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¿Qué es creer en Dios?
-¿Y qué es creer en Dios? ¿Afirmar que existe? -preguntó Alberto. -Creer en Dios es mucho, muchísimo más que afirmar que existe -repuse. -Debe ser así, me imagino -apostilló Carolina-. Hay mucha gente que critica a los cristianos y a los creyentes en general porque no se les nota que creen en Dios. Si creer sólo fuera afirmar que existe, nadie les criticaría. -No te falta razón, Carolina. Y traté de explicarles a ambos qué es para los cristianos creer en Dios.
¿Qué no es creer?
En un primer momento les expliqué qué no es creer. Pensé que, con toda probabilidad, así me entenderían mejor la respuesta que les iba a dejar. La fe en Dios no consiste, por supuesto, en aceptar mentalmente la existencia de Dios y toda una serie de principios doctrinales, de dogmas. A menudo creer se identifica con eso simplemente. Es mucho más. Ser cristiano no es decir creo en algo o alguien. Puede que uno acepte todas las verdades cristianas y no tenga fe. Dice el apóstol Santiago: «También los demonios creen y tiemblan» (Sant 2,19). La fe tampoco consiste en observar una serie de leyes morales, o en cumplir los mandamientos. Por no llegar a entender esto, son muchos los que se preguntan en qué nos diferenciamos los cristianos de los no creyentes. Descubren que hay gente no creyente que cumple los mandamientos y se compromete a favor de causas humanas, tanto o más que muchos cristianos, y les surge la duda. -¿Y cuando uno no siente nada es porque no cree? -me interrumpió Carolina-. Yo antes, cuando era más joven, me sentía más cerca de Dios. Ahora no siento nada. Es como si me sintiera vacía. -La fe tampoco es un mero sentimiento. El sentimiento es consecuencia de otros datos, tales como la edad, el temperamento o las circunstancias, no es manifestación del grado de fe de una persona. Continué: Creer en Dios no es una simple forma de explicar el mundo, la existencia humana o el más allá. Aunque también sirva para eso, como hemos señalado en otro momento. La fe tampoco es una herencia que se transmite de padres a hijos. Pueden los padres ser cristianos y los hijos no. La fe es algo personal. Alberto parecía impacientarse, porque no terminaba de responder a su pregunta sobre qué es creer en Dios. -Nos has dicho qué no es creer, y está muy bien. Pero yo quiero saber qué es creer en Dios -replicó, un poco nervioso. -Ya, ya, Alberto. A ello voy. Necesitaba hacerte este preámbulo para que entiendas bien lo que viene a continuación.
El padre de los creyentes
Antes de responder directamente a la pregunta de Alberto, voy a hacer memoria de Abrahán, que nació hace cuatro mil años antes de Cristo, en Ur, una ciudad situada en el actual y sufriente Irak, y a quien las tres religiones monoteístas más importantes, el cristianismo, el judaísmo y el islam, consideran como «padre de los creyentes». De él se cuenta en la Biblia esta historia, para explicarnos qué es creer en Dios y cómo debemos tener siempre absoluta confianza en Dios, aunque en ocasiones no le entendamos. Era un hombre muy rico. Un día escuchó a Dios que le decía: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Quiero hacer de ti una gran nación». Abrahán se fió de Dios y salió de su país, y se dirigió hacia Canaán, en compañía de su esposa (Gén 12). No tenía hijos y Dios le prometió, en plena vejez, que tendría «una gran descendencia». Pasaban los años y no llegaba ningún hijo. ¿Cómo lo iba a tener con una esposa ya anciana? Él, sin embargo, siguió creyendo en Dios. Confiaba en la promesa de Dios. Y tuvo, al fin, un hijo: Isaac (Gén 21). Su hijo era la ilusión de su vida y en él había puesto su corazón. Y llegó la mayor prueba. Dios, un día, le dijo: «Toma a tu único hijo, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en sacrificio, en uno de los montes, el que yo te diga». A Abrahán le extrañó inmensamente la petición; no entendía nada, pero, confiando plenamente en Él, se levantó de madrugada, aparejó un asno, partió la leña y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho Dios, dispuesto a sacrificarlo. Cuando ya estaba a punto de alzar el cuchillo contra su hijo, oyó una voz que le decía: «Abrahán, Abrahán». Él respondió: «Aquí estoy, Señor». Dios le dijo: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado ni a tu hijo único» (Gén 22).
-¡Extraña y cruel historia! -replicó Carolina, incómoda. -¡No te vayas por las ramas, Carolina! Fíjate en lo que quiere decir la historia, más allá de lo que dice.
Para el judaísmo, el cristianismo y el islam, Abrahán quedará ya, para siempre, como el modelo de creyente en Dios, como un personaje que creyó a Dios y se fió totalmente de Él, aunque, en ocasiones, no entendiera nada.
Creer es aceptar a una persona
Al hilo de la historia narrada, fui directamente a responder a la pregunta de Alberto: ¿Qué es creer en Dios? ¿Afirmar que existe? En el lenguaje ordinario, «creer» encierra significados bastante diferentes. Cuando digo: «Creo que lloverá», quiero decir que «no lo sé con certeza, pero sospecho, intuyo ... que lloverá». Cuando digo: «Te creo», «bueno, ya te creo», estoy diciendo mucho más: «Me fío de ti, creo en lo que tú me dices ... ». Si alguien dice: «Yo creo en ti», está expresando todavía algo más: «Yo pongo mi confianza en ti, me apoyo en ti». Esta expresión nos acerca a lo que vive el que cree en Dios. Cuando una persona habla «desde fuera», sin conocer por experiencia personal lo que es creer en Dios, piensa, por lo general, que la postura del creyente es más o menos esta: «No sé si Dios existe, y no lo puedo comprobar con certeza, pero yo pienso que algo tiene que existir». De la misma manera que uno puede creer que hay vida en otros planetas, aunque no lo pueda afirmar con seguridad. Sin embargo, para el creyente, para el que vive desde la fe, «creer en Dios» es otra cosa, por supuesto mucho, muchísimo más que decir que Dios existe. Cuando el creyente dice: «Yo creo en ti», está diciendo: «Me fío plenamente de ti, y siempre. Me fío de ti en toda circunstancia. Tú no me fallas jamás. Tú me conoces y me amas». Es lo que quería explicarnos la historia de Abrahán. Esta experiencia del creyente nada tiene que ver con la postura del que opina que «algo tiene que haber».
¿Qué es la fe? ¿Qué es creer? Es sentirme íntimamente ligado a una persona, fiarme de ella, confiar en lo que me dice. Es una adhesión a una persona a quien creemos y en quien hemos puesto toda nuestra confianza. Pero no sin más ni más, por supuesto, sino porque la conozco y me ofrece síntomas de que me puedo fiar de ella, porque he experimentado que sus propuestas me colman, me llenan, me dan vida. Para creer así, lo decisivo no son las pruebas, sino la seguridad de que me puedo fiar de ella. Claro que para fiarme es imprescindible haberla conocido y tratado, haberla experimentado. Si no la conozco, no tengo elementos para confiar en ella, para fiarme de su persona. Creer en Dios es fiarse de Dios. Más que creer en Dios, la fe es creer a Dios. Es decir y vivir: «Me fío del Dios manifestado en Jesús, acepto que Él se me presente como quien da sentido a mi existencia, como quien interpreta la historia del hombre». Y me fío, con la garantía de que mi confianza no es vana, porque le he conocido, tratado y experimentado. Dice Job: «Antes te conocía sólo de oídas; ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5). Me gusta, también, cómo lo dice Paulo Coelho: «De nada sirve pedir explicaciones sobre Dios. Oiremos palabras bonitas, pero, en el fondo, serán frases vacías, de la misma manera que uno puede leer una enciclopedia sobre el amor, y no por ello saber nada sobre lo que es amar ... Ciertas cosas en la vida fueron hechas para ser experimentadas, nunca para ser explicadas. El amor es una de esas cosas, nunca para ser explicadas»'.
Creer es un estilo de vida
La fe, consiguientemente, es mucho más que una simple adhesión intelectual a Dios. Porque me he fiado, porque «le creo», creer en Dios es hacerlo carne de nuestra carne. Es vivir. Es plasmarlo en nuestra vida diaria. Fe y vida son dos realidades inseparables, que nacen de la absoluta confianza en Dios. Más: me atrevería a decir que la prueba de una fe genuina es nuestra vida. Creer en Dios, tener fe, es intentar vivir, con todas nuestras fuerzas y capacidades, conforme al modelo de vida que brota de Dios. Creyente no es el que tiene una teoría sobre el mundo y el hombre en la que Dios es su fundamento. Es quien vive conforme a lo que Dios quiere y sueña. La fe, para el creyente, no es una cosa más entre otras, pasa a ser el centro; no es algo añadido a la persona, sino un principio motivador y operante de toda su vida. -O sea, que uno puede decir que cree en Dios, puede afirmar que Dios existe, y no ser creyente en Dios. ¡Vaya paradoja! -intervino Carolina. -Cierto. Hay mucho creyente ateo. Su estilo de vida no responde en absoluto a lo que Dios quiere de él. Dios no quiere admiradores, sino seguidores. Y le expliqué esto: Jesús nos ha comunicado que Dios es Padre, no para que lo sepamos, sino para que lo vivamos. Jesús no se presenta como un pensador que interpreta el mundo, no es un filósofo, sino un servidor de la causa de Dios. La fe en Dios, consiguientemente, no es una droga que nos adormece, sino un estímulo que nos anima e invita a trabajar con sentido en el momento presente.
«Quien no hace nada para transformar la tierra es que no cree en el cielo» (Joan Bestard).
El Maestro de Nazaret nos ha revelado el sentido del mundo no para cargar nuestra cabeza de conocimientos, sino para que lo cuidemos, perfeccionemos y lo transformemos con nuestra inteligencia y nuestras manos. Y a sus seguidores, a sus discípulos, nos pide lo mismo: no que interpretemos el mundo, sino que lo transformemos desde los valores y criterios que él nos ofrece. Las palabras de Jesús «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13), nos lo recuerdan de manera muy gráfica.
Creer es convertirse a Dios
Porque creer es un estilo de vida y no una ideología, creer es convertirse a Dios, aceptar realmente que es Padre y trabajar en la dirección de su sueño. La fe opera una transformación en el ser humano y esta transformación está llamada a influir en la transformación de la sociedad. En definitiva, se trata de cumplir aquello que decía san Juan: «En esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco, pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él"» (Jn 4). «Creer en Dios, reconocerle como tal, es guardar sus mandamientos, cada uno desde su situación: y su mandamiento no es otro que amar como Él ama, y en esto está toda justicia»".
A modo de síntesis
Para los cristianos creer en Dios no tiene nada que ver con decir que «algo tiene que haber». Para un creyente, afirmar «creo en Dios» quiere decir, más bien, «le creo a Dios», «me fío plenamente de Él». La fe deriva en una experiencia tierna y amorosa que dice: «Tú me conoces y me amas. Tú estás en mi origen y en mi destino. No estoy solo. Nunca me puedes fallar, porque sólo quieres mi bien». A la vez, «creer a Dios me lleva a un determinado y coherente comportamiento de justicia, solidaridad, oración, eucaristía, integración en una comunidad ... De lo contrario, sería una fe vacía y podría llegar a ser una fe hipócrita. Si un creyente en Dios no se esfuerza por vivir los valores que brotan del dato básico manifestado por Jesús de que Dios es Padre, su fe se convierte en un barniz religioso superficial, que no tiene nada que ver con el pensamiento de Jesús. Dios no es un frío teorema para comprender con nuestra inteligencia. Dios es vida, Dios es «amor», según lo definió el evangelista Juan (Jn 4,8) y sólo cuando lo hacemos vida captamos y entendemos algo de Él.
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