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¿Por qué tantos niños (adultos) han dejado de rezar?
Existen diversas razones, por supuesto. Si es tu caso, o son tus hijos los que se han alejado de la religión, ya conoces algunas de las causas. Dos de las más importantes son evidentes: has llegado a la conclusión de que rezar no beneficia en absoluto, o bien no tienes claro si es bueno o no, pero personalmente no te ha ayudado ni te resulta significativo ni interesante, por lo que quizás lo consideras una pérdida de tiempo. Algunos padres abandonan el hábito de rezar con sus hijos por la mañana y por la noche (así como la sana costumbre de bendecir la mesa) porque la falta de comprensión e interés de sus hijos les han desanimado y angustiado. Muchos niños no se están quietos a la hora de decir sus oraciones, y sus devotos padres, profundamente ofendidos, pueden llegar a la conclusión de que es preferible dejar de rezar a permitir que se haga con irreverencia. La falta de seriedad y concentración de sus hijos puede molestarles, al igual que su escasa capacidad de atención, y por ese motivo la hora de rezar suele convertirse en la hora de la regañina. En consecuencia, es posible que los niños comiencen a sentir aversión a las oraciones, y entonces, el momento en que debería reinar la serenidad y el amor se convierte en el origen de innecesarias batallas familiares. Si las plegarias parecen carentes de todo significado (y, por consiguiente, resultan aburridas) o se convierten en motivo de discusión (y se tornan irritantes), no es extraño que los niños no vean la hora de que finalicen. Y poco tiempo después de que sus padres dejan de supervisarles, los pequeños abandonan la costumbre de decir sus oraciones, motivo por el cual los adultos deciden abandonar el intento de enseñarles a rezar. Pero ¿por qué insistir en un hábito que casi con certeza será abandonado en cuanto dejemos de inculcarlo? ¿Quién puede culpar, entonces, a estos padres que llegan a la conclusión de que es preferible dejar de rezar a insistir en una costumbre que, además de consumir bastante tiempo, no parece aportar nada importante a la salud moral, emocional o espiritual de sus hijos? En cualquier caso, la mayoría de los padres anhelan ayudar a sus hijos a ser buenas personas, y sospecho que la mayoría de ellos, aun cuando su fe sea bastante débil, desean poder transmitírsela en alguna medida, razón por la cual durante un tiempo se empeñan en conseguirlo. Trabajan laboriosamente e intentan ser pacientes; desearían saber cómo hacer que las plegarias resultasen atractivas para los más pequeños, a pesar de que ellos mismos hayan pensado siempre que rezar era una obligación y no un placer. Pero ¿cómo transmitir una aptitud que uno no posee? Créase o no, rezar puede resultar beneficioso hasta para quienes no son religiosos. Aunque piensen que no están haciendo más que hablar consigo mismos, que ningún ser poderoso y afectuoso les está escuchando, el hecho de detenerse a prestar atención a sus pensamientos más profundos, de desear el bien a otras personas y expresar agradecimiento cuando reciben la bendición de los demás, y de analizar los logros y fallos del día, puede resultar una excelente fuente de paz y fortaleza; como descubrió Ana Frank hace más de cincuenta años. En su famoso diario escribió:
¡Qué hermoso y bueno sería que todas las personas, antes de cerrar los ojos para dormir, pasaran revista a todos los acontecimientos del día y analizaran las cosas buenas y malas que han realizado! Sin darte casi cuenta, cada día intentas mejorar y superarte, y lo más probable es que al cabo de algún tiempo consigas una evolución importante. Este método lo puede utilizar cualquiera, no cuesta nada y es de gran utilidad. Porque para quien aún no lo sepa, que tome nota y lo viva en su propia carne: ¡una conciencia tranquila te hace sentir fuerte!.
Tengo un amigo que cree firmemente en el poder de rezar, a pesar de que no está seguro de la existencia de un Dios personal. Durante su infancia, él y sus cuatro herma- nos solían reunirse con sus padres para rezar en familia todos los días; «esta costumbre nos permitía encontrar un momento en el que todas las disputas desaparecían, aquel auténtico pandemonium se interrumpía, los problemas dejaban de tener importancia, y las tensiones se relajaban. Y, como familia, nos proporcionaba una enorme paz y solidaridad, fortaleza y seguridad, que realmente no creo que hubiésemos conseguido de otro modo», asegura. Para quienes creen en un Dios personal, rezar es, obviamente, más importante aún, porque resulta completamente ilógico, incluso insultante, decir que «creemos en» y «amamos a» alguien a quien ni siquiera le dirigimos la palabra. ¿Qué pensarías de alguien que dijera amarte pero que jamás quisiera entrar en contacto contigo?
Cómo no rezar: El uso de oraciones “prefabricadas”
Cuando no sabemos cómo rezar, tendemos a recurrir a oraciones compuestas por otras personas. Parece más sencillo intentar que nuestros hijos memoricen fórmulas, si bien estas frases suelen incluir vocablos con varios siglos de antigüedad que los pequeños no comprenden, y que les convierte en robots que repiten con gran dificultad palabras que tienen sólo una pequeñísima relación con sus propios pensamientos. Por esta razón, todo lo que dicen carece de significado real para ellos, y les resulta confuso en lugar de inspirador. Hay que evitar que los niños recurran siempre a oraciones memorizadas… Contaba un padre: “Mi hija Ana estaba preocupada porque, según me dijo, ese día había sido muy desobediente. Entonces le sugerí que hiciese un «acto de contrición», es decir, que rezara una plegaria de arrepentimiento que algunos niños aprenden de memoria. Frunció la cara y se concentró con todas sus fuerzas, pero presa del pánico me dijo: «¡Es que no recuerdo cómo era!». En otras palabras, una fórmula verbal memorizada que debía expresar arrepentimiento había ocupado el lugar de la idea que tenía que transmitir. Sin embargo, todo lo que la pequeña tenía que hacer para no sentir culpa era arrepentirse (y en verdad lo estaba haciendo), decir que sentía mucho lo que había hecho (con verdadero sentimiento), y prometer que no lo repetiría. Otro posible problema que pueden plantear las oraciones tradicionales es que a pesar de que por lo general expresan pensamientos bellos a través de frases dulces, su relevancia para los niños es, probablemente, bastante limitada. Es evidente que aquellas palabras resultaban sumamente sinceras y estaban cargadas de significado para los devotos o los elocuentes poetas que las crearon, pero suelen expresar un grado apasionado de fe y fervor que excede en gran medida el sentir infantil, y en consecuencia pueden resultar tan asombrosas que se conviertan en increíbles. Esta dificultad también puede aparecer con los adultos, con la diferencia de que nosotros ya hemos tenido suficiente experiencia en el mundo como para reconocer y admirar a los genios, ya sea en las artes, las ciencias o la vida espiritual, sin sentirnos avergonzados por no estar entre ellos. Otro problema de las plegarias tradicionales es que, desde el punto de vista teológico, algunas resultan complicadas; y no sólo por el lenguaje que utilizan, que resulta incomprensible para los niños, sino también por las creencias que expresan. En otros casos, se van al extremo opuesto y resultan excesivamente simplificadas, insípidas, insulsas y empalagosas. Repetir frases banales una y otra vez hace que muchas personas acaben aburriéndose. En cualquier caso, esto no demuestra que rezar sea aburrido, sino que el modo en que se hace lo es. Si rezamos mecánicamente, de forma rutinaria, superficial o monótona, claro que nos aburriremos, porque estamos convirtiendo aquello que nos beneficia en una faena tediosa.
Dichas oraciones «prefabricadas», resulten elocuentes o trilladas, suelen llegar a oídos de los niños, pero no siempre alcanzan sus corazones o sus cerebros. Deberían estar al nivel en que se encuentra realmente cada persona. Las plegarias deben «dirigirse a nuestra condición» para evitar que resulten irrelevantes e inútiles. Por este motivo, en lugar de obligar a los niños a escuchar y repetir frases compuestas por otras personas, deberíamos enseñarles a crear sus oraciones personales, a buscar en lo más profundo de sí mismos y a superar sus propios límites para que puedan comprenderse a sí mismos cada vez más, así como a otras personas y al mundo entero. Su capacidad para hacerlo variará, evidentemente, con cada niño y en cada edad. No se puede pretender que un pequeño en edad preescolar exprese sus pensamientos más profundos con la misma fluidez que un jovencito de sexto curso. Tampoco sus pensamientos tendrán la misma complejidad. Por eso, cuando enseñemos a rezar a un niño, debemos tener en consideración las diferentes etapas del desarrollo infantil…
Algunos jovencitos son precoces, y otros tardan más en desarrollarse. Los padres de Einstein temían que el pequeño -que más tarde se convirtió en un genio- fuese retrasado, pues no aprendió a hablar hasta los cinco años. Rezar con tus hijos te ayudará a conocerles bien. No intentes presionarles ni incrementar su fe demasiado rápido, aunque tampoco les retengas; y ten la seguridad de que sabrás cómo actuar, puesto que, según vayan pasando de una etapa a la siguiente, sus preguntas y comentarios te irán guiando. A medida que los años pasen y los niños crezcan, quizás descubras que, a pesar de mis advertencias acerca de las oraciones «prefabricadas», algunos niños descubren algunas realmente de su agrado, plegarias que de hecho «se dirigen a su condición», y desean memorizarlas. En ese caso, cuando la elección es suya, no impidas que las utilicen, siempre y cuando complementen sus oraciones individuales pero no las reemplacen. Pasado el tiempo, es posible que recuerden aquellas plegarias de su infancia con gran cariño, como si se tratase de viejos amigos.
Algunas oraciones referidas al cuerpo que os pueden servir para rezar y pensar con los pequeños…
1. La oración de las manos
Hola Jesús; amigo, hermano y Dios mío. Hoy quiero darte gracias por mis manos. Esas manos con las que puedo APLAUDIR cuando alguien me hace sentir contento y feliz. Esas manos con las que puedo AYUDAR cuando alguien necesita de mí. Esas manos con las que puedo SALUDAR o DESPEDIRME, con las que puedo HACER LAS PACES; con las que puedo DAR y ser generoso con los que me rodean; con las que puedo PEDIR AYUDA cuando lo necesito. Esas manos con las que puedo ABRAZAR a las personas que más quiero, con las que puedo consolar a los que están tristes o lloran. Esas manos con las que puedo JUGAR a mil juegos con mis amigos; con las que puedo CONSTRUIR y CREAR; con las que puedo dibujar y escribir mil historias diferentes. Esas manos con las que puedo LLEVAR DE LA MANO a mi hermana o hermano pequeño para que no le pase nada por la calle... Esas manos con las que puedo ACARICIAR las mejillas de mi abuelo o de mi madre... ¡Cuántas cosas buenas puedo hacer con mis manos Jesús! Seguro que aquí no las he puesto todas, y quedan muchas por decir... ¡Qué bien me siento Jesús, cuando uso mis manos de esta manera! Ayúdame para que siempre las use así: para hacer cosas buenas. Y no dejes nunca, Jesús, que me quede con mis manos en los bolsillos, sin hacer nada, cuando alguien necesite de mi ayuda. Ni dejes nunca que use mis manos para hacer daño a nadie. Por eso, Jesús, hoy quiero decirte que me pongo en tus manos, para que me enseñes, cada día, a usarlas como tú las usaste. Así sea.
2 . La oración del oído
Hola Jesús; amigo, hermano y Dios mío. Qué bonito es escuchar decir mi nombre por las personas que me quieren. Qué importante es poder escuchar las palabras que los demás me dicen. Cuántas cosas nuevas puedo aprender cada día gracias a que tengo oídos para oír. Gracias Jesús por la capacidad de escuchar. Hay tantas cosas que puedo oír... Cómo me gusta escuchar una y otra vez mis canciones favoritas. Qué alegría es poder escuchar a mis amigos. A veces, según el tono de su voz, puedo distinguir si están desanimados o tristes, si tienen algún problema, o si tienen una buena noticia que contarme. Qué bonito es poder escuchar todos los sonidos de la naturaleza: el canto de los pájaros, el sonido del viento moviendo las hojas de los árboles, el sonido de las olas en la playa, el sonido de la lluvia cayendo sobre la tierra. Alguien dijo que nacemos con dos orejas y sólo una boca, porque es más importante escuchar que hablar. No dejes, Jesús, que haga oídos sordos a la gente cuando me hable. Enséñame a escuchar de corazón a todas las personas con las que estoy cada día. Y sobre todo, Jesús, enséñame a escucharte a ti. Limpia y afina mis oídos, para que siempre escuche a la perfección lo que tú quieres cada día de mí. Así sea.
3 . La oración del corazón
Hola Jesús; amigo, hermano y Dios mío. Mi corazón siempre está latiendo para que yo pueda disfrutar de lo bonito que es vivir. Gracias a sus latidos tengo la fuerza necesaria para moverme, para hacer deporte, para caminar, para jugar, para ir en bicicleta, para llevar a cabo todo lo que tengo que hacer cada día. Gracias Jesús por mi corazón. Quiero usar la fuerza que él me da todos los días para hacer siempre cosas buenas a mi alrededor. Dicen que el corazón es el lugar donde tú vives, Jesús, y donde vivo yo con mi conciencia, con mis pensamientos, con lo que soy de verdad. Quiero, Jesús, que siempre vivamos juntos en mi corazón, para que me enseñes a ser una persona con corazón, una persona humanitaria, solidaria. No dejes nunca que sea una persona sin corazón, que disfrute haciendo sufrir a otros, o que sea indiferente a los problemas y necesidades de los que me rodean. Ayúdame Jesús a ser una persona que comparte de corazón, habla de corazón, escucha de corazón, ayuda de corazón, y quiere de corazón. Así sea.
4.- La oración de los ojos
Hola Jesús; amigo, hermano y Dios mío. Gracias por el regalo de los ojos. Cuántas cosas puedo hacer cada día gracias a ellos. Sin ellos todo sería oscuridad y noche. No conocería los colores ni las caras de los que me rodean. No conocería la belleza de la vida. Con mis ojos puedo ver tantas cosas buenas y bonitas: el cielo azul, las nubes llevadas por el viento, los árboles y las plantas, y todo lo demás que tú has creado. ¡Qué bonito lo has hecho todo Jesús! Qué alegría poder abrir los ojos cada mañana y ver junto a mí a las personas que más quiero... Gracias Jesús por todo ello. Enséñame a tener una mirada pacífica, una mirada alegre, una mirada sin odio ni rencor, una mirada amistosa, una mirada limpia de malas intenciones, una mirada profunda que no se fija en lo superficial sino en el corazón de las personas. Enséñame Jesús a ver las cosas buenas que hay en mis compañeros, en mis amigos, en mis conocidos, y no ver sólo sus defectos. Enséñame a tener los ojos bien abiertos y despiertos, para ayudar a quien lo esté pasando mal junto a mí. Enséñame todo esto, Jesús, para que algún día mis ojos puedan ser como los tuyos. Así sea.
5 . La oración de la boca
Hola Jesús; amigo, hermano y Dios mío. Hoy quiero darte gracias por la boca. Cuántas cosas diferentes y buenas puedo hacer con ella. Puedo hablar y comunicarme con los demás. Puedo comer y gustar mil sabores diferentes. Puedo beber para saciar mi sed. Puedo sonreír y reír a carcajadas cuando algo me hace gracia. Puedo silbar y cantar mis canciones favoritas. Puedo respirar el aire que me permite vivir. Puedo expresar con mi boca mi estado de ánimo, si estoy triste o alegre, sorprendido o extrañado, serio o nervioso. Con ella puedo besar a las personas que más quiero. Qué gran invento el de la boca, Jesús. Gracias a ella podemos alimentarnos de tantas cosas que nos dan vida... Te pido por los niños y niñas que no tienen nada que llevarse a la boca para comer. Por los que no tienen a nadie con quien hablar, porque son rechazados por los demás. Por los que no sonríen ni ríen, porque son maltratados o marginados. Por los que no tienen ganas de cantar, porque están enfermos. Por los que están tristes, porque no tienen padres a quienes poder besar. Ayúdame Jesús a estar siempre atento, para echar una mano a estos niños y niñas cuando algún día me encuentre con ellos; para que de mi boca salgan palabras de acogida, cercanía, ayuda y consuelo. Así sea.
6 . La oración de los pies
Hola Jesús; amigo, hermano y Dios mío. Cuando empecé por primera vez a andar y a dar los primeros pasos con mis pies... ¡cuánto te debiste alegrar! Tú te alegras de todo lo bueno que me pasa, de todo lo bueno que consigo. Hoy quiero darte gracias por los pies, porque me permiten andar. Gracias a ellos puedo ir a tantos sitios y hacer tantas cosas: puedo correr, saltar, patinar, subir o bajar, hacer deporte, ir de puntillas para no molestar, ir a la pata coja o bailar. Cuánto me gusta ir con los pies descalzos por la arena de la playa, o que alguien me haga reír haciéndome cosquillas en el pie. Enséñame Jesús a usarlos para hacer cosas buenas. Sobre todo enséñame a caminar hacia ti... para ser como Tú. Quiero seguir tus pasos. Tú caminabas por los caminos ayudando a unos y otros. Lavaste los pies de tus discípulos para que entendieran que tú habías venido a servir a los necesitados de ayuda, y no a ser servido como los grandes señores comodones. No dejes nunca que use mis pies para hacer le daño a nadie. No dejes que los use para dar patadas a ningún compañero, para poner la zancadilla, para pisar a alguien, o para romper cosas. Quiero usarlos como Tú los usabas... para así dejar las buenas huellas que Tú dejabas. Así sea.
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