Juan Jáuregui

Materiales Litúrgios y Catequéticos

1.- Carta de un hijo a todos los padres del mundo

 

 

No me des todo lo que te pido

           A veces, sólo pido para ver hasta cuánto puedo coger.

 

No me grites

Te respeto menos cuando lo haces; y me enseñas a gritar a mí también. Y yo no quiero hacerlo.

 

Cumple las promesas, buenas o malas.

           Si me prometes un premio, dámelo; pero también si es un castigo.

 

No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o mi hermana.

Si tú me haces sentirme mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces sentirme peor que los demás, seré yo quien sufra.

 

No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que se debe hacer.

           Decide y mantén esa decisión.

 

No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las digo yo por ti, aunque sea para sacarte de un apuro.

           Me haces sentirme mal y perder la fe en lo que me dices.

 

Cuando estás equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti.

           Así me enseñarás a admitir mis equivocaciones también.

 

No me digas que haga una cosa y tú no la haces.

Yo aprenderé siempre lo que tú hagas, aunque no lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.

 

Enséñame a amar y conocer a Dios.

Aunque en el Colegio y en la Catequesis me quieren enseñar, de nada vale si veo que tú ni conoces ni amas a Dios.

 

Cuando te cuente un problema mío, no me digas “no tengo tiempo para bobadas” o “eso no tiene importancia”.

           Trata de comprenderme y ayúdame.

 

Y quiéreme. Y dímelo.

           A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo.

 

 

2.-Lo primero para educar

 

Si se preguntara esto en una encuesta, estaríamos convencidos de que la respuesta sería el cariño. Y es cierto. Pero lo primero no es el cariño a los hijos. Lo primero es el cariño de los padres entre sí.

Y es en ese cariño entre los esposos donde los hijos encontrarán los mejores referentes para su vida. No es que esto sea lo único. Pero sí lo primero y la condición de posibilidad de cualquier otra consideración.

En este punto, quisiera reflexionar sobre una cuestión que me parece de especial importancia y que tiene que ver, y mucho, con ese quererse de los padres.

Hoy resulta importante la realización personal. Especialmente en el terreno profesional. Y esto no sólo para el hombre. Afortunadamente, también lo es para la mujer.

Pero el asunto se complica, y mucho, cuando se piensa que el único camino de búsqueda de esa realización sólo se encuentra en el trabajo y por separado, para cada uno de los cónyuges, en sus propias tareas profesionales.

Lo que aquí se olvida es que no existe la realización personal en un matrimonio. Lo que existe, o se debería dar, es la autorrealización de los dos, simultáneamente, y en el seno de su propia familia.

El camino de la afirmación personal de uno se tiene que dar, como resultado final, en el otro. Porque el matrimonio, formar una familia, es algo más que vivir bajo el mismo techo.

Hay frases hechas que dicen que los protagonistas de la educación y de las familias son los hijos. No estoy de acuerdo. Los protagonistas de una familia son los padres. Los protagonistas de la educación también son los padres.

A veces se oyen afirmaciones del tipo: es más madre que esposa; es más padre que marido. Claro error.

El cariño, la autorrealización, un proyecto de vida común entre los padres es el punto de partida que debe darse para pensar, después, en cómo educar a un hijo.

 

 

3.- AVISO PARA PADRES QUE...

 

Decálogo para formar un delincuente, una feroz denuncia de cómo los adultos estamos siempre, en última instancia, por acción u omisión, detrás de las faltas de los menores.

 

1: Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.

2: No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3: Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.

4: No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.

5: Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.

6: Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.

7: Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.

8: Déle todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.

9: Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10: Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo

 

 

 

4.- Amor-gestos

 

Rosario Bofill acaba de contar en un precioso libro -Tiempo de Dios- una experiencia que seguro que comprenderán y compartirán muchas madres de familia. Un día, cuando sus hijas eran ya mayorcitas, quiso comprobar qué había quedado de su educación en los años infantiles. Durante ellos, Rosario se había esforzado por meter en las cabecitas de sus hijas algunas frases que: esperaba fuesen, para ellas, fundamentales. Palabras como «gracias» o «perdón” se las repitió tercamente en aquellos años, confiando en que quedarían impresas en la blanda cera de sus almas infantiles. Pero cuando quiso comprobar qué había quedado de todos aquellos consejos, comprobó que sus hijas no recordaban ni una sola de aquellas frases que ella esperaba fuesen decisivas. De pronto, una de las niñas dijo: «Lo que yo sí recuerdo muy

bien son los calcetines.» Ahora la sorprendida fue la madre. «¿Qué pasaba con los calcetines?» La pequeña lo explicó: «Tú venías por la mañana a despertarnos. Nosotras estábamos aún llenas de sueño y de pereza y sacábamos sólo un pie entre las sábanas. Entonces tú nos ponían un calcetín. Luego sacábamos el otro pie y nos ponías el otro, mientras nosotras nos íbamos despertando. De eso sí tenemos un buen recuerdo.»

La madre se quedó pensando que las palabras eran sólo palabras y se las llevaba el viento. Y que, en cambio, un gesto de amor queda para siempre.

 

Reflexión para la vida

 

Ahí está la clave de toda educación. Y de todo influjo en los seres humanos. Los niños -que son mucho más listos de lo que creemos- lo saben muy bien y distinguen perfectamente entre las palabras bonitas y la gente que les quiere de veras. Pero los

adultos parece que no queremos enterarnos. Y un día nos sorprendemos al ver que los pequeños se han quedado con todo lo que menos esperábamos.

