que nos creyéramos cristianos y fuéramos realmente adoradores del becerro de oro o idólatras de nosotros mismos.. Recuerdo que, hace muchos años, una mujer que se confesaba conmigo me dio una de las mejores lecciones que me han dado en mi vida. Era una mujer desconocida para mí, una mujer sencilla por su vestido y su modo de hablar. Y comenzó su confesión con esta frase: Padre, me acuso de pensamientos inútiles. Yo no entendí muy bien y le pregunté: Pero... ¿pensamientos... malos? Me respondió: No, no, pensamientos inútiles. Quiero decir que hay algunos momentos en que me olvido de pensar en Dios. Por un momento me pareció que se trataría de una beata. Pero pronto me di cuenta de que no, de que el mayor pecado del que aquella mujer se confesaba era que, aunque procuraba vivir permanentemente en la presencia de Dios, había horas, minutos, en los que su pensamiento se escapaba a las cosas de este mundo y no pensaba o no se acordaba de Dios durante pequeños ratos. Recuerdo que aquella frase me dio a mí que pensar horas y horas. Y me decía a mí mismo: si los creyentes creyéramos verdaderamente en Dios Él ocuparía todo nuestro pensamiento. ¿No ocurre así con los que realmente aman en serio alguna cosa o persona? Pensaba yo: un muchacho que está enamorado de una chica, enamorado de veras, no se la saca ni un minuto de la cabeza. Va por la calle y va pensando en ella. Vea otra chica con un jersey bonito y piensa: ¿Cómo le sentaría a mi novia? Pasa ante una cafetería que le resulta agradable y piensa: Mañana vendré con ella a tomar café aquí. Vela cartelera de una película y piensa: ¿Le gustará a ella? Y lo que ocurre con este muchacho enamorado ocurre en muchos otros campos. Un parado piensa a todas horas en su problema, en la posibilidad de encontrar un trabajo. Un escritor vive obsesionado por la obra que está escribiendo. Un negociante no aleja de su cabeza un momento los negocios que tiene entre manos. Y, lógicamente, todos ellos no sólo piensan en lo que aman, sino que viven en consecuencia. El enamorado no sólo piensa en su novia, sino que la llama, necesita su compañía, deja todo por estar con ella. Y el parado lee cada día los periódicos en busca de una ocupación, pregunta a todos sus amigos si tienen alguna oportunidad. Y lo mismo le ocurre al escritor o al negociante. ¿Y nosotros que... decimos creer en Dios? ¿Es Él, realmente, el centro de nuestro pensamiento o, más bien, somos gente que vive y piensa como los demás, sólo que algún rato -tal vez los domingos por la mañana-lo dedicamos a Dios? ¿y podemos decir que vivimos obsesionados por Él, luchando por su reino, teniendo su persona como norma y orientación de toda nuestra existencia? ¿Somos realmente creyentes o sólo paganos bautizados? La fe en Dios no puede ser una verdad que se acepta como aceptamos que dos y dos son cuatro o que Napoleón fue derrotado en Waterloo. Si mañana nos demostrasen que dos y dos son cinco, nuestras vidas seguirían siendo exactamente igual que son. Pero para un verdadero creyente la pérdida de la fe sería el derrumbamiento de todo su universo, todo cambiaría, su vida, sus modos de pensar y de vivir, los pivotes sobre los que se asienta su alma. Eso es creer en Dios, amigos míos: una forma distinta de vivir, un amor que nos llena el corazón y las horas, una meta hacia la que incesantemente caminamos. Dejadme que os repita la clásica frase de San Agustín. No seremos verdaderamente creyentes hasta que no podamos decir de veras, de veras, aquello de: «Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti».
NO SE PUEDE AMAR A DIOS SIN CONOCERLO
Para mí es una de las mayores preocupaciones en este momento de la fe en España: me parece que la lacra número uno de los seglares españoles es su corto, su cortísimo, interés por su formación religiosa. En este país seguimos pensando que basta con la buena voluntad, que uno puede creer en Dios sin molestarse en conocerle, que ya tenemos bastante con lo que medio aprendimos en nuestro catecismo de niños. ¿El resultado? El resultado es que tenemos una fe anémica y sin fundamento. Yo me pregunto a veces: ¿Cuántos creyentes, creyentes de veras, hay en España? Bautizados, me respondo, treinta y tantos millones. Que asistan a misa los domingos, nueve millones. ¿y estos nueve millones de personas qué hacen para formar su fe? Si uno se acerca a las librerías españolas, apenas encuentra libros de tema religioso. E incluso en las librerías especializadas en lo católico los libros que se venden son más bien pocos. Echando por lo alto no se llegará al medio millón de ejemplares al año. Eso quiere decir que sólo uno de cada veinte españoles que van a misa todos los domingos compra un libro religioso al año. y se me dirá: Es que en España se lee poco; es que los libros están muy caros; es que la gente no tiene tiempo para leer. y las tres cosas son verdad y son mentira. Es cierto que en España se lee poco, pero también lo es que la cifra de lectores está creciendo, que las colecciones baratas en los kioscos se venden aceptablemente, que hay ya libros que alcanzan cifras de venta respetables. Pero en ningún caso se trata de libros de tema religioso. Y no hay en los kioscos ni una sola colección barata de libros religiosos por la simple razón de que todos los intentos que se hicieron de colecciones religiosas de libros baratos de bolsillo fracasaron por su escasa venta. Con lo que resulta que los libros religiosos son caros porque se venden poco y se venden poco porque son caros, con lo que nunca saldremos de ese círculo vicioso. Y en cuanto a lo de que no hay tiempo para leer les diré que cuando yo empecé a hablar de este tema hace ya treinta años, todo el mundo me decía lo mismo: No tengo un minuto, no tengo un minuto libre. Luego llegó la televisión y todas esas personas que no tenían un minuto libre encontraron tres horas diarias -que es la media que los españoles dedican a la televisión- para ver seriales y películas. La verdad es que los hombres encontramos siempre tiempo para aquello que amamos. Y deberíamos ser al menos honestos y confesamos que no amamos a Dios lo suficiente como para invertir en conocerle un poco de tiempo y un poco de dinero. Porque éste es el fondo del problema: si Dios fuera el centro de nuestra vida, buscaríamos de donde fuera la manera de saber más de Él, de conocer, sobre todo, su palabra. ¿Cómo puede entenderse un cristiano que dice y cree que la Biblia es la Palabra de Dios y que prácticamente jamás se asoma a ella? Demostraría querer a su madre alguien que, al recibir cartas suyas, las dejara sobre la mesilla sin leerlas? Si alguien encontrara en un viejo desván un diario de su madre muerta y ni se molestara en leerlo ¿sería un hijo amante? Digámoslo sin rodeos: no se puede amar a Dios sin conocerlo. Y no se puede conocer a Dios sin dedicar un poco de tiempo a informarse, pensar y conocer sobre Él. Sí, no tendremos nunca seglares despiertos mientras no tengamos seglares medianamente cultos en lo religioso. Y mal se pueden dedicar los seglares a proclamar sus derechos en la Iglesia si antes no cumplen con sus obligaciones de conocer a fondo su propia fe.
