|
2.- Un Dios sádico
Igual que nos encontramos con el Hada Madrina, dispuesta a utilizar su magia concediéndonos sus favores, en el mismo cuento suele aparacer la Madrastra, empeñada en fastidiar a todo el mundo, sobre todo a la “inocente y pobre princesita”. Pues también los cristianos nos hemos encontrado ante un Dios que se parece muchísimo a la Madrastra o un guardia de tráfico que nos pilla saltándonos el semáforo, o al Profesor que nos ha cazado copiando en un examen. Nos han hablado del “Dios de la vida”, pero nos quedamos desconcertados cuando nos presentan a ese mismo Dios castigando, sometiendo a prueba, o jugando con nosotros como si fuéramos marionetas. El ateísmo contemporáneo ha encontrado en el problema de la existencia del Mal en el mundo miles de argumentos para rechazar la existencia de Dios. Pero, sin marcharnos por las alturas filosóficas, todos tenemos casos de personas cercanas que se han visto confundidas al intentar encajar a Dios en las desgracias que les ha traído la vida. Por ejemplo: “Cuando era niño, creía solamente en la muerte de los ancianos. NO admitía la muerte de la gente joven. Cuando me explicaron por qué había muerto mi padre con 22 años, me dijeron que “Dios lo necesitaba a su lado”. ¿Más que yo? ¿Para qué necesitaba Dios, que todo lo tiene, a un sencillo carpintero de 22 años? ¡Yo sí que lo necesitaba a mi lado y lo necesitaba mi madre!. El Dios que había en mí cuando niño era un Dios claro y al que le podía hablar de tú sin ningún temor, con respeto, bondadoso y protector. Actualmente la vida, las injusticias humanas, las catástrofes, el triunfo total de la maldad han destruido en mí aquel Dios que admiré cuando niño. ¿Por qué si Dios existe, su poder no acaba con las injusticias humanas? (M. Gila, en 100 Españoles y Dios. Planeta)
“Educado en una sociedad católica, creía por miedo a quemarme en el infierno, cuando era niño; y dejé de creer cuando el párroco de mi pueblo me dijo que debía querer más a Dios que a mis padres. Durante años fui creyendo y dejando de creer... hasta que llegué al convencimiento de que no existe un Dios justo y omnipotente”. (Paco Rabal, en 100 Españoles y Dios).
“El Dios en que creí de niño era un Dios muy elemental, casi de cartón piedra. Un señor poderoso, justo, bueno, etc. Todavía lo recuerdo. Pero resulta que después en las manifestaciones de ese posible Dios, no se ve que sea muy amoroso con el género humano. Vivimos una serie de catástrofes y miserias ante las cuales Dios parece reaccionar con absoluta indiferencia. Viendo la historia y la realidad actual, uno no tiene motivos muy razonables para pensar que por encima del mundo hay un Dios que es amor, una inteligencia superior. Es demasiado contradictorio”. (Ángel González, Académico de la Lengua. El País, 4-8-96).
Con todo el respeto para quienes piensan de este modo, veremos que tal vez tienen razón al negar a “ese Dios”, pero como decía L. Tolstoi: “Si te asalta el pensamiento de que todo cuanto has imaginado sobre Dios es falso y equivocado y que Dios no existe, no te sobresaltes por eso. A todos nos sucede lo mismo. Pero no creas que tu incredulidad procede de que Dios no existe. Si ya no puedes creer en el Dios en que antes creías, eso se debe a que en tu fe había algo equivocado y falso, y tienes que esforzarte por comprender y mejorar eso que llamas Dios. Cuando un salvaje deja de creer en su Dios de madera, eso no significa que no hay Dios, sino que el verdadero Dios no es de madera”.
“Un Dios cruel”
En las cartas al director de un diario de Madrid me encontré con un texto de José Luis Coll, que llevaba como título “Un Dios cruel”. Se me ocurrió copiarlo y repartirlo entre varios catequistas, para ver sus reacciones. La pregunta era: ¿Qué te sugiere, qué te viene a la cabeza al leerlo? ¿Qué le dirías a JL Coll si tuvieras ocasión de encontrarte con él? Puedes hacer tú lo mismo, a ver qué pasa. Transcribo el artículo tal como se lo ofrecí, prescindiendo de las últimas líneas (para no condicionar), que las añadiré al final. Los pies descalzos, ensangrentados, arrastrando pesadas cadenas por el asfalto. Una música lacrimosa de Chopin. La de siempre. Miles de ojos fijos en el Nazareno, bajo la cruz que le vio nacer y donde vuelve a morir cada año. Una saeta, al fondo, viene a clavarse en todos los corazones, ya estrujados por la angustia de la madre Angustias. Las cadenas, dolorosas e inmisericordes, continúan sacando sangre de aquellos tobillos negros. - Señor, si curas a mi hijo, llevaré cadenas en los pies y latigaré mi espalda, hasta que se ponga morada. - Señor, si curas a mi padre, inundaré el suelo de sangre fresca y abundante. - Señor, si me buscas un trabajo, vestiré de rojo todos los pavimentos de la ciudad, hasta dejarlos escarlata, sin espacios en blanco. - Señor, si haces que me toque la lotería, derramaré por doquier toda mi linfa vital... Y una y otra vez le proponen a Dios... o a su madre la Virgen, un intercambio de sacros negocios, en una mezcla de sadismo y masoquismo. El “sacrificado” ofrece su sangre a cambio de una buena inversión. Supone que hay un Dios comprable a cambio de dolor. Es decir, un Dios cruel que vende sus milagros para “gozarse” con la presencia de un “hijo” lacerado, macerado y reptante, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo “turmizado”. De modo que esos locos del dolor suponen satisfacer al Altísimo con lo cruento, con la tortura. Un Dios que les dice: “Hijo mío, quiero verte sangrando y lastimero, si quieres obtener algo de mí. Me excita el dolor de mis vidas, que son las vuestras. No sabes la alegría que me inunda cuando te veo humillado como un vencido, o sollozando en silencio como un paria inútil e impotente”. Y son miles y miles las criaturas que recurren desde sus pozos ante un Dios inicuo, cruel y espantoso. Una situación inimaginable, si no es ante el propio Luzbel. Son propuestas demoníacas y aberrantes, entre la ignorancia y un cerebro sin estrenar. Yo los he visto echando baba por la boca, entre un crujido de huesos y unos ruidos guturales, por cuestas empinadas como acantilados. Y más tarde también los he visto, mostrando con orgullo la huella del tormento. Y los he visto abrazarse a sus familiares, después, recibiendo besos y parabienes, enhorabuenas y garantías de que Dios y la Virgen han quedado encantados, y que, naturalmente, las peticiones serán concedidas.
Las reacciones han sido varias. Os transcribo algunas. - A mí me enseñaron que, si quería agradar a Dios -en tiempo de Cuaresma-, tenía que dejar de comer helados, no ir a bailar, no ver la televisión, o ducharme con agua fría... - Hace unos días me di un golpe tremendo en la cabeza, y he tenido que estar hospitalizada. Varias personas me han dicho que “era voluntad de Dios” que yo me cayese, y que tenía que aceptarla. ¿Por qué suele hablarse de “voluntad de Dios” cuando ocurren desgracias? - Mi hermana nunca se reúne a comer con la familia. Pertenece a un grupo cristiano en el que le han enseñado a sacrificarse y “ofrecer” a Dios la ilusión y las ganas de verse con nosotros en determinados momentos, renunciando a la familia. - Pero, ¿no es la propia Biblia la que nos ha enseñado estas cosas? No hay más que recordar el sacrificio que Dios le pidió a Abrahám, o cómo Jesucristo fue enviado por Dios para morir en la cruz por nosotros...¡Es un misterio y no hay que darle más vueltas! - Coll se queda en lo puramente externo. No penetra el espíritu de esas personas. No es tanto fastidiarse porque sí, sino “estar más cerca, más unidos al Crucificado” a través de la experiencia del “sacrificio”. Es como una pedagogía. O puede ser un modo de luchar contra la naturaleza pecaminosa del hombre, los vicios y placeres ilícitos: hay que aprender a dominar el propio cuerpo. - Nos han enseñado que el placer, lo bueno es malo. Como dice el refrán: “Lo que me gusta o engorda o es pecado”, y que “lo que cuesta vale”. Así que cuanto más se sacrifica y sufre uno, más pruebas del amor que se tiene. - A muchos cristianos no nos han enseñado, o no hemos entendido bien, el sentido del sufrimiento como consecuencias del amor: sufrir -como Jesús- por entrega, por amor a los demás... Y hemos convertido el sufrimiento en un valor por sí mismo. - Hay una oración que me hacen enseñar a los niños para su confesión: “me pesa de haberos ofendido porque podéis castigarme con las penas del infierno”. Es decir: que el arrepentimiento es fruto del temor al castigo... Y también que es necesario confesarse precisamente por lo que cuesta hacerlo... - Dice San Pablo que hay que completar en nuestro cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1,24), y por eso, por identificarnos con él, con sus sufrimientos, tiene sentido que nosotros suframos, y que busquemos el sufrimiento... - Y como guinda, estas palabras de T. Kempis: “Mira el fin de todas tus cosas y de qué manera estarás ante el Juez riguroso, al cual no hay cosa encubierta, ni se amansa con dones, ni recibe excusaciones, más juzgará justísimamente. ¡Oh pecador miserable, ignorantísimo, ¿qué responderás a Dios, que sabe todas tus maldades? (La imitación de Cristo)
Añado ahora el final del escrito de JL Coll.
Aun reconociéndome agnóstico, si ese Dios con el que “todos” soñamos, fuera milagrosamente Dios, no dejaría de ser Él el que llorara al ver la piltrafa humana haciendo de gusano. No entiendo cómo esos miles de personas piensan que se puede sobornar a Dios, si no es porque estamos sumidos en un marasmo de mentiras y falsedades, que pueden llegar a alcanzar a la propia Familia Celestial. Y otra vez los hemos visto arrastrando las cadenas y patinando el suelo de sangre, susurrando entre dientes: “Señor, si curas a mi madre, o a mi hijo, o me buscas un empleo...”
Algo de razón lleva con esto último que dice. Vamos a describir a este Dios Sádico con algunos otros datos.
Que te pillo...
Este dios (con minúscula) parece que está siempre a la caza, como queriendo pillarnos “in fraganti” saltándonos algunos de sus mandamientos, para mandarnos al infierno o hacernos alguna faena. Disfruta condenando, siempre con la ley en la mano. Y sus seguidores también: enseguida tienen a punto alguna frase de la Escritura o de la Jerarquía (con frecuencia sacada de su contexto) para lanzarlas como flechas mortíferas contra los demás.
“Tenemos que reconocer que este Dios nos ha marcado mucho, durante algún tiempo, en muchos aspectos. Se nos educó más en el miedo que en el amor de Dios. Nos sentíamos perseguidos por sus ojos implacables, que no nos dejaban pasar una. Llevaba un libro de cuentas en el que anotaba la más mínima de nuestras acciones e intenciones. Cuando nos confesábamos, teníamos que decir el número exacto de pecados graves, para que, al ser perdonados, Dios los borrara de su lista negra. Llevábamos el control de los días de indulgencia, ganados con nuestros méritos, para ir equilibrando los días de castigo. Nos complacíamos en contar nuestros méritos -sacramentos recibidos, mortificaciones voluntarias, obras de caridad- para poder presentar a Dios y para agradarle. Ah, teníamos una verdadera obsesión por nuestra propia salvación, porque, a fin de cuentas, “el que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”. Para eso nos aconsejaban huir de los peligros, de las manzanas podridas, de los ambientes mundanos. La Iglesia era considerada no como fermento, sino como arca de salvación” (R. Pietro, en Cáritas, Cuaresma 97, 299)
Los que se han encontrado con este dios andan preocupados con el “¿se puede o no se puede hacer esto?, ¿es pecado o no es pecado?, ¿me habré confesado bien, o me he dejado por ahí algo importante sin contárselo al cura?, ¿me habrá valido la misa, porque me he distraído un par de veces? Como nunca están demasiados seguros de sí mismos ni de sus criterios, necesitan tener a alguien cerca que les diga continuamente lo que tienen que hacer y lo que no, lo que se puede y lo que no se puede...
¡Qué miedo tengo!
El rasgo que define la religiosidad de las personas que se han encontrado con el dios sádico es, lógicamente, el temor. La conciencia vive angustiada porque ha tenido un mal pensamiento, porque no se ha dado cuenta de que hoy, viernes de cuaresma, no se podía comer carne, o porque no ha podido ir a misa el domingo (al margen de las razones de esta imposibilidad). Con este “dios” sobre todo hay que “cumplir”. Y la lo dice la palabra: cumplimiento: “cumplo y miento”. Suele representarse a este “dios” con un gran triángulo con un inmenso ojo dentro vigilando, espiando nuestros fallos, como diciendo: “Mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que vas a morir, mira que no sabes cuándo...”.
Los avisos del cielo
“Mira que no sabes cuándo te vas a morir” y por eso “que Dios nos coja confesados”. Hay que estar siempre bien preparados porque te puede pillar desprevenido; conviene estar siempre “en gracia de Dios”, por lo que pueda pasarnos. Además, en cualquier momento, se puede tomar la revancha por los malos comportamientos, y enviarnos algún aviso, como el accidente de los jóvenes que volvían de la discoteca en coche el sábado por la noche, después de una noche de juerga y alcohol. O aquellos otros que murieron ahogados en el mar: “Dios ha querido avisarnos para que nos demos cuenta de que, en cualquier momento, nos toca el turno, y debemos estar siempre bien preparados”. A veces a este dios-diablo nos lo visten de piel de cordero, cuando nos explican que “se ha llevado” a aquella chica tan buena antes de que se “contaminara” con el pecado del mundo (se ve que los demás ya no tenemos remedio, estamos supercontaminados, y por eso vivimos más...) O ha “llamado desde el cielo a la madre de familia porque “dios” le había tomado tanto cariño que ha querido tenerla a su lado. Se pregunta uno por qué no se llevará, en cambio, a ciertos individuos que se dedican a fastidiar al resto de los mortales (terroristas, dictadores, limpiadores étnicos...etc) Para explicar desgracias inexplicables, se recurre a que “dios” ha querido “ponernos a prueba”, para ver si le permanecíamos fieles. O ha querido ayudarte a madurar mediante una enfermedad incurable, porque a sus “amigos” los purifica con el fuego del dolor para hacerlos más santos (con amigos, así, ¿quién necesita enemigos?).
Historia de mi Padre
En fin: creo que ya nos hemos situado suficientemente ante ese “dios sádico” que nos tiene un tanto confundidos, porque se mezclan en él afirmaciones fundamentales de nuestra fe con otras impresentables. Como venimos haciendo, dirigimos nuestra mirada hacia la Escritura, que es donde Dios se nos da a conocer. Pero vamos a resolver una primera dificultad con una sencilla comparación. Cuando yo era niño, mi padre era el mejor, el que todo lo sabía, el que todo lo podía, el que resolvía todos mis miedos, el más fuerte, el más inteligente, el más... También era el que me reñía y castigaba cuando no actuaba correctamente. Cuando tuve unos cuantos años más, me di cuenta de que mi padre no lo sabía todo: no sabía ayudarme a resolver algunos problemas que traía del colegio. Además, descubrí que también él tenía sus dudas y problemas, y que no era tan rico, ni tan importante... Unos cuantos años más adelante, llegué a pensar que mi padre era un desastre: no me entendía, discutía con él continuamente, me pareció que se había quedado atascado en el pasado, y que más valía no contar con él. Ahora que soy adulto y ya no lo “necesito”, he caído en la cuenta de lo que vale mi padre, de su madurez, su experiencia y todo lo que me fue transmitiendo, sin que yo me diera mucha cuenta... ¿Cuántos padres he tenido? Evidentemente sólo uno, pero yo lo he ido viendo y sintiendo según mi madurez y capacidad, y también él se fue comportando conmigo según mi capacidad. De pequeño necesité verlo “tan poderoso” porque yo necesitaba su seguridad... pero, poco a poco, me hizo ir descubriendo que la seguridad la tenía que buscar en mí mismo, y que tenía que aprender a vivir con dudas, temores e inquietudes. Todas esas “imágenes” de mi padre fueron verdaderas (y necesarias) en su momento, pero se convertirían en falsas si las mantuviera fijas mientras yo iba madurando. Es decir, que es falso ver ahora a mi padre del mismo modo como lo sentí cuando era pequeño.
Historia del Padre de un pueblo
Esta comparación viene bien para entender cómo Israel fue percibiendo su relación con Dios, y cómo ésta fue evolucionando según maduraba como pueblo. Por eso, nos podemos encontrar en los textos bíblicos formas “inmaduras” de describir y entender a Dios: le veremos ordenando terribles castigos, con talante vengativo o celoso, poniendo a prueba a sus elegidos, etc. Todos tenemos en nuestra mente la historia de Abrahán con su hijo Isaac, o las plagas de Egipto por poner un par de ejemplos. Así lo sintió Israel en las etapas más antiguas de su historia. Pero Israel fue evolucionando lenta y progresivamente -ayudados a menudo por Dios y sus enviados-, y así pudieron (los israelitas) purificar y corregir lo que era menos apropiado, y descubrir que el Señor a menudo, no era como ellos suponían. ¿Pero cómo sabemos cuál es la imagen correcta, madura, de Dios? No vale que nos quedemos con la que más nos agrada o nos resulte más razonable: esto sería hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza. A los profetas les tocó precisamente asumir esta tarea. Ellos, tomando como referencia aquel acontecimiento fundamental que fue el Éxodo, fueron subrayando aspectos que el pueblo olvidaba o deformaba, o que eran más necesarios según el momento histórico que se estuviera viviendo. Por ejemplo, cuando Amós vea el trato que se da a los emigrantes, y el abandono de los más pobres, resaltará que Dios quiere la justicia y protege a los débiles y oprimidos, recordando que ellos mismos fueron emigrantes y pobres en Egipto, cuando el Señor se puso de su parte para sacarles de aquella triste situación. Por su parte, Oseas destacará su amor tierno y paternal, cuando el pueblo le vea castigador y vengativo. Isaías verá necesario insistir en su santidad y trascendencia, en su poder. Jeremías y Ezequiel señalan la preocupación por cada individuo (y no sólo por el pueblo como bloque); el Segundo Isaías lo descubre apoyando y acompañando al justo en su sufrimiento... Según nos dice la misma Biblia, en la carta a los Hebreos: “Muchas veces, y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo... que es reflejo de su gloria e impronta de su ser” (Hb 1,1-13). Jesús no es profeta más, porque nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Lc 10,22). Por tanto, él es quien nos presenta a Dios de la manera más adecuada y madura. Para siempre. Gracias a Cristo, el Hijo amado en quién Dios se complace, sabemos que Dios es Padre nuestro, y cómo dirigirnos a Él, sin manipularle ni usarle a nuestro gusto.
Un Dios que es sobre todo “Padre”
Lo de ver a Dios “como” un Padre no es una novedad de Jesús. En el AT algunos profetas nos hablaron de un Dios que es compasivo, y que se “derrite” cuando contempla a su querido Israel, y no es capaz de castigarlo, por mucho que se lo merezca. Por ejemplo:
- Si es mi hijo querido, mi niño, mi encanto... Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión, oráculo del Señor (Jr 31,20). - ¿Cómo podré dejarte, pequeño mío, abandonarte a ti Israel? Me da un vuelco el corazón, se me revuelven todas las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no un enemigo devastador” (Os 11,8-9).
No son los únicos ejemplos. Lo que sí es original de Jesús es que quita el “como” un Padre, para revelarnos que es realmente un Padre y que ése es el Nombre más apropiado para llamarle en nuestra oración: “Abbá”, Padre nuestro. Pero, ¿cómo entender la figura del Padre, que también ha sido entendida de distintas maneras en la historia y en las distintas culturas? En el Evangelio, encontramos esta maravillosa afirmación de Jesús: “Si vosotros, con lo malos que sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 8,11) Este me parece un criterio fundamental: lo que un padre en sus cabales nunca haría, pediría o exigiría a su hijo, no se nos ocurra pensar que el Padre del cielo sí lo haría. Y, siguiendo con la comparación, un padre sano se siente profundamente feliz cuando ve a sus hijos disfrutar, pasarlo bien, gozar, vivir... ¡Cuánto más Dios, que es un Dios de la Vida!
No es más que un ídolo ese dios que nos acecha con la balanza en la mano para pesar nuestras acciones. Podemos confundirnos como se confundió Israel; pero, si un día nos sentimos envueltos en un perdón que borra hasta el recuerdo de nuestras culpas y nos devuelve la inocencia perdida; si sentimos que nuestras heridas más hondas comienzan a curarse y respiramos en un espacio abierto; si de pronto nos encontramos fuera de la fosa en la que habíamos caído una vez más y fuera de la convicción fatal de que no tenemos remedio, si el que hace eso con nosotros, en vez de reprocharnos nuestros fallos, “nos corona de gracia y de ternura”, entonces estamos haciendo la experiencia del Dios de Israel, del Padre de Jesús (D. Aleixandre, Círculos en el agua. Sal Terrae)
Por tanto, no es aceptable para los discípulos del Maestro pensar que ponemos contento al Abbá “fastidiándonos” o privándonos de las cosas buenas que Él mismo ha puesto a nuestra disposición para que seamos felices. El sacrificio y el sufrimiento cristianos tiene otro valor, pues no se trata de disfrutar a toda costa -hedonismo-, sino de ser felices creciendo y madurando como personas, y colaborando a la felicidad de los demás. Que Dios es Padre “nuestro”. Menos aún se puede entender que vayamos a “sacarle cosas a Dios” por medio de sacrificios, penitencias, heridas, y dolores autoimpuestos (¿dejar de bailar, no comer helados, ducharse con agua fría...?) El sacrificio por amor lo entendemos todos, sobre todo si pensamos en la entrega de Jesús hasta la cruz. En esto llevaba razón JL Coll: “no dejaría de ser Él el que llorara al ver la piltrafa humana”, actuando de estas maneras. Si nos fijamos en el comportamiento de Jesús y sus enseñanzas sobre la oración, nunca pone más condiciones para que una oración sea escuchada que el que estemos en paz con nuestros hermanos (Mt 5,23: “Si al llevar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti...”). Jesús y el Padre no sólo no quieren el sufrimiento humano, sino que se dedican a combatirlo, y a procurar un Reino de bienaventuranzas, de felicidad para todos.
¿Castigos y pruebas de Dios?
Esa mentalidad que achaca a Dios las enfermedades y desgracias humanas es muy antigua. Estando Jesús en el Templo, le presentan los discípulos a un hombre ciego, y le plantean esta pregunta (Jn9): “¿Quién peco para que éste naciera ciego? ¿él o sus padres?”. La respuesta de Jesús es clara: “Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios. Mientras es de día tenéis que trabajar en las obras del que me envió”. Es decir: No andéis buscando culpables de las desgracias humanas. Lo que hay que hacer -así lo quiere mi Padre- es todo lo posible por aliviar su situación. Está ciego para ser curado en el nombre de mi Padre, porque “la gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo) Dios no se “entretiene”, mandando enfermedades y castigos a quien pudiera merecerlas (¿quiénes somos nosotros para juzgar si alguien ha merecido o no un castigo?) No hay quien entienda a un Dios que es Amor, dedicado a hacer sufrir a quienes ha llamado hijos suyos. Además, siempre cabe preguntarse: ¿Por qué no manda uno de esos supuestos castigos suyos a determinados personajes que en la Historia de la Humanidad han hecho grandes salvajadas? ¿Unos sí y otros no?
