Moniciones de entrada:

 

(A)

La lógica de Dios es muy clara: Dios no deja nunca de ser Padre con sus hijos.

Aunque el hijo no se sienta hijo, Dios sí se siente Padre, y nunca deja de comportarse como tal. Una cosa es abandonar la casa del Padre y otra dejar de ser hijo. Es posible lo primero; lo segundo imposible.

En la Parábola de este domingo entramos todos, cada uno a su medida. No se trata de qué hijo era más hijo y quién menos. Los dos tuvieron que aprender que el padre no era lo que ellos pensaban, que era mucho más de lo que podían imaginar…

Y por hacerse una idea determinada, se quedaron muchos días de su vida sin saborear la riqueza de su paternidad.

 

(B)

         El perdón es la otra cara del amor y el gran fruto de la misericordia. Su expresión más sublime es la reconciliación, en cristiano un valor de carácter trascendental.

El mensaje de hoy se concreta en la parábola conocida como “del hijo pródigo”, un texto de gran belleza y de una profunda enseñanza. Si Dios es amor, esta parábola nos confirma que la manera sobresaliente de amar es el perdón cargado de misericordia.

Amigos, quien perdona de corazón es porque ama sinceramente. Iniciamos la celebración abriendo nuestro corazón a la reconciliación que nos viene de parte de Dios.

 

(C)

         En este cuarto domingo de Cuaresma vamos a escuchar una de las parábolas más hermosas del Evangelio: la parábola del HIJO PRÓDIGO. Una parábola que nos recuerda la situación del pecador que se aparta de Dios, pero, sobre todo nos recuerda el Amor inmenso de Dios Padre. Si el Señor nos ha perdonado y nos sigue perdonando ¿por qué nosotros no queremos perdonarnos o nos cuesta tanto perdonar?

 

 

Acto penitencial:

(A)

         Queremos que la Cuaresma sea para nosotros una conversión: convertirnos a Dios y convertirnos a los demás. Antes de pedir perdón a Dios de nuestros pecados, pidamos la ayuda del Señor, para descubrir cuáles son esos pecados y para arrepentirnos de ellos.

Muchas veces en la vida hemos sido como el hijo pródigo de la parábola: nos hemos apartado de Dios. Señor, ten piedad...

Otras veces hemos sido como el hijo mayor: no hemos sabido perdonar y hemos sido orgullosos y legalistas. Cristo, ten piedad...

A veces no hemos confiado lo suficiente en Dios. Señor, ten piedad...

Por la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Dios de la Vida y de la Misericordia, perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su salvación y nos lleve a la vida eterna. Amén.

 

(B)

La Cuaresma es tiempo de CONVERSIÓN y ARREPENTIMIENTO. Tratemos de descubrir, en un momento de silencio, de qué cosas de nuestra vida no estamos contentos; qué fallos hemos tenido; qué cosas hemos hecho mal, para arrepentirnos de todo ello y pedirle perdón a Dios.

(Peticiones de perdón relacionadas con alguna de las lecturas)

o

“Yo confieso.....”

El Dios del Amor y de la Misericordia perdone nuestros pecados, nos llene de su Gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna. Amén.

 

(C)

La Cuaresma es un tiempo especial para ARREPENTIRNOS y PURIFICARNOS de nuestros pecados. Descubramos las cosas de nuestra vida de las que queremos pedir perdón a Dios.

Porque muchas veces nos olvidamos del ejemplo que Tú nos diste de amor y de perdón. Señor, ten piedad...

Porque en nuestras vidas hay muchas veces más egoísmo que solidaridad. Cristo, ten piedad...

Porque muchas veces nos dejamos llevar de lo que nos apetece, sin importarnos que nos puede apartar de Ti. Señor, ten piedad...

El Dios del Amor y del Perdón tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su salvación y nos lleve a la vida eterna.

 
Escuchamos la Palabra

 

Monición a las lecturas:

 

Hermanos; ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor! repetiremos en el salmo responsorial. Y es verdad, Dios fue bueno con el antiguo pueblo, a pesar de su infidelidad, sosteniéndole en el desierto y regalándole la tierra prometida. Dios es bueno con nosotros, pues nos dio la gracia del bautismo y nos regala el perdón de nuestros pecados. Dios es tan bueno, que nos regala la fuerza de su Palabra y nos muestra, en la parábola del hijo pródigo, la grandeza de su corazón.

 

 

Homilías

 

(A)

Con imágenes muy gráficas Jesús nos revela en esta joya teológica y literaria el rostro de Dios, como pura misericordia; nos describe el pecado como degradación, la conversión como rehabilitación, reconciliación y fiesta; y caricaturiza la religiosidad fría, cumplimentera, orgullosa y despectiva del hermano mayor...

La parábola del Hijo Pródigo o, mejor, del padre misericordioso, nos da a entender que el padre salía todas las tardes a otear los caminos para ver si el hijo regresaba...

El Evangelista Lucas expresa este amor solícito de Dios en otras parábolas como la del “buen pastor” o de la “dracma perdida”, en las que tanto el pastor como el ama de casa se desviven por encontrar lo que aman.

Las llamadas de Dios son múltiples y resuenan ininterrumpidamente; todo depende de nuestra atención y de nuestro silencio para poder escucharlas.

“Entrando dentro de sí mismo... recapacitó....”, dice Lucas. Para entrar dentro de casa, primero hay que entrar dentro de sí, como el pródigo. Es preciso entrar dentro de uno mismo, pararse a pensar, revisarse, para reconocer la propia miseria. Se ha dicho: “La gran desgracia del hombre moderno es que no sabe detenerse, está fuera de sí”...

La salvación del hijo pródigo empezó cuando se vio solo frente a sí mismo, y esto le ayudó a entrar dentro de sí, a encontrarse y verse hecho una ruina. Entrar dentro de sí supone confrontar la propia vida con el proyecto de Dios... Comparar nuestras carcajadas con su sonrisa profunda, tomar conciencia de los gemidos acallados por la juerga, la diversión, el dinero, el placer... Para entrar dentro de uno mismo es preciso reservar en la vida un espacio suficiente de tiempo para la oración, para el silencio, para reflexionar y contemplar con calma la Palabra de Dios.

Jesús revela a un Padre Dios que es de verdad desconcertante. Primeramente refiere que sale a nuestros caminos para vernos regresar. No puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices. Y cuando se encuentra con su hijo que vuelve, y que pretende pedirle mil perdones, no le pide explicaciones, simplemente le abraza y riega su cuello con sus lágrimas y da orden inmediata de que se prepare el mejor banquete de la casa. No cabe en sí; está loco de contento.

Este Padre del que nos habla Jesús, que es Dios se parece mucho al de aquella otra historia...

En los alrededores de la estación central de una gran ciudad, se daba cita, día y noche, una muchedumbre de desechos humanos: barbudos, ladronzuelos, drogadictos... De todos tipos y colores. Se veía muy bien que era gente infeliz y desesperada: barbas sin afeitar, ojos con legañas, manos temblorosas, harapos, suciedad... Más que dinero, aquella gente necesitaba consuelo y aliento para vivir; pero esas cosas hoy no las da ya casi nadie.

Entre todos, llamaba la atención un joven, sucio, de pelo largo mal cuidado, que daba vueltas entre los pobres náufragos de la ciudad como si él tuviera una balsa personal de salvación.

Cuando le parecía que las cosas iban verdaderamente mal, en los momentos de soledad y de la angustia más negra, el joven sacaba del bolsillo un papel grasiento y consumido, y lo leía. Después lo doblaba con mimo y lo metía de nuevo en su bolsillo. .Alguna vez lo besaba, lo estrechaba contra su corazón o se lo llevaba a la frente. La lectura de aquella pobre hoja de papel surtía un efecto inmediato. El joven parecía reconfortado, enderezaba los hombros y recobraba aliento.

¿Qué decía aquella misteriosa hoja de papel? Únicamente seis breves palabras: «La puerta pequeña está siempre abierta».

Era todo.

Era una nota que le había mandado su padre. Significaba que había sido perdonado y que podía volver a casa cuando quisiera.

Y una noche lo hizo. Encontró abierta la pequeña puerta del jardín, subió la escalera silenciosamente y se metió en la cama.

Cuando, a la mañana siguiente, se despertó, junto a su lecho le miraba complacido su padre. En silencio, se abrazaron.

Tomás de Aquino decía que “a Dios no podemos ofenderlo a menos que actuemos contra nuestro bien”. Es una frase poco citada y que, sin embargo, constituye una estupenda formulación de lo que es esa palabra “pecado”.

