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Animar es el verbo....
Animar es cosa de todos. Ser animador es cosa de algunos. Todos podemos, de una forma u otra, alentar a los que están, a los que vemos psicológicamente caídos o alicaídos a nuestro lado. Todos hemos de animarnos mutuamente...., porque los entusiasmos y las depresiones suelen ser alternativos en unos y en otros. Como afirma el dicho castellano: “La risa va por barrios”... Pero si animar es cosa de todos, ser animador es cosa de algunos; alentar a un grupo, guiarle, eso no es cosa de todos, sino de quienes están llamados y tienen carisma y se preparan para ello. Vamos a hablar en primer lugar de animar; y en segundo lugar, del animador. Hay tres maneras de actuar con respecto a los demás: frenándolos, sosteniéndolos y empujándolos; de lo que se trata, por tanto, es de animar para empujar, para dinamizar sus manos, sus pies, su inteligencia.
Transcribo una reflexión de Martín Descalzo, publicada en la Revista Blanco y Negro. Él la dirige a los cónyuges, pero tiene perfecta aplicación a toda persona que nos es próxima, cercana, a aquella con la que vamos en compañía por el camino de la vida. “Un buen amigo me presenta a su novia y, un día, me pregunta qué me ha parecido. Y yo vacilo antes de contestarle, pues sé que no hay cosa más difícil que decirle a alguien la verdad sobre la mujer amada, a la que, precisamente porque le ama, idealiza e idolatra. Pero como la verdad me parece, a fin de cuentas, más importante que dar gusto a un amigo, le digo que yo suelo dividir a las mujeres de los amigos que conozco en mujeres que frenan, mujeres que sostienen y mujeres que empujan; y su novia me ha parecido de las segundas. ¿Qué distinción es esa? Me pregunta.... En la vida –le digo- he conocido muchas mujeres que frenan y empequeñecen a sus maridos. Son las egoístas, las egocéntricas, las partidarias de la felicidad barata que acaban recortando los sueños de sus maridos, apoltronándolos, empujándolos al dinero fácil y a renunciar a esos sueños que, alo mejor, eran improductivos, pero que eran lo mejor que esos hombres tenían. Cuando alguien se casa con una de esas mujeres ya puede abandonarse a la mediocridad, pues no hay, aparte del egoísmo personal, lastre mayor que el de tener en la propia casa alguien que se dedica a frenar el alma. ¿Y las mujeres que sostienen?, pregunta mi amigo... Son –le explico- esas mujeres fuertes que están ahí, como una muralla ante los fracasos y el dolor. Las mujeres que son estupendas para las horas amargas, para los días bajos, porque saben recibir con una sonrisa un “!ánimo!” a quien llega con el alma por los suelos. Son estas mujeres estupendas, tal vez las mejores para el hombre medio. Les falta, en cambio, el coraje para empujar, para exigir más e incitar a seguir avanzando. Por eso son insuficientes para un marido que tiene el alma llena de esperanzas y que ve su vida como una gran tarea. Estupendas para los tímidos y tranquilos, se quedan cortas con los que nacieron con mucha alma. ¿Y eso sólo ocurre con las mujeres? NO, NO... También hay hombres frenantes, hombres sostenedores y hombre multiplicadores de sus mujeres. Y hasta voy a decir que el hombre frenante es más frecuente que la mujer con freno. Esto es así porque es más frecuente el varón que considera que su mujer ya no tiene que desarrollarse más y que se contentan con que sean y se conversen bonitas. Estos tales son una especie de congeladores de sus mujeres, a las que van reduciendo a una terca vulgaridad sin aspiraciones. ¿Entonces... la pareja ideal? La pareja ideal es la que junta a dos multiplicadores, aquella en la que los dos consideran como obligación suya empujar a ser más, a estirar las almas. Felices los que se multiplican el uno por el otro; felices los que son estímulo y no freno. Y más felices aún quienes saben transmitir a sus hijos esta obligación de tener despierta el alma. Esas familias son, en rigor, las únicas verdaderamente dignas de la raza humana”. Hay pues, personas que “restan”, restan entusiasmos, ilusiones, proyectos; hay personas que “dividen” penas y sufrimientos (“una pena entre dos es menos pena”) y con ello suman fuerzas; pero las hay que con el apoyo no sólo suman sino que “multiplican” energías. El resultado de la unión de sus esfuerzos, de sus cualidades no es sólo la suma de los dos, sino una verdadera multiplicación.