Dios no tienta a nadie
Por si acaso todavía nos quedan dudas, damos la palabra al Apóstol Santiago:
“Dichoso el varón que soporta la prueba, porque, al salir airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman. Nadie en la tentación (= prueba) diga que Dios lo tienta, pues Dios no es tentado por el mal, y él no tienta a ninguno. Cada uno es tentado por el propio deseo que lo arrastra y seduce” (Sant 1,12-14)
Por tanto, dos cosas: una invitación a luchar contra las pruebas, para salir airoso (no es cristiana ni la resignación ni el fatalismo); y que Dios no pone a prueba ni tienta, aunque a veces Israel haya pensado que sí. No puede ser de otro modo: si Dios Padre quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, ¿cómo podríamos justificar que una de sus “pruebas” nos hiciera caer, que Él colaborase de algún modo a que nos perdamos? Más bien todo lo contrario, como le pedimos en la oración de Jesús: “no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”.
Aceptar la voluntad del Padre
Resulta curioso comprobar que eso de “aceptar la voluntad del Padre”, se use como sinónimo de “tragarse las desgracias”. Al llegar la enfermedad, o el accidente, o el desastre imprevisto, no es raro que aparezca alguien -con su mejor intención- repitiendo ese estribillo. ¿Es ése el significado que se deduce del Evangelio? Vamos a verlo. Ya conocemos aquella escena evangélica de la terrible lucha (= agonía) de Jesús en el Huerto de los Olivos. Como ser humano que es, le cuesta aceptar el rechazo, el sufrimiento, la condena, el fracaso, la muerte que se le vienen encima. En oración procura discernir qué hacer, cómo enfrentar la situación, y repite: “Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y ¿en qué consiste esa voluntad del Padre? Toda la vida de Jesús fue un hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34). Tenía encomendada la misión de encarnarse, haciéndose en todo como nosotros menos en el pecado. Vino para hacer presente el Reino de los Cielos, a enfrentarse contra el mal, el pecado, la injusticia... Esta misión tiene sus opositores: el Mal no acepta pacíficamente ser derrotado, y pelea. Lo que Jesús dice y hace, estorba, y las fuerzas del Mal se vuelven contra él. Puede librarse del rechazo y de la muerte sólo si renuncia a su misión, si dice “no” al encargo del Padre. Puede esquivar la muerte en momentos concretos -varias veces en el Evangelio consigue escapar de quienes quieren atraparle-, pero, si sigue adelante por el camino emprendido, éste le lleva necesariamente, más pronto o más tarde, a la muerte. ¿Entonces, cuál es “la voluntad del Padre”? Que Jesús lleve hasta el culmen, hasta sus últimas consecuencias, su amor al Padre y a los hombres. Si permanece fiel a esta voluntad, tendrá que asumir el fracaso y la muerte. El Padre no desea que su Hijo muera, (ningún Padre desea que su Hijo sufra), pero, como respeta infinitamente nuestra libertad, tiene que consentir ese final trágico que los hombres le preparamos a su Hijo. Ésta era la voluntad del Padre: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).
...Que cargue con su cruz y me siga
Después de todo lo que llevamos dicho, ¿qué sentido podemos darles al sufrimiento, a la penitencia, al sacrificio, que siempre han formado parte de la tradición espiritual de la Iglesia?
Primero recordemos que Jesús nunca busca el sufrimiento como un fin en sí mismo. Los sufrimientos, las privaciones, las dificultades le vienen como consecuencia de su opción por los pobres, de su solidaridad con los que menos tienen y valen. La cruz de Jesús, como ya hemos explicado, es la consecuencia final de su lucha contra el mal y de su amor por nosotros. Los ayunos, sacrificios y penitencias a los que nos invita la Iglesia (especialmente en Cuaresma) son medios para luchar por nuestra libertad en contra de tantos señores que nos esclavizan, y descubrir que “sólo una cosa es importante”. Preparan nuestro ánimo para escuchar mejor a Dios, y conocer nuestras tentaciones más habituales (Mt 4,1-11). Nos abren a la solidaridad... En resumen: nos permiten unirnos a la pasión de Cristo (Col 1,24). El sufrimiento, no obstante, puede tener -a veces- una cara positiva. El dolor asumido ayuda en la maduración personal (cuántas lecciones recibimos de personas que se han tenido que acostumbrar a convivir con el dolor). Cuando el sufrimiento le hace a uno experimentar su propia limitación como criatura, espontáneamente se plantea las preguntas radicales sobre el sentido de la vida, y puede darles una respuesta más adecuada y realista. Nuestro dolor nos puede hacer más comprensivos y solidarios con el sufrimiento de tantos hombres. Podemos entender vitalmente el amor tremendo que supuso el que Jesús eligiera libremente compartir nuestros sufrimientos, limitaciones, angustia y muerte. Nos sentiremos invitados a volvernos más intensamente a Dios y convertir nuestros sentimientos en gemido y en salmo, como tantas veces hizo Israel.
El interés del hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir, a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido... Tiene mucha razón Nietzsche cuando dice: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar cualquier cómo”. Los campos de concentración nazis fueron testigos de que los más aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les esperaba una tarea por realizar. Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que merezca la pena. El hombre no educado por el dolor, permanece siempre niño. El crecimiento, la maduración y el enriquecimiento de una vida humana están ligados al dolor y a la respuesta a la pregunta: ¿por qué sufrir? Jesús no ama el sufrimiento ni lo busca. No lo quiere ni para él ni para los demás. Ha pasado su vida combatiendo el dolor, la depresión, la enfermedad, la culpabilidad, la soledad y la marginación. Y, en su propia vida, Jesús no busca de manera masoquista la cruz. Sin embargo, Jesús la acepta y asume. No como algo bueno, sino como una experiencia que, al ser precisamente mala e inhumana, le ofrece paradójicamente el lugar más realista para vivir plenamente su libertad en el amor al Padre y en la entrega incondicional a los hombres. El mal continúa siendo algo malo y cruel, pero precisamente por ello, puede ser para los hombres la experiencia más realista y menos ambigua para vivir su apertura a Dios y a los hermanos. La cruz significa para Cristo su gesto máximo de libertad y cumplimiento humano en medio de la ambigüedad de esta existencia. Por una parte, Jesús hace de la experiencia insondable del abandono del Padre el lugar supremo de entrega y obediencia filial a Dios: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Realiza así, en plenitud, lo que ha sido a lo largo de toda su vida: plenamente hombre precisamente por su apertura y obediencia radical a Dios. Por otra parte, abandonado y asesinado por los hombres, Jesús grita: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,24). Así se realiza plenamente como hombre en fraternidad y amor incondicional a los hermanos. Entender y asumir así la cruz no elimina el mal en nuestras vidas. Pero la existencia cambia de signo. Ahora sabemos que podemos ser humanos, no sólo en el éxito y el bien, sino también en el fracaso y el mal (Obispos vascos).
¿Por qué Dios no vence al mal?
La Mayoría de edad de la Ciencia y la Filosofía nos han ayudado a convencernos de que la naturaleza, la sociedad, la psicología, la misma moral... son autónomas, obedecen a leyes propias y específicas que funcionan por sí mismas, y es en ellas donde debemos buscar respuestas, sin esperar influjos sobrenaturales o divinos (esas mismas leyes son obra divina). Hoy ya no es posible ignorar que la lluvia y el trueno tienen causas atmosféricas bien definidas; que la enfermedad obedece a virus, bacterias o disfunciones orgánicas; y que las guerras nacen del egoísmo de los humanos. No son culpa de demonios, ángeles o santos, ni Dios puede ser la hipótesis que “tape” nuestras ignorancias. ¿Y qué pinta Dios ante el panorama de guerras y genocidios, crímenes y terrorismo, hambre y explotación, dolor, enfermedad y muerte? No resulta posible creer en un Dios que, pudiendo, no impide que millones de niños mueran de hambre o que la humanidad siga azotada por la guerra y el cáncer. Porque ¿quién, si pudiese, no eliminaría el hambre, las pestes y los genocidios que asolan el mundo? ¿Seremos nosotros mejores que Dios? “Un Dios que “permite” tan espantosos crímenes, haciéndose cómplice de los hombres, difícilmente puede ser llamado “Dios” (J. Moltmann). Si el mal puede ser evitado, ninguna razón por muy alta y misteriosa que sea, puede disculpar la urgencia de acabar con todo eso. Al crear Dios un mundo en evolución y una naturaleza limitada (la naturaleza no es ni puede ser Dios), son inevitables los choques las catástrofes, los conflictos, el dolor y la muerte. Dios “no puede” evitar estas consecuencias en lo creado. Eso no va contra su omnipotencia: es que “no es posible” porque lo creado nunca puede ser perfecto. Un Dios que crea por amor, es evidente que quiere el bien y sólo el bien para sus criaturas. El mal, en todas sus formas, es justamente lo que se opone a su voluntad y a su obra. Existe porque es inevitable, tanto física (mundo creado limitado) como moralmente (libertad humana). Por eso, no debe decirse jamás que Dios lo mande o lo permita, sino que Él lo sufre y lo padece como frustración de la obra de su amor en nosotros. Pero el mal no tiene la última palabra: podemos y debemos luchar contra él, sabiendo que Dios está a nuestro lado, limitándolo y superándolo en lo posible ya ahora, y asegurándonos el triunfo definitivo cuando esos límites sean rotos por la muerte. Dios Padre ha cargado con el mal del mundo por medio del sufrimiento del Inocente (=Jesucristo), venciéndolo y llenando ese sufrimiento de esperanza, aunque no sepamos responder al porqué de ese dolor. Por eso, no tiene sentido que nosotros pidamos o intentemos convencer a Dios que nos libre de nuestros males. Al contrario, él es el primero en luchar contra ellos, y es Él quien nos llama y suplica que colaboremos en esa lucha. ¿Qué otra cosa significa el mandamiento del amor sino una llamada a unirnos a su acción salvadora, a su estar siempre trabajando (Jn 7,15), para vencer el mal y establecer el Reino?
“Jesús no dijo: “confiad en Dios, y todo irá bien; rezad vuestras oraciones, practicad vuestra fe, y tendréis éxito en los negocios, triunfaréis en el amor y llegaréis a viejos; no tendréis cáncer, no os afectará la depresión; vuestros hijos no morirán, no serán drogadictos ni se meterán en problemas...”. En realidad, lo que dijo a sus seguidores fue: “En el mundo tendréis luchas”. Y él mismo fue rechazado, traicionado, abandonado, acusado con falsedad, injustamente condenado, torturado, crucificado y aparentemente abandonado por Dios. Sin embargo, fue entonces cuando ocurrió la resurrección. “¡Ánimo, yo he vencido al mundo!”. Puedes fracasar en los negocios, puede romperse tu matrimonio, puedes enfermar de cáncer, puedes tener una depresión nerviosa; tus hijos pueden morir en accidente, pueden tomar drogas, meterse en líos... Estas cosas te causarán un enorme dolor, pero con ellas no se acaba el mundo. Todo esto no podrá destruirte, del mismo modo que el rechazo y el sufrimiento no destruyeron a Jesús. A la crucifixión le seguirá la resurrección.
¿Dónde está Dios en la enfermedad o desgracia?
Si Dios busca siempre la salud y el bienestar del hombre, no puede estar ausente en los momentos en que éste lo pasa mal. En la enfermedad, Dios está en el enfermo, contra su enfermedad, apoyándole, compadeciéndole, dándole ánimos, potenciando sus mejores capacidades; está en el entorno: actuando en la eficacia de las medicinas, promoviendo la generosidad en la familia y en el personal sanitario; está alegre cuando se consigue la curación, y triste cuando no se logra sanar la dolencia; y está envolviéndolo todo con su salvación definitiva, actuando ya ahora, a pesar de todos los fracasos históricos(el mayor de los cuales es la muerte, que Él ha vencido para nosotros). No existen lugares más seguros para descubrir la presencia de Dios, que donde se pone en práctica algún tipo de amor. Jesús no se cansó de repetirlo: en el gesto del vaso de agua, igual que en lo arriesgado de visitar a un preso, contamos con la seguridad de que allí está Dios. Y la experiencia de cada día verifica que no hay en el mundo nada que transparente tanto a Dios y deje ver con tanta claridad su presencia como un gesto humano verdaderamente amoroso. El ejemplo de Jesús nos lo demuestra: nunca estuvo el Padre tan cerca y tan unido a él como en el momento terrible de la cruz. Activo, amoroso y compasivo. apoyándolo, para que pudiese afrontar lo inevitable sin ser vencido y para que lo asumiera como parte de su misión, sin desesperarse por el fracaso aparente. Envolviéndolo todo en su Amor fiel, que le aseguraba -contra todas las impotencias, acusaciones e injusticias- que él era el Hijo amado y predilecto del Padre. Un Amor que, al final de la Historia logrará hacer que brille la verdad, vencer el mal y eliminar el sufrimiento de todas las víctimas, en la mañana de Pascua.
Jesús acepta la vida como una lucha entre el poder del mal y el poder de Dios. NO pierde el tiempo en especulaciones acerca de problemas para los que no hay respuesta. No se detiene a argumentar sobre la procedencia del mal, sino que lo afronta con la mayor eficacia. Una de nuestras peculiaridades es que empleamos una gran cantidad de tiempo en discutir acerca del origen del mal; pero mucho menos en idear métodos prácticos para abordar el problema...
¿Qué hacemos, entonces, ante el dolor?
Todo sufrimiento es una invitación a luchar contra él y a procurar darle un sentido, asumiéndolo con la ayuda de Dios. Podemos orar, contando con Dios en ese momento, para que la esperanza nos ayude a no quedar derrotados ante lo irremediable; compartiendo nuestra angustia con Él, porque la queja y la protesta son también un modo de orar, tal como nos lo enseñó Job:
“Si Jesús pasó por la noche, todos podemos pasar. Todos podemos sentir la duda y el vacío, el miedo y la tristeza, al rebeldía y la desesperación. A todos nos está permitido llorar y gritar: “Líbrame de esta hora”, no quiero este fracaso o esta enfermedad, me pesa demasiado esta convivencia o esta separación, no sé por qué tengo que cargar con esta cruz o aceptar esta muerte. Y puede llegar un momento en que no encuentres sentido a tu vida, a tu trabajo, a tu familia. Pues llora y quéjate, nadie te lo puede prohibir”.
Confiamos en que Él hará todo lo que esté de su parte para ayudarnos... sobre todo llenándonos de su Espíritu, que nos asegura que ningún mal tiene la última palabra. Puede que no sepamos por qué Dios no elimina del todo el dolor ya ahora, pero al menos sabemos cómo vivirlo. Porque Él lo vivió con y por nosotros.
|
