¡¡TOCAN A MISA!!

 

Así se avisaban los unos a los otros en nuestros pueblos

de antaño.

¡Y todos corrían a la Iglesia!

Hoy con frecuencia corremos, sí, pero es a escudarnos

tras muy variadas disculpas para no ir:

"Si voy, es para que no digan, y eso es hipocresía...";

"Si voy, es porque me obligan, y para eso, mejor no ir...";

"no voy porque no entiendo nada...";

"el cura es un pesado...";

"lo que importa es hacer el bien...";

"la mayoría no va...";

para terminar con la clásica pregunta:

"Total, ¿para qué ir a Misa?"

 

Para responder, recordad aquellas palabras:

"No os podéis imaginar qué deseos tenía de comer esta Pascua con vosotros". Son las que Jesús comenzó diciendo a sus más íntimos aquella tarde de jueves en que acudió a compartir con ellos, por última vez, el rito de la célebre cena pascual judía.

 

¿Que por qué debemos ir a Misa?

Pues por eso: para satisfacer esos deseos de Jesús. ¡Y basta!

Empezar a discurrir acerca de la necesidad o ganas que nosotros tengamos de acudir, o de la obligación que la Iglesia nos imponga, es enfocar la cuestión al revés.

 

Todo en el cristianismo parte del mismo principio: Él nos crea, Él nos elige, Él llama a nuestra puerta, Él desea cenar con nosotros, Él..., siempre es Él y sólo Él quien lleva la iniciativa. Siempre es Él quien desea el encuentro con nosotros.

"Adán, ¿dónde estás?", preguntaba ya allá en el Paraíso.

 

A nosotros nos queda tan sólo la doble opción: la de satisfacer o no ese deseo. Aunque también un compromiso: el de motivarnos para que la elección tenga signo positivo. Para que sepamos

respondernos a este otro interrogante:

¿Cómo apreciar y vivir más y mejor la Misa?

Pero motivarnos, ¿cómo? De entre los muchos caminos que podemos elegir hemos optado por el de revivir el sentido de todo cuanto vemos, hacemos, escuchamos y oramos en cada celebración eucarística.

 

Pensamos que así, de un mayor conocimiento, pasaremos a un mayor aprecio. Y desde un mayor aprecio, pronto llegaremos a no desaprovechar una sola oportunidad de aplicarnos esas maravillosas palabras que pronuncia el sacerdote durante la Comunión: "Dichosos los llamados a esta mesa del Señor".

Para eso he preparado estas reflexiones.

 

 

Comencemos por sentirnos invitados a un banquete

 

EL HONOR DE UNA INVITACIÓN

 

Sin este sentimiento de "sentirnos invitados", convertido en gozo, nada de lo que venga después tendrá sentido. Todos hemos experimentado desde niños la alegría de sabernos invitados, así como la de que alguien aceptase nuestra invitación.

Lo mismo que el disgusto por la no invitación, o por el rechazo o disculpa ante la nuestra.

 

Esta ilusión o desencanto no es cosa de niños o de simples humanos, el Corazón de Cristo experimentó otro tanto, y si no, recordemos la parábola de aquel Rey que montó en cólera ante las disculpas y no asistencia de sus invitados.

 

Por eso, si de verdad queremos revisar nuestras celebraciones eucarísticas, comencemos por aquí.

Por "sentirnos invitados", por creer que es Dios mismo quien nos invita. Nosotros, tan sensibles ante tantos, y a veces tan enojosos compromisos sociales con los que a menudo debemos cumplir, no sólo no podemos hacerle este feo a Él, sino que debe invadirnos el sano orgullo de semejante invitación. Si nos sienta tan mal cuando alguien "pasa" de nuestra invitación, ¿cómo "pasar" nosotros de la de Dios?

 

INVITADOS A UNA COMIDA FAMILIAR

 

En efecto, Jesús hace coincidir el comienzo de su Pasión con la celebración de la Cena de la Pascua judía; y es dentro del marco de esta Cena Pascual donde protagoniza la primera Celebración Eucarística. Lo relatan los evangelistas y lo refrenda Pablo:

 

"Yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor, la noche en que era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo después de cenar, tomó la copa y dijo: esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre.

Cada vez que la bebáis, hacedlo también acordándoos de mí".

 

Esta coincidencia de ambas ha impregnado a la Misa de muchos de los grandes y pequeños simbolismos que subyacen en una comida familiar como aquélla.

 

a.- El simbolismo de su poder liberador:

 

Es evidente que para los judíos era aquella Pascua su fiesta principal; les recordaba su liberación de la esclavitud del Faraón de Egipto, a la vez que la libertad espiritual que les conseguiría un día el Mesías; ahora bien, siendo esto así, es lógico pensar que Jesús quiso dotar a su celebración eucarística de este mismo sentido liberador para cuantos en el nuevo pueblo de su Iglesia quedasen salvos por su cruz y su resurrección.

 

b. El simbolismo de su poder evocador:

 

Doce siglos llevaban los judíos del tiempo del Señor evocando aquellos hechos y sintiéndose convocados e identificados como pueblo por esta celebración. Veinte llevamos ya nosotros, los

cristianos de hoy, y nada puede haber tan evocador de los hechos cruciales de nuestra redención, ni que tanto nos identifique como seguidores del Señor, como ser comensales de este sagrado Banquete. ¿O no se define al cristiano como un hombre que va a Misa?

 

c. El simbolismo mismo de todo banquete familiar:

 

En la Eucaristía no celebramos propiamente la última Cena, sino la muerte y resurrección de Jesucristo, su misterio pascual. Pero lo hacemos repitiendo los gestos y palabras del Maestro en la última Cena; es decir, lo hacemos dentro de todo cuanto identifica la reunión de unos cuantos familiares o amigos para comer. De ahí su palpable semejanza:

 

- Misa y banquete familiar comienzan por un momento de acogida. Un momento hecho en familia de los que tocan al timbre desde fuera, y del abrir a quienes llegan, los de casa; de los besos y saludos y parabienes mutuos, etc. Y repetido en nuestra Misa por el saludo del sacerdote que en nombre de Dios también acoge a sus fieles. Son los ritos iniciales.

 

- Tras de la acogida, tienen familiares y amigos un montón de cosas que decirse y escucharse: noticias, impresiones, mensajes. Lo que equivale en la Misa a la Liturgia de la Palabra. Dios mismo habla a los suyos con palabras del Antiguo y Nuevo Testamento; palabras que debe aclarar y acercar luego el sacerdote en la homilía.

 

- Pasado el tiempo del hablar y el escuchar, lo anfitriones invitan a los suyos a comer.

Lo mismo que la Iglesia nos invita a la Liturgia Eucarística. Una parte esta de la Misa con tres momentos bien diferenciados: el del ofrecimiento del pan y del vino, el de su consagración o acción de gracias, y el de su distribución o comunión.

 

- A una buena comida le siguen siempre palabras de gratitud y, por fin, el momento de despedirse. Son los Ritos de Conclusión

o Envío, de nuestra Misa. De hecho, el mismo nombre de "Misa", viene de aquí, de esta misión que el Señor nos da al concluir cada uno haciéndonos enviados suyos al mundo que nos espera: "Ite, Missa est". Id, se acabó la Misa.

 

Cuadro de texto: ¿Cómo vivir la Misa?
Cuadro de texto: