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Llevar a la Iglesia “la vida”
He leído la crónica de una "Profesión Religiosa", es decir, de la celebración en la que una chica toma los hábitos en una parroquia en las afueras de Guatemala. Y algo tan normal me ha llamado la atención, porque no era lo que nosotros llamaríamos una celebración religiosa "normal". La chica entró al templo acompañada de toda su familia, vistiendo la falda y blusa típica maya, propia de su pueblo; que según entraba, a lo largo del pasillo se le cruzó un perro, y que por todos lados del templo, correteaban los niños; vamos que allí estaba todo el barrio: jóvenes, mayores, niños y sus respectivos animales domésticos.
En el momento de los votos, los familiares adornaron la cabeza de la joven con el tocado típico de las mujeres quichés. Con estas pinceladas, yo me imaginé que todo fue una gran fiesta para aquella gente tan humilde. No se dice nada en la crónica sobre la duración del acontecimiento, pero fácil sería imaginarse que duraría "por lo menos" toda la mañana, si es que no emplearon el día completo, incluyendo la comida compartida por todos.
Decía el periodista, -en este caso también misionero- que para estas personas es "normal" que venga toda la comunidad a la iglesia. Yo pensaba en nuestras celebraciones litúrgicas, y no solamente porque no tienen nada que ver con esto, sino porque a veces nos falta llevar a la iglesia "la vida". Vamos al templo como demasiado acartonados, rígidos. Todavía me acuerdo la primera vez que el sacerdote que presidía, nos animó a aplaudir (!) en una celebración. De verdad que había gente que no se atrevía, como que aquello fuese una profanación, o yo qué sé.
Que aquí no estamos acostumbrados a que se nos distraiga con la risa -o el llanto- de un niño; y eso para no hablar de la que se armaría si entra un perro, que a lo mejor es el tuyo, y está allí tranquilamente a tu lado, sin meterse con nadie, porque su fidelidad no le permite abandonarte.
¿No habéis probado a mirar lo que pasa cuando a alguien le da la tos en la iglesia? Pues que en un par de segundos -no suelen tardar más-, se le acercan dos o tres personas con caramelos y pastillas de todo tipo, para que se le pase... para que no moleste.
Tengo un conocido que tiene un hijo de dos años. El matrimonio ha llevado a la iglesia al niño desde que salió de casa. Ellos no tienen con quien dejarle, y piensan que está bien que acompañe a sus padres en la misa dominical. Pues en una ocasión, un domingo, en una conocida parroquia de mi pueblo, cuando el niño ya se andaba, lejos de estarse quieto, al lado de sus padres, aquel día le dio por pasear de arriba abajo por el pasillo central mirando con una gran curiosidad a todos. No hacía más que eso: pasearse y mirar. En seguida, una buena señora se acercó al matrimonio para explicarles que el niño distraía a los fieles, y que si no tenían con quien dejarlo, ellos, como padres, estaban exentos de la "obligación" de oír misa. Mi amigo le dio las gracias y trató de explicarle a aquella buena mujer que ellos querían llevar a su niño a la iglesia, porque si no empiezan a llevarle ahora, a lo mejor luego, de más mayor, no va a ser posible. Y que si el niño se pasea por el templo es porque resulta complicado tenerle quieto a su edad.
¡Qué contraste! En Guatemala -y seguro que en cualquier otro país de misiones- la gente lleva la vida, toda su vida, al templo y parece lo más natural, y además no molesta a nadie. Seguro que antes de empezar la celebración estarán hablando entre ellos, comentarán sus cosas, se intercambiarán la últimas noticias, llamarán la atención a sus niños porque se pelean, etc. Aquí hemos puesto tantos "filtros" que no es que no vayan niños pequeños porque molestan, es que no sé si vamos nosotros -nuestro corazón- o va nuestro esqueleto sólo. Y como los huesos no tienen sentimientos... Y, por favor, que nadie entienda que yo propongo llevar al perro a la iglesia; no.
Alguien pensará que esto es "cultural", y algo de eso también hay, pero por encima de todo ¿no hemos confundido el respeto a Dios, con mantenerle lejos de nosotros, y poner caras serias y tristes?
Es posible que se nos haya olvidado que el origen de las llamadas "misas", está en aquellas cenas que se celebraban en las comunidades primitivas. Allí, los cristianos iban a cenar juntos, y a compartir sus alimentos con los que tenían menos. Y yo supongo que la cena sería alegre. Por una parte, porque comer siempre da alegría, y por otra, porque te encuentras con los amigos y eso aún es más alegre. Hoy hemos estructurado (a lo mejor habría que decir "hormigonado" -por lo rígido-) de tal manera muchas de nuestras celebraciones que hasta el nombre "Celebración", choca. Porque como decía el otro: "si eso es una celebración, que venga Dios y lo vea...".
Yo, cuando celebro algo estoy contento, alegre, jubiloso, e incluso estoy deseando que nos volvamos a ver en la próxima celebración y, eso sí, cuanto más dure la celebración mejor. ¿Es éste el sentimiento que tenemos al salir de la Eucaristía del domingo? ¿A ver si nuestros "hermanos" de Guatemala han descubierto algo, o a ALGUIEN, en la celebración eucarística que nosotros aún no hemos visto?
EUCARISTÍA QUE SE TRADUCE EN VIDA FRATERNA
La liturgia tiene que aterrizar también en la vida de cada día. En la vida fraterna, en el nivel doméstico de nuestras familias y comunidades, y en el más universal de las relaciones eclesiales y sociales. Es muy hermoso que hagamos genuflexión ante el sagrario. Pero no lo es menos que hagamos genuflexión ante los hermanos, ante el prójimo, respetándoles y amándoles como a Cristo mismo. Es muy interesante que prestemos suma atención a la Palabra de Dios cuando nos es proclamada. Pero también tiene importancia prestar atención a lo que nos dicen los demás. Está muy bien que asumamos a veces el papel de sacristanes voluntarios y ayudemos espontáneamente a llevar y retirar del altar lo que se necesite. Pero también es conveniente que nos acostumbremos, por ejemplo, a levantarnos de la mesa para traer y llevar lo que haga falta. Es muy litúrgico celebrar por todo lo alto las fiestas del calendario que gozan de la categoría de solemnidad. Pero tampoco desentona en absoluto celebrar con la correspondiente fiesta y detalles fraternos los cumpleaños y onomásticos de las personas que nos rodean. Está bien que todos nos sintamos pecadores a la hora del acto penitencial al comienzo de la misa. Pero eso nos debe llevar a saber pedir perdón puntual y personalmente cuando hemos faltado al hermano. Es nuestro deber alabar a Dios y cantar su gloria. Pero también podrían mejorar nuestros comentarios en relación con las personas, sobre todo si no nos caen demasiado bien. Seguro que ponemos cuidado en respetar todas las normas de la buena celebración litúrgica. Pero tendremos que cuidar también las normas del trato fraterno y de la buena educación. Aprovechemos todo el margen de creatividad pastoral que permiten los libros litúrgicos para animar las celebraciones. Y luego, aprovechemos también todas las posibilidades que brinda el sentido común y el amor a los demás para animarles cuando están pasando por horas bajas. Cuando entonen el aleluya, cantémoslo con entusiasmo. Pero luego, que se note en la vida que no tenemos una visión pesimista, sino pascual de los acontecimientos y de las personas. Antes de ir a comulgar nos damos fraternalmente la paz, y no parece costarnos mucho. Pero luego a lo largo de la jornada deberíamos traducir ese gesto en un esfuerzo eficaz por crear un espacio de paz y reconciliación a nuestro alrededor…
QUE SE NOS NOTE EN LA VIDA DE CADA DIA
SUGERENCIAS PARA PARTICIPAR ADECUADAMENTE EN LA MISA DEL DOMINGO
1.- Al trasladarte de casa a la Iglesia, "prepara tu corazón": vas a celebrar la fe y a encontrarte con el Señor y los hermanos.
2.- Sé puntual. Si llegas iniciada la celebración, el ruido que haces al entrar distrae. Y si llegas iniciada la celebración no te "pasees" por la Iglesia distrayendo a todos.
3.- Cuando entres en el templo, no te olvides que estás en un lugar sagrado, respétalo con tu silencio y tu oración.
4.-Lo primero que debes hacer es tomar el "cantoral". Aunque no cantes porque desafinas o no conoces el canto, leer el texto te unirá a la comunidad y te hará bien.
5.- La celebración de la eucaristía dominical es una celebración "comunitaria". La comunidad se reúne convocada, unida y reunida por el Señor. No participes simplemente como si fuera un acto de piedad individual. Únete a todos los hermanos y hermanas para acoger los dones de Dios y alabarlo.
6.- Conviene sentarse ocupando los asientos libres empezando por delante. Una comunidad reunida que se coloca "distanciada" no hace visible la unidad de todos en la fe y en el amor al Señor.
7.-Si sientes la necesidad de toser, ponte un pañuelo tapando la boca; y si te has de sonar hazlo con el mínimo ruido y en un momento oportuno (no cuando se leen las lecturas, o se hace la homilía o se guarda el silencio que acompaña a la consagración, etc). Lo mismo hacemos en un concierto ¿verdad?
8.- Lleva preparada tu colaboración a la colecta; porque si en aquel momento has de rebuscar en las profundidades de tu bolso, o en el monedero, o no recuerdas dónde llevas la cartera, te distraes y entretienes a quien pasa la bandeja.
9.- Si comulgas recibiendo la Eucaristía en la mano, pon la mano izquierda sobre la derecha (no la tomes haciendo una pinza con los dedos).
10.- Aprovecha el breve silencio después de la comunión para hablar con el Señor y darle gracias.
11.- Como señal de respeto a todos y al sacerdote que representa a Cristo, no salgas de tu sitio hasta que él se haya retirado.
12.- Cuando reces con todos los hermanos, hazlo despacio y con el debido ritmo, no se trata de ninguna carrera.
Y que el Señor te acompañe.
La Eucaristía Dominical ¿Por qué?
"No podemos vivir sin celebrar el día del Señor". He aquí una afirmación programática de los llamados, con toda razón, "mártires del domingo". En esa perspectiva, la celebración dominical aparece, no como un precepto exterior, sino como una convicción interior; o mejor, como una profunda necesidad vital. El peligro que implicaba en aquella época de persecuciones la participación en la asamblea, no es considerado motivo suficiente para abstenerse de ella. La asamblea dominical es, sin duda, el hogar donde se alimenta y se forja el coraje cristiano de los mártires en estos primeros siglos. Sería interesante conocer la opinión de Emérito y sus compañeros sobre nuestras supuestas dificultades para acudir a la reunión dominical. He aquí, en un decálogo, los valores fundamentales que el domingo encierra para un cristiano.
1. Día de la resurrección de Cristo.
El paso del tiempo va degradando nuestra memoria; muchos recuerdos antes vivos y estimulantes, empalidecen gradualmente. De esta inmensa "capacidad de olvido", congénita al ser humano, surge la necesidad de renovar incesantemente el recuerdo; de alimentarlo y actualizarlo. "Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos" decía san Pablo a su discípulo Timoteo (2Tm 2,8). Y, precisamente, la eucaristía dominical nos hace recordar esa dimensión más honda de la realidad, que la fe nos ha hecho descubrir: la resurrección de Cristo, primicia de los creyentes, sentido de nuestra vida, fundamento de nuestra esperanza.
2. Día de reunirnos en asamblea.
Lo contrario de un cristiano es un ser individualista, que pretende mantener un hilo directo, a solas con Dios. La fe en el Dios de Jesucristo, crea comunidad. Tú, creyente, no puedes vivir tu fe como en una isla: tienes que reunirte con otros creyentes en domingo. Recuerda el dicho: "El cristiano es una luz que se enciende en otra luz".
3. Día de actualizar la iniciación cristiana.
Estás bautizado, ciertamente. Pero, la iniciación cristiana es un proceso siempre inacabado; llegar a ser cristiano es tarea para toda una vida. De hecho, ¿no te sientes subdesarrollado en tu fe? Pues bien, la eucaristía dominical es el hogar por excelencia donde se transmiten y cultivan los valores fundamentales del existir cristiano.
4. Día de alimentarte con la Palabra de Dios.
En medio de tu vida diaria y de tantas palabras que vas oyendo, necesitas escuchar de nuevo las parábolas y enseñanzas de Jesús, los consejos siempre actuales de san Pablo. Necesitas constantemente, al menos una vez cada semana, ser interpelado y cuestionado por la palabra de Dios. Esa palabra debe llegar a tocar tu corazón y hacerla arder, como aconteció con los discípulos de Emaús.
5. Día de reconciliación fraternal.
En nuestra reunión dominical proclamamos el amor mutuo, nos damos la mano, nos concedemos mutuamente la paz, nos otorgamos el perdón. Esta sociedad herida, llena de cicatrices, tiene necesidad de lugares y momentos terapéuticos. Y sobre todo de seres verdaderamente humanos. Recuerda el dicho: "Hay personas cuya sola presencia es como una absolución". Pero esta calidad de corazón la vas adquiriendo y reforzando en la asamblea dominical.
6. Día de la eucaristía, que significa acción de gracias.
El domingo no es tanto el día que nosotros dedicamos al Señor, sino más bien el que nos regala el Señor, para que tomemos conciencia de su presencia entre nosotros. Aceptar esa cita es asunto de cortesía y de amistad. El cristiano es, ante todo, un ser agradecido con Dios, por el don de la vida y también por el don de la fe. En consecuencia, debes aprender en el día a día a vivir la gratuidad. Tu vida será entonces, como la de Cristo: entrega por los demás.
7. Día de los hermanos más necesitados.
El testimonio más antiguo acerca del domingo nos habla de la colecta por los más pobres (1 Co 16,1-2), esto es, de la "liturgia del prójimo". "Tenían todos un mismo corazón y una sola alma" (Hechos 4,32). Pero la unión fraterna no puede terminar ahí, en la cordialidad mutua hacia dentro. ¡Creyente! Necesitas aprender a ser solidario: de los pobres, de los hambrientos, de los que son "últimos" en esta sociedad, cargada de cinismo e insolidaridad.
8. Día de la misión al mundo.
El domingo, pascua semanal, renueva cada ocho días el misterio de Pentecostés. Tú, creyente, eres enviado por el Espíritu para ser testigo y sacramento de la ternura de Dios en este mundo. Recuerda el dicho: "Si no dais testimonio de mí, yo no existo". Y al mismo tiempo, eres invitado a renunciar a tantos "dioses de paisano", falsos absolutos que exigen sometimiento y reciben adoración de nuestros contemporáneos.
9. Día de esperanza, de soñar un domingo nuevo y definitivo.
La eucaristía dominical supone hacer la experiencia gozosa de vivir un tiempo humano que se ilumina a la luz del Resucitado. En el disfrute de la naturaleza, compañera y amiga del ser humano, que canta con su prodigalidad y belleza la gloria de Dios. En comunión solidaria con nuestros seres queridos, difuntos, a los que confesamos vivos en el silencio de Dios. La eucaristía dominical debe promover en nosotros esta fraternidad con los vivos y los difuntos.
10. El domingo, signo esencial de identidad cristiana.
La asamblea dominical es para muchos creyentes de hoy el único contacto con el Evangelio, la única oxigenación, el único alimento para su fe. En definitiva, el domingo trata de asegurar tus "mínimos vitales". Por otra parte, con la presión ambiental en contra, la participación consciente en la reunión dominical llega a ser hoy un signo de identidad y de adhesión a la comunidad cristiana, mucho más que en épocas pasadas.
Todo esto plantea, lógicamente, un problema de calidad a la celebración dominical. Pero también el de tu co-responsabilidad. El domingo debe poder ofrecer una celebración viva y participativa, en la que cada creyente pueda realizar una experiencia cálida y nutritiva de la palabra de Dios y un encuentro gozoso con el Señor resucitado. Pero para ello, joven o adulto, no vayas sólo a recibir; vete también a dar. Colabora gustosamente, según tus propias habilidades, en la preparación y celebración de la eucaristía comunitaria. Esa sería la nueva forma de asumir personalmente el tradicional "precepto dominical". |
