Monición de entrada

 

(A)

Si la muerte resulta siempre dolorosa y amarga, cuando llega de forma inesperada, como la de nuestro hermano (nuestra hermana) N____, se convierte en desconcertante. Todos nos sentimos afectados. Y todos queremos compartir nuestra condolencia con vosotros, familiares más cercanos de N___, que os encontráis consternados por su marcha, sin tiempo siquiera de despedirlo (la).

Desde la solidaridad, todos estamos con vosotros. Y desde la fe, los creyentes oramos y proclamamos el único mensaje que puede aportar luz de esperanza en estos momentos: el de la Palabra de Dios, ya que a nosotros no nos salen las palabras. Con esa fe celebramos en esta eucaristía el misterio salvador de Cristo Jesús: en su muerte toda muerte ha quedado vencida; en su resurrección, N____, y cuantos se nos van resucitan a la vida eterna.

 

(B)

Hermanos: Nuestra ciudad (nuestro pueblo) de N____, está sufriendo momentos de consternación por la trágica muerte de N_____.

Es el comentario que se viene repitiendo tras conocer la noticia. Pero no acertamos a salir del desconcierto ni se nos ocurre otra actitud que la estar cerca de la familia, compartiendo su desolación, y la de acompañarles en esta celebración para dar el adiós a nuestro hermano fallecido.

Vamos a orar por él, para que encuentre el descanso y la paz. Vamos a pedir por sus familiares, para que el Señor les dé fortaleza y consuelo en este duro momento. Vamos a escuchar la Palabra de Dios, la única que puede aportar algo de luz en la oscuridad que nos envuelve, y la única que puede abrirnos a la esperanza. Y vamos a renovar el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en quien todos hemos sido salvados y llamados a la vida eterna.

 

(C)

Pienso que muchos de nosotros no consiguen aún caer en la cuenta de lo que ha ocurrido. N. ha desaparecido de nuestra vida. Él, que tenía tantas ansias de vivir y que amaba tanto la vida, ha dejado bruscamente este mundo. Aquí estamos todos bajo el choque de esta separación brutal; pero en primer lugar queremos tener un pensamiento para vosotros, los padres de N. y para su familia más próxima, y manifestaros nuestra simpatía y nuestra amistad. Vuestra pena no podemos compartirla verdaderamente. Era vuestro hijo, vuestro hermano...; queremos sólo estar cerca de vosotros, pues él contaba también para nosotros. Venimos a decirle que lo amamos. La persona a la que se ama está delante de nuestros ojos y en nuestro corazón. N. no está ya delante de nuestros ojos, pero su nombre sigue hablando a nuestro corazón.

N., ¿tenemos aún derecho de hablarte, tenemos aún derecho a llamarte por tu nombre? ¿o tu nombre no es ya más que un eco que caerá en el silencio? Yo hago este acto de fe de llamarte, N., de decir este nombre que ha sido proclamado aquí, en esta Iglesia, en tu bautismo; aquí has pedido la confirmación de tu nombre cristiano. Todo lo que se ha hecho por ti aquí, todos estos signos, todas estas palabras, para mi no son solamente palabras y gestos. Tú creías en ellos, los recordamos con emoción y queremos seguir creyendo en ellos: no es solamente tu memoria la que honramos; es a ti, tu persona, tu secreto, tu vida. Ya no te vemos; pero creemos que podremos siempre unirnos a ti con el pensamiento, el amor, la amistad y la oración.

 

(D)

Hoy nuestra Comunidad Parroquial se siente unida, por la muerte de (N..), y, sobre todo, comparte el dolor de todos vosotros, familiares y amigos.

Si normalmente tenemos pocas palabras válidas para pronunciar ante el sufrimiento y la muerte, hoy, nos sentimos incapaces de reaccionar ante las circunstancias en que han fallecido estos jóvenes.

Sin embargo, vamos a tratar de que la luz de la fe traspase nuestra oscuridad abriéndonos a la Palabra del Señor para que Él ilumine estos momentos dolorosos.

Os invitamos a participar en la Celebración de la muerte y resurrección de Jesús, muerte también incomprensible pero real.

