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Monición de entrada
(A)
Una vez más aquí acudimos para alimentar nuestra fe escuchando la Palabra de Dios y comiendo el Pan de la Vida. Jesús en el Evangelio afirmará, precisamente: ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre!” Que este mensaje nos mueva a interesarnos por todos aquellos hermanos nuestros que en el mundo pasan necesidad. Con esta disposición nos disponemos a celebrar la Cena del Señor.
(B)
La bienaventuranzas son un texto del Evangelio que no hemos podido tragar nunca. Jesús promete la felicidad a los pobres, pero nosotros, metidos en este mundo egoísta, despreciamos a los pobres y necesitados y en este mundo siguen aumentando las distancias entre ricos y pobres y parece que la felicidad no les toca nunca a ellos. Jesús promete pan a los hambrientos, pero el hambre reina en medio del mundo y muchos siguen muriendo de hambre. Promete la alegría a los que sufren y lloran, pero siguen llorando muchas víctimas de la guerra, de la violencia y de la injusticia. En esta celebración vamos a tratar de encontrar el sentido de las Bienaventuranzas y a pedir fuerzas para trabajar y conseguir que sean una realidad en nuestra sociedad.
(C)
El Evangelio siempre es Buena Noticia para los que creemos en Jesús. Pero, no siempre nos suena bien el Evangelio, porque no siempre estamos bien dispuestos a escucharlo y aceptarlo. Jesús, en el Evangelio de hoy, llama DICHOSOS a los pobres. ¿Nos alegramos al oír estas palabras? Nosotros no somos ricos, pero es posible que nos atraiga demasiado el dinero, el consumismo, el bienestar, el tener más. No olvidemos las palabras de Jesús: “No se puede servir, al mismo tiempo, a Dios y al dinero”.
Saludo:
El Señor Jesús, Palabra de Dios y Pan de Vida esté con todos vosotros...
Pedimos perdón
(A)
Conscientes de nuestra debilidad, en silencio, imploremos la fuerza y el perdón de Dios.
Tú, que eres defensor de los pobres. SEÑOR, TEN PIEDAD... Tú, que eres consuelo de los que lloran. CRISTO, TEN PIEDAD... Tú, que eres alimento de los que tienen hambre y sed de justicia. SEÑOR, TEN PIEDAD...
(B) Las Bienaventuranzas no suelen ser la norma de nuestra vida de cristianos. Nos invade el egoísmo y solemos despreciar a los que parecen ser menos que nosotros. Por eso vamos a pedir perdón.
Tú acoges a los pobres y necesitados, pero nosotros muchas veces los dejamos de lado, los abandonamos. SEÑOR, TEN PIEDAD... Tú consuelas a los que sufren y a los que lloran, pero nosotros a menudo no les hacemos caso. CRISTO, TEN PIEDAD... Tú ayudas a los que trabajan en favor de la paz, para que reine la justicia, pero nosotros no les acompañamos ni les echamos una mano. SEÑOR, TEN PIEDAD...
(C)
Porque no somos felices. SEÑOR, TEN PIEDAD... Porque meditamos poco tu Palabra. CRISTO, TEN PIEDAD... Porque nos amas entrañablemente. SEÑOR, TEN PIEDAD...
Escuchamos la Palabra
Monición:
El profeta nos invita a confiar en el Señor y a no fiarnos sólo de nuestras fuerzas.
Monición al Evangelio
Dios promete su Reino a los pobres, a los sufridos, a los que lloran, a los pacificadores; pero a la vez cura a los enfermos, sacia a los hambrientos y consuela a los que sufren.
EVANGELIO DIALOGADO (Niños)
Narrador: Al ver Jesús que le seguía mucha gente, subió al monte, se sentó y les enseñaba con estas palabras:
Uno: Bienaventurados los que se hacen pobres porque comparten lo suyo con los demás. Dios les dará el cielo.
Otro: Bienaventurados los que se sacrifican para que otros sean felices. Dios les dará el cielo.
Uno: Bienaventurados los que no usan la violencia ni abusan de los más débiles. Dios les dará el cielo.
Otro: Bienaventurados los que saben ser justos con todos. Dios les dará el cielo.
Uno: Bienaventurados los que tienen un corazón misericordioso. Dios les dará el cielo.
Otro: Bienaventurados los que tienen un corazón transparente, sin mentiras ni engaños. Dios les dará el cielo.
Uno: Bienaventurados los que trabajan para que haya paz entre los hombres. Dios les dará el cielo.
Otro: Bienaventurados aquellos que no les importa que se rían de ellos porque saben perdonar, compartir sus cosas y decir la verdad. Para todos estos es el Reino de los cielos.
Uno: Pero, tened mucho cuidado, los que ahora vivís bien y cómodamente sin preocuparos de los demás. ¡Ya habéis recibido en esta vida vuestro consuelo. No esperéis recibirlo en la otra!
Palabra del Señor
Homilías
(A)
Nos cuesta dar una respuesta clara cuando se nos pregunta por la felicidad. ¿Qué es de verdad la felicidad? ¿En qué consiste realmente? ¿Cómo alcanzarla? ¿Por qué caminos llegar a ella? La verdad es que no es fácil acertar a ser feliz. No se logra la felicidad de cualquier manera. No basta conseguir lo que andamos buscando. No es suficiente satisfacer nuestros deseos. Cuando conseguimos lo que queremos, descubrimos que estamos de nuevo buscando ser felices. También es claro que la felicidad no se puede comprar. No se la puede adquirir en ninguna tienda ni comercio, como tampoco se pueden comprar la alegría, la amistad o la ternura. Con dinero sólo podemos comprar apariencias de felicidad. Por eso, hay tantas personas tristes en nuestras calles. Es que, la verdadera felicidad ha sido sustituida por el placer, la comodidad y el bienestar. Pero nadie sabe cómo devolvernos a las personas humanas el gozo, la libertad, la experiencia de felicidad. Nosotros tenemos nuestras “bienaventuranzas”. Suenan así: Dichosos los que tienen una buena cuenta corriente, los que se pueden comprar el último modelo, los que siempre triunfan, a costa de lo que sea, los que son aplaudidos, los que disfrutan de la vida sin escrúpulos, los que se desentienden de los problemas... Jesús ha puesto “nuestra felicidad” cabeza abajo. Ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que estamos corriendo “en dirección contraria”. Hay un camino verdadero para ser feliz que a nosotros nos parece falso e increíble. La verdadera felicidad es algo que uno se la encuentra de paso, como fruto de un seguimiento sencillo y fiel a Jesús. ¿En qué creer? ¿En las bienaventuranzas de Jesús o en los reclamos de felicidad de nuestra sociedad? Tenemos que elegir entre estos dos caminos. O bien, tratar de asegurar nuestra pequeña felicidad y sufrir lo menos posible, sin amar, sin tener piedad de nadie, sin compartir... O bien, amar... buscar la justicia, estar cerca del que sufre y aceptar el sufrimiento que sea necesario, creyendo en una felicidad más profunda. Nos vamos haciendo creyentes cuando vamos descubriendo en la vida práctica, en la tarea de cada día, que las personas son más felices cuando aman, cuando están dispuestas a ayudar a los demás. Es una equivocación pensar que los cristianos estamos llamados a vivir fastidiándonos más que los demás, de manera más infeliz que los otros. Ser cristiano, por el contrario, es buscar la verdadera felicidad por el camino señalado por Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios. Y vamos a conseguir esa felicidad siguiendo el programa que Jesús nos señala en las Bienaventuranzas.
(B)
Es bueno recordar que todos queremos la dicha. Estamos hechos para la felicidad. Siempre buscamos ser felices, incluso los masoquistas. Buscan la dicha tanto el místico como el drogata, tanto el misionero como el burgués, tanto el héroe como el cobarde, tanto el altruista como el egoísta. Lo que pasa es que no coinciden ni en los conceptos ni en los caminos. Y la calidad y cantidad de la dicha también es distinta. Con las mismas palabras se pueden decir cosas muy diferentes, incluso contradictorias.
Decimos “felicidad humana”. Y decimos “humana” en el sentido peyorativo que usa el salmo 1... En la Biblia se suele usar el término carnal. Se trataría de una felicidad que no se abre a la trascendencia, que se centra en la satisfacción de los instintos primarios del hombre. En ese sentido sería más feliz el que más puede, el que más vence, el que más éxito consigue. Y sería más feliz el que más tiene, el que más fortuna amasa, el que disfruta de más lujo, el que consigue mayor bienestar, más comodidad y seguridad. Y sería más feliz el que más se divierte, el que asiste a más fiestas, el que hace más bonitos viajes y excursiones, el que tiene más y mejores vacaciones. Y sería más feliz el que disfruta de más placeres, en el comer, en el beber, en la droga y en el sexo. O sea, lo de siempre, el poder, el tener, el placer. Todo eso es una felicidad muy barata, muy baja, muy engañosa, muy huidiza. Para conseguir estos sueños hay que esforzarse mucho. Una vez que se consiguen, producen insatisfacciones o dependencia, y se quiere más. A la larga esta felicidad termina en desdicha y maldición.
