La muerte nos espera inexorablemente, pero nosotros participamos de la desatención común de una sociedad que solamente parece mirar a la vida. ¿Falta de lógica? No es la única, existen otras respecto a la vida: el prodigioso desarrollo de las técnicas para dar  un hijo a las parejas que lo desean y las múltiples prácticas que permiten suprimir sin un grito al hijo no deseado.

En esta misma sociedad, cada uno vive, sin embargo, horas en las que se halla literalmente "ante la muerte". Cuando acaba de golpear a un amigo, a una relación querida: un padre, madre, esposa, hijo, un joven, un compañero de trabajo o de pueblo...En la mayoría de los casos, nuestra sociedad toma entonces el camino de una iglesia, participa en un momento de calma, escucha textos bíblicos, contempla a un Cristo crucificado y canta himnos al Señor resucitado.

En estas horas en las que nos reconocemos mortales es cuando evocamos al Eterno; en las horas en que vemos la igualdad ante la muerte, es cuando comprendemos mejor nuestra igual dignidad; en las horas en que palpamos el término de esta vida es cuando apreciamos su valor; en las horas en que llega a su fin esta existencia es cuando nos preguntamos sinceramente lo que puede significar nuestro destino total.

Para el cristiano la liturgia de exequias no es desesperación, sino anuncio de esperanza. Para el sacerdote que celebra, esta liturgia no es un tiempo robado al anuncio del evangelio, sino una ocasión excepcional para proclamar la resurrección del Señor, la vida y la salvación a sus hermanos.

 

Horas de evangelización

 

¡He aquí, pues, unas horas de gracia y de evangelización sobre las que debemos reflexionar. Y este material que os ofrecemos pretende eso.

Entre todas las celebraciones que organizamos y presidimos en nombre del Señor, la de los funerales es frecuentemente una de la mejor situadas en relación con la vida de los que en ella participan. Pues todos están presentes por motivos de afecto, de amistad o de relación y simpatía con los que lloran.

Cada uno acepta vivir entonces un momento de paz, de silencio recogido de contemplación, gracias a los símbolos que evocan a Dios: un crucifijo, las velas, el incienso, el agua bendita que recuerda el bautismo, unas flores que ponen una nota de recuerdo emocionado y de color en medio de la tristeza...

Todo este conjunto crea una atmósfera extremadamente elocuente.

 

Anunciar con valentía la vida

 

Toda celebración nos permite repetir esta realidad capital de la fe cristiana revelada por Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá" (Jn 11,12). Pero cada celebración de los funerales nos ofrece la ocasión de hacer de ella la base misma y el centro de nuestra predicación.

La Iglesia tiene como misión anunciar con valentía al pueblo...esta vida, y los funerales constituyen su anuncio repetido... Nadie se extrañe, pues, de ver el puesto importante que ha tenido la celebración de los funerales en la actividad pastoral de la Iglesia.

Esto no deja de plantear cuestiones. y ante todo a nosotros los sacerdotes, principales celebrantes de los funerales. Frecuentemente tenemos que anular otras actividades de evangelización que teníamos previstas. Y nos encontramos con la dificultad de renovarnos en la predicación de los grandes temas de la fe cristiana que hace posible la celebración de los funerales: sufrimiento ante la muerte, sentido del juicio de Dios, prioridad de la muerte y de la resurrección de Jesucristo en la salvación cristiana, esperanza de la vida eterna ya comenzada, misericordia, y ternura de Dios ante el pecador.

Cuanto más preparamos homilías y comentarios sobre el tema, cuanto más tenemos ante nuestros ojos a parroquianos con los que convivimos desde hace tiempo, tanto más podemos tener la sensación de repetir siempre la misma cosa y experimentar el temor de no hallar el estilo y la manera de proclamar esta buena nueva.

Pienso en los sacerdotes, que predican de tal manera el sentido de la muerte cristiana ante un auditorio casi idéntico, hasta cincuenta o cien veces. Sé los esfuerzos que impone eso. Pero comprendo que aspiréis a recibir ayuda en esa importante labor pastoral. Y eso es lo que pretendemos con estos materiales.

Puede también permitir a los cristianos comprender la utilidad de su colaboración. Esta puede revestirse de diversas maneras y  formas. Desde la presencia de visitadores de enfermos, que comunican al sacerdote informes sobre el que acaba de morir, su vida, su familia, lo que le gustaba y quería hacer en su vida, hasta la colaboración de amigos y vecinos que avisen al sacerdote antes de la defunción para permitirle que haga una visita y rece por quien está en peligro de muerte.

 

Una obra de Iglesia, ofrecida a los fieles

 

Desde el equipo de liturgia, compuesto por personas disponibles o jubiladas, que podrían asistir al sacerdote durante la celebración

para las lecturas, cantos, hasta los cristianos que aceptan encontrarse con la familia para preparar la ceremonia... Sin olvidar a los que visitan enfermos...

Todos los fieles hacen obra de iglesia, obra de fe, obra de misericordia y de reconciliación  ¿Se puede ir más lejos? Nada se opone a que el sacerdote, en la celebración, sea ayudado por la participación de uno u otro de los fieles, que hagan intervenciones, moniciones, breves comentarios para adaptar la liturgia más a la familia, especialmente si la conocen como amigos. El estilo de celebrar y de predicar del sacerdote se vería con ello renovado y profundizado.

Se puede pensar en que el sacerdote, en el curso de la homilía, conceda la palabra a estos mismos cristianos, en razón de su propia experiencia. Pienso en quienes han conocido la vida del hogar, la pérdida de un hijo de tierna edad o de un joven fallecido en accidente, la muerte de un esposo o esposa, el suicidio de uno de los suyos...

El sacerdote tiene conciencia de no hallar siempre las palabras justas, humana y espiritualmente para hablar como conviene de estos sufrimientos...

Puede ser una participación importante de los cristianos en el anuncio de la buena nueva.

Es imposible pasar en silencio los problemas nacidos por la disminución del número de sacerdotes...

 

El misterio de la salvación

 

Es el dificilísimo problema del juicio de Dios sobre la vida de los que nos dejan. El Señor Jesús no ocultó el aspecto dramático de esta luz que será proyectada sobre nuestras opciones fundamentales, sobre nuestra confianza en Dios por la fe, sobre nuestra práctica de la relación con Dios y del amor real a todos nuestros hermanos. No ocultó la existencia de un discernimiento que no hará el hombre sólo, ya que el mismo Cristo se ha proclamado su último juez.

La hora del paso a la luz de Dios es la hora de la lucidez sobre el valor de nuestras vidas, sobre el reconocimiento de nuestros errores, de nuestras debilidades, de nuestras faltas de fe, de esperanza y amor; de nuestras resistencias u oposiciones a Dios, a sus diez mandamientos, de los que cinco se refieren a nuestra relación con Dios o con los ídolos que lo sustituyen, y cinco delimitan nuestra manera de respetar los derechos fundamentales de los demás hombres. Este choque de la luz y del discernimiento es un choque de juicio. Teniéndolo presente, nos sentimos movidos a rezar por el que la vive, a suplicar, a interceder, y por consiguiente a revisar también nuestra manera de vivir para poner nuestras opciones en armonía con la voluntad de Dios.

Pero somos invitados por Jesús a celebrarlo en la certeza de que "Dios quiere salvar a todos los hombres y permitirles conocer la verdad"...

Los funerales cristianos evocan todo un camino de símbolos inspirados por el Espíritu.

Pero especialmente, para muchos, es el gran contacto con la Iglesia en su anuncio de la fe. En esas horas de calma pueden escuchar la Biblia, sentirse impresionados por los símbolos, participar en una auténtica oración.

Que nuestra manera de preparar y celebrar juntos, en Iglesia, sea signo de resurrección y propuesta de fe.

 

Celebrar un entierro

 

Estamos dispuestos a compadecer al pobre sacerdote que ha debido celebrar varios entierros durante la semana.  Pero nos quejaremos a él mismo de un entierro al que hemos asistido: "un sermón insípido, una ceremonia chapucera..."

Es verdad, que ciertas semanas o ciertos meses estamos metidos en diversos duelos dolorosos. Que llegamos a vivirlo con dificultad: experimentamos la necesidad de un equipo colaborador, en el que unos y otros compartamos la carga. Pero esto no se improvisa.

Porque en un entierro por la Iglesia se tiene la ocasión única de un momento de verdad (y, acaso, de un tiempo para la verdad). Es raro reunir un público tan dispar y tan atento. Allí están, allí estoy, confrontados con uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad llamada avanzada: la muerte. Lo que todos saben con certeza (yo soy mortal) no hace falta demostrarlo.

En el entierro, se me otorga el derecho de hablar de ello: privilegio temible. Comprendo que los oyentes sean exigentes. No tengo derecho a decir cualquier cosa. Tengo que ser auténtico. Aunque esté colocado al otro lado del ataúd, no estoy en otra orilla. Yo soy de este mundo, de este siglo inquieto y razonador. Oso hablar de la muerte, a veces, ante el féretro de un parroquiano desconocido, y me digo:

"Y si fuera éste o la otra a quien tú quieres ... “

Tengo que pararme ante la muerte; y tengo el privilegio, en los entierros religiosos, de permitir a los demás el pararse ante la muerte, su muerte. Creo que presto un servicio, pues el rechazo, el olvido de nuestra condición mortal es, a mi parecer, tan pueril y dañoso como el rechazo, el olvido de nuestra condición sexuada. Meditar acerca de la muerte no puede, no debe ser el patrimonio de los creyentes con el pretexto de que tienen una "respuesta" revelada. Ateos, célebres o no, han hecho de esta meditación el aguijón de su reflexión y de ella han sacado filosofías notables. Todo hombre, toda mujer debe una respuesta al interrogante que la muerte nos plantea: ¿qué haces tú con el presente que se te concede?, ¿qué haces tú de tu vida? ...

Tengo que hablar a un auditorio diverso, diferente de la comunidad practicante del domingo. Los asistentes no están reunidos por la fe en Cristo; han venido por el difunto y su familia. Tengo que tenerlo en cuenta. Se hablaba en otro tiempo de los "honores de la sepultura cristiana". Pienso que el sepelio es un homenaje, un acto de respeto. Sería cosa buena poner de relieve este aspecto al comienzo de la ceremonia, en la palabra de acogida, los cantos y los gestos litúrgicos: flores, luces e incienso.

No se trata de hacer ningún elogio del difunto, pero sí de hablar de su grandeza, de su dignidad, de la que cuenta a los ojos de

Dios, de la que nace principalmente de lo que uno es, y no principalmente de lo que uno hace. El personaje ha muerto, pero la persona vive; la que ha vivido de deseo, de amor, de pena, de esperanza.

Desearía que un entierro fuera un momento de verdad como la muerte, pero de la verdad evangélica: todo está al descubierto, pero esta desnudez no causa vergüenza, porque el juez es el Padre de Jesucristo. Me agradaría que se pudiera dar gracias o simplemente admirar las cosas maravillosas que han brotado de esta vida ahora cerrada.

Debo ser auténtico: estas gentes que están ahí, ni son todas creyentes ni todos cristianos. Desearía que la palabra de Dios llamara a su puerta, que les pareciera menos extraña. Me gustaría sugerirles que en el evangelio no se trata primeramente del hombre religioso, sino del hombre sencillamente, con sus deseos y sus interrogantes.

Quisiera ser auténtico: honrar la palabra de Cristo. Yo no soy más que un pobre hombre, cuya palabra no tiene la menor autoridad frente a la muerte. Creo en Jesucristo, revelador del secreto último del mundo; revelador del valor oculto de toda vida. Creo que en Jesucristo sufrimientos y muerte se han revestido de otro rostro.

La muerte existe, pero Jesucristo también. ¿Es la muerte un puro absurdo? Su muerte para él ha sido su verdadero nacimiento.

La respuesta no puede venir más que de mi fe, como en toda cuestión de fondo.

Mi palabra de creyente no puede ser categórica, no hay evidencia. es un anuncio, un testimonio, una llamada: el oyente, incluso el mejor preparado, sigue en su libertad y en su responsabilidad para escuchar u olvidar. De todos modos yo no soy más que un mediador: el verdadero diálogo se hará verdaderamente más tarde y en el secreto de la conciencia. Para mí, la verdad tienen un nombre y Dios es testigo de sí mismo sin intermediario. Cuando el ángel anuncia a las mujeres la resurrección de Jesucristo, provoca no alegría, sino miedo y silencio. No eran más que palabras. La alegría vendrá en el camino del encuentro con el Cristo resucitado.

Celebrar un sepelio es un momento importante del ministerio sacerdotal y anhelo de que muchos cristianos también puedan cumplir este ministerio. Es un servicio de acogida para personas apenadas, un servicio de profundo respeto a la memoria de un hombre o de una mujer, cualesquiera que sean sus méritos o deméritos. Un servicio de verdad para nuestra sociedad paralizada por el miedo. Un testimonio para una iglesia humilde, una iglesia servidora, respetuosa con la libertad de los oyentes, que proclama un mensaje que no es el suyo y que la sobrepasa también a ella. Celebrar un entierro es sobre todo un servicio de Cristo, quien, por medio de nosotros, sus testigos, puede aún adelantarse y decir: "Soy yo, no tengáis miedo".

 

Una experiencia de paz

 

He podido dar la impresión de que en los entierros lo esencial es la palabra. Ni mucho menos...

Primeramente está la acogida. La familia viene a verme o yo voy a verla. Me hablan del difunto, acaso manifiesten su deseo de un servicio religioso. Yo tengo sobre todo que escucharlos. Porque

además del entierro, está el interés profundo del encuentro mismo:

“¡Háblame de él, de ella. . . ¡”

Es el primer testimonio que puedo dar: acoger con interés, y a veces con emoción, lo que se me quiere decir.

Si proclamamos en la palabra de acogida que Dios se interesa vivamente por cada uno de nosotros, puedo aquí dar un signo de ello, interesándome no sólo por los sentimientos religiosos del difunto, sino por todo lo que ha llenado su vida. A veces se queda uno en banalidades; pero otras se atreve a hablar claramente: confiar, por ejemplo, que el difunto ha sufrido y hecho sufrir, y que cuesta perdonar. A veces escuchar la declaración de un amor, de una admiración, de una veneración desconcertantes.

Muchas de estas personas están alejadas de la práctica religiosa frecuente. Se excusan: "No quiero mentirle; nosotros somos creyentes, pero no practicantes. No se sienten "conformes" con las leyes de la Iglesia; a veces son divorciados vueltos a casar...No se les concede esta ceremonia, ellos tienen también su sitio en la Iglesia, aunque su creencia religiosa sea vaporosa. No somos guardianes de la ortodoxia dogmática, moral o litúrgica. Somos, queremos ser testigos de la ternura de Dios para todo hombre. Y aquí se trata de celebrar la dignidad de una vida humana, de compartir la pena, los sufrimientos y los interrogantes del prójimo. Para ellos está abierta de par en par la puerta de la Iglesia. La religión es para la vida, y no la vida para la religión.

A veces aparecen en la conversación la vanidad: es preciso "una hermosa misa", con varios sacerdotes, se molestan por la falta de música...Un poco de paciencia, un poco de seriedad; la advertencia de nuestra igualdad ante la muerte y delante de Dios bastan en general para poner las cosas en su sitio.

Pienso que es menester cuidar particularmente todo lo que pueda contribuir a crear un ambiente de paz: música, cantos, decoración...Puesto que la nueva liturgia de difuntos ha borrado los acentos trágicos ("Dies irae" "Líbera me"...)

La mayor parte de las personas que están allí no tienen jamás ocasión de "experiencia espiritual alguna". Y es sabido con cuánto cuidado la tradición litúrgica compone un cuadro favorable para tal experiencia: hablar a los sentidos, a la sensibilidad; reunir y decantar emociones, guiar la mirada hacia símbolos sorprendentes, ayudar a la asistencia a dejarse ganar por el recogimiento y un silencio nutritivo. En el entierro más que en cualquier otra celebración es bueno velar para que la palabra esté en su puesto y que haya lugar para lo no-dicho.

Me gusta esta frase del evangelio, que me parece la llave de oro de toda liturgia: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11,28). Muchas liturgias actuales son fatigosas; se sale de ellas aturdido: ritmo demasiado rápido, alud de comentarios, de explicaciones sin ningún silencio; música o cantos chapuceros, indiferencia a la limpieza del lugar, a la disposición o belleza de los objetos, vestiduras: iluminación y sonorización defectuosas...etc. Naturalmente, se hace lo que se puede con lo que se tiene; pero si se pone cuidado, poquito a poco se llega a crear un ambiente francamente bueno y bello. Esto me parece indispensable para los sepelios. Esto no es un lujo, o más bien sí; un lujo indispensable para hombres y mujeres de nuestro siglo materialista, ciegos a la realidad del espíritu y que podrían ahí descubrir otra respiración, otra atmósfera, otra dimensión de la vida.

Terminaría por los gestos, son poco numerosos en la liturgia de difuntos, pero merecen ser puestos de relieve: poner la cruz delante, encender los cirios, incensar, bendecir...

Todo hombre, toda mujer, que entra en la iglesia, sobre todo con ocasión de un duelo, tiene derecho a lo que la iglesia tiene de mejor. La riqueza espiritual más preciosa es la paz, esta certeza interior de una llamada, de una presencia; la intuición de una dirección, de un sentido. La paz contra el enloquecimiento de estar perdido, contra la impresión y el deseo de golpearse la cabeza contra la pared de lo absurdo.

Es una experiencia paradójica e inexplicable; pero es un don de Jesucristo resucitado a todos los que están atrincherados en el miedo y la desesperación: "Los discípulos habían echado el cerrojo a las puertas, porque tenían miedo. Jesús vino, se presentó en medio de ellos y les dijo: ¡La paz sea con vosotros" (Jn 20,19).

 

Hablar del más allá

 

Hablar de la eternidad es un reto: es menester atreverse a decirlo. Yo que estoy inmerso en el espacio-tiempo-materia, yo tengo la audacia de expresarme sobre una realidad aleatoria (la vida eterna)

La respuesta a las cuestiones esenciales de la existencia depende de la fe, y no del saber.

Uno tiene perfectamente derecho a una filosofía materialista; pero esto es una toma de posición y no la evidencia de un saber seguro.

¿Quién soy yo? ¿Cuál es mi destino? ¿Qué es el mundo? ¿Cuál es su destino? A esto se responde con: "Yo creo que..."

Estamos viviendo un comienzo de siglo apasionante, en el que las disciplinas científicas y las tradiciones religiosas aprenden las unas de las otras una humildad fundamental: "No sabemos lo que es la realidad. Nuestro lenguaje sobre este punto no puede ser más que simbólico".

Lo real es ciertamente mucho más amplio de lo que la reflexión racional y experimental puede percibir. Es, por tanto, razonable mantener las cuestiones abiertas: ¿hay un más allá de las cosas? ¿hay un más allá de lo visible? A estos interrogantes sólo responderá una fe, una fe materialista o una fe espiritualista. O bien habrá que resignarse al silencio: "Estas cuestiones se plantean; pero, tal y como yo soy, no tengo respuesta".

Esta disgresión me parece necesaria: el materialismo está tan extendido y a veces es tan pretencioso que algunos creyentes están intimidados. El materialismo lúcido tiene derecho a nuestro respeto, pero también a nuestra crítica. Actualmente, no se debería tener ninguna vergüenza en proclamar nuestras convicciones espirituales ante un auditorio en el que ateos y agnósticos pueden ser numerosos. No digo yo que nosotros tengamos razón, digo simplemente que es razonable creer y que se puede atestiguarlo tranquilamente, sin pretensión de poseer la verdad.

El cielo es ver a Dios, porque el amor quiere ver. El infierno no es voluntad de Dios: el Dios de Jesucristo no quiere más que la salvación del hombre. El infierno está ligado no a Dios, sino al hombre; y afirmar el infierno es afirmar solamente que el hombre puede perderse. ¿Se pierde? Nadie lo sabe.

Yo pienso que se puede conjugar orgullo de creer y modestia de palabra. Estas son incluso las condiciones de evangelización, hoy día, según mi parecer, para anunciar la verdad, reconociendo que nos sobrepasa. Dios ha querido hablar nuestra lengua; esto es lo que nos da audacia para hablar de Dios..

 

Propuestas pastorales

 

Cambios en la sociedad: hay que partir de los cambios que se han operado en nuestras sociedades con relación a la muerte, particularmente la tecnificación creciente de los cuidados médicos con sus efectos indirectos sobre la soledad del moribundo y sobre la desaparición de la experiencia de la muerte.

 

Contra la muerte ocultada y privatizada:

Se está dando la desaparición de numerosas conductas rituales y simbólicas (la regresión de los pésames) reservando a la sola familia el acontecimiento del duelo: a veces incluso, la familia se desinteresa completamente del difunto, que es enterrado o incinerado en el anonimato. Nuestras sociedades no son capaces de integrar la muerte, porque hace aparecer el fracaso de los valores dominantes de belleza, juventud, realización de sí mismo, resplandor social...Se busca entonces sacar la muerte, no hablar de ella, ocultarla.

La iglesia no puede permanecer indiferente ante esta ocultación y esta privatización de la muerte.

Encargada de revelar al Dios vivo, la Iglesia cree que con la muerte "la vida no se destruye, sino se transforma" según reza uno de los prefacios de difuntos. Es el corazón mismo de la fe, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, lo que se halla en juego aquí. Incluso, al pedir a la comunidad local y al vecindario que participen en el duelo de la familia, afirmamos nuestra fe, según la cual el difunto es miembro del cuerpo de la Iglesia desde el bautismo, un hermano o hermana que acompañamos hacia el Señor con todos sus allegados.

Hay que decir que, aún yendo contra corriente, la Iglesia rinde un verdadero servicio a nuestra sociedad y se muestra "experta en humanidad".

 

La importancia de la iglesia parroquial: en muchos países se constata una tendencia a reagrupar las diversas celebraciones, ya sea en tanatorios o en crematorios u hospitales. Se aducen algunas razones: comodidad, ausencia de vínculos con la parroquia, eliminación de multiplicidad de gestiones...etc.  Estos lugares no tienen el carácter simbólico de la iglesia parroquial en la que uno ha sido bautizado y donde se reúne la comunidad cristiana. Parece, importante que mantengamos el desarrollo de las celebraciones en los lugares de culto tradicionales...

 

Influencia de los servicios funerarios: Las funerarias imponen nuevas "modas": así el uso del libro de firmas, los tipos de ataúdes, los seguros que cubren los gastos del sepelio, la celebración en la intimidad, la incineración...

Hay que vigilar...porque al desaparecer los monopolios, la libre competencia incita a las familias al "consumo" convirtiéndolas en juguetes... Y particularmente en este campo de la muerte se impone una cierta reserva moral.

A pesar de todo, se constata que la conciencia de una misión común en la pastoral de las exequias no es aún muy viva. Por ello señalaría tres recomendaciones:

1.- Responsabilidad eclesial: La pastoral de las exequias descansa todavía masivamente sobre los sacerdotes. Ahora bien, no sólo el número de sacerdotes disminuye, sino que sobre todo el acompañamiento de las familias afectadas por la muerte es una responsabilidad que afecta al conjunto de la comunidad y de la cual ella no puede desentenderse. Es preciso que al menos algunos de sus miembros colaboren con los sacerdotes en esta tarea.

2.- Propuestas concretas: Hay que mostrar concretamente los papeles y acciones que pueden desempeñar los fieles antes, durante y después de las diversas celebraciones que jalonan el período exequial.

Antes de las celebraciones: ir a visitar a la familia y orar; dar alguna reseña del difunto y su familia a los responsables de la celebración; ayudar a preparar la celebración; a escoger los textos, a redactar intenciones para las preces; a veces a participar en la acogida de las familias afectadas por la muerte...etc.

Durante las celebraciones: participar en la proclamación de las lecturas, en los cantos, en las diversas plegarias; estar presente en el cementerio...

Después de las celebraciones: continuar las visitas a las familias; orar con ellas, invitarlas a la celebración del aniversario; hacerles saber que ellos siguen presentes en el recuerdo de la comunidad...etc.

3.- Los nuevos ministerios: Hay que pedir la colaboración de los laicos y conferirles responsabilidades.

Habría que procurar formarles, así como el reconocimiento de su misión..

 

Cuadro de texto: Para una reflexión 
sobre la Pastoral 
de Exequias (1ª parte)
Cuadro de texto: