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+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas
En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: -¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.
Palabra del Señor
SE NOS HA ENCOMENDADO UNA MISIÓN
El P. Congar insistía: "Es hora de que dejemos de pensar que sólo los grandes personajes de la historia han recibido una misión; todos estamos llamados a cumplir una tarea concreta en esa gran epopeya que es la historia de la salvación", en la que no hay "extras", personajes anónimos. Todos y cada uno de nosotros somos esa higuera de la que nos habla el evangelio. Un árbol que el Señor Jesús ha plantado en la esperanza de cosechar frutos para el Reino. Jesús maldijo la higuera que no tenía más que hojarasca. El hortelano está decidido a cortar el árbol, no porque tenga epidemia y pueda contagiar, sino sencillamente porque no da fruto. El amo castiga al siervo negligente que esconde en la tierra el talento que le había confiado. El juez eterno declarará excluido del banquete celestial no sólo a los que le han perjudicado en la persona del prójimo, sino a los que han pasado de largo ante el prójimo hundido y tendido (Mt 25,40). Pecar es no dar fruto, frustrar los proyectos de Dios, negarse a realizar la tarea que el Señor nos ha encomendado en la construcción de la nueva humanidad. Cada uno tiene una misión. Cualquiera que no cumpla con su tarea entorpece la construcción de la "nueva ciudad"; y si hace mal su tarea contribuye a que sea defectuosa. Raoul Follereau, el gran padrino de los leprosos, que consagró toda su vida, talento y dinero a erradicar la lepra, cuenta: "Tuve un sueño. Muerto, me presento ante Dios y le digo todo ufano: 'Mira, mira mis manos limpias'... Dios me mira con infinita compasión y me dice en tono de reproche paternal, pero enérgico: 'Sí, hijo mío, manos limpias, muy limpias... pero vacías'. Cuando me desperté, me puse a trabajar afanosamente". ¡Qué aleccionador! La conversión implica reavivar la conciencia de la propia responsabilidad y ponerse manos a la obra…
LA GRAVE RESPONSABILIDAD
En la construcción de la vivienda material es fácil percibir las consecuencias de cumplir o no, o cumplir mal, con la propia tarea.
Un carpintero ya entrado en años estaba listo para retirarse. Le dijo a su Jefe de sus planes de dejar el negocio de la construcción para llevar una vida más placentera con su esposa y disfrutar de su familia. El iba a extrañar su cheque mensual, pero necesitaba retirarse. Ellos superarían esta etapa de alguna manera. El Jefe sentía ver que su buen empleado dejaba la compañía y le pidió que si podría construir una sola casa más, como un favor personal. El carpintero accedió, pero se veía fácilmente que no estaba poniendo el corazón en su trabajo. Utilizaba materiales de inferior calidad y el trabajo era deficiente. Era una desafortunada manera de terminar su carrera. Cuando el carpintero terminó su trabajo y su Jefe fue a inspeccionar la casa, el Jefe le extendió al carpintero las llaves de la puerta principal. "Esta es tu casa," - dijo, "es un regalo para ti."
!Que tragedia! !Que pena! Si solamente el carpintero hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, la hubiera hecho de manera totalmente diferente. Ahora tendría que vivir en la casa que construyó "no muy bien" que digamos! Así nos sucede. Construimos nuestra vida de manera distraída… Piensa como si fueras el carpintero. Piensa en tu casa. Cada día clavamos un clavo, levantamos una pared o edificamos un techo. Construye con sabiduría. Es la única vida que podrás contruir. Incluso si sólo vives un día más, ese día merece ser vivido con gracia y dignidad. La placa en la pared dice: “la vida es un proyecto de hágalo usted mismo”. Tu vida es el resultado de tus actitudes y elecciones del pasado. Tu vida mañana será el resultado de tus actitudes y elecciones hechas HOY… Estás a tiempo.
Que a nadie se le ocurra decir: Yo ¿qué puedo hacer? Tengo tan pocas cualidades, mi vida tiene tan poca influencia... No puedo hacer otra cosa que las tareas de casa... Todas las personas y colectivos tenemos la posibilidad de realizar la misión más grande, la misión que nos hace semejantes a Dios, sus hijos; es la misión de amar y servir a los hermanos, aunque sea a través de pequeños gestos. Esto es lo más importante que puede hacer el ser humano. Y lo puede hacer hasta un tetrapléjico. Si el ascua de una sola persona, por más humilde y sencilla que sea, es capaz de prender una hoguera gigantesca, ¡cuánto más un montón de ascuas que es un grupo cristiano! Por separado no hay nada que hacer… Participar en la Parroquia….
Recordemos aquellas comunidades paulinas compuestas por gente que procedían de los bajos fondos... Incontables millones de cristianos somos los herederos de su fe. Pienso que nos ha de ayudar a sospechar de nosotros, el conocer la contrición de muchas personas de vida llena. Me llena de confusión saber de Vicente de Paúl cómo en el lecho de muerte se lamentaba de no haber hecho más. "Has creado centros para ayudar a los pobres, le replica uno de los que le acompañan, has fundado congregaciones, has reformado al clero de Francia, te has prodigado sin reservarte nada para ti. ¿Qué querías, entonces, haber hecho?". Él contesta: "Más, Señor; quería haber hecho más...". Contaba un jesuita que el padre Arrupe en los últimos años de su vida repetía contrito: "No he hecho nada, no he hecho nada...".
Todo esto nos invita a preguntarnos: ¿Qué se habrá frustrado o qué se estará frustrando, quizás, por no ser fieles a los sueños del Señor Jesús sobre nosotros, a la tarea que nos ha encomendado? Otro tanto habríamos de preguntarnos, como comunidad cristiana, como grupo o movimiento eclesial: ¿Qué planes maravillosos hemos desbaratado, quizás, por nuestra mediocridad? La vida tiene demasiados retos grandiosos como para que la malgastemos. ¡Cuántas y qué grandes cosas podríamos lograr cada uno en particular y todos en conjunto! ¡Qué crimen tan horrible el de matar el tiempo cuando hay tantas cosas y tan importantes que hacer, ese tiempo que está llamado a ser amor, liberación, gracia!
La verdad está en las obras«La verdad está en las obras, no sólo en las palabras». Cuentan que Alejandro Magno en una batalla muy dura vio que un soldado suyo huía cobardemente del peligro. Lograda la victoria hizo que lo trajeran a su presencia y le preguntó: «¿Cómo te llamas?». «Alejandro», respondió el interrogado. y el emperador dijo tajantemente: «O cambias de nombre o cambias de conducta». ¿Podría decirnos el Señor a nosotros lo mismo cuando nuestras obras no responden al nombre de cristianos? Que a lo largo de este tiempo de Cuaresma resuene dentro de nuestro corazón: “La verdad está en las obras, no sólo en las palabras”.
Por nuestros frutos nos conocerán….
.Cuentan que un hombre que acababa de conocer a Jesús de Nazaret quedó tan fascinado de su presencia que decidió buscar, por todos los caminos, a otros hombres que les hubiera pasado lo mismo que a él, para, junto a ellos, seguirle. Al ver a un anciano sentado al borde del camino le preguntó: -¿Ha visto pasar por aquí a algún cristiano? El anciano, encogiéndose de hombros, le contestó: -Depende del tipo de cristianos que busque. -¡Perdone! -le dijo contrariado el joven-, es que soy nuevo en esto y no conozco los tipos que hay. Sólo conozco a Jesús. -Pues mire, amigo, los hay para todos los gustos: Hay cristianos de cumplo-miento, cristianos por tradición, por conveniencia, por comodidad... y hay otros que son cristianos auténticos. -¡Los auténticos! Esos son los que yo busco. ¡Los de verdad! -¡Vaya! -dijo el anciano, subiendo la voz-, esos son los más difíciles de encontrar. El joven, con impaciencia, le dijo: -¿Y cómo podré reconocerlos? El anciano, pausadamente, le contestó: - No se preocupe, amigo… No tendrá dificultad para reconocerlos. Un cristiano de verdad no puede pasar desapercibido. Lo conocerá por sus obras, pues allí donde va, siempre deja huella”.
Y nosotros nos debatimos en mil elucubraciones intentando definir la mejor manera de seguirte, mientras los otros sólo ven cómo amamos y aprenden de nuestra generosidad y justicia.
Ayúdanos a ser luz en medio de este tiempo de oscuridad, sal en este mundo soso, que necesita tu chispa y tu alegría.
Un capellán, se aproximó a un herido en medio del fragor de la batalla y le preguntó: - ¿Quieres que te lea la biblia? Primero dame agua, que tengo mucha sed, le dijo el herido. Y el capellán le convido al último trago que tenía en su cantimplora, aunque sabía que no había más agua en kilómetros a la redonda. -¿Ahora, puedo leerte la Biblia?, le preguntó de nuevo Primero dame de comer, que me muero de hambre, suplicó el herido. El capellán le dio el último mendrugo de pan que atesoraba en su mochila. - Tengo frío, fue el siguiente clamor. Y el hombre de Dios se despojó de su abrigo de campaña pese al frío que calaba y cubrió amorosamente al herido..
Ahora sí, le dijo al capellán. Háblame de ese Dios que te hizo darme tu ultima agua, tu último mendrugo y tu único abrigo. Quiero conocerlo...
La higuera del camino
La plantó junto al camino. La plantó en su propio campo. Allí brotó. Allí creció. Allí se hizo grande. Era “su” higuera. La higuera de sus sueños. La higuera de la que recogería los sabrosos higos.
La gente al pasar miraba a la higuera. ¡Estaba tan bella y hermosa! ¡Estaba tan llena de vida! Algún turista se sacó una foto a su lado. ¡Qué hermosa está! Decían unos. ¡Qué belleza de higuera! Se decían otros. Hasta alguien pensó cortar una rama para llevársela.
También llegó él, el dueño. Se quedó mirando y la vio hermosa. Se acercó tímidamente, como quien no quiere despertarla. Extendió la mano, quiso probar sus dulces frutos. ¡Desilusión! No tenía higos. Tenía hojas. Tenía follaje. Pero no tenía frutos.
Sus manos buscaban ansiosas entre las ramas. Pero no había dado frutos. Era el segundo año. Un año más de frustración. Todo era para la mirada. Nada para el gusto. Todo era para el engaño. Nada para la verdad. Todo se había ido en la belleza del vestido. Nada se había quedado para regalar higos.
No le dolía el trabajo de sus cuidados. Le dolía la ingratitud de la higuera. No le dolía lo que había gastado en ella. Le dolía su esterilidad.
No le dolía el tiempo que había esperado. Le dolía el tiempo que había perdido. No le dolían los sueños puestos en ella. Le dolía aquella vida tan hermosa, pero vacía.
¿Arrancarla? Era una pena. ¿Dejarla otro año? ¿Serviría de algo? ¿Abonarla de nuevo y esperar? ¿No sería otro gasto inútil? Pero alguien le hizo recapacitar: ¿A caso la esperanza no se merece un nuevo esfuerzo? ¿A caso la esperanza no se merece un intento más? ¿No volvería a quedar todo en hojas, otra vez? Era posible. Pero ¿y la esperanza...? ¿Por qué renunciar a soñar?
Volvió a regar sus raíces de ilusiones. La volvió a regar de esperanzas. Otro año de espera, ¿y quién sabe si algún otro más? Porque la esperanza se resiste a morir. Porque el amor se resiste a desesperar. Porque la ilusión siempre cree en un mañana.
¿Alguien probó, algún día, los higos de la higuera? ¿Alguna vez se olvidó de su follaje y pensó en la fecundidad de sus entrañas? ¿Alguna vez dejó de pensar en la apariencia para espectáculo de los viandantes? ¿Alguna vez pensó para sus adentros:
Que la belleza sin vida es muerte? Que la hermosura sin frutos es engaño? Que las apariencias se olvidan en los ojos que las miran? Que las apariencias de una vida vacía, se marchitan?
Esperaré un año más. Esperaré otros dos o más. Esperaré los que sean necesarios. Porque el amor, no se cansa de esperar.
¿Es por eso, Señor, que tantos años me sigues esperando? También yo soy tu higuera. La que tú plantaste en tu Iglesia. La higuera de la que tanto has esperado. La higuera que tanto has regado y abonado con tu amor y tu gracia. La higuera que tampoco acaba de regalarte los frutos de gracia que tú esperas de ella. Yo sé que no es un año más para seguir esperando algo de mí. Me esperas todos los años que yo necesite para florecer en frutos de santidad.
Oración
Señor: Soy tu higuera plantada en la viña de tu Iglesia. Muchos me creen bueno, porque mis apariencias engañan. Tú eres el único que conoce la verdad de mi corazón. Tú eres el único que cada día buscas ahí dentro de mí los frutos de bondad. A ti no te interesan los engaños de mis engaños. A ti no te sirven las apariencias del follaje de mi piedad. Cada día sé que vienes a mí esperando los frutos de santidad. Me duele que, tantos años te esté defraudando. Me duele que, tu gracia no haya sido más eficaz en mí. Gracias por saber que sigues esperando. Gracias por saber que aún me dejas crecer en tu Iglesia. Gracias porque aún sigues poniendo esperanzas en mi. Amén.
¿PARA QUÉ UNA HIGUERA SIN HIGOS? ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Jesús se esforzaba de muchas maneras por despertar en la gente la conversión a Dios. Era su verdadera pasión: ha llegado el momento de buscar el reino de Dios y su justicia, la hora de dedicarse a construir una vida más justa y humana, tal como la quiere él. Según el evangelio de Lucas, Jesús pronunció en cierta ocasión una pequeña parábola sobre una higuera estéril. Quería desbloquear la actitud decepcionante de quienes le escuchaban, sin responder prácticamente a su llamada. El relato es breve y claro. Un propietario tiene plantada en medio de su viña una higuera. Durante mucho tiempo ha venido a buscar fruto en ella. Sin embargo, año tras año, la higuera viene defraudando las esperanzas que ha depositado en ella. Allí sigue, estéril, en medio de la viña. El dueño toma la decisión más sensata. La higuera no produce fruto y está absorbiendo inútilmente las fuerzas del terreno. Lo más razonable es cortarla. ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde? Contra toda sensatez, el viñador propone hacer todo lo posible para salvarla. Cavará la tierra alrededor de la higuera para que pueda contar con la humedad necesaria, y le echará estiércol para que se alimente. Sostenida por el amor, la confianza y la solicitud de su cuidador, la higuera queda invitada a dar fruto. ¿Sabrá responder? El relato de Jesús es una parábola abierta, contada para provocar nuestra reacción. ¿Para qué una higuera sin higos? ¿Para qué una vida estéril y sin creatividad? ¿Para qué un cristianismo sin seguimiento práctico a Cristo? ¿Para qué una Iglesia sin dedicación al reino de Dios? La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Para qué una religión que no cambia nuestros corazones? ¿Para qué un culto sin conversión y una práctica que nos tranquiliza y confirma en nuestro bienestar? ¿Para qué preocuparnos tanto de ocupar un lugar importante en la sociedad, si no introducimos fuerza transformadora con nuestras vidas? ¿Para qué hablar de las «raíces cristianas» de Europa, si no es posible ver los «frutos cristianos» de los seguidores de Jesús?
Todavía estamos a tiempo
En tiempos de Jesús se creía que los males que uno sufre son castigo de Dios por los pecados cometidos. Jesús les hace ver a sus oyentes que no. Y así en el Evangelio de hoy dice que las dieciocho personas que murieron aplastadas por la torre de Siloé no eran más pecadoras que los demás. Todos sabemos que hay gente muy ruin que vive como un rey, y que hay gente muy buena que padece mucho, incluso desgracias. Podemos preguntar: ¿Por qué motivo, Señor? Pero el Señor no vino a explicarnos los males del mundo. Vino a luchar contra el mal y a sufrirlo en carne propia, porque Él buscaba el bien de los demás. Todos los que luchan contra el mal, buscando el bien de los demás, son imitadores de Cristo. Era un día muy frío de enero. Un avión con 185 pasajeros se estrellaba contra un puente de Washington y se hundía en el río Potomac, entre hielos y hierros. Unos momentos después llegó un helicóptero de salvamento. Sólo había cinco supervivientes que estaban agarrados a la cola del avión, que todavía flotaba. El helicóptero les lanzó desde el aire un cable salvavidas. El primero en coger el cable fue Arnold Williams, de 45 años, empleado de banca, y se lo dio a su esposa. El helicóptero salvador se la llevó. Cuando el aparato regresó, el señor Williams otra vez agarró el cable y se lo cedió a otro pasajero. Por tercera y cuarta vez este hombre alcanzó el cable para entregárselo a otra persona superviviente. Cuando el helicóptero retornó finalmente a rescatado, el señor Arnold Williams había desaparecido bajo las aguas heladas del río Potomac. Hermanas y hermanos: este hombre, a semejanza de Cristo, dio su vida por los demás. Seguramente a nosotros no se nos va a pedir tanto, pero sí se nos pide que hagamos el bien que podamos todos los días, empezando por el bien a nuestros familiares. Besa, pues, a tus niños; abrázales, dales afecto y ternura, «no dinero»; disfruta y juega con ellos mientras sean niños... Mañana se habrán marchado de casa. Atiende, cuida y mima a tus padres, a las personas mayores que quieres... Mañana no los tendrás. Es ley de vida. Dile a tu esposa, a tu esposo que le quieres, que es la persona más importante de tu vida... Mañana quizá sea tarde. Hazle feliz hoy...; mañana tal vez será demasiado tarde. Repite a quienes amas aquellas palabras amables o aquel detalle cariñoso que tal vez esperan desde hace tiempo. Regálales hoy lo mejor de ti, tu presencia, tu atención, tu tiempo, tu persona... No sabes si mañana podrás. Haz buenas obras hoy. Es el mejor camino. El mañana que sueñas y deseas... tal vez no llegue nunca. Pero no nos contentemos con hacer bien a nuestros familiares y amigos... Hagamos el bien sin mirar a quien. Dios en este mundo nos da un tiempo de vida para hacer el bien, tiempo de vida que nunca vamos a repetir. Que este tiempo de vida no sea la historia de un gran fracaso, sino la historia de la persona que Dios quiere que seamos. Durante tres años aquel hombre del Evangelio había ido a buscar fruto en su higuera y no lo encontró. ¿Cuántos años lleva Dios esperando, o tiene que esperar, para encontrar en nosotros el fruto de buenas obras? Pensémoslo. Todavía estamos a tiempo para la conversión.
NO BASTA APARENTAR
La parábola de la higuera es significativa y su valor es siempre actual. Se puede ser un árbol frondoso y, sin embargo, carecer de frutos. Se puede aparentar mucho y ser espiritualmente estéril. Hasta yo pudiera poner “carita de santo” y terminar siendo una vulgaridad. Una higuera frondosa, pero “de higos nada”. Por algo dice la gente que “las apariencias engañan”, pero luego todos cuidamos mucho nuestras apariencias. Pareciera que lo importante es, no lo que realmente somos, sino lo que los demás ven en nosotros. ¿Será por eso que hoy cuidamos tanto nuestras apariencias físicas en base a maquillajes? Pero, ¿cuántos maquillajes espirituales llevamos cada uno? ¿Cuántos maquillajes de fe llevamos cada uno? Sigo preguntándome, si tenemos tanto interés en que los demás vean en nosotros algo bueno de verdad, ¿por qué luego cuidamos tan poco la verdad de nuestro ser? Porque yo no conozco a nadie que quiera presentarse como malo ante los otros. Esto lo siento en propia persona y me cuestiona, ¿por qué entonces no hago más para ser de verdad lo que soy y dar verdaderos frutos de fe, frutos de bautismo, frutos de confirmación y frutos de Eucaristía? Las apariencias pueden crearnos una imagen de exportación, pero luego cada uno conoce su propia verdad. Es ahí donde entonces sentimos esa contradicción interior dentro de nosotros que nos hace sentirnos descontentos con nosotros mismos porque, en el fondo, las apariencias son el disimulo de nuestra mentira. Cuantos más años uno va cargando en su cuenta, pareciera que más miedo tiene a su propia mentira porque los años nos acercan, querámoslo o no, a nuestra verdad. Les confieso que esto de la higuera, personalmente, me trae muy preocupado. ¿Y a ti?
