NO ES MUCHO UNA HORA

   

 

Se han extendido estos años objeciones diversas

contra la práctica dominical.

 

Algunas suenan a eslogan:

 

«la misa no me dice nada»,

«la fe no consiste en ir a misa»,

«nadie es mejor por ir a misa».

 

Sin duda, hay algo de verdad detrás de ese lenguaje. 

 

De los sondeos realizados se deduce, sin embargo, que los motivos principales por los que se abandona la misa dominical son la comodidad y la falta de interés religioso.

 

La persona valora más el descanso o las actividades del fin de semana. Prefiere «dormir más» o «estar más libre».  

 

Por otra parte, el ambiente que en otros tiempos favorecía la práctica dominical, hoy actúa en contra. Todo invita a no ir a misa. 

 

De hecho, quien sale de su casa para dirigirse a la iglesia a participar en la misa dominical, hace un gesto que contrasta con la conducta y costumbres de la mayoría.  

Este descenso de la práctica religiosa no es tan negativo como pudiera parecer. 

 

Por una parte, está provocando un proceso de aclaración que era necesario; ahora conocemos mejor la importancia que le damos a la fe, y la debilidad o la fuerza de nuestras convicciones religiosas. 

 

Por otra parte, cada vez son menos los que practican por pura obligación o por tradición familiar. Hoy van a misa quienes quieren alimentar su fe y vivirla con cierta coherencia.  

De esta forma se está descubriendo mejor la razón de ser y los valores que quiere proteger el llamado «precepto dominical». 

 

«El domingo no es importante porque sea de precepto, sino que es de precepto porque es algo vital, tanto para el creyente como para la comunidad cristiana». 

 

De hecho, la misa del domingo es para muchos cristianos el único momento de encuentro con Dios y la única experiencia que alimenta su fe.  

El creyente se reserva una hora para celebrar la Eucaristía como núcleo del domingo. 

 

Como dice el Catecismo holandés, «una hora semanal no es mucho para quien cree que su vida y su dicha vienen de la mano de Dios». 

 

Sin embargo, esa hora vivida desde dentro, como una experiencia de encuentro con Dios, puede ser el mejor alimento de la fe en tiempos nada fáciles.  

 

El domingo, el día del Señor es una invitación a reavivar la Eucaristía dominical. 

 

Hace bien detenerse cada semana para encontrarse con otros creyentes, escuchar juntos el evangelio de Jesús, expresar nuestro agradecimiento a Dios por el regalo de la vida, y alimentamos del mismo Cristo.  

 

CADA MOMENTO

  

 

Son bastantes las personas que "asisten" a misa sin saber exactamente como vivir cada momento de la celebración.

 

Sin embargo, sólo esta participación personal puede hacer de cada Eucaristía una experiencia viva, capaz de alimentar la vida del creyente.

 

El canto de entrada y el saludo del sacerdote nos ayuda a "entrar" en el clima de la celebración.

 

Atrás queda una semana de trabajos y preocupaciones. Ahora me encuentro junto a otros creyentes como yo. Juntos vamos a vivir esa experiencia que nos desea el que preside.

 

Quiero acoger la gracia de Cristo, recordar el amor del Padre y sentirme unido a los demás por la comunión del Espíritu Santo.

 

Entramos ahora en el rito penitencial.

 

Unos breves momentos para recordar que también a lo largo de esta semana he sido egoísta y mediocre.

 

"Señor, ten piedad".

 

Me acerco a Ti buscando tu gracia y tu perdón.

 

La Liturgia de la Palabra es el momento de sentarme para escuchar la Palabra de Dios.

 

Todos los días veo la televisión, escucho la radio, leo los periódicos y hablo con la gente. Pero necesito escuchar algo diferente. ¿Qué me quiere decir Dios?.

 

Llega la lectura del Evangelio.

 

Me pongo de pie. Quiero estar atento a las palabras de Jesús. Me pueden ayudar a vivir la próxima semana de forma más humana y esperanzada.

 

Eso es lo que intenta, también, la homilía, las palabras del sacerdote: "Aplicar la Palabra de Dios a nuestra vida y, darle un sentido transmitiéndola con la luz del Espíritu de Jesús".

 

Después de escuchar la Palabra de Dios, y su actualización, recitamos el Credo.