La “felicidad cristiana”. Cristo nos habla de otra felicidad, opuesta a la del mundo. Los caminos para llegar a ella también son opuestos. Su Bienaventuranza está en los valores del alma. Está en la libertad interior, en saber compartir, en vivir lleno de esperanza, aunque se sufra, en amar a todos, en la cercanía de Dios. Dichosos es el pobre que confía en Dios, que se siente pequeño, que tiene un corazón humilde, que es solidario, que no deja de esperar. No se bendice la pobreza que significa miseria y muerte, porque Dios quiere a sus hijos llenos de vida y de dignidad. No se bendice el hambre, sino a los hambrientos que desean llenarse de Dios. No son dichosas las lágrimas, sino los que lloran, cuando saben seguir en comunión consigo y con los demás a pesar de todas las rupturas. No es dichosa la exclusión o la persecución, pero sí son dichosos los marginados y perseguidos, si responden con amor. La Bienaventuranza de Cristo viene siempre por los caminos del amor y la esperanza: cuando preferimos el compartir, el servir, el negarse a sí mismo para hacer felices a los demás. Cuando preferimos no el reino del placer, sino el de la libertad. Cuando preferimos no el reino del “tener, sino el del “ser y el esperar”. Cuando preferimos no los reinos de la tierra, sino el Reino de Dios, es decir, cuando preferimos a Dios. Entonces nos situamos en el camino de las Bienaventuranzas de Jesús.
(C)
Sabemos bien que nuestra vida está llena de pobrezas, de fracasos e insatisfacciones. Siempre llevamos dentro algún miedo a la desgracia o al sufrimiento. Sabemos que en cualquier momento estas cosas nos pueden salir al paso. Las personas que tienen dinero o capacidades van saliendo adelante con cierta facilidad. Los pobres, lo tienen más difícil. La vida siempre ha resultado dura para los pobres. De todo esto Jesús sabía mucho porque había pasado por muchas pobrezas. Sin embargo, este pobre tan sencillo, tan humilde, tan odiado y rechazado por los influyentes y los poderosos había descubierto algo muy hermoso. Había descubierto el cariño de Dios hacia sus hijos más pobres. Nunca pudo callar ese descubrimiento que él llamaba Evangelio o Buena Noticia. Sabemos que Jesús se acercaba a los más desgraciados, a los pecadores, a los despreciados, a las personas que tenían la vida rota. Desde su cariño y su cercanía hacia ellos les iba anunciando que Dios los quería y que tenían un sitio preferente en el corazón de Dios. Un día que habían venido con Jesús los apóstoles y un grupo grande de discípulos y gente del pueblo, Jesús, se puso a anunciar esta Buena Noticia a los cuatro vientos. Decía: “Dichosos los pobres... los que ahora tenéis hambre... los que lloráis... Dichosos cuando los hombres os excluyan, os injurien y maldigan a causa del Hijo del hombre”... Decía: “Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Jesús estaba seguro del amor de Dios por sus hijos más pobres. Seguramente que todo eso lo había experimentado en sí mismo y por eso nos invita a fiarnos de Dios, que nunca abandona a sus hijos más necesitados. Sin embargo, con frecuencia los hombres tenemos la tentación de buscar la salvación en el dinero, la vida cómoda o las cosas de este mundo. Parece como si con estas cosas pudiéramos encontrar la puerta del paraíso. Jesús nos decía estas cosas: “¡Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo”. El consuelo de los ricos es la buena vida... No les queda sitio en el corazón para poder disfrutar del amor de Dios. Cuando el corazón lo tenemos ocupado por el dinero, terminamos confiando en las cosas más que en Dios, y a Dios lo vamos expulsando de nuestra vida... El Profeta Jeremías, hace muchos siglos, también hablaba de estas cosas: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”. Jesús, en el Evangelio, nos quiere enseñar que los pobres, los que no tienen puesta su confianza en las riquezas ni en las grandezas humanas, podemos disfrutar del amor maravilloso de Dios. Podemos saborear su ternura y su cariño. Hemos encontrado el verdadero tesoro. Y por eso decía: “Alegraos ese día y saltad de gozo porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.
Oración de los fieles
(A) Oremos hermanos, a Dios Padre, pidiéndole por nuestras necesidades y por las necesidades de todos los hombres.
Para que todos los seres humanos encuentren una razón para vivir y no caigan en la desesperación. ROGUEMOS AL SEÑOR... Para que se acabe en todo el mundo el hambre, la pobreza, el sufrimiento, la violencia. ROGUEMOS AL SEÑOR... Para que no sean inútiles los esfuerzos por conservar la naturaleza y por mantener el mundo limpio de contaminación. ROGUEMOS AL SEÑOR... Para que los cristianos sepamos desprendernos generosamente de todo lo que nos estorba para seguir a Jesús. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Te pedimos, Dios y Padre nuestro, que la convivencia entre los hombres esté basada en la generosidad y en la paz. Por JNS...
(B)
Puesta nuestra confianza en Dios le presentamos nuestras oraciones.
Todos: Señor, ayúdanos a parecernos a Ti.
“Dichosos los pobres...”: Dichosos los que se conforman con lo suficiente y comparten lo que tienen con los demás. OREMOS... “Dichosos los que ahora tenéis hambre...” Dichosos los que tenéis hambre de justicia, de paz, de que se acaben las desigualdades. Hambre de que Dios sea conocido como Padre de todos. OREMOS... “Dichosos los que lloráis...” Dichosos los que soportáis el dolor con paciencia y fortaleza y sabéis acompañar el dolor de los demás. OREMOS... “Dichosos cuando os odien por causa de Dios...” Dichosos los que no os avergonzáis de aparecer en público como cristianos y sufrís por defender los derechos de los demás. OREMOS...
A Ti, que enalteces a los humildes y colmas de bienes a los hambrientos, te dirigimos estas plegarias y las que llevamos cada uno en nuestro corazón. Por JNS...
Ofrendas
Una bolsa con dinero: Señor, te traemos esta bolsa con dinero. Sabes que es uno de los motivos fundamentales de nuestras luchas y nuestros esfuerzos. Sin él, los hombres y las mujeres de hoy vivimos inseguros. Realmente él es nuestro apoyo existencial. Y, sin embargo, Tú viviste la pobreza radical y dijiste que los que la vivieran como Tú, serían bienaventurados. Señor, hoy te lo ofrecemos, confiando que Tú nos enseñes a poner nuestros corazones sólo en Ti.
Un juguete bélico: Te presentamos este juguete que tanto gusta a los niños. Al ofrecértelo, queremos renunciar a cuanto significa ver la vida desde la guerra y el poder del más fuerte. Ayúdanos a todos, niños y mayores, a comprender la importancia de la paz; a saber que sólo, desde unos corazones pacificados, se puede sembrar y vivir la paz con los demás y en medio de la sociedad y del mundo. Y que sólo así podremos llegar a ser bienaventurados.
Prefacio...
Te damos gracias, Dios y Padre nuestro, porque a través de tu Hijo Jesús, has querido compartir las alegrías y los sufrimientos de los hombres. Durante su vida en esta tierra, recorrió los pueblos de Palestina, anunció las Bienaventuranzas, ayudó y socorrió a los enfermos, y estuvo siempre al servicio de los pobres y necesitados. Le seguía una gran multitud y los atendía con cariño y ternura. No sólo llamó bienaventurados a los pobres, a los que sufren, lloran, padecen hambre, son perseguidos por causa de la justicia, sino que también se hizo pobre, lloró y fue perseguido hasta ser condenado a muerte y ser ajusticiado en una cruz. Por eso es el bienaventurado entre los bienaventurados. Nosotros ahora, nos unimos a los Santos, y a las personas de buena voluntad para entonar un himno de alabanza diciendo:
Santo, Santo, Santo...
Padre nuestro
A menudo decimos: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Pero muchos siguen muriendo de hambre. No basta con rezar. Es necesario ponernos manos a la obra y conseguir el pan para todos. Con este deseo, le decimos juntos al Padre: Padre nuestro...
Nos damos la paz
Tú dijiste: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán hijos de Dios”. Nosotros queremos la paz, pero trabajamos poco por conseguirla. Deseamos la paz para todos. Que la paz del Señor esté siempre con vosotros...
Comunión
Hemos pedido pan y paz para todos. Jesús nos invita ahora a su Mesa, a su comunión y quiere que participemos en ella unidos y en paz. Dichosos...
Oración final
Hacemos nuestro el mensaje de las Bienaventuranzas y todos a una decimos:
Todos: Dichoso, el que confía en el Señor.
No te equivoques, no busques una felicidad barata, no la busques por los caminos trillados que nos pintan. No hagas caso de los reclamos de la publicidad ni te dejes llevar por la seducción de las cosas.
No está la dicha en tener muchas cosas, en lucir buenas marcas, en conseguir fortuna. Ni está la dicha en los placeres de la vida. Esta dicha es vana, engañosa, huidiza. La gente se mata por ella y terminan siendo desdichados.
Yo he visto la felicidad en la cara de los pobres, que eran libres. Y he visto la dicha en personas que lloraban, pero con fe y abiertos a la esperanza. No es más feliz el que más tiene, sino el que más comparte.
No es más feliz el ansioso que mendiga el placer de puerta en puerta, sino el que escala la montaña de la libertad. No es más feliz el esclavo de sus instintos, sino el esclavo del amor.
Dichoso, pues, el hombre que se abre a los caminos del amor. Bendito el que se niega a sí mismo para dar vida a los demás.
Bendición
Las Bienaventuranzas recogen el ideal de Jesús y proponen el estilo de vida del cristiano. Es un ideal atrayente, pero difícil. En ella se recoge la manera acertada de vivir. Si seguimos este ideal pasaremos por la tierra haciendo el bien y mejorándola. Si no, estropearemos nuestra vida y la de los demás. Que nos ayude a vivirlas, la Bendición de Dios Todopoderoso...
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