 

Rito de la luz

 

En señal de nuestra esperanza en Jesús Resucitado y en nuestra Resurrección encendemos esta llama. Que el resplandor de esta luz ilumine nuestras tinieblas y alumbre nuestro camino de esperanza hasta el encuentro definitivo en el Reino de la Luz y de la Paz.

 

(Se enciende el Cirio...)

Que la Luz del Resucitado brille con gran resplandor,

que ella ilumine tus pasos N., hasta el encuentro con Dios. Amén.

 

Oración colecta

 

(A)

Señor, lloramos la pérdida de nuestro querido N____

Y la brutalidad de su muerte

nos llena todavía de más dolor.

Ayúdanos a creer

lo que nuestros corazones no alcanzan a comprender:

que tú lo has llamado a vivir contigo.

Por NSJ...

 

(B)

Oh Dios, te encomendamos a (N...), cuya muerte prematura lloramos; para que les concedas vivir la perenne juventud de tu felicidad. Por NSJC, tu Hijo..

 

 

Escuchamos la Palabra

 

Monición a las lecturas

 

Nos disponemos a escuchar la Palabra de Dios.

Esta Palabra que leemos, ahora, no es un engaño para ofreceros un consuelo fácil. Es el testimonio de quienes vivieron en su carne el dolor y la muerte y mantuvieron, a pesar de todo, la confianza en Dios.

Tratemos de recibirla como luz que nos ayuda a buscar un sentido a los momentos de oscuridad de nuestra vida, concretamente a este momento que estamos viviendo.

 

(A)

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos

 

Hermanos:

Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida

a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

 

 

Palabra de Dios.

 

Salmo:

 

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos

 

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

-«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»

(Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» )

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

-«Mira, está llamando a Elías.»

Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

-«Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

-«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

 

Palabra del Señor.

 

(B)

 

Lectura del libro de las Lamentaciones

 

Me han arrancado la paz,

y ni me acuerdo de la dicha;

me digo: «Se me acabaron las fuerzas

y mi esperanza en el Señor.»

Fíjate en mi aflicción y en mi amargura,

en la hiel que me envenena;

no hago más que pensar en ello,

y estoy abatido.

Pero hay algo que traigo a la memoria

y me da esperanza:

que la misericordia del Señor no termina

y no se acaba su compasión;

antes bien, se renuevan cada mañana:

¡qué grande es tu fidelidad!

El Señor es mi lote, me digo, 

y espero en él.

El Señor es bueno para los que en él esperan

y lo buscan;

es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.

 

Palabra de Dios.

 

Salmo:

 

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 

 

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad

llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:

-«No llores.»

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:

-«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.

Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: -«Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.»

La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

 

Palabra del Señor.

 

Homilías

 

(A)

Compartir el dolor de una familia que ha perdido a un esposo, padre, hijo y hermano...JOVEN... debe ser para nosotros, los creyentes, algo más, mucho más que un gesto de solidaridad.

Desde el comienzo de esta Celebración nos golpea la pregunta de ¿Por qué? ¿Por qué nos ha dejado en plena juventud?

Su muerte nos ha afectado a todos: parroquianos de _____, convecinos, compañeros de trabajo, amigos... a todas las personas de la zona...

Pero sois vosotros: su esposa, sus hijos, su padre, sus hermanos... los que más abatidos y desconcertados os encontráis.

Una muerte así trunca de golpe toda la estabilidad de una familia, desborda nuestros esquemas, y sacude los cimientos en los que se apoya toda nuestra vida...

En realidad, la muerte siempre nos conmueve y nos duele, pero una muerte doblemente dura por lo inesperada e inoportuna; y por su violencia, nos sumerge a todos en el dolor y en silencio...

Un silencio que yo me veo obligado a perturbar ahora, y para el que sé no existen palabras suficientes.

Cómo me gustaría ahora tener esa rara habilidad para decir palabras que calmen, que consuelen, que lleven esperanza... La grandes heridas necesitan bálsamo y eliminación del dolor; después, curación. Y ciertamente la muerte de N_____, ha sido una herida grande para nuestro pueblo y para toda la comarca... Ojalá que en este rato de oración se pudiera apaciguar un poco nuestro ánimo y pudiéramos mirar la vida con más serenidad...

Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. Creo que esta postura de silencio, esperanza y oración manifestada por la Primera lectura que acabamos de escuchar es la única que podemos vivir: silencio, oración y esperanza.

La muerte nos ha arrebatado a N____, es un hecho que por desgracia se nos ha impuesto, está ahí, y no hemos podido hacer nada por evitarlo. Nunca palpamos con más crudeza nuestra impotencia, nuestra pobreza.

Ante esta pobreza, impotencia total, el cristiano vive la profunda confianza en AQUEL que debe ser el único apoyo de nuestra esperanza, DIOS: origen, fundamento primero y último de todos.

Dios en el que esperamos “contra toda esperanza”. Dios a quien, hoy, decimos: ¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?

A los familiares, a las personas que más le habéis querido y que ahora sufrís, nos unimos a vuestro dolor y os deseamos que desde ahora, os queráis más que nunca. Sólo el amor a N, y el amor entre vosotros os ayudará a soportar este tremendo dolor, y la vida, poco a poco, os devolverá el sosiego y la paz que ahora os falta.

Todos juntos pidamos con confianza a Dios que complete su vida truncada en este mundo, y que desde el cielo puede seguir ayudándoos a todos.

 

 

(B)

Queridas familias, queridos amigos.

Tal vez no tengamos en estos momentos más que una sola pregunta, en nuestras mentes: ¿Por qué? ¿Por qué a esa edad? ¿Por qué la muerte en vez de la vida? ¿Por qué Dios ha permitido esto? .

¿Quién puede responder a estos terribles interrogantes? YO, NO PUEDO. Creo, solamente, que pensar y gritar estos "por qués", aún con rabia, no es una blasfemia. Yo diría que es una oración. La oración de un creyente que se dirige a Dios desconcertado y aturdido por lo que está viviendo. La Biblia no tiene miedo de dirigir a Dios estos "por qués"; la Biblia está llena de gritos de dolor contra el mal y la injusticia. Y vosotros vivís un acontecimiento irritante, abrumador, insoportable.

Nosotros, los creyentes, nos atrevemos a gritar a Dios nuestra rebeldía, angustia y nuestro dolor. Porque si hay alguien capaz de comprendemos, ése es Dios, como nos lo dice Jesús. Este Jesús que nos manifiesta cómo es Dios: "que nos ama, no porque somos buenos, sino, porque Él es Bueno. Ese Dios, que nos ha prometido estar con nosotros todos los días. Que Dios esté con vosotros, con nosotros, en estos momentos. En la oscuridad de vuestra prueba, que brille una luz, aunque débil, aunque vacilante, "la luz de la esperanza en Jesús resucitado".

No comprender lo que nos acontece, es una prueba cruel. Jesús mismo en la cruz dijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? En su agonía, llegó a rechazar la cruz porque, pienso, no la comprendía. ¿Por qué morir? A los 33 años, estaba hecho para vivir y no para morir torturado. Una cosa os tengo que decir: contrariamente a lo que algunos puedan pensar, la verdadera religión, frente a la desgracia y al dolor, no tiene explicación. Sobre esto, los creyentes no estamos más avanzados que los demás; también nosotros estamos en la oscuridad del no saber el por qué del misterio del dolor. Entonces, ¿por qué seguimos creyendo en circunstancias semejantes?

Hoy, para vosotros, ¿dónde puede estar la esperanza? La esperanza yo la veo, primeramente, en todo el afecto, el amor, la ternura, la amistad sincera que os están brindando los que viven con vosotros, vuestros familiares y amigos.

¡Qué esperanzador y sincero el mensaje que ayer manifestaron los amigos de (N...): "Aunque os habéis marchado, siempre estaréis con nosotros. Porque, vivir en el corazón de los que dejáis detrás de vosotros, ya no es morir".

A veces, en la vida, podemos ser indiferentes los unos para con los otros, y no sabemos decir cuánto dependemos los unos de los otros. Pero en los momentos difíciles, como éste, la gente se atreve a expresarlo, a ser verdaderamente cercanos y cariñosos para sostener a quienes están rotos por el dolor y darles un poco de consuelo, en este momento incomprensible.

