Pentecostés: Vivir siempre en primavera

 

Pentecostés es la fiesta de la alegría, del fuego, el domingo en el que los creyentes nos sentimos orgullosos de Dios.

Hay una frase del escritor, Jean Rostand: "Con frecuencia me pregunto si los que creen en Dios le buscan tan apasionadamente como nosotros, que no creemos pensamos en su ausencia".

La frase es tremenda. Porque efectivamente, hay ateos que buscan a Dios con angustia, con pasión, porque le necesitan y no consiguen encontrarle. Y uno se pregunta por qué los creyentes no parece que vivamos nuestra fe tan apasionadamente. Por qué hemos compaginado fe con aburrimiento en una especie de "anemia espiritual".

La fe es un terremoto, no una siesta. Un fuego, no una rutina. Viento no estancamiento. ¿Cómo se puede creer de verdad que Dios nos ama y no ser felices?

Con frecuencia uno escucha sermones y se asombra de que sean aburridos. Y lo malo no es que sean malos sermones, sino que sean aburridos, porque cuando uno aburre es que no siente lo que está diciendo.

Si observas las caras de la gente en misa, no puedes dejar de preguntarte: ¿Estas personas creen de verdad que Cristo se está haciendo presente en medio de ellas?

¡Qué difícil es encontrarte con creyentes de fe rebosante!

Pentecostés, es la fiesta del fuego: los discípulos de Jesús estaban aquel día tan tristes y aburridos como nosotros estamos. Creían, sí, pero creían entre vacilaciones. Y entonces descendió sobre ellos el Espíritu Santo en forma de fuego. Y ardieron. Y salieron todos a predicar, dispuestos a dar sus vidas por aquella fe que creían.

¿Y nosotros? También hemos recibido el Espíritu el día de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación. No se nos ha dado menos fuego, menos Espíritu, que a los apóstoles el día de Pentecostés. San Juan lo dice: "Dios no da el Espíritu con

tacañería".

¿Qué hemos hecho con Él? Sí, amigos: es hora de decir al mundo que nos sentimos felices y orgullosos de ser cristianos. Que nos avergüenza serio tan mediocremente. Pero que sabemos que la fuerza de Dios es aún más grande que nuestra mediocridad. Y que, a pesar de todas nuestras estupideces, la Iglesia es magnífica, porque todos nuestros pecados manchan tan poco a la Iglesia como las manchas al sol. Y que, a pesar de todo, Cristo está en medio de nosotros como el sol, brillante, luminoso, feliz. Sí, ser cristiano es vivir siempre en primavera.

 

Palabras de Babel. Palabras de Pentecostés

 

Hoy, todos estamos comprometidos en la Iglesia en el mismo empeño: el empeño de llevar a cabo una nueva evangelización. Este empeño pide hombres nuevos, evangelizadores nuevos y palabras nuevas; es decir, pide hombres que lleven palabras de vida y no de muerte, palabras de «pentecostés» y no de «babel»

El mundo, nuestro mundo, reclama y necesita hombres que lleven palabras y mensajes de vida: palabras de «pentecostés». Sobran, pues, las palabras de destrucción y de muerte: las palabras de «babel».

La mentira es palabra de Babel. La verdad es palabra de Pentecostés.

La mentira distorsiona la realidad. La mentira provoca el engaño y el caos; provoca la destrucción. La mentira engendra, por tanto, la muerte. Así sucede en cualquier grupo o comunidad; así sucede en las instituciones todas y en la Iglesia misma. La mentira es una permanente «babel».

La verdad crea orden y armonía; manifiesta la realidad tal cual es. La verdad procura el entendimiento entre los hombres. Por eso, la verdad es palabra de «pentecostés».

 

La duda sobre las personas y los juicios mal fundados o malintencionados son palabras de Babel. Los juicios verdaderos son palabras de Pentecostés.

Con la duda o los juicios mal fundados o, mucho peor, malintencionados, sobre alguna persona o grupo de personas, se puede hacer el mayor mal que

uno se pueda imaginar. De esa forma se puede hundir a una persona, o a un grupo de personas, para mucho tiempo, incluso para toda la vida. ¡Qué fácil y en qué poco tiempo se consigue el descalificar a alguien...! ¡Qué fácil descalificar una obra, una institución...! ¡Qué fácil.! Pero todo eso es la confusión, el desorden, la muerte.

Lo cristiano, lo que construye vida, es lo contrario. Lo cristiano son los juicios verídicos sobre las personas y las cosas; lo cristiano son los juicios bien fundados y con buena intención. Lo cristiano es confiar y no dudar; promover y no hundir; alentar y no destruir. Esas, las palabras de aliento y confianza, de juicios rectos y verdaderos, son las palabras de «pentecostés».

 

El pesimismo es palabra de Babel. El optimismo y la alegría son palabras de Pentecostés.

Vivir la vida en clave de pesimismo permanente, de tintes negros y desesperanzadores, es tanto como vivirla en clave de «babel». Ese espíritu de negrura existencial permanente, de ver sólo el lado negativo de todo y de todos, favorece la incomunicación, el mal ambiente y la muerte.

Al contrario, el espíritu alegre y optimista es espíritu que ensancha el corazón y recrea la vida; es espíritu que acoge y promociona, que levanta siempre.

Ese espíritu es palabra permanente de «pentecostés».

 

La mirada estrecha y egoísta es palabra de Babel. La mirada universal y de caridad es palabra de Pentecostés.

Los hombres de miradas pequeñas, de intereses exclusivamente personales, son hombres para el no entendimiento. El egoísmo, no se olvide, es siempre signo y primicia inequívocos de muerte. Los hombres de corazón grande, de preocupaciones universales, son hombres para el entendimiento y la comprensión. Sus palabras de amor universal, de amor al hombre necesitado, son palabras de «pentecostés».

El mundo está necesitado de la fuerza y la revolución del Espíritu de Pentecostés. El mundo está necesitado de nuevos apóstoles que hagan posible el milagro del entendimiento entre los hombres. Se necesitan hombres nuevos, hombres que hablen las palabras de «pentecostés», que son las palabras del amor de Dios, para llevar a cabo la nueva evangelización.

Es hora de preguntarnos por nuestras propias palabras. Nuestras palabras y comportamientos, ¿son de «babel» o de «pentecostés»?, ¿crean confusión o armonía?, ¿generan la muerte o generan la vida? Es hora de preguntarnos y actuar, como cristianos, en consecuencia.

 

 

 

La obsesión por los muros

 

La destrucción del muro de Berlín fue un símbolo del deseo de los pueblos de superar la intolerancia que aplasta las aspiraciones de vivir en paz y libertad. Pero nos tememos que, a falta del muro de Berlín, otros muros se están cimentando por doquier y que muerto el perro no se acaba la rabia. Nuestra Europa, bien alimentada y vestida de seda, sobrada de calorías y de bienestar, no soporta la mirada lastimera y suplicante de sus vecinos, y ha decidido correr un tupido velo para que cada uno esté en su casa y Dios en la de todos. Los del sur, que oyen hablar de pan y libertad, rodeados de hambre y opresión, se lanzan en la barcaza de lo desconocido, a los brazos de la madre Europa, sin saber -pobres ellos- que un recio muro de protección les aguarda, para concentrarlos en la cárcel del sur. El sur es la cárcel de la miseria y el norte es la despensa. ¿Habrá quien pueda pagar su fianza? La cárcel del sur está superpoblada y no llega la sopa, y los carceleros dicen que no está el horno para bollos. Y es que no es fácil la convivencia entre estómagos vacíos y despensas sobrantes. En los últimos tiempos Europa se contempla a sí misma en el espejo de la autosuficiencia, en un intento por conservar lo que le sobra y llenar los graneros de ecus. La xenofobia se sienta a nuestra mesa y el racismo es moneda de cambio. Las cuentas no nos cuadran. Se acumulan los excedentes alimentarios en la Comunidad Económica Europea y no sabemos qué hacer con ellos, y mientras tanto a los niños de Etiopía les explotan las barrigas de disentería. Lo «light» es lo «natural» en el sur, en el norte es sólo una moda cara. El norte está averiado por exceso y gotean sus tuberías, y el vecino de abajo se queja y exige que le sean amortizados los

daños. El muro norte-sur se levanta majestuoso, fraguado con la argamasa de la economía y la política, que son lo mismo. Los pueblos, llamados a ser hermanos, se miran con desconfianza y miedo. Unos, miedo a lo que les sobra; otros, miedo a lo que les falta.

He cogido el mapamundi; vuelta y más vueltas, ¡Y nada! No he encontrado ni un solo muro: los ríos atraviesan las fronteras sin enseñar el pasaporte; las palomas van y vienen sin saber de requisitos; los montes se alzan y se abajan, y vuelven a subir sin detenerse ante ningún control; y cuando llueve, un arco iris de limpios colores abraza tierras y mares, valles y montañas, desiertos y selva, pueblos y gentes, sin permiso de la autoridad. Vivir es tener ya carta de ciudadanía y derecho a los bienes del mundo. Una tierra de todos y para todos al estilo de Dios. Sí, ya sé que es una utopía, pero que no nos falte nunca la utopía. Creo que no habrá muro capaz de contener el viento impetuoso de la fraternidad de los pueblos en Pentecostés. ¿Podrá alguien

-decidme- poner una póliza al soplo del Espíritu?

 

Lo que hace subir … vendedor de globos

 

Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, donde estaban los juegos y los puestitos de venta de cuanta cosa linda uno pudiera imaginarse.

Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había venido de lejos todo un Circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado al pueblo toda la clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes para que los chicos gastaran allí los pesos que sus padres y padrinos les habían regalado con ocasión de sus cumpleaños o pagándoles trabajitos extras.

Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por sus tamaños. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar alguno.

Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y entretenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de un aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. El cielo estaba clarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba a aquel globo, que trepaba y trepaba rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el Oeste por el viento quieto de aquella hora. El primer niño que lo vio lo señaló con el dedo y gritó:

-¡Mira, mamá, un globo!

Inmediatamente fueron varios más los que lo vieron y lo señalaron a sus chicos y a los más cercanos. Pero para entonces el vendedor había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver cómo un globo perseguía al otro en su subida al cielo.

Para completar la cosa el vendedor soltó otros dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que una tropilla de pequeños lo rodeara y pidiendo a gritos que su mamá o su papá le comprara un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos, porque realmente tenía globos de todas las formas, tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que, imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.

Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si una honda angustia se hubiera apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente y rehusó tomarlo.

Te lo regalo, pequeño- le dijo el hombre con cariño, insistiéndole para que lo tomara.

Pero el niño negro de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo. Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño qué era entonces lo que le entristecía. Y el negrito le contestó en forma de pregunta:

Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene allí, ¿será que sube tan alto como los otros globos de colores?

Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:

-Haz tú mismo la prueba. Suéltalo y verás cómo también tu globo sube igual que todos los demás.

Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente lo mismo que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse de puro contento y felicidad.

Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita enrulada, le dijo con cariño:

-Mira, pequeño, lo que hace subir al globo no es la forma ni el color, sino lo que tiene dentro.

 

El Espíritu Santo

 

Recuerdo que, cuando yo era chiquillo, había en mi parroquia un viejo cura que tenía una especialísima devoción al Espíritu Santo y solía decir en sus sermones:

« yo no sé qué es lo que pasa que al Padre: con eso de que fue el creador del mundo, la gente le quiere y le recuerda. Al Hijo también le quieren porque se hizo uno de nosotros. En cambio, del pobre Espíritu Santo nadie se acuerda.»

Y no es cierto que el Espíritu Santo sea precisamente pobre, pero sí lo es que para la mayoría de los fieles suele ser una de esas cosas de la religión que la gente se traga pero no se molesta en entender y menos en vivir.

Y, sin embargo, el Espíritu Santo es parte viva, vivísima, de la teología y el pensamiento católico. Jesús hablaba incesantemente de Él. Nos anunció su venida como una de sus más grandes promesas. Y desde el principio de los tiempos la Iglesia ha celebrado el día de Pentecostés como una de sus fiestas decisivas, como la gran jornada en que comenzó verdaderamente la obra de la Iglesia.

Tal vez este desconocimiento provenga de que los sacerdotes hablamos poco de él, o, más simplemente, de que al Espíritu Santo no lo vemos. Vemos, sin embargo, su obra. Porque, leídos con atención los Hechos de los apóstoles, descubrimos que los Doce estaban hundidos después de la marcha de Jesús, carecían de ánimos, jamás hubieran sido capaces de salir a predicar, de jugarse sus vidas, de lanzarse a todo lo ancho del mundo. Y, de repente, cae la llama sobre ellos y se transfiguran: los que eran mediocres se convierten en audaces; los tímidos en valientes; los tartamudeantes hablan lenguas. Y tienen tal coraje que la gente, dice la Escritura, cuando les veía se creía que estaban borrachos. Pero nadie sospechaba que el vino que habían bebido era el Espíritu. Su llegada les había descubierto el verdadero rostro de Dios. La fe que tenían adormecida se había puesto en pie. Ahora se daban cuenta de que en Dios se puede creer o no creer, pero no se puede creer a medias, creyendo y no amándole.

¿Por qué nosotros no somos contagiosos de nuestra fe? Porque no hemos conocido al Espíritu Santo. ¿Por qué somos tibios? Porque el Espíritu no ha entrado en nuestras almas.

También nosotros necesitamos nuestro pentecostés particu1ar. Cada uno a su manera. Hay muchos caminos para encontrarse con el Espíritu. Lo necesario es que su llama descienda sobre nosotros.

Hace años escribió Martín Descalzo un poema, que ojalá nosotros sintiéramos algo parecido:

 

Habíamos creído que Dios era ternura.

Ahora descubríamos que Dios era vértigo.

Habíamos creído que Dios era soberanía.

Ahora se nos hacía ver que Dios era ebriedad.

Habíamos creído que Dios era la última calma.

Y Alguien vino a contarnos que Dios era locura.

Por eso gritábamos,

subíamos y bajábamos del alma, llameantes, atónitos.

Por eso la mediocridad cayó de nuestros hombros

como un manto que se pierde en la carrera;

y donde hubo pescadores tartamudeantes

nacieron llamaradas y epístolas y martirio.

Cuando estábamos con Jesús

no nos hacía falta fe para creer lo que veíamos.

Cuando Jesús se fue,

la fe se nos escapó como un agua entre los dedos.

Pero la gran Paloma tiró de nuestras almas, desenvainándolas

y por primera vez nos dimos cuenta de que éramos hombres.

¿Cómo podíamos entenderle teniendo tan pequeño nuestro corazón?

Pero ahora -después de la venida del Espíritu- ya no

podíamos seguir usando a Dios como se usa una playa.

Podíamos creer o no creer,

pero no creer dormidos.

Dios no mendiga trozos de vida.

Él es el huracán que golpea la casa, que asedia las ventanas,

que apalanca las puertas y los muros,

que posee como un terrible amante.

No se puede creer en Dios y ser virgen.

Él entra como una espada o un hijo en las entrañas.

Dios es su nombre, fecundidad es su ocupación y su apellido.

Por eso nos volvimos vivos y fecundos cuando llegó el Espíritu.

Quienes aquella tarde nos vieron, aseguraban que estábamos ebrios.

Pero nadie pudo sospechar qué vino turbador y magnífico

era el que se había subido a nuestras cabezas.

Porque era el mismo vino del entusiasmo de Dios.

 

Dinámica sobre el Espíritu para la Catequesis (niños o jóvenes)

 

 

Material: Un ventilador con interruptor y que sea giratorio-

Mensaje: Debemos dejar que el Espíritu Santo actúe en nosotros.

Texto: Diálogo entre el sacerdote y un catequista.

 

S. Vamos a celebrar la fiesta de Pentecotés, la fiesta del Espíritu Santo.

Por Jesús sabemos que Él envió a sus discípulos y a todos los cristianos el Espíritu Santo.

Jesús, más que decirnos quién es el Espíritu Santo, nos dice

qué es lo que hace en nosotros. Nos dijo Jesús que es un regalo de Dios para que vivamos alegres, para que seamos valientes y nos atrevamos a hacer una cosa que no todo el mundo se atreve a hacer: amar a los demás.

Vamos a poner un ejemplo para entenderlo bien.

 

C. La corriente eléctrica. Con ella podemos hacer muchas cosas. Tener luz, calor, hacer funcionar muchos aparatos. Y lo curioso es que no la vemos, pero sabemos todo lo que puede hacer.

S. Así es el Espíritu Santo. No le vemos, pero notamos todo lo bueno que hace en nosotros.

C. La electricidad mueve aparatos, instrumentos. El Espíritu Santo nos mueve a nosotros.

¿Qué os parece si ahora nos imaginamos que cada uno de nosotros es un ventilador?

S. Vamos a imaginar que somos un ventilador. Aquí está.

(Descubre el ventilador).

C. Para que este ventilador haga lo que tiene que hacer, lo tenemos que enchufar. (No lo enchufará hasta que lo diga el sacerdote).

S. Igual que nosotros. Si queremos hacer lo que debemos, ser buenos cristianos y amar, tenemos que estar unidos a

Jesús para poder recibir su Espíritu, su fuerza, su corriente.

¡Enchufa el ventilador! (La catequista lo hace, pero el interruptor estará cerrado) Oye, esto no funciona.

C. Claro. El interruptor está cerrado. No es suficiente que esté enchufado el ventilador.

Hay que abrir el interruptor. No hay que poner obstáculos ni dificultades para que llegue la corriente.

S. Es verdad. También nosotros ponemos a veces dificultades a Jesús. Pensamos más en nosotros que en los demás, no queremos reconocer nuestros fallos, no somos sinceros... y tantas cosas más. Entonces su Espíritu no llega a nosotros. No funcionamos.

C. Quitamos el obstáculo al ventilador. Abrimos el interruptor y funciona. Pero con esto no está todo arreglado. El ventilador tiene que dar aire a las personas. Si lo llevamos a una habitación de la casa donde no hay nadie, no dará aire a nadie.

Será como si estuviera apagado. Un ventilador hay que ponerlo donde están las personas. Tiene que hacer un servicio.

S. Nosotros tenemos que hacer lo mismo. Tenemos muchas cualidades y cosas buenas. Pero si no las ponemos al servicio de los demás es como si no las tuviéramos. No podemos encerrarnos en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestra iglesia, en nuestras cosas. Nuestro aire, nuestro cristianismo, hemos de lanzarlo hacia los demás.

C. Y una última cosa. ¿Sabéis que hay dos clases de ventiladores? Unos están fijos, como ahora este, y sólo dan aire a unas pocas personas.

Pero hay ventiladores que giran. Mirad, este también gira.

(Da al interruptor correspondiente).

Los ventiladores que giran son mejores, porque dan aire a mayor número de personas.

S. También hay dos clases de cristianos. Los que se quedan fijos y sólo se preocupan de algunas cosas y de algunas personas, y los que se preocupan de todas las personas y de todos los problemas del mundo, no sólo de los suyos.

C. Volvamos a recordar una cosa importante. Si un ventilador no está unido a la corriente, no sirve para nada. Es un trasto más.

S. Y si el cristiano no está unido a Jesús, no recibirá su Espíritu. No será un cristiano de verdad.

Vosotros, niños, vais a estar desde hoy más unidos a Jesús. Mantened siempre esta unión con Jesús y su Espíritu Santo.

 

 

 

PENTECOSTÉS, culminación de la Pascua

 

como un viento recio, como una llama viva,

como un torrente de agua que mana sin cesar

el Espíritu del Señor resucitado

transforma y fecunda nuestras vidas,

transforma y fecunda el camino de la Iglesia y de la humanidad entera

 

VALOREMOS LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU

 

VALOREMOS todo lo que en nuestro mundo es obra de gene-

rosidad y de fraternidad, todos los signos de amor, todas las luchas por la justicia, todo lo que hace que los pobres de aquí y de todas partes puedan alcanzar una vida digna; todo lo que en este sentido hacemos los cristianos y todo lo que hacen los que no lo son... porque ahí está la presencia y la acción del Espíritu.

VALOREMOS nuestra comunidad, nuestra parroquia, nuestro movimiento cristiano, la Iglesia entera: todos los esfuerzos,

las actividades, los hallazgos inesperados, la vitalidad renovadora, el anhelo por anunciar el Evangelio, también los dolores que nos pueden ayudar a crecer... porque ahí está la presencia y la acción del Espíritu.

VALOREMOS nuestra oración y la oración de nuestros hermanos, esos momentos en los que nos acercamos personalmente a aquel que nos ama y nos da vida, esos momentos a veces tan luminosos (ya veces, también, oscuros y áridos)... porque ahí está la presencia y la acción del Espíritu.

 

VALOREMOS nuestro encuentro dominical en la Eucaristía

y la comunión con los hermanos que cada domingo, en el

mundo entero, se reúnen en la misma fe y la misma esperanza,

convocados y alimentados por Jesucristo; y valoremos el don

del bautismo, y de la confirmación, y de la penitencia, y del orden, y del matrimonio, y de la unción de los enfermos... porque ahí está la presencia y la acción del Espíritu.

VALORÉMOSLO y avancemos ahora y siempre en ese camino,

movidos por el Espíritu, hacia la plenitud de Dios.

 

EL DON DE LA PASCUA

Pentecostés significa el día que hace el número cincuenta. Es la culminación de la Pascua.

Durante cincuenta días, desde la noche de Pascua, hemos celebrado la alegría del Señor Jesús resucitado y presente en medio de nosotros. Hemos celebrado que su camino de amor fiel hasta la muerte es fuente de vida para siempre, es luz y esperanza para siempre, es fuerza e impulso para siempre. Él, el crucificado, es para siempre nuestro guía, nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida.

Y hoy, en este último día, celebramos que el amor de Jesús

hacia nosotros y hacia todo ser humano ha entrado plenamente en nuestro interior, se ha apoderado de nuestro corazón, se ha convertido en vida nuestra. Porque el Espíritu de

Dios, el Espíritu que es el amor pleno que une al Padre y al

Hijo, se ha derramado en el mundo, en la comunidad de seguidores de Jesús, en nosotros.

El Espíritu que anunciaron los profetas. El Espíritu que dio vida y empuje a la primera Iglesia para que llevara a todos los pueblos la gran noticia de Jesús. El Espíritu que hoy también sigue actuando -fuego y aliento de vida- en el mundo y en la Iglesia, llenándonos de sus dones de amor, fe, esperanza, unidad, sabiduría...

