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Monición de entrada
Convertios y creed en el evangelio. Estas palabras resuenan cada año en nuestros oídos mientras recibimos la ceniza en el comienzo de la Cuaresma. Creer y convertirse son dos pasos del recorrido cristiano estrechamente ligados entre sí. No es posible la conversión sin fe. No es posible convertirse en profundidad sin creer en profundidad» En esta celebración queremos mirarnos en el espejo de Cristo, para medir la distancia entre su vida y la nuestra, para sopesar lo que nos sobra y lo que nos falta, para sentir la necesidad de la conversión y abrirnos a la gracia del Espíritu.
Canto: Volveré...
1.- La celebración comunitaria de la Penitencia es: en primer lugar un reconocimiento sincero de que somos pecadores. Es decir: con nuestra presencia hoy, aquí, estamos reconociendo públicamente que somos pecadores. Y como pecadores venimos a pedir perdón a Dios. La celebración de la Penitencia Comunitaria es: en segundo lugar una manifestación de la fe y de la confianza que tenemos en el Amor, en la Misericordia y en el Perdón de Dios.
2.- Lo importante no es confesarse, sino arrepentirse. Lo que Dios quiere de nosotros no es la lista de nuestros pecados, sino nuestro arrepentimiento. ¿Para qué quiere Dios el relato de nuestros pecados, si ya los conoce? Cuando el “hijo pródigo” de la parábola del Evangelio vuelve a casa arrepentido de sus pecados ¿qué sucede? ¿El Padre le pide explicaciones de lo que ha hecho? NO. Le besa, le abraza y hace una fiesta, porque para el padre, era suficiente que su hijo volviera arrepentido. Pues así es Dios con nosotros.
3.- Por eso y para eso estamos aquí: Para decirle a Dios que estamos arrepentidos de nuestro pecados. Para decirle a Dios que lamentamos sinceramente las veces que no le hemos sido fieles. Para decirle a Dios que sentimos de verdad los fallos que hemos tenido. Para decirle a Dios que nos perdone.
4.- “Dios es el único que puede perdonar los pecados” Pues bien, si Dios es el único que puede perdonarnos; si Dios nos ofrece siempre su perdón, quedémonos tranquilos esta tarde y siempre que pidamos perdón a Dios, convencidos de que Dios nos perdona.
Oración
Señor, nos has convocado en tu presencia para prepararnos a celebrar los días santos de tu muerte y Resurrección. Tu sabes, Señor, que muchas veces conformamos nuestra vida y la compaginamos para que sea a la vez tuya y a la veces de este mundo... que pasa. Señor, danos la fuerza para dar el paso hacia ti, con todas nuestras fuerzas.
(Todos se sientan...)
Presentación de los símbolos
Ponemos en el centro de nuestra celebración la imagen de Jesús crucificado. Es para que la miremos intensamente. Una mirada, ante todo, arrepentida, una mirada agradecida, una mirada de fe... (Se trae la cruz y se coloca en el altar...Y se canta: “Oh Dios, crea en mí un corazón nuevo”)
“Convertíos”. Esta fue la consigna que escuchamos el primer día de la Cuaresma. La ceniza nos recuerda nuestra realidad frágil y pecadora. (Se trae un recipiente con ceniza y se coloca al lado de la cruz...Y se canta...) “Creed en el Evangelio”. Fue lo que aquel mismo día se nos añadió. En su Palabra es Jesús mismo quien nos mira. Nuestra mirada a la cruz tiene respuesta en la escucha de la Palabra (Se trae el libro y se coloca al otro lado junto a la cruz...Y se canta...)
Escuchamos la Palabra
Lectura del Libro de los Números
Los israelitas partieron del monte Hor camino del mar de las cañas, rodeando el territorio de Edom. En el camino, el pueblo comenzó a impacientarse y a murmurar contra el Señor y contra Moisés, diciendo: - ¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua, y estamos ya hartos de este pan tan liviano. El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que los mordían. Murió mucha gente de Israel, y el pueblo fue a decir a Moisés: - Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes. Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le respondió: - Hazte una serpiente de bronce, ponla en un asta, y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
Palabra de Dios
Salmo: El Señor es compasivo y misericordioso...
+ Lectura del santo Evangelio según San Juan
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: - Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor
Homilía
Tenemos en el centro de nuestra celebración la imagen de Jesús crucificado. Es para que la miremos con cariño, para que nuestros ojos no se aparten de él. Está puesto ahí, para que podamos mirarlo. Y no por curiosidad, porque mirarle no es cuestión de curiosidad, sino cuestión de salvación, de vida o muerte. Nos pasa como aquellos israelitas del desierto. Mordidos por serpientes venenosas, no encontraban remedio a sus dolores. La salvación les vino de manera gratuita. Se puso en el palo una serpiente de bronce y lo único que se les pedía era que la miraran. La salvación les vino por una mirada. Pero se trataba de una mirada de fe, una mirada confiada. Aquí estamos nosotros también con nuestros agobios encima y con nuestro veneno dentro. Si nos miramos interiormente, nos reconoceremos enfermos, necesitados de un buen tratamiento médico. El diagnóstico lo podemos hacer nosotros mismos. Hagamos un esfuerzo, porque la enfermedad más peligrosa es la que no se conoce. Estamos enfermos por nuestra falta de fe. No me refiero tanto a lo que llamamos dudas de fe. Nadie está libre de ellas y ni suponen falta de fe ni preocupan tanto a Dios. Lo verdaderamente grave es nuestra falta de confianza: el que no acabemos de aceptar a Dios en nuestra vida; el que no sepamos ver a Dios en nuestras cosas; el que no seamos capaces de entregarnos a Él y ponernos definitivamente en sus manos. ¡Cuántas dudas, cuántos regateos, cuántos olvidos! Preferimos vivir a nuestro aire, con relativa o total independencia. Preferimos apoyarnos en nuestros criterios, en nuestras maneras de ver las cosas y en nuestras fuerzas. Lo medimos todo y lo calculamos, según nuestras posibilidades, no según la palabra de Dios. Si resulta que Dios nos pide algo, pues ya veremos, según lo valoremos nosotros. Diremos sí o no, según y cómo, hasta aquí o hasta allí. Nos falta la decisión, la entrega incondicional.
Estamos enfermos por la dureza de nuestro corazón. También nosotros llevamos el desierto dentro. Seguimos teniendo un corazón de piedra, un corazón frío. Nos faltan entrañas de misericordia, como son las entrañas de Dios. Podemos constatar fácilmente con qué frialdad y con qué dureza tratamos a los hermanos, y especialmente a los que están más cerca y conviven con nosotros. Los juzgamos mal, les exigimos mucho, no les perdonamos fácilmente. ¿No te das cuenta de lo violento que eres con tus palabras y tus gestos? Los problemas de los demás no nos interesan de verdad. Bastante tenemos con los nuestros. ¿Por qué tengo yo que preocuparme de sus cosas? Damos fácilmente el rodeo para no ver o nos tapamos los oídos para no escuchar. Si nos piden una ayuda, sea material, sea personal, ¡cómo la regateamos y cuánto tardamos en darla! ¡Cuánto nos cuesta tender la mano! Y todo es porque no amamos de verdad. A los de lejos porque no les conocemos; a los cerca, porque nos resultan insoportables. Nuestras relaciones de amistad y de bondad son tan frágiles como las arenas del desierto. ¡Qué pequeño y duro es nuestro corazón!
Estamos enfermos por nuestra fiebre consumista... Esa serpiente engañosa y seductora sí que nos ha mordido. Empieza ofreciéndonos preciosas y apetitosas manzanas, verdaderos paraísos, y se nos van los ojos tras ellos. Nos parece que necesitamos todas esas comodidades para ser felices, para vivir bien. ¡Quien pudiera tener esto y esto y esto...! Nos lo meten por los sentidos. Es la mordedura de la serpiente. Seremos como Dios. Y nos entra una fiebre tremenda. Es que lo necesitamos todo...
Estamos enfermos de pasividad, de egoísmo, de querer vivir siempre en paz, de no querer complicarnos la vida ni querer saber nada de los demás, de quedarnos en nuestros cómodos recintos y no acudir a la llamada de los que viven en la intemperie, de todos los pecados de omisión...
Pero no miremos más a nuestras heridas y nuestras dolencias. Dios mismo, en su infinita misericordia, ha querido proporcionarnos un antídoto eficaz, una medicina maravillosa. Ahora no se trata de una serpiente de bronce, sino del mismo Jesús crucificado, que desde lo alto nos ofrece la salvación. Aquí tenemos la cruz de Cristo, presidiendo nuestra celebración. Mirémosla detenidamente, que la entrañemos bien. Miremos sabiendo que en ella podemos encontrar la salud. Piensa en el enfermo grave recibiendo la medicina que le cura. Pero hay que fijar bien la mirada.
Lo primero, mirar con fe... Ya sabemos que no era la serpiente, sino la fe lo que salvaba en el desierto. También ahora. Si miras con fe a Cristo, ya estás salvado. Mírale con la fe del buen ladrón o con la fe de Nicodemo. Ellos se sentían pecadores, pero confiaban en que Jesús lavaría sus pecados. La Cruz de Cristo es antídoto contra incredulidad.
Mírale con amor... Tu problema principal es, como sabes, la dureza del corazón. Pues, al ver su corazón roto de tanto amar, podrás entender mejor lo que significa misericordia. Acércate bien a Jesús para que, junto a su hoguera, se pueda encender un poquito tu corazón. Entonces, sentirás deseos grandes de agradecer, de alabar, de amar.
Mira, en fin, con deseos de liberación... Una de las peores cosas que confesabas era tu afán de posesión y bienestar. Ahora ves a Jesús en la cruz, torturado y despojado de todo. No tiene nada, pero es libre. No puede moverse, pero es el más libre. No goza de ningún placer, pero le espera la dicha plena y definitiva. Que la Cruz de Cristo te ayude a liberarte de tantos apegos y tantas comodidades. ¿Cómo podrás ser seguidor de Cristo, si vas por la vida tan cargado? Libérate de afanes y de cosas; vacíate, pero sobre todo en el corazón...
Examen de conciencia...
Queremos revisar nuestra vida, renovar nuestra vida, renovar nuestra justicia y pedir perdón, celebrando así la misericordia de Dios. Por eso, decimos con sinceridad...
He pecado mucho de pensamiento
Nuestra mente siempre está trabajando, pero depende de nosotros si tenemos pensamientos creativos u ociosos... ¿Cuántas veces pensamos una cosa pero decimos o hacemos otra...? ¿Cuántas veces con el pensamiento, ofendemos a Dios y al prójimo, aunque externamente no aparentemos nada..? ¿Cuántas veces juzgamos mal? ¿Cuántas veces perdemos el tiempo por estar pensando en tantas cosas que no nos llevan a nada bueno, sino por el contrario, nos incitan al mal...? Por eso, pensemos en silencio para sentir verdadero arrepentimiento y poder decir con todo el corazón: “Perdóname, Dios bueno y misericordioso, porque he pecado mucho de pensamiento”.
He pecado mucho de palabra... Pensemos en las malas palabras, dichas, sobre todo, con coraje y odio, con el fin de insultar o herir a los demás... Pensemos en las críticas, las murmuraciones y los juicios destructivos que hacemos de los demás... Pensemos en tantas conversaciones inútiles... Pensemos en las mentiras y excusas que inventamos...
En fin, pensemos en silencio en todo lo que pecamos a través de nuestras palabras, para sentir verdadero arrepentimiento y decir de todo corazón: “Perdóname, Dios bueno y misericordioso, porque he pecado mucho de palabra”
He pecado mucho de obra
Todas nuestras obras que van contra el amor a Dios y al prójimo, son los pecados de los que tenemos que arrepentirnos: Las envidias y los egoísmos... El rencor y la venganza... El no cumplir con nuestras obligaciones ... Las infidelidades a los compromisos contraídos... Todas nuestras obras contra la justicia, contra la caridad...
Y tantas cosas que hacemos y ofenden a Dios a los hermanos.... Por eso, entremos en nuestra conciencia, revisemos nuestras actitudes y nuestros hechos, para arrepentirnos y decir con todo el corazón: “Perdóname, Dios bueno y misericordioso, porque he pecado mucho de obra”
He pecado mucho de omisión... “Yo no mato, ni robo, ni le hago mal a nadie...” solemos decir. Pero debemos también preguntarnos: Y el bien que pude haber hecho... ¿por qué no lo hice? Esa palabra de aliento que no dije... Ese consejo que no di por vergüenza o por miedo... Esa vez que me callé y no defendí a alguien ante una situación de injusticia... Esas veces que no quise comprender a los demás, ni escucharlos, ni ayudarlos... Esas buenas obras que dejé de hacer por comodidad... Ese buen ejemplo que no di... Todas esas veces que “pude” pero “no quise”...
Pensemos, pues, en serio, en todo el bien que he dejado de hacer. Sintamos verdadero arrepentimiento y digamos con todo nuestro corazón: “Perdóname, Dios bueno y misericordioso, porque he pecado mucho de omisión”...
Recemos ahora el “Yo confieso” con plena conciencia...
Plegaria de perdón
Mirando con fe y con amor a Cristo crucificado, pedimosperdón por todos nuestros fallos:
Todos: Oh Señor, escucha y ten piedad.
Por todo aquello que pude hacer y no hice. Por las palabras que callé por pudor, por temor o por el qué dirán... Por los besos que no di y el cariño que callé. Por el trabajo mediocre que hice sin ilusión. Por los días grises que he vivido sin disfrutarlos. Por no interesarme bastante por los demás. Por ir deprisa y no ver al hermano. Por no escuchar al otro, por estar lleno de mí. Por no cambiar las cosas, por comodidad. Por no acoger a los que me eran molestos. por juzgar con dureza los fallos ajenos. Por reír poco y sonreír sin generosidad. Por quejarme en exceso y amargar la vida a los que están a mi lado. Por mis egoísmos, que me hicieron aislarme y pensar sólo en mí mismo. Por mis adiciones que sólo tú conoces. Por mi mediocridad para vivir mi amistad contigo. Por no amar con pasión, novedad e ilusión. Por no construir una iglesia más a tu estilo. Por tener un corazón raquítico. Y por miles de cosas más, Señor, te pido perdón a ti y, sobre todo, a todos mis hermanos que eran los que me necesitaban.
Míranos, Jesús, y sálvanos con tu mirada. Tú, que moriste por nuestros pecados, haznos vivir en el amor.
Confesión de los pecados y absolución...
(Mientras tanto suena música de fondo...) Es el momento de acercarnos al sacerdote y con nuestro gesto mostrar nuestro arrepentimiento y el deseo de recibir la gracia y el perdón de Dios... Es el momento de sentirnos unidos en la debilidad y pedir unos por otros para que los deseos de conversión de todos se hagan realidad...
Mirar a los crucificados
La cruz de Jesucristo se prolonga indefinidamente. No es bueno quedarse mirando con tanta fe y tanto amor al Cristo crucificado “de ayer” y no hacer caso del Cristo crucificado hoy. Jesús sigue crucificado en todo el que sufre la injusticia y el desamor, en todo el que sufre por su pecado o por el pecado de los demás, en todo el que sufre por una razón o por otra. Pongamos amor en todas las cruces: cercanía, comprensión, compasión, ayuda. Pongamos fe: Cristo está ahí, tratemos a todos como a Cristo. Pongamos esperanza: denunciando el mal y la injusticia y anunciando la espera de la Pascua.
Todos: Envía, Señor, tu Espíritu de amor.
Señor Dios, tú quieres el bien de todos los hombres y no quieres que sean destruidos; haz que no reine entre nosotros la violencia, apaga el odio de nuestros corazones, refrena la ira con la que un hombre amenaza a otro hombre. Y que la paz reine en la tierra para todos. OREMOS... Por todos los que mueren solos; sin esperanza de otra vida después de la muerte y sin fe en la resurrección. Señor, Dios, nos has creado mortales y caducos; te rogamos, que no se nos apague entre nosotros la luz de la vida. OREMOS... Señor Dios, consuelo de los afligidos, fortaleza de los débiles, escucha la súplica que te dirigen todos los seres que sufren, todos los que recurren a tu misericordia. Y así tendrán la dicha de saber que Tú eres un Dios de bondad y de misericordia. OREMOS... Oremos para que el Señor nos perdone el mal que nos hacemos unos a otros, al despreocuparnos y olvidarnos de los demás; por no saber entendernos ni soportarnos, porque hablamos mal unos de otros y con frecuencia somos todo rencor y amargura sin ser capaces de perdonarnos. Pedimos perdón por los pecados de todos los hombres, fruto de nuestra gran debilidad. OREMOS...
Padrenuestro
Agradecemos el amor y la misericordia de Dios, que con su perdón hace de nosotros hijos suyos y hermanos los unos de los otros, por eso juntos le decimos...
Acción de gracias y despedida
Hermanos, al recibir el perdón de Dios, hemos vivido un encuentro gozoso con Jesús resucitado. Nuestra alegría y nuestro agradecimiento, nos debe llevar a comunicar a los demás la experiencia del perdón de Dios. Damos gracias cantando: Señor, te damos gracias...
Oremos al Dios que nos ha perdonado.
Dios, Padre bueno, te damos gracias por el perdón recibido. Aquí nos tienes, dispuestos a hacer eficaz la luz recibida, abiertos a tus llamadas. Queremos proclamar que Tú vives, y que tu misericordia es eterna. Bendito seas por los siglos de los siglos. Amén.
Promulgación comunitaria de la penitencia
Cada uno sabe qué signos de conversión ha de cumplir a nivel personal. Pero ya que juntos hemos celebrado el perdón de Dios, vamos a adoptar juntos un compromiso en el que se demuestre que nuestra comunidad ha renacido con un espíritu nuevo.
Os propongo como penitencia... Las tres rejas...
LAS TRES REJAS
El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice: -Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia... -¡Espera! -lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme? -¿Las tres rejas? -Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto? -No. Lo oí comentar a unos vecinos. -Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que quieres decirme, ¿es bueno para alguien? -No, en realidad no. Al contrario... -¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? -A decir verdad, no. -Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.
Bendición
Dios Padre os bendiga y os ayude a ser testigos del perdón celebrado. Y la bendición de Dios rico en misericordia, Padre, Hijo + y Espíritu Santo descienda sobre vosotros. El Señor os ha perdonado. Podéis ir en paz. |