Frenar
Hay una tarea diabólica, realizada generalmente de forma inconsciente, pero asoladora como un vendaval. ¡Ayudadme a ser hombre! –gritaba suplicante Miguel Hernández-¡No me dejéis ser bestia!”. Estamos llamados a prestarnos el socorro mutuo para que vayamos humanizando la bestia que llevamos dentro y crezca en nosotros el ángel, lo que hay de hombre, de hombre-nuevo, en expresión de San Pablo, persona libre y digna, hijo de Dios... Con frecuencia, de muchas formas y maneras, los hombres hacemos al revés; nos alimentamos mutuamente la bestia y herimos al hombre que llevamos dentro. Todo lo que hay en nuestras vidas que rezuman negatividad, egoísmo, mediocridad, constituye para los que nos rodean una provocación a la deshumanización; dificulta a los demás ser las personas que habrían de ser, que Dios quiere que sean. Les “desalienta”. Equivale a tirar del otro para atrás cuando está subiendo. Por eso Jesús es terriblemente duro con los escandalosos, con los que provocan al mal... Esta actitud es especialmente perversa en aquellos que tienen justamente la misión contraria: padres, educadores, pastores o amigos.... Ser reductores psicológicos de cabezas, de corazones de espíritus humanos, es un pecado escalofriante... Conocemos a padres que llevarán consigo a la tumba el remordimiento de algún descuido que tuvo como consecuencia la pérdida de un dedo del hijo porque en una distracción suya se lo pilló el ascensor o porque se lo aplastó la puerta del coche, porque por un descuido un perro le clavó los dientes en la cara y le quedaron cicatrices, porque, a tanto insistir, al final accedieron, le compraron la moto, tuvo un accidente, y ha quedado parapléjico para toda la vida... Lo recuerdan a veces entre lágrimas. Remordimientos, asimismo, por la culpabilidad en el fracaso profesional: porque le quitaron las ilusiones de ser lo que él quería y se negó a hacer otra carrera, porque le incitaron a trabajar antes de tiempo, porque no hicieron un seguimiento de su carrera y, al final, ni sacó el título... Lo cuentan a veces los padres amargados y contritos. Todo ello resulta perfectamente explicable. En cambio, no sé de nadie, absolutamente de nadie, que me haya confidenciado que tiene remordimientos porque con su autoritarismo, con su falta de ternura, con su superprotección o por sus mimos y caprichos ha contribuido a que su hijo haya quedado tarado para toda la vida, le hayan quedado cicatrices, traumas, limitaciones en su psicología. No caen en la cuenta que los complejos, las manías, los traumas condicionan mucho más la felicidad y el desarrollo personal que las mutilaciones y las cicatrices del cuerpo. Es sumamente decisivo para la realización y para la felicidad de la persona enseñarle a ser libre, a desarrollar armónicamente la afectividad, a saber relacionarse con sentido positivo, a ver la vida con optimismo, a ser solidarios... Y esto es válido para todas y cada una de las personas con las que convivimos: Tenemos la estremecedora posibilidad de hacerles fracasar, de disminuirlos en lugar de ayudarles a crecer. Este pecado se comete con el pensamiento, palabra y obra. Con la simple mediocridad de una vida apagada que no sólo no incita sino que frena simplemente con el propio estilo de vida. En nuestro convivir parecería que sólo son reprobables y, de hecho, casi únicamente se tienen en cuenta los gestos y las acciones que lesionan físicamente, los malos tratos físicos. Los golpes son escandalosos pero no duelen tanto ni tienen unas repercusiones tan nefastas como los malos tratos psicológicos. Es preferible un bofetón, cuyo sufrimiento pasa al instante, que un insulto malévolo que queda clavado como una banderilla, que infecta de pesimismo, autodesprecio y desesperación. Las expresiones irónicas y descalificaciones y las actitudes despectivas: “Eres un perfecto inútil...”... “no traes más que problemas...” “no hay nada que hacer contigo”... generan una falta de autoestima que puede sumir a las personas en la desesperación, en una actitud depresiva. Con frecuencia se viven las relaciones humanas con una gran irresponsabilidad sin apenas tener en cuenta las graves repercusiones que pueden tener nuestras palabras, gestos y actitudes en la psicología de las personas con quienes convivimos. Es un fenómeno curioso. No hay apenas sensibilidad para estos pecados tan perjudiciales para el prójimo. Y aquí ya no se trata de pequeños gestos o palabras dichas a la ligera y poco en serio, que no repercuten de forma decisiva en su autoestima, sino del comportamiento general frente a los otros. Lo importante es la respuesta a esta pregunta: ¿Qué imagen les reflejo de ellos mismos? ¿Sienten que les valoro, que espero algo de ellos, que me enriquecen, que tengo mucho que agradecerles, o perciben, aunque sea de forma inconsciente, que son para mí un cero a la izquierda? Advierto: Esto no se puede disimular; o se siente y se vive o se descubre de forma inmediata la simulación. ¡Cuánto fracaso! ¡Cuánto fracaso! por culpa de hombres y mujeres que, en vez de dar alas a los demás, se las han cortado. ¡Cuántos grandes proyectos abortados por culpa de personas con su pesimismo, con el desaliento que siembran, por la desconfianza que infunden, han anestesiado a espíritus despiertos!. Estos sujetos son asesinos sociales porque son asesinos de esperanzas... En este sentido, todos hemos sufrido, sin duda, atentados contra nuestros sueños, contra nuestros proyectos, contra nuestros anhelos de hacer algo que merezca la pena, que rebase el límite de lo ordinario... Esa es mi experiencia... en mi labor de compositor... Cuando publiqué mi primer disco: “Señor, tú me conoces” un compañero me dijo: “Bueno, tampoco se perdería mucho si no lo publicases”. Yo no sé por qué tienes que complicarte la vida...” Esta actitud un tanto indiferente por parte de quien yo valoraba, no diré que me desalentó (porque ya voy por el disco 23) no, pero sí que fue como un puñetazo en pleno rostro... Como todos, me he encontrado en mi vida con personas-freno, que no creen en las posibilidades de los demás y que, muy preocupadas del ahorro de sus fuerzas, tratan de asesinar esperanzas. “No te empeñes en organizar ningún grupo de matrimonios, porque la gente es muy reacia; no vas a lograr nada”... “No te empeñes en organizar grupos ni crear comunidad, que la gente no está por la labor... ¿Quién puede contabilizar los abortos provocados por estos agoreros fatalistas? Estos desalientos sufridos me han hecho comprometerme a no matar ni la más mínima esperanza en los demás, ni desdeñar el más mínimo proyecto cargado de ilusión. Por el contrario, me he comprometido seriamente a alentarlos Persona que frena es la que en todo ve obstáculos insalvables e inconvenientes, sólo percibe dificultades y sólo prevé fracasos... ¡No seas soñador! ¡Pisa tierra! ¡Parece mentira que a tus años andes con estos quijotismos!... Echar baldes de agua, en vez de leña, a la hoguera del entusiasmo junto al cual se calienta el otro o los otros, es un delito de lesa humanidad, es un atentado a la vida del otro. ¡Qué finamente ironiza Richard Bach en su relato “Juan Salvador Gaviota”: “Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota (Juan Salvador), sin embargo, no era comer lo que importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar. Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de planeos a baja altura, experimentando... -¿Por qué, Juan, por qué? –preguntaba su madre- ¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la bandada, Juan? ¿Por qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no comes? ¡Hijo, ya no eres más que hueso y plumas! No me importa ser sólo hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo saber qué puedo hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo saberlo. Mira, Juan- dijo su padre, con cierta ternura- El invierno está cerca. Habrá pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido a las profundidades. Si quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo conseguirla. Esto de volar es muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes? No olvides que la razón de volar es comer. Juan asintió obedientemente. Durante los días sucesivos, intentó comportarse como las demás gaviotas; lo intentó de verdad, trinando y batiéndose con la bandada cerca del muelle y los pesqueros, lanzándose sobre un pedazo de pan y algún pez. Pero no les dio resultado. Es todo tan inútil, pensó, y deliberadamente dejó de caer una anchoa duramente disputada a una vieja y hambrienta gaviota que le perseguía. Podría estar empleando todo este tiempo en aprender a volar. ¡Hay tanto que aprender! (Richard Bach, Juan Salvador Gaviota, Pomaire, Barcelona, 1972, pp12-15)
¿Se daba cuenta Pedro Bernardone, que encarnó exactamente la figura del padre de Juan Salvador Gaviota, del peligro que creó de que la Iglesia, la humanidad entera, hubiera perdido a un Francisco de Asís por tener a su heredero de jefe de su comercio de telas finas de Venecia? Intentó cortar las alas a este maestro universal de vuelos espaciales, humanos y evangélicos. Menos mal que el enamoramiento fogoso de Francesco por Jesús de Nazaret le hizo superar con suma facilidad la tentación. En cambio, Juan Claret, sí se dio cuenta de que no podía truncar el proyecto de Dios sobre su hijo Antonio si se oponía a su vocación religiosa. Por eso, con una soberana sensatez, a pesar del tremendo disgusto que suponía por las esperanzas que tenían sobre él todos los miembros de la numerosa familia como genio que era del arte textil, después de haber escuchado su proyecto de hacerse “fraile cartujo”, “como era buen cristiano –según el testimonio de su hijo-, me dijo: “Yo no quiero quitarte la vocación. Dios me libre; piénsalo bien, encomiéndalo a Dios y consúltalo bien con tu director espiritual, y si te dice que es ésta la voluntad de Dios, la acato y la adoro, por más que lo sienta en mi corazón; sin embargo, si fuera posible que, en lugar de meterte fraile, fueras sacerdote secular, me gustaría. Con todo, hágase la voluntad de Dios”. Juan Claret es un padre que da alas a su hijo, no se las corta, para que vuele por los horizontes de la vocación a la que Dios le llama.
