La Misa comienza con unos "ritos iniciales" que tienen una

finalidad muy concreta:

La de reunificar a unos individuos tan fragmentados y

dispersos como somos cada uno de nosotros.

Llegamos de la calle, de la vida, de los mil y un problemas

cotidianos, y tenemos, de pronto, que ponernos a la escucha

de la Palabra del Señor y a celebrar los misterios de su pasión,

muerte y resurrección. Esto es imposible sin recuperar antes

el sentido de una triple presencia:

 

a.- Sentirnos presentes nosotros mismos. Reunificarnos. Ser capaces de estar a lo que estamos.

 

b.- Pero no venimos a estar simplemente los unos junto a los otros, venimos a formar una Asamblea.

Por ello hemos de sentirnos como cuerdas de una misma lira con la que, aportando cada cual nuestro propio acorde, emitimos entre todos una única melodía.

 

c.- Y por fin, ¡sentirle a Él en medio de nosotros!

Actualizar su promesa de "estar en medio de aquéllos que se reúnan en su Nombre".

 

Los primeros minutos de cada Celebración Eucarística son muy importantes. Pensemos en el comienzo de un concierto, en la parrilla de salida de una carrera, en la salida a escena en un teatro.

 

EL CANTO DE ENTRADA

 

Es un símbolo bellísimo de nuestra condición de peregrinos; de nuestro caminar como Pueblo al encuentro del Señor.

 

Es un canto destinado, a la vez, a abrir nuestra celebración, a hermanarnos a los asistentes, a recordarnos el misterio litúrgico del día, y reforzar su carácter festivo. Debemos cantarlo todos los asistentes.

 

Si hay procesión de entrada, acompaña a ésta; y si hay incensación, concluye con ella. Cuando no hay procesión, lo inicia el sacerdote después de haber besado el altar y saludado al pueblo.

 

EL BESO DEL ALTAR

 

Vemos que lo primero que hace el sacerdote que preside apenas llegan al Altar es besarlo. Unámonos a él en espíritu y besémoslo también nosotros.

 

Será un gesto precioso y muy lógico si recordamos que:

 

- el Altar representa a Cristo,

- es el mejor "punto de encuentro" entre Dios y el hombre,

- es el lugar donde brotan el Cuerpo y la Sangre del Señor,

- es la mesa a la que nos sentamos todos los hijos del Padre Dios,

- es, como el propio Cristo, la piedra angular de nuestra Iglesia.

 

LA SEÑAL DE LA CRUZ

 

Una vez besado el Altar, el sacerdote se dirige a la Sede donde, terminado el Canto, hace con todos nosotros la Señal de la Cruz.

 

Por nuestra parte, mientras la trazamos sobre nosotros, todos decidimos y pedimos en voz alta comenzar la celebración "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo".

 

No nos contentemos con garabatear sobre nosotros este signo de un modo mecánico. Vivamos su simbolismo:

 

- La Cruz es el símbolo por excelencia del cristianismo.

- Es algo así como nuestra "marca registrada".

- Puesta sobre nosotros, nos avala como cristianos de ley.

- Recuerda nuestro Bautismo.

- Nos advierte que la Eucaristía tiene mucho que ver con la Cruz.

- Nos anima a asistir en virtud y para honor y gloria de la Trinidad.

 

EL SALUDO DEL SACERDOTE

 

Todo encuentro lo solemos comenzar con un saludo. No podía faltar en éste en el que queremos experimentar el gozo de sentirnos reunidos en el nombre del Señor. De ahí que sea este saludo mutuo el primer contacto entre el sacerdote y la asamblea.

 

Además de la función propia de todo saludo, éste trata de reavivar en nosotros su sentido cristiano, y el misterio de nuestra asamblea litúrgica.

 

En efecto, el sacerdote nos mira y descubre en nosotros la presencia del Señor resucitado. Nosotros le miramos y reconocemos en él al mismo Cristo. Reconocer esto, es confesar que a partir de este momento, no vamos a ser nosotros los verdaderos protagonistas de cuanto hagamos, sino Él y su Espíritu.

 

De todos los saludos el más característico y que resume a todos es éste:

 

"El Señor esté con vosotros", nos dice el sacerdote: Lo afirma, pero no basta. Es preciso que todos los asistentes nos abramos a esa presencia y que no la olvidemos. De poco serviría que el Señor estuviese realmente en medio de nosotros si no nos enteráramos. Por eso nos lo desea. Porque toda presencia no es completa hasta que no es aceptada y acogida.

