Cercas o puentes

 

Eran dos hermanos; hermanos para los buenos y los malos momentos. Jugaban juntos durante la infancia, frecuentaban la misma escuela, la misma iglesia y las mismas fiestas. Se enamoraron y se casaron con dos hermanas y se instalaron en haciendas cercanas. Vinieron los hijos, y las dos familias eran una sola familia, las dos haciendas, una sola hacienda. Apadrinaron cada uno al primer hijo del otro. La armonía era perfecta y las dos haciendas prosperaron. Como símbolo de la plenitud y de la felicidad un riachuelo unía las dos propiedades.

Un día hubo una desavenencia entre ellos. Algo insignificante.

Pero no consiguieron ponerse de acuerdo y la amistad de tantos años desapareció; con ella se perdió también la alegría. Ya nada tenía sentido, más que el odio recíproco entre los hermanos. Y el resentimiento se apoderó del corazón de todos, sin respetar hermanos, cuñadas, sobrinos, padrinos y ahijados.

Una mañana, un carpintero llamó a la puerta con una caja de herramientas en la mano. Iba en busca de empleo. El hacendado le dijo que tenía trabajo para muchos días: «¿Ve aquella hacienda más allá del arroyo? Es de mi vecino, o mejor dicho, del más joven de mis hermanos. Hemos reñido y no puedo soportarlo. ¿Ve aquella leñera y los rollos de alambre que están en el granero?

Quiero que construya una cerca bien alta a lo largo del río para que no tenga que volver a verlo. En el granero hay también clavos, martillo y todo el material necesario».

Puesto que tenía que ir a la ciudad, el hermano mayor ayudó al carpintero a encontrar el material, le dio instrucciones precisas sobre la dirección y altura de la cerca y se marchó. Cuando regresó, al anochecer, encontró al carpintero delante de la casa. Sorprendentemente, había terminado el trabajo. El hacendado se puso rabioso: «¡Es usted un insolente! Le mandé construir una cerca y me ha edificado un puente.. .».

Todavía estaba enfurecido contra el carpintero cuando vio a su joven hermano, sonriente, con los brazos abiertos atravesando el puente y clamando: «Hermano, había esperado desde hace mucho tiempo este día...». Y después de un instante de vacilación, los hermanos se abrazaron y las lágrimas que brotaron de sus ojos redujeron poco a poco el resentimiento de tantos años. Después vinieron las esposas y los hijos, y las lágrimas purificaron aquel recíproco acto de reconciliación. El hermano mayor, emocionado, le pidió al carpintero, que se estaba marchando: «Espere, quédese con nosotros, quédese a la fiesta de la reconciliación». Pero el carpintero le dijo: «Me gustaría quedarme, pero tengo que construir otros muchos puentes...».

 

Nuestro mundo tiene demasiadas cercas y muy pocos puentes. Rupturas, incomprensiones, malentendidos... Las ofensas tienden a perpetuarse entre hermanos, familias, comunidades, naciones. . . Con el pasar de los años, la separación aumenta y se van construyendo nuevas cercas. Y con las cercas desaparece la alegría de vivir. Muchas veces esas rupturas se hacen definitivas.

Es preciso que alguien tome la iniciativa de construir un puente. ¿Quién? No importa quién sea el culpable, quién comenzó la desavenencia. La responsabilidad de construir el puente es de todos. La iniciativa será, desde luego, del más inteligente.

 

Para reflexionar:

. En tus relaciones familiares o comunitarias, ¿dónde están las cercas?

. ¿Cómo proceder para construir puentes? 

 

El abuelo y el nieto

 

Un hombre anciano y débil fue a vivir con su hijo, su nuera y un nieto de cuatro años. Sus manos temblaban, la vista le fallaba y su paso era inseguro.

Toda la familia comía en el comedor, pero, para el anciano, este acto le resultaba bastante difícil: tiraba la leche en el mantel, los alimentos se le caían al suelo...

El desorden que ocasionaba fue irritando fuertemente al hijo y a la nuera. «Tenemos que hacer algo respecto del abuelo», dijo un día el hijo. «Ya estamos hartos de que tire la leche, de oírlo comer ruidosamente, y de ver parte de su comida en el suelo...».

Por tanto, el marido y la esposa prepararon una mesa pequeña en un rincón de la sala. Allí el abuelo comía solito, mientras el resto de la familia disfrutaba la comida. Después de que el abuelo rompiera dos platos, la comida se la servían en un tazón de madera. Cuando la familia le miraba de reojo, a veces notaba una lágrima en sus ojos, por estar solo. Aun así, las únicas palabras que la familia tenía para él eran constantemente amenazas cuando se le caía un tenedor o tiraba la comida.

El nieto de cuatro años asistía a todo en silencio. Una noche, antes de cenar, el padre notó que su hijo estaba jugando en el suelo con restos de madera. Él le preguntó dulcemente al niño: «¿Qué estás haciendo?». De igual manera el niño le respondió: «Mira, estoy fabricando una pequeña taza para que mamá y tú comáis cuando yo crezca». Y siguió trabajando.

Las palabras del niño impresionaron tanto a los padres, que se quedaron mudos. Sin embargo las lágrimas comenzaron a fluir por sus rostros. Aunque no se dijeron ni una sola palabra, ambos sabían lo que debían hacer. Aquella noche el marido tomó al abuelo de la mano y lo condujo, con suavidad, a la mesa familiar.

El resto de los días de su vida comió siempre con la familia.

Por alguna razón, ni el marido ni la esposa parecían preocuparse ya cuando se le caía un tenedor o la leche se derramaba, o se ensuciaba el mantel.

 

Los niños son bastante observadores. Sus ojos siempre están observando, sus oídos siempre escuchando y sus mentes procesan los mensajes que ellos reciben. Si nos ven crear pacientemente una atmósfera feliz en nuestra casa, para nuestros familiares, ellos imitarán esa actitud el resto de su vida.

El padre sabio percibe diariamente que se está construyendo el futuro del niño. Seamos sabios constructores del bien con nuestras actitudes.

 

Para reflexionar:

. ¿Has pensado ya que algún día te harás mayor? ¿Te estás preparando para ello?

. El mandamiento nos pide amar a nuestros padres tal como son, independientemente de sus virtudes y cualidades.

 

 

Los cristales de la ventana

 

Un matrimonio se fue a vivir a un barrio muy tranquilo. La primera mañana que pasaban en la casa, mientras tomaban café, la mujer reparó, a través de la ventana, en una vecina que tendía las sábanas en el tendedero y comentó con su marido:

- ¡Qué sábanas más sucias está tendiendo!

El marido observó en silencio. Unos días más tarde, de nuevo, durante el café de la mañana, la vecina estaba tendiendo sábanas, y la mujer comentó con el marido:

- ¡Nuestra vecina sigue tendiendo sábanas sucias! y así, cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso apenas veía a la vecina tendiendo ropa.

Después de algún tiempo, la mujer se sorprendió al ver que la vecina tendía las sábanas muy blancas.

El marido respondió con calma: Ayer me levanté pronto y limpié los cristales de la ventana de nuestra casa. No eran las sábanas de la vecina lo que estaba sucio, sino los cristales de nuestra ventana.

 

Todo depende de los cristales por los que miremos los hechos.

Antes de criticar, observemos nuestros propios defectos y límites.

Miremos ante todo a nuestra propia casa, hacia dentro de nosotros mismos. Sólo así podremos tener una idea del valor real de nuestros amigos. Lavemos los cristales de nuestro corazón.

 

Para reflexionar:

. Después de habar leído esta historia, ¿has sentido el deseo de no juzgar a los otros?

. No busques defectos, sino cualidades y soluciones.

 

El regalo de papá

 

Era el cumpleaños del niño. Después del tradicional ¡Feliz en tu día! y de haber apagado las seis velitas, vinieron los regalos de los presentes. Paquetes de todos los colores y tamaños. El último que iban a abrir parecía el mejor. Era el de su padre. Una serie de capas de papel sobrepuestas envolvía el regalo. Se trataba de un papel que decía: «Hijo mío, este año te daré 365 horas de mi tiempo, una hora al día. Esta hora, normalmente después de comer, podrá ser diferente en días especiales, y será enteramente tuya. Iremos adonde quieras a jugar o simplemente a pasar el rato conversando sobre tu escuela, tus amigos, tus descubrimientos y dudas».

El regalo fue tan hermoso que tuvo que renovarlo en los años siguientes. Fue el mejor regalo de mi vida, aseguró el hijo, años después.

 

No cabe duda de que la autoridad paterna está en declive. Su influencia ha sido sustituida por la de los amigos, por la televisión y hasta por los colegas de la misma edad.

El nostálgico padre Eugenio Charboneau escribió un día una

meditación para los padres:

- Sólo una vez nuestro hijo tendrá tres años y estará deseando abrazarse a nuestro cuello.

- Sólo una vez tendrá cinco años y querrá jugar con nosotros.              - Sólo una vez tendrá diez años y deseará estar con nosotros, en nuestro trabajo.

- Sólo una vez será adolescente y verá en nosotros un amigo

con quien conversar.

- Sólo una vez estará en la universidad y querrá contrastar ideas con nosotros.

- Si nos perdemos esas oportunidades, nos perdemos a nuestro

hijo para siempre y él no tendrá padre.

 

Para reflexionar:

. ¿Cuánto tiempo reservas para conversar y jugar con tus hijos? . Comenta hoy la meditación para los padres del padre Eugenio

Charboneau.

 

Cincuenta euros

 

Un famoso conferenciante comenzó un seminario mostrando un billete de 50 euros.

En una sala con doscientas personas preguntó:

- ¿Quién quiere este billete de cincuenta euros? Comenzaron a levantarse manos. Él dijo:

- Yo le daré este billete a uno de ustedes, ¡pero déjenme antes

hacer esto!

Entonces arrugó bien el billete y preguntó otra vez:

- ¿Quién quiere todavía este billete? Las manos siguieron

levantadas. - Bien -dijo él-, ¿y si hago esto?

Tiró el billete al suelo, lo pisó y lo restregó.

Después recogió el billete sucio y arrugado, y preguntó: - Bueno. ¿Quién quiere todavía este billete?

Todas las manos permanecieron en alto.

- Amigos míos, todos ustedes deben aprender esta lección: no

importa lo que yo haga con el dinero, ustedes seguirán queriendo este billete, porque no pierde su valor, seguirá valiendo cincuenta euros.

Lo mismo ocurre también con nosotros. Muchas veces, en nuestras vidas, somos heridos, pisoteados y quedamos sucios a causa de las decisiones que tomamos y/o por las circunstancias que surgen en nuestro camino.

Así acabamos sintiéndonos despreciados, sin importancia. Sin embargo, creámoslo, a pesar de lo que haya pasado o de lo que ocurrirá en el futuro, jamás perderemos nuestro valor delante de Dios.

Nuestro valor, el precio de nuestras vidas, no se calcula por lo

que hacemos o lo que sabemos, sino ¡por lo que SOMOS! Somos especiales. TÚ eres especial. Muy especial. ¡No lo olvides jamás!

 

Para reflexionar:

. «No juzguéis y no seréis juzgados». ¿Por qué dijo esto Jesús?

. Por muy pecadora que sea una persona, sigue siendo amada por Dios.

 

El árbol de los problemas

 

Un hombre contrató un carpintero para que lo ayudase a arreglar algunas cosas en su hacienda. El primer día del carpintero fue bastante complicado. Se le pinchó una rueda del coche. La sierra eléctrica se le rompió. Se cortó en un dedo. Y, al final del día, el coche se negó a arrancar.