Por nuestros frutos nos conocerán
Y nosotros nos debatimos en elucubraciones mil, intentando definir la mejor manera de seguirte, mientras los otros sólo ven cómo amamos, y aprenden de nuestra generosidad y justicia.
Queremos ser alrededor, el gesto cálido, la palabra oportuna, la sonrisa acogedora, la voz que denuncia la injusticia, la mano tendida, la mirada disculpadora y la persona amiga.
Porque deseamos parecernos a ti, Señor, hemos de ser el compañero fiel, el vecino más atento y generoso, el que promueve actividades solidarias, el que anima las fiestas y acompaña el dolor.
Nuestro fruto ha de ser el amor, traducido en compañía de vidas, en caricia entrañable, en disculpa misericordiosa.
Haznos amorosos y hermanos, Señor, ayúdanos a ser luz en tiempo de oscuridad y sal en un mundo soso, que necesita chispa, alegría y optimismo vital. Contigo es posible, Jesús.
Con otras palabras
Hubo una vez un monje oriental cuyo gran sueño, el sueño de su vida, consistía en visitar el sepulcro del Señor y postrarse ante él. Así se lo pedía a Dios. De aldea en aldea iba recogiendo limosnas. Al cabo de muchos años, siendo ya viejo, logró reunir treinta libras, justo lo necesario para el viaje. Hizo penitencia, obtuvo el permiso de su superior y partió. Apenas había salido del monasterio; vio a un hombre harapiento, escuálido, triste, recogiendo hierbas. El hombre, al oír resonar el cayado del peregrino sobre las piedras, levantó la cabeza. - ¿A dónde vas, padre mío? le preguntó. - Al Santo Sepulcro, hermano, a Jerusalén. Daré tres vueltas alrededor del Santo Sepulcro y me prosternaré allí a hacer oración. - ¿Cuánto dinero tienes para eso? - Treinta libras. - Dámelas a mí: tengo mujer y niños, y tienen hambre. Dámelas, da tres vueltas alrededor de mí, arrodíllate y prostérnate ante mí y después vuelve a tu monasterio.
Y así lo hizo el monje.
Pasado un tiempo comprendió quién era el pobre que había encontrado al salir del monasterio: era Cristo.
PERO DIOS ESPERA
Algo que nosotros no sabemos hacer. Esperar, es para nosotros, “desesperar”. Ya nos hemos olvidado de esperar. Todo lo queremos al instante. Apretar el botón y que salga ya el premio. Por eso llevamos dentro tanta angustia, no sabemos dar tiempo al tiempo. Ahí está la diferencia con Dios. Saber esperar que nuestro matrimonio mejorará. Las prisas hacen más dolorosa la situación del presente. “Señor, déjala todavía un año; yo cavaré alrededor, le echaré estiércol, a ver si da fruto”. Cada uno es esa “higuera de Dios” sin frutos y a la que Dios esperará un año más. Me pregunto cuántos años lleva ya esperándome. Lo único que me consuela es que el año de Dios no tiene trescientos sesenta y cinco días, sino que el año de Dios es toda mi vida. Por eso no pierdo la esperanza que algún día mi corazón cambiará de verdad. |