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Juan Jáuregui |
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Materiales Litúrgios y Catequéticos |
1.- Dominar el mal genio
Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta. Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el Día. Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra dominar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta... Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: - Hijo, te has portado muy bien, pero mira todos los agujeros que hay en la puerta. Ya nunca será como antes. Cuando te peleas con alguien y le dices algo malo, le dejas una herida como ésta. Puedes clavar un cuchillo a una persona y luego retirárselo, pero siempre quedará la herida. Poco importa cuántas veces te disculpes; la herida permanecerá. Una herida verbal (un insulto, hablar mal de los demás...) hace tanto daño como una física (que si le dieras un mamporro...) Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.
Dad esta historia a cada amigo que tengas, y a tu familia. Y decidle hoy me han dado esta historia en la Catequesis y ahora te la paso a ti. Por favor; perdóname si alguna vez dejé una cicatriz en tu puerta.
2.- La parte más importante del cuerpo
Un día mi madre me preguntó cuál era la parte más importante del cuerpo. Cuando era más joven, pensé que el sonido era muy importante para nosotros, por eso dije, Varios años pasaron antes de que ella lo hiciera. Desde aquella primera vez, yo había creído encontrar la respuesta correcta. Y es así que le dije: Continué pensando cuál era la solución. A través de los años, mi madre me preguntó un par de veces más, y ante mis respuestas la suya era: El año pasado, mi abuelo murió. Todos estábamos dolidos. Lloramos. Me asusté cuando me preguntó justo en ese momento. Yo siempre había creído que ese era un juego entre ella y yo. Pero ella vio la confusión en mi cara y me dijo:
3.-El Eco de la Vida
Narrador .- Un niño y su padre, estaban caminando en las montañas. De repente, el hijo
Niño .-¡Hooola!
Eco: -¡Hooola!
Niño: - ¿Quién está ahí?.
Eco: - ¿Quién está ahí?.
Niño: - Cobarde.
Eco: - Cobarde.
Niño: - ¿Que sucede?
Padre: - Hijo mío, presta atención.
Padre: - Te admiro.
Eco: - Te admiro.
Padre: - Eres un campeón.
Eco: - Eres un campeón.
Padre: - La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces. Nuestra vida es simplemente un reflejo de nuestra acciones. Si deseas más amor en el mundo, crea más amor a tu alrededor. Si deseas felicidad, da felicidad a
4.- “Dos no riñen si uno no quiere”
En un viejísimo libro del siglo IV, en el que se cuentan las vidas de los Santos Padres, se cuenta la historia de aquellos dos anacoretas que vivían juntos y jamás habían tenido una discusión. Un día uno de los dos dijo a su compañero: «Yo creo que, al menos una vez en la vida, tú y yo deberíamos tener una disputa como las tiene todo el mundo. Así sabríamos qué es eso de reñir». A lo que su compañero respondió: «Si tu quieres, tengámosla. Pero lo malo es que yo no sé cómo empezar». «Muy sencillo -dijo el primero-. Voy a poner un ladrillo entre nosotros y después diré «Este ladrillo es mío». Y tú me contestarás: «No, me pertenece a mí». Esto nos llevará a polemizar y a disputar». Colocaron, pues, el ladrillo entre ambos. Y el primero dijo: «Esto es mío». El segundo respondió: «No, estoy seguro de que es mío». Pero el primero insistió: «No es tuyo, es mío, siempre ha sido mío». A lo que, esta vez, respondió el segundo: «Está bien. Si te pertenece, cógelo». Y así fue como los dos anacoretas no lograron pelearse.
Pienso que el candor de esta ingenua narración deja en ridículo todas nuestras disputas por varias razones. La primera, porque demuestra que al menos el 99 por 100 de nuestras riñas surgen por tonterías que carecen de toda importancia. Si nos pusiéramos a encontrar motivos para reñir no los encontraríamos más pequeños. Pero lo absurdo es que, cuando discutimos, los temas de nuestra discusión nos parecen gigantescos, esenciales, importantísimos. Pero vistos con una leve sonrisa son, casi siempre, puras tonterías. La segunda, porque la mayor parte de nuestra discusiones surgen de afanes de posesión. Si se borraran del diccionario las palabras «mío» y «tuyo» se acabaría la mayor parte de las polémicas entre los hombres. Si por lo menos se descubriera que la amistad es anterior y superior al ladrillo por el que discutimos, también se terminarían las discusiones. Y lo más grave es que, con frecuencia, por discutir cosas tan poco importantes como un ladrillo, ponemos en juego y aún perdemos cosas de un valor infinito: la amistad, el amor. La tercera conclusión es la de aquel viejísimo refrán que cuenta que «dos no riñen si uno no quiere». El segundo de nuestros anacoretas lo entendía muy bien. Comenzó a discutir, pero, por fortuna, se cansó en seguida. Se dio cuenta de que la paz con su compañero valía mucho más que el aclarar quién de los dos tenía razón sobre la propiedad del ladrillo. Y así, cediendo, pareciendo ser derrotado, ganó. Ganó la amistad, que valía más que un millón de ladrillos. A mí me gustaría pedir a todos mis amigos que, antes de comenzar a discutir, pasen por el tamiz de la ironía los motivos por los que van a discutir. Les parecerán ridículos. Y descubrirán que la amargura que deja toda polémica detrás de si es una fruta que no vale la pena probar.
5.- Las tres rejas
Un joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice: Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando mal de ti... ¡Espera! –lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que me vas a contar? ¿Las tres rejas? Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres contarme es absolutamente cierto? No. Lo oí comentar a unos vecinos. Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que quieres decirme, ¿es bueno para alguien? No, en realidad no. Al contrario... ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? A decir verdad, no Entonces –dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepúltalo en el olvido.
6.- La Chismosa y la gallina
A una mujer que se confesaba frecuentemente de hablar mal de los demás, san Felipe Neri le preguntó: ¿Te sucede con frecuencia hablar mal del prójimo? Muy a menudo. Padre -responde la penitente-. Hija, creo que no te das cuenta de lo que haces. Es necesario que hagas penitencia. He aquí lo que harás: mata una gallina y tráemela enseguida, desplumándola por el camino desde casa hasta aquí. La mujer obedeció, y se presentó al santo con la gallina desplumada. Ahora –le dijo Felipe-, regresa por el mismo camino que viniste y recoge una por una las plumas de la gallina... Pero eso es imposible, padre –rebatió la mujer-, con el viento que hace hoy no podré encontrar más que unas pocas. También yo lo sé –concluyó el santo-, pero he querido hacerte comprender que si no puedes recoger las plumas de una gallina, desparramadas por el viento, tampoco puedes recoger todas las calumnias levantadas y dichas de mucha gente y en perjuicio de tu prójimo.
7.- El secreto de la felicidad
Una niña salió a dar un paseo. En su camino halló una mariposa, prendida entre las zarzas y agitando sus débiles alas.
La niña cogió con todo cuidado a la mariposa y la echó a volar.
Ya libre, la mariposa se convirtió en un hada que, agradecida dijo a la niña: - Quiero agradecerte tu favor. Pídeme el deseo que más quieras, que te lo concederé. Dime cuál es tu mayor deseo.
La niña le dijo con sinceridad: - Quiero ser feliz. Indícame cuál es el camino de la felicidad. La hada se lo susurró al oído, y se fue volando.
Desde ese momento la niña empezó a ser otra, feliz. Nadie en el pueblo era tan feliz como aquella niña. La gente empezó a interesarse, y curiosa le preguntaba continuamente por el secreto. Pero la niña evadía siempre la respuesta diciendo que era un secreto, el secreto del hada. Así llegó a anciana y seguía siendo la mujer más feliz del pueblo, una viejecita realmente feliz, y eso que en su vida, como en la de las demás gentes, no faltaron dificultades.
Temerosos de que muriera y se llevara el secreto a la tumba, las gentes del pueblo le insistían más que nunca que les dijese el secreto. Al fin, un día, la viejecita, sonriendo, accedió a descubrírselo. Y les dijo: - Lo que la hada me susurró es muy sencillo; pero para mí ha sido, a lo largo de toda mi vida, el secreto de mi felicidad. Y les dijo:
Aunque las personas parezcan que no necesitan de nadie, no lo creas. Todos te necesitan... Yo he vivido siempre con la seguridad de que todos necesitaban de mí; me he dado a ellos, y eso me ha hecho feliz. |