17.- La conversión, una inversión de corazón

 

Todos hemos visto alguna vez una de esas películas en la que «los malos», tras cometer el atraco del siglo, guardan su tesoro en algún lugar escondido. Pobrecillos, ¿para qué sirve tener un tesoro escondido? ¿De qué sirve saber que se tiene un dineral si luego no se puede disfrutar de ello? Soñar con lo que se tiene escondido, con lo que se podría disfrutar y sin embargo se guarda por temor, es la peor condena que se puede poner a alguien.

Sin necesidad de buscar en películas, esta misma situación la vemos en aquellos que se pasan toda la vida ahorrando para que el día de mañana puedan tener una casita en el campo, un coche más lujoso que el vecino o unas vacaciones en la playa que sean la envidia de los amigos: ¡pobres! Cifrar la felicidad del mañana negando la felicidad del presente es algo así como estar toda la semana a dieta para poder hacer un exceso el domingo. ¿No sería más lógico comer cada día lo que se tenga que comer?

 

No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6,19-21).

 

Las historias de algunos hombres parecen estar escritas por el guionista de una de esas películas de las que hablamos antes: se pasan toda la vida guardando y guardando, esperando que lo que tienen no se estropee y soñando con lo que tienen guardado y lo que van a guardar. Ponen toda su ilusión y su esperanza en algo que quizá algún día disfruten pero, de momento, sólo les causa preocupaciones.

 

Lo malo no está en amontonar inútilmente. Cuando hacemos de lo que tenemos nuestro único tesoro, es decir; cuando el corazón se nos llena de ganancias, experiencias del pasado o recuerdos vividos, no dejamos hueco en él para lo verdaderamente importante: el amor a Dios y a los hermanos.

 

Los cristianos tenemos que ser gente con los pies en el suelo -en el presente- sin olvidar que estamos llamados a alimentar un único sueño: el Reino. Todo lo que nos aparte de ese sueño, nos desvía de lo importante, nos hace perder el horizonte.

La llamada que hoy nos hace Jesús es una invitación a revisar cuáles son nuestros verdaderos centros de interés: si tenemos puesto nuestro corazón en cosas caducas y perecederas, estamos perdiendo el tiempo y preocupándonos por algo que, a la hora de la verdad, no es importante. Si, por el contrario, nuestras preocupaciones y nuestros centros de interés son el Reino de Dios y los hermanos, nuestro tiempo y nuestros esfuerzos merecen la pena.

Pero no nos engañemos. No es una invitación al «angelismo», a olvidarnos de nuestra responsabilidad y de nuestro deber de trabajar por hacer presente aquí y ahora ese sueño que alimentamos. Se trata, más bien, de todo lo contrario, de una invitación a preocuparnos y ocuparnos por las cosas de cada día: el estudio, el trabajo diario...

Hay quien, pensando en el futuro, se dedica a amontonar tesoros, embalsamar ilusiones y congelar proyectos: ¿cómo se puede pretender construir algo almacenando, guardando para tiempos mejores... si nunca se considera que hoy es ya tiempo para la cosecha?

 

La preocupación por el futuro puede convertirse en el lastre que nos impida levantar el vuelo y construir el cielo que soñamos y estamos llamados a hacer presente en cada momento.

Poner todas nuestras esperanzas e ilusiones en nuestra capacidad de ahorrar y amontonar puede parecer muy evangélico, pero el mensaje que Jesús de Nazaret nos dejó con su vida y con su muerte no fue el de amontonar, sino el de invertir todo lo que se tiene - incluso la propia vida- en aquello que se espera: el Reino.

Jesús estaba muy preocupado por hacer presente el Reino de Dios, pero la preocupación no es ni productiva ni eficaz. El verdadero mensaje de Jesús no fue su preocupación, sino su ocupación: su entrega sin límites a la construcción de ese Reino que anunciaba y hacía presente con sus palabras y con sus obras.

 

Lo que nos hace ser discípulos del Señor no son nuestras palabras, nuestros propósitos o nuestras buenas intenciones, sino nuestras obras, aquello por lo que apostamos y en lo que dedicamos nuestro tiempo, nuestras cualidades.