NECESITAMOS FORMARNOS EN LA FE
Todos los diagnósticos que se hacen sobre la fe de los españoles coinciden en una comprobación: la fe en España está viva, lo que no es, es profunda, no está formada. Y es que aquí hemos creído siempre más en la tradición que en el esfuerzo y el estudio. Parece que bastaría con que las madres enseñaran a los niños las primeras oraciones y luego confiamos todo a lo que los curas nos enseñen en las homilías de los domingos. Pero no se puede amar ni vivir lo que sólo a medias se conoce. Y así nos encontramos con que muchísimos católicos españoles, que están llenos de buena voluntad, que son buenas personas, apenas conocen nada de la fe que dicen practicar. Difícilmente sabrían explicar el sentido de los sacramentos. Han oído hablar mucho de Cristo, pero apenas han leído y estudiado en serio los evangelios. Y esto pasa sobre todo con las personas mayores. Muchos te dicen que la catequesis está bien para los niños, pero que ellos ya poco o nada tienen que aprender. Y hay muchos adultos que lo único que saben de su fe es lo que medio-recuerdan de cuando eran niños. Pero eso es como si un adulto quisiera seguir vistiéndose los vestidos que usó de niño o intentara seguir durmiendo en la cuna que tuvo de pequeñín. Los vestidos se rasgarían y la cuna quedaría destrozada bajo su peso de adulto. Pero la fe no es una cosa que se tiene de una vez para siempre, es algo que debe crecer. Y para crecer debe alimentarse. Cuántas veces muchos se lamentan de que de mayores han perdido la fe! Y se creen que la fe se pierde como se pierde un llavero. La fe sólo se pierde cuando no se cultiva, cuando no se ahonda y alimenta. Por eso me gustaría animarles a esas mil formas de cultivo de la fe, sin olvidarse del estudio para conocerla cada día mejor. Por favor, lean ustedes los evangelios. Lean libros de tema religioso, que no son tan aburridos. Y si un día se detienen ante uno de esos cartelones de su parroquia que ofrecen formas de cultivo de esa fe, no piensen que sólo es cosa de chavales. Recuerden que la fe crece por el camino de la inteligencia y del estudio.
CONOCER LA FE, PARA VIVIRLA MEJOR
Una de las frases que más me han impresionado en toda mi vida es aquélla con la que Fernando Pessoa empieza uno de sus libros: «He nacido en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por que”. La afirmación me parecía terrible y, en buena parte, terriblemente verdadera. Porque cuando yo contemplaba a jóvenes compañeros que decían que habían perdido la fe y les preguntaba por qué había ocurrido eso, comprobaba siempre que o no sabían por qué la habían perdido o me daban razones fútiles para perderla. Y yo comprobaba siempre que, en realidad, no es que hubieran perdido la fe, sino que nunca la habían tenido en serio, nunca habían luchado por ella y, si la tuvieron, tenía raíces tan débiles que cualquier viento podía abatirla. Y es que, efectivamente, yo comprobaba que, entre nosotros, son muchísimos los que consideran que, como la fe es un regalo de Dios, lo único que hay que hacer es aceptarla, pero que no hace falta cultivarla, ni ahondarla, ni alimentarla. Y así sucede que muchos españoles viven con una fe anémica, sin formar, que se mantiene por pura gracia de Dios, pero sin que el interesado haga por ella el menor esfuerzo. Esto es especialmente visible en el terreno intelectual. Si preguntamos a los católicos españoles cuántos esfuerzos han hecho por profundizar su fe después de que salieron del catecismo o de la escuela, nos confesarán que ninguno, que bastante hacen con soportar las homilías de los curas, pero que ellos ni por equivocación han dedicado unas cuantas horas a leer un libro sobre temas religiosos o a estudiar un poco las verdades de la fe. Y así el español medio llega a ser un adulto que se mantiene con una fe de niño. Incluso, con frecuencia, entre los católicos se le tiene como miedo a la inteligencia. Muchos dicen que hay que creer y no pensar, que cuando uno estudia o lee es cuando le vienen los problemas de fe. Y hasta nos refugiamos en una crítica ingenua a los teólogos como si fueran los enemigos de la Iglesia. Y es claro que antes que la ciencia con orgullo sería preferible la ignorancia con amor, pero ¿por qué no conseguir la ciencia con amor? Hoy, por fortuna, son cada vez más los cristianos que empiezan a descubrir la necesidad de conocer y de estudiar su fe para mejor vivirla. Incluso son muchos los seglares que están dándose cuenta de que la teología no es algo exclusivo para curas, sino algo abierto a todos. Y se están abriendo en todas partes cursos de teología, escuelas bíblicas, catequesis de adultos, que llegan hoya una minoría, pero a una minoría creciente.
CREO EN DIOS PADRE
De todas las cosas que decimos en la misa de cada domingo quizá la más hermosa, la más entusiasmante, es esa que formulamos en el comienzo del Credo: Creo en Dios Padre, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible. Un texto en el que cada una de las palabras es como un tesoro sagrado. Empezamos por decir que Dios es nuestro creador, no sólo que fue nuestro creador. Porque con frecuencia pensamos que hace muchos miles de miles de años Dios lanzó a rodar por el vacío del universo su creación, como si luego hubiera podido olvidarse de ello, como un relojero que hace un precioso reloj y luego puede ya olvidarse de él, confiado en que otros le seguirán dando cuerda año tras año. Por fortuna Dios es creador, sigue unido a su obra, sigue alimentándola, manteniéndola con su providencia, con su amor, comprometido todavía hoy en esta gran aventura del mundo y del hombre. Ayudado por el hombre, a quien encargó continuar su obra, pero sin dejamos nunca de la mano, unido como sigue a nosotros. Así lo prometió a través de los profetas. «¿Puede -dice Isaías- una madre olvidar el fruto de sus entrañas? Pues aunque una madre pudiera, yo nunca me olvidaré de vosotros». Y así es como podía asegurar San Pablo que «en Dios nos movemos, existimos y somos», sin que Él jamás se aleje de nuestro lado, sino estando, como decía San Agustín, más cerca de nosotros que nuestra propia alma. Pero más hermosa es aún la otra palabra: Creo en Dios Padre. Ésta es una palabra como para volvemos locos de alegría. Porque proclama que, según nuestra fe, Dios no ha hecho al hombre como el carpintero ha hecho una mesa que, una vez concluida, ya tiene existencia, desprendida y separada de su constructor. Dios, en realidad, no nos hizo, sino que nos engendró, nos sigue engendrando. En cada niño que nace se prolonga su creación. El Génesis no ha terminado. Dios creador sigue presente en cada casa en que nace un niño, en cada una de nuestras respiraciones. Éste fue el gran descubrimiento que Cristo nos hizo. Sin las palabras de Jesús no lo habríamos ni sospechado. Y en verdad que toda la encarnación de Jesús adquiere su sentido en esa revelación. Aunque Cristo no hubiera dicho nada más que eso en toda su existencia, ya bastaría ese descubrimiento para llenar su vida y entusiasmar la nuestra. Pero ésa no es una afirmación teórica: si somos hijos de Dios, tenemos que vivir como tales. La vida vulgar de un hombre sería un gran fracaso. Pero la vida vacía de un hijo de Dios sería una catrástrofe que volvería inútil la misma acción crea- dora de Dios. ¡Qué maravilla ser hijos de Dios! ¡Qué tremenda responsabilidad el serlo! Pero aún hay otra consecuencia más llamativa: si todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos, literalmente hermanos. ¿Cómo podríamos, entonces, odiamos, destruimos, oprimimos, despreciamos? Cada hombre que sufre, sufre un hermano nuestro. Cada hombre que muere, se mutila una parte de nuestra familia. Creo en Dios Padre, todopoderoso. Deberíamos temblar al decir estas palabras. Porque si son verdad, ser hombre es una maravilla. Pero también, si son verdad, nuestro mundo está rematadamente loco, puesto que en él no impera el amor. En realidad sólo con que quienes las decimos creyéramos de verdad en ellas, bastarían esas palabras para cambiar el mundo, para volverlo realmente habitable. ¿No creen ustedes, amigos míos, que valdría la pena intentar creer, creer en serio, eso que decimos?
FALSA FE EN FALSOS DIOSES
La fe es -o debería ser- el centro de nuestra vida, la que está en la última raíz de nuestro cristianismo. Porque, antes que cristianos, somos creyentes, personas que proclaman que su fe es más grande que su vida, que hay algo y Alguien más allá, alguien de quien dependemos, en quien somos y a quien amamos. Durante muchos siglos esta fue la creencia común de la humanidad. Existían casos de ateísmo, pero éstos eran excepcionales. Hoy es un hecho histórico la difusión de un ateísmo que, en algunas naciones, se ha convertido hasta en una especie de religión de Estado. Pero más extendido que el fenómeno del ateísmo está el de la idolatría. Ya cuando Moisés descendió del Sinaí de recibir las tablas de la ley se encontró con que su pueblo había comenzado a adorar el becerro de oro. Y hoy el mundo está lleno de becerros de oro que los hombres adoran: el dinero, el éxito, el poder político, los deportes, la ciencia, la carne, son diversos tipos de ídolos que los hombres modernos adoran y ponen por delante de Dios. Pero incluso entre la gente que se dice religiosa hay pequeñas idolatrías: todas esas formas supersticiosas que con frecuencia suplen a la verdadera religión. Hay regiones del mundo en las que se viven formas pseudorreligiosas, como es el caso de los cultos vudú, que son simples supersticiones que cultivan el terror a Dios, los miedos ancestrales, las partes más bajas de la condición humana. Pero, sin irnos tan lejos, también entre los cristianos se cultivan formas falsas de supersticiones. Muchas de ellas son simples tonterías, pero pueden difundir una idea de Dios que poco tiene que ver con el de la revelación. ¿Cómo no recordar a quienes toman en serio el número 13 y tiemblan si han de sentarse en una mesa con trece comensales? ¿O quienes se asustan ante la sal derramada en la mesa? ¿O quienes creen que les ocurrirá una desgracia si se les rompe un espejo, o se pone un sombrero sobre una cama, o dejan los zapatos unidos por los talones? ¿Qué decir de los que tiemblan al pasar bajo una escalera, o se imaginan todo tipo de desgracias si se les cruza un gato negro? ¿O de quienes creen que les tocará la lotería si compran un capicúa, o tocan madera para evitar a los gafes, o llenan sus coches de rabos de conejos, cuernos o colmillos de todo tipo de bichos? Y no hablemos de quienes creen en las echadoras de naipes, o de quienes hacen circular esas cartas en cadena a las que atribuyen unas bendiciones de Dios o de algún santo haciendo un determinado número de copias que hay que enviar a los amigos, o de quienes creen infalibles o atribuyen valores especiales a ciertas oraciones publicadas en los periódicos. Al margen de todas estas desviaciones, la fe en Dios es una constante de la historia universal. Los textos del Concilio Vaticano II recuerdan esta búsqueda de Dios que se ha realizado en todas las grandes religiones de la humanidad. Dice así el Concilio: « y a desde la antigüedad, y hasta nuestros días, se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Así en el hinduismo, los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos, buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el budismo se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres pueden adquirir la suprema iluminación apoyados en un auxilio superior. Por eso la Iglesia no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de bueno y de santo, ya que, en definitiva, son auténticas aproximaciones al Dios único y verdadero.»
Pero el gran salto se da con la revelación del mismo Dios al pueblo judío. «La Iglesia -dice el texto conciliar- no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la antigua alianza». Por fortuna Dios ha hablado de Dios. Él ha querido explicarnos su verdad a lo largo de toda esa carta a la humanidad que es la Biblia. Pero la gran revelación, la revelación completa, nos llega por Jesús. Él nos explicará el misterio escondido del corazón de Dios, su condición de Padre de todos nosotros. Ése es el centro de nuestra fe, el Dios que hemos conocido en Jesucristo.
PADRE: LA PALABRA MÁS SAGRADA (Ante la cuna de un niño recién nacido)
En el redondo mundo en que vivimos hay un centro. y ese centro es la cuna donde este niño nace. Por esta inerme criatura se crearon los cielos. Por esta pobre carne desvalida y pequeña separó Dios un día la tierra de los mares. Para que fueran vistos por sus ojos chiquitos se crearon el sol y las estrellas. Para que en su mirada creciera la sonrisa se llenaron de flores los campos de este mundo. Y para que jugaran sus diminutas manos la piel del mundo todo se pobló del latido de tiernos animales. Es el rey. Es el rey. Todo nació por él y para él. Los seis días creadores del mundo, la omnipotente fuerza del Dios omnipotente, trabajaron para este cuerpecillo de lágrimas y goma. ¿Pero de dónde viene la fuerza de estos huesos? ¿Qué vuelve tan sagrada esta historia naciente? ¿Por qué su respirar -tan débil y apagado- es, en definitiva, el respirar del mundo? Miradle bien, miradle. No es el fruto del arte de las generaciones. Su cabeza es la cúpula que jamás consiguieron construir los artistas.
Sus manos las imitan las hojas de los árboles que cada primavera se confiesan vencidos. Su sonrisa quisieran aprenderla los ríos, pero en viente siglos no lograron copiarla. Él no vino por largos caminos de ciencia, de ingeniería genética. Es hijo del amor. Un hombre puso un día la fuerza creadora de la santa semilla y aportó una mujer esa tierra gloriosa donde el grano florece. Durante nueve meses el gran sol del amor alimentó su vida, fue creando los ríos de sus venas de sangre, construyó las columnas de sus piernas, convirtió la materia de sus ojos en luz. Estuvo ahí, oculto, germinando en el seno de esta tierra fecunda, esperando, esperando, rodeado de amor antes de que naciera, rey del universo, hijo del hombre y la mujer, hijo de Dios también. Ahora que ha nacido, ahora que aún no sabe pronunciar la palabra más sagrada de todas las que existen: Padre, Padre, proclamamos nosotros esa triple grandeza: ser hijo, tener padre, tener por Padre a Dios. Porque Tú, que creaste el sol y las estrellas, hiciste mucho más por este niño: lo engendraste salió de ti, a imagen y semejanza tuya, como mucho más obra de tu amor que de tus manos. Así nos lo enseñó tu Hijo primogénito en la más soberana de sus revelaciones: vosotros no sois «fruto» de Dios, sois hijos suyos. No sois tan sólo «obra» de sus manos, sois los hijos queridos de su amor. No os limitéis por eso a llamarle tan sólo Señor Omnipotente, llamadle por su nombre: Padre nuestro. Atreveos a ello, aunque os parezca demasiado grande. Abrid sin miedo el corazón. Llamadle lo que es: Padre, padre.