Sostener
Dice bellamente una canción religiosa: “Una pena entre dos es menos pena, la alegría es mayor, si se reparte, la oración por el otro, es más perfecta”. Se anima, se reanima, compartiendo. Las alegrías y las penas, la vida entera. La persona se reanima, cuando siente a su lado alguien compadeciendo, simpatizando, cuando alguien se funde con el otro en un abrazo, cuando se aprieta la mano y permanece cogido a él. Entonces las alegrías se multiplican y las penas se dividen. ¡Quién no tiene experiencia de esto! Quien comulga psicológicamente con el otro, le sostiene, como diría Martín Descalzo. Compartir la alegría se expresa con el vocablo propio, “congratulación” (alegría con); equivale a hacer propias las alegrías ajenas. Pretender alentar sólo con palabras, despachándose con frases hechas, sin compartir realmente las alegrías o las penas del otro; es una especie de hipocresía, de cumplimiento irrespetuoso, de tomadura de pelo. “Animar” presupone sentir “empatía”, ponerse en lugar del otro, meterse en su piel, hacerse cargo de la situación del que necesita nuestro aliento. Y, para eso, es imprescindible, naturalmente, escucharle... Todos hemos vivido alguna vez esta experiencia. Alguien viene a compartir su pena. Con frecuencia simulan su intención diciéndote: “Tendría que consultarte una cosa, ¿puedo?... Ya desde el comienzo, empieza a vomitar su empacho psicológico que llevan dentro. Tú no haces más que asentir de vez en cuando con la cabeza o intercalando alguna palabra... Todo lo ha hablado él... Y cuando ha terminado de hablar te dice: “No sabes lo que me has ayudado... Me voy como nuevo”. Y efectivamente, percibes que aquella persona que llegó a ti hundida, sale visiblemente reanimada, es lo que ha supuesto para ella tu atención, el que hayas hecho tuyo su problema... Esto le ha dado ánimo para vomitar su problema y quedar aliviado. Es una experiencia que todos tenemos, en sentido activo y en sentido pasivo. Evidentemente: “Una pena entre dos es menos pena”. Del mismo modo, con frecuencia, experimentamos que “la alegría es mayor si se comparte”, si se “con-celebra” si se brinda con personas queridas. A veces, animar consiste simplemente en abrazar al otro y llorar juntos, sea de alegría o de pena. La acción animadora de Jesús en los evangelios resulta evidente: “Sacaban a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella y le dijo: No llores” (Lc 7,11) Refiriéndose a la muerte de Lázaro, el amigo de Jesús, Juan relata: “Jesús, pues, como la vio llorar (María), se estremeció en su espíritu y se conturbó y preguntó: “Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: “Ven a verlo, Señor”. Jesús se echo a llorar. Los judíos comentaban: “¡Mirad cuánto le quería!”. (Jn 11,33-36) Pero no solamente se compadeció, sino que también se alegró: ¿Cómo no iba a brindar por la felicidad de los novios de Caná de Galilea? ¿Cómo no iba a brindar con Zaqueo, con Mateo, en el banquete de la amistad? Pablo, por su parte, dice de sí mismo: “Y aparte de eso exterior (las grandes penalidades que le reporta el ministerio), la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades. ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? (2 Cor 11,28) Por eso tiene derecho a exhortar a los romanos: “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran” (Ga 6,2) Un testimonio. Es un padre y un esposo íntegro. Me llama por teléfono pidiendo para hablar conmigo. “Necesito hablar contigo lo antes posible” –dice- Viene abrumado. Se acaba de enterar de que su hija, la única, de quien tanto esperaba, también como padre cristiano, tiene relaciones con un señor casado que la lleva veinte años. Todavía no puede dar crédito a un cambio tan repentino de su hija. Cuenta de que venía notando cómo hacía un tiempo que se venía alejando de él y de su esposa, cómo empezaba a ocultar cosas cuando había sido siempre tan sincera y abierta, cómo se excitaba con facilidad y estaba habitualmente un poco de mal humor sin dar explicaciones. Le escuché durante largo tiempo. Se notaba su alivio a medida que, con la confidencia, iba vaciando su corazón incitado sin duda por la atención y el interés que yo mostraba por la situación y al ver cómo yo compartía su sufrimiento. Es un hombre recio y no era cuestión de tranquilizarle con cualquier palabra... Hablamos largamente, le di mi parecer sobre la situación; se trataba sin duda, de un enamoramiento loco, de una auténtica seducción de un veterano seductor a una joven inexperta y con poco mundo. Compartí con él lo irracional de la situación en la que se jugaba el futuro de la hija. Me ofrecí a echarle una mano en lo que buenamente pudiera, y que, en todo caso, me tenía a su lado para compartir su sufrimiento de padre cristiano. ¿Animar en casos como éste? Casi lo único que se puede hacer es ofrecer la amistad, la compañía, serenar para buscar soluciones. La verdad es que cuando este padre desesperado salió de compartir conmigo su angustia, era otro.