 

Es un gesto importante de la comunidad creyente. Todos los domingos, puestos de pie, confesamos nuestra fe. También yo. No puedo detenerme en cada frase, pero quiero sentirme creyente, a pesar de mis dudas y de mi debilidad. "

"Creo Señor, pero ayuda mí poca fe".

 

Después de la presentación de las ofrendas, comienza la Plegaria Eucarística, el momento central de la misa.

 

El sacerdote nos invita a levantar el corazón para dar gracias a Dios. Quiero hacerlo de verdad.

 

Es bueno, es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar a Ti, Padre Santo y Bueno.

 

A veces no acierto a creer, pero no quiero que se me pase la vida sin darte gracias por la creación, por mi vida, por Jesucristo nuestro Salvador. Es lo más grande que puedo hacer este domingo.

 

Se acerca el momento de la comunión.

 

Quiero prepararme bien.

 

Voy a cantar el Padre nuestro sintiéndome más hermano de todos.

 

Luego haré el gesto de la paz.

 

Quiero vivir dando mi mano a todos, buscando siempre la unión y la paz.

 

Sólo entonces me acercaré a comulgar.

 

Sé que no soy digno, pero el Señor me entiende.

 

Necesito sentirme reconfortado y fortalecido interiormente.

 

Le necesito a Cristo cerca, dentro de mí.

 

Quiero acogerlo en mi vida

 

 

 

DE LA MISA A LA EUCARISTÍA

 

 

Durante muchos siglos, “la misa" ha sido el término familiar empleado en occidente para designar la reunión eucarística de los cristianos.

 

Como es bien sabido, esta palabra viene de aquella despedida pronunciada en latín: "Itte, misa est".

 

Con el tiempo, "misa" llegó a significar la bendición final y, más tarde, toda la celebración.

 

Este viejo nombre de “la misa" está lleno de resonancias socio-religiosas y puede ser considerado como el indicador de una determinada mentalidad que ha configurado la práctica religiosa de muchos cristianos ("oír misa", "decir misa", “sacar misas", “misa homenaje", "misa polifónica", "misas gregorianas"...).

 

Hoy se observa una tendencia generalizada a sustituir el viejo nombre de "misa" por el de “Eucaristía”, término más antiguo, de raíces bíblicas más hondas y que significa "Acción de Gracias".

 

Este cambio de palabras no es un capricho de teólogos y liturgistas, está sugiriendo todo un cambio de actitud, el descubrimiento de unos valores nuevos y una voluntad de vivir esta celebración en toda su riqueza.

 

Celebrar la Eucaristía no es lo mismo que "decir misa” y "oír misa".

 

El cambio apunta a ir pasando de una misa entendida como acto religioso individual hada una Eucaristía que alimenta y construye a toda la comunidad.

 

De un asunto que concierne fundamentalmente al clero que "dice la misa" mientras los demás asisten pasivamente "oyéndola", a una celebración vivida por todos de manera activa e inteligible.

 

De una obligación sagrada, unida a un precepto bajo pecado mortal, a una reunión gozosa que la comunidad necesita celebrar todos los domingos para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo resucitado.

 

De una misa que ha servido de marco para toda clase de aniversarios, fiestas, homenajes o lucimiento de coros y solistas, a la celebración de la Cena del Señor por la comunidad creyente.

 

De la conmemoración ritual del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz, a una celebración que recoja también las demás dimensiones de la Eucaristía como banquete eucarístico, comunión fraterna y acción de gracias a Dios.

 

Del cumplimiento de un deber religioso que nada tiene que ver con la vida, a una celebración que es exigencia de amor solidario a los más pobres y de lucha por un mundo más justo.

 

Sería conveniente que, en cada comunidad parroquial, pastores y creyentes nos preguntemos qué estamos haciendo para que la Eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”.

 

Eucaristía, tiempo para vivir

 

 

 

El tiempo litúrgico abre una brecha en nuestra vida normal sujeta al tiempo.

 

La Eucaristía del domingo rompe nuestro tiempo para abrirnos a un camino de liberación. En este tiempo de activismo, dar gratuitamente una hora al Señor del tiempo, es una contestación a la supremacía del activismo.

 

Tiempo en que Dios reparte su favor a la tierra

 

En su inmensa bondad, el Señor nos da un tiempo para vivir de manera distinta el tiempo.

 

Cada domingo nos invita a romper el ciclo monótono al que estamos sujetos y nos convoca a detener nuestro trabajo para no convertirnos en esclavos.

