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Uno de los lugares de misión más sugerentes de una comunidad cristiana son las celebraciones de Exequias. La convocatoria que nosotros no conseguimos con nuestros planes pastorales; lo consigue la muerte. La muerte convoca y reúne. Y en la hora de la muerte muchos se hacen preguntas religiosas. Es un momento que debiéramos de cuidar con mucho esmero. La fe en Jesús nos lleva a acoger el dolor, a estar junto a los que sufren, a sintonizar con lo más profundo del ser humano que toca su límite y, desde ahí, mirar hacia la otra Orilla habitada por el que venció a la muerte, Jesucristo. Animados por esta preocupación en esta página iremos colocando diversas celebraciones, oraciones y reflexiones para enriquecer un momento privilegiado y significativo de nuestra pastoral cristiana.
Celebración Cristiana de la muerte
Monición de entrada:
Nadie debe sentirse fuera de lugar porque sea religiosa la forma de este acto. Nada hay humanamente más justificable que la solidaridad en el dolor y Jesús de Nazaret fue profundamente humano. Deseamos que estos momentos sean, más que una misa, un encuentro de corazones. Donde hay amor allí está Dios. Queremos que sea una manifestación de cariño hacia el difunto y de solidaridad en el dolor con vosotros, los familiares y amigos. Esperamos que suavice como un aceite, la herida que sentís en este momento. Desde la fe cristiana, lo que celebramos no es la muerte sino la vida: alguien nos dice en nuestro interior que la muerte no tiene la última palabra, que a N., no lo hemos perdido para siempre.
Pedimos perdón
Al comenzar esta celebración vamos a presentar nuestras vidas ante Dios y reconocer que no todo en ellas es limpio, claro y transparente. Por eso vamos a comenzar pidiendo a Dios perdón por nuestras faltas y pecados.
Tú que siempre nos perdonas porque nos quieres mucho. Señor, ten piedad... Tú que siempre nos ayudas porque nos quieres mucho. Cristo, ten piedad... Tú que siempre nos escuchas porque nos quieres mucho. Señor, ten piedad...
Rito de la Luz
En señal de nuestra esperanza en Jesús resucitado, encendemos esta llama. Que el resplandor de esta luz ilumine nuestras tinieblas y alumbre nuestro camino de esperanza hasta el encuentro definitivo en el Reino de la Luz y de la Paz. (Mientras se enciende el Cirio Pascual) Canto: Luz de nuestras vidas...
Oremos
Te pedimos, Señor, por N., Que nos fue tan cercano y querido y por eso nos hemos reunido junto a él. Concédele esa vida feliz y dichosa que tanto deseó. Y a nosotros, concédenos fuerza para seguir unidos entre nosotros y junto a Ti, así podremos cumplir con nuestros sencillos deberes de cada día, como personas y como cristianos. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Encuentro con la Palabra
Monición:
Los creyentes en Dios somos una gran familia y tenemos nuestra historia. El texto que vamos a escuchar nos habla de Abrahám, uno de los hombres más antiguos que confió en Dios, a pesar de tener que pasar pruebas difíciles. Dios nos hace pasar por momentos duros, pero, si confiamos en Él, sale a nuestro encuentro y nos salva.
Lectura del libro del Génesis:
En aquellos días el Señor dijo a Abraham: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre”. Abraham marchó, como lo había dicho el Señor, en dirección a las tierras de Canaán, con su mujer Sara. Allí construyó un altar en honor al Señor, que se le había aparecido. Cuando Abraham tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: “Yo soy el Señor tu Dios. Camina en mi presencia con lealtad. Este es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos. A tu mujer Sara la bendeciré y le daré un hijo. Lo llamarás Isaac. Con él, y con sus descendientes, estableceré un pacto para siempre”.
Palabra de Dios
Salmo:
Evangelio:
Hay un modo de que la muerte no nos cueste tanto dolor y lágrimas. Jesús mismo nos lo va a enseñar: se trata de hacer el camino de la vida unidos a Él y con la esperanza puesta en su Reino del Cielo. Vamos a escuchar esta parábola del evangelio que escribió San Marcos.
Lectura del Santo evangelio según San Marcos:
Dijo Jesús: - El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana. La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Dijo también: - ¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza. Al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.
Palabra del Señor
Homilía
Nunca es fácil ni cómodo tener que decir una palabra en una situación como ésta. Porque ante el hecho de la muerte nos encontramos como desamparados. N.... se ha ido de entre nosotros y hoy lo enterramos. Sí, amigos, la muerte es un hecho que, de vez en cuando, se enfrenta con nosotros y que nos debiera hacer pensar. Por más que queramos olvidarla, por más que nos preocupen los problemas del mundo y de la vida..., la lucha y el trabajo de cada día..., por más que queramos evadirnos en la diversión o en el goce..., de tanto en tanto, se nos hace presente la muerte, y a veces muy de cerca: - a menudo nos reunimos en la Iglesia para rezar o acompañar a un familiar, a un amigo, un conocido o un vecino... - Algunos de los que estáis aquí sois viudos o viudas y en momentos como estos, os volvéis más sensibles a la tristeza del corazón... Sí, la muerte es un hecho que tenemos que afrontar, aunque a veces intentemos esquivarla. Y al instinto cristiano le corresponde ser valiente y dar cara al sentido de la muerte, razonable y honradamente. Hay que hacerle cara, porque es una realidad de la que nadie podemos escapar. Cuando muere un miembro de la familia o un compañero o un vecino o un amigo... se nos recuerda, muy vivamente, que eso también me tocará a mí. Un día yo moriré. Y pensar eso es bueno. Eso nos debe ayudar a considerar nuestra forma de vivir. ¿Cómo haríamos el proyecto de nuestra vida en el momento de la muerte? ¿Cómo me gustaría haber vivido el día de mi muerte? ¿Igual que estoy viviendo?... ¿Cuántas de nuestras luchas, de nuestras aspiraciones, de nuestros deseos... parecen vanos en este momento? ¿Cuántas de nuestras divisiones, de nuestros odios, rencores, enfrentamientos y razones... parecen absurdos e infantiles en un momento como éste? La vida nos divide a los hombres. En la vida, cada uno seguimos los propios caminos. Indiferentes ante casi todo y ante casi todos. O, al menos muy distantes. La enfermedad, el dolor y sobre todo la muerte parecen ser algunas de las pocas situaciones que nos acercan a todos. Estimulan nuestra solidaridad, despiertan nuestra sensibilidad en medio de una convivencia cada vez más egoísta e individual. Ahora mismo, nos congrega en el templo este sentimiento solidario. En buena parte, queremos expresar a N..., todo lo que no hemos sido capaces de manifestarle mientras vivió. Y lo mismo queremos expresar a sus familiares más cercanos. Y tal vez, estos sentimientos, sean poco duraderos. Pronto nos envolverá a cada uno la vida diaria, con sus problemas y preocupaciones... Pero en estos momentos, estos sentimientos son sinceros. Nosotros, ahora, queremos acompañar con nuestra oración y nuestro recuerdo a N.... en ese encuentro misterioso con Dios. Es no sólo un sentimiento de solidaridad el que nos ha hecho reunirnos aquí. Hay también un motivo religioso. En estos momentos, en que nada humano podemos hacer por N...., sí podemos y debemos hacer como creyentes, lo único que se puede hacer: pedir a Dios por N... celebrando esta Eucaristía. En ella diremos a Dios: “En tus manos, Padre de bondad, encomendamos el alma de N...” Es como si dijéramos a ese ser querido: “Te seguimos queriendo, pero tú te has ido. Sin embargo, sabemos que te dejamos en mejores manos. Esas manos de Dios son un lugar más seguro que todo lo que nosotros podíamos ofrecerte. Dios te quiere como nosotros no hemos sabido quererte. En él te dejamos confiados”...
Oración de los fieles
Oremos, hoy más que nunca, por todos los que más llevamos en el corazón, por N., que nos fue tan querido, y por todos los que nos hemos reunido a su alrededor. Oremos diciendo todos:”SEÑOR, ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN”. . Te pedimos, Señor, por N., tu hijo/a y nuestro amigo/a, que sus buenas obras nos sirvan de ejemplo y que todos sepamos respetar la fe y el amor que nos deja en testamento. Oremos Te pedimos, Señor, que siga viviendo para siempre en sus hijos, en nuestros corazones y en tu casa del cielo. Que los que estuvimos unidos en vida, sigamos unidos a pesar de la muerte. Oremos. Te pedimos, Señor, por todos aquellos con los que convivimos día tras día, por nuestra familia y vecinos más queridos y, también por los que no tratamos por diversos motivos. Oremos. Te pedimos, Señor, por todos aquellos que se sienten solos y olvidados, por los que no tienen casa ni dinero y por los que no encuentran trabajo y se ven privados de lo más necesario. Oremos. Te pedimos, Señor, para que todos los días tengamos pan en nuestra mesa, que no nos falte el sol y la lluvia a su tiempo y que sembremos paz en nuestro corazón y a nuestro alrededor. Oremos.