 

Y con tu Espíritu, respondemos nosotros.

 

Y al responder, deseamos a quien nos preside que el Espíritu de Cristo que un día recibió por medio de la imposición de las manos del obispo para celebrar la Eucaristía, esté presente en él en estos momentos en que preside nuestra asamblea.

 

¡Claro que se trata de un saludo ritual y litúrgico!, pero ello no debe impedir que sea un verdadero saludo. Nada, pues, de frío e hipócrita, sino cálido y sincero. No olvidemos, sin embargo, que se trata de un saludo cristiano para abrir una celebración cristiana, de hondas raíces bíblico-cristianas. Debemos cuidar la expresividad o espontaneidad haciendo siempre referencia al don de Dios.

No basta con que nos digamos: "Buenos días", ni "hola, ¿qué tal?

 

ACTO PENITENCIAL

 

Supone que vistamos de fiesta nuestro propio corazón.

 

En un libro del Antiguo Testamento se nos cuenta cómo un día en el que Dios se le apareció a Moisés llamándole desde una zarza que ardía sin consumirse, le advirtió antes de que se le acercase: “Descálzate porque el lugar que pisas es santo”. Y Moisés comprendió que nadie puede entrar en la cercanía de Dios de cualquier modo.

 

Debemos pensar lo mismo cuando nos acerquemos al Altar del Señor. Este es el significado del momento penitencial de toda Eucaristía. Un rito que se desarrolla en tres tiempos:

 

a) Un primer momento en el que caemos en la cuenta de quién es Él y de quiénes somos nosotros. De lo que decimos creer y de la incongruencia de nuestras obras.

 

b) Otro segundo en el que, tras un fugaz silencio en que reconocemos nuestra condición de pecadores, le pedimos llenos de dolor y propósito: “Señor, ten piedad”...

c) Y otro tercero, en el que oramos confiados en su perdón: “Dios Todopoderoso, tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados...”

Nuestra vestidura para el Banquete Eucarístico al que nos disponemos a entrar será tanto más bella cuanto más sincera haya sido nuestra confesión, no sólo de nuestros pecados, sino de la ternura del corazón de nuestro Padre-Dios.

 

EL “GLORIA”

 

Es el más bello de todos los cánticos cristianos. Equivale a un explosión de gozo por sentirnos unidos alabando, bendiciendo, adorando y glorificando a Dios. Es la prueba de que todo egoísmo, todo personalismo ha sido superado, y de que, al fin, todos estamos integrados en la Asamblea que predice la Ciudad Futura.

 

Como canto de alabanza por antonomasia que es, deberíamos cantarlo siempre que pudiéramos, sobre todo en Navidad, Pascua… y determinadas fiestas.

 

El "Gloria" es, cierto, uno de nuestros cantos litúrgicos más antiguos. Pero también uno de los que ha tenido una historia más accidentada en nuestra liturgia. Suprimido y aceptado en diversas ocasiones, en el momento actual no podemos ni siquiera recitarlo, por ejemplo, en Adviento o Cuaresma o misas de difuntos, por su carácter alegre y festivo. Ni en las celebraciones feriales, por su matiz festivo o solemne.

¿Cuándo podremos recitar o cantar cada amanecer el "¡Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!" Es lo que hacían nuestros primitivos cristianos... ¡Y se encontraban tan bien!

 

ORACIÓN COLECTA

 

Ya reunidos, dispuestos ya en cuerpo y alma, todos nos disponemos a orar. Y la primera de nuestras plegarias es la que conocemos como "Oración colecta". "Colecta", en latín, significa precisamente esto: "reunida", "congregada".

Por eso esta oración reúne y congrega los sentimientos que anidan en el corazón de todos los presentes…

El sacerdote comienza diciendo: "Oremos". Siguen unos momentos de silencio en los que debemos avivar la presencia de Dios ante el cual estamos, y ponernos en disposición de orar. Recitada la oración por el sacerdote, la asamblea manifiesta que la hace suya respondiendo: "Amén".

Cuadro de texto: Ritos iniciales de la Eucaristía
Importancia y significado