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Otro tiempo especial para ti, Señor (Miércoles de Ceniza)
Es Cuaresma de nuevo, Señor, y volvemos a guardar un tiempo especial para ti, un espacio en nuestra vida para disfrutarte, un tiempo de poner atención a nuestra relación.
Es Cuaresma, el momento de sentarse contigo, de abandonar agobios para recuperar nuestro espacio, de poner atención en vivir como tú, de reentusiasmarnos con el Evangelio.
En Cuaresma, tú, Señor, nos invitas al Amor, a reconvertir nuestra manera de actuar, a transformar nuestros desencuentros, a comprometernos con hacer más justicia.
Cuaresma es otra oportunidad, para cambiar el corazón, para refrescar en nuestra mente el Evangelio, para sentir tu llamada y decirte que sí.
Una Cuaresma más, Jesús, para purificar nuestros ritos y rezos, para autentificar nuestra relación contigo, para dejarnos dinamizar por ti y por tu Amor.
Nos distraen de ti (Primer Domingo de Cuaresma)
Son muchas las cosas que nos distraen de ti, Señor, la vida cotidiana, con su trajín diario nos dispersa, la preocupación por cualquier nadería nos hace desconfiar, la prisa y el agobio nos hace no dejar un hueco para ti.
La moda y el deseo de agradar nos ocupa la mente, la eficacia y el trabajar sin parar nos llena la agenda, los nuestros y sus mil necesidades nos acaparan, el deseo de todas las cosas aleja nuestros pensar en ti.
El ocio compulsivo, el cine, la tele, la prensa, los libros, la música, las compras, las obligaciones, todos ellos son ruidos que me alejan, acciones que me separan de ti, son ocupaciones que me entretienen y distraen de lo esencial.
La gente que me quiere, la familia, los míos, también a veces son los que me distancian de ti, porque me ocupo y me preocupo, como si todo lo hiciera solo, sin darme cuenta de que todo en mi vida lo vivo contigo, y disfrutando de tu compañía la vida me pesa menos, mis capacidades personales aumentan y sosiegas mi interior.
Sé tú mi Dios siempre, Señor, sé tú mi norte y mi fin, mi meta y mi consuelo, se tú la alegría de mi corazón, el aire que respiro, el descanso cotidiano y la templaza de mi alma.
Orar es tenerte de amigo (Segundo Domingo de Cuaresma)
Si cayéramos en la cuenta del tesoro que es orar, si pudiéramos medir el poder sanador de la oración, si valoráramos suficiente tu impulso vital, intentaríamos cada día sacar un rato para ti, Señor.
Orar es hablar la vida contigo, es vivir la amistad más profunda y fuerte posible en la vida, es saberse acompañado y querido por ti.
Orar es comunicarse íntimamente contigo, Señor, es acariciar la propia vida en tu presencia, es reflexionar sobre tu mensaje, aplicado a uno mismo, es dejar que el Evangelio se haga vida de mi vida.
La oración es el regalo que vivimos tus amigos, es la posibilidad posible de gozar tu intimidad, es la maravilla de sentirse entendido hasta el hondón del alma, es el tesoro oculto que dinamiza la historia personal.
Orar es hablar de todo contigo, Señor, es gustar la confidencia de la amistad, es reírse juntos, llorar y contemplar acompañados, sintiendo que la vida la vivimos de la mano los dos.
Orar con los hermanos es no ser hijo único, es sentir el corazón que se vuelve fraterno, es ampliar el sentir hasta hacerse universal, es descansar en ti y sentirse impulsado a construir Reino.
Orar no es huir de la vida, sino implicarse, no es mirar al cielo para evadirse de lo que ocurre, no es levitar sino ser más terreno, más humano, más cercano, orar es dejar que tú, Dios mío, lleves el timón de mi vida.
Por nuestros frutos nos conocerán (Tercer Domingo de Cuaresma)
Y nosotros nos debatimos en elucubraciones mil, intentando definir la mejor manera de seguirte, mientras los otros sólo ven cómo amamos, y aprenden de nuestra generosidad y justicia.
Queremos ser alrededor, el gesto cálido, la palabra oportuna, la sonrisa acogedora, la voz que denuncia la injusticia, la mano tendida, la mirada disculpadora y la persona amiga.
Porque deseamos parecernos a ti, Señor, hemos de ser el compañero fiel, el vecino más atento y generoso, el que promueve actividades solidarias, el que anima las fiestas y acompaña el dolor.
Nuestro fruto ha de ser el amor, traducido en compañía de vidas, en caricia entrañable, en disculpa misericordiosa.
Haznos amorosos y hermanos, Señor, ayúdanos a ser luz en tiempo de oscuridad y sal en un mundo soso, que necesita chispa, alegría y optimismo vital. Contigo es posible, Jesús.
¡Hasta dónde llega tu amor, Dios nuestro! (Cuarto Domingo de Cuaresma)
Tú, Padre de todos nosotros, sales a nuestro encuentro, aunque te hayamos fallado, nos recibes de nuevo una y mil veces, nos esperas con los brazos abiertos y nos entregas el anillo de tu confianza.
Nosotros, en cambio, nos ponemos furiosos, cuando a otros nos parece que les tratas mejor, nos quejamos de nuestra suerte y sentimos envidia de otros hermanos, juzgando tu comportamiento amoroso e incondicional.
Y es que tú, Padre, tienes un corazón blando, al que nada le hiere, más que nuestro desamor, al que sólo le preocupa nuestra felicidad, y que sólo desea que nos amemos como hermanos.
Ayúdanos a no volvernos exigentes con nadie, a pedir perdón por nuestros errores, con humildad, a aceptar que otros tengan mejor suerte, a sentir con el otro, a amarle desde el adentro, a captar lo que vive y a tratarle como le tratas tú.
Enséñanos, Señor, a biendecir ... (Quinto Domingo de Cuaresma)
Tenemos en los labios la crítica rápida, nos damos cuenta enseguida del fallo ajeno, parecemos niños acusadores, que no aman, en vez de hermanos fraternos y disculpadores.
Enséñanos, Señor, a hablar bien del otro, a descubrir su tesoro interior y su mejor parte, a disculpar con una ternura como la tuya, a comprender metiéndonos dentro de su persona.
Tú que con todas las personas provocabas encuentros, danos la capacidad de respetarnos a fondo, la empatía de escuchar al otro desde su música interior, y la misericordia de corazón para acogerle como es.
Frena en nosotros toda crítica amarga, todo comentario descalificador y negativo, cualquier reproche que distancia y aleja, y el más pequeño gesto que rompa nuestro amor.
Queremos contigo disculpar siempre, entender los porqués de la otra persona, comprenderle incondicionalmente, restituyéndole la fe en sí mismo y en nuestra incondicional amistad.
Haznos palabra cálida, gesto oportuno, mirada amorosa y mano tendida, como tú lo eres, Señor.
Bendito seas, Padre
Bendito seas, Padre, por esta gracia y este tiempo; por concedernos un momento oportuno de preparación a las fiestas pascuales. Bendito eres, Tú, Padre porque llamas a cada uno de los creyentes a emprender de manera más personal y consciente su compromiso de seguir a Jesús, tu Hijo y nuestro Hermano.
Bendito eres, Tú, Padre, por interpelarnos en lo profundo y radical de la vida y por liberar nos de nuestras seguridades falsas y de los ídolos secretos que construimos sin cesar.
Bendito eres, Tú, Padre, porque nos das el Espíritu, el único que puede convertirnos, el único que puede atravesar nuestros pensamientos el único que puede darnos un corazón de hijos según el corazón de tu Hijo Jesús.
Padre, que esta Cuaresma, unidos a la multitud de los que marchan por la senda del evangelio, sea el tiempo propicio de nuestra vuelta hacia Ti, Dios único y verdadero.
Ceniza Oración para escuchar o para recitar personalmente.
"Se os abrirán los ojos, conoceréis el bien y el mal, seréis como dioses…»
Tenemos ganas de probarlo todo, aun a costa de pisar la palabra dada y recorrer caminos prohibidos. Una sed inmensa se apodera de nosotros y nos devora. Hay algo que nos llama y nos solicita para que salgamos de casa hacia tierras lejanas. Nos gusta, Señor, hacer nuestra voluntad, hasta que descubrimos que nuestras manos se vacían poco a poco y se llenan de barro del camino. No somos infinitos, aunque tenemos sed de infinito. La tierra y el polvo nos recuerdan lo que somos, lo que seremos.
Miércoles de ceniza: hora de volver a casa, desde el país donde ya no hay alimento, que pueda saciar nuestra hambre. Miércoles de ceniza: hora de pensar lo corto que es nuestro tiempo y lo largo que es el camino. Miércoles de ceniza: hora de inclinar la cabeza hasta el suelo para leer el mensaje escrito en la tierra. Miércoles de ceniza, ~ hora de preguntarse: ¿Ya eres un dios? ¿Ya conoces todo? ¿Ya has abierto los ojos …Y sólo has visto eso...? Un poco de ceniza en el rostro te puede poner en camino de verdad: no hay camino fuera de Dios. Miércoles de ceniza.
Perfúmate
Señor, qué extraño mensaje el tuyo: «Cuando ayunes, perfúmate, para que nadie lo note; y el Padre, que todo lo ve, te recompensará.» No es la tristeza, ni las largas caras lo que a Ti te gusta. Tú eres Dios de corazones. Tú estás acostumbrado a leer en secreto. Tú no quieres apariencias, a Ti te gusta la conversión verdadera. Mi corazón quiere repetir sin tardar: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Aquí estoy, Señor.»
¿Dónde estás?
Señor, como siempre, tomé el camino fácil, y corrí a esconderme entre los árboles, lejos de tu vista, lejos de la verdad. Pero sonaron tus palabras en el silencio de mi corazón cansado. -¿Dónde estás? -Estoy aquí, Señor. Fui donde Tú me dijiste que no entrara; fui para levantarme un pedestal y hacerme yo mismo dios. Fui, y sólo tengo vacías las manos. Pero Tú has vuelto a hablar y has ido a buscarme. Aquí estoy, Señor, de vuelta, para ir donde Tú me mandes y hacer caminos nuevos; porque hoy reconozco que Tú eres mi Dios y Señor.
Renuncia y conversión
Señor, es bastante fácil sentir tu llamada en los acontecimientos de nuestro tiempo y de nuestro ambiente. y es fácil también contentarse simplemente con respuestas emotivas, compasivas y de desagrado. Lo que nos resulta difícil es renunciar a nuestras comodidades, romper nuestras estructuras, dejarnos arrastrar por tu gracia, cambiar de vida, convertirnos. ¡Conviértenos, Señor!
Soy pecador
Soy pecador, Señor, y vengo ante Ti, porque tienes manos que levantan, ojos que atraen y acogen, palabras que regeneran. Soy pecador, Señor, y vengo ante Ti con la alegría de quien puede confiar y salir del frío de la noche. Vengo ante Ti, Señor. Yo, pecador, tengo donde arrojarme. Yo, pecador, tengo donde cobijarme. Yo, pecador, tengo una casa donde entrar. Yo, pecador, tengo un Dios que me vuelve feliz. Yo, pecador, puedo volver a decir: «Padre, no soy digno, pero regreso para decirte de nuevo: ¡Padre!»
Acéptanos como somos
No has venido, Señor, para juzgar, sino para buscar lo que estaba perdido; para liberar a quien está aprisionado por la culpa y el temor, y para salvarnos, cuando el corazón nos acusa. Acéptanos como somos: con nuestro pasado de pecado, con el pecado del mundo, con nuestros pecados actuales. Tú eres mayor que nuestro corazón y que todos los pecados que hacemos. Tú eres el creador de un futuro nuevo. Un Dios de amor hasta la eternidad. Acéptanos, Dios, como somos.