Los samaritanos del espíritu ¡Mano bendita la mano que unge al que llega, al que encuentra malherido, con las heridas abiertas y sangrantes! ¡Mano bendita la que pone una inyección, la que seca el sudor! ¡Mano bendita la mano que pone sobre la mesa del hambriento un plato de comida o un vestido sobre los hombros! Sí, ¡benditas manos! Pero ¡benditas también las manos del samaritano que alarga la suya para levantar al que tiene el alma por los suelos! ¡Benditas las manos que ungen las heridas sangrantes, abiertas por el desprecio, la terrible soledad, la angustia, la depresión o el desamparo. Cuando Jesús evoca el juicio de la salvación para los compasivos samaritanos y habla de dar de comer y de beber, de ofrecer hospitalidad, de visitar a los reclusos, no se refiere sólo a las “obras de misericordia corporales”, sino también a los que dan de comer al hambriento de afecto, compañía al abandonado, acogida al desechado (Mt 25,40). ¡Mira que la madre Teresa vio a muchos morir de hambre, de inanición porque su organismo depauperado no era capaz de asimilar para reanimarse! Pues, a pesar de todo, llegó a decir: “Hay algo peor que el hambre del estómago; es el hambre del corazón, hambre de afecto y cariño”. Las hermanitas de los pobres tienen en su congregación un lema muy hermoso: “Flores antes que pan”... Quienes han sufrido la depresión confiesan que es una auténtica experiencia de infierno. Según esto, ¿no es, acaso, todo un privilegio poder ayudar a los “condenados” a este infierno a abrir la puerta y salir de él? Animar en estas noches densas y tormentosas de invierno significa, pues, en primer lugar, hacer compañía al que sufre a la intemperie la violencia de las lluvias y viento borrascoso. Pero significa también prender una luz con la palabra... Animar equivale a despertar razones para vivir, porqués para seguir luchando, motivos para seguir creyendo y esperando. Es hacer todo lo contrario de la inculpación de los jóvenes de mayo del 68. Acusaban a los adultos, a sus propios padres: “Nos habéis llenado la barriga, pero no nos habéis dado razones para vivir”... ¡Qué luz milagrosa la del teléfono de la esperanza!, la del teléfono, y la carta alentadora, del mensaje estimulante de internet, o la conversación que infunde esperanza!... Me impresionaron las imágenes del reportaje de inmigrantes que, después de alcanzar la costa, caminan en la oscuridad de una noche inclemente de invierno. Uno de los marroquíes, ha caído agotado en medio del bosque y ha perdido la linterna que le guía. Los compañeros han seguido sin darse cuenta de la ausencia del compañero. Al percatarse de ella, regresan, esperan a que se recupere, le animan con la cercanía de la meta, le cogen del brazo y uno de ellos le va guiando con su linterna, mientras le mete al compañero la suya en el bolsillo. ¡Todo un símbolo de lo que significa animar! “Por favor, hermanos –escribe Pablo a los tesalonicenses-, llamad la atención a los ociosos, animad a los apocados, sostened a los débiles” (1 Tes 5,14). Alentar al desalentado, ayudarle a recobrar la alegría de vivir y el deseo de luchar; el “re-animar” al espíritu anestesiado, es un privilegio divino, es como expulsar los malos espíritus, espíritu del desaliento, de la desesperanza, de la depresión, del rencor... como hacía Jesús para que las personas vivieran felices y en paz... Esto es lo que nos encomendó a los discípulos que hiciéramos...(Mc 16,15-18)... Al darnos Jesús esta encomienda, ¿acaso no se refiere también a devolver la salud psíquica a los acomplejados, atemorizados por escrúpulos y miedos, a los derrotistas, reprimidos y deprimidos, desesperados y amargados? ¿Se puede escuchar algo más halagüeño que oír “me has devuelto las ganas de vivir... me has sacado del pozo... me parece que ahora soy otro, ¡qué mal lo he pasado!”... Con frecuencia el ámbito más propicio para sostener al que se siente fracasado, al herido, para levantar el espíritu deprimido es el grupo... El grupo cristiano, el grupo de amigos... Hemos de caminar hacia una Iglesia de grupos y de comunidades...Desde ahí podemos estar cerca de la gente sosteniéndola...y dando ganas de vivir...
Empujar
Además de sostener al vacilante y levantar al caído, hay que empujar al que encuentra dificultades para caminar. Hay que cogerle del brazo. Hemos de darnos mutuamente el brazo para caminar juntos. Persona que empuja es la que aprueba, aplaude, valora proyectos y esfuerzos, reconoce éxitos y aciertos, ve el lado positivo de las cosas. “Impulsar” al otro supone, en primer lugar, valorarle. Animar no es engañar ni crear ilusiones. Esto sería como impulsar a alguien a tirarse de una altura y emprender vuelo agarrado de un paraguas. La animación sensata arranca del realismo. Pero realismo es saber a ciencia cierta que hay insospechadas energías y potencialidades en cualquier persona. Cualquiera que sea un poco observador descubrirá en su entorno verdaderas “revelaciones milagrosas”... “¡quién iba a decir!... Los psicólogos afirman que sólo un 10 % de la riqueza interior, de las energías, de las capacidades llegamos a desarrollar. ¡Imaginémonos lo que llevamos dentro dormido! Todo esfuerzo por animar a los demás ha de empezar por valorarlos, estimarlos. He oído quejas de hijos, alumnos, esposos, acomplejados, con baja autoestima por falta de estima y de estímulo de los padres, de los profesores, del cónyuge, por tener que escuchar con demasiada frecuencia: “¡Eres un inútil!, ¡no hay nada que esperar de ti!, ¡no serás nunca nada en la vida! ¡eres o vas a ser un fracasado!... Muchas veces se dice todo esto con el elogiable intento de provocar una reacción positiva... Pero la verdad es que los afectados padecen un gran resentimiento y, en muchos casos, “ni perdonan ni olvidan”. Esto es, exactamente, lo contrario de lo que nos corresponde hacer; esto es, propiamente, desanimar, dopar el espíritu. Necesitamos de la estima de los demás como del aire que respiramos. Escribe certeramente Erich Fromm: “la confianza en sí mismo, el sentimiento del yo, es tan sólo una señal de lo que los otros piensan de uno” He aquí un bello poema anónimo:
¿No sería este viejo mundo mejor, si todo caminante que encontramos dijera: “Sé algo bueno de ti”y luego nos tratara de buena manera?
¿No sería hermoso y alentador si cada apretón de manos leal y gentil llevara esta seguridad “sé algo bueno de ti”?
¿No sería la vida más feliz si lo que en nosotros hay de bien fuera la única cosa que vieran los que con nosotros caminan también?
¿No sería la vida más feliz si pusiéramos de relieve el bien que vemos pues hay también algo bueno entre lo mal que tú y yo tenemos?
¿No sería bello practicar esta sabia norma y pensar así: “Tú sabes algo bueno de mí” “Yo también sé algo bueno de ti?
Cómo se crecen y se potencian las personas cuando se las valora, se las apoya, se confía en ellas! Una joven guardaba como un tesoro un papel que había guardado durante diez años. Y un día lo enseñó para decir lo que sus padres hacían con ella: recriminarla por todo, sin reconocer nada bueno en ella.”. Una noche de invierno unos tíos suyos que estaban integrados en un movimiento matrimonial habían repetido una sesión familiar que consiste en poner de relieve las cualidades y aspectos positivos de cada miembro de la familia. Ella estaba pasando unos días con la familia de los tíos y también a ella le dedicaron la letanía de elogios como a los demás. “Aquello la impactó para toda la vida. Y me estimula siempre que lo recuerdo”. ¡Cuántas cosas grandes dependen a veces en la vida de pequeños detalles, de pequeños impulsos, de pequeños estímulos!
Soplar sobre las brasas
En la vida hay que hacer como Jesús. Él pasó por Palestina soplando sobre las brasas escondidas, avivando y alimentando el fuego dormido. Nunca consideraba a nadie definitivamente perdido. Él sabía descubrir en todos los hombres, aún en los más desgraciados, la persona buena, el niño inocente que todos llevamos dentro. Por eso se acercaba como médico a los pecadores, porque confiaba que dentro de ellos había vitalidad, fuerzas que había que liberar, mientras que los fariseos les daban por desahuciados. Hay que creer y apostar por los otros. Así lo hizo el Señor Jesús con Pedro después, inmediatamente después, de la traición de sus tres negaciones. Jesús no lo degradó, no le retiró su confianza... Y Jesús no se equivocó al poner en él su confianza. Jesús fue el hombre que confió en todo el mundo, esperó siempre mucho de todos, aun de los perdidos de la sociedad, de los cuales nadie esperaba nada; y a los cuales consideraban casos perdidos. Esperó de Zaqueo, de María Magdalena, de Mateo, de Pedro el traidor. Jesús no dijo nunca de nadie: Aquí no hay nada que hacer o éstos o éstas no tienen remedio. Supo ver las increíbles riquezas del ser humano ocultas, tal vez, debajo de un basurero. Esta confianza fue la que remedió a los pecadores que cambiaron milagrosamente su vida. Sabía que en el corazón de Pedro traidor estaba en potencia “san” Pedro; en el corazón de Mateo, el publicano, el estafador, estaba “san” Mateo apóstol y mártir. En el corazón de la pecadora María Magdalena estaba en potencia una santa, apasionada por él y su causa y testigo de su Resurrección. ¿Quién iba a pensar que en corazón de aquel joven disoluto, mujeriego, trotamundos de Tagaste estaba latente el gran “san Agustín” de Hipona. Lo que hace falta es que encuentren a un Jesús... a un .... que les ayude a crecer y a nacer. Esta es la gran tarea del animador. Cuando, después, de muchas interpelaciones de Iñigo de Loyola a Francisco Javier, éste le confiesa, con palabras de Pemán: “¿Qué son, dime, estos ardores por los que nunca me sacio?..., ¿qué es esto que siempre queda en mí que nunca se ríe?”... El cojitranco y veterano compañero de universidad le contesta: “Eso que queda es la parte de tu ser, que, al ir a ahogarse, aun sobrenada en el río; si logro asirla, confío de entre sus aguas, salvarte”. No se equivocó Ignacio de Loyola al poner la esperanza en aquel presuntuoso universitario navarro. Supo agarrarle de lo noble que en el naufragio aún flotaba. Supo soplar sobre las cenizas y avivar las brasas. Es increíble el número de “milagros”, de verdaderas resurrecciones personales, con los que uno se ha encontrado o se encuentra a lo largo del recorrido sacerdotal; personas que al calor y la lluvia de la confianza ajena florecen, fructifican y maduran. He conocido personas extremadamente tímidas que ahora confiesan que nunca jamás soñaron que podrían hacer lo que están haciendo a nivel de actividades eclesiales o de compromiso social. Conozco personas que no se atrevían a levantar la voz en público y hoy son animadores de equipos litúrgicos... ¡Verdaderos milagros!... Encontraron en su camino las personas que necesitaban para lanzarse, personas que creyeron en ellas, las animaron, las empujaron, las apoyaron, y por eso han llegado adonde han llegado.
