Es cuestión de autoridad moral

 

Para educar acertadamente a los hijos no hay

otro camino que el que los padres mismos vivan

en un proceso de educación o formación

permanente.

En otros tiempos había ambientes que

"co-educaban" o, al menos, no "des-educaban".

Hoy no sólo hay que sembrar la buena semilla,

sino que hay que estar arrancando

constantemente la cizaña que crece juntamente con ella.

Los padres de hoy, para poder ejercer eficazmente su misión de primeros y principales educadores de la fe y de los valores humanos, han de ganarse a pulso el prestigio y la autoridad moral sobre los "deseducadores" que, aunque no sea intencionadamente, les hacen la competencia y realizan una labor deformativa. Ese prestigio y autoridad moral sobre los hijos sólo se logra con la ciencia, la experiencia y la coherencia.

No se puede ser padres (ni esposos tampoco), como hace veinticinco años. La crianza de un hijo no sólo supone un presupuesto económico, sino también psicológico y pedagógico, bastante más elevado que antaño.

El "oficio" de padres y esposos hay que aprenderlo día a día. Es un reto glorioso al que hay que responder cotidianamente. Los hijos no son animales (racionales) domésticos, a los que basta con proporcionarles alimento, vestido, un colegio y los bienes de consumo convenientes.

Teóricamente esto lo sabe todo el mundo, pero, ¿no hay numerosos padres cuyas preocupaciones con respecto a los hijos se reducen casi exclusivamente a las que tienen con respecto a los animales domésticos? Abdican como educadores en los profesores, en los formadores espirituales, en los catequistas...

Frente a los poderosos rivales que ejercen presión desde diversos campos, los padres no tienen otra respuesta que ganarse a pulso el prestigio y el afecto de los hijos, logrando una autoridad moral que se imponga por encima de la algarabía de mensajes que ofrecen estilos equivocados de vida.

 

Tiempos difíciles

 

Hablar de "tiempos difíciles" para la educación es decir una verdad que sabe todo el mundo y que los padres la sienten en carne propia. Se lo he escuchado a un incontable número de ellos; y muchos están verdaderamente asustados. A algunos abuelos les he oído decir: "Si me correspondiera en estos momentos tener hijos, me lo pensaría mucho".

La nueva situación de los padres es como la del clero, , pero con otros síntomas y raíces, diríase que la sociedad se encuentra hoy con una crisis de vocaciones para padres, pero no capuchinos, sino de familia. Y ya se entiende que también para madres. Este oficio, otrora entrañable y glorioso, se ha tornado en nuestros días enojoso y áspero, casi antipático. Sé que cargo las tintas, pero compruébenlo; la cosa no es para menos".

El reto de la educación es hoy más arduo que nunca y, por eso, supone más empeño y preparación. Pero esto mismo la vuelve un reto más grandioso y glorioso. Da la oportunidad de ser padres con todas las consecuencias.

La educación es difícil por causa de los mismos padres, a quienes el cambio tan fuerte de pautas les ha sorprendido impreparados. Lo que aprendieron y la educación que recibieron no les sirven, no tienen que ver con lo que hoy se ha impuesto. Sufren complejo de inferioridad como educadores, sobre todo cuando carecen de cultura y sus hijos, ya jóvenes, han alcanzado un cierto nivel cultural. Algunos padres, resentidos por la disciplina espartana y por las carencias materiales que sufrieron en su infancia, adolescencia y juventud, no quieren que sus hijos "pasen lo que ellos pasaron" ni soporten la opresión que sufrieron; quieren compensarse en sus hijos con una liberalidad excesiva. Por otra parte, psicólogos y pedagogos "alarman tanto con eso de los traumas de la educación"... Así es como muchos padres han pasado del rigorismo sufrido al permisivismo otorgado a sus hijos. Siempre la ley del péndulo.

Por lo demás, son tan diversas las formas de educación y el estilo de relación de los padres con sus hijos... El estilo de la hermana y

el de la cuñada divergen del de los primos, y el de ésta, a su vez, del de los compañeros de trabajo. El de un colegio diverge del estilo de otro. Con todo ello muchos padres no saben a qué atenerse. Unos aprietan más, exigen más disciplina; otros son más blandos. Esto hace que los chicos hagan comparaciones y presionen sagaz mente a su favor, claro.

En la base de todo hay una crisis de valores que hace que padres sin una fuerte contextura interior y sin una formación sólida no sepan a qué atenerse. No saben qué es lo que hay que salvar por encima de todas las fluctuaciones y qué les lo que hay que pasar benévolamente por alto, sin gastar energías ni romperse la cabeza por unos mechones de pelo o por un petacho más o menos en la ropa o un pendiente más o menos en los labios, las orejas o la nariz.

Por otro lado, los padres sufren frecuentes interferencias en la educación. Hay muchos "educadores" entrometidos. Ya he hecho alusión a algunos:

 

- En los hijos, además de los padres, influyen educacionalmente

los restantes miembros de la familia: hermanos, abuelos, tíos...

- Influye el colegio: profesores, compañeros, estilo del centro...