CREO EN JESUCRISTO
Con este artículo llegamos al mismo centro del Credo, a lo que es el eje de la vida de los cristianos. Porque en la fe en Dios, creador del universo, coincidimos con muchos otros creyentes de otras religiones. Pero es la fe en Jesús de Nazaret la que nos hace y nos constituye propiamente cristianos. Y no hablemos sólo del respeto, de la estima a Jesús. Hoy, por fortuna, incluso los ateos se quitan el sombrero ante la talla moral y personal de Jesús de Nazaret. Nadie en el mundo ignora hoy que este Jesús es una de las claves de la historia del mundo y el orgullo de la humanidad. Pero los cristianos nos atrevemos a ir más allá: no sólo respetamos y veneramos a Jesús, sino que le creemos nuestro Dios en persona, el salvador del género humano, el Dios que bajó de los cielos para estar cerca y en medio de nosotros. Algo que puede parecer locura, pero que es tan entusiasmante que hace que nuestros ojos brillen cuando, al recitar el Credo, decimos: Creo en Jesucristo, hijo único de Dios que, por nosotros los hombres, bajó del cielo y se hizo hombre. y vosotros, ¿quién decís que soy YO? Hace dos mil años un hombre formuló esta pregunta a un grupo de amigos. Y la historia aún no ha terminado de responderla. El que hacía la pregunta era simplemente un aldeano que hablaba a un grupo de pescadores. Nada hacía sospechar que se tratara de alguien importante. Vestía pobremente y los que le rodeaban eran gentes sin cultura, sin lo que el mundo llama «cultura». No poseían títulos ni apoyos. No tenían dinero ni posibilidades de adquirirlo. No contaban con armas ni con poder alguno. Eran todos jóvenes e inexpertos. Dos de ellos morirían antes de dos años con la más violenta de las muertes. Y todos los demás acabarían muriendo en cruz o bajo la espada. Eran, ya desde el principio y lo serían siempre, odiados por los poderosos. Pero tampoco los pobres acababan de entender lo que aquel hombre y sus amigos predicaban. Era, efectivamente, un incomprendido. Los violentos le encontraban débil y manso. Los custodios del orden, por el contrario, le juzgaban revolucionario y peligroso. Los cultos lo despreciaban y a la vez lo temían. Los poderosos se reían de su locura. Los ministros oficiales de la religión lo veían como un blasfemo y enemigo del cielo. Y es cierto que muchos le seguían cuando predicaba por los caminos, pero a la hora de la verdad todos, salvo tres o cuatro amigos, le abandonarían. La tarde de aquel viernes, cuando la losa de un sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie habría dado un céntimo por su memoria. Segura- mente sólo su madre le recordaría y su nombre se perdería en el polvo del olvido. Y... sin embargo, la historia, dos mil años después, sigue girando en tomo a aquel nombre. Los historiadores -incluso sus enemigos- siguen diciendo que tales o cuales hechos ocurrieron mil o dos mil años después de su nacimiento. Media humanidad, cuando se le pregunta por sus creencias, sigue usando su nombre para denominarse como cristiana. Dos mil años después de su muerte, se escriben cada año más de mil volúmenes sobre su persona. La mitad al menos del arte que se ha producido en los últimos siglos ha servido para contar su vida y su muerte. Y, cada año, decenas de miles de personas lo dejan todo para anunciar su nombre en todos los rincones del mundo. ¿Quién era, quién fue, quién es este hombre cuyo nombre cruza, como una espada ardiente, los caminos del tiempo y del espacio? En verdad que quien no haya contestado aún con claridad esta pregunta puede estar seguro de que no ha nacido como hombre. Porque, además, este Jesús exigía respuestas absolutas. Uno puede creer o no creer en Napoleón o en Carlos V, pero su vida sigue siendo la misma si cree o si no cree en ellos. Pero Jesús se presenta tajantemente como «el camino, la verdad y la vida»y decía, sin rodeos, que el que cree en Él salva su vida y el que lo ignora, la pierde. Creer en Jesús no es una curiosidad más. Es algo que condiciona una vida, que supone vivir de una manera o de otra. Un escritor árabe decía que «aquél cuya enfermedad se llama Jesús, ya no podrá sanar jamás». El amar a Jesús, el amarle en serio, es como una droga bendita que no se puede dejar ya nunca, y que obliga al esfuerzo diario para acercarse a El y vivir para Él y como Él. La fe en Cristo no es una insignia que se lleva en la solapa. Si alguien cree en Él y sigue viviendo como antes de conocerle, es simplemente que nunca ha creído en Él. Por eso quisiera plantearles a todos ustedes una tremenda pregunta: ¿Ustedes creen, creen de veras en Cristo? ¿Saben, cuando recitan el Credo, a qué se comprometen? Déjenme recordarles que ésta es una pregunta que todo hombre debe plantearse alguna vez en su vida. Imagínense que no soy yo quien lo digo. Sino que es Él, Él en persona, quien le mira a usted a los ojos y le pregunta: ¿ y tú, tú, quién dices que soy yo?