Oración: Ponemos nuestra vida en tus manos, Señor. Danos luz para ver el camino a seguir, confianza para escuchar tu voz, y fuerza para aceptar nuestra misión. Amén.
Oración Ofrendas:
Te presentamos, Señor, el vino y el pan, y con ellos, todo el dolor de esta familia en este adiós a N. En estos momentos tan duros se nos hace muy difícil el consuelo, la fe y la esperanza se debilitan. Queremos llegar hasta esa cruz silenciosa, en la que Jesús lo dio todo. Hazte presente entre nosotros, para que en este vacío que sentimos, Tú seas la respuesta. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
- El Señor esté con vosotros.... - Levantemos el corazón... - Demos gracias al Señor, nuestro Dios...
PREFACIO
Señor de la vida y de la muerte, Padre de nuestro Señor Jesucristo, venimos a darte las gracias, porque nos has creado, nos has llamado a la vida, y nos has prometido una nueva vida, después de la muerte. Muchas veces nos rebelamos contra Ti, porque nos duele la separación de nuestros seres queridos y nos cuesta pasar el trago amargo de la muerte. Pero Tú jamás nos abandonas y nos has dejado un guía en nuestro camino: la luz de Jesús Resucitado. Desde entonces sabemos que el hombre que ama no muere, que el justo vivirá para siempre. Una vez más, queremos renovar nuestra esperanza de llegar un día a tu presencia y unirnos a tus santos del cielo para entonar el himno de tu gloria, diciendo:
Santo, Santo, Santo...
Pedimos el pan y la paz
Padre nuestro:
Estamos aquí, delante de Dios, y vamos a intentar dialogar con Él como un hijo habla con su padre. Vamos a intentar decirle lo que somos y necesitamos. Pero no sólo para nosotros, sino para todos nuestros hermanos: que a nadie le falte el pan de cada día y una mano amiga para vencer las dificultades de la vida...mientras rezamos juntos diciendo: Padre nuestro...
Rito de la paz:
Y también, hoy más que nunca, le pedimos la paz. La paz eterna y el descanso en sus brazos para N, y la paz y la amistad para todos los que seguimos caminando. - La paz del Señor con todos vosotros... - Hacemos un gesto por la paz...
Comunión:
En los momentos duros y difíciles de la vida, nos gusta encontrar una mano amiga que nos ayude a superar los momentos de dolor. Jesús es el Amigo más bueno que el pan y nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. - Dichosos nosotros por haber sido invitados a su Mesa... - Señor, no soy digno...
Rito de Despedida
Oración:
Señor, has llamado a tu lado a N. Nosotros preferíamos tenerlo entre nosotros, pero a ejemplo de tu Hijo Jesús, aceptamos tu voluntad. Te damos gracias, Padre, por N... que compartió nuestra vida, que dio lo mejor de sí a los que le rodeaban y que ha partido de entre nosotros para reunirse contigo. Queremos que continúe viviendo en nuestros corazones, que nada de su vida se pierda y que su bondad nos sirva de ejemplo. Te pedimos, Padre, que la misa que estamos celebrando en su recuerdo, que el dolor y la esperanza que sentimos, y que el cariño y la amistad con los suyos que estamos compartiendo perpetúen su memoria entre nosotros. Te pedimos que la solidaridad y el dolor que manifestamos ante Ti nos hagan ser cada día capaces de construir un mundo más humano y más fraterno. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
Aspersión:
En señal de nuestra esperanza en que Dios nos dará un cuerpo nuevo e inmortal, y para dar testimonio de nuestra fe en la Resurrección, yo bendigo el cuerpo de N... Con el agua que le recibió la Iglesia el día de su Bautismo. (Aspersión con agua)
Oración en silencio:
Oremos en silencio haciendo, cada uno de nosotros, nuestra despedida personal a N...
Oración: Dios mío, Señor de la historia y dueño del ayer y del mañana. En tus manos están las llaves de la vida y de la muerte. Sin preguntarnos lo llevaste contigo a la morada santa y nosotros cerramos nuestros ojos, bajamos la frente y simplemente te decimos: está bien. Sea. En tus manos depositamos este ser entrañable que se nos fue. Se acabaron para él/ella los esfuerzos y los sobresaltos. Su ser inmortal descansa en tu seno amoroso, Padre de misericordia.
Agradecimiento de la familia:
Nuestra familia desea agradeceros las pruebas de condolencia, las muestras de aprecio a nuestro querido (nuestra querida) N., y la compañía y oración en esta eucaristía. A él lo (a ella la) hemos puesto en las manos de Dios. Que las nuestras continúen tendidas siempre a los demás. ¡Muchas gracias!. |