Seguimos creyendo, yo por lo menos, porque confiamos en Jesucristo, nos fiamos completamente de él. Jesús, es para nosotros, los creyentes cristianos, la imagen de Dios. Jesús, en el Evangelio, no explica nada sobre el dolor; lo que hace es venir con nosotros: llora y sufre con nosotros, muere con nosotros. Jesús murió pero no ha desaparecido. Yo no lo veo, pero..., yo creo que está con nosotros, está verdaderamente con nosotros. Jesús, muerto por los hombres, pero resucitado por Dios, es el signo y la garantía de que Dios ha apostado por la vida y, en Jesús, nos ha prometido nuestra propia resurrección.

Esta es la razón de por qué podéis confiar vuestros hijos a Dios; no son sólo palabras: Jesús al morir se entregó en las manos de Dios. Yo creo que ha venido a la muerte porque fue acogido por Dios, vive en Dios...

Apoyados en esta fe, me atrevo a hab1aros de vuestros hijos, como alguien que vive en Dios, para mí en Jesucristo Resucitado.

(N...) viven en el corazón de Dios, y, también en vuestros corazones de familiares y amigos.

Es bueno recordarlo y celebrarlo en esta Eucaristía en que hacemos presente el amor de Jesús, su muerte y resurrección, a favor de (N...).

 

(C)

 

Lecturas: Rom 8,18-21.23; Salmo: 22; Jn 14,1-3

Al comenzar la celebración, se decía que, ante la muerte inesperada de N., todos nos sentimos afectados: parroquianos, convecinos, compañeros (de trabajo) Pero vosotros, queridos familiares (esposa, esposo, hijos, padres, abuelos, hermanos...), os encontráis abatidos, desconcertados.

En realidad, la muerte siempre nos conmueve y nos duele hasta los entresijos del ser, pero una muerte repentina, que corta de raíz tantas ilusiones y proyectos, una muerte que trunca de golpe una vida de estabilidad familiar y social, desborda todos nuestros esquemas, da al traste con nuestras seguridades y sacude los cimientos sobre los que basábamos la vida. Tanto trabajo, ¿para qué? Tanto esfuerzo, ¿para qué? Tantos planes y desvelos, ¿para qué?

Es entonces cuando nos topamos de bruces con una dimensión real de nuestra condición humana: la limitación, la fragilidad. Nuestros afanes, por sí solos, son incapaces de conseguir una vida perenne. Nuestras seguridades pueden quebrarse en cualquier momento con la fragilidad del cristal.

Es importante que en tales situaciones caigamos en la cuenta de nuestra condición humana limitada. Nos hace menos ilusos, más humildes, más humanos. Pero ello no ha de llevamos a una actitud de conformismo derrotista: «¡No somos nada!», «¡qué le vamos a hacer. Así es la vida!». Y menos aún a una frustrante visión religiosa: «¡Dios lo ha querido!», «¡conformidad!». Ni lo primero es humano, ni lo segundo es cristiano.

Aceptar la limitación de nuestro ser no significa en modo alguno renunciar a nuestras ansias de vivir ni a nuestros afanes de superación. Al contrario, debe llevamos a trabajar lo indecible para que la calidad de vida mejore, para que nuestra familia y las de los demás mejoren, para que las condiciones de trabajo (tráfico) mejoren (y no den lugar a accidentes absurdos y, menos aún, evitables). Pero hemos de hacerlo poniendo el acento en lo primordial: que todo ello nos permita crecer como personas y facilite la convivencia de unos con otros. Es más: ni la muerte podrá romper esta cadena de intentos y esfuerzos. Aunque parezcan derrumbarse nuestros planes -como en la muerte de N.- siempre vendrá detrás quien continúe el empeño.

Es esta una primera llamada de ánimo para cuantos lloramos la pérdida irreparable de un ser querido. No nos ha dado tiempo ni a despedirnos, pero en nuestras manos está el que su obra no se pierda, el que la continuemos nosotros. Tantos desvelos, tantos detalles de bondad, tantos aspectos positivos que a buen seguro recordamos y echamos en falta, debemos proseguirlos nosotros. De esta forma, el recuerdo hacia quienes se nos van es una manera de mantenerlos presentes y vivos entre nosotros, formando parte de esa cadena que empuja el mundo hacia adelante.

San Pablo lo expresaba diciendo que «la creación expectante fue sometida a la frustración... pero con la esperanza de que se ha de ver liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios». Y aquí, el apóstol da un paso fundamental para los creyentes. Porque a él -y os digo la verdad, a mí, y pienso que a la mayor parte de vosotros- no nos basta con la idea de que los que mueren continúan presentes pero «diluidos» en la obra de la creación, algo así como un azucarillo en el agua. Es hermoso, pero no nos basta. Por eso, san Pablo añade: «Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención gloriosa de nuestro cuerpo». Eso es: presentes como personas plenas en ese mundo de plenitud.

Este paso, queridos amigos, no lo podemos dar nosotros solos, dada nuestra limitación. Ese paso sólo puede darlo Dios, el Dios de la vida. Y ese paso ya lo ha dado Dios: es el paso, la pascua, de la muerte a la resurrección de Jesucristo el Señor. Y lo más grande, hermanos, es que ese paso no lo ha dado él solo: lleva cogida de la mano a la humanidad entera, a todos y cada uno de nosotros.

Por eso decíamos que el creyente cristiano no puede adoptar, una actitud derrotista. Dios no quiere la muerte. El quiere la vida. Y porque quiere la vida, sale a nuestro paso cuando nuestra frágil condición parece hacemos añicos con la muerte. Como a su Hijo Jesús, también a nosotros nos rescata y nos lleva a la vida de los hijos de Dios.

Hermanos: rotos y doloridos como nos encontramos por la muerte de N., celebramos en esta eucaristía la pascua del Señor, el paso de la muerte a la vida. Escuchemos esperanzados a Cristo en el evangelio: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias... volveré y os llevaré conmigo». y oremos con el salmo que a buen seguro habrá proclamado ya nuestro hermano (nuestra hermana) N.: «El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque pase por valles oscuros, nada temo porque tú vas conmigo. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin fin». Amén.

 

(D)

 

Lecturas: Lam 3,17-26: Salmo: 129; Lc 23,44-49; 24,1-6a

Queridas familias, amigos: ¡Qué necesitados estamos, en estos momentos dramáticos, de una palabra de luz para nuestra oscuridad y de bálsamo para nuestras heridas! Sobre todo vosotros, familiares y allegados de las víctimas de esta tragedia. Pero también los demás, que hemos sufrido la conmoción de esta ciudad (de este pueblo) ante el luctuoso acontecimiento que ha costado la vida a ___ (nº concreto) personas. Todos -yo también- ansiamos una frase que nos devuelva la paz, una respuesta que aclare tantas preguntas, una razón que argumente esta sinrazón. Y sobre todo, necesitamos con urgencia un rayo de esperanza que nos ilumine el camino de vuelta del abatimiento a las ganas de vivir. Sé que lo estáis esperando, pero no hay respuesta humana convincente.

Como convecino y amigo, yo sólo puedo ponerme junto a vosotros, llorar con vosotros y suplicar consuelo como vosotros. Pero como creyente y como sacerdote que preside esta celebración, os invito a buscar desde la fe y a volver la mirada hacia el Señor porque únicamente en él podemos encontrar ese mensaje.

¡Y vaya si lo obtenemos! Dios nos ofrece siempre respuesta: una respuesta viva y una respuesta eficaz.

Una respuesta viva. No desde las nubes de un cielo lejano, sino desde la realidad de un Dios hecho hombre, llamado Jesús de Nazaret, que asumió nuestra condición humana, que anduvo por nuestros caminos, que sufrió el dolor y el llanto de nuestras limitaciones y que murió de la forma más terrible e inhumana.

Por eso, en este momento de nuestra tragedia, él puede presentarse como respuesta viva, ofrecida en la página de su propia tragedia. Lo hemos proclamado en el evangelio. La similitud de situaciones es asombrosa: -Atónitos, sin poder creérselo, padecían María, Juan y las piadosas mujeres la espantosa muerte del hijo, del ser querido. Como nosotros.

 

-Consternadas, habiendo visto lo que ocurría, las gentes se volvían con gestos de abatimiento. Como nosotros.

-Se oscureció el sol y se apoderaron las tinieblas. Llegó la oscuridad y el no entender nada. Como nosotros.

-El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Como nuestro corazón.

-Lo único que les quedaba era recoger su cuerpo, embalsamarlo y depositarlo en un sepulcro. Como a nosotros.

 

Pero no hemos de quedamos ahí. Hemos de volver nuestra mirada al Señor para unimos a su grito de queja dolorida: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Tenemos todo el derecho, porque Cristo ha cargado con las penas y sufrimientos de la humanidad total. Después, desde nuestra fe tambaleante, hemos de unimos a la oración de Cristo, quien, a pesar de todo, se pone en las manos del Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Tenemos todo el derecho, porque la súplica del Señor es también la de toda la humanidad, que se apoya en sus méritos.

Y entonces sucederá que el Dios de la vida no nos va a abandonar al poder de la muerte. Tenemos todo el derecho, porque en la muerte de Cristo ha quedado vencida toda muerte, también la de nuestros seres queridos. Y el Dios de la vida seguirá cumpliendo la segunda parte del evangelio: la resurrección. Porque no hay sepulcro que pueda establecer el dominio de la muerte sobre sus hijos. Porque no hay vendas ni mortaja que pueda retener maniatada la vida del Hijo de Dios ni la de los que con él hemos sido hechos sus hijos, herederos de su reino resucitado.

Hermanos, he ahí la respuesta de Dios a nuestra situación angustiosa. Una respuesta viva y llena de esperanza.

Pero afirmábamos también que es, a la vez, una respuesta eficaz: cumple lo que anuncia. En la eucaristía que celebramos, Dios renueva con toda su eficacia la página contemplada en el evangelio. En su totalidad maravillosa. La cruz se transforma en luz, y la muerte, en vida resucitada: para Cristo y para nuestros hermanos a los que pretende arrebatamos la muerte de forma violenta y cruel. A nuestros «¿por qués?» el Señor responde con otro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí». Y añade la afirmación más llena de esperanza que jamás se ha pronunciado: «¡Ha resucitado!».

 

Oración universal:

 

Apoyados en la Palabra de Jesús y sintiéndonos solidarios de todos los que sufren, vamos a orar a Dios nuestro Padre.

 

1.- En primer lugar pedimos por (N...); para que Dios les acoja con su ternura y bondad infinita; que llene sus corazones de una alegría inmensa y les sorprenda con una felicidad que ni ellos ni nosotros podemos sospechar. Roguemos al Señor...

2.- Y pedimos, muy especialmente, por vosotros familiares de (N...); para que encontréis en nosotros toda la ayuda que podáis necesitar siempre, y en Jesús, la gracia, el amor y la paz. Roguemos al Señor...

3.- Por los enfermos, por los que se encuentran solos; para que sepamos estar a su lado, y así puedan vivir la prueba dolorosa, con esperanza y confianza, experimentando en sus vidas el amor de Dios que nunca abandona a sus hijos. Roguemos al Señor...

4.- Por los jóvenes; para que sean conscientes de sus limitaciones, pero, también de su fuerza renovadora en la sociedad y, tengan el coraje de transformarla en la verdad, la justicia, la libertad, en la fraternidad, la paz y el respeto a la naturaleza. Roguemos al Señor..

 

Te lo pedimos, por JNS.

 

 

Oración sobre las ofrendas

 

Escucha, Señor, nuestras súplicas,

rociadas con las lágrimas del dolor

en que nos sume la muerte inesperada de N_____,

te pedimos que mitigues nuestra tristeza

con la esperanza

de que goza ya para siempre

de la luz de tu misericordia. Por JNS...

 

Plegaría Eucarística

 

Dios y Padre nuestro:

Levantamos nuestro corazón hacia Ti,

porque estamos abrumados por el dolor y la pena.

Te damos gracias,

porque pusiste en nuestros corazones

la esperanza de una vida futura junto a Ti;

porque nos diste la mirada nueva de la fe.

Te damos gracias,

porque respondes a nuestra fe y a nuestra esperanza,

rescatándonos de la muerte para la vida,

como rescataste a Jesús,

que está vivo entre nosotros,

y cuyo recuerdo unimos a quienes se nos van.

Por eso, uniéndonos a los santos, te decimos:

 

SANTO, SANTO, SANTO...

 

 

Nos damos la paz

 

“Me han arrancado la paz”, comenzaba la primera lectura. Pero acababa afirmando: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. Que desde este gesto sencillo de estrechar la mano o darnos un beso recobremos la paz porque esperamos la salvación de Dios. Daos fraternalmente la paz.

 

Compartimos el pan

 

Dios comulgó con nosotros la muerte, para que nosotros pudiéramos comulgar con Él su vida. Dichosos los que estrechan esta comunión con Dios al acercarse a la mesa del Señor.

 

Despedida:

 

Hermanos: Iluminados por la fe en Jesús, hemos vivido este encuentro como un gesto de solidaridad con la familia de N_____, y así hemos ofrecido por él la mejor de la oraciones: la Eucaristía...

Ahora al separarnos, hacemos el compromiso de seguir cerca unos de otros para ayudarnos mutuamente.

Jesús está en medio de nosotros y nos anima en este deseo de fraternidad.

 

Canto:

 

Manifestamos nuestra esperanza de que a N____ no le hemos perdido del todo, que un día nos encontraremos con él en el Cielo para disfrutar con él de una paz que no terminará...

 

 

Rito de despedida

 

Hemos celebrado la Eucaristía en la fe y en la confianza en nuestro Dios. La muerte de Jesús, el Hijo amado del Padre, ha envuelto e iluminado el misterio de la muerte de nuestro hermano N.

La muerte de Jesús, una muestra definitiva del AMOR, termina en la Vida, en la resurrección. En Cristo resucitado, nuestro hermano encuentra su resurrección.

¡Esta es nuestra gran noticia! La seguridad de que todos hemos sido llamados a la Vida sin límites, al AMOR pleno.

Ahora rociaremos con agua bendita (e incensaremos) este cuerpo que está llamado a resucitar, recordando que por su bautismo está incorporado al Cuerpo de Cristo

 

Canto:

Oración en silencio: en este momento de despedida a N. podemos recordarle en una oración personal.

Oración presidencial:

 

Padre de bondad y misericordia,

nos abruma el misterio de lo que ha pasado

y no comprendemos tus designios,

y con dolor te pedimos que escuches nuestras plegarias,

ilumines con tu luz el dolor que sentimos

y concedas a nuestro hermano N...

vivir eternamente contigo en la felicidad de tu reino.

Por JNS....

 

Agradecimiento:

 

En este duro golpe que están pasando los familiares de N_____, nuestra cercanía les puede servir de apoyo. No les dejemos solos.

Gracias. Gracias especialmente por vuestra presencia en esta celebración, que es como el adiós que no le pudimos dar... porque se nos fue tan deprisa... Ha sido una despedida multitudinaria y hermosa, y sobre todo, llena de esperanza. Adiós N. ¡hasta que nos encontremos en el cielo!

 

(B)

 

Oración en silencio después de la comunión

 

¿Qué nos dirás, Dios nuestro,

cuando lleguemos a tu presencia

y nos encontremos contigo, cara a cara?

Nos dirás: "Animo, hijos, ya habéis llegado"

Nosotros, nos quedaremos mudos,

porque llevábamos preparadas nuestras excusas.

Tú, nos tomarás de la mano

y nos mostrarás tu casa, ¡nuestra casa!

Nuestros fallos quedarán en el olvido para siempre.

Y entonces, empezaremos a comprender

que nos quieres de verdad,

como nunca creíamos que pudiéramos ser queridos.

 

Oración

 

 Señor, que estos sentimientos de amistad, de fraternidad y de esperanza que hemos compartido en esta Eucaristía, continúen siempre en nuestra vida, y, concédeles a (N...), vivir con gozo el hoy de su juventud definitiva en el cielo. Por JNS.

 

 

Antes de la despedida

 

Antes de separarnos, permitidme unas palabras de agradecimiento, en nombre de los familiares de (N...). Vuestro acompañamiento y vuestra presencia, aquí, expresan en primer lugar, la estima y la consideración que os merecen.

Pero, especialmente, os queremos agradecer vuestra oración sincera, porque nos consuela compartir con vosotros la fe en la resurrección, agarrados en Cristo muerto y resucitado.

Muchas gracias a todos.

Cuadro de texto: Exequias 13
Muerte en accidente