Monición

 

Nos hemos reunido aquí, en esta Iglesia de ___, los familiares, amigos, conocidos y vecinos de ____, para ofrecerle una despedida cristiana.

Aunque toda despedida está teñida por las lágrimas y la tristeza de la separación, algo nos está diciendo que este adiós no es para siempre y que nos volveremos a encontrar de nuevo al final del camino.

El creyente de verdad, sabe que esa meta final está en la casa de Dios, en quien ha creído y confiado, y donde espera descansar por toda la eternidad.

Vamos a intentar superar el dolor y la tristeza de la separación, con la fe y la esperanza que nos dejó Jesús con su triunfo sobre la muerte en la mañana de Resurrección

 

Rito de la Luz

 

Junto al Cuerpo sin vida de N.,

encendemos esta llama, símbolo de vida y resurrección.

 

(Mientras se enciende el Cirio, se canta un canto...)

 

Que el resplandor de esta luz

ilumine nuestras tinieblas

y alumbre nuestro camino de esperanza

hasta que lleguemos al reino de la claridad sin noche

y de la paz sin final. Amén.

 

Oración

 

Señor Jesús,

¿A quién iremos?

Tú sólo tienes Palabras de Vida Eterna.

Tú nos dices:

Que el cree en Ti,

aunque haya muerto, vivirá.

Tú conoces la vida de nuestro hermano (hermana) N.,

que ha muerto;

quiso ser fiel discípulo tuyo,

creyó en Ti.

Recíbele en tu Reino,

como hermano  (hermana) y amigo (amiga) tuyo.

En Ti confiamos.

Escúchanos Tú,

que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Escuchamos la Palabra

 

Monición a las lecturas

 

San Pablo nos aconseja no afligirnos como los que no tienen esperanza, porque la fe en Cristo resucitado es garantía de que a los que mueren, Dios los llevará con él. Recobrado así nuestro ánimo rezamos confiados: “Pues los que esperan en Ti no quedarán defraudados”...

El Evangelio presenta la escena conmovedora de Cristo, que consuela a la familia amiga, que llora al amigo muerto y que lleva consigo la vida y la resurrección.

 

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses

 

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza.

Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él.

Y así estaremos siempre con el Señor.

Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

 

                                                                  Palabra de Dios

 

Salmo 24: A Ti, levanto mi alma...

 

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan

 

En aquel tiempo, cuando llegó María, la hermana de Lázaro, adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

“Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”.

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:

 “¿Dónde lo habéis enterrado?

Le contestaron:

 “Señor, ven a verlo”.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

 “¡Cómo lo quería!”.

Pero algunos dijeron:

 “Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que muriera éste?”

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús:

“Quitad la losa”.

Marta, la hermana del muerto, le dice:

 “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”.

Jesús le dice:

 “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

“Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”.

Y dicho esto, gritó con voz potente:

 “Lázaro, sal fuera”

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

“Desatadlo y dejadlo andar”.

Y muchos judíos que habían venido a casa de maría, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

 

 

Homilía

 

¡Qué necesitados de consuelo nos encontramos, queridos familiares y amigos de N., ante la muerte de un ser querido! Es que la muerte sitúa a la persona ante la soledad más absoluta. Sólo consigo mismo, en el interrogante existencial del “y después ¿qué?”.

Solos con la pena, con la impotencia, con mil “por qués” sin respuesta, con el vacío de su ausencia irremediable, quedamos nosotros al sufrir la pérdida de alguien cercano.

Es entonces, cuando se siente verdadera necesidad de consuelo. Pero no del consuelo de unas palabras huecas y sin demasiado sentido, sino del consuelo en el verdadero significado de la palabra “consolo”: estar con el que está solo.

En estas situaciones no sabemos qué decir, no nos salen las palabras. Es mejor callar y sencillamente estar cerca., acompañar y dejar que nuestro apretón de manos o nuestro abrazo sincero expresen lo que significan: “No os sintáis solos, estamos con vosotros”.

Nosotros, queridos amigos, apenas somos capaces de más. Pero Dios sí. Por eso hemos venido a la Iglesia, al encuentro con el Dios consolador. Y Dios se hace presente y cercano.