 

El Señor sólo nos pide que estemos disponibles para que él pueda hacer en nosotros su obra de liberación.

 

¿Cuántas veces hemos acudido a misa arrastrando los pies y hemos salido más libres que el viento?

 

El tiempo litúrgico bien vivido, nos permite detenernos, tomar aliento y oxigenar nuestras vidas. Nos da la posibilidad de inscribir nuestro tiempo en el tiempo de Dios.

 

En la ofrenda de un poco de pan y vino, la acción litúrgica resume lo que vivimos. Lo hace uniendo nuestros pobres dones al don supremo que Jesús hace de sí mismo. Él es el primer don que el Padre nos ha enviado.

¿Cómo agradecérselo?

 

Nuestro tiempo se inscribe ahora en la eternidad. El cielo se une a la tierra para cantar con una sola voz:

Santo es el Señor.

 

No se trata de un simple acto de agradecimiento, sino de dar gracias por lo que se ha recibido, que es el mismo Jesús:

Por ÉL con Él y en ÉL..

por los siglos de los siglos.

 

Tiempo de vivir con nuestros hermanos

 

Después de haber divinizado lo que hemos humanizado, la liturgia nos envía a vivir esta gracia con los hermanos. Devolved lo que habéis recibido, decía san Agustín.

 

Es un trabajo difícil convertirse en otro Cristo. Tendremos que amar un poco más a los que comparten el tiempo con nosotros.

 

El próximo domingo, el Señor nos invitará de nuevo a su mesa: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que he sido yo el que os he escogido a vosotros.

 

Nosotros responderemos a su llamada felices al sabernos elegidos.

 

Con la libertad de los hijos de Dios, emplearemos el tiempo que nos queda para insertar el tiempo de los hombres en el de Dios.

El tiempo litúrgico es un tiempo para vivir deforma distinta.

 

 

LA EXPERIENCIA DE LA MISA

 

 

El pueblo cristiano ya no es mero espectador en la celebración de la Eucaristía dominical.

 

Puede escuchar la Palabra de Dios en su propia lengua, toma parte activa con sus cantos y oraciones y son bastantes los que intervienen animando la acción litúrgica, leyendo o distribuyendo la comunión. Todo ello constituye uno de los frutos más positivos del último Concilio.

 

Bastantes, sin embargo, no conocen la estructura básica de la Eucaristía, ignoran el sentido de los símbolos y las expresiones más habituales, nadie les ha enseñado de manera práctica cómo vivir cada momento de la misa.

 

Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia es, sin duda, ofrecer a los fieles una catequesis que les ayude a vivir mejor la Eucaristía del domingo.

 

No estaría mal plantearnos unas sugerencias elementales.

 

La misa comienza con un conjunto de ritos de introducción:

CANTO DE ENTRADA

SALUDO

RITO PENITENCIAL

GLORIA Y

ORACION.

 

No se trata de unos minutos sin importancia para dar tiempo a que la gente se acomode.

 

Es el momento de recoger nuestra vida concreta de la semana con sus alegrías y sufrimientos, sus preocupaciones y pecados para prepararnos a vivir un encuentro con Dios.

 

Él nos está esperando.

Cantamos meditando lo que decimos,

pedimos perdón,

nos sentimos unidos a los demás creyentes y

preparamos nuestro corazón.

 

Viene luego:

LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS

LECTURAS BÍBLICAS,

HOMILIA.

Durante este tiempo estamos sentados, en actitud de escucha a Dios.

 

Lo importante no es oír lo que dice el sacerdote sino escuchar internamente a Jesucristo.

 

Hemos oído toda clase de palabras, voces y ruidos a lo largo de la semana. Ahora escuchamos algo diferente, que puede iluminar nuestra vida y poner otra alegría en nuestro corazón. Es un momento importante para alimentar nuestra fe.

 

Después de la PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS, comienza LA PLEGARIA EUCARÍSTICA que se inicia con EL PREFACIO y concluye con UNA ALABANZA FINAL.

 

Es el momento de "levantar el corazón" hasta Dios y agradecer su amor salvador manifestado en la vida, en la muerte y resurrección de Cristo.

 

"Es justo y necesario','

"es nuestro deber y salvación",

 

es lo más grande que podemos hacer. Para un creyente, es el momento más gozoso e intenso de la semana.

 

Sigue después LA COMUNIÓN. Nos preparamos todos juntos, como hermanos.

