"Habla, Señor; habla, Señor, que tu siervo escucha". 

 

NO ADORAMOS A UN DIOS MUDO

 

La gran noticia que la Iglesia nos da en cada Eucaristía

y por la que nosotros nos debemos alegrar es que nuestro

Dios no es un Dios mudo. Al contrario, Él nos habla y,

por pura lógica, nosotros debemos escucharle.

 

El Señor se comunica con nosotros con muy diversos lenguajes:

 

- Mediante su Creación. "En cada cosita que Él creó hay mucho más de lo que se entiende", nos dice santa Teresa.

Se cuenta que san Ignacio de Loyola, pasando un día al lado de un jardín, golpeó suavemente las flores y les dijo: “Callaos, ya sé que me estáis hablando de Dios”.

- Nos habla a través de cada acontecimiento.

Si supiésemos contemplar la vida, toda la vida nos hablaría de Él.

- Nos habla desde lo profundo de nuestro propio corazón. "Cuando desees escucharle, dice Jesús, entra en ti mismo, cierra la puerta, y allá en lo escondido habla a tu "Padre..."

- Llegada la plenitud de los tiempos, el autor de la Carta a los Hebreos nos dice que el mismo Dios "que había hablado a nuestros padres por medio de los profetas, nos ha hablado por medio de su Hijo" (Hb 1, 1-2).

- Y como toda palabra de Dios es hermosísima, por eso mismo están cuidadosamente recogidas todas en la Biblia. Un libro que es punto de referencia indiscutible para nuestra Iglesia. Un libro del que se nutre constantemente. Un libro que es para ella luz, apoyo, fuente y pan sabrosísimo.

 

De ahí que la santa Misa sea liturgia de la Palabra y Liturgia de la Eucaristía. Ambas forman parte integrante y esencial de cada celebración.

Son dos las mesas a las que nos sentamos: la mesa del "Pan de la Palabra" y la mesa del "Pan de la Eucaristía".

El mismo Misal nos advierte: "Cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su Palabra, anuncia el Evangelio". Por eso, la liturgia de la Palabra no es introducción o preparación para la liturgia eucarística, sino algo esencial de ella.

 

 

EL MINISTERIO DEL LECTOR

 

El ministerio del "Lector" ha sido recuperado y revalorizado a partir del Vaticano II. Por su medio, la Palabra que un día se hizo escritura, vuelve a hacerse Palabra para que pueda ser acogida por los que la escuchan.

El lector o lectora hacen visible al Dios que habla;  se convierten en su signo vivo; le prestan su voz humana para iniciar ese diálogo amistoso que siempre inicia el Señor:

 

- Si su voz no suena, dice Schokel, no resonará la Palabra de Cristo;

- si su voz no se articula, la Palabra se volverá confusa;

- si no se le da bien el sentido, el pueblo no la comprenderá bien;

- si no se le da la debida expresión, la Palabra perderá su fuerza;

- y no vale apelar a la omnipotencia divina, ya que ésta pasa siempre por la encarnación.

 

Por ello, nunca insistiremos lo suficiente en la preparación de los lectores; preparación que deberá cuidarse en un doble sentido:

 

- Espiritual: estima de la Palabra de Dios, formación bíblica y litúrgica.

- y técnico: conocimiento de las técnicas de la comunicación y lectura.

 

Algo muy sencillo de decir, pero muy difícil de conseguir y de proyectar en esas dos lecturas que les tocará hacer del Antiguo y Nuevo testamento.

Cinco han sido siempre las características de la lectura en público, características cuyo dominio supone todo un arte y que exigen una preparación tanto remota como inmediata:

 

- Lectura "lenta”: El oyente necesita tiempo para captar todo el mensaje. Un silencio largo para el lector es corto para quien escucha. Por eso el lector deberá cuidar sus pausas entre el título del libro y su texto, y entre éste y la aclamación final. Sin olvidar otras menores entre frases y párrafos.

- Lectura "clara”. Si queremos que a los fieles les llegue toda y sola la Palabra que estamos proclamando.

- Lectura "alta”. Dependiendo de disponer o no de una correcta megafonía.

- Lectura "comprensible”. Dando a cada frase la expresión y el tono que le corresponde.

- Lectura, en fin, "dialogal". Esto es, levantando de vez en cuando los ojos del libro y mirando a los fieles en señal de cercanía y de solicitud empática.

 

CUANDO ALGUIEN TE HABLA..., ESCUCHA

 

Nos lo repetían de niños:

"Carlitos: Cuando alguien te habla, debes escuchar". Y nos lo tenemos que repetir ahora: Cada vez que un lector o lectora tome la palabra en el templo, no debemos tener otra ocupación sino la de... ¡escuchar!

Sin embargo, desde que Jesús nos contó aquella maravillosa Parábola del Sembrador, somos demasiados los cristianos que no acogemos la semilla como tierra mullida y bien dispuesta. Cae demasiadas veces en mitad del camino, o entre piedras, o espinos, o sencillamente, la aventamos a la finca del vecino diciendo aquello de “¡qué bien le vendría eso a fulanito"!

Pero ahora queremos centrarnos en la dificultad que tiene de germinar por la simple razón de no haberla escuchado o podido escuchar.

El corazón de Dios dejó dichas palabras clarísimas, en situaciones clarísimas, para que los hombres las entendiesen clarísimamente. Hoy esa misma Palabra se nos transmite muchas veces por alguien que pronuncia mal, sin apenas voz, y lo que es peor, incluso demostrando que ni él mismo entiende lo que lee. De aquí la importancia de realizar bien la lectura.

 

Pero también la de disponernos lo mejor posible  a su escucha relajando nuestro cuerpo, serenando nuestra mente y purificando nuestro corazón. Y la de favorecer su interiorización con espacios oportunos de silencio después de cada invitación a que oremos, y de cada lectura.

 

OTROS ELEMENTOS DE LA MESA DE LA PALABRA

 

Nos referimos aquí y ahora

a la "Homilía"

a la "Profesión de fe"

y a la "Oración de los fieles".

 

LA HOMILÍA:

 

Después de la proclamación de las lecturas en las misas de los domingos, fiestas de precepto, exequias y celebración de los demás sacramentos, el sacerdote pronuncia la "homilía". Su comentario a las lecturas escuchadas.

Homilía, quiere decir discurso sencillo, coloquial, familiar.

Ya allá por el año 150, san Justino explicaba de este modo lo que era la homilía: "Cuando el lector ha terminado de leer, el que preside toma la palabra y exhorta a todos a cumplir tan buenas enseñanzas" (Apología 1,67).

Una homilía bien hecha entusiasma el interior de los fieles y los compromete un poco más en la tarea de pasar por la vida amando a Dios y haciendo el bien.

 

¿Un modelo de homilía?

 

Abramos el evangelio de san Lucas 4, 16-22. Ahí la tenemos.

Llega Jesús a su pueblo. Va el sábado a la Sinagoga. Sube al estrado. Abre la Escritura por el libro de Isaías, concretamente por el capítulo 61, versículo primero, y comienza a leer:

El Espíritu del Señor está sobre mí... Él me ha enviado a dar la vista a los ciegos ya dar la libertad a los presos y oprimidos...

 

Enrolla de nuevo el rollo de la ley y comenta el texto; es decir, pronuncia su homilía:

 

"Hoy se han cumplido estas palabras", dice con una voz clara, directa, convencida, pero a la vez amable.

 

¡Excelente homilía! Breve, incisiva y tan fácil de escuchar que nadie se le ha dormido.

La homilía tiene como dos objetivos:

 

1) Recordar a cuantos asisten a la Misa todo cuanto el Señor ha hecho de "bueno".

2) Convencerles de que cuanto hizo de bueno "en aquel tiempo", lo sigue haciendo, y más, "en este nuestro tiempo".

¿Criterio para saber si la homilía que predico o que escucho es buena o deficiente? Analizar las "ganas de vivir" que deja o quita.

Dicha la cosa así, parece sencilla, pero no es fácil hacer una homilía. Se necesita, por un lado, la preparación del sacerdote; pero no menos la participación de los fieles. Aquél debe consultar de vez en cuando a éstos, y hasta debería formar un pequeño equipo con quien preparar sus palabras dominicales. Y los fieles deben, además, escuchar con una mentalidad tan positiva como la de aquella santa mujer que fue Teresa de Jesús, según la cual, nunca hubo sermón, por malo que fuese, del que no sacase algún provecho.

¡Ah, claro, y que sea breve! Que más de uno lamente su rápido final...

 

EL CREDO

 

Durante la Misa, uno de los momentos más concretos y fuertes de adhesión ", a la Palabra de Dios, es el de la proclamación del "Credo" o  "Símbolo de los Apóstoles". La palabra "símbolo" viene del griego y significa "resumen", Y eso es el"Credo": el re- sumen más repetido y apreciado de cuanto nos dice la Biblia.

Proclamando con convicción y devoción el "Credo" expresamos pública y gozosamente nuestra fe y nuestra adhesión a todo lo que la Escritura dice desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Es curioso observar que el mismo "Credo" comienza con la creación del mundo y termina con su final.

 

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

Sigue a la recitación del "Credo" y se la conoce también como "Oración Universal". Una oración en la que nos ocupamos de "todo el mundo". Una oración atenta a cuanto ocurre lejos y cerca de nosotros. Una oración de y por todos los hombres.

Cristo no vino a este mundo y habló y sufrió y murió y resucitó para unos pocos, sino para todos. No quiso anunciar su Buena Noticia a unos pocos, sino a todo el mundo. Esta es la actitud que tiene la Iglesia y quiere que tengamos durante la Misa. Recuerda a todos cuanto hizo en la última Cena, se proclama la Palabra para todos, y... se ruega no sólo por éste o por aquél, sino por todos.

 

La "Oración de los Fieles" es el momento en que menos raquíticos debemos ser. Hemos de pensar y pedir "a lo grande". Hemos de tener presentes a todos los niños, a todos los jóvenes, a todos los ancianos, a todos los enfermos, a todos los trabajadores y parados y amigos y enemigos y padres y madres y sacerdotes y obispos y creyentes y ateos del mundo.

 

Dios quiere que todos se salven y es bueno para con todos. Dios es mucho Dios. No le pidamos tacañamente. Ni mecánicamente.

Respondamos a poder ser cantando. O al menos, con todo el corazón.

Cuadro de texto: Liturgia de la Palabra
Un Dios que habla