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Nada hay más cruel para unos esposos que se aman, unidas sus vidas durante muchos años, que verse separados por la muerte. Pero no por ello han terminado de amarse, porque el amado «desaparecido» vive con otra vida, más allá de la muerte, y el amor no puede morir cuando se trata de un auténtico amor en Cristo. Pero amar, sin la presencia física de aquel a quien se ama, es una prueba terrible, un «purgatorio»; la última purificación del amor antes del reencuentro eterno. Dichoso quien quedando solo en esta tierra, permanece fiel (lo que no quiere decir que «rehacer la vida», como se dice en el lenguaje popular, suponga infidelidad) y continúa viviendo en la noche su amor. Puede dar a los hijos, y a todos los que dudan del amor o que no saben lo que es amar, el testimonio de que el amor puede vivir y florecer más allá de dos cuerpos que caminan a la par, sonríen y se unen, y que llega a su culminación en la pura gratuidad: «sufro con la ausencia del amado, pero soy feliz sabiendo que él es feliz». En cuanto al caudal de ternura disponible, puede servir para aquellos que están privados de ella.
Si Cristo no ha resucitado, tanto mi anuncio como vuestra fe carecen de sentido... Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado, vuestra fe carece de sentido y seguís aún hundidos en vuestros pecados.Y por supuesto también habremos de dar por perdidos a los que han muerto en Cristo. Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres (1 Cor 15, 14.16-19). No viváis con esa inquietud que turba vuestro coraz6n. Confiad en Dios y confiad también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos ese lugar. Una vez me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo (Jn 14, 1-3).
Me he despertado, Señor, ... y «él» ya no estaba. En la cama me he dado la vuelta, ...pero su lugar estaba vacío, y mis dedos solitarios todavía buscaban los suyos.
Mi amor está contigo; así lo creo, y lo espero, pero no puedo acostumbrarme, Señor, a su ausencia, y cada vez que me despierto siento un desgarro, como el desgarro del despertar de un enfermo al que le han amputado un miembro.
¡El ya no está!
Ya nunca oiré la melodía sin voz. Ya nunca seré su tierra disponible para las tareas cotidianas. Ya nunca recorreré el rostro amado, los surcos de sus arrugas, en los que espigaba la vida, los últimos granos de vida, que día a día, en la alegría y la pena, habíamos sembrado, recogido, mil frutos del amor.
Ya nunca buscaré en lo hondo de sus pupilas la suave luz de su mirada de atardecer, tras las claras mañanas, el incendio del mediodía, y a veces la sombra del día, cuando se amontonaban las nubes y estallaba la tormenta, antes de que naciera en nuestros corazones el arco iris de paz.
Nos amábamos... pero, Señor, ¡no hemos terminado de amarnos! Nos amábamos, Señor, y vivíamos juntos, él estaba en mí, y yo estaba en él, Y Tú, tú sellabas nuestras vidas para hacer con ellas una sola. Pero «él» se ha ido hacia la orilla lejana, que nadie puede alcanzar sin atravesar la muerte, y desde mi orilla, los pies en esta tierra, ni siquiera puedo divisar a mi amado... desaparecido, lejos, tan lejos, en la bruma del infinito.
¡Ya no está aquí!
Dicen que uno se acostumbra, Señor, que el tiempo lo borra todo, pero yo bien sé ahora, que ni el tiempo ni la muerte pueden vencer el amor, porque una mañana yo susurré «siempre» y él me dijo «siempre», y Tú nos prometiste que nos amaríamos hasta la eternidad. Sin ver, Señor, quiero creer, creo.
¡No hemos terminado de amarnos! Porque antes estábamos juntos, cada día, ayudándonos, porque si buscábamos hacer feliz al otro, frecuentemente encontrábamos nuestra felicidad. Nos dábamos a veces y a veces nos tomábamos, pero nuestros esfuerzos renovados acrecentaban nuestro amor. Hemos entrado ahora en un purgatorio, sufro al estar sola, él sufre al estar lejos, porque ¿puede ser feliz sin mí, que soy tan desgraciada sin él? Pero él, Señor, está en tu Luz que purifica nuestro amor, mientras que yo debo purificarlo en la noche.
Ayúdame, Dios mío, a amarlo ausente en la ausencia, hoy más aún que ayer presente en su presencia. Amarlo en definitiva por él, sin buscar la correspondencia, feliz de que sea feliz estando tan cerca de ti, recogiendo para mí sólo la alegría de su Alegría.
Sí, mi amor sigue intacto, en mi corazón ardiente, la muerte es impotente, y ahí está mi sufrimiento, porque mi manantial no se ha agotado, Señor, corre y rebosa, y me sobran palabras de amor y mil gestos de ternura, una reserva de sonrisas que permanece disponible y una lluvia de lágrimas que me inunda el corazón hace crecer con más rapidez todavía todas esas flores de amor.
No dejaré, Señor, que se ajen, que se marchiten, en mi corazón cerrado, las cogeré cada día, mies maravillosa para mis hijos y para mis nietos, mis amigos, mis vecinos y todos los pordioseros olvidados que buscan briznas de amor en las orillas de mis caminos.
Pero mi sufrimiento, Señor, sigue siendo mi sufrimiento. La horrible soledad, y los largos días, y las densas noches, LA AUSENCIA, cruel ausencia, vacío profundo en el que mi corazón algunas noches se hunde enloquecido sin hacer pie ... lo echo de menos, Señor, ¿comprendes? lo echo de menos. «¿Por qué me has abandonado?
Perdón, Señor, perdón por mi descorazonamiento, Tú que desde la cruz me miras siempre. Cuando olvido mirarte, la noche me invade. Tú me esperas, y «él» junto a Ti me mira, y con su amor me invita, me guía y me sostiene.
Gracias a Ti, Señor, gracias a «él», mi sufrimiento no se perderá porque ofreceré ese suplemento de amor que arrastra consigo, amor que vive y aumenta más allá de mi pena. Lo ofreceré por los jóvenes anhelantes de amor, que buscan sin encontrar, perdiéndose, inocentes, entre espejismos de un instante. Por los que no saben, Señor, que amar es salir de uno mismo para darse al otro y abrirse para acoger su don.
Por los que no saben que el amor muchas veces es sufrimiento antes de que llegue la alegría, alegría de una vida nueva que se hace carne en dos vidas que se unen, sin destruirse jamás. Por los que no saben que no hay amor que no suponga un «siempre», y que sólo Tú puedes dar al amor su dimensión de infinito.
Quisiera decirles esto, Señor, decírselo con mi vida, y puesto que junto a Ti mi amado me espera, con paz, yo también, esperaré el reencuentro, y con este nuevo noviazgo, cruel y dulce noviazgo, convertiré esta espera en una ofrenda antes de que en brazos de mi amor fiel, nos amemos por fin, Señor, como se ama en tu casa, INFINITA Y ETERNAMENTE.
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