CREER EN CRISTO, LA MÁS GRANDE AVENTURA
Hay una canción del «Jesucristo Superstar» en la que los actores claman a un Cristo que vino hace dos mil años y le preguntan por qué no vuelve hoy que tanto le necesitamos. Y esta oración de la ópera rock parece ser la de muchos cristianos que piensan que Cristo es un personaje que existió, pero que ahora nos ha abandonado en la soledad de la tierra. Pero, por fortuna, Cristo es mucho más que un personaje que aparece en una página de la historia y desaparece para siempre. Cristo no se limitó a nacer y morir. Hizo con su nacimiento y su muerte una obra redentora que aún no ha concluido. Y Cristo sigue estando entre nosotros y seguirá estándolo hasta el fin de los siglos. Nosotros no creemos que Jesús fue nuestro redentor. Creemos que está redimiéndonos, viviendo entre nosotros a través de la Iglesia, de nuestros hermanos, de sus muchas formas de presencia. Creemos, literamente, en un Cristo vivo. ¿Qué significa realmente para nosotros creer en Cristo? Y la primera respuesta es que, por de pronto, esta fe no es algo teórico. No decimos «yo creo en Cristo», como decimos «creo que dos y dos son cuatro», una verdad que para nada cambia mi vida. Tampoco lo decimos como algo que esperamos y deseamos, pero que en definitiva no resultará decisivo para nosotros. Así como cuando decimos: creo que me van a ascender en la oficina, creo que me tocará la lotería. Lo deseamos mucho. Nuestra vida mejoraría si eso sucediera. Pero, en definitiva, no es algo que dependa- de nosotros. Al decir «yo creo en Cristo», en realidad estamos diciendo mucho más. Primero, yo apuesto por Cristo. Segundo, yo me comprometo con Él. Tercero, este compromiso con Él me obliga a un determinado modo de vivir. Cuarto, yo, con este modo de vivir, puedo conseguir que haya más Cristo en este mundo. Dejadme que comente unos segundos esta cuádruple apuesta. En primer lugar, la fe en Cristo es, por parte de Dios, una gracia, por parte del hombre, una apuesta. Dios, que plantó en el mundo la figura de Jesús, la ha plantado también en nuestras almas. Y nosotros podemos apostar o no apostar por Él, entrar o no entrar en su Reino. Es un enorme regalo, pero a nadie se le obliga a aceptarlo. Está ahí, enriquecerá a los que lo acepten, pero a nadie se obligará a ello. Pero el que lo reciba tendrá que apostar por su persona, que firmar con él un compromiso. Y un compromiso que obliga a un determinado modo de vivir. Porque Jesús no vino a decirnos cosas bonitas. Vino a trazar un camino, un estilo de vida. Y ser cristiano no es sólo estar en la lista de sus seguidores, sino estar constantemente intentando vivir como Él y con Él. Participando de su vida y de su estilo de vivir. Y éste, amigos míos, es el gran problema. Es fácil decir: Yo creo en Cristo. Pero no es tan sencillo atreverse a seguir1e, vivir como Él, pensar como Él. ¡Por eso hay en realidad tan pocos cristianos! Porque los más olvidan que la fe en Cristo es algo que se aprende todos los días y se practica todos los días. Pero es que, además, la fe en Cristo no es imitar hoya alguien que vivió hace dos mil años. Creer en Cristo es creer que Él vive y vive entre nosotros. Que vive en su palabra, en su Eucaristía, en la comunidad, en cada uno de nuestros hermanos. Por eso tampoco se puede creer en Cristo en el egoísmo de nuestro propio corazón. Los cristianos creemos en Cristo «juntos», conviviendo con Él y entre nosotros, sabiendo que nosotros seguimos siendo parte de su cuerpo místico y de su obra. Por eso, para creer en Cristo, hay que comprometerse hoy en las mismas causas por las que Él se comprometió: luchando por conseguir que el mundo sea una familia de hermanos donde nadie sea aplastado por nadie; creyendo de veras con palabras y obras en la paz, en la verdad, en el amor. Y creer en Cristo es vivir en la esperanza y la alegría. ¿Cómo podría decir que cree en Cristo quien no vive feliz, quien no sabe que derrotaremos el dolor, que vendrá la resurrección? Creer en Cristo, amigos, es una tarea tan dificil como hermosa, tan cuesta arriba como entusiasmante, la más grande aventura que existe en este mundo de hombres. Por esa aventura apostamos cuando decimos: Creo en Jesucristo, nuestro hermano, el Hijo de Dios.
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo, pero el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.» Con estas sencillas palabras expone el comienzo de la Biblia la acción del Espíritu Santo en la creación del mundo. Después, y a lo largo de todas sus páginas, irá mostrando la historia de todo un pueblo conducido por el Espíritu Santo hacia la gran hora central de la venida de Cristo. Es una historia hermosa y dramática, en la que con frecuencia luchan el viento del Espíritu y la terquedad del pueblo elegido. Pero el amor irá imponiéndose a través de una serie de figuras gigantescas: Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés... y toda una larga lista de caudillos del Espíritu. Pero el Espíritu actuará especialmente -como dice el Credo- a través de los profetas. Ellos serán los altavoces del Espíritu de Dios en medio de los hombres. Esos profetas que durante siglos han aparecido como anunciadores de Cristo en las portadas de nuestras catedrales. O los que Miguel Ángel pintó en la bóveda de la capilla Sixtina: La voz luminosa y esplendorosa del profeta Isaías. La tensión dramática y terrible de Jeremías. La exigente y esperanzada palabra de Ezequiel. La juventud y el coraje de Daniel. La lección del primero desobediente y después convertido Jonás. El tremendo anuncio del juicio en la voz de Joel. La invitación a la penitencia ante el Mesías ya próximo de Zacarías. Son todas ellas voces del Espíritu que nos acercan al gran momento de la historia del Paráclito que se realizará en Cristo. Porque la persona de Jesús y su obra redentora son la gran tarea del Espíritu en la historia del mundo. Y será Jesús quien nos irá descubriendo la función del Espíritu en nuestra vida. Él se lo anunciaría, durante la última cena a sus discípulos, como el que viene a completar la obra pascual de Jesús. Por eso los apóstoles no entendieron del todo a Cristo ni comprendieron su misión hasta el momento en que recibieron el Espíritu Santo. Un momento que narran los Hechos de los apóstoles en una de sus páginas más hermosas. Desde entonces el Espíritu no ha cesado de actuar en la Iglesia. Ese Espíritu Santo actúa de modo muy especial en los momentos decisivos de la vida de la Iglesia. Un concilio es una «hora fuerte» de su acción, garantizando a los creyentes una verdadera presencia de Dios en sus decisiones. Y en los últimos tiempos hemos asistido a una recuperación de esta presencia del Espíritu, a través de algunos movimientos cristianos que han puesto a la tercera persona de la Trinidad en el centro de su interés. Son los movimientos carismáticos, que tratan de vivir hoy el espíritu que respiraban los primeros cristianos en su fe viva en la obra del Paráclito. Y la voz de los profetas, a través de los cuales habla el Espíritu, sigue sonando hoy. Porque los profetas no han muerto. Están entre nosotros. Siguen llameando a nuestro lado. ¿Cómo olvidar a ese gran profeta del Espíritu que fue Juan XXIII? Él nos recordó con su vida el amor paternal de Dios, la fuerza viva de la fe, la luz de la alegría cristiana. O esa dulce y ardiente figura de la madre Teresa de Calcuta, que corre los caminos del mundo explicando con obras que el verdadero cristianismo es la caridad. O la incandescente figura de Hélder Camara, incomprendido por muchos, como lo son todos los profetas, pero anunciador vivo de los caminos de la justicia social. O cuanto ha significado de profético en la Iglesia contemporánea el movimiento de Taizé, encarnado por su prior Roger Schutz. O profetas seglares como Raul Follerau, que se atrevió a meter sus manos en el campo más abandonado y olvidado: el de los leprosos, sabiendo descubrir que sus almas pueden estar mucho más sanas que las de muchos de los que les olvidan. O Luther King, que supo levantar su voz profética contra otro de los grandes escándalos de nuestro tiempo: el racismo, la discriminación racial. O el más dramático de los profetas de nuestro siglo: monseñor Óscar Romero, muerto con el corazón destrozado por una bala, por la terrible audacia de predicar la paz y defender a los más humildes. O tantos y tantos pequeños profetas anónimos que anuncian y predican a diario la presencia del Espíritu en sus vidas sin relieve.