 

Por eso recitamos o cantamos el "PADRE NUESTRO" y nos damos la paz en el Señor.

 

Luego nos acercamos con fe a recibir a Cristo. Lo acogemos con alegría, pues él alimenta y sostiene nuestra vida. Nos sentimos más unidos que nunca a él. No sabríamos ya vivir sin Cristo.

 

La misa termina con unos ritos de conclusión.

 

Nos despedimos recibiendo la bendición de Dios.

 

Comenzamos así una nueva semana renovados interiormente.

 

Dios nos acompaña.

 

 

IR A MISA

 

El descenso de la práctica cultual entre nosotros ha sido general estos últimos años.

Las nuevas generaciones no vienen a misa. Unos se alarman, otros se entristecen. Pero el hecho está ahí.

Las causas son complejas. La presión social ha desaparecido, la «secularización» ha ido invadiendo el ambiente social, el deterioro de la sensibilidad religiosa ha ido creciendo...

Pero es que, además, hay cristianos que se preguntan si realmente es necesaria aún la liturgia. ¿No basta creer? ¿Es que hay que seguir yendo a misa? ¿No terminaremos siendo creyentes sin necesidad de ser practicantes?

Sin duda, en el fondo de todo ello hay una reacción ante una situación de cristiandad en la que para muchos el cristianismo quedaba casi reducido al cumplimiento de las obligaciones cultuales. Ser cristiano era sinónimo de «ir a misa».

En el evangelio descubrimos algo bien diferente.

Todo arranca no del culto sino de la conversión.

Lo decisivo es la vida, el seguimiento a Jesús, la fraternidad vivida de manera radical, la esperanza en el Padre.

Siguiendo a los profetas, Jesús parece detenerse más en los riesgos que amenazan a la liturgia cultual que en el contenido y el significado que encierra para el creyente.

Así le escuchamos en el evangelio de Mt, 9, 13, palabras tomadas del profeta Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios».

Los primeros creyentes recogieron bien el mensaje del Maestro.

San Pablo entiende que el verdadero sacrificio cultual es la vida. «Os suplico, hermanos, que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto espiritual» (Rm 12, 1).

Los cristianos no vienen a un templo a ofrecer a Dios «víctimas muertas» sino que ofrecen su culto al Padre en la vida. Ellos mismos son «víctima viva» si saben vivir animados por el Espíritu de Jesús.

Pero estos mismos cristianos, para alimentar su vida, se reunían a celebrar la cena del Señor, escuchar su palabra y reavivar su muerte y resurrección.

No se trata de suprimir la liturgia cortando nuestras raíces del acontecimiento de Jesucristo, sino de celebrarla como expresión y fuente de nuestra vida de fe.

Si lo entendemos bien, pocas cosas nos comprometerán más a una existencia cristiana que la celebración de nuestra fe.

Si suprimimos de nuestra vida la celebración litúrgica, nuestra existencia quedará empobrecida, aunque de palabra podamos decir otra cosa.

Quien deja de acudir a la asamblea eucarística, se margina de la comunidad creyente y corre el riesgo de ir abandonando su propia fe.

 

 

APRENDER A COMULGAR

 

Habituados desde niños a recibir la Eucaristía, fácilmente podemos hacer de la comunión un gesto vacío y rutinario, sin apenas contenido alguno para nuestra vida.

Para comprender mejor el rito de la comunión y aprender a comulgar de manera más viva:

1. La preparación litúrgica comienza con el rezo del Padrenuestro. Puestos en pie y sintiéndonos hijos del mismo Padre, invocamos a Dios con las palabras que Jesús nos enseñó, pidiendo que «venga su Reino». Pedimos también a Dios el perdón al mismo tiempo que nos perdonamos unos a otros.

De esa manera el Padrenuestro (cantado a veces con las manos abiertas y alzadas hacia Dios o juntándolas con las del hermano) nos configura como comunidad fraterna hecha de perdón y amor mutuo.

A comulgar no vamos aisladamente, cada uno por su lado, sino como comunidad reconciliada que busca el encuentro con un Dios Padre de todos.

2. Precisamente, por eso, nos damos a continuación el abrazo de paz, que es un gesto que nos invita a romper distancias y aislamientos, y a suprimir odios y divisiones entre nosotros.

El rito se inicia con una oración del sacerdote en la que, en nombre de una Iglesia pecadora pero creyente, se pide a Jesucristo la paz y la unidad.

Después, respondiendo a su invitación, nos damos fraternalmente la paz. El gesto concreto puede ser muy variado: un abrazo, un apretón de manos, un beso, una inclinación de cabeza, una sonrisa... No es un mero gesto de amistad sino expresión de la paz que el Señor nos regala y nosotros nos comunicamos unos a otros.

Si el gesto no es caricatura, es el momento de restañar heridas reforzar vínculos amenazados, reavivar nuestra solidaridad y comprometernos a construir paz.

3. Después de recitar todos él «Cordero de Dios», el sacerdote muestra el Pan eucarístico y nos llama a tomar parte en la Cena del Señor. Es una invitación a la fe y a la vigilancia. Dichosos si en ese momento nos sentimos llamados a comulgar hondamente con Cristo.

4. Con actitud humilde («Señor, no soy digno») pero confiada, en procesión ordenada y pausada, cantando desde lo hondo del corazón algún canto apropiado, nos acercamos con fe a comulgar.

5. El silencio agradecido (habría que prolongarlo más) y la oración conclusiva ponen fin al rito de la comunión. Alimentados por el mismo Cristo nos sentimos enviados a trabajar por un mundo más humano y fraterno. Sostenidos por él podemos seguir caminando con esperanza.

 

 

A QUIEN LA MISA NO LE DICE NADA:                                                           

CON CARIÑO Y HUMOR  

 

He aquí algunas sugerencias, pensadas con cariño y algo de humor para ser seguidas por aquellos a quienes la misa "no les dice nada".

 

Al oír, en la mañana del domingo, la llamada de las campanas que invitan a los creyentes a la oración y la acción de gracias a Dios, no las dejes resonar en tu interior. 

 

Bastante ocupado estás en organizarte bien el domingo.

 

Nunca llegues a la iglesia con tiempo suficiente para estar unos minutos en silencio y prepararte para vivir la celebración. 

 

Es mejor entrar a última hora de manera atropellada. Así se te hará todo más corto.

 

Colócate lo más atrás posible. Es más difícil seguir de cerca lo que se realiza en el altar, pero se domina mejor la situación y se está más tranquilo. 

 

Además, puedes salir de los primeros.

 

A ser posible, no abras la boca en toda la celebración ni para cantar ni para unirte a la oración. Esto es para personas más "piadosas". 

 

A ti te va más una postura seria y digna.

 

Si te animas a cantar algún canto, no se te ocurra fijarte en la letra para ver qué estás diciendo. Lo importante es que la canción salga bien y suene" de manera agradable. 

 

Ya habrá tiempo para comunicarte con Dios.

 

Al sentarte para oír la Palabra de Dios, no escuches el mensaje de las lecturas bíblicas. Es un buen momento para ponerte cómodo y descansar. Puedes observar qué personas han acudido a misa. 

 

Las palabras del lector te servirán de "música de fondo".

 

La homilía puede ser un momento más interesante o un verdadero ejercicio de "paciencia", todo hay que decirlo. En cualquier caso, ya te sabes más o menos lo que dirá el sacerdote. Puedes, incluso, comentarlo a la salida. Pero no se te ocurra escuchar interpelación o llamada alguna para ti.

 

Aprovecha los momentos de silencio (desgraciadamente, no suelen ser muchos) para recordar lo que tienes que hacer al salir de misa. No entres dentro de ti para dar gracias a Dios o pedirle perdón. A ti no te van esas cosas.

 

Al comulgar, muestra tu habilidad en hacerlo de manera rápida y ágil. Así podrás pasar revista a los que vienen después de ti. Al llegar a tu sitio, no te recojas interiormente para comunicarte con Cristo. 

Eso se hacía antes del Concilio.

 

Sobre todo, sé rápido al final porque ya sabes cómo se amontona luego la gente. No necesitas quedarte a recibir la bendición de Dios. 

El te quiere y te bendice, incluso cuando estás ya fuera del templo.

 

Pero, eso sí. Cuando el sacerdote diga en la misa: 

"Levantemos el corazón", 

tú no abras la boca. No digas 

"Lo tenemos levantado hacia el Señor"; 

 

no lo digas porque no es verdad. Todavía no has "levantado tu corazón" hacia el Señor; y, si no lo haces, difícilmente te podrá decir algo la misa.  

Cuadro de texto: Sobre la Misa
Cuadro de texto: