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Decir que educar hoy a los hijos es difícil es pronunciar un tópico, pero no por eso menos verdadero. Escribía J. L. Martín Descalzo: "Cada vez me convenzo más de la razón que tenía C. Péguy al asegurar que los grandes aventureros del siglo XX son los padres de familia". Efectivamente, cuando hace cuatro siglos un hombre tenía ardiente su corazón, dejaba atrás sus cosas, se embarcaba en un viejo galeón, llegaba a las Américas, cruzaba montes y cordilleras, y descubría un nuevo mar o conquistaba una nueva nación. Hoy, ese mismo hombre de corazón ardiente, emprendería otra conquista no menor: buscaría una mujer, se casaría con ella, y se atrevería a tener hijos y educarlos. Y no precisaría para esto menor dosis de valentía que el viejo conquistador. Tengo, por ello, casi infinita admiración hacia todos los padres de familia. Y no puedo evitar el reírme un poco, cuando la gente pondera el "heroísmo" del celibato. Se necesita mucho más coraje para vivir una paternidad o maternidad enteras y responsables. El problema está en que hay muchos progenitores y pocos padres. "Tres segundos bastan al hombre para ser progenitor, decía una psiquiatra francesa. Pero ser padres es algo muy distinto. Nunca se termina de engendrar lo engendrado". Es difícil educar hoy por diversas razones. Han cambiado mucho las cosas. Ha cambiado la perspectiva pedagógica. Ya no sirve el esquema de premios y castigos empleado antaño, que, aunque se nos ha transmitido, es del todo inadecuado e ineficaz. Por eso, a muchos padres, educados con otras orientaciones en el autoritarismo y el castigo, les ha dejado paralizados. No saben qué hacer. Lo confiesan muchos y se preguntan angustiados: "¿Produciremos traumas con esta actitud en los hijos? Si aflojamos, hacen lo que quieren. Si apretamos, tenemos miedo de pecar de rigoristas". Por otra parte, reconocen los excesos que sufrieron en su educación y no quieren incurrir en lo mismo. En algunos casos los padres viven aterrorizados por la amenaza de la fuga de casa. Hay hijos que chantajean a los padres; como conocen de sobra su fragilidad sentimental, el chantaje da un resultado perfecto... Así es como muchos padres caminan con miedo sobre el lomo afilado de una cumbre entre dos simas: el rigorismo y el permisivismo. La zozobra se agudiza cuando miran a su alrededor y ven comportamientos muy distintos entre los padres que les rodean y se desorientan. Unos creen que están poniendo una pica en Flandes. Otros temen ser raros, ir a contrapelo, y sienten el impuso de "ir como vicentes a donde va la gente". Además, los hijos se encargan de ponerlo de relieve: "Papá, mamá, si a todos mis compañeros les dejan sus padres... si a todos les regalan... si todos tienen... ¿por qué voy a ser yo el raro?". Es realmente curioso, porque a veces en reuniones de padres se pone de manifiesto que la gran mayoría cede creyendo que los otros padres lo hacen con convencimiento. De esta forma, jugando con la hipotética voluntad de los otros padres, los hijos ganan la partida. Por eso es necesario el encuentro periódico y dialogante de los padres en grupos de intercambio de experiencias. Los educadores, padres, pedagogos, catequistas y profesores tenemos que seguir aprendiendo, porque hoy resulta más difícil educar desde el pluralismo y para el pluralismo. A estas dificultades se agrega otra descomunal: "Los primeros y principales" educadores de sus hijos se encuentran con rivales poderosos, muchos "pedagogos" deformantes. Escribe J. A. Pagola: "Hay culturas donde los hijos aprenden de los padres como éstos aprendieron de los abuelos. Se aprende del pasado (cultura prefigurativa). Es lo que se ha dado entre nosotros durante siglos. Hay una cultura en la que los hijos ya no aprenden de sus padres y menos aún de sus abuelos. Aprenden de sus afines o iguales, es decir, de sus compañeros. Ya no se aprende del pasado, sino del presente cultural (cultura configurativa). Es lo que viene ya sucediendo entre nosotros. Los jóvenes aprenden a vivir de los compañeros, del grupo o pandilla de amigos, de la televisión o de las modas del momento. Así se inician a la vida. Hay también otra cultura en la que los que enseñan son los jóvenes. Los adultos se encuentran superados por los cambios tecnológicos y culturales, y los padres tienen que aprender de los hijos puesto que éstos están más 'al día' y se adaptan mejor a los cambios. Algo de esto comienza a suceder entre nosotros. Este clima paraliza a muchos padres: ¿Cómo vivir y transmitir la fe en este ambiente? Es quizás, la dificultad principal".
La educación en los años de mi infancia era mucho más sencilla que la de hoy. No teníamos más que tres educadores: los padres, el maestro y el sacerdote, y los tres decían lo mismo, promulgaban los mismos valores... No teníamos muchas opciones para escoger. Hoy, aun los niños nadan en el pluralismo de ofertas... La calle, el entorno de los amigos y compañeros, la tele. hacen a los niños y jóvenes una oferta de estilo de vida que choca muy a menudo con la del colegio, en contraste corrientemente con la que les hace la familia y la que les hace el contexto religioso en que se mueven. La televisión es uno de los serios rivales de los padres en su oficio de educar. Esta ventana de la banalidad no sólo roba considerables rodajas de tiempo oportuno para educar y convivir, sino que provoca subliminarmente a los pseudovalores con su exhibición ininterrumpida del culto a los ídolos de la sociedad. Según estudios autorizados, "los niños españoles son los que más tiempo dedican a ver la televisión en toda Europa, tras los portugueses, con una media de 176 minutos diarios en los días no lectivos (unas tres horas). De hecho, es en los países mediterráneos donde se registra una mayor tradición televisiva entre los niños. La televisión (a largo plazo y globalmente considerada, claro está -no vamos a ser maniqueos-) termina intoxicando y se la puede llamar corruptora de menores. Es, como otros muchos medios, un "negocio" para ganar dinero: se pone a la venta el producto que sea con tal de que tenga compradores. Así es como hacen dinero explotando las debilidades de los consumidores. Es una especie de prostitución psicológica. Digo que es corruptora de menores porque propone tácitamente modelos de identificación, connaturaliza comportamientos equivocados, altera la escala de valores, banaliza el amor, el sexo y otros grandes valores; más que pluralismo, ofrece un revoltijo subjetivista que lo justifica todo. Sinceramente, me da rabia que un medio que debería servir para elevar y humanizar, hunda y deshumanice. Su intoxicación paulatina y difusa, y por eso más peligrosa, porque es un huésped al que se acoge con toda naturalidad, ha de poner a los padres en estado de guardia permanente. Afirma O. González de Cardedal: "Es cierto que antes la escuela y la familia daban el 80% de los saberes y convicciones. Hoy esta relación se ha invertido y son la calle y los medios de comunicación los que crean las vigencias y creencias en las que se apoyan y desde las que se identifican los hombres". Algunos llegan a hacer porcentajes de influencia educacional, ciertamente difíciles de calcular, pero sí son indicativos. Se dice que en la educación del niño la familia influye, en el mejor de los casos, un 30%, la escuela un 10% y el ambiente de la calle y los amigos un 60%. Esta situación ha creado en muchos padres una sensación de desaliento e impotencia, llegando a la conclusión de que no se puede hacer nada o casi nada en la familia. |