CREO EN LA IGLESIA
En las orillas del lago de Galilea sonaron hace dos mil años unas palabras sin las cuales la Iglesia no existiría hoy: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo.» Quien pronunciaba estas palabras era el Hijo de Dios en persona. Teóricamente podría haber reducido su obra a la redención de la humanidad o haberse quedado en este mundo hasta el fin de los siglos. Pero Dios quiso necesitar a los hombres. Quiso ser ayudado en su tarea. Quiso que su obra y su palabra fuera continuada por otros y otros hombres de generación en generación. Por eso quiso, desde el primer momento de su predicación, rodearse de un grupo de ayudantes y compañeros. De este grupo de hombres nacería la Iglesia. A lo largo de veinte siglos, millones y millones de personas se han reunido para hablar de Jesús, para amarle, para transmitir su lenguaje. Y lo han extendido por todo lo ancho del mundo. Año tras año, millares de creyentes abandonan su patria y parten a lejanas regiones para anunciar el Evangelio en todos los rincones del planeta. Y entre nosotros, los verdaderos creyentes siguen considerándose herederos de esa gran tarea. Al frente de esta Iglesia, como garantizadores de su unidad y de su aposto1icidad, están el Papa y los obispos. N o son cristianos de una categoría diferente de los demás, pero sí son los sucesores de aquellos apóstoles a quienes Cristo encargó de pastorear su rebaño. Y en la larga fila de sucesores de Pedro, hoy es Benedicto XVI quien ha asumido la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe. Por eso camina por los senderos del mundo para predicar incansable la palabra de Jesús. Parte de nuestra fe es amarle y sostenerle con nuestras oraciones. Colaboradores del Papa y los obispos son los sacerdotes. Débiles y tal vez mediocres como personas, ellos tienen en la Iglesia la función de perdonar los pecados y de distribuir y consagrar el alimento de la Eucaristía. Y junto a obispos y sacerdotes está el gran ejército de los religiosos y religiosas que han entregado sus vidas enteras al servicio del Reino. Ellos y ellas llevan la mayor parte de la tarea misionera de la Iglesia, la educación de los niños, las obras de caridad con pobres y enfermos. Ellos y ellas mantienen encendida la lámpara de la oración en la Iglesia y son un signo del Espíritu en un mundo en que impera la carne y el dinero. Pero el gran ejército de la Iglesia son sus seglares. Ellos forman la caliente comunidad que es la Iglesia. Ellos viven la fe en la lucha diaria de este mundo. No son meros oyentes de la Palabra de Dios o simples receptores de los sacramentos. Ellos son Iglesia en el más radical sentido de la palabra. y también son miembros de la Iglesia, aunque su comunión sea imperfecta, los hermanos separados, ortodoxos, protestantes, anglicanos. La unidad con todos ellos es una parte sustancial de la vocación de la Iglesia. Por eso los papas multiplican hoy sus encuentros con los hermanos que están más allá de la unión total con Roma. Porque la Iglesia no será completamente fiel a Cristo mientras esa separación de los hermanos permanezca. Pero los verdaderos protagonistas de la Iglesia son sus santos. Porque es cierto que en sus veinte siglos de historia tiene nuestra comunidad páginas amargas y oscuras: la violencia de las cruzadas, los papas y obispos indignos o guerreros, los errores históricos en su contacto con la ciencia, las hogueras de la inquisición. Pero, junto a esas páginas indignas, nunca faltó en la Iglesia el hilo de oro de la multitud de sus santos, que forman una asombrosa letanía de gozo: -La gigantesca figura de San Pablo, que difundió el nombre de Jesús por todo el imperio romano. -Los primeros mártires, como Ignacio de Antioquía, que quería ser molido por los dientes de los leones para convertirse en trigo de Cristo. -O la ternura heroica de débiles mujeres como Santa Inés. -O los millares de mártires anónimos de las catacumbas. -O las gigantescas figuras de Ambrosio y Agustín, que supieron unir la ciencia, el arte y la virtud. -O Jerónimo, que entregó toda su vida a la profundización y la difusión de la Palabra de Dios. -O San Benito, verdadero fundador y patrón de la Europa occidental. -O los santos Cirilo y Metodio, fundadores y evangelizadores de la Europa oriental. -O la sangre de Santo Tomás Becket, muerto por defender los derechos de la Iglesia. -O Santo Domingo, que con su palabra y ejemplo venció las herejías, y es padre de la gran familia de los predicadores. -O el mínimo y dulce Francisco de Asís y su compañera Santa Clara. -O la gran cabeza teológica y el amor a la Eucaristía de Tomás de Aquino. -O la apasionada entrega al servicio de la Iglesia de Ignacio de Loyola. -O el fuego misionero que llevó hasta el Japón a Francisco Javier. -El apasionado amor a la humanidad de Cristo de Teresa de Jesús. -o la caridad ardiente de Vicente de Paúl. -O la pobreza y sencillez del Cura de Ars. -La alegría de San Juan Bosco. -El camino de infancia de Teresita de Lisieux. -El celo apostólico de San Pío X. -Los mártires de nuestro tiempo, como Maximiliano Kolbe. -O los ejemplos de santidad que hemos conocido o están aún vivos entre nosotros, como Juan XXIII o la madre Teresa de Calcuta. -y una fila interminable que no se podría contar. Y, sobre todos los santos, la que es la reina de los santos, la madre de la Iglesia, su mejor tesoro, la Virgen María. Ésta es la Iglesia una, santa, católica, apostólica que nosotros formamos, en la que nosotros creemos, a la que nosotros amamos. Ésta es la Iglesia por la que cada día rezamos:
Dios y Padre de las misericordias: A ti, humildemente, elevamos nuestras súplicas por tu santa Iglesia católica. Llénala de toda verdad y de toda paz. Purifícala en lo que tenga de corrompido. Dirígela donde esté en el error. Ilumínala donde se halle en tinieblas. Santifícala donde abrigue supersticiones. Refórmala donde haya necesidad. Confírmala y fortalécela en todo tiempo. Ayúdala en toda tribulación. Y concédele unidad de fe y de amor, mediante Jesucristo, nuestro Señor.