Dios no es alguien que se enoja por nuestros pecados porque son una desobediencia a sus leyes y normas o porque violan su santa voluntad... Dios es Padre y nos quiere y se llena de alegría cuando actuamos en nuestro bien y, porque nos quiere, se entristece cuando nos hacemos mal...

Nadie como los padres –y quizás más aún las madres- pueden entenderlo mejor: ante el hijo que se droga o va por malos caminos, lo primero no es la apelación al desagradecimiento o a las normas de conducta violadas... Lo primero es el mal que ese hijo se está haciendo a sí mismo. Así es también Dios... Por eso también, nadie mejor que los padres para comprender la gran alegría del hijo perdido y encontrado, del que estaba muerto y ha vuelto a la vida; sin duda mayor que por los otros hijos que no transitan por malos caminos... Así es también Dios...

Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida... Siempre está abierta la puerta del corazón de Dios...

 

(B)

La figura central de esta parábola ha sido siempre el hijo pródigo arrepentido. Sin embargo, yo creo que la figura central y principal de la parábola es el PADRE, de tal manera que algunos expertos de la Biblia, proponen que esta parábola del hijo pródigo se debiera llamar la PARÁBOLA DEL AMOR DEL PADRE, ya que lo que Jesús quería decirnos y enseñarnos es que DIOS ES COMO EL PADRE DE LA PARÁBOLA.

         Todos nosotros tenemos mucho del hijo pródigo y del hijo mayor.

Nos parecemos al hijo pródigo: cuando nos apartamos de Dios; cuando nos olvidamos de Dios; cuando damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, nuestra conciencia a la palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre; cuando ponemos nuestra meta y nuestra aspiración solamente en las cosas materiales.

Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, habiéndonos apartado de Dios, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.

         Nos parecemos al hijo mayor: cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no tenemos amor; cuando no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; cuando nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.

         Desde luego, el hijo mayor, aun estando en casa con el padre, era el que estaba más lejos del padre.

         Como decía antes, el padre es el personaje central de la parábola: un padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo, aunque éste se haya alejado y olvidado del padre; un padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa; un padre que ama, disculpa y perdona a su hijo; un padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.

         Y Jesús nos dice: COMO ESTE PADRE DE LA PARÁBOLA, ASÍ ES DIOS.

Un Dios que es de verdad desconcertante. Primeramente refiere que sale a nuestros caminos para vernos regresar. No puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices. Y cuando se encuentra con su hijo que vuelve, y que pretende pedirle mil perdones, no le pide explicaciones, simplemente le abraza y riega su cuello con sus lágrimas y da orden inmediata de que se prepare el mejor banquete de la casa. No cabe en sí; está loco de contento.

Este Padre del que nos habla Jesús, que es Dios se parece mucho al de aquella otra historia...

En los alrededores de la estación central de una gran ciudad, se daba cita, día y noche, una muchedumbre de desechos humanos: barbudos, ladronzuelos, drogadictos... De todos tipos y colores. Se veía muy bien que era gente infeliz y desesperada: barbas sin afeitar, ojos con legañas, manos temblorosas, harapos, suciedad... Más que dinero, aquella gente necesitaba consuelo y aliento para vivir; pero esas cosas hoy no las da ya casi nadie.

Entre todos, llamaba la atención un joven, sucio, de pelo largo mal cuidado, que daba vueltas entre los pobres náufragos de la ciudad como si él tuviera una balsa personal de salvación.

Cuando le parecía que las cosas iban verdaderamente mal, en los momentos de soledad y de la angustia más negra, el joven sacaba del bolsillo un papel grasiento y consumido, y lo leía. Después lo doblaba con mimo y lo metía de nuevo en su bolsillo. .Alguna vez lo besaba, lo estrechaba contra su corazón o se lo llevaba a la frente. La lectura de aquella pobre hoja de papel surtía un efecto inmediato. El joven parecía reconfortado, enderezaba los hombros y recobraba aliento.

¿Qué decía aquella misteriosa hoja de papel? Únicamente seis breves palabras: «La puerta pequeña está siempre abierta».

Era todo.

Era una nota que le había mandado su padre. Significaba que había sido perdonado y que podía volver a casa cuando quisiera.

Y una noche lo hizo. Encontró abierta la pequeña puerta del jardín, subió la escalera silenciosamente y se metió en la cama.

Cuando, a la mañana siguiente, se despertó, junto a su lecho le miraba complacido su padre. En silencio, se abrazaron.

Dios no es alguien que se enoja por nuestros pecados porque son una desobediencia a sus leyes y normas o porque violan su santa voluntad... Dios es Padre y nos quiere y se llena de alegría cuando actuamos en nuestro bien y, porque nos quiere, se entristece cuando nos hacemos mal...

Nadie como los padres –y quizás más aún las madres- pueden entenderlo mejor: ante el hijo que se droga o va por malos caminos, lo primero no es la apelación al desagradecimiento o a las normas de conducta violadas... Lo primero es el mal que ese hijo se está haciendo a sí mismo. Así es también Dios... Por eso también, nadie mejor que los padres para comprender la gran alegría del hijo perdido y encontrado, del que estaba muerto y ha vuelto a la vida; sin duda mayor que por los otros hijos que no transitan por malos caminos... Así es también Dios...

Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida... Siempre está abierta la puerta del corazón de Dios...

 

(C)

        

Así es la vida según la parábola de Jesús. La tragedia de un Dios Padre que busca la fraternidad de todos los hombres sin conseguirlo.

No es fácil la fiesta final que el Padre desea. Unas veces, es el hijo menor quien se marcha lejos abandonando el hogar. Otras, el hijo mayor que no acepta en casa al hermano que retorna.

Esta parábola no es una visión ingenua de la vida. Es la descripción de una cruda realidad que todos constatamos día a día. Hombres y mujeres, llamados todos a disfrutar de una misma felicidad y plenitud, no somos capaces de acogernos y convivir como hermanos.

Se trata, pues, de una parábola de un Padre bondadoso que desea lograr un verdadero hogar sin conseguirlo.

La parábola nos describe un fuerte contraste. Al final del relato, el hijo menor, el pecador que se había alejado del hogar, termina celebrando una fiesta junto a su Padre. Por el contrario, el hijo mayor, el cumplidor que nunca huyó de casa y jamás desobedeció una orden de su Padre, se queda, al final, fuera del hogar, sin participar de la fiesta.

La enseñanza de Jesús es desconcertante. Lo verdaderamente decisivo para entrar en la fiesta final es saber reconocer nuestras equivocaciones, creer en el amor de un Padre y, en consecuencia, saber amar y perdonar..

La parábola nos hace tomar conciencia de que el pecado es siempre mentiroso, pues a la larga nos deshumaniza.

La amistad con Dios, es parte esencial de nuestra felicidad y de nuestro desarrollo como personas (La imagen del hijo alejado de casa, lleno de necesidades, llegando incluso a cuidar cerdos, así parece indicar...)

Nos hace ver que la nostalgia de nuestra conciencia por una vida más digna y más feliz es ya el inicio de la conversión, y que esta nostalgia para los cristianos tiene un nombre: Cristo y su Evangelio.

Nos enseña que la conversión, que nos pone en camino desde una situación inhumana hacia el humanismo del Evangelio, se realiza siempre en forma de encuentro entre nuestra miseria y la misericordia de Dios.

La conversión como encuentro con la misericordia de Dios está en la base del sacramento de la Penitencia. Cada vez que confesamos nuestros pecados se realiza sacramentalmente la parábola del Hijo Pródigo. Pero por desgracia los cristianos cada vez tenemos menos experiencia de una de las dimensiones más importantes del corazón de Dios, su capacidad de perdón, y en esa medida nos vamos incapacitando para saborear desde la fe la experiencia de sabernos amados por Dios.

La parábola de hoy es una invitación a reconocer nuestros pecados y afianzar nuestra confianza en un Dios Padre que nos perdona y nos quiere infinitamente. Como consecuencia de esa humildad para reconocer nuestras equivocaciones y creer en el amor de Dios, vendrá el saber perdonar y amar a los hermanos.

Y ésta es la tragedia del hermano mayor. Todo lo hace bien. No huye de casa. Sabe cumplir todas las órdenes. Pero no sabe amar... No sabe comprender el amor de su Padre... No sabe comprender y amar al hermano.

Y se incapacita con ello, para celebrar aquella fiesta fraterna.

 

 

Oración de los fieles

 

(A)

         Sintiéndonos necesitados de misericordia y de perdón, acudimos a Dios nuestro Padre con toda confianza y le presentamos nuestras necesidades.

 1.- Por la Iglesia, que ha recibido de Cristo la misión de reconciliar; para que, en medio de las tensiones, las actitudes agresivas y violentas en las que nos encontramos, sea fermento de unidad y de paz. Roguemos al Señor.

 2.- Por todas las personas que sufren, que están tristes, o que viven sin esperanza; para que seamos capaces de compartir con ellos, nuestra experiencia de compasión, de ternura, y de acogida que viene de Dios. Roguemos al Señor.

3.- Por los que se indignan, como el hijo mayor de la parábola, contra los que perdonan y son perdonados; para que renuncien a su actitud intransigente y sepan comprender y acoger. Roguemos al Señor.

4.- Para que todas las personas que un día se alejaron de Dios y de su Iglesia, puedan por nuestra cercanía y apoyo, volver a encontrar a Dios. Roguemos al Señor.

5.- Por los que viven enfrentados, o sufren las consecuencias del odio y la venganza para que encuentren caminos de  reconciliación, de  justicia y de perdón. Roguemos al Señor

 

 

(B)

        

Confiados en el Amor que Dios nos tiene, pidámosle que socorra nuestra debilidad y nos ayude a corresponder a su amor.

Por la Iglesia, para que esté siempre atenta a las necesidades de los hombres y dispuesta a socorrerlos. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Por los que viven lejos de su casa o de su patria, para que no les falte la solidaridad de sus semejantes. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Por todos nosotros, para que no perdamos nunca la confianza en la misericordia de Dios. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Por todos nosotros, para que sepamos ofrecer a los demás nuestro perdón y nuestro amor. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Oremos: Ayúdanos, Señor, a perseverar en tu amor y a ofrecérselo a los demás.

 

(C)

        

Conociendo el amor que Dios nos tiene a sus hijos y conociendo también nuestras debilidades, pidamos a Dios que venga en nuestra ayuda.

Para que siempre tengamos presente en nuestra vida el amor de Dios, que es como el amor del padre de la parábola. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Para que, amándonos y ayudándonos, aumente nuestra solidaridad. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Para que el egoísmo no sea nunca el motor de nuestras acciones, ni el guía de nuestras decisiones. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Para que, cuando nos portemos como el hijo pequeño de la parábola, nos acerquemos de nuevo a Dios con toda confianza. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Oremos: Derrama, Señor, tu misericordia sobre nosotros y sobre todos los hombres, especialmente sobre quienes más lo necesiten.

 

Presentación del símbolo

 

Colocamos junto al altar unas espigas y un racimo, signo del banquete que el Padre quiere hacer con sus hijos y que nosotros por unas u otras causas estamos dispuestos a estropear...

 

 

Prefacio…

 

Te damos gracias,

Padre fiel y lleno de ternura,

porque tanto amaste al mundo

que le has entregado a tu Hijo

para que fuera nuestro Señor y nuestro hermano.

Él manifiesta su amor

para con los pobres y los enfermos,

para con los pequeños y los pecadores.

Él nunca permaneció indiferente

ante el sufrimiento humano;

su vida y su palabra son para nosotros

la prueba de tu amor;

como un padre siente ternura por sus hijos,

así tu sientes ternura por nosotros.

Por eso,

te alabamos y te glorificamos

y, con los ángeles y los santos,

cantamos tu bondad y tu fidelidad,

proclamando el himno de tu gloria:

 

Santo, Santo, Santo...

 

 

Padre nuestro

 

Un padre que perdona, un padre que ama, un padre que reúne a los hermanos partiendo el mismo pan... La parábola se hace realidad aquí en nuestra celebración. Y a ese Padre, nuestro Padre Dios, le rezamos:

Padre nuestro...

 

Compartimos el pan

 

Dios nos ama de verdad y desea que nosotros nos amemos sinceramente. La sinceridad de nuestro amor se llama muchas veces reconciliación. Que la comunión con Jesús llene nuestras entrañas de perdón y misericordia. Dichosos los invitados...

 

Bendición:

 

La reconciliación y el perdón son experiencias muy gratificantes. Quien perdona demuestra madurez, grandeza de espíritu, sensibilidad, valentía y amor. Un cristiano verdadero nunca recorta el perdón ni le pone “peros”. Un perdón con condiciones no es verdadero.

Regresemos a la vida con el corazón entonado. Seamos generosos para perdonar y humildes para aceptar el perdón. Extendamos a los vecinos la experiencia que hemos compartido aquí. Y tengamos una semana feliz y testimonial.

Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros...

 

Cuadro de texto: Domingo Cuarto 
de Cuaresma