El Espíritu es la fuerza de Vida, la fuerza de Dios, que resucitó

a Jesús de entre los muertos. .

El Espíritu hace que la Pascua de Jesús sea nuestra Pascua.

El Espíritu hace que la vida nueva de Jesús pueda ser vida

nueva para nosotros.

Para nosotros y para todos.

 

VEN, ESPIRITU SANTO

Ven, Padre de los pobres,

llena nuestros corazones,

enciende en nosotros

la llama de tu amor.

Ven, Espíritu creador,

renuévanos como

la tierra entera se renueva en cada primavera

para preparar

las cosechas abundantes del verano.

Ven, Luz, Consuelo y Fortaleza,

aleja de nosotros

la rutina, el temor al riesgo, la desesperanza.

Ven, Espíritu del Señor resucitado,

haznos vivir siempre su Vida.

¡Ven, Espíritu Santo!

 

"Te pedimos, Padre, que santifiques estos dones con La efusión de tu Espíritu de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor:.." Es por la acción del Espíritu como todos los domingos, cuando celebramos la Eucaristía, el pan y el vino que ponemos sobre el altar se convierten para nosotros en la presencia viva del Señor.

 

"Te pedimos, Padre, que el Espíritu Santo congregue en La unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo...” Es por la acción del Espíritu como todos los domingos, cuando celebramos la Eucaristía, nos unimos profundamente en el único cuerpo de Cristo y somos transformados para asemejarnos a Él.

 

VEN, ESPÍRITU SANTO

 

Como los apóstoles, como María, también nosotros esperamos el don del Espíritu, también nosotros le invocamos para que nos llene con su fuerza, con su luz, con su aliento amoroso.

La Iglesia le necesita. Nuestra comunidad le necesita, cada

uno de nosotros le necesita. Con las palabras de una antigua plegaria que repetimos todos los años en la misa de Pentecostés   -la bella secuencia "Veni, Sancte Spiritus"-, libremente recogidas y glosadas, levantamos nuestro corazón y pedimos: ¡Ven, Espíritu Santo!

 

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, entra en el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos, luz que penetra las almas

 

Necesitamos tu luz, oh Espíritu Santo. En medio de la ventolera de ideas andamos a veces desorientados. En la oscuridad. O en la penumbra. ¿Qué camino hemos de seguir? ¿cuáles son los criterios y prioridades que debe seguir tu Iglesia y cada uno de nosotros? Tú que eres la verdad, ilumínanos.

 

* Padre amoroso del pobre, mira el vacío del hombre

si tú le faltas por dentro.

 

Los pobres somos todos. Están vacías de sentido nuestras vidas, si te olvidamos a ti. Creemos tenerlo todo y no tenemos lo principal. Tú eres el que anima a la comunidad cristiana por dentro. Tú eres quien nos anima a cada uno de nosotros para que entremos en comunión con Dios en la palabra, en los Sacramentos, en la vida. Necesitamos de ti. Ven y ayúdanos.

 

* Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, fuente del mayor consuelo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

 

Muchas veces nos sentimos fatigados. Necesitados de tregua y descanso. De frescor en las horas de bochorno y de consuelo en nuestras penas. Ven y danos tu paz, Espíritu Santo. Alivia nuestras preocupaciones. Seca nuestras lágrimas. Tú que habitas dentro de nosotros, danos tu alegría y tu ilusión.

 

* Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero .

 

Tú sí que nos envías siempre tu aliento, pero nosotros estamos distraídos y no nos dejamos llenar de tu gracia. Somos pecadores. De cabeza rebelde. Se nos tuerce fácilmente el camino y elegimos lo que tú no eliges. Ven y danos tu fuerza para que nos convirtamos a tu vida. Purifícanos de todo pecado. Guíanos. Corrígenos. Para que nuestro corazón se deje mover por tus inspiraciones.

 

* Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo.

 

Tú que eres agua de vida, agua que fecunda, ven y ayúdanos. Nuestro campo está seco. Riégalo y dale vida. Tú que eres la salud de Dios, ven y ayúdanos. Nuestros corazones no gozan de buena salud. Están enfermos.

Tú, médico espiritual, danos tu medicina y cúranos. Tú que eres la limpieza absoluta, la santidad, el todo Santo. Nosotros, que somos el Pueblo de Dios y el Cuerpo de Cristo, muchas veces no somos santos, estamos llenos de manchas. Ven y purifícanos. Tú que eres fuego y calor divino, transfórmanos, quema lo viejo que hay en nosotros. A los que estamos fríos y desanimados, llénanos de tu calor.

 

* Don en tus dones espléndido, reparte tus siete dones y danos tu gozo eterno.

 

Todo tú eres Don gratuito. El mejor regalo que hizo el Resucitado, el día de Pentecostés, a su comunidad. Te pedimos que sigas llenándonos de tus dones, de tus ideas, de tus estímulos, de tu creatividad. Para ser testigos del Reino en este mundo. Tú que eres Amor, llena de ilusión nuestra vida y danos, sobre todo, la alegría de poder vivir para siempre en tu cielo. Amén.

 

Ven, Espíritu Santo,

llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos la llama de tu amor.

 

 

Semillas de esperanza

 

¿Por qué es aquí tan feliz todo el mundo excepto yo?

- Porque han aprendido a ver la verdad y la belleza de todas partes-respondió el Maestro-.

- Y ¿por qué no veo yo en todas partes la bondad y la belleza?

- Porque no puedes ver fuera de ti lo que no ves en tu interior'.

 

La fuerza del Espíritu

 

Es la historia de un hombre que estaba harto de llorar. Miró a su alrededor y vio que tenía delante de sus ojos la felicidad. Estiró la mano y quiso cogerla. La felicidad era una flor.

La cogió, y nada más tenerla en la mano, la flor ya se había deshojado. La felicidad era un rayo de sol. Levantó los ojos para calentar su cara y enseguida una nube lo apagó. La

felicidad era una guitarra. La acarició con sus dedos, pero las cuerdas se desafinaron.

Cuando al atardecer volvía a casa, el hombre seguía llorando.

A la mañana siguiente siguió buscando la felicidad. A la vera del camino había un niño que lloriqueaba. Para consolarlo cogió una flor y se la dio. La fragancia de la flor perfumó a los dos. Una pobre mujer temblaba de frío, cubierta con sus harapos. La llevó hasta el sol y también él se calentó. Un grupo de niños cantaba. Él les acompañó con su guitarra, y también él se deleitó con aquella melodía.

Al volver a casa de noche, el buen hombre sonreía de verdad. había encontrado la felicidad. (H. Otero)

 

De la carta a los Romanos (Rm 14,17-20.15,13)

 

El Reino de Dios consiste en la fuerza salvadora, en la paz y la alegría que proceden del Espíritu Santo. Y quien sirve a Cristo de este modo, es grato a Dios y estimado por los hombres. Así pues busquemos lo que fomenta la paz y la concordia de unos con otros. Que Dios, de quien procede la esperanza, llene de alegría y de paz vuestra fe; y que el Espíritu Santo, con su fuerza, os colme de esperanza.

 

 

Padre, envíanos tu Espíritu

 

Como un viento recio, Padre, tu Espíritu, el Espíritu Santo, transformó a aquellos seguidores de Jesús

que no sabían qué hacer después de su muerte

y no habían entendido la fuerza de la resurrección.

Tu Espíritu, Padre,

los llenó por dentro,

hizo de ellos hombres y mujeres nuevos,

testigos de una vida transformada,

comunidad de Jesús, Iglesia viva.

Padre, envíanos también a nosotros tu Espíritu,

para que seamos tus hijos

y continúe a través nuestro la novedad de Jesús,

la esperanza de Jesús, la fuerza y el amor de Jesús.

Para crear, en todas panes,

tu misma vida.

 

PRECES AL ESPÍRITU

 

Se nos dio el Espíritu para vivir en libertad

- que no caigamos en la esclavitud y en el miedo.

Se nos dio el Espíritu para ser hijos y gritar: ¡Abba!,

- que no vivamos como esclavos ni como huérfanos, sin Dios.

Se nos dio el Espíritu para ser herederos de la promesa,

-que no vivamos sin ilusión y sin futuro.

Se nos dio el Espíritu para caminar en la luz,

- que no vivamos en la mentira ni en las tinieblas.

Se nos dio el Espíritu para ayuda de nuestra debilidad,

- que no vivamos creyéndonos autosuficientes.

Se nos dio el Espíritu para que nos inspire palabras y gemidos que nosotros no conocemos,

- que no vivamos sólo de nuestros gritos y palabrería.

 

ORACIÓN

 

Oh, Espíritu del Señor.

Ve delante de nosotros para guiarnos.

Ve detrás de nosotros para impulsarnos.

Ve debajo de nosotros para levantarnos.

Ve sobre nosotros para bendecirnos.

Ve alrededor de nosotros

para que, con cuerpo y alma,

te sirvamos para gloria de tu nombre.

Amén.

 

EL GOZO DEL ESPÍRITU

 

1. Pisando Tierra

 

Era una familia feliz que vivía en una casita de los suburbios. Pero una noche se declaró en la cocina de la casa un terrible incendio.

Mientras las llamas se extendían, padres e hijos salieron corriendo a la calle, pero el más pequeño, un niño de cinco años, asustado por el crepitar de las llamas y el humo había dado marcha atrás y había subido al piso de arriba. El padre y la madre se miraron desesperados y se pusieron a gritar. De pronto, arriba de todo se abrió la ventana de la buhardilla y el niño se asomó gritando con desesperación:

-¡Papá, papá!

El padre corrió y gritó: - ¡Salta! ¡Tírate!

Mirando abajo, el niño sólo veía fuego y humo negro, pero escuchó la voz y respondíó: Papá, no te veo... .

- Te veo yo, y basta. ¡Tírate!

El niño saltó y se encontró sano y salvo en los brazos robustos del padre que lo cogió al vuelo.

 

El gozo del Espíritu

.Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite

clamar: ¡Abba!, es decir, ¡Padre! (Rom 8,14-17).

 

Actividades para la catequesis

 

Podemos realizar una experiencia de confianza en el grupo: Cada uno del grupo va a subir a una silla y con los ojos cerrados va a dejarse caer, de espaldas, confiando en que el resto del grupo lo recoja antes de que se dé contra el suelo. ¿Confías en dejarte en las manos de tu grupo? ¿Confías de igual modo en Dios?

 

El Espíritu es el que nos revela que Dios nos ama, que somos sus hijos. Nos abre a la esperanza y a la experiencia de sentirnos salvados.

¿Experimentamos ese amor de Dios? ¿Cómo sería la vida de los que viven confiando en Dios?

¿En qué actitudes se refleja el gozo de sentirse amado por Dios?

¿Somos nosotros transmisores de esperanza y confianza en Dios? ¿En qué tendría que cambiar nuestra vida para mostrar que somos verdaderos hijos de Dios?

 

Oración

 

Señor hoy quiero darte gracias por los dones de tu Espíritu.

Gracias por el regalo de mi vida que tú pones, día a día, en mis manos.

Gracias por la libertad de querer y por la alegría de ayudar.

Gracias por el gozo de amar y de poder ser amado.

Gracias por la belleza que alegra el corazón y que nos manifiesta tu rostro

Gracias por el don de la fe y la esperanza, por haberme creado a tu imagen y ser siempre mi Padre...

 

La oración: acción del Espíritu

 

Pisando Tierra

Un padre estaba observando a su hijo pequeño que trataba de mover una maceta con flores muy pesada. El pequeño se esforzaba, resoplaba, sudaba la gota gorda, pero no conseguía desplazar la maceta ni un milímetro.

- ¿Has empleado todas tus fuerzas? -le preguntó el padre.

- - respondió el niño.

- No - replicó el padre. Aún no me has pedido que te ayude.

 

La acción del Espíritu

 

Y Jesús dijo: Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán. Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren. ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan! (Mt 11, 9 - 13)

 

Actividades para la catequesis

 

¿Por qué no me toca nunca la lotería, ni apruebo los exámenes sin estudiar, ni la persona de mis sueños se fija en mí...? ¿Por qué Dios es tan tacaño y no me concede lo que amablemente le pido? . Cuando Dios da no se anda con minucias. No sólo no es tacaño sino que da lo mejor que tiene. Dios se da a sí mismo, a su Espíritu. Quizá en nuestra oración nos conformemos con pedir cosas materiales sin pensar que el mayor y único regalo que Dios nos puede hacer es su amor, su fuerza, su alegría, su paz, su presencia, su luz...

¿Soy consciente de que Dios está deseando ayudarme? ¿Le doy permiso en mi oración para que lo haga a su manera? ¿Acudo a Él con mis necesidades verdaderas o intento manipularle pidiendo cosas materiales que no dan la felicidad?

. ¿Le pido que solucione Él sólo mis problemas o intento colaborar con Él, abrirme a sus indicaciones, andar por sus caminos?

. Aprovechar esta reunión para 'hacer oración'. En silencio, con sinceridad, con confianza.

 

Oración

 

Señor, la oración es encontrarte en cada momento de nuestra vida.

La oración es tu Espíritu que pronuncia palabras de amor en el corazón del hombre.

Quisiera callarme, Señor, para reconocer su voz entre otras muchas.

Quisiera callarme, Señor, para comprender lo que sucede en su mundo.

Quisiera callarme, Señor, y sorprenderme de que tiene una palabra para mí.

Quisiera callarme, Señor, porque no yo soy digno;

Pero envía tu Espíritu, y mi vida quedará transformada.

Cuadro de texto: 	Materiales 
	para Pentecostés