Recuerdo de mis años de profesor de literatura que mis alumnos se combinaban para sacarme siempre, al principio, todos los temas imaginables de conversación para acortar así el tiempo de la clase y retrasar, sobre todo, mis preguntas. Yo era perfectamente consciente de sus intenciones, pero no me preocupaba «perder» diez minutos de explicaciones para charlar con ellos sobre los sucesos del día. Hablábamos de la vida, del mundo, y yo siempre pensé que enseñar literatura no era sólo explicarles las formas de expresión, sino ayudarles a comprender lo que les rodeaba. Y muchos años después, charlando con mis antiguos alumnos, he comprobado que a todos les eran más útiles aquellos minutos «perdidos» que todas mis explicaciones teóricas posteriores. Aunque sólo fuera porque en aquellos prologuillos de la clase yo conseguía ser su amigo además de su profesor.

Hemos creído demasiado, me parece, en las ideas y poco en las vivencias, olvidando que el hombre es mucho más que su cabeza. Y no hemos querido entender -tal vez porque las palabras son más cómodas que las acciones- que a todos nos sale por un oído lo que por el otro nos entra y que, en cambio, permanece lo que nos entra por los ojos y se queda en el corazón.

Tal vez por ello han fracasado o se han quedado cortos la mayoría de los cambios y las revoluciones: porque la mayoría de los reformadores se quedaban muy satisfechos cuando habían redactado preciosos textos que recogían sus ideas, pero no se planteaban a fondo la reforma de las personas.

Así nos sucedió con el Concilio: se hicieron preciosos textos y constituciones doctrinales. Pero los cristianos siguieron sin cambiar. Por eso medio fracasaron casi todas las constituciones políticas: porque después de enunciarse muy bien todos los derechos, los ciudadanos seguían siendo egoístas, ambiciosos, violentos o autoritarios como antes de ellas. Por eso muchos padres se preguntan dónde aprendieron sus hijos tantas cosas que ellos no les enseñaron.

Por eso, en cambio, los que se dedicaron a sembrar las infancias de sus muchachos de gestos de amor saben que, antes o después, cuando pase el tiempo de las palabras, cuando el viento se lleve las ideologías que alguien les prendió con alfileres, lo que les quedará en el recuerdo serán aquellos gestos, el cariño con que pusieron unos calcetines, la ternura que hubo durante una enfermedad, el amor silencioso de las horas oscuras.

Cierro ahora mis ojos, ¿y qué queda de mi infancia? Nada recuerdo de los verbos irregulares, seguro que no sé resolver los quebrados, me atascaría en la lista de los ríos de Europa. Pero no he olvidado ni uno de los rostros de los que me quisieron y me enseñaron a ser feliz.

 

 

5.- El caballo estaba dentro

 

Cuentan que un pequeño, vecino de un gran taller de escultura, entró un día en el estudio del escultor y vio en él un gigantesco bloque de piedra. Y que, dos meses después, al regresar, encontró en su lugar una preciosa estatua ecuestre. Y, volviéndose al escultor, le preguntó: «¿Y cómo sabías tú que dentro de aquel bloque había un caballo?»

La frase del pequeño era bastante más que una «gracia» infantil. Porque la verdad es que el caballo estaba, en realidad, ya dentro de aquel bloque. Y que la capacidad artística del escultor consistió precisamente en eso: en saber ver el caballo que había dentro, en irle quitando al bloque de piedra todo cuanto le sobraba. El escultor no trabajó añadiendo trozos de caballo al bloque de piedra, sino liberando a la piedra de todo lo que le impedía mostrar al caballo ideal que tenía en su interior. El artista supo «ver» dentro lo que nadie veía. Ese fue su arte.

Pienso todo esto al comprender que con la educación de los humanos pasa algo muy parecido. ¿Habéis pensado alguna vez que la palabra «educar» viene del latín «edúcere», que quiere decir exactamente: sacar de dentro? ¿Habéis pensado que la verdadera genialidad del educador no consiste en «añadirle» al niño las cosas que le faltan, sino en descubrir lo que cada pequeño tiene ya dentro al nacer y saber sacarlo a luz?

Me parece que muchos padres y educadores se equivocan cuando luchan para que sus hijos se parezcan a ellos o a su ideal educativo o humano. Pero es que su hijo no debe parecerse a nada ni a nadie. Su hijo debe ser, ante todo, fiel a sí mismo. Lo que tiene que realizar no es lo que haya hecho el vecino, por estupendo que sea. Tiene que realizarse a sí mismo y realizarse al máximo. Tiene que sacar de dentro de su alma la persona que ya es, lo mismo que del bloque de piedra sale el caballo ideal que dentro había.

Ser hombre no es copiar nada de fuera. No es ir añadiendo virtudes que son magníficas, pero que tal vez son de otros. Ser hombre es llevar a su límite todas las infinitas posibilidades que cada humano lleva ya dentro de sí. El educador no trabaja como pintor, añadiendo colores o formas. Trabaja como el escultor: quitando todos los trozos informes del bloque de la vida y que impiden que el hombre muestre su alma entera tal y como ella es.

Y los muchachos tienen razón cuando se rebelan contra quienes quieren imponerles módulos exteriores. Aunque no la tienen cuando se entregan, no a lo mejor de sí mismos, sino a su comodidad y a su pereza, que es precisamente el trozo de bloque que les impide mostrar lo mejor de sí mismos. Un buen padre, un buen educador es el que sabe ver la escultura maravillosa que cada uno tiene, revestida tal vez por toneladas de vulgaridad. Quitar esa vulgaridad a martillazos - quizá muy dolorosos - es la verdadera obra del genio creador.

 

 

 

 

Cuadro de texto: Educación y Familia