Introducción:

 

No hace mucho estábamos reunidos en torno al altar como

los apóstoles aquella noche en el Cenáculo. Estábamos

reunidos, y deseábamos vivir lo mismo que vivieron

aquellos primeros seguidores de Jesús. Durante meses

y meses, los apóstoles, los discípulos, habían caminado

junto al Maestro por los caminos de Palestina. Lo habían

escuchado, lo habían querido, se habían sentido profundamente atraídos por él. Muchas veces habían quedado desconcertados, no le habían entendido, incluso se habían asustado. Pero no le habían dejado, de ninguna manera habrían podido dejarle. En una ocasión Pedro lo había dicho en nombre de todos: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Y ahora parece que aquel camino llega a su término. Jesús está cercado por todas partes, se cierra en torno a él la amenaza de muerte que hace ya tiempo que le asedia. Sí, ya es el fin. Y allí, aquella noche, en el Cenáculo, se vive la tensión más fuerte y al mismo tiempo el cariño y la unión más fuertes. No saben qué sucederá, el futuro les parece terriblemente incierto, pero ellos se sienten más cerca de Jesús que nunca. Sin duda, nosotros, al verlos allí con Jesús, no podemos dejar de pensar que al día siguiente la mayoría tendrá miedo y lo abandonarán. Pero es que, en realidad, ellos son como nosotros: quieren mucho a Jesús, pero son también débiles.

Aquella noche, allí en el Cenáculo, Jesús les lava los pies: les quiere explicar así el significado de su vida, el único significado: la entrega total por amor, hasta el fin, pase lo que pase. Y luego les parte el pan y les reparte el vino, su Cuerpo y su Sangre: porque la muerte que se acerca será fuente de vida, y Jesús permanecerá con ellos para siempre.

 

Canto....

 

Oración:

 

Aquí están nuestras manos. Tú, Señor, nos las has dado para que las usemos para nuestro servicio y el de nuestros hermanos. Nos has dicho que con ellas debemos continuar tu obra, hacer un mundo mejor. Danos fuerza en ellas para que nunca se cansen de estar disponibles, y que todo el que venga a pedirnos ayuda las encuentre siempre abiertas. Por JNS...

 

Lectura de Gn 1, 26-28

 

Entonces dijo Dios:

- Hagamos a los hombres a nuestra imagen, según nuestra semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra.

Y creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles:

Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad

sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por tierra.

 

Reflexión:

 

En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch hay un diálogo con un niño que me deja literalmente conmovido.

¿Rezas a Dios?- pregunta el escritor.

Sí, cada noche –contesta el niño

¿Y qué le pides?

Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

 

Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentiría Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

 

A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que Él?

Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que Él haya querido “necesitar” de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber  mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, Él, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que es tarea nuestra mejorar y arreglar.

Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mí que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezamos lo hiciéramos no para pedir cosas para nosotros, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos una tierra mucho más habitable...

 

(Momento de silencio...)

 

Plegarias:

 

- Cada vez que nos esforzamos por preparar nuestro futuro...

Todos: Estamos colaborando con Dios

Cada vez que nuestras manos ayudan al que es más débil...

Cada vez que seguimos trabajando hasta terminar la tarea aunque estemos cansados...

Cada vez que prestamos nuestras cosas sin pedir nada a cambio...

Cada vez que estrechamos las manos de un amigo....

Cada vez que aliviamos el trabajo de nuestros padres...

Cada vez que nos privamos de algo nuestro para dárselo al que está necesitado...

 

Oración:

 

Señor, te damos gracias

por los hombres que trabajan en paz

y los que construyen un mundo más feliz.

Sin embargo, a menudo vemos en televisión,

niños, mujeres y hombres que sufren.

Tienen hambre, están heridos por la guerra

por las bombas y los fusiles.

También vemos, a veces,

hombres y mujeres que se sacrifican por los que sufren,

y les ayudan a aliviarse.

Luchan contra el mal,

sonríen a los que temen y a los débiles,

les infunden aliento y esperanza.

Señor, cuando se ama de verdad,

el sufrimiento es menos pesado de llevar,

las injusticias retroceden y las rencillas se apagan.

Enséñanos a amar, a luchar, a sonreír

para que llegue a nosotros la paz y la amistad,

para que florezca la esperanza

en el corazón de todos y cada uno.

Por JNS...

 

Dos textos para meditar:

 

Las mejores fotos de Dios

Mi vecina Ana, once años, vino a enseñarme su cuaderno de catequesis. Les han recomendado que lo ilustren. Cuando paso la última página, me dice: Si encuentras fotos de Dios, ¿me las guardarás? Quedo sin palabras y sonrío.