- Influyen la pandilla, los amigos, a los que a veces prestan los chicos más atención que a los propios padres.

-Influye la sociedad con su confusionismo de ideas, sus crisis, con una jerarquía de valores que brinda en una propaganda subliminar.

- Influye el estilo tan complejo de la vida moderna: el ruido, la prisa, el transporte, el trabajo de los dos progenitores...

- Influyen decisivamente los medios de comunicación social con su constante lluvia ácida; sobre todo, la televisión, Internet, medio que desgraciadamente los padres no dominan y a veces tampoco pueden controlar. La televisión tienta a padres e hijos: a los padres porque les sirve de "niñera electrónica" para tener a los hijos "aparcados" y silenciosos durante un tiempo "necesario" para otras ocupaciones; y tienta también a los hijos porque constituye, como algún pedagogo la ha denominado, "la golosina visual".

El caso es que se habla de "érase un chico a una pantalla pegado" o a los videojuegos o a los cómics. Según una encuesta a nivel nacional, el 75% de los padres no se entera de los programas que ven sus hijos. Ello constituye una irresponsabilidad grave. Hasta los responsables de la Unión Europea han alertado a las autoridades y padres españoles de la excesiva ración de televisión que ven nuestros españolitos. ¿Quién duda de que los programas, en gran proporción violentos, superficiales, hedonistas... son claramente más deformantes que formativos? ¿No es una irresponsabilidad dejarles tres horas con una "profe" que desorienta más que orienta?

 

Aprender el oficio

 

Los padres necesitan ineludiblemente aprender el "oficio" de educar y ejercerlo con amor, comprensión, autoridad y tolerancia, pero desde los postulados de la ciencia educativa. Hoy los padres necesitan herramientas psicológicas más aptas, afinadas y prácticas que, respetando la libertad de los hijos y sin recurrir a la autoridad del "ordeno y mando", permitan modificar las conductas negativas de los hijos mediante refuerzos positivos que ayuden a propiciar determinados comportamientos, pero dentro del diálogo familiar y de la disciplina, con expresiones de afecto y de ternura.

Pero, si es verdad que educar hoy es difícil, también es verdad que disponemos de medios para aprender el "oficio" y ejercer una paternidad responsable y amorosa. Esto hay que afirmarlo no sólo con respecto a los padres, sino también a los profesores, educadores y tutores que ejercen una paternidad espiritual. Por tanto, ¡fuera miedos y complejos! Es preciso superar el miedo de no estar a la altura de las circunstancias. Es cuestión de aprender el oficio aprovechando los numerosos medios que la psicología y la pedagogía moderna ponen a nuestro alcance.

Un dato revelador. En la biblioteca de esposos que se han integrado en grupos matrimoniales, y que por lo tanto tienen una cierta preocupación por formar una familia como Dios manda, he encontrado libros titulados, según los hobbies: "Cría y cuidado de los canarios", "El pastor alemán", "Manual sobre los gatos"... He encontrado libros sobre las plantas, pero (se lo he hecho caer en la cuenta) ni un solo libro sobre la educación de los hijos... ¿Creen, tal vez, que lo saben todo sobre la educación? ¿Es por falta de preocupación? Cualquiera de las respuestas supone un grave y peligroso descuido. Casados y casadas hacen empeñosamente cursos profesionales de reciclaje o de aprendizaje para tener mayores posibilidades profesionales: cursos de contabilidad, de electrónica, de relaciones humanas para poder ascender en la escala laboral y tener mayor categoría y mayores ingresos. Muchos practican el deporte para evitar la celulitis. Todo ello es elogiable, Pero lo verdaderamente preocupante es que no haya, no digo tanta, sino mayor preocupación por el aprendizaje de la ciencia de las ciencias y el arte de las artes, que es la educación de los hijos y el crecimiento psicológico de la familia. Éste es el error básico, un gran pecado original y originante de muchos problemas y tragedias, de muchas infidelidades e infelicidades familiares.

Así como hay padres que viven permanentemente en la angustia de no saber educar en estos tiempos de cambios rápidos, hay también muchos que se sienten demasiado seguros de "sus aciertos" y a los que ni se les ocurre dudar de sí mismos con respecto a los comportamientos educacionales. Hay muchos padres que creen que su relación afectiva con los hijos es la correcta, pero en realidad no se trata más que de una ilusión que no se corresponde con la realidad. He escuchado a muchos enorgullecerse por los resultados de sus pautas educativas, rigoristas por parte de unos y permisivas por parte de otros. En ambos casos se vanaglorian porque sus hijos son todavía fácilmente sumisos. Temo el desenlace. A estos padres dogmáticos ni se les ocurre dudar de su sistema educativo.

Según P. Rodríguez, "las encuestas oficiales muestran que un 62% de la población española considera que las personas que tienen su primer hijo no están preparadas para ser padre o madre. Y un 50,2% piensa que, en general, los padres o madres no están suficientemente preparados para ejercer su función. Llegamos así a la paradoja de una sociedad como la nuestra que, aún siendo muy consciente de la incapacidad del sistema familiar para asumir global y correctamente sus obligaciones, en su inmensa mayoría no hace nada, ni a nivel individual ni social, para mejorar esta lamentable situación. Y, si bien es cierto que a nadie le enseñan a ser padre, cuando alguien asume serlo, debería adquirir también la responsabilidad de serlo de la mejor manera posible, eso es, formándose para ello".

Y sigue diciendo: "Durante años he conocido a innumerables padres, con problemas graves en uno o varios hijos, que, al preguntarles si alguna vez habían leído algún libro o revista especializados sobre el mundo de los hijos o habían asistido a algún curso o conferencia sobre el tema, me han dado un rotundo 'no' por respuesta. 'Los libros y revistas buenos son caros y no se encuentran fácilmente'; 'trabajamos mucho y no tenemos tiempo para ir a conferencias'... suelen decir. ¿Cuestión de dinero? ¿No hay tiempo? ¿O es que pensaban que un hijo es como un geranio, al que basta con regar, abonar, podar y fumigar de vez en cuando, para que dé flores regularmente? Evidentemente, un hijo no es una planta de jardín; pero en muchísimas familias, en su práctica cotidiana, los hijos tienen un trato similar, si no peor, al que recibe cualquier inquilina de maceta. Los padres, por supuesto, se azoran ante este ejemplo, ya que les lleva directamente hasta una dimensión de responsabilidad personal que, hasta entonces, habían eludido culpando a terceros (la secta, el traficante,

las malas compañías...) del estado de su hijo... Darse cuenta de que uno falló a sus hijos es muy duro, pero es la única vía adecuada para resolver definitivamente los comportamientos lesivos que todos, por pura ignorancia, perpetramos contra nuestros hijos".

Nadie nace sabiendo educar; por eso, es preciso aprender. Pero este aprendizaje cuesta lo suyo; supone una inversión de tiempo, esfuerzo y dinero; inversión que, por desgracia, no todos los padres están dispuestos a hacer. Sin embargo, merece la pena porque, se quiera o no, todos los padres son inexorablemente educadores o maleducadores.

¿Se dan cuenta los padres de que, en gran parte, tienen en sus manos el futuro psicológico, el desarrollo de la personalidad, la felicidad de sus hijos? ¿Se dan cuenta de que sus hijos no son "suyos", que Dios se los confió, exactamente como a María y a José les fue confiado Jesús?

Deplorablemente son legión los que ejercen su paternidad y

maternidad con una grave irresponsabilidad. He escuchado numerosas quejas de directores de colegios y de las APAS, de las Escuelas de Padres, así como de los responsables de las catequesis parroquiales sobre el desinterés con que gran número de matrimonios acogen las invitaciones a escuchar charlas sobre educación y, no digamos, a participar y a corresponsabilizarse en estos organismos. Por mi parte, tengo que testificar que, frente a una pequeña minoría de matrimonios que aceptan el reto de reunirse o agruparse para aprender a "educar educándose", la gran mayoría "pasa".

He invitado a incontables parejas con las que me topo en mi vida ministerial a integrarse en grupos matrimoniales de manera espontánea, libre, para que sea más fácil la participación en ellos. "No tenemos tiempo"; "no, si nosotros ya tenemos nuestro grupo de amigos con quienes nos reunimos, tomamos unos vasos y charlamos algo de este tema...", suelen ser las respuestas más frecuentes.

Muchos padres, tristemente, sólo reaccionan cuando estalla el conflicto o se produce la tragedia en alguno de sus hijos; en definitiva, cuando es tarde, cuando todo es mucho más problemático y difícil, cuando hay que pensar en la rehabilitación, un proceso en empinada cuesta arriba. ¡Qué pena! Entonces todo son lamentos e inculpaciones a agentes extraños, y no se dan cuenta de que ellos, con su dejación y desorientación, son realmente los primeros y principales culpables de la tragedia.

Ante la trascendencia de la tarea, ante su dificultad de siempre y especialmente de ahora, no cabe otra respuesta sensata que educarse para educar, formarse para formar. Es preciso aprovechar todos los medios al alcance para aprender el más sublime oficio que es ayudar a los propios hijos a ser personas. Y para ello es preciso aprovechar y promover todos los medios habidos y por haber: integración en grupos de matrimonios, lectura conjunta de libros orientadores, conferencias, contacto y corresponsabilidad con los educadores del colegio, de la parroquia... Aquí es donde se juega de verdad el futuro de los hijos.

En el empeño por su educación y formación es como se les muestra el amor sin engaño.

 

Para la reflexión, el diálogo y el compromiso

 

- ¿Compartimos la afirmación de que son tiempos difíciles para la educación de los hijos? En caso afirmativo, ¿por qué resulta difícil?

- En nuestro caso concreto, ¿qué dificultades o interferencias encontramos para educar a los hijos?

- ¿Cómo procuramos contrarrestar con medios positivos las influencias negativas?

- ¿ Qué iniciativas debemos poner en marcha para capacitarnos mejor como educadores de nuestros hijos?

Cuadro de texto: Educar educándose
Cuadro de texto: