Materiales

para el catequista

Cuadro de texto: 1.- Carta a un catequista

Querid@ amig@:

Dios necesita a los hombres, Dios me necesita a mí.
Yo soy la única Biblia que aún lee la gente.
Dios no tiene manos y se vale de mis manos
para hacer su trabajo cada día.
Dios no tiene pies y utiliza los míos
para enseñarles el camino a los hombres.
Dios no tiene medios y cuenta con mi ayuda
para llevar a los hombres hasta Él.
Dios no tiene oídos y utiliza los míos
para escuchar los problemas de los hombres.

Jesús fue testimonio de Dios con sus manos, con sus pies, con sus labios. Hoy Jesús tampoco tiene medios, sólo nos tiene a nosotros para anunciar el mensaje liberador de Dios; para influir en los demás desde las cosas sencillas de cada día; porque seguro que, para bien o para mal, los cristianos ejercemos cierta influencia en los demás. Esa es la razón por la que debemos ser cristianos las 24 horas del día.
Hubo otras personas en el pasado que influyeron en nosotros; por su actitud, por sus hechos. Seguro que no eran muy importantes, sino personas corrientes, pero íntegras. De la misma manera, si en nuestro entorno respiramos paz, justicia, ayuda, aliento, un corazón abierto a los demás, también influiremos en ellos de manera positiva.
Es ésta una difícil tarea, porque supone estar alerta siempre, poniendo amor donde haya odio, fe en lugar de dudas, esperanza en vez de desesperaciones, alegría donde haya tristezas, luz donde estén las tinieblas.
¡Qué difícil, Señor! Yo estoy a punto de decir “paso”; pero eso ya lo hicieron otros. A veces siento que nos lavamos las manos como hizo Pilato, por comidad, claro está; pero si Dios nos escogió para formar parte de su Iglesia, y para ser catequistas, y además comprometidos, Dios no se puede equivocar. Así es que debemos prepararnos y esforzarnos en ser embajadores ejemplares de un pueblo muy especial, el Pueblo Santo de Dios.
Yo creo que hay mucha gente buena, creo que nosotros somos buenos, casi siempre, pero ser testimonio de Dios es otra cosa. Es algo así como unir fe y compromiso, oración y acción, conjugar la teoría y la práctica, trabajar por los más necesitados, ser generosos, estar siempre dispuestos, no esperar nada a cambio, perdonar siempre; y sobre todo, ser valientes porque una empresa tan importante no la pueden llevar a cabo los cobardes.
Estos días pensé mucho en todo esto; creo que a menudo negué a Cristo a lo largo de mi vida, y estoy seguro de que volveré a hacerlo, si no con palabras sí con las obras, aunque lo mismo que Pedro, me parezca que no.
Orar, orar, orar. Orar siempre para que no nos cansemos, para que el Espíritu nos dé luz y fuerza. Analizar cada noche las obras del día.
Sentirnos humildes ante la grandeza de Dios que nos lo dio todo; nuestro, no es nada. Darle gracias por la vida, e incluso por el trabajo responsable que nos encomendó. Ofrecerle todo lo mejor de nosotros y procurar que sea abundante.
Y unirnos con fuerza, juntos, venciendo los obstáculos del camino con optimismo, con alegría; porque un defecto que tenemos los cristianos es el de dar una imagen de tristes, de amargados. Preocupados por los demás sí, pero alegres; preocupados por los demás sí, pero no amargados. Participar en las Eucaristías con felicidad deseando no separarnos. Que cada acto nuestro sea liberador, atrevido, coherente, con una gran sonrisa en el alma.
En resumen, que nuestra fe cristiana sea testimonio para despertar los corazones dormidos de tanta gente que aún no sintió la necesidad de seguir a Jesús en la vida de cada día. Que como catequistas les comuniquemos nuestra experiencia viva de fe.
Yo, Juan, le pido ayuda a María para que ella nos dé fuerza para decir “sí” siempre, ante la voluntad de Dios.
Y a vosotros os doy las gracias por la paciencia que tenéis al escucharme; al expresaros estos sentimientos y convicciones, compañeros catequistas, siento que al mismo tiempo han ido creciendo en mí. La comunión de bienes es importante, no sólo los materiales, si no también los espirituales. Jesús es nuestro don.
							Un abrazo. Juan



2.- Ser o no ser catequista

Se excusan algunos diciendo que no están preparados para ser catequistas, pero que les gustaría serlo. Es una objeción razonable. 
De todas formas, nunca estaremos preparados para ser catequistas ideales. No existen los catequistas ideales, como no existen los padres ideales. Existen los catequistas reales, con sus virtudes y sus lagunas. Lo cierto es que nos vamos haciendo poco a poco. Basta un mínimo de responsabilidad. Y sobre todo, tienes que tener presente que ser catequista es una vocación, no un capricho o un gusto personal. Ser catequista es una consecuencia de tu vocación cristiana, de tu bautismo.


1.- El catequista conoce a cada uno por su nombre 
Aprendiendo el nombre y llamando a cada uno por el nombre desde la primera reunión, el catequista da a entender que cada persona es importante y que quiere entablar con cada uno una relación personal. "Yo soy el Señor que te ha llamado por tu nombre" (Is 45,3). 

2.- El catequista hace lo posible por conocer y hablar con los padres de los niños o adolescentes del grupo
Conocer el contexto en el que la persona vive nos lleva a entender mejor determinadas cosas, actitudes, palabras, modales... y también esto evitará juicios rápidos y, en ocasiones, peyorativos. 

3.-El catequista procura que cada uno se sienta a gusto. 
Son importantes las palabras que el catequista dice a la persona singular. Hay detalles que indican mucha atención y esmero en el trato, como cuando un catequista pregunta algo tan sencillo como: "¿Qué tal va tu catarro?". 

4.- El catequista da confianza 
No se trata sólo de inspirar confianza, sino de darla, de repartir responsabilidades pequeñas o grandes a los miembros del grupo. 

5.- El catequista valora a cada persona 
Toda persona humana es sensible a los detalles de valoración que se tienen con ella. «Fíjate, se acordó de mi santo». «Fíjate, vino a verme, me llamó». «He dicho una cosa en el grupo y me ha dicho: 'muy bien'». 

6.- El catequista anima a intervenir 
"Parece que quieres decir algo". "Vamos a dar una oportunidad para que intervengan, si quieren, aquellos a los que no les hemos dejado intervenir los que hablamos mucho". Fuera del grupo, el catequista se puede acercar a los más silenciosos y decirles: "Yo sé que tienes muchas cosas bonitas que decir. ¿Te puedo ayudar a decirlas? ¿Te gustaría exponerlas? ¿Te gustaría que me dirigiera a ti y te invitara a decir tu opinión alguna vez? ¿Cómo lo hacemos?". 

7.- El catequista cuida muy mucho el hacer juicios de valor sobre las personas 
En general, las personas cuando nos sentimos juzgadas (en especial si el juicio es negativo) nos cerramos y aislamos o por dentro decimos: "Ahora te vas a enterar de quién soy yo". Una postura diversa es la cercanía y comprensión. Por ejemplo: "Entiendo muy bien que tengas dificultad en creer que Jesús resucitó. No es fácil lo central de la fe cristiana. Te entiendo. Podemos seguir, de todas formas, intentando abrirnos a este misterio". 

8.- El catequista respeta el "santuario sagrado" del otro 
El catequista sabe ser discreto y no pide ni exige confidencias más allá de lo que el otro libremente quiera decirle. La libertad y la intimidad de cada persona son siempre sagradas, tenga la edad que tenga el otro. "Voy a hacer una pregunta importante, pero no hay que responder nada. Es sólo para ayudarte a pensar. Si alguno quiere hablar. .. Pero antes tiene que pensárselo mucho". 

9.- El catequista se presenta como persona positiva 
Es cierto que no todo es bueno, ni lo fue en otros tiempos, en nuestros días. Pero hay muchas cosas buenas. Uno que anuncia el Evangelio de Jesús y la resurrección de Jesús no puede ser una persona pesimista, que todo lo ve negro o sólo ve lo negro... ¿Cómo es posible creer en el Reino de Dios y ser pesimista? "Mi Padre sigue trabajando y yo también trabajo" (Jn 5, 17). 

10.- El catequista es persona de palabra 
Cuando el catequista promete o se compromete a una cosa lo hace. Si no ha podido, pide disculpa y sabe disculpar a los miembros del grupo. Es importante que los miembros del grupo descubran que se les toma en serio y que no se tienen dos varas de medir, una para el catequista y otra para ellos. 

RECUERDA 

- Acoger a cada uno como es. 
- Conocer su nombre y, en la medida de lo posible, su historia. 
- Situarte ante él de manera positiva: "En esta persona Dios está ya, tiene impresa su huella en lo más profundo de ella. Dios quiere ser más conocido y amado". 


3- ¿Cómo prepararse para dar una catequesis?

Muchos catequistas, en las circunstancias que nos ha tocado vivir hoy, dicen: “Tiemblo cada vez que tengo que dar una catequesis”, “creo que no estoy suficientemente formado”; “cada vez me cuesta más trabajo interesar a los niños en los temas que damos”, “cada sesión de catequesis es una nueva sorpresa y no sé cómo actuar”.
Algunos catequistas, como consecuencia de esta realidad, cuestionan su compromiso en la catequesis: ¿Por qué no lo dejo hasta que esté mejor formado? ¿Por qué no vienen otros más capacitados que yo? ¿Por qué tengo que ser yo el que dé catequesis en estas circunstancias? ¿Por qué...?
Pienso que, dar catequesis, es algo bastante menos complicado de lo que parece. Iniciar a la vida cristiana ha sido una práctica de la Iglesia a lo largo de toda su historia y han sido, precisamente, en la mayoría de los casos, cristianos sencillos, los catequistas que han comunicado a otros la fe recibida de manera competente y fructífera.

1.- Fíate del que te llamó

El catequista fundamenta su acción en su vocación. Tiene conciencia de que es un llamado y un enviado. Si somos consecuentes con esta misión no podemos ir a una sesión de catequesis pensando que todo va a depender de nosotros.
Tenemos que ser humildes y reconocer, como el apóstol Pablo, que: “Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; por tanto, el que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea Dios” (1 Cor. 3,6-7). Tenemos que confiar en el Señor que nos llamó para ser catequistas y aceptar que la obra es suya.
Ser catequista, es, ante todo, ser una persona de fe en la obra de Dios. Jesús nos decía: “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo” (Jn 5,17). Tenemos que confiar en que la obra es de Dios y Él cuida amorosamente de sus hijos todos los días.
Si nos fiamos del que nos llamó tendremos paz para desarrollar la obra que nos encomendó. Después de trabajar con empeño y poner todo nuestro ser al servicio de la misión podremos decir: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).

2.- Comunica lo que vives

Comunicar la propia experiencia de fe es la primera forma de evangelizar. Normalmente “somos y vivimos” más de lo que “sabemos y comunicamos”. No siempre transmitimos bien todo lo que conocemos y vivimos. No tenemos palabras suficientes para explicar las experiencias más profundas de la vida cristiana.
Cuántas veces hemos dicho ese famoso refrán: “Nadie da lo que no tiene”. Preocúpate más de tener algo que decir, que de cómo lo vas a decir. Decía el profeta Jeremías: ¡Ah, Señor, mira que no sé hablar, pues soy un niño!”. Y el Señor me respondió: No digas: “Soy un niño”, porque irás donde yo te envíe y dirás lo que te ordene. No les tengas miedo, pues yo estoy contigo para librarte.” (Jer 1,6-8)
El temor a fracasar nos impide, muchas veces, dar la catequesis con alegría y paz. Cuando vivimos la vida cristiana con sencillez y abandonada en Dios, no debemos temer comunicar lo que vivimos. El Señor estará con nosotros para hacer su obra a pesar de nuestras limitaciones.
Cuando parece que todo va mal y que lo único que podemos esperar es el fracaso de toda nuestra obra, deberíamos repetir una y otra vez, con la misma fortaleza de Sta. Teresa: “Nada te turbe. Nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, nada le falta: Sólo Dios basta”.

3.- Profundiza lo que enseñas

Casa sesión de catequesis tiene un tema concreto que explicar. Debemos conocerlo bien e interiorizarlo. Asumirlo personalmente.
No puede ser, por tanto, una comunicación fría y superficial, sin alma. Hay que poner fervor y sabiduría en nuestras palabras y gestos. Esto supone que tenemos que saborear personalmente el tema, estudiarlo con todos los medios a nuestro alcance y prepararlo con la pedagogía adaptada a los destinatarios.
Debemos leer despacio todo el tema y tratar de meditarlo y conocerlo en profundidad. Es bueno que nos preguntemos ante el mensaje de cada tema: ¿qué me dice el Señor?, ¿qué espera de mí?, ¿cómo vivo lo que tengo que anunciar?

4.- Utiliza la guía pedagógica

Los materiales elaborados para dar la catequesis son un instrumento útil a nuestro servicio. Las guías para el catequista ofrecen, “paso a paso”, el camino a recorrer en una sesión de catequesis.
Se presenta y programa para cada catequesis: objetivos, contenidos a transmitir, actividades para comprender, profundizar y recordar. Sugerencias para orar o celebrar. Propuestas para llevar a la vida el tema tratado. Son los distintos aspectos que debemos tener en cuenta a la hora de impartir la catequesis.
A veces somos muy arriesgados. Nos atrevemos a presentarnos en el grupo sin haber leído la guía del catequista. En la guía hay encerrado mucho amor, sabiduría y experiencia. Seguro que también encontrarás algunas deficiencias y, en ocasiones, no responderá del todo a lo que necesita tu grupo concreto.
El trabajo de adaptar las sugerencias de la guía al grupo es tarea propia de cada catequista. Nadie podrá suplir la labor del catequista por muy buena que se la guía pedagógica. A veces dirás: “Esto me ayuda” y lo utilizarás tal como viene presentado en la guía.
En otras ocasiones pensarás: “No es esto lo que necesita mi grupo”. “Esto no me va a mí o no lo sé utilizar yo”. Entonces, busca otra propuesta mejor y, así, seguirás creciendo como catequista. La práctica te irá enseñando a exponer los diferentes temas y el conocimiento de los destinatarios te ayudará a adaptarte lo mejor posible a sus preguntas y a su vida.

5.- Prepara la catequesis con otros catequistas

Os reunís como primer paso de la preparación de la sesión de catequesis. Esa reunión sugiere y orienta el trabajo personal que cada uno tendrá que completar posteriormente. Otros se reúnen al final de la preparación personal para compartir con los demás catequistas lo reflexionado individualmente y, de esa manera, enriquecerse y completar lo estudiado por otros.
Es verdad que, el trabajo personal del catequista, no lo puede sustituir el trabajo en grupo. Cada uno debe enfrentarse con el tema y hacerlo propio. Pero, también es cierto que no nos podemos limitar al trabajo personal: necesitamos compartir nuestra fe con otros.
Hemos de sentirnos comunidad viva para trabajar con fidelidad y paz. La unidad en la misión es lo que Cristo pide para su Iglesia. La considera indispensable para que el mundo crea: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

4.– Oración del catequista

Me has llamado, Señor, 
en esta etapa de la historia, 
a continuar la tarea de anunciar el Reino 
que comenzó tu Hijo Jesús.
Con los profetas, quiero gritar: 
Mira, Señor; que no soy más que un niño 
que no sabe hablar. 
Con María, quiero rezar: 
aquí estoy. Hágase según tu palabra.

Tú, Señor, conoces toda mi vida,
mis dudas y mi fragilidad,
mis pasos vacilantes
y mi confianza en ti.
No puedo presumir de nada,
solo quiero que mi vida
esté a disposición del Evangelio
para que tu nombre sea conocido
y ensalzado por todos.

Señor, pon calor en mis palabras
coherencia en toda mi vida
para que mis gestos y mis palabras
interroguen al que busca,
calienten el corazón de los fríos,
animen los pasos de los que vacilan,
aviven la vida de la comunidad.

Que la fuerza del Espíritu
me acompañe siempre
y me inspire lo que es justo y oportuno
para hacer resonar tu mensaje
a quienes confías a mis cuidados.

Manténme en actitud de escucha
y de diálogo contigo
para que tu seas la fuente primera
de mi sabiduría y experiencia de fe. Amén.