NOTAS PASTORALES

 

1. Los esquemas de oración que propongo tienen que ser adaptados a la realidad del momento. No están hechos para ser desarrollados tal cual.

 

2. Una oración en el tanatorio puede convertirse en «funcional» (algo que realiza un representante oficial de la institución eclesial) o «mágico» (palabras dichas por una persona oficial que llegan a algún sitio o se dirigen a un «dios» que anda por arriba y tienen un poder que desconocemos, pero que harán bien al difunto). Hay que partir de la realidad que están viviendo los vivos, de la acogida dada a las personas más allegadas, de la escucha de lo que sienten y dicen quienes están presentes, de la historia de la vida de la persona muerta que se comenta en los pasillos y corrillos, de lo que los familiares y amigos dicen que fueron los últimos momentos, de la apertura a una Vida que supera el dolor del presente. En una palabra: la oración y el acompañamiento de la Iglesia a sus fieles difuntos tiene que partir de una empatía con las personas que acompañan a la persona fallecida y ayudarles a entrar en otro horizonte de significación que para la fe cristiana es la vida del Señor Resucitado.

 

3. Hay que saber reconstruir las propuestas de oración que aquí se presentan incorporando al esquema propuesto los elementos positivos de la vida que llegó a término: lo que amaba, lo que le preocupaba, sus virtudes y sus sensibilidades, las palabras últimas y los gestos últimos... Son detalles a los que la gente da mucha importancia y son la mejor pista para hacer una oración «circunstanciada», centrada en la vida de la persona. Un difunto no es uno más... de los que mueren cada día. Para la familia, es «su difunto», la pérdida del ser querido, el vacío que comienza, etc. Todo esto es el «material primero y principal» para dar gracias a Dios y para orar a Dios por la persona que nos dejó. Los familiares y amigos son muy sensibles a detalles como estos. De lo contrario, la presencia del sacerdote o del delegado de la comunidad cristiana se puede convertir en rutinaria o en «presencia de oficio» lejana a la vida de la gente.

 

4. En algunos casos, el silencio o un Padre nuestro es todo lo que se podrá hacer... porque no salen otras palabras ni otra oración. Muchos van al tanatorio no para rezar, sino para hacerse presente, para saludar a los familiares, para acompañar un rato, para enterarse de «cómo fue la muerte»...

 

5. Las oraciones que se proponen están estructuradas por los lugares que recorre el cadáver de la persona fallecida: tanatorio, crematorio, cementerio. Se silencia el paso por la parroquia porque está ya bien regulado en los libros litúrgicos, y porque cada vez es más raro este hecho, salvo en las poblaciones pequeñas.

 

6. El tanatorio es un lugar de «reencuentro» de familiares y amigos. No todos viven el tanatorio de la misma manera. La muerte convoca y permite que se vean y saluden los que hacía tiempo que no se veían. Sirve para darse cita, para proponerse nuevos encuentros. Es un elemento que hay que tener en cuenta. Hay presencias que alegran, que reconfortan, que se esperan y que hacen más llevadera la muerte.

 

7. El sentido comunitario y participativo de los familiares tanto en la oración como en la celebración eucarística no suele ser muy fuerte. Y esto por razones obvias: los nervios y la conmoción afectiva que se viven en el momento de la muerte. No conviene forzar nada ni a nadie, sino comprender. Proponer y ofrecer, sin imponer, es lo que procede hacer.

 

8. En el tanatorio hay una serie de elementos que se convierten en «símbolos», en algo «significativo» que expresa o define la realidad de la vida que acaba de apagarse: objetos personales, libro de condolencias, flores, fotos, crucifijo, el rosario de la abuela, testimonios de alguno de los presentes... Una buena pastoral sabe aprovechar estas «pequeñas grandes cosas» para la oración.

En estos «elementos significativos» puede haber un punto de encuentro con personas menos creyentes, indiferentes o agnósticos.

 

9. En este sentido, es de máxima importancia el primer punto de todas las formas de oración que se proponen: Momento para recordar. Es lo que condicionará todo el resto del esquema de oración. No recordamos para desahogarnos solamente, sino para orar de manera concreta al Señor de vivos por la persona fallecida.

 

1. La noticia

 

Esperada o no esperada, la muerte llega y nos sorprende allí donde estamos. Nunca es buen día y buena hora en la agenda para morir. Esta oración es una invitación a aceptar la noticia de la muerte de manera cristiana.

 

HA MUERTO

 

Quizá tú dices:

«Lo esperábamos de un momento a otro».

«Es mejor que Dios se haya acordado de él...».

«Eso ya no era vivir...».

«¿Qué más vas a pedir a la vida?».

 

La muerte siempre es una visita dura.

Cuando llega el momento, se siente.

 

O es posible que esta muerte te haga exclamar:

«¡No me digas que ha muerto N.!». 

«¡No me lo puedo creer!».

«¡No hay derecho!».

«¡En la flor de la vida, en lo mejor de la vida...!».

«¡Con lo joven que era...!».

«¡Con lo que deja aquí que tanto le necesitaban!».

«¡No ha podido disfrutar de la jubilación!».

«Ahora que habían salido de la mala racha... ¡la muerte!».

 

No ponemos día a la muerte.

La muerte nos sorprende.