Desde el desierto
Señor, desde el desierto de nuestras tentaciones elevamos nuestro corazón para que nos eches una mano. Sentimos hambre de tener cosas y más cosas, ayúdanos a alimentarnos del pan de tu Palabra para que te sintamos cerca. Sentimos también el deseo de mandar sobre los demás. Danos tu Espíritu que nos haga capaces de servirte sólo a Ti y a los que están cerca de nosotros con un corazón nuevo. Muchas otras veces queremos destacar, ser los mejores. Danos la humildad de Jesús, sentirnos pequeños, entre tus manos, acompañados por tu presencia en este lugar de desierto.
Sed de Dios
Bendito seas, Padre, por la sed que despiertas en nosotros. Bendito seas por el agua que apaga la sed de tantas tierras y de tantos hombres y mujeres que viven en nuestro mundo. Bendito seas por el agua que es útil, humilde, servicial. Bendito seas por el agua viva de tu Hijo. El nos sacia la sed. El riega nuestros corazones secos. El da vida a nuestra vida. El aumenta el deseo de encontrarte. Danos tu agua, con nuestras manos haremos un cuenco para así llevar el agua de tu amor a quienes nos rodean y apagar su sed.
Danos tu luz
Señor Jesús, danos tu luz, que romperá la noche de nuestros miedos, de nuestras mentiras y engaños. Cuenta con nosotros. Ayúdanos a ver las cosas con tu mirada, a hablar a los que nos rodean con tu verdad y amar a todos con tu amor. Quita la venda de nuestros ojos y haz que abracemos tu luz, que caminemos con ella y hacia ella.
En el nombre del Padre
No digas: Padre, si en el día a día no te comportas como un hijo.
No digas: Nuestro, si vives aislado en tu egoísmo.
No digas: Que estás en el cielo, si sólo piensas en las cosas terrenas.
No digas: Venga tu reino, si lo confundes con un acontecimiento material.
No digas: Hágase tu voluntad, si no la aceptas cuando es dolorosa.
No digas: Danos nuestro pan de cada día, si no te preocupas de la gente que tiene hambre.
No digas: Perdona nuestras ofensas, si conservas rencor hacia tu hermano.
No digas: Líbranos del mal, si no tomas postura contra él.
No digas: Amén, si no has entendido o no has tomado en serio la palabra del Padre nuestro.
Los «cuandos» de la Buena Nueva (Mt 6)
Cuando hagas una obra buena, no la hagas para llamar la atención. Cuando des limosna, no alardees; que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Cuando ores, no seas palabrero, no lo hagas para que te vean: entra en el secreto del corazón y ora allí al Padre. Cuando perdones, no pongas medida, no escatimes; la medida que uses la usarán contigo (al menos Dios). Cuando ayunes, no pongas cara triste; arréglate bien y que no se note; lo nota Dios. Cuando vivas de apariencias o para aparentar no tiene valor. Lo bueno, lo que vale, lo que es verdadero está y sale del corazón.
Cuando quieras hablar con Dios Padre, di: Padre nuestro que está en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Hombres nuevos
Señor, haz de mí un hombre nuevo que no tenga un corazón de piedra, sino de carne; que no quiera acaparar, sino compartir; que no quiera ser servido, sino servir; que no desee aparentar, sino ser; que no siembre discordia, sino paz; que no viva para mí mismo, sino para los demás; que no me fíe tanto de mí, y mucho más de ti; que no vea primero el pecado ajeno, sino el mío; que no me empeñe tanto en evidencias, sino en confiar en ti. Señor, haz de mí un hombre nuevo.
En camino hacia Jerusalén
Partir es, ante todo, salir de uno mismo, romper la coraza del egoísmo que intenta aprisionarnos en nosotros mismos, en nuestro propio «yo».
Partir es dejar de dar vueltas alrededor de uno mismo como si ese fuera el centro del mundo y de la vida. Partir es no dejarse encerrar en el círculo de los problemas del pequeño mundo al que pertenecemos, cualquiera sea su importancia. La Humanidad es más grande y es a ella a quien debemos servir.
Partir no es devorar kilómetros, atravesar mares o alcanzar velocidades supersónicas... Es, ante todo, abrirse a los otros, descubrirnos e ir a su encuentro. Partir es abrirse a otras ideas, incluso si se oponen a las nuestras. Partir es ser un poco Abrahán y tener el aire de un buen caminante. (Helder CÁMARA)
Te hemos olvidado
Ahora que comemos hasta hartamos, nos hemos olvidado de ti y de los hermanos. Ahora que tenemos casas donde habitar, nos hemos olvidado de ti y de los que no tienen casa. Ahora que vivimos en prosperidad, nos hemos olvidado de ti y sólo pensamos en bienestar. Ahora nos hemos engreído y olvidado de ti, Señor. Fuiste tú el que nos sacó de Egipto, de la esclavitud; fuiste tú el que nos hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, un sequedal sin una gota de agua; fuiste tú el que nos dio agua sacada de la roca de pedernal; fuiste tú el que nos alimentaste con maná... Nosotros hemos olvidado las maravillas que hiciste con nosotros y nos hemos vuelto a los ídolos, obra de nuestras manos. Lo reconocemos, Señor. Hemos pecado contra ti, y nos hemos alejado de tus caminos. Acuérdate de nosotros, perdónanos y no nos trates como merecen nuestros olvidos. (A partir de Deuteronomio 8,7-18)
Llamados a la libertad
Tú eres un Dios de espera y de paciencia ahora y siempre; tú tienes confianza en nosotros a pesar de nuestros olvidos. Tú no respondes con violencia, tú no nos tratas según nuestros pecados. Tú eres amor. Tú nos llamas a la libertad en el amor. Tú eres Dios. Concédenos no traicionar tu confianza. Que seamos capaces de caminar en la libertad que tú nos concedes, no para buscarnos, sino para servir y servirte con todas las fuerzas que tu Espíritu suscita en nosotros.
Oración por los hombres y mujeres de nuestro tiempo
En estos días cuaresmales, Señor, queremos rezar por todos los hombres y mujeres del mundo. Danos la sabiduría que viene de ti para juzgar rectamente la historia presente, agitada y complicada. Danos ojos de comprensión para mirar con lucidez y comprensión a los hombres y mujeres que pasan a nuestro lado y hacen con nosotros camino, aunque tracen sendas diferentes a las nuestras. Ayúdanos a discernir lo que es bueno y lo que vale la pena en medio de esta avalancha de ofertas que nos solicitan. Que no nos falten ni las fuerzas ni la esperanza para seguir intentado hacer un mundo mejor donde reine la justicia, la verdad, la paz, la libertad y la solidaridad. Que no nos falte imaginación para hacer el futuro. Que no nos traicionen las prisas por llegar pronto a la meta. Dios, en tus manos está el tiempo y la historia. Que seamos capaces de descubrir en los signos de los tiempos la voz de tu palabra y el misterio de tu presencia con nosotros como compañero de camino y Dios de historia de salvación. Danos, sí, Señor, confianza, sabiduría, coraje para sembrar el Reino que tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor nos anunció y que es levadura y fermento de novedad.
En la tarde
Quédate, Señor, con nosotros, que nos da miedo la soledad y perderemos la pista, si no estás a nuestro lado. Hemos conocido el día que se va: pasó la mañana, pasó la tarde llegaron las tinieblas, una jornada más. El silencio nos deja solos y miramos nuestras manos laboriosas durante la tarea. Gracias por lo que hicieron. Esperamos el amanecer que llamará a nuestra puerta y volveremos de nuevo a negociar tus talentos. El camino que termina no es el final de la meta, sólo es parada en la noche en nuestra marcha hacia el Padre.
Gracias por la Cuaresma
¡Qué alegría Señor! Ya está próxima la Pascua. Empezamos a vivir; atrás dejamos el hombre viejo, el hombre que Tú no creaste: egoísta, posesivo, orgulloso, creído... para abrirnos a la luz, a la vida y ser felices contigo. Gracias por esta larga Cuaresma que nos ha ayudado a prepararnos a vivir la Pascua de Jesús. Gracias porque tu palabra ha sido como muletas para andar nuestro camino. Gracias por el agua que nos ha saciado y animado a seguir adelante. Y gracias por el perdón que nos ha hecho de nuevo vivir la amistad contigo. Por todo y por esto. ¡Gracias, Dios!
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