Para los cristianos la Eucaristía es el centro vital de la vida de la comunidad cristiana. 

También es la fuente de nuestra evangelización.  Es de alguna forma nuestro momento

más importante en nuestra comunicación y vivencia sacramental con Dios.

 

Es el momento privilegiado donde se condensa, se expresa y realiza todo lo que es la

comunidad cristiana.  Se ha dicho que la Eucaristía es la "experiencia fundamental

de la Iglesia".

 

Por lo tanto si los creyentes falseamos y deformamos el significado de la Eucaristía,

corremos el riesgo de falsear y deformar la vida de la comunidad cristiana.  Vamos a ver esto

en tres partes.

 

l)   Algunas manipulaciones ó utilizaciones de la Eucaristía que desvirtúan y frustran la Eucaristía como sacramento central del amor, del servicio fraterno y de la lucha por la justicia.

 

2)    Cómo y por qué la Eucaristía exige, para ser celebrada en todo su verdad, el compromiso del amor, la solidaridad fraterna y la lucha por la justicia de Dios entre los hombres.

 

3)     Algunas sugerencias para ahondar más en el contenido concreto de la liturgia eucarística y en el modo de celebrarla como fuente de justicia y amor.

 

EL "FRACASO" DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

 

No nos vamos a detener a considerar la contradicción que encierran las celebraciones de la Eucaristía cuando la Cena del Señor es politizada en una o en otra dirección o es un acontecimiento militar o un acto de sociedad.

 

Es evidente que estas celebraciones pervierten la Eucaristía, aquí no se celebra  “el memorial  de Jesucristo”,   sino algo mucho más ambiguo y confuso.

 

Nos vamos a centrar en la celebraciones de nuestras comunidades cristianas con los que estamos familiarizados, que encierran sin duda grandes valores, pero donde podemos, sin embargo, detectar graves riesgos de vaciar la Eucaristía de su contenido más esencial.

 

1.1.    La evasión cúltica.

 

Esta es una primera tentación de los cristianos, la de una evasión y huida de la vida real.  Un refugio que nos protege y defiende de la vida dura en la que nos movemos.  Es muy tentador acercarse a celebrar la Eucaristía para descansar del vértigo de la vida moderna, saborear la liturgia compartir una experiencia religiosa, cantar juntos al Señor y sentir la satisfacción de estar cumpliendo unos deberes religiosos que nos garantizan la salvación.   Un par de datos.  Nos indigna e inquieta que un sacerdote  celebre una Eucaristía sin atenerse estrictamente a la normativa Litúrgica, pero no nos preocupa que una comunidad siga celebrando semanalmente la Cena del Señor sin plantearse ni revisar nunca su aptitud y su actuación ante los marginados y excluidos de esta sociedad.

 

Por otra parte llamamos eucaristías "logradas" y buenas a aquellas en los que se ha logrado un ambiente cálido y festivo, en contraposición a otras celebraciones más aburridas y rutinarias.  El criterio de valoración parece ser la vivencia cultural y no la vida.

 

¿Se puede hacer de la fracción del pan un sacramento de evasión, autodefensa ó indiferencia ante el sufrimiento humano y la conflictividad que atraviesa nuestra sociedad?.

 

 1.2.      El cisma entre el sacramento del altar y el sacramento del hermano.

 

Es expresión del pensador ortodoxo Oliver Clement, que pide acabar con el cisma escandaloso entre el sacramento del altar y el sacramento del hermano o al hecho que muchos cristianos los domingos se entregan a las buenas intenciones y durante la semana a los caminos de este mundo.

 

Siempre corremos el riesgo de pretender comulgar con Cristo en la más estricta intimidad, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos.  Compartir  el pan eucarístico, ignorando el hambre de millones de seres humanos.

 

Creer que podemos celebrar el Sacramento del Amor, sin revisar nuestros egoísmos individuales y colectivos, nuestra ceguera culpable, nuestra apatía ante situaciones sociales intolerables de desprecio y olvido a los pobres.

 

Continuamente caemos los creyentes en la tentación de disociar el culto y la justicia.  Donde no hay justicia y amor no hay culto a Dios. Es más se puede convertir en una burla e insulto el ofrecer este culto al que es Padre de todos los hombres.

 

¿Cómo puede tomar en serio el Sacramento del Amor una comunidad que no toma en serio la opresión y la injusticia que crucifica a los hombres ?.

 

1.3.         La Eucaristía como "tranquilizante"

 

La satisfacción del deber religioso cumplido lleva con frecuencia a tranquilizar la conciencia, en vez de ser estimulo para el amor militante y activo.  Entonces la Eucaristía se convierte en "coartada religiosa" que tranquiliza y dispensa de hacer la experiencia de culpa o de fracaso como comunidad cristiana en medio de una sociedad injusta.