El hombre que había contratado al carpintero se ofreció a llevarle hasta su casa. Por el camino, el carpintero no dijo nada. Cuando llegó a su casa invitó a aquel hombre a que entrara a conocer a su familia. Mientras los dos se encaminaban hacia la puerta de entrada, el carpintero se detuvo ante un pequeño árbol y tocó suavemente con las dos manos las puntas de los retoños. Después de abrir la puerta de su casa, el carpintero se transfiguró. Los trazos tensos de su rostro se transformaron en una gran sonrisa, y abrazó a sus hijos y besó a su esposa.

Un poco más tarde, el carpintero acompañó a la visita hasta el coche. Mientras pasaban por el árbol, el hombre preguntó: «¿Por qué tocó usted esta planta antes de entrar en casa?». «¡Ah! Es que éste es mi Árbol de los Problemas. Yo sé que no puedo evitar tener problemas en mi trabajo, pero esos problemas no deben afectar ni a mis hijos ni a mi esposa. Por eso todas las noches, cuando llego a casa, dejo mis problemas en este árbol, y los recojo al día siguiente. Y, ¿quiere saber una cosa? Cada mañana cuando vuelvo a buscar mis problemas, se han reducido a la mitad de lo que yo recuerdo haber dejado la noche anterior».

 

Para reflexionar:

. ¿Es tu hogar un muro de lamentaciones o un rincón de alegría? . ¿Te das cuenta de que el otro también puede tener problemas, e incluso mayores que los tuyos?

 

El saco de carbón

 

El pequeño José entró en casa, pataleando en el suelo con rabia. Su padre, que estaba saliendo hacia la finca para hacer algunos trabajos en la huerta, al ver aquello, llamó al pequeño para conversar con él. José, con ocho años de edad, lo acompañó desconfiado. Antes de que su padre comenzase a hablar, explotó irritado:

- Papá, estoy muy enfadado. Lucas no debería hacerme lo que me hizo. Le deseo todo lo peor, quisiera que se muriera ahora mismo.

Su padre, un hombre sencillo, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al chico que seguía reclamando:

- Lucas me ha humillado delante de mis amigos. ¡No se lo voy a perdonar! Me gustaría que enfermara y no pudiera ir a la escuela.

El padre le escuchaba con calma caminando hacia un refugio donde guardaba un saco lleno de carbón. Llevó el saco hasta el final de la finca y el niño lo acompañó en silencio.

José se quedó mirando cómo abría el saco y, antes de que pudiese hacer ninguna pregunta, su padre le hizo una propuesta:

-Hijo, imagínate que aquella camisa blanquita que se está secando en el tendedero es tu amigo Lucas, y que cada pedazo de carbón es un mal deseo que le diriges a él. Quiero que tires todo el carbón del saco en la camisa, hasta el último pedazo. Luego me daré la vuelta para ver como ha quedado.

El niño pensó que sería un juego muy divertido y se puso manos a la obra. El tendedero con la camisa estaba lejos, y pocos pedazos daban en el blanco. Después de una hora el pequeño terminó la tarea. El padre que expiaba todo desde lejos, se aproximó al niño y le preguntó:

- Hijo, ¿cómo te sientes ahora?

- Estoy cansado, pero alegre, porque acerté muchos pedazos de carbón en la camisa.

El padre miró a su hijo, que seguía sin entender la razón de aquel juego, y con cariño le dijo:

- Ven conmigo a mi cuarto, quiero enseñarte una cosa.

El hijo acompañó al padre hasta su cuarto y el padre colocó al hijo frente a un espejo grande, donde podía ver su cuerpo entero. ¡Qué susto! Sólo se podían distinguir los dientes y los ojos del chaval.

El padre le dijo todavía tiernamente: - Hijo, ya has visto que la camisa casi no se ha ensuciado, pero mírate sólo a ti mismo: estás todo sucio. El mal que deseamos a los otros es como lo que a ti te ha pasado. Por mucho que podamos atormentar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y el hollín quedan siempre en nosotros mismos.

Cuidado con tus pensamientos: éstos se transforman en palabras.

Cuidado con las palabras: éstas se transforman en acciones.

Cuidado con tus acciones: luego se transforman en hábitos. Cuidado con tus hábitos: ellos modelan tu carácter. Cuidado con tu carácter: él decidirá tu destino.

 

Para reflexionar:

. Sólo hay una manera de vencer el mal: haciendo el bien. . ¿Vigilas tus pensamientos, palabras y acciones?

 

 

El viento y las raíces

 

Un médico, a punto de jubilarse, tenía como hobby plantar árboles en una gran finca que rodeaba su casa. Plantaba árboles todos los días. Por falta de tiempo o de conocimiento, se olvidaba de regar las nuevas plantas, de forma que éstas crecían muy despacio. Con verdadera preocupación, un vecino le dijo que los árboles tardarían mucho en crecer -si es que llegaban a hacerlo-, porque les faltaba agua. Y el médico, con mucha sencillez, expresó una fantástica teoría. Explicó que, si regaba las plantas, las raíces se acomodarían en la superficie y esperarían siempre el agua más fácil, la que viene de arriba. Como él no los regaba, los árboles tardarían más en crecer, pero sus raíces tenderían a bajar hacia el fondo en busca de agua. Así, según su teoría, los árboles tendrían raíces más profundas y serían más resistentes a la sequía, al viento y a todas las intemperies.

El vecino cambió de vivienda y, solamente después de muchos años, volvió por allí. Todo seguía más o menos igual. Pero había una diferencia: en la finca del médico había un frondoso bosque.

Era un día de viento muy fuerte y los árboles de la calle estaban arqueados; algunos de ellos mostraban las señales del viento, con brotes y troncos partidos. Pero los árboles de la finca del médico estaban sólidos y parecía que no les afectaban las embestidas del viento. Sus raíces estaban hundidas en la profundidad del suelo.

 

Hay padres que intentan evitar todas las dificultades a los hijos.

Imaginan que amar es criar al hijo como en un invernadero, protegiéndolo de todo y de todos. «Pobrecito», se justifican los padres, «es tan pequeño», y lo rodean de mil protecciones. En consecuencia, no están preparados para la vida, puesto que ésta no es precisamente un invernadero. Sus raíces no crecen y, ante la primera ventolera, muestran su fragilidad. Sobre todo en nuestros días, cuando ya nada parece ser sólido y definitivo, es importante educar y educarnos en la espiritualidad de la resistencia. Las raíces necesitan profundizar, pensando no en lo más fácil, ni en lo más cómodo, sino en lo necesario. Lo importante no es la facilidad del momento presente, sino la capacidad de enfrentar los vendavales del mañana.

 

Para reflexionar:

. ¿Das también gracias a Dios por las dificultades que te surgen?

. ¿Qué significa educarse en la espiritualidad de la resistencia?

 

Un vaso de leche

 

Un día, un muchacho pobre que vendía productos de puerta en puerta para pagar sus estudios, sintió hambre, y vio que sólo le quedaba una moneda de diez céntimos.

Decidió pedir comida en la casa más próxima. Sin embargo, sus nervios lo traicionaron cuando una joven y encantadora mujer le abrió la puerta. En lugar de pedir comida, pidió un vaso de agua.

Ella notó que el joven parecía hambriento y, entonces, le dio un gran vaso de leche. El chico se lo bebió despacio y después le preguntó: «¿Cuánto te debo?». «No me debes nada», respondió ella. Y continuó: «Mi madre me enseñó a no aceptar nunca nada por una ofrecimiento cariñoso». Él le dijo: «Pues te lo agradezco

de todo corazón».

Cuando Howard Kelly, el joven del que hablamos, salió de aquella casa, no sólo se sintió más fuerte físicamente, sino que también su fe en Dios y en las criaturas salió fortalecida.

Años más tarde, aquella joven enfermó gravemente. Los médicos locales la enviaron a la «gran ciudad», donde había un especialista que podría tratar su rara enfermedad. El médico fue inmediatamente a ver a la paciente. Reconoció en ella a la mujer del vaso de leche y se propuso, sin que ella lo supiese, hacer todo lo posible por salvar su vida. Comenzó a dedicarle una atención especial y, después de una larga lucha a favor de la vida de la enferma, ganó la batalla.

El médico responsable de la administración del hospital pidió que le enviasen la factura total de los gastos para aprobarla. El la comprobó, escribió algo en ella y mandó que se la entregaran a la paciente. La joven sentía hasta miedo de abrirla, porque sabía que necesitaría el resto de su vida para pagar los gastos. Finalmente, se armó de valor y abrió la factura en la cual pudo leer: «Pagado totalmente hace muchos años con un vaso de leche. Dr. Howard Kelly».

Corrieron lágrimas de alegría por sus ojos, y su corazón lleno de felicidad oró así: «Gracias, Dios mío, porque tu amor se ha manifestado en las manos y en los corazones humanos».

 

Para reflexionar:

. «Recogemos lo que sembramos».

. ¿Cómo ser una persona generosa y solidaria?

 

El camión y el niño

 

Después de veinte largos años, un viejo camionero, el señor

Mario, llegó a casa un día de sol y llamó a su esposa para que viese su hermoso camión, el primero que había conseguido comprar después de todos aquellos años de fatigas. Se sentía feliz y orgulloso, porque a partir de aquel día sería su propio patrón. Mas, cual no sería su sorpresa cuando, al llegar a la puerta de casa, encontró a su hijo de seis años, martillando alegremente la carrocería del reluciente camión. Airado hasta gritar furioso, le preguntó a su hijo qué estaba haciendo y, sin dudar, en medio de su furia, martillea sin piedad las manos del chaval, que se pone a llorar sin entender qué estaba pasando. La mujer del camionero corrió en auxilio del hijo, pero poco pudo hacer.

Llorando con el niño, consiguió que el marido volviese a la realidad y juntos llevaron al niño al hospital, para que le curasen las heridas provocadas. Pasadas varias horas de cirugía, el médico, desconsolado, bastante abatido, llama a los padres y los informa de que los desgarros eran tan grandes que había sido necesario amputar todos los dedos del niño, que por lo demás el chaval era fuerte y había resistido muy bien la operación, y que los padres tendrían que ponerse de acuerdo para cuidarlo en la habitación.

Ya en la habitación, el pequeño sonrió y le dijo a su padre:

- Papá, perdóname, yo sólo quería cuidar tu camión como tú me enseñaste el otro día. No te enfades conmigo.

El padre, enternecido, dijo que no tenía importancia, que ya no estaba enfadado y que el niño no había estropeado la carrocería del camión, ante lo cual el pequeño preguntó, con ojos radiantes:

- ¿Quiere decir que ya no estás enfadado conmigo?

- No, respondió el padre.

- Si estoy perdonado, papá, ¿cuándo van a nacer de nuevo mis deditos?

 

A pesar de ser fuerte, esta historia tiene características reales, porque en el momento del arrebato, machacamos profundamente

a quienes amamos y, muchas veces, no podemos después «sanar» la herida que dejamos.

¡Qué importante es saber controlar nuestras tendencias impulsivas!

¡Cuán necesario es tener cuidado con lo que vamos a ofrecer al otro!

Haciendo al otro lo mejor, estaremos recibiendo de él lo mejor que le damos.

Somos herederos de nosotros mismos. Lo que damos es lo que

recibimos.

 

Para reflexionar:

. En las horas de irritación, ¿acostumbras a contar hasta veinte o, incluso, hasta cincuenta?

. La mejor manera de mostrar arrepentimiento es hacer lo contrario de lo que hacíamos.

 

 

 

El beso del padre

 

Era la primera vez que el albañil Romualdo asistía a una reunión de la escuela. Doña Rosa, la directora, insistió en la necesidad de que los padres asistieran siempre a las reuniones del colegio, aun sabiendo que muchos de ellos no podían ir. La directora se quedó sorprendida cuando Romualdo, en su humildad, explicó que él apenas tenía oportunidad de hablar con su hijo. Él salía muy temprano para trabajar y, por la noche, cuando volvía, el hijo ya estaba dormido. Sin embargo, iba hasta la cama y le daba un beso, luego hacía un nudo en la punta de la sábana que lo cubría. Así por la mañana, su hijo al levantarse, se daba cuenta del cariño que le tenía su padre. Y doña Rosa recordó que el hijo de Romualdo era uno de los mejores alumnos de la escuela, siempre decía que sus padres lo querían mucho.

 

El tiempo es muy importante en la educación, y la ausencia de los padres lo sienten profundamente los hijos. A veces ellos tienen la impresión de ser huérfanos de padres vivos. Pero el tiempo no lo es todo. Hay padres y madres que tienen mucho tiempo para estar en casa con los hijos, sin que de ello resulte nada positivo.

Cuando la novela, el fútbol o el trabajo mismo ocupan todo el tiempo, de nada sirve la presencia física.

Existe el tiempo-cantidad y el tiempo-calidad. Romualdo tenía poca cantidad de tiempo, pero él lo cualificaba. Aun así, los padres deben evaluar cómo emplean su tiempo. La supervivencia económica es un dato imposible de ignorar. Pero una evaluación correcta mostrará que hay otras cosas también importantes. Si después los padres se preguntan angustiados: ¿En qué consistió nuestro error? ¿Qué hicimos? Tal vez la respuesta pase por esta cuestión: ¿Qué fue lo que dejamos de hacer?

 

 

Para reflexionar:

. ¿Qué es más importante: la novela, el fútbol, o el deber de escuchar al hijo?

. Habla con tu hijo cuando lo necesite. ¡Es posible que mañana sea demasiado tarde!

 

Testimonio de vida

 

Mahatma Gandhi héroe de la independencia de la India, se caracterizaba por su autoridad moral. En una ocasión, una madre le imploró: «Por favor, ¡dígale a mi hijo que no coma azúcar, porque le daña la salud!». Después de una pausa Gandhi le pidió: «Traiga al niño a mi presencia dentro de treinta días». Pasado el tiempo, madre e hijo volvieron a su presencia. Gandhi miró con suavidad y firmeza a los ojos del niño y dijo: «No comas mucho azúcar porque hace daño a la salud».

Agradecida, pero curiosa, la madre quiso saber: «¿Por qué pidió usted treinta días? Podría haber dicho la misma cosa aquel día». Mahatma Gandhi respondió: «Hace treinta días yo estaba comiendo mucho azúcar... No puedo aconsejar bien si no sigo mis propias palabras...».

En su sencillez, san Francisco acostumbraba a decir que el mejor predicador era Fray Ejemplo. La misma posición fue defendida por el papa Pablo VI, cuando abordó la evangelización para nuestros días. Como primera condición puso el «silencioso testimonio de vida».

 

En el mundo de hoy hay demasiadas palabras, demasiadas promesas... Para que la palabra sea creíble es preciso que haya el testimonio de vida de quien la pronuncia. Un padre o una madre no tienen la autoridad moral de pedir alguna cosa a los hijos si ellos mismos no dan ejemplo. Más que decirles: vosotros debéis ir a la iglesia, ellos deberían proponerles: vamos juntos a la iglesia. Esto vale también para el tabaco, la bebida, las buenas maneras...

El evangelio dice que Jesús hablaba con autoridad. .. Esa autoridad le venía en función de su vida. La actitud contraria era la de los escribas y fariseos, que decían y no hacían, y por eso fueron llamados solemnemente hipócritas y sepulcros blanqueados.

 

Para reflexionar:

. «Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran».

. Pablo VI decía que la primera manera de evangelizar hoy es

 mediante el «testimonio silencioso de una vida».

 

Cuadro de texto: Reflexiones 4