 

ORACIÓN

Ayúdame, Señor, a descubrir

que por encima de las cosas que poseo,

y que pueden llegar a poseerme,

tengo un tesoro mucho mayor:

lo que yo soy.

Hazme ver, Señor,

que lo que verdaderamente vale en mí

no es lo que retengo,

sino lo que entrego a los demás desinteresadamente.

Haz que descubra, Señor,

cuál es la riqueza que Tú me has dado:

esas semillas que todos tenemos,

-nuestros talentos-

y que tenemos que hacer fructificar

para que nazcan nuevas semillas.

Haz que mi vida sea, Señor,

sea un continuo sembrar

para que así se cumpla en mí lo que Tú nos has prometido:

que quien entrega su vida por amor no la pierde,

sino que la gana definitivamente.

Hazme, Señor, generoso en la entrega.

Que en lugar de buscar servirme de los demás

y sacar «tajada» en todo,

busque hacer presente en los demás

los dones que Tú me has dado.

Que mi preocupación no sea, Señor,

lo que retenga, sino lo que comparta con los demás.

 

18.- La conversión, una llamada a la autenticidad

 

Carlos estaba convencido de que había descubierto el amor de su vida, pero por si acaso, no dejaba de ver a una segunda chica: «no es bueno cerrarse a nada -se decía-, hay que dejar siempre puertas abiertas para el futuro».

Y sucedió lo que tenía que suceder: los «dimes y diretes», los rumores y los cotilleos hicieron que sus «dos amores» se enteraran de su «doble juego» y que, por tratar de retener dos tesoros, perdiera los dos.

 

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero (Mt 6,22-24).

 

La historia de Carlos quizá nos resulte ajena y lejana; pero si cambiamos algunos términos, quizá nos sintamos identificados con él: es posible que nuestros dos amores sean Dios y el dinero.

Sí, el dinero. Ya sé que quizá nosotros no dispongamos de grandes cantidades de dinero, pero dinero no es sólo lo que se tiene. Cuando Jesús habla del dinero está hablando de lo que nosotros consideramos un tesoro: nuestras posesiones, las cualidades que tenemos, aquello que nosotros valoramos como propio.

 

La invitación que hoy nos hace Jesús no es sólo una invitación a la pobreza, es también, una invitación a la radicalidad: no podemos vivir a medias, nadar y guardar la ropa, navegar entre dos aguas. Cuando uno se compromete con algo lo tiene que hacer «a tope", arriesgando.

El texto evangélico que hoy se nos presenta es una invitación a mirar cuáles son nuestros ahorros, nuestros centros de interés, y quiénes son nuestros señores: lo que está en juego es nuestro nombre -llamarnos o no cristianos- y nuestra identidad -ser discípulos del único Señor, Jesucristo-.

Hay un refrán castellano que nos recuerda que si vives como no piensas, acabarás pensando como vives. La sabiduría que se esconde tras esta máxima es lo que hoy nos recuerda Jesús: si vivimos llamándonos cristianos, pero obramos como si no lo fuéramos, si nos permitimos el lujo de servir ocasionalmente a dos señores, tarde o temprano uno de ellos nos resultará molesto... y acabaremos dejándole, olvidándole, odiándole.

Si el ojo es la lámpara del cuerpo, es decir, si lo que vives, sientes

y conoces te entra por los ojos, y eso no es fuente de verdadera vida, mejor dejarlo. ¿Qué tal si aplicamos esta máxima a nuestro tiempo libre, a nuestras aficiones y nuestros centros de interés?

 

Si la luz y la verdad con la que nos presentamos ante los demás -y ante Dios- no es más que oscuridad, es decir, verdades a medias y mentiras que nos contamos a nosotros mismos, es mejor cambiar de credo.

Tratar de defender una vida «a medias" -en la que defendemos un credo y una serie de verdades que no acabamos de creer y en la que decimos vivir un estilo de vida por el que no acabamos de apostar y no nos implica para nada en nuestras opciones de cada día- es caminar hacia la locura, la insatisfacción y el desencanto. A nosotros no se nos pide que seamos perfectos, pero sí que apostemos por lo que somos. No se nos exige que seamos los mejores en todo, pero sí que demos lo mejor de nosotros mismos en todo lo que hagamos. No se nos reclama ser modelo a imitar por nadie, pero sí que, al ver nuestras obras, seamos coherentes con la verdad que decimos profesar y con el estilo de vida que decimos seguir.

 

Si en verdad estamos convencidos de la Luz que hemos recibido, tendremos que hacer todo lo posible para que esta luz brille en nosotros.

Dejar que en nuestra vida brillen a la vez la luz de Cristo y las «luces de neón" que vende la sociedad actual resulta muchas veces incompatible.

No se trata de «satanizar» todo, pero tendremos que ser lo suficientemente críticos para ver y valorar los focos con los que quieren iluminarnos y las sombras que nosotros, por vivir bajo dos luces, podemos crear en nuestro ambiente y en nuestra relación con Dios.

 

ORACIÓN

 

Quisiera ser, Señor,

una persona coherente:

que diga lo que piensa y viva lo que siente.

Sé que no es fácil:

lo más cómodo es dejarse llevar

por lo que hace la mayoría,

por lo «políticamente correcto»,

pasar desapercibido

y vivir en el anonimato.

Pero la vida fácil supone muchas veces

tener que renunciar a cosas que son importantes.

Vivir acomodado a las circunstancias,

pendiente de lo que los demás piensen

y respondiendo a las expectativas de los otros

tiene sus inconvenientes y supone también renunciar:

a la escala de valores que cada uno tiene,

a la fidelidad,

a la coherencia con uno mismo.

y a lo que Tú nos pides.

No quiero vivir, Señor,

sirviendo a dos señores,

por eso hoy quiero pedirte a Ti,

el Verdadero Señor de mi vida,

que me ayudes a ser yo mismo:

que nada ni nadie en mi vida

pueda más que lo que yo pienso, siento y creo.

Tú quieres que yo sea Luz,

que sea transparente, coherente y fiel

a Ti y a mis ideales.

Ayúdame, Señor, a cumplir tu voluntad.

 

 

19. La conversión, un camino de solidaridad

 

Hace unos años acompañé a un misionero a dar una vuelta por Madrid. Como buen guía turístico, antes de comenzar a andar le pregunté con toda educación dónde quería ir. Su respuesta no se hizo esperar:

-«Al Corte Inglés».

En mi intento de hacer las cosas lo mejor posible le pregunté si necesitaba comprar algo y le recordé que quizá podríamos comprar lo mismo en otro lugar que resultara más barato.

Mi «compañero» insistió sin dar explicaciones. Yo pensaba que lo que quería era ver cosas para su misión, pero cuál sería mi sorpresa al ver que, después de pasar largo tiempo recorriendo todas las plantas, salíamos de la tienda con las manos vacías.

-«No ha encontrado nada que le guste» -le pregunté.

-«Mira -me dijo- no he venido a comprar nada, porque no necesito nada. Simplemente he venido a ver cuántas cosas hay que no me hacen falta».

 

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. 

¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? (Mt 6,25-26).

 

La experiencia de los que han estado viviendo en la opulencia del Primer Mundo y optan por trabajar y vivir en la miseria se resume en pocas palabras: ¡cuántas cosas nos sobran! Y lo malo no es que nos sobren, sino que las valoramos más de lo que realmente se

merecen.

¿Qué hay en el mundo que realmente tenga valor, que podamos decir que es intocable? Sólo una cosa: el hombre.

 

«Sí -dirá alguno- por eso nos va como nos va: hambre, droga, violencia, pobreza...». E incluso habrá quien, tratando de hacer de esto una lectura de fe, se preguntará: «¿En qué se nota que nuestro Padre celestial nos cuida?».

La respuesta no puede ser más fácil: en que nos ha puesto en el mundo a todos los que nos llamamos sus hijos para que cuidemos de nuestros hermanos, en que cada uno de nosotros, si nos reconocemos como «hijos de Dios», estamos llamados a reconocernos también «hermanos» de los que viven a nuestro lado.

Nuestra preocupación por el futuro no será, entonces, cuánto dinero tengo ahorrado o cuántos méritos he hecho para tener el futuro bien asegurado, ni qué vestido ponernos hoy, a qué bar ir esta noche o cuántos sobrecillos de azúcar echar en el café para no perder la línea.

El evangelio que hoy tenemos en cuenta es una invitación a la confianza en Dios: nuestro mayor tesoro, por lo único que merece la pena perder el sueño, será la vida misma.

 

Teniendo la vida, la única preocupación del cristiano ha de ser generar vida y solidaridad en el mundo para que nadie viva pensando qué comerá o con qué se vestirá.

No merece la pena que nos preocupemos por cosas secundarias

-el color del vestido o el menú del día- pues eso no es lo importante. Teniendo con qué vestirnos y qué comer, lo importante está satisfecho y la única ocupación será que los demás -aquellos a los que en la oración llamo «hermanos»- no se encuentren «con el culo al aire» o con el estómago vacío.

Si nos consideramos hijos de nuestro Padre celestial, lo único que debería ocuparnos es hacer que todos vivamos como hijos, que compartamos la misma mesa, que no haya hijos de «segunda categoría» o «del Tercer Mundo».

 

Dios no va a venir a vestir la desnudez del que está a nuestro lado, ni a saciar el hambre de cuantos no tienen qué comer. Para eso cuenta con nosotros, sus hijos.

Mientras tengamos a nuestro lado -o en el Tercer Mundo- hermanos que pasan hambre o se ven desnudos y a la intemperie, tendremos que mirarnos a nosotros mismos y decirnos: «¡cuántas cosas tengo que no necesito!». Y es que, con lo que a mí me sobra, le estoy privando a los que viven en necesidad de experimentar la presencia de Dios en sus vidas a través de la solidaridad que estamos llamados a vivir.

 

ORACIÓN

 

Algunas veces, Señor,

me avergüenzo al ver el estilo de vida que llevo.

Es cierto que no poseo grandes cosas,

pero ¡son tantas las cosas que me sobran!

y de las que no me sobran

¡es tanta la dependencia que tengo!

Son pequeñas tonterías, Señor, que me han cogido el corazón.

Si me pongo a pensarlo,

Señor, creo que tengo de «casi todo» y que lleno de cosas,

quizá lo único que me falte seas Tú.

Vivo pensando en el futuro -en mi futuro-

como si todo dependiera de mí,

y me olvido de que cuanto soy

y cuanto tengo

te lo debo a Ti.

Vivo haciendo mis planes

sin tener en cuenta que Tú tienes un plan para mí

y para los que están a mi lado.

Vivo desde mí

y me olvido de Ti y de mis hermanos.

Ayúdame, Señor,

a mirar más allá de mis propios intereses

para hacer hueco en mi vida

a los intereses de los demás.

Ayúdame a descubrir el verdadero valor de las cosas

ya que, en lugar de confiar sólo en mis posibilidades,

confíe más en Ti.

 

 

20.- La conversión, una mirada a lo necesario

 

Normalmente cuando uno está trabajando quiere tener asegurado una serie de mínimos: saber qué es lo que tiene que hacer exactamente, que se reconozca el valor de lo que hace y que con su trabajo puede mantenerse.

En nuestro caso, en el caso de los que queremos trabajar en la construcción del Reino de Dios, puede sucedernos lo mismo: que queramos saber qué es en concreto lo que tenemos que construir -el espíritu de las «bienaventuranzas»-, que se nos reconozca el valor de lo que hacemos - nuestro reconocimiento es precisamente saber que somos bienaventurados (felices) y que aún lo seremos

más- y que tengamos los mínimos fundamentales para poder sobrevivir en nuestro intento -el alimento necesario para poder seguir construyendo el Reino es precisamente Dios-.

Una vez que Jesús nos ha presentado en este discurso de la montaña parte de sus enseñanzas quiere animar al auditorio recordándonos cómo los mínimos, sin necesidad de pedirlos, ya los tenemos, y cómo, teniendo lo fundamental, no es necesario que nos inquietemos pensando en cosas que pueden resultar secundarias -secundarias no porque vayan en segundo lugar, sino porque en el orden de importancia no son lo fundamental-.

 

Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido ¿por qué preocuparos? Observad lo lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la vista así, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados ni diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo ello. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: él se preocupa de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt 7,27-34).

 

¿Cuál es nuestro trabajo, nuestra misión? La respuesta se hace evidente: la construcción del Reino. Pues bien -nos recuerda Jesús- entreguémonos de lleno al Reino y no andemos preocupados por cosas que nos pueden apartar de nuestro fin... porque Dios, que es infinitamente más bueno de lo que pensamos, se anticipa a nosotros y nos las da.

Pero, pongamos las cosas en su sitio. Con esto no se quiere decir que tengamos que ser angelitos que se alimenten del aire o desarrapados que vistan de cualquier manera. Si se puede, habrá que comer bien y vestir con dignidad -sin llegar a anular con nuestro alimento y nuestra vestimenta el testimonio de Justicia que el Reino exige-, y si no se puede, tendremos que garantizarnos unos mínimos -en función de la solidaridad que el Reino nos pide- pero sin que nuestra preocupación por la comida o la ropa sean anti-testimonio del verdadero valor que perseguimos: la Justicia.

 

La preocupación del seguidor de Jesús tiene que ser la de ocuparse de lo fundamental: la construcción del Reino.

Es posible -o quizá debería de ser así- que en nuestro empeño por construir la justicia de Dios tengamos que pasar hambre o ir mal vestidos. La certeza de estar cumpliendo con la Voluntad de Dios debería ser entonces nuestro alimento y nuestra mejor vestidura.

Pero, por encima de todas estas preocupaciones, tiene que estar nuestro corazón abierto y en actitud de agradecimiento para ver que, quizá sin merecerlo, nosotros seamos como las hierbas del campo que ya tienen asegurado todo lo que necesitan.

Si ni siquiera somos capaces de añadir un codo a la medida de nuestra vida; es decir, si cuanto somos y tenemos está en manos de Dios: ¿qué motivos tenemos para desconfiar de Él?

 

Jesús no sólo nos propone una misión y un estilo de vida, sino que también nos ofrece un porqué y un por quién: por un Dios que nos quiere sin medida y que, antes de pedirnos el fruto de nuestro trabajo, ya nos ha ofrecido su recompensa.

Dios no nos pide una «fe a ciegas» ni nos exige «un trabajo sin recompensa», es más, para alentarnos en lo que somos y en lo que tenemos que hacer nos libra de toda preocupación que no sea lo fundamental: construir su Reino, hacer su voluntad. Todo lo demás vendrá por añadidura.

 

ORACIÓN

 

Gracias, Padre Bueno,

porque nos has dado la vida.

Tuya es, y está en tus manos,

por eso, Padre, quiero pedirte

que nos ayudes a confiar más en Ti

para que sepamos aceptar en ella tu voluntad.

Gracias, Padre Providente,

porque lo mismo que haces

con las hierbas y los lirios del campo,

Tú velas y proteges a cada uno de nosotros,

por eso, Padre, quiero pedirte

que nos hagas capaces de disfrutar

de los bienes que nos has dado

en lugar de andar preocupándonos inútilmente

por lo que vayamos a comer

o la ropa que nos vayamos a poner.

Gracias, Padre Justo,

porque dentro de tu bondad y tu providencia,

nos quieres liberar de preocupaciones y fatigas inútiles

para que vivamos pendientes sólo de una cosa:

hacer realidad aquí y ahora tu Reino,

por eso, Padre, quiero pedirte

que me abras los ojos para ver

las verdaderas necesidades de este mundo

y me ayudes a comprometerme de lleno

en hacer que todos los hombres puedan disfrutar de tu justicia.

Tú no nos quieres, Señor, preocupados,

sino ocupados con la mente, el corazón y las manos

en hacer realidad tu Reino,

por eso quiero pedirte, Padre,

que nos des inteligencia para defender la Verdad,

sensibilidad para amar a todos

y habilidad para trabajar eficazmente

en la edificación de tu Reino.

Cuadro de texto:  Caminos de 
 conversión