¿Tengo en alguna carpeta fotos de Dios? ¿La Iglesia, las religiones, tienen en sus archivos? Ana tiene razón. En nuestra civilización de imágenes y medios de comunicación social, en la que los fotógrafos se arraciman en torno a las grandes personalidades, harían falta fotos de Dios. Al marchar, Ana insistió: No te olvides de las fotos de Dios, ¡eh!. Desde anteayer he estado buscándolas. Y las he encontrado. Mis fotos de Dios son todas de rostros. Aunque cada uno sólo reproduce algunos rasgos. Es tan fotogénico Dios, que todos los rostros del mundo, los de los santos, los de los enamorados, los de las personas entregadas, no bastan para reconstruir totalmente su imagen. Está Jesús, no se sabe nada de su personalidad física, pero se sabe cómo ha vivido, y si uno sigue sus huellas, su Espíritu se pone a modelar desde dentro nuestro rostro. Cuando regrese Ana le diré: He encontrado las fotos de Dios. Mira a tu mamá, a tu papá, a la vecina, mírate en el espejo... Quisiera poder añadir: Mírame a mí...

 

El rostro más parecido a Dios

 

Me preguntaba qué amor es el más parecido al que se tiene a los hijos. Sé que me dirás que estás en las mismas condiciones que yo para saberlo, que en tu larga vida es de las cosas que más has deseado, pero que no vinieron y no por eso has dejado de querer anchamente, y de “engendrar” de otra manera, ya lo sé, eso es lo que quiero que me cuentes. Pero déjame primero que te hable del rostro de una mujer que me acompaña desde hace una semana.

Yo estaba esperando el autobús cuando llegó una madre con un hijo ya mayor con síndrome de Down, no pude evitar mirarles, como si de pronto no hubiera nadie más que ellos dos en toda la plaza. Al poco tiempo llega otra mujer, con un chico de más de treinta años con deficiencias físicas y psíquicas; él traía unas flores, no de las compradas, sino de las que se suelen recoger en el campo, y no paraba de moverse y de decir cosas, de sentarse y levantarse del banco mientras parecían esperar a alguien. Y fue su madre la que acaparó mi atención.

¿Has visto alguna vez el rostro de una mujer que ha aceptado la realidad de un hijo “diferente”? Es un rostro marcado por el dolor que da el pensar qué va a ser de su vida cuando ella no esté, pero es a la vez un rostro de una dulzura infinita, habitado por una luz que nos llena de silencio. Ella tendría unos sesenta años y los ojos claros, sonreía cálidamente y le decía con enorme cariño que no hablara tan alto. Esperaban a una monitora que iba a llevarlos de excursión junto con otros chicos, y las flores eran para ella. La madre le dijo: “dáselas” y él se las entregó con un abrazo de niño. Creo que otras mujeres que estaban en la parada del autobús conmigo también miraban y también tuvieron ganas de arrodillarse.

Después he comprendido el impacto que me produjo la visión de aquella mujer, creo que es el rostro más parecido al rostro de Dios que me imagino.

 

(Momento de silencio...)

 

Oración:

 

Señor:

Tú llegas a nuestro mundo

y nos invitas a abrir la puerta de nuestro corazón

a todos los hombres.

Tú ya nos dijiste

que eres Tú quien viene cuando alguien llama a nuestra puerta.

Tu palabra es ésta:

“He aquí que Yo estoy a la puerta y llamo.

Si alguno oye mi voz y abre la puerta,

yo entraré y cenaré con él,

y yo estaré con él y él conmigo”.

Señor,

que sepamos escuchar tu voz,

esa voz que nos llega por nuestros hermanos.

Que abramos la puerta de nuestro corazón.

para acogerte a Ti,

y en Ti a todos los hombres. Amén

 

Lectura de Mt 5,1-12

 

Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

Reflexión:

 

Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: “La Felicidad”. Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban era ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó: “Por favor, ¿qué venden aquí ustedes?” “¿Aquí?- respondió el ángel-. Aquí vendemos absolutamente de todo”. “¡Ah! –dijo asombrado el joven-. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos...” Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: “Perdone, usted, joven. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas”.

En los mercados de Dios siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar mimosamente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma...

Claro que a la gente este tipo de negocios no les gusta. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran todo hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: “Quiero paz” y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.

Bueno, voy a explicarme, no vayáis a pensar que he dicho una herejía....

Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las “víctimas” fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo... menos los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarse unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía: “Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los tuyos”. Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la Creación, Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.

 

Oración universal:

 

En el día del amor fraterno nos abrimos a las necesidades de todos los hombres, pidiendo que la felicidad de Dios llegue a todos los rincones de la tierra. Invocamos al Espíritu para que descienda sobre nosotros y nos transforme en instrumentos de su amor:

Todos: Ven, Espíritu Santo....

 

1.- Dichosas las personas comprensivas, que nunca nos juzgan y nos aceptan tal como somos: porque nos enseñan la manera más verdadera de amar y nos hacen sentirnos queridos por Dios. Oremos...

2.- Dichosas las personas generosas; las que creen que lo que tienen no es para retenerlo sino para compartirlo con los que no lo tienen; porque nos enseñan la gran lección de que es más dichoso dar que recibir y compartir que retener. Oremos...

3.- Dichosas las personas con esperanza, que tienen una visión más certera de las cosas de la vida y de la muerte que las personas amargadas; porque animan nuestras horas y dan a nuestra vida una dimensión más profunda y a nuestra muerte su mayor verdad. Oremos...

4.- Dichosas las personas solidarias: las que tienen la lucidez de descubrir quién se encuentra sólo y se acerca siempre; porque están dando la limosna más necesaria y más confortadora que podemos dar a los necesitados. Oremos...

5.- Dichosas las personas humildes, capaces de vivir en la verdad, y que jamás utilizan a los demás para medrar o parecer importantes; porque nos enseñan con sus vidas los caminos más verdaderos de la paz. Oremos...

6.- Dichosas las personas pacientes: que saben que el amor, muchas veces, pasa por el sufrimiento; que nos enseñan a dar sentido al sufrimiento, a mirar a los que más sufren y a relativizar nuestros propios sufrimientos, a intentar eliminar los sufrimientos y a no protestar o lamentarnos estérilmente. Oremos...

7.- Dichosas las personas que viven como Jesús vivió: amando a todos y anunciando únicamente el mensaje de salvación; porque nos hacen asequible vivir el cristianismo en su compañía y nos enseñan a vivir en el agradecimiento de quien se sabe salvado y tiene alguien por quien vivir. Oremos...

 

Señor, te damos gracias cada día por tu vida, por tu mensaje, por tu evangelio y por las personas que, al vivir conforme a tus bienaventuranzas, nos ayudan a comprenderlas. Ayúdanos a que en nuestro entorno: familia, parroquia y pueblo, empecemos a vivir como tú soñaste que deberíamos vivir. Por JNS.

 

El amor fraterno:

Texto para la meditación...

 

Historia de un beso...

 

Se llamaba Federico. Padecía una parálisis incurable y progresiva. Permanecía siempre sentado en una silla de ruedas, con las manos inmóviles sobre las rodillas. Tenía unos 40 años. Estaba casado y era padre de una niña de 12 años. Su esposa, al enterarse de la enfermedad, lo internó en una fundación benéfica. Un día hubo un encuentro de enfermos. Asistía una visitadora voluntaria de una parroquia de Gracia que desde que se quedó viuda, hace años, dedica tiempo, esfuerzos y dinero a las personas enfermas y necesitadas. Ella me decía: “A la hora de la comida, Federico esperaba que alguien se diera cuenta de que él no podía ponerse nada en la boca. Me acerqué y le di de comer. Nos hicimos buenos amigos. Después, en otras visitas, me contaría, con gran amargura, que la enfermedad había sido la causa de sus desventuras, de su dolor. Por añadidura, un día su esposa le comunicó que esperaba un hijo de otra persona. Ya no fue a verle nunca más. Cada vez que yo iba a visitarle y le daba la comida, lo encontraba más triste, más inapetente, más delgado, muy desmejorado. Un día me acerqué a él porque casi no lo oía y le pregunté:

“¿Quieres decirme algo más?.

Sí, querría pedirle un favor. ¿Me lo hará?

Quisiera que me diera un beso”.

Se dio cuenta de mi buena disposición y añadió: “En la frente”.

Le di el beso con la mayor naturalidad que pude y con gran afecto y ternura, como lo hubiera dado a un hermano mío enfermo y triste, a una hermana sufriente, a mi madre... Después me dijo emocionado: “Gracias”.

Aquel día salí muy impresionada y triste. Pocos días después me comunicaron que Federico había muerto.

Así acabó la historia de aquel beso.

Dios sabe que fue y ha sido el beso más hermoso de mi vida. Aquel beso iba dedicado a un Cristo sufriente y martirizado con toda clase de padecimientos físicos y morales.

¿Cómo podía yo negarme a darle un beso con todo el afecto y ternura de mi corazón?

“Os lo aseguro: cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt. 25,40).

 

(Momentos de silencio...)

 

Padrenuestro:

 

Digamos ahora juntos el Padre nuestro. Jesús, el Hijo de Dios que muere por nosotros, nos ha abierto el camino que conduce hacia el Padre. Unidos a él, también nosotros somos hijos de este Dios que nos ama sin reservas, que derrama sobre nosotros y sobre todo el mundo el tesoro de su amor y de su vida. Por eso llenos de confianza nos atrevemos a decir....

 

Oración final:

 

Jesús, Señor nuestro, hermano nuestro. Tú, esta noche, antes de comenzar el camino de la cruz, nos has dejado este sacramento de tu amor, para que permanezca con nosotros para siempre, para que nos llene de tu gracia y de tu fuerza, para que nos transforme y nos enseñe a vivir como tú has vivido.

Llénanos, Señor Jesús, de la vida que sólo tú puedes dar. Llena de esta vida al mundo entero, y de un modo especial a aquellos que viven en el dolor, en la pobreza, en la discriminación, en la soledad, en la injusticia.

Jesús, condúcenos, a nosotros y a todos los hombres y mujeres del mundo, a la vida eterna de tu Reino. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Canto final...

Cuadro de texto: Hora Santa 2