Confiar
Para animar y ayudar al otro a ser lo que está llamado a ser, lo que Dios quiere que sea, es preciso confiar en él. El otro es sumamente sensible al juicio de quienes viven a su lado. Su indiferencia, su falta de confianza y aún más su desdén, le encogen, le paralizan, le condenan al estancamiento, le desaniman. Louis Evely afirma: “No esperar nada de una persona, no tener confianza en ella es matar radicalmente su futuro”. Para animar al otro, en primer lugar, hay que amarle, confiar en él y admirarle. Siempre hay en el otro mucho que admirar. Y exprésale tu admiración. No basta sólo con admirarle. De poco le servirá al otro tu admiración si te la guardas para ti. Exprésasela a tu esposo, a tus hijos, a tu mujer, a tus amigos, a las personas de tu entorno... El silencio significa para él: “Soy poco ante tus ojos”, “me cree incapaz, no confía en mí”, “no le hago ninguna gracia”... El elogio compromete positivamente. Si piensas en el otro en negativo, no vale la pena que intentes animarle. Antes de intentarlo, rectifica tu juicio negativo. La alabanza sincera tiene un poder mágico... Si quieres que el otro, tu esposo, tu hijo-a, tu hermano, tu amigo, tu compañero... progrese, felicítale sinceramente; siempre es posible felicitarle por muchas cosas. Mira al otro, ve sus cualidades, sus dones, ponlos a plena luz; muchos están ocultos, por negligencia, por desánimo. No se trata de adular, por supuesto; la adulación, a la larga, tiene efectos destructivos. Crea ilusiones. Basta con reconocer la riqueza que llevamos dentro. El amor cristiano hacia uno mismo exige creérselo de verdad, y el amor cristiano a los demás exige ayudarles a creerlo. Sencillos gestos de elogioso reconocimiento elevan la autoestima, refuerzan la motivación y fortalecen las relaciones. Goethe, por su parte decía: “Si tomamos a los hombres tal y como son, los haremos peores de lo que son. Pero, si los tratamos como si fueran lo que deberían ser, los llevaremos a donde tienen que ser llevados”. “Soy de la opinión –decía F. Savater- que, cuando se trata a alguien como si fuese un idiota, es muy probable que, si no lo es, llegue pronto a serlo”. Esta es nuestra estremecedora responsabilidad: con nuestros juicios, con nuestra actitud hacia el otro, según sean positivos o negativos, podemos ayudarles a ser personas de bien o unos idiotas. ¡Qué poco medidos a veces las consecuencias tan distintas que pueden tener nuestros comportamientos, nuestras actitudes y nuestras palabras! Santiago afirma que ese miembro tan pequeño que es la lengua puede ser una brasa que incendia el bosque sembrando la desolación o una brasa que prende una hoguera casi extinguida, fuente de luz y calor. Todo depende. Quien te cree, te crea. Esto es mucho más que un bonito juego de palabras; es todo un principio psicológico que abre caminos insospechados de futuro a las personas. “No remuevas indefinidamente las cenizas –escribe M. Quoist-, inclínate inmeditamente sobre la brasa encendida, por pequeña que sea; aliméntala, sopla, sigue soplando y encenderás un brasero... Es decir, provoca en el otro el esfuerzo, ayúdale a que se haga realidad un avance, alégrate si lo consigue y felicítale de corazón cuando lo haya conseguido. Tu alegría, tu admiración revelarán al otro sus posibilidades. El creerá más en ellas, irá más de prisa y llegará más lejos”.