 

Esa Eucaristía no provoca conversión o no nos pone en seguimiento de Jesús.  No introduce ruptura en la vida de nuestras comunidades.

 

No es la Eucaristía la que despierta y siembra exigencias en nuestra vida burguesa, sino que somos nosotros los que ponemos exigencias a la Eucaristía.

 

Cuando las comunidades cristianas siguen celebrando rutinariamente Eucaristías vacías de vida, de fraternidad, de exigencia de solidaridad y mayor justicia, estamos potenciando un obstáculo religioso que les impedirá escuchar el clamor de los pobres y la llamada de Dios que les urge a buscar, por encima de todo, el reinado de su justicia entre los hombres.

 

2.-  LA EUCARISTÍA, EXIGENCIA DE AMOR Y DE JUSTICIA.

 

Vamos a establecer algunas reflexiones teológicas sobre la Eucaristía.

 

 

2.1.         La Cena del Señor

 

La "ULTIMA CENA" de una larga cadena de comidas y cenas que Jesús ha celebrado a lo largo de su vida.

 

Dos novedades: Jesús no solo promete el Reino de Dios como algo futuro y habla de él en sus parábolas como un banquete o fiesta final, sino que, además, lo vive y lo celebra ya como una realidad que se hace presente en el signo de esas comidas.

 

Los discípulos pueden experimentar ya la cercanía amistosa y la proximidad misericordiosa de Dios.

 

Son comidas en las que pueden tomar parte los pecadores, los excluidos,  los marginados, y despreciados.

 

La Ultima Cena es el compendio de la vida y el mensaje de Jesús acerca del Reino de Dios.  Significa fraternidad, comensalidad, acogida mutua, amistad y compartir.

 

Si Dios reina entre los hombres, esto significa que ya no han de reinar unos hombres sobre otros, unas clases sobre otras, unos pueblos sobre otros, un sexo sobre el otro.  A Dios sólo podemos acogerlo como Padre y Señor si los hombres nos sentamos a compartir como hermanos la mesa de esta tierra.

 

Los primeros cristianos celebraban la Eucaristía en el contesto de un ágape o cena.  Posteriormente en vez de ser un signo de fraternidad se convierte en ocasión vergonzosa de división y desigualdad social.  No se comparte.  Cada uno se adelanta a comer su propia comida.  Mientras unos pasan hambre, otros se emborrachan; y San Pablo les habla claro: No han entendido la relación que hay entre la Eucaristía y la cena fraterna.  Lo que tenía que ser signo de fraternidad se ha convertido en antisigno.  Eso ya no es la Eucaristía "Cuando os reunís en vuestras asambleas, eso ya no es comer la cena del Señor" (lCor.11,20).

 

Lo más importante no es recuperar una cena ritual sino redescubrir toda la fuerza que cierra el símbolo subyacente a la cena eucarística.

 

Hemos de tomar conciencia que la celebración de la Eucaristía es una proclamación de la fraternidad querida por Jesús y un recuerdo de las exigencias concretas de la Justicia de Dios.

 

¿Pero quienes somos los que celebramos hoy la cena del Señor?.  Somos personas pertenecientes a una sociedad organizada para satisfacer deseos de los que tienen medios económicos y no para responder necesidades de los menos privilegiados.

 

Venimos de una sociedad competitiva, dominada por el afán de posesividad y máximo lucro, que ignora y arrincona a los que no pueden valerse o competir con éxito.  Sociedad que exalta el tener y poseer y que no exalta el estilo de vida sencillo y austero que lleva a compartir nuestros bienes con los más necesitados.

 

Somos constructores y víctimas de esa sociedad, nos alimentamos de ella y la nutrimos y, somos estos millones de cristianos del Primer Mundo los que nos sentamos a la "Mesa del Señor" y no nos damos cuenta del escándalo de una Iglesia que reúne en la cena del Señor a oprimidos y espectadores de esa opresión y abandono.

 

Es esta realidad trágica la que nos obliga a preguntarnos hoy si esto es celebrar la cena del Señor y otra cosa que el Señor reprueba y condena.

 

¿Que ocurre con ese "cisma" real que amenaza a la Iglesia, con esa separación que se produce cuando nosotros, cristianos del primer mundo, rasamos el mantel eucarístico entre nosotros y las iglesias pobres, porque no las acompañamos con nuestra conversión en su miseria y opresión?.

 

La Eucaristía está llamada hoy a urgir la conversión de ese hombre individualista que produce la sociedad del Primer Mundo.

 

La Cena del Señor urge hoy a la Iglesia universal y a cada comunidad cristiana a ese discernimiento y a una especie de "revolución" de fraternidad y solidaridad entre los pueblos y los hombres.

 

2.2.           La fracción del pan

 

La Eucaristía aparece designada en los Hechos de los Apostoles como "fracción del pan".  El pan compartido es símbolo de unidad San Pablo, lCor.10,17.  "Así como hay un solo pan y todos participamos de él, así también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.

 

De esta manera, este rito subraya y profundiza todavía más lo que simboliza la cena del Señor: La Eucaristía se celebra compartiendo el pan en la unidad.

 

Pero hay otro dato a destacar: Jesús, el Maestro, celebra la cena eucarística sirviendo.

 

¿Quien es más importante, el que se sienta a la mesa con el que sirve ? ¿No es acaso el que se sienta a la mesa?  Sin embargo: Yo estoy entre vosotros como el que sirve. (Lucas 22,27)

 

Esta Cena como acto de servicio del Señor es una síntesis de lo que ha sido toda su vida y de lo que será su muerte, entrega, servicio a la humanidad.

 

San Juan no narra la última cena.  Nos describe a Jesús lavando los pies a sus discípulos.

 

Por lo tanto a nosotros como discípulos que queremos seguir al Maestro, se nos pide la celebración litúrgica, viviendo estos dos aspectos inseparables y complementarios de la existencia cristiana: La cena que es compartir fraternalmente el pan como don del Señor, y el servicio a los más pequeños y necesitados, donde encontraremos al Señor.

 

Así lo entendieron las primeras comunidades incluso en el siglo II, que se suprime el ágape en la celebración eucarística, los creyentes no abandonan la práctica del servicio y la ayuda al necesitado.  Entonces la fracción del pan exigía la comunicación de bienes y el servicio al necesitado que lo ejercían los diáconos.

 

Esto entonces nos sigue cuestionando la celebración actual de nuestras Eucaristías.

 

¿Podemos seguir compartiendo con tranquilidad el pan eucarístico sin compartir las consecuencias de la crisis y ese bien escaso que es el trabajo, derrochando y gastando nuestro dinero sin control porque la crisis no nos afecta, acordándonos sólo de nuestras reivindicaciones, moviéndonos y luchando sólo cuando vemos en peligro nuestros intereses?

 

La celebración de la Eucaristía nos debería exigir abrir los ojos y ser conscientes del abismo existente entre los pueblos del Norte y del Sur, de esa crisis económica y de esa división entre los que tienen trabajo y los que se hunden en el paro.

 

2.3.         La acción de gracias

 

La Cena del Señor respira ese clima de alabanza a Dios, y la Eucaristía de hecho, ha quedado estructurado en su parte central corno una gran plegaria de acción de gracias en la que alabamos al Padre por su don, que es Jesucristo.

 

Si recuperamos en toda su hondura la Eucaristía como alabanza y acción de gracias al Padre, podremos reavivar todo el contenido de fraternidad, justicia y solidaridad que encierra.

 

Para vivir en acción de gracias, es necesario mirar la tierra como don de Dios y recibirla con agradecimiento.  No pertenece a ningún hombre.  Nos la regala el Creador para que la compartamos.  Si la acaparamos de manera injusta, la estamos negando como don del Padre.  Yo no puedo dar gracias a Dios si con mi propiedad privada estoy "privando" a otros hermanos de lo que necesitan para vivir y los estoy excluyendo del disfrute  de los dones del Creador.

 

La Eucaristía como acción de gracias a Dios exige una distribución justa de los bienes de la tierra.

 

Es una burla entonar prefacios y pronunciar la plegaria eucarística  agradeciendo a Dios la vida que se nos regala en Cristo, mientras seguimos negándola en toda su dignidad a los hermanos.  Debemos aprender a celebrar la Eucaristía como "una acción de gracias en un mundo quebrantado”, expresión de la Conferencia Episcopal Francesa, en su documento sobre la Eucaristía.

 

2.4.         Memorial de Cristo crucificado.

 

La Eucaristía es memorial de Cristo crucificado.

 

Este aspecto es esencial para impedir todo riesgo de reducir la del Señor a nuevas comidas fraternas.

 

Al celebrar la Eucaristía celebramos un "memorial", celebramos el acontecimiento salvifico que se recoge y expresa en esa cena y que es el compromiso radical y la entrega de Jesús hasta la muerte.  Lo que Jesús hace en la cena del Jueves Santo es reafirmarse en su obediencia filial al Padre y en su solidaridad total con los pobres, los últimos, los excluidos, los pecadores, asumiendo hasta el final las consecuencias.  Este es mi Cuerpo entregado por vosotros.  Esta es mi sangre derramada por vosotros.

 

Jesús resume toda su vida anterior de entrega y amor y acepta el conflicto, el riesgo total, el sacrificio de su vida.

 

Hemos de ser conscientes de que no hemos sido redimidos por medio de un servicio específicamente litúrgico, sino por la entrega de Jesús vivida día a día hasta su ejecución en la cruz.  Lo que ha salvado al mundo no es una liturgia celebrada en un templo, sino la ejecución de un hombre que se hizo inaguantable a los poderosos de este mundo por su amor a los pequeños y excluidos.

 

HACER MEMORIA DEL DON Y LA ENTREGA DE JESUS NOS INVITA A COMPRENDER MEJOR EL SENTIDO DE NUESTRA SOLIDARIDAD CON LOS ULTIMOS Y LA RADICALIDAD CON LA QUE HEMOS DE VIVIRLA.

 

   Hacer memoria de Cristo es más que realizar un acto cultural: Es aceptar vivir bajo el signo de la cruz y en la esperanza de la resurrección. El "Memorial" del crucificado nos urge a vivir la solidaridad y la defensa de los últimos, arriesgando nuestra propia persona hasta el conflicto y la cruz. La gran contradicción de nuestras eucarísticas, es que recordamos y anunciamos la cruz mientras rehuimos la pasión.

 

2.5.         Presencia del Resucitado.

 

  Recordemos que los discípulos reconocen al Resucitado "al partir el pan".  La Eucaristía hunde sus raíces en la experiencia del encuentro vivo con el resucitado.

 

  Es la Resurrección la que hace posible la presencia real, viva y operante de Cristo en la asamblea eucarística.

 

La Eucaristía es una forma permanente de la aparición Pascual.

 

La Eucaristía es "memorial de la muerte y resurrección de Jesús (Canon II).

 

Entrar en la dinámica de La Resurrección es luchar por la vida y enfrentarnos a la muerte bajo todas sus formas.

 

El que celebra la Eucaristía animado por la resurrección de Cristo es un hombre llamado a hacerse presente allí donde se produce muerte, destrucción, homicidio, hambre, esclavitud ... para luchar por la vida.

 

El gesto de Dios resucitando a Jesús nos descubre no solo el tiempo de la omnipotencia de Dios sobre la muerte, sino también la victoria de la Justicia de Dios por encima de las injusticias de los hombres.

 

Estamos del lado de aquellos que matan la vida y destruyen al hombre, o de aquellos que "mueren" de alguna manera por defender a los crucificados.

 

 

3. Celebrar la Eucaristía como fuente de justicia y de amor

 

A la luz de lo que hemos venido diciendo podemos ahondar en el contenido concreto de la liturgia eucarística y en el modo de celebrarla como fuente de justicia y amor.

 

3.1.           La liturgia del perdón

 

Solemos considerar este "acto penitencial" con que se inicia la celebración eucarística como un rito de entrada que nos permite adentrarnos en la celebración de una manera "mas digna". Pedimos perdón a Dios para poder acercarnos purificados al Señor.

 

Esta liturgia penitencial puede ser ya un momento importante, pues nos pone en contacto con nuestra vida real de injusticia, desamor, insolidaridad y nos recuerda las contradicciones que se dan entre nuestra celebración cristiana y nuestro comportamiento real.

 

Desde el comienzo hemos de entender la Eucaristía como lugar de perdón, pero también como experiencia que nos ayuda a convertirnos de nuestro pecado y a concretar nuestro compromiso cristiano.

 

3.2.           La liturgia de la Palabra.

 

Es el momento de escuchar la Palabra de Dios que nos interpela a nuestra apatía e insolidaridad y puede producir un profundo cambio en nuestras vidas.  En la escucha sincera de esta Palabra se juega en gran parte la posibilidad de que la Eucaristía sea verdadero "memorial" de Cristo, recuerdo vivo de su persona y su mensaje, acogida de su Espíritu, llamada a1 seguimiento ... o se reduzca más bien a culto vacío y carente de fuerza transformadora.

Escuchar la Palabra de Dios es preguntarse concretamente qué luz arroja sobre nuestra vida individual y  colectiva, a qué compromiso concreto nos urge, qué esperanza puede hoy despertar en los pobres y desheredados de la tierra.  La escucha de la Palabra nos ayuda a discernir desde que aptitud y desde qué compromiso de amor y justicia vamos  a compartir la cena del Señor y a comulgar con El.

 

3.3. La oración de los fieles.

 

Esta oración  de toda la comunidad creyente reunida para celebrar la Eucaristía nos permite evocar las injusticias,  abusos, conflictos, marginaciones y miserias que deshumanizan a las personas y a los pueblos.

 

No es Dios el que necesita ser informado de todo ese sufrimiento, sino que somos nosotros los que tenemos que tomar conciencia del mismo y los que hemos de cambiar y acercarnos a ese sufrimiento en aptitud amorosa y solidaria.

 

          Esta "oración de los fieles" obliga a la Comunidad cristiana a adoptar una postura abierta y solidaria con "los crucificados” de la tierra, impidiendo que se transforme en "secta" que celebra su Eucaristía, exclusivamente  preocupada de si misma y de sus problemas.

 

3.4.         La presentación de las ofrendas.

 

Antiguamente se aportaban los bienes que serian compartidos.

 

Hoy ofrecemos ritualmente el pan y el vino "fruto del trabajo de los hombres" con la fe y la esperanza de que se conviertan en "Pan de Vida" y "Bebida de Salvación".  Esta esperanza se hace realidad en Jesucristo, pero ha de hacerse realidad también en nuestras vidas.

 

  La colecta que se hace en estos momentos puede ser ocasión para compartir algo de lo nuestro y un gesto que nos estimula a replantearnos nuestro nivel de vida y a una mayor comunicación de nuestros bienes.

  

3.5.         La plegaria eucarística.

 

El contenido es de acción de gracias y de alabanza al Padre.

 

Esta actitud sólo es posible cuando se descubre la vida y la tierra entera como don del Creador y gracia del Redentor.

 

  No podemos "levantar el corazón" a Dios y unirnos a toda la creación en canto de alabanza y acción de gracias desde una actitud egoísta y acaparadora.

 

  Por otra parte, en la "plegaria eucarística" hacemos memoria de Jesús y de su gesto de entrega radical:  "Este es mi cuerpo, que será entregado ..." " Esta es mi sangre, que será derramada...".

 

  El núcleo de la Eucaristía lo constituye esta donación de Jesús, cuyo compromiso con “los últimos, los pecadores y los humillados fue tan concreto e incondicional que vio comprometida su propia vida.

 

  Jesús da la vida por el establecimiento del Reino de Dios, es decir, por la construcción de un mundo solidario donde no haya egoísmos acaparadores.

 

3.6          La comunión

 

La comunión queda vacía de contenido si no es exigencia concreta de amor y de justicia.

 

El rito comienza con la oración del  "Padre nuestro", recomendada por Jesús. Toda la comunidad invoca a Dios como Padre desde una aptitud de fraternidad y reconciliación, pidiendo a Dios la venida del Reino y la realización de su voluntad entre los hombres.  Desde esta aptitud fraterna nos acercamos a la mesa del Señor.

 

El "Gesto de la paz" viene a hacer más visible esa aptitud fraterna exigido por la comunión.  Paz que solo es posible en la justicia, la solidaridad y el amor.  Si nos damos la mano es porque estamos dispuestos a echar una mano a todo el que nos pueda necesitar.

 

LEVANTARNOS DE NUESTRO LUGAR, ACERCARNOS A COMPARTIR EL MISMO PAN Y EL MISMO  CALIZ Y COMULGAR TODOS CON EL MISMO SEÑOR, ES UN GESTO VACIO SI NO ES EXPRESION DE NUESTRA VOLUNTAD DE CONSTRUIR UNA "HUMANIDAD NUEVA"  MAS JUSTA Y RECONCILIADA.

 

3.7.           El domingo día del amor y la esperanza.

 

Cada domingo, los cristianos alimentamos nuestra fe y gritamos obstinadamente nuestra incansable e indestructible esperanza en medio de una sociedad a veces tan triste y desencantada.

 

Por eso nuestras reuniones deberían ser verdaderas asambleas creyentes en las que, semanalmente, la comunidad se renueva y crece.

 

La Iglesia no "organiza" misas para ponerlas a disposición de aquellos que quieren cumplir con sus obligaciones religiosas.  Las comunidades celebran cada domingo la Eucaristía porque necesitan su fe, crecer en fraternidad y anunciar su esperanza en Cristo resucitado.

 

De ahí la importancia de que la Eucaristía dominical sea realmente una experiencia central en la vida de la comunidad: Estimulo para el seguimiento fiel de Jesucristo, fuente de amor fraterno y solidario, renovación del compromiso por la justicia del Reino y principio de esperanza en el Resucitado.

Cuadro de texto: La Eucaristía
Exigencia de amor y de justicia