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Moniciones de entrada
(A) Si perdemos el sentido del perdón, nos convertiremos en inmisericordes. Necesitamos la experiencia de ser perdonados para poder construir una convivencia fraterna y reconciliada. Hoy, a la luz de la Palabra, es una buena ocasión para preguntarnos por los gestos de vida que cuidamos y que ponemos en marcha. Quizá no haya apuesta por la vida tan grande como ir dando misericordia. El ejemplo nos lo da Jesús en el Evangelio de hoy, perdonando y salvando a la pecadora de morir apedreada.
(B) Celebrar la Eucaristía es, por una parte, recordar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Pero celebrar la Eucaristía también es recordar y renovar nuestro compromiso cristiano con Jesús y con el Evangelio. Si los domingos nos reunimos en nombre de Jesús, debemos esforzarnos porque sus enseñanzas estén continuamente presentes en nuestra vida y las vivamos. En el Evangelio de hoy, Jesús nos va a dar una gran lección de comprensión y de perdón y nos dice que no seamos tan fáciles en condenar a los demás y que el amor debe estar siempre por encima de la ley. Que en nuestra vida cristiana demos más importancia al amor y al perdón que a la ley y a las normas.
(C) Estamos en el último domingo de Cuaresma, a pocos días de recordar y celebrar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Durante la Cuaresma, hemos intentado hacer realidad en nuestra vida las frases: “Caminar tras los pasos de Jesús” y “El camino de la Cruz nos lleva a la luz de la Pascua”. ¿Hemos conseguido o, al menos, hemos intentado, que estas frases sean realidad en nuestra vida?
Acto penitencial (A) Queremos que la Cuaresma sea para nosotros una conversión: convertirnos a Dios y convertirnos a los demás. Antes de pedir perdón a Dios de nuestros pecados, pidamos la ayuda del Señor, para descubrir cuáles son esos pecados y arrepentirnos de ellos. Muchas veces en la vida hemos juzgado y condenado ligeramente a los demás. Señor, ten piedad... Muchas veces no hemos sido capaces de perdonar, ni de tender la mano a quien necesitaba ayuda. Cristo, ten piedad... Por las veces que no hemos sido comprensivos con quienes necesitaban comprensión, ni hemos sido compasivos con quienes necesitaban perdón. Señor, ten piedad... Por la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Dios de la Vida y de la Misericordia, perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su salvación y nos lleve a la vida eterna. Amén.
(B) La Cuaresma es tiempo de CONVERSIÓN: convertirnos a Dios y convertirnos a los demás. Arrepintámonos de las cosas de nuestra vida que nos alejan de este propósito y pidámosle perdón a Dios. (Peticiones de perdón relacionadas con alguna de las lecturas) o “Yo confieso.....” El Dios del Amor y de la Misericordia perdone nuestros pecados, nos llene de su Gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna. Amén.
(C) La Cuaresma es un tiempo especial para acercarnos más a Dios a través de nuestro arrepentimiento. En este último domingo de Cuaresma, pidamos perdón a Dios de nuestros pecados de insolidaridad. (Silencio).
Por todas las veces que no hemos sido solidarios, porque nos dejamos llevar de nuestro egoísmo. Señor, ten piedad... Por todas las veces que no hemos sido solidarios con los que tienen menos que nosotros. Cristo, ten piedad... Por todas las veces que la fraternidad, la acogida y el perdón no han estado presentes en nuestra vida. Señor, ten piedad... El Dios del Amor y del Perdón tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna.
Escuchamos la Palabra
Monición:
Dios fomenta constantemente lo nuevo que hay en cada uno de nosotros. ¿Lo notáis?. El evangelio recoge una escena cargada de mensaje y de contraste. Para Jesús lo decisivo es la misericordia y el perdón. Y es que a Dios le importa menos lo que hemos hecho mal y más la capacidad de cambio que tenemos por delante.