En primer lugar, con el difunto. Dios no le deja solo. Dios sale a su encuentro, y lo rescata de la muerte. Cristo es su compañero de viaje. Nos lo ha dicho San Pablo: “A los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”. Por tanto, para nuestro hermano/a., el mayor de los consuelos: ser conducido (a) por Cristo a la casa del Padre, en la que no habrá ni dolor, ni tristeza, ni nadie tendrá que llorar”, ser llevado a la compañía  de los santos, al reino de la luz y de la paz, como pide la plegaria eucarística en el recuerdo por los difuntos.

Pero Dios también se hace presente y cercano a nosotros.

Tampoco nos deja solos, y nos ofrece su consuelo. Él sí que tiene palabras reconfortantes, porque son palabras de vida eterna. Él sí que está con nosotros con su presencia de vida y salvación. “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos –nos decía San Pablo- para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto. Dios, por medio de Jesús, los llevará con él. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras”.

Nuestro dolor es legítimo; nuestra aflicción es legítima. Pero no como los que no tienen esperanza, sino iluminados y enjugados por la fe.

A nuestro consuelo humano, tan limitado, tan sin palabras, el consuelo de Cristo resucitado. ¡”Qué entrañablemente ha expresado esta presencia del Señor el evangelio de Juan! La condolencia de Jesús le lleva a llorar con María y Marta la muerte del hermano y amigo: “Jesús se echó a llorar”. Pero le lleva también a pronunciar las palabras más consoladoras y portadoras de esperanza.: “Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Y le lleva además, a acercarse al amigo muerto para transformarlo con su presencia vivificadora: “Lázaro, sal fuera”.

Amigos, este es nuestro Dios del consuelo y el consuelo de nuestro Dios.

Que nuestra actitud sea la que nos proponía el salmo: “A Ti levanto mi alma... pues los que esperan en Ti, no quedarán defraudados”.

Tenía razón Pablo al pedirnos que no nos aflijamos como los hombres sin esperanza. Y tenía razón para exhortarnos: “Consolaos, pues, mutuamente, con estas palabras”.

 

Oración de los fieles

 

Desde nuestro ser de hijos de Dios, acudimos al amor del Padre presentándole nuestros deseos y necesidades

 

Por la Iglesia para que se alegre del Dios que acompaña su vida y alimenta su esperanza. ROGUEMOS AL SEÑOR...

Por N., para que descubra ahora con plenitud el rostro hermoso del Padre que siempre estuvo con él (ella). ROGUEMOS AL SEÑOR...

Por todos los que han hecho más leve su enfermedad y su soledad, para que Dios convierta en beneficios de vida el cuidado que se da a los débiles. ROGUEMOS AL SEÑOR...

Por todos nosotros, para que mejore nuestra actitud ante la vida sabiendo que Dios nunca nos deja de su mano. ROGUEMOS AL SEÑOR...

 

Señor, que nos muestras tu amor y has llegado hasta hacernos tus hijos, te pedimos que nuestra vida sea expresión de tu voluntad. Por JNS...

 

Oración sobre las ofrendas

 

Señor,  esta Eucaristía que nosotros te presentamos confiados, recíbela Tú complacido, y por ella concede a nuestro hermano (hermana) N., la salvación eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Plegaria Eucarística

 

¿Cómo podremos bendecirte hoy a Ti, Padre

cuando nos resulta tan difícil

conjugar el gozo y la tristeza?

Quisiéramos decirte que pasara de nosotros el cáliz,

la copa amarga de la muerte.

Pero movidos por la fuerza de la fe

queremos darte gracias

a Ti, Dios Padre, fuente de la vida y la esperanza.

De tus manos han brotado todos los vivientes,

entre los que sobresale el hombre,

al  que has ennoblecido como a ninguna criatura

y le has dado el mandato de vivir y de cuidar la tierra.

De tu seno brota la vida, la fuerza,

el amor, el poder, el deseo de vivir.

Por ti descubrimos los creyentes

el sentido de las vidas que se truncan,

la iluminación del absurdo de la muerte

y la esperanza, contra toda esperanza,

de que permanecemos en la vida.

Te bendecimos por tu Hijo, Jesús,

nacido de mujer e igual a nosotros hasta la muerte.

Él es el primer hombre que ha permanecido en la vida,

porque fue pobre, misericordioso,

sediento de la verdad,

infatigable en la lucha por la justicia.

En el camino de su vida

gustó el amargo valor de la soledad,

la duda y la desesperanza.

pero creyó en la luz,

y, poniendo en tus manos su espíritu,

encontró el gozo de la vida por la resurrección.

Él es hoy causa de esperanza para nosotros.

Por eso te alabamos diciendo:

 

Santo, Santo, Santo...

 

Te bendecimos, Padre, porque has dejado en nuestro camino

la vida y el testimonio de muchas personas queridas.

Junto al dolor de nuestra separación

nos suenan aquellas palabras de consuelo:

“Bienaventurados los pobres,

los que han llorado con el hermano,

los que han dado testimonio de la fe,

los que han llevado una vida de servicio”.

Esta palabra de Cristo y la vida de nuestro hermano N.,

nos llenan de esperanza:

sabemos que el hombre que ama no muere,

que el justo vivirá para siempre

y que su memoria será eterna.

Te bendecimos con el mismo gesto

que Jesucristo dejó a sus discípulos cuando

la víspera de su muerte

tomó pan, lo partió y se lo dio diciendo:

 

Tomad y comed...

 

Del mismo modo, acabada la cena,

tomó el cáliz y, dándote gracias

de nuevo, lo pasó a sus discípulos diciendo:

 

Tomad y bebed...

 

Así pues, nosotros ahora,

al renovar el memorial de su pasión y muerte,

lo recordamos a la derecha del Padre, hasta que vuelva en la paz de su gloria.

Envía, Padre, desde tu seno amoroso

el Espíritu de Jesús,

para que santifique a tu Iglesia en el amor

y nos prepare al encuentro de tu Hijo.

A los que todavía peregrinamos en la tierra

danos fuerza en la lucha de la vida,

para que seamos fieles a nuestro cometido

y experimentemos el gozo de la obra cumplida.

Da pan a los hambrientos, hogar a los emigrantes,

salud a los enfermos, apoyo a los cansados.

 

Acoge en tu amor a N.,

que nos ha precedido.

Acuérdate de todos los difuntos:

de los difuntos de nuestras familias,

de los difuntos de nuestra Parroquia,

de todos los que mueren solos y nadie les  recuerda.

Acuérdate también de quienes no te conocieron.

haz que todos encontremos en ti

la libertad que buscamos por otros caminos,

para que liberados de toda esclavitud

y de la misma muerte, podamos darte gracias y alabanza:

 

Por Cristo, con Él y en Él...

 

Invitación a la paz

 

A vosotros, queridos familiares de N., os deseamos la paz en este momento de aflicción. Y todos los aquí presentes nos damos la paz que lleva consigo el hacernos la vida más llevadera y agradable. Daos fraternalmente la paz.

 

Comunión:

 

Este es Jesucristo, el que nos asegura que es “la resurrección y la vida”. Comulgar con él es creer y vivir la resurrección como siembra permanente de vida. Dichosos los llamados a la cena del Señor...

 

Despedida

 

Al despedir a N., para depositar su cuerpo en la tierra, recordamos las palabras de Jesús: “No perdáis la calma. En la casa de mi Padre hay muchas estancias”.

Creemos que su última morada no es la tumba. Dios es nuestro destino; su Reino es nuestra casa.

Esta agua con que rociamos su cuerpo es símbolo de nuestra fe en la vida eterna que Dios le ha de conceder por su misericordia.

 

(Mientras se asperja, se canta ...)

 

Oración en silencio: haciendo nuestra despedida personal a N.

 

 

Oración

 

Dios, estamos orando por N.,

en su despedida.

Y aunque su cuerpo está rígido,

queremos que su nombre, siga vivo entre nosotros.

Pero sabemos

que ni siquiera esto es posible:

sabemos que está destinado

a morir cada vez más profundamente

dentro de nosotros,

sabemos que su nombre

se borrará poco a poco de nuestra memoria,

que nuestra aflicción irá desvaneciéndose,

que nos acostumbraremos a vivir sin él.

Te rogamos

que al menos viva junto a Ti,

que vele por nosotros

y que por nosotros interceda,

que él sea nuestra oración ante Ti

y te recuerde sin cesar

nuestros nombres

como hace Jesucristo

nuestro hermano

que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén

 

Agradecimiento de la familia

 

Toda nuestra familia os estamos muy agradecidos por las muestras de condolencia y aprecio que nos habéis manifestado a nosotros y a nuestro querido (nuestra querida) N. De modo especial agradecemos vuestra participación en este funeral que hemos celebrado. De verdad que ha sido un buen apoyo en este momento difícil. Muchas gracias.

 

Cuadro de texto: Señor, nuestro amigo 
ha muerto