Podemos casi todo, menos no morir:

La agenda de la muerte no coincide con nuestros planes.

 

Señor:

en la vida y en la muerte,

tuyos somos,

en tus manos estamos.

 

Un silencio.

Una mirada.

Un abrazo.

Una lágrima contenida.

Unos pasos nerviosos

para espantar el pesar.

Una pregunta...

sin respuesta.

 

Una oración:

En tus manos, Señor,

ponemos la vida de N.

Tú penetras hasta donde nosotros

no podemos llegar:

En tus manos ponemos, Señor,

la vida de N.

Gracias por su vida.

Gracias por su muerte.

Descanse y repose para siempre

contigo, Señor.

 

 

2.- OFRENDA DE LA VIDA

 

Acaba una vida.

La vida de una persona es siempre una riqueza, un don.

Acaba la vida de una persona que nos atañe. Fue don y riqueza para nosotros, sin omitir sus más y sus menos.

 

Proponemos, como creyentes, «hacer la ofrenda» de la vida de la persona que se apagó.

Ofrecemos a Dios lo que Dios nos regaló en la persona fallecida.

En la Eucaristía hacemos presentación de dones llevando pan y vino al altar.

Hoy hacemos la ofrenda de una vida acabada, llena con la plenitud a la que pudo llegar.

Es la ofrenda final. Otras ofrendas han precedido a esta ofrenda: siempre que hemos pedido por ella, o la hemos regalado detalles en cumpleaños, días del padre o de la madre...

Hoy, al final de los días de N., hacemos la ofrenda de su vida al Padre.

 

Quiero que donde yo estoy,

también estén ellos conmigo,

para que contemplen mi gloria.

(Juan 17,24)

 

 

EN TUS MANOS... (Para un ambiente creyente)

 

Se fue N.

En un instante se apagó, Señor.

El paso de la vida a la muerte

es un suspiro,

un ¡ya!

Se apagó N.

Ya comienza

un antes y un después

irreversibles.. .

Se fue.

Ya no es de los nuestros, los vivos.

Murió.

 

Nuestras manos no pudieron retener a N. en vida...

La vida siguió su camino

hacia la muerte.

 

Señor,

cuando ya N. no es nuestro(a)

lo ponemos en tus manos,

que llegan donde las nuestras acaban.

Acoge a N., Señor,

con todo lo que porta consigo

de su paso por este mundo:

 

. Sus manos llevan roces de manos,

de nuestras manos

y otras muchas manos;

sus manos dejan muchas huellas de su presencia en... (añadir detalles).

 

. Su corazón no late,

no batalla por la vida

después de tantos afanes

y sobre todo, Señor, después de tanto amar...

¡Cómo olvidar...! (añadir detalles).

Aquí tienes, Señor,

esta vida que a nosotros se nos fue

y ya es sólo tuya.

Es nuestra ofrenda.

Fue regalo tuyo para nosotros.

Hoy te lo devolvemos

para que tú lo acaricies

y lo guardes para siempre.

Ya sólo tú puedes cuidar de él.

Señor, dale el sitio que le habías preparado.

Nosotros nos quedamos con sus recuerdos,

con sus historias y miradas,

con sus besos y cariños,

con todo lo mejor suyo.

Una presencia nueva comienza.

No es el vacío total:

nos queda lo mejor de su vida,

lo que nada ni nadie puede borrar:

sus palabras, sus gestos, su amor.

 

Puede seguir un tiempo para recordar aquello que nos deja la persona y ponerlo en las manos de Dios: lo que más le gustaba, lo que hizo a favor de otros, las anécdotas que quizá nadie sabe, cosas simpáticas...

Terminar con una oración de acción de gracias improvisada, o con el Padre nuestro, o un canto.

 

 

ERA UNA BUENA PERSONA (Para un ambiente poco cristiano)

 

a) Se fue

 

Se fue por la puerta

que a todos nos espera:

la puerta que abre lo que no conocemos.

Atravesó la línea de meta.

Ya N. calló para siempre.

Su palabra es la palabra

que dentro de nosotros custodiamos.

Su vida son los retazos de vida

que cada uno de nosotros compartió.

Todo lo que fue está repartido y compartido:

sus sonrisas,

sus miradas, sus palabras, sus...

(el grupo puede continuar enumerando cosas).

 

Nadie muere para siempre

mientras alguien le retenga vivo

en su corazón

y reviva todo lo que amó y esperó,

todo lo que emprendió.

En nuestras manos está ahora su vida

para hacer de ella palabra o

silencio

o

un campo de flores

y promesas que florecerán.

 

b) Atardecer

 

Atardecer de la vida para mirar cómo se pone el sol...,

cómo se fue por el horizonte del tiempo N.

Mañana volverá por el naciente

quien se fue por el poniente.

En el silencio de este compás de espera

muchas estrellas alumbran la noche.

Si las contamos y nos las contamos,

la noche tendrá calor y palabra

y el silencio será hablador:

pregunta, espera,

duda o «nada»

que puede ser también «todo».

 

(Ocasión de compartir lo bonito de la vida de o para la persona fallecida.)

 

Seguirá:

Þ Orar en el Tanatorio

Þ Orar en el Crematorio

Þ Orar en el Cementerio

Cuadro de texto: Oraciones 
para las Exequias
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