Homilías (A)
Dos señoras fueron a un sabio con fama de santo, para pedirle algún consejo sobre su vida espiritual. Una decía que era una gran pecadora. En sus primeros años de matrimonio había traicionado la confianza de su marido. No lograba olvidar aquella culpa, aun cuando después siempre se había portado de modo irreprensible; pero le seguía torturando aquel remordimiento. En cambio, la segunda siempre había cumplido todas las leyes, y se sentía inocente y en paz consigo misma. El sabio pidió que le contaran sus vidas. La primera confesó con lágrimas en los ojos su culpa. Decía, gimiendo, que para ella no podía haber perdón, porque su pecado era demasiado grande. La segunda dijo que no tenía nada especial de que arrepentirse. El santo varón se dirigió a la primera: «Hija, ve a buscar una piedra, la más pesada y grande que puedas levantar, y tráemela». Después, habló a la segunda: «y tú, tráeme tantas piedras como quepan en tu delantal, pero que sean pequeñas». Las dos mujeres se dieron prisa a cumplir la orden del sabio. La primera volvió con una piedra grande, la segunda con una bolsa de guijarros. El sabio miró las piedras y dijo: “Ahora debéis hacer otra cosa: llevadlas a donde las habéis encontrado, pero poned mucho cuidado en dejarlas en su sitio. Después, volved aquí”. Obedientes, las dos mujeres fueron a cumplir la orden del sabio. La primera encontró fácilmente el sitio de donde había arrancado la gran piedra y la puso en su lugar. La segunda, en cambio, daba vueltas inútilmente tratando de recordar de dónde había recogido cada guijarro. Era una tarea imposible, y volvió mortificada al sabio con todas sus piedras. El santo varón sonrió y dijo: «lo mismo sucede con los pecados. Tú», dijo a la primera mujer, «has devuelto fácilmente a su sitio la piedra porque sabías exactamente dónde estaba: has reconocido tu pecado, has escuchado con humildad los reproches de la gente y de tu conciencia y has reparado con el arrepentimiento. Tú, en cambio», dijo a la segunda, «no sabes de dónde has recogido todas esas piedras. Igual que no has sabido reconocer tus pequeños pecados. Quizás has condenado las grandes culpas del prójimo y has permanecido apegada a las tuyas, porque no has sabido verlas». ¡Qué buenos abogados defensores para nosotros mismos y qué buenos fiscales para los demás! Me admira la increíble capacidad de autoengaño que tenemos para encubrir nuestros pecados, y la agudeza que tenemos para agravar a las acciones de los demás... También en mí están las semillas del mal... Y los efectos de nuestros “pequeños pecados” pueden ser a la larga muy destructivos. Los grandes fracasos en el matrimonio no suelen deberse a grandes pecados: adulterio, alcoholismo, juego.... Las más de las veces el matrimonio muere no debido a hachazos, sino a pequeños y continuos alfilerazos: desatenciones, olvidos, silencios, caprichos, genio, egoísmo... ¿Por qué no acogemos y meditamos los reproches que nos hacen los demás? Tendemos a descartarlos con demasiada facilidad. Todo el mundo piensa que la culpa es de los demás. ¿No habrá también algo de culpa en mí? Hoy se nos invita a reconocernos hermanos en la debilidad... Si a pesar de los esfuerzos que hago por mejorar consigo tan poco... ¿cómo me atrevo a exigir a los demás que sean más eficaces en la lucha contra sus propios defectos? ¿No puedo suponer que ellos intentan corregirse pero no lo consiguen? Creo que todos nos hemos encontrado alguna vez con personas duras, inmisericordes, del estilo de los fariseos y escribas del evangelio. Esas gentes nos producen miedo. De alguna forma, el evangelio de este domingo nos está diciendo a los cristianos que nosotros no podemos ser así. No podemos ser gentes sin misericordia y de mano dura. Nosotros somos los primeros en reconocernos pecadores y necesitados del perdón de Dios. No podemos ir por la vida de acusadores de nadie, de nadie... porque somos conscientes de nuestra inmensa pobreza y de nuestra vida, salpicada de caídas y pecados. Muchas veces hemos tenido que acudir al Señor, y el Señor nos ha devuelto la vida y la paz del corazón. De esta experiencia hemos aprendido que el Señor nos quiere y nos perdona con entrañas de misericordia... Esta experiencia es una ocasión hermosa para aprender que la compasión y la misericordia han de ser también el rasgo por el que se nos distinga a los cristianos, porque son el rasgo distintivo de Dios.
(B) Presentan a Jesús una mujer adúltera que, según la ley judía, tenía que morir apedreada. Aquella pobre mujer no tenía excusa, no tenía salvación, ya que la ley era dura y tajante. Los escribas y los fariseos, enemigos de Jesús, más que juzgar a la mujer adúltera a quien quieren juzgar es a Jesús. Le hacen una pregunta comprometida: “La ley judía manda apedrear a los adúlteros. ¿Tú qué dices?”. Le hacen esta pregunta para ver qué responde y según la respuesta que dé Jesús, poderlo juzgar y condenar. La mujer no les importaba; era sólo un pretexto, una disculpa para sus fines. Jesús se toma un tiempo para contestar. Su respuesta, su veredicto, es esperado ansiosamente por la mujer adúltera. Una palabra de Jesús puede decidir su suerte, su vida. Los escribas y los fariseos también esperan ansiosamente la respuesta de Jesús. Les parece que de esta trampa ya no puede escapar. Para ellos el caso es claro. Por una parte, Jesús no podía condenar a aquella pobre mujer, tan injustamente condenada por la ley judía: la ley hecha por los hombres y para los hombres. Pero, por otra, Jesús no podía defender el adulterio. ¿Qué responde Jesús?: “El que esté limpio de culpa, el que no tenga ningún pecado, que arroje la primera piedra contra esta mujer”. Esta respuesta de Jesús desarma a aquellos hombres, destruye sus planes y su acusación se vuelve contra ellos mismos. Y los acusadores, avergonzados, se marcharon. Quedaron solos Jesús y la mujer adúltera. Y Jesús pronuncia su segunda sentencia: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Para nosotros, cristianos, es muy importante conocer a Jesús, a ese Jesús del Evangelio, que tanto tiene que decirnos y enseñarnos y del que tanto tenemos que aprender. Pero el conocimiento de Jesús no puede ser un conocimiento científico, frío, memorístico. Podemos saber de memoria todo el Evangelio y conocer al dedillo la vida de Jesús y, sin embargo, no conocer a Jesús. El conocimiento de Jesús tiene que ser un conocimiento comprometido y vivido; un conocimiento de Jesús que nos lleve a identificarnos con Él, a seguir sus enseñanzas, a tener sus mismos sentimientos. Conocer a Jesús debe ser la principal tarea para un creyente.
(C) Mucho podemos aprender del comportamiento de Jesús con la mujer adúltera, cuyo relato acabamos de escuchar en el Evangelio de hoy. La primera lección que podemos aprender de este hecho histórico es la actitud de respeto que Jesús tuvo hacia aquella mujer. Jesús tiene delante a una mujer pecadora, despreciada y condenada por los judíos. Jesús no avergüenza a aquella mujer, ni le reprocha su conducta. Ve en ella una persona débil, una persona despreciada, una persona humillada. Y sabemos muy bien la acogida, la comprensión y el trato que Jesús dio siempre a los pecadores. La segunda lección es el Amor y la Misericordia que Jesús tuvo con aquella mujer. Jesús no sólo respeta a aquella mujer, sino que la perdona. En Jesús está y se refleja todo el Amor y la Misericordia de Dios. En aquella mujer estamos representados todos nosotros, que somos pecadores. Y Jesús nos dice también a nosotros lo que dijo a aquella mujer: “Yo no os condeno. Os perdono. No pequéis más”. Otra lección o enseñanza que podemos sacar es la actitud de comprensión que tuvo Jesús: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno”. Cuando todos somos tan dados a condenar lo que hacen los demás; a descalificar al prójimo; a reprochar los defectos ajenos, recordemos las palabras de Jesús: “El que esté limpio de pecado, que tire la primera piedra”. Que estas actitudes que Jesús tuvo con aquella mujer adúltera de respeto, de misericordia y de comprensión, las tengamos también nosotros con el prójimo.
(D) Tú ¿qué dices? Quieren enfrentar a Jesús con la ley. El delito estaba bien tipificado por la ley. Pero ahora no les importa tanto la mujer, sino Jesús... Jesús se toma su tiempo... Tú, ¿qué dices? se impacientan los acusadores... Jesús como suspirando se tomó un tiempo de respiro. Se incorporó y empezó a mirar a todos y cada uno de los acusadores. Era una mirada lúcida, penetrante. Y avergonzados, cerraban los ojos. Jesús quería saber hasta dónde llegaba su dureza, su falsedad, su ceguera. El que esté limpio de pecado, “que le tire la primera piedra”. Al oír esta palabra, se les fueron cayendo las piedras de las manos. El que se atreve a condenar, ya comete pecado. Cada piedra tirada se volverá contra nosotros. ¿Quién se atreve a tirar piedras contra nadie? Sólo el que no se haya mirado en los ojos de Jesús. Esta palabra debe hacernos a todos más humildes, más comprensivos. Si te atreves a tirar una piedra, debes esperar a que algún día otro la tire contra ti. “Yo tampoco te condeno” Jesús miró ahora a la mujer asustada y agobiada. Mira a la mujer con toda la fuerza de su amor misericordioso. Ella comprendió, enseguida dejó de llorar y empezó a sentirse aliviada. Entonces, Jesús, el único que podía haber tirado la piedra, cuando ya estaba la mujer sola, dijo bien alto, para que lo oyeran todos: “Mujer, yo tampoco te condeno”. Una palabra liberadora, misericordiosa, una palabra del cielo. Y la mujer empezó a llorar, pero ahora de emoción y alegría. “Yo tampoco te condeno”. Ya había confesado Jesús que no había sido enviado “para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él”. No ha venido a castigar a los pecadores, sino a salvarlos. Esta palabra es el triunfo de la misericordia, como el domingo pasado con el hijo pródigo. Si el Padre castigaba con besos y banquetes. Jesús castiga quitando condenas. Ni el Padre ni Jesús piden cuentas... Jesús quería a los pecadores, no al pecado. El pecado es en sí mismo un castigo. No hace falta que nadie lo condene, él mismo se condena. Todo pecado origina dependencia y tristeza. Y Jesús nos quiere libres y dichosos. Así, hace a la mujer una corrección fraterna. Seguro que la mujer aprendió bien la lección. Y de lo que sí estoy seguro es que esa mujer jamás, jamás se atrevería a condenar a nadie. Aprendió de Jesús a ser humilde, a comprender a los demás, a no juzgar ni condenar. Nunca se atrevería a tirar piedra alguna. Aprendió de Jesús la misericordia. Hoy, de esta Palabra de Dios, todos podemos aprender un mensaje de salvación: “Cuando no tengas a nadie que te comprenda, cuando los hombres te condenen, cuando te sientas perdido y no sepas a quién acudir, has de saber que Dios es tu amigo. Él está de tu parte. Dios comprende tu debilidad y hasta tu pecado. Esa es la mejor noticia que podíamos escuchar los hombres. Frente a la incomprensión, los enjuiciamientos y las condenas fáciles de la gente, el hombre siempre podrá esperar en la misericordia y el amor insondable de Dios. Allí donde se acaba la comprensión de los hombres, sigue firme la comprensión infinita de Dios. Esto significa que, en todas las situaciones de la vida, en toda confusión, en toda angustia, siempre hay salida. Todo puede convertirse en gracia. Nadie puede impedirnos vivir apoyados en el amor y la fidelidad de Dios.
(E)
¿Qué comportamiento es el que inaugura Jesús? Jesús «denuncia» con su pregunta a los acusadores de la mujer que no se pueden hacer pasar por buenos a base de condenar a otros. ¡Cuánto hay de esto hoy como ayer! Gente que se hace buena porque señala o comenta los «errores» de otros. ¡Cuánto chisme en nuestras conversaciones que se alimentan de ver la mota en la vida del otro sin prestar la mínima atención a la viga que llevan ellos dentro! Y no es que lo que se comente no sea verdadero. Pero Jesús deslegitima esta manera de comportarse... El verdadero camino es reconocer primero los propios errores. Este reconocimiento será el que nos haga más comprensivos y más misericordiosos... Transforma más la misericordia que la acusación. Los acusadores de la mujer no eran mejores que ella; sólo habían sabido ocultar mejor que ella sus pecados. Tenían en su interior el pecado «tapado» u «olvidado». Pero lo tenían dentro. Porque lo tenían, no eran capaces de perdonar. Quienes no se habían abierto al amor de Dios, eran incapaces de abrirse a la compasión ante la mujer pecadora. Si perdemos el sentido del perdón, nos convertiremos en inmisericordes. Necesitamos experiencia de ser perdonados para poder construir una convivencia fraterna y reconciliada. Este domingo de Cuaresma, en la tradición eclesial, es el domingo de la vida. En el ciclo A se proclama la resurrección de Lázaro. Lucas nos dice lo mismo, de otra manera. Jesús da la vida perdonando los pecados y salvando a la pecadora de morir apedreada por quienes también estaban llenos de pecado en su corazón. Una buena ocasión para preguntamos por los gestos de vida que cuidamos, que ponemos en marcha. Quizá no hay apuesta por la vida tan grande como ir por la vida dando misericordia. Los «buenos» y «misericordiosos» podemos decir que son tontos, que les toman el pelo, que se ríen de ellos... Pero, eso, son buenos. Siembran bondad.
Enséñanos, Señor, a biendecir
Tenemos en los labios la crítica rápida, nos damos cuenta enseguida del fallo ajeno, parecemos niños acusadores, que no aman, en vez de hermanos fraternos y disculpadores.
Enséñanos, Señor, a hablar bien del otro, a descubrir su tesoro interior y su mejor parte, a disculpar con una ternura como la tuya, a comprender metiéndonos dentro de su persona.
Tú que con todas las personas provocabas encuentros, danos la capacidad de respetarnos a fondo, la empatía de escuchar al otro desde su música interior, y la misericordia de corazón para acogerle como es.
Frena en nosotros toda crítica amarga, todo comentario descalificador y negativo, cualquier reproche que distancia y aleja, y el más pequeño gesto que rompa nuestro amor.
Queremos contigo disculpar siempre, entender los porqués de la otra persona, comprenderle incondicionalmente, restituyéndole la fe en sí mismo y en nuestra incondicional amistad.
Haznos palabra cálida, gesto oportuno, mirada amorosa y mano tendida, como tú lo eres, Señor.
Oración de los fieles
(A) Oremos al Señor, nuestro Dios, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
1.- “Yo tampoco te condeno” - Para que la Iglesia sea a los ojos del mundo signo de esperanza, acogiendo a todos, animando y consolando. Roguemos al Señor. 2.- "La ley de Moisés nos manda apedrear a la adúltera". - Para que nuestra sociedad, injusta e hipócrita, que busca lo que escandaliza y fomenta lo que luego condena, asuma su culpa y procure el remedio. Roguemos al Señor. 3.- "Esta mujer ha sido sorprendida en claro adulterio". - Para que denunciemos toda injusticia o hipocresía contra las mujeres que se sienten despreciadas, maltratadas, amenazadas, discriminadas, asesinadas, y defendamos la dignidad e igualdad propia de los hijos de Dios. Roguemos al Señor. 4.- "El que esté sin pecado, que tire la primera piedra". - Para que no nos creamos mejores que otros, ni nos convirtamos en jueces de los demás, sino que aprendamos de Jesús a ser comprensivos con todos. Roguemos al Señor. Señor, Dios nuestro, ábrenos a la esperanza. Por Jesucristo, nuestro Señor.
(B)
Oremos, hermanos, presentando al Señor nuestros deseos, nuestras necesidades.
Para que la Iglesia sea signo de reconciliación y de misericordia y sepa perdonar los fallos de los hombres. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que se vayan superando los enfrentamientos y divisiones que existen en nuestro mundo. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que sepamos acercarnos respetuosa y generosamente al mundo de los necesitados. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que, siguiendo el ejemplo de Jesús, aprendamos a no despreciar ni a condenar. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Oremos: Ayúdanos, Señor, a llenar nuestro mundo de comprensión, de amor y de perdón.
(C)
Al Dios del Perdón y de la Misericordia, al Dios de la Gracia y de la Vida, le dirigimos confiados nuestras súplicas.
Para que la Iglesia sea siempre signo de reconciliación, de acogida, de perdón. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que la Iglesia “perdone más que condene, libere más que imponga, sea más madre que juez”. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que los cristianos seamos siempre solidariamente fraternos con todas las personas, sin excluir a nadie. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que nuestra parroquia sea, de verdad, una parroquia solidaria, donde todos nos sintamos y seamos solidarios. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Oremos: Ten compasión, Señor, de nuestras debilidades y haznos compasivos y solidarios con nuestros hermanos.
Presentación de ofrendas:
Colocar en un sitio visible, junto al altar, un montón de piedras, con alguna frase alusiva: “Yo tampoco te condeno...” Y se puede presentar junto al pan y el vino, una balanza, como signo de la justicia (La justicia de Dios y la justicia de los hombres)
Prefacio...
En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor, Padre santo, porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz. Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a Ti. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con toda la familia humana, un pacto de amor, que nada ni nadie podrá romper. Y ahora mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación, lo alientas en Cristo para que vuelva a ti, obedeciendo al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres. Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y proclamar la alegría de nuestra salvación:
Santo, Santo, Santo...
Padrenuestro
Al dirigirnos ahora a Dios, con la misma oración que Jesucristo nos enseñó, seamos conscientes del corazón de Dios, reflejado hoy en Jesús, cuando acoge, perdona y devuelve su dignidad a la mujer pecadora. Esta es la justicia y el corazón del Padre, al que ahora nos dirigimos confiadamente, diciendo juntos... Padre nuestro...
Nos damos la paz
Signo y expresión del perdón compartido es la paz que ahora nos deseamos unos a otros. Que la paz del Señor esté con todos vosotros... Démonos fraternalmente la paz...
Comunión:
Sabemos, Señor, que no somos dignos de estar junto a Ti y menos de comer tu Cuerpo. Pero Tú no nos condenas a ninguno, sino que quieres que volvamos nuestros corazones hacia Ti y sigamos adelante en una vida limpia y coherente con la tuya. Por eso necesitamos tu pan . Este es el Cordero de Dios...
Bendición:
Amigos, al finalizar esta celebración, que nos pone ya en el pórtico de la Semana Santa, que la bendición de Dios nos conduzca a una vida nueva donde, olvidando nuestros pecados e infidelidades, llevemos a nuestras tareas cotidianas una ilusión renovada, fruto del Espíritu que habita en nosotros. Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre. Amén. |