Animar es decir: “Cuento contigo”
El hombre, la mujer, todo hombre y toda mujer tienen necesidad absoluta de sentirse útiles; toda persona tiene necesidad de dar, como tiene necesidad de recibir. La pérdida del sentido de utilidad, el sentimiento de inutilidad lleva con frecuencia a la desesperación: ¡Qué pinto yo en este mundo! ¡total! ¡para estorbar!... hemos escuchado a incontables personas desencantadas Quien sólo recibe, quien no puede corresponder, quien se ve despreciado porque “no sirve para nada”, porque nadie espera nada de él, se siente profundamente humillado y menesteroso. Se siente un estorbo. Como el enfermo de la familia que sólo consume sin ganar, a no ser que viva de reservas, que esté gastando de lo suyo... Un relato aleccionador del Abbé Pierre: “Una mañana reclamaron mi ayuda. Un hombre ha intentado suicidarse. No ha muerto. Venid aprisa. Fui, en efecto y encontré un hombre espantosamente desgraciado. Había regresado de la penitenciaria de Cayena. Veinte años antes, siendo muy joven, había dado muerte a su padre, no por codicia, sino porque la mujer, que por razones de dinero vivía con el padre del muchacho, trató de impedir el matrimonio de éste. En un momento de frenesí disparó sobre la mujer; pero, al interponerse su padre, recibió el tiro; la mujer quedó herida y el padre muerto. Como no había tenido intención de matar a su padre, los tribunales le condenaron a cadena perpetua. A causa de su buena conducta fue indultado después de veinte años. Acababa de volver a Francia y se encontraba sin familia, sin amigos, enfermo, sin valor para seguir adelante. Al cabo de una semana trató de suicidarse. En este punto comienza la cuestión. Tras pocos minutos de conversación, comprobé tan absoluta desesperación, que cualquier cosa que hubiera intentado en el terreno de la benevolencia: Te buscare trabajo, dinero, habitación..., no hubiera servido de nada. Porque lo que le faltaba no era con qué vivir, sino razones para vivir. Y sin razonar, hizo precisamente todo lo contrario. En lugar de decir: “¡Eres tan desgraciado, te buscaré esto y lo otro...!, le dije: Eres muy desgraciado, pero yo en este momento no puedo darte nada... Me paso las noches ayudando a las madres de familia que lloran porque sus maridos se han dado a la bebida y no tienen vivienda y los hijos se encuentran enfermos. Y yo estoy agotado y enfermo. No puedo más... Antes de matarte ¿no querrás echarme una mano... Para aquel hombre todo cambió de repente... Seguiría tan solo como antes y tan deshecho, más gracias al encuentro con un amigo, descubre que ya no es él el necesitado, el que pide, el que ha de recibir; descubre que él, el hombre humillado, avergonzado, asesino, deshecho de la sociedad, se transforma en donante y que, tal vez mañana, una pobre le dirá: ¡Gracias, Señor! Recuerdo la resurrección psicológica de un matrimonio amigo a quien se les había suicidado uno de los dos hijos por fracaso escolar. Le habían invitado a reconsiderar la pereza con que había arrastrado el curso y los perjuicios que ello conllevaba para toda la familia por diversos capítulos. El muchacho de catorce años pidió la llave de otro piso vacío que la familia tenía. A la hora de comer, al no presentarse, la madre pidió al otro hijo que fuera a buscarlo... Aterrorizado lo encontró colgado del cuarto de baño. Los padres, con el suicidio, se descontrolaron psicológicamente del todo. No pisaban tierra. Vivían en otra esfera. Se sentían profundamente aliviados cuando a veces venían a compartir su pena conmigo. Pero su verdadera reanimación se verificó cuando, por impulso mío, se integraron en trabajos de Cáritas, cuando comprobaron que su vida, fracasada en el hijo muerto, cobraba sentido en la ayuda a los necesitados. Animar consiste sobre todo en ayudar a los otros a sentirse útiles. Animar es, por tanto, dar razones para vivir y para actuar. La convicción de que somos útiles a alguien, de que algunos esperan algo de nosotros, de que nuestra vida es un tesoro para los demás, resucita muertos psicológicos, y empapa la vida de dignidad y de pasión.
Para la reflexión y el diálogo
1.- ¿Soy de los que frenan, sostienen o empujan? ¿Cómo me manifiesto ahora mismo con respecto a las personas que me rodean? 2.- ¿Normalmente valoro y alabo, o critico y descalifico a los demás? ¿Les hago ver el lado bueno que sé de ellos? 3.- ¿Procuro ver el lado bueno de las cosas o tiendo a ser catastrofista? ¿Se ha abortado por mi culpa algún proyecto, ilusión o compromiso? ¿Ha prosperado alguno gracias a mí? 4.- ¿Doy confianza a los demás? ¿Soplo sobre las brasas del bien o, por el contrario, echo agua encima de la ceniza? 5.- ¿Qué tendría que mejorar en mis actitudes con respecto a estas exigencias de alentar, impulsar y empujar?
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