POR QUÉ AMO A LA IGLESIA
Decir hoy que se cree en la Iglesia, que se ama a la iglesia, es algo que no está de moda. Lo que se lleva ahora es hablar de ella con despego, demostrar que uno es muy independiente criticando a la Iglesia, incluso a veces con ferocidad entre los mismos creyentes. El grito de batalla de las últimas décadas ha sido éste: Cristo, sí; Iglesia, no. O en todo caso la consigna sería: ¿Iglesia? Cuanta menos posible, mejor. Las estructuras, se dice, no hacen otra cosa que encadenar el espíritu. Mejor atenerse sólo a Cristo; y a la Iglesia, cuando más, soportarla, tolerarla como un mal menor. Y distanciarse de las instituciones en una especie de «cristianismo por libre». Pero la verdad es que un Credo sin Iglesia sería un Credo mutilado. Y un cristianismo sin Iglesia sería cualquier cosa menos cristianismo. Por eso a mí me gustaría, aunque sea muy rápidamente, resumir aquí las razones por las que yo creo en la Iglesia, las razones por las que yo la amo. La primera es que ella salió del costado de Cristo. Jesús hubiera podido predicar Él solo su mensaje, pero quiso rodearse de apóstoles y a ellos les encargó la tarea de continuar su obra. Y por esa comunidad de creyentes murió. ¿Cómo podría yo hoy amar a Cristo sin amar también las cosas por las que Él dio su vida? Hoy, lo cierto es que la Iglesia -buena, mala, mediocre- fue y sigue siendo la esposa de Jesús. ¿Podría amar yo al esposo, despreciándola? La segunda razón por la que amo a la Iglesia es porque ella me ha dado a Cristo y cuanto sé de Él. A través de una larga cadena de creyentes que han dejado mucho que desear, ha llegado a nosotros el recuerdo de Jesús y del Evangelio. Sí, es cierto que los creyentes, a lo largo de los siglos, han ensuciado mucho ese mensaje de Jesús, pero también es verdad que todo lo que sabemos de Jesús a ella se lo debemos. La Iglesia no es Cristo, ya lo sé. Jesús es el absoluto, el fin. La Iglesia sólo es el medio. Incluso cuando decimos: «Yo creo en la Iglesia», lo que realmente queremos decir es que «creemos que Cristo sigue estando en ella». Lo mismo que cuando afirmo que bebo un vaso de vino, lo que bebo es el vino, no el vaso. Pero ¿cómo bebería yo ese vino si no tuviera vaso? La tercera razón por la que creo en la Iglesia son sus santos. Ya sé que en la historia cristiana ha habido una inmensa mayoría de mediocres. Pero sé también que nunca han faltado ese hilo de la santidad que llega hasta nosotros. Siempre que yo monto en un tren sé que la historia del ferrocarril está llena de accidentes. Pero no por eso dejo de usarlo para desp1azarme. Tenía razón Bernanos cuando escribía que «la Iglesia es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres desde la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que gracias a sus santos la compañía no ha quebrado». La cuarta razón por la que amo a la Iglesia, casi no me atrevo a decirla: y es que yo la amo porque es imperfecta, porque en ella se acepta a gente como yo o como ustedes, que me temo que tampoco son santos. ¿Han pensado alguna vez qué haríamos los mediocres en una Iglesia que sólo aceptase seres perfectos? Sí, amigos míos: la Iglesia es imperfecta porque acepta gente como nosotros, somos nosotros quienes la manchamos. Y bien haríamos si, en lugar de enfadamos con ella y dedicamos a criticarla, nos enfadásemos un poco más con nosotros y nos dedicásemos a criticarnos. Pero la quinta y definitiva razón por la que yo creo en la Iglesia y la amo, es porque sé que literalmente es mi madre: ella me amamanta a diario, ella me transmite la fe, ella me engendra constantemente con el perdón de mis pecados y me alimenta con su Eucaristía. Por eso me gustaría ser como San Atanasio que «se asía a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo». O poder decir como Orígenes que “la Iglesia ha arrebatado mi corazón, porque ella es mi patria espiritual, ella es mi madre y mis hermanos». Sí, amigos míos, no es que todo en la Iglesia me entusiasme. Es que ella es la casa caliente donde vivo y donde vivo a gusto. Y me gustaría poder proclamar un día, con orgullo, lo que al morir decía Santa Teresa: ¡Al fin muero hija de la Iglesia!
DONDE ABUNDÓ EL PECADO, SOBREABUNDÓ LA GRACIA
Hasta aquí hemos venido hablando de la que podíamos llamar «la zona luminosa del Credo». Hemos venido comentando el gozo de ser y sabemos hijos de Dios, la alegría de saber que Él pensó en nosotros desde la creación del mundo, el entusiasmo de que su Hijo se hiciera hombre y viviera entre nosotros, la buena noticia de que el Espíritu Santo sigue prolongando su obra entre nosotros y la casa caliente que, para vivir la fe, es nuestra Iglesia. Pero hoy giramos la página y aparece en el horizonte del Credo la palabra «pecado», el fondo oscuro de todas esas alegrías. Ya sé que hablar del mal no está de moda. Que muchos preferirían una fe sólo alegre y siempre alegre. Que palabras como mal, pecado, muerte, demonio, infierno, han sido arrinconadas por muchos, que piensan que la fe cristiana es mucho más bonita sin ese contraluz. Pero todos ésos se olvidan de que, si Cristo se hizo hombre, se encarnó, como dice el credo de Nicea, «por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. Para salvarnos ¿de qué? De algo muy grande tuvo que ser cuando nada menos que abandonó el cielo para hacerlo. Y así es como los hombres tuvimos una gran salvación precisamente porque el peligro de perderla era muy hondo. Sí. Nos equivocamos infravalorando el tremendo abismo que el pecado supone en la humanidad. «Si Dios -dice Bernanos- nos abriera los ojos al mundo de lo invisible, ¿quién de nosotros no caería muerto -sí, muerto- ante el simple aspecto de las abominables proliferaciones del mal?»
Pero el hombre moderno prefiere no pensar en el mal. Y por eso, como ya denunció Pío XII, el mayor de nuestros males es haber perdido la conciencia del pecado. Mas entonces resulta que es como si el mundo se tomase la revancha de toda esa nuestra ceguera y derrumbase sobre nosotros la terrible realidad de la violencia humana. No podemos hoy abrir el televisor sin que la muerte, las guerras, las violencias, los asesinatos, se nos pongan delante de la mesa. No queríamos ver el pecado y la realidad nos pone taza y media todos los días a la hora de la comida. No queríamos creer en el infierno y ahora parece que viviéramos en él, hasta el punto de que ahora lo ridículo -como dice Von Balthasar- es no creer en el infierno. Pero los cristianos no creemos en el mal por el mal. Lo que Cristo nos trajo no fue una ceguera ante el mal, sino la certeza de que el mal es vencible. Allí donde estuvo el pecado, sobreabundó la gracia. Y, para curar al hombre del pecado, instituyó Cristo primero el bautismo y después el sacramento del perdón. Por eso en nuestro Credo no decimos que creemos en el mal y en el pecado. Si fe es creer lo que no vemos, ese mal y ese pecado no podemos creerlo, porque lo tenemos delante de las narices. Lo que la fe nos aporta es la certeza de que el bautismo y el perdón no nos faltarán jamás. Por eso este artículo del Credo es también alegre. Porque es el que anuncia la salvación y la esperanza.
CONFIESO QUE HAY UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS
Las terribles imágenes de la guerra europea, de la bomba atómica, de los campos de concentración... no son imágenes inventadas o prefabricadas. Son parte de nuestra historia contemporánea. Fueron noticia hace pocos años. Y nos equivocaríamos diciendo: fueron los nazis, fueron los años de la gran locura de la guerra mundial... Nos equivocaríamos, porque las víctimas fueron gentes que sufrieron como otros sufren hoy. Y porque los asesinos eran gentes como nosotros, hombres como nosotros. Y es que el mal es parte de la condición humana. Hay algo de fiera en cada hombre. Porque el mal no termina, no acaba nunca. Lo encontramos cada mediodía en los telediarios. La violencia, el odio son casi un plato más que cada día nos sirven a la mesa. Y surge en todos los rincones del planeta. No sólo en el lejano Vietnam, o en Suráfrica, o en Centroamérica. También, también en nuestras calles, a nuestro lado. Y las víctimas tienen apellidos como los nuestros. Y los asesinos tienen nombres como los nuestros. El mal no está fuera. El mal sale del corazón humano, en mil formas y maneras. ¿Y cuál es la respuesta cristiana ante tanto dolor? No tenemos otra que la de la cruz de Cristo y la de nuestra incorporación a esa cruz mediante nuestro bautismo. ¿Que les parece si evocamos aquel momento importantísimo de nuestra vida? ¿Qué nombre habéis elegido para este niño? ¿Qué pedís a la Iglesia? Al pedir el bautismo sabéis... y vosotros, padrinos... «Antonio-Ángel, "la comunidad cristiana te recibe». Hacen la señal de la cruz... Hace muchos años, un día se hizo sobre cada una de nuestras frentes la señal de la cruz. Ninguno de nosotros lo recuerda porque íbamos entonces en brazos de nuestros padrinos, inocentes y recién nacidos. Pero aquel día nos incorporábamos al misterio sagrado de la redención humana, por todos los pecados de los hombres. Alguien murió hace dos mil años por todos los dolores. Alguien puso su sangre en la balanza de Dios para que sirviera de contrapeso y salvación ante la montaña del mal. La Iglesia entera rezó aquel día por nosotros, que a lo largo de toda nuestra vida estaríamos expuestos, como los demás hombres, al imperio del dolor y del mal, que mancharíamos también nuestras almas infantiles con nuestros errores y pecados. Pero, al menos aquel día, fuimos puros e inmaculados. Aquel día, el agua de Dios nos chapuzó en su salvación y nos reconcilió enteramente con su amor. Por eso aquel bendito día renunciamos a todo pecado, a toda obra de Satanás en nosotros. Aquel día, por primera vez, y a través de nuestros padres y padrinos, confesó cada uno de nosotros por primera vez el Credo. Y gracias a esta fe pudimos recibir este bautismo del que hoy nos gloriamos.
Antonio-Ángel, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Dios todopoderoso... te consagre con el crisma de la salvación...
Aquel día comenzó nuestra vida como creyentes. Se nos ungió para que afrontásemos con coraje la lucha de la vida. Nos vistieron las blancas vestiduras, símbolo de la nueva pureza. Nos entregaron la llama de la fe y nos encargaron de mantenerla encendida contra los vientos de las tempestades del mundo. Y con esas armas en nuestra alma volvimos a ser capaces de llamar ya a Dios por su verdadero nombre, el de Padre, reconciliados como estábamos con su amor. Ésta es la respuesta de los cristianos frente al mal del mundo. Ésta, la tarea de perdón que la Iglesia tiene permanentemente encargada en este mundo. Éste, el oficio de la confesión, el sacramento de la penitencia, que es como una terca prolongación del bautismo en todas nuestras vidas. Porque el agua bautismal limpió nuestras almas, pero no pudo impedir que siguiéramos siendo pecadores. Y por eso la confesión es como un agua permanente al servicio de todos. Una riqueza de la Iglesia. Una de sus más hermosas tareas, que la constituyen, como dijo el poeta, «en una empresa de lavado».
ESPERO LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE
Nosotros creemos en la resurrección de la carne. Creemos no sólo que la vida es más fuerte que la muerte, no sólo que nuestras almas traspasan la barrera del más allá, sino que, además, un día recuperaremos a nuestro compañero de fatigas: el cuerpo. Tal vez ningún artículo de la fe es más necesario que éste en el mundo de muerte en que vivimos. A diario nos rodea el horror de los disparos, de la muerte violenta y asesina, del dolor que se lleva por delante a nuestros seres queridos. Pues bien, los cristianos nos atrevemos a creer que no quedaremos huérfanos, que lo mismo que resucitó Jesús, resucitarán nuestros seres queridos y resucitaremos nosotros. ¡Dejadnos que proclamemos con gozo esta esperanza! ¡Dejadnos que vivamos con entusiasmo esta certeza! El Credo de los cristianos empieza por la fe y termina por la esperanza. Porque creemos en un Dios Padre y en un Cristo salvador, por eso mismo esperamos la resurrección de la carne y la vida eterna. y es que la fe y la esperanza van inseparablemente unidas. «Sólo el que cree de verdad, puede esperar -como decía Unamuno-. Y sólo el que espera de verdad, puede creer. Porque no creemos sino lo que esperamos y no esperamos sino lo que creemos». Es cierto. Toda fe vivida enteramente entraña la esperanza. Pues, en rigor, la esperanza no es otra cosa que ese lado de la fe que nos certifica que Dios quiere a los hombres y al mundo, que los cuida y los ama, que los salvará. Por eso la esperanza cristiana no hay que confundirla con el optimismo barato, o con esa pseudoesperanza de los que dicen: Pongámonos siempre en lo mejor, que cuando llegue el dolor ya lo recibiremos. La esperanza cristiana es una profunda certeza. Una confianza en el amor salvador de Dios. Y esta esperanza es, precisamente, lo que más necesita nuestro mundo de hoy. Decimos con frecuencia que ahora hay una gran crisis de fe. Y, en parte, es cierto. Pero de lo que hay crisis sobre todo es de esperanza. Los hombres no acaban de encontrarle sentido a sus vidas. No creen que el mundo ni el hombre pueda mejorar. Viven resignados, arrastrando sus vidas sin ilusión. O buscan alegrías baratas que taponen la amargura que muchos llevan dentro. Pero lo más asombroso es que tampoco muchos cristianos parecen vivir en la esperanza. Mira uno las caras de la gente en las iglesias y no tienen el aspecto de quien está esperando cosas buenas. Los niños, en la noche de Reyes, se acuestan con los ojos brillantes: saben que el regalo vendrá, que llegará sin fallo y gozan más esperándolo de lo que gozarán poseyéndolo. Los cristianos no viven con caras luminosas como las de esos niños. No se les nota en el rostro que crean en la resurrección, en la vida eterna. No se les ve como viajeros hacia la felicidad eterna. Tienen las mismas caras aburridas que el resto de la gente. Y, sin embargo, tal vez ése debiera ser el gran testimonio de los creyentes de hoy. Que el Credo terminara en esperanza, que la esperanza iluminara sus vidas. Porque la verdad es que la vida del creyente es una historia que termina bien. No se puede rezar el Credo durante toda la vida sin que Dios crea también en nosotros. Por eso nuestro Credo de cada día termina con esta afirmación gozosa: nosotros creemos, nosotros esperamos que, al otro lado de la muerte, está Dios esperándonos. Y que nos espera como esperan los padres: con los brazos abiertos.
LA FE SUMERGIDA
El viejo pueblo ha muerto. El paso de los siglos arrinconó sus calles y vació sus casas. Huyeron los vecinos en busca de ese brillo que los hombre llamamos civilización. Mañana vendrá el agua a cubrir sus paredes, sumergirá su iglesia, la cruz abandonada, las viejas casas donde tanto se amó. Aquí nacieron niños, aquí murieron tantos, entre estas paredes expresaron su fe generaciones, aquí duermen los cuerpos de los antepasados. Hoy sólo queda el vuelo de alguna paloma equivocada y el silencio que espera las aguas del pantano. Dentro de pocas horas se hundirá en la historia y dirá todo el mundo que este pueblo se ha muerto, sepultado en el tiempo, el olvido y las aguas. Pero nada se muere. Porque allí donde sigan los vecinos seguirá este pueblo. Porque mueren las piedras. Pero nunca el amor. Así ocurre, amigos, con la fe de los hombres. Parece muchas veces sumergida por el paso del tiempo, por las nuevas costumbres, por las nuevas maneras.
Pero la fe está viva: allí donde alguien ama, la fe sigue viviendo. Dios está sumergido en el alma del hombre. Los ciegos no lo ven. Y dicen que no existe. Porque hay que chapuzarse y nadar hasta el fondo, para volver a flote con la perla preciosa. |

