2.- Un Dios “sádico”

 

Cuadro de texto: Puntos de la charla

Dios y el problema del mal en el mundo
Los sacrificios, el sufrimiento de los cristianos
¿Quiso Dios que su Hijo sufriera? ¿Es su voluntad que nosotros suframos?
¿Dios castiga a los malos? ¿Pone a prueba a los buenos?

 

 

1.- Anota en varias frases las conclusiones de esta charla. Y explica qué quiere decir Paul Claudel.

 

Todavía quedan algunas nebulosidades.

Pero al menos hay algo que jamás podremos decirle a Dios:

“No conociste el sufrimiento”.

Y es que Dios no ha venido a suprimir el dolor,

ni siquiera a explicarlo.

Pero sí ha venido a llenarlo con su presencia.

Por eso no digas nunca:

“¿El sufrimiento existe? ¡Luego Dios no!”.

Di más bien:

“Si el sufrimiento existe y Dios ha sufrido...

¿qué sentido le habrá dado al sufrimiento?”.

 

2.- Responde, desde tu experiencia, a las dudas que se plantea José Carlos (15 años), con palabras que pueda comprender.

 

Dices que Dios es Padre, que tenemos que ser como niños cuando nos refiramos a Él, pero por más que lo intento, no logro imaginarme a un Padre que, cuando nosotros como niños nos tiramos a sus brazos pidiendo socorro, Él no nos responda. Para mí no hay nada peor que un Padre que deja morir a sus hijos, que ve cómo poco a poco nos vamos destruyendo. Miramos hacia arriba y preguntamos: “¿Qué pasa?” “¿Por qué?”.

- Es tu libertad: si quieres matarte, mátame; si quieres arruinar a los demás, también. Yo estoy aquí impasible, mirando cómo os va, cómo pasáis los unos de los otros; cómo gente con ganas de vivir, de conocer... muere sin saber por qué estaba en el lugar y  en la hora equivocada; cómo por ser negro te matan a palos, o cómo por nacer en un sitio determinado te mueres de hambre...

Y así podría seguir. Esa es la pena: que podría seguir. Ahora miro hacia arriba y grito: ¿Qué pasa? ¿No contestas? ¿Por qué? No creo que exista un Padre así. ¿Por qué no demuestras lo contrario?

 

3.- Cuando nos hemos encontrado con la experiencia del sufrimiento o la muerte en nuestros grupos, ¿qué respuestas damos? ¿Hay algo que corregir o añadir? Comentarlo. Puede servir de ayuda lo que dice Carlos G. Vallés.

Los dioses dejaron en manos de los hombres la manera como éstos escojan responder a las circunstancias de la vida; y de las demás cosas... los dioses no dejaron ninguna en manos de los hombres (Epicteto)

Es verdad. No estaba en mi mano. ¡Tantísimas cosas no lo están! Si me pongo a contarlas, me desanimo al ver lo poquísimo que puedo hacer yo en mi propia vida y en el mundo y en la sociedad. Pero hay algo que sí puedo hacer, y eso en cualquier momento y en cualquier circunstancia. Y en ese don está mi dignidad humana, mi existencia independiente y mi itinerario de vida. Mi vida es lo que son mis reacciones a las circunstancias; y esas reacciones las gobierno yo. Ese don define al ser humano y le confiere su exclusiva grandeza. Ésta puede hundirse o levantarse ante la calamidad, renunciar a la lucha o seguir luchando, sonreir a la vida o fruncirle el ceño... Ante el mismo hecho, puedo rendirme a la desesperación o abrirme a la esperanza. Esa elección está en mis manos, y a ella me aferro con la conciencia de mi responsabilidad y la alegría de mi libertad. No va a ser fácil admitir esa tarea y llevarla a cabo con acierto, pero en eso me va la vida, y a ello me apresto. (Carlos G. Vallés, ¿Por qué sufro cuando sufro?, Sal Tarrae).

 

4.- Dedicar un tiempo a la oración personal, apoyándonos en estos textos.

 

Del libro de Habacuc

 

Tienes tus ojos tan puros que no soportas el mal y no puedes ver la opresión. ¿Por qué entonces, Señor, miras a los traidores y observas en silencio cómo el malvado se traga a otro más bueno que él? (Hab 1,13).

 

Del Libro de Isaías

 

¿Por qué, Yhavé, permitiste que nos perdiéramos de tus caminos, y que nuestros corazones no sintieran por ti ningún respeto?  ¿Por qué los que no creen han invadido tu santuario? Desde hace mucho tiempo somos gente que tú no gobiernas y que ya no lleva tu apellido. ¡Ay si tú rasgases el cielo y bajaras! (Is 63,17-19).

 

De los salmos

Señor, ¿por qué te alejas y en momentos de angustia así te escondes? Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué me desamparas? ¿Por qué debo andar tan triste cuando el enemigo me abruma? Despiértate, ¿por qué duermes, Señor? Levántate, ¡no nos dejes tirados por el suelo! ¿Por qué escondes tu cara y olvidas nuestro estado de opresión y miseria, cuando estamos tendidos en el polvo y se nos pega el vientre a la tierra?

 

5.- ¿Puede tener el sufrimiento algún valor positivo? ¿Alguno ha tenido experiencia directa de la “noche del dolor”? ¿Cómo se ha enfrentado con ella? ¿Para qué le ha servido? Aquí tienes una experiencia para meditar y comentar.

 

Después de un año de pruebas y más pruebas, me diagnosticaron una enfermedad congénita de la médula. La enfermedad era tan grave y avanzada, que los médicos me dieron un año de vida, más o menos. Fue un gran choque para mí. Tenía entonces 33 años. ¡Amaba la vida!.

Cuando el médico me dijo con claridad lo que tenía, sentía que todo se venía encima. No sé qué pasó dentro de mí, pero desde el primer momento salió de mi interior un “sí, Señor, lo que Tú quieras”. Experimenté un profundo agradecimiento a Dios. Algo o alguien dentro de mí repetía constantemente: “Gracias, Señor, gracias. Tú sabes mejor que yo qué es lo mejor”, y me repetía a mí misma: Isabel, qué más da estar enferma que estar sana, qué más da estar aquí que allá, lo que importa es hacer la voluntad de Dios”.

 

Físicamente lo he pasado muy mal, pero la actitud interior constante en mí ha sido siempre de agradecimiento, de aceptación. Nunca me ha pasado por la mente el pensar que esta enfermedad haya podido ser un castigo de Dios. No, al contrario. La experimento como una bendición de Dios en mi vida. Cuanto más he sufrido, más fuertemente unida me he sentido al Señor.

Lo que más me ha ayudado a vivir con paz, e incluso con gozo esta enfermedad, ha sido el saberme muy amada por Jesús, por el Padre. Me ha ayudado mucho la oración. El orar con los salmos. Pasarme muchas horas delante del Sagrario, con la Biblia abierta. Contemplar por Él. Orar con los Salmos de dolor, de angustia, cuando el dolor y la angustia me podían y eran demasiado fuertes. Los salmos de agradecimiento me han ayudado a vivir en una actitud de agradecimiento a Dios.

(Mª Isabel Cantón, en Misión Abierta, marzo 97)

 

6.- ¿Qué aporta la fe cristiana (Jesucristo) al problema del sufrimiento, el mal y la muerte?

 

Mi sufrimiento y el de los demás es y permanece siendo un misterio. El dolor de un inocente es un escándalo. Es inútil arreglarlo con la llave de la lógica. Por favor, no maltratemos el misterio. Evitemos nuestras pretensiones de explicaciones lógicas.

Además, ya he encontrado la respuesta. No es una respuesta convincente intelectualmente y ni siquiera exhaustiva desde un punto de vista racional. Algo mejor.

Abro el Evangelio y me encuentro con Cristo ante el sepulcro de su amigo Lázaro. Está rodeado por una multitud que mastica sus propios porqués: “¿No podía él, que abrió los ojos al ciego, hacer también que no muriera éste?” (Jn 11,37).

Nos encontramos ante el estúpido dilema de siempre: O Dios no puede impedir el mal y entonces no es omnipotente, o es que no quiere, y entonces no es bueno.

Cristo no responde directamente a la pregunta. Responde con dos palabras: “Jesús lloró”.

Me sobra con esta imagen: el rostro de Dios surcado por las lágrimas.

Ya no me interesan los doctos volúmenes sobre el problema del sufrimiento.

Me basta con esta noticia.

Dios no quiere los sufrimientos de sus criaturas.

Dios no acepta tranquilamente el dolor humano.

Dios llora. Me basta eso.

Ahora puedo expresarte mi agradecimiento por esas lágrimas más convincentes que todas las explicaciones (A. Pronzato, Fuerza para gritar, 217, Sígueme).

 

El sufrimiento solo es estéril; pero el sufrimiento por amor engendra vida.

El sufrimiento solo destruye; pero el sufrimiento por amor da madurez y profundidad.

El sufrimiento sólo te hace exigente; el sufrimiento con amor te libera de apegos.

El sufrimiento solo te rebela; el sufrimiento con amor te acerca a los demás.

El sufrimiento solo te hace insolidario; el sufrimiento con amor te hace comprensivo y compasivo.

El sufrimiento solo te oscurece la vida y te hace desconfiado y pesimista; el sufrimiento con amor te ayuda a confiar y a mirar con esperanza la vida y la misma muerte.

El sufrimiento solo es infierno; el sufrimiento con amor es la antesala del paraíso.

(R. Prieto, en Cáritas, Cuaresma 94, 119)

 

9.- Contar cómo ha ido evolucionando y madurando mi imagen de Dios y mi modo de relacionarme con Él. ¿En qué tengo que profundizar todavía?

 

10.- El Niño que se hizo daño

 

En el reino de los cielos, dice el Señor, pasa como ocurrió un día con un niño que se hizo daño. Acudió su madre, trató de explicarle algo para consolarlo, pero el niño no hizo caso, y sin escucharla siquiera, continuó llorando amargamente. Las explicaciones de la afligida mamá de nada le servían. Y aunque el niño lloró con gran intensidad, no se apartó de su lado. Por fin, no pudo resistir más su incapacidad para ayudarlo, y ella también se puso a llorar. El niño, poco a poco, se fue calmando, miró a su mamá, primero extrañado, luego preocupado, le tendió su manita y hasta sonrió, pues había olvidado su dolor. Pronto madre e hijo se abrazaron felices.

En mi reino, a menudo no puedo dar explicaciones, a mí no me entienden, y por eso, en los absurdos accidentes, en las crueles enfermedades, en los trágicos asesinatos, en cualquier dolor o muerte, yo el Señor, lloro con los que son víctimas del mal, sufro pasión en silencio, soy crucificado y muero yo también hasta que llega el consuelo, y se abren los ojos del corazón, y se ve en la eternidad todo el amor y el bien que les rodean. (Pedro Ynaraja)

 

11.- Para reflexionar sobre el sufrimiento y la enfermedad.

 

El dolor es un misterio y hay que acercarse a él como Moisés se acercó a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor. Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y, no digamos, con frivolidad.

La primera consideración que yo haría es la de la “cantidad” de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que después de tantos siglos de historia y de ciencia el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas de dolor que padecemos. Más bien habría que reconocer que en muchos aspectos esta cantidad está aumentando...

Además los medios de comunicación nos hacen comprender mucho mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del s. XII, del XV, conocía, cuanto más, el dolor de sus doscientos o sus diez mil convecinos. Pero no tenía ni idea de lo que, a esa misma hora, se sufría en la nación vecina, y no digamos en otros continentes. Hoy, por fortuna o desgraciadamente, nos han abierto y estirado los ojos y sabemos, casi con exactitud, el número de muertos, asesinatos o destrozados que hubo ayer. Sabemos que cuarenta millones de personas mueren de hambre al año...

Hoy se lucha más y mejor que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Incluso cuando hemos derrotado una enfermedad aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el sida)...

Sé que es amargo y doloroso decir todo esto, pero en lo que respecta al dolor, a la enfermedad y a la muerte podemos ganar muchas batallas, pero la guerra la tenemos perdida.

Ya sé que ni a vosotros, ni a nadie, le gusta esta afirmación y menos en nuestro siglo vitalista para el que los grandes tabúes son la enfermedad y la muerte. Y aunque la realidad se obstina en metérnoslo por los ojos, todos preferimos pensar “que no es para tanto”, que es “un problema de otros”... como si sólo los demás fueran aspirantes a enfermos o muertos...

 

Hecha esta primera puntualización sobre la extensión del dolor, entremos en eso que llamamos su misterio. Y será bueno que empecemos por reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su porqué.

Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con respuestas piadosas: sufrimos porque el hombre es un ser finito, o sufrimos porque “Dios bueno lo quiere...” Pero estas respuestas aclaran muy poco. En seguida vienen otras preguntas: ¿Y por qué hizo Dios finito al hombre? ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate en su coche la víspera de su boda, dejando destruidos a todos los suyos? Y no digamos nada cuando surge esa pregunta vertiginosa: ¿Por qué sufren los niños inocentes?

Creo que nosotros, los cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder. Son preguntas que, de hecho, están destrozando el alma de media humanidad. ¿Y quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se producen, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?

Dar explicaciones a medias es, casi siempre, contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empecemos por confesar, sencilla y humildemente, lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el “sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones”.

Y una de esas respuestas parciales podría ser la de afirmar que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y respuestas sobre él.

En las vidas de Buda se cuenta la historia de un hombre que fue herido por una flecha envenenada y, cuando acudieron a curarlo, exigía que, antes le respondieran a tres preguntas: quién disparó, qué clase de flecha era y qué tipo de veneno se había puesto en su punta. Por supuesto que el hombre se murió y nadie había respondido a sus preguntas. Por eso comenta Buda que si “insistimos en entender el dolor antes de aceptar su terapia, entonces las infinitas enfermedades que padecemos acabarán con nosotros antes de que nuestras mentes se sientan satisfechas”.

Seguramente pensaréis que estas tres preguntas del cuento de Buda son pura fábula. A nadie se le ocurre esa triple tontería. Y, sin embargo, es cierto que el hombre ha gastado más tiempo en preguntarse por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso ¡benditos médicos, enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir esa montaña de dolor que padecen los hombres!.

Una segunda respuesta parcial es aquella que nos ayude a ver nosotros y a enseñar a ver a los demás que el dolor es una herencia de todos los humanos sin excepción.

Uno de los grandes peligros del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o, en todo caso, los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un simple dolor de muelas nos empuja a creernos la víctima número uno. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; pero si nos duele el dedo meñique gastamos las veinticuatro horas del día en autocompadecernos. Salir de uno mismo es muy difícil: salir de nuestro propio dolor es casi un milagro. Y tendríamos que empezar por ese descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Permitidme citaros por segunda vez a Buda. En su vida se cuenta la historia de una madre que acudió a él llevándole un niño muerto para que se lo resucitase. Y, ante sus gritos, los discípulos de Buda pensaban que esta mujer estaba loca pidiendo imposibles y se reían de ella. Pero Buda pensó que, si no podía resucitar al niño, podía al menos mitigar el dolor de aquella madre ayudándola a entender. Por eso le contestó que, para curar a su hijo, necesitaba unas semillas de mostaza, pero unas semillas muy especiales, unas semillas que se hubieran recogido en una casa en la que en los tres últimos años no se hubiera sufrido algún gran dolor o padecido la muerte de un familiar. La mujer, al ver alimentada su esperanza, se precipitó a la ciudad buscando esas milagrosas semillas. Y comenzó a llamar de puerta en puerta. En unas había muerto el padre o un hermano, en otras alguien se había vuelto loco, en las de más allá había un viejo paralítico o un muchacho enfermo. Con lo que cayó la noche y la pobre mujer volvió a Buda con las manos vacías... y con el corazón en paz: había descubierto que el dolor era algo que compartía con los humanos.

Naturalmente que la respuesta no es la del refrán: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Es la humilde aceptación de que el hombre, todos los hombres somos seres incompletos y mutilados. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz “a pesar” del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él.

Hay que tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida como si yo fuera una víctima excepcional.

A medida que vas conociendo a los hombres descubres que “todos son mutilados, mutilados de algo”. A uno le faltan los riñones o el estómago, a otro le falta un brazo o una pierna o no tienen trabajo, o tienen un amor no correspondido, o un hijo muerto. Y muchos que quisieron ser actores o médicos hoy trabajan en una mísera oficina. Que otros tienen un hijo drogadicto o hubieran querido tener una cultura que no pudieron adquirir. Todos. Todos. ¿Qué derecho tengo yo, entonces de quejarme de mis carencias como si fueran las únicas del mundo?

 

La tercera gran respuesta que ya daría es la de enseñar a ver los aspectos positivos de la enfermedad.

Y quisiera evitar un error que está difundido entre personas de buena voluntad. Y es la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo, sinceramente, que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la supuesta bondad del dolor. ¿Quién no ha oído descender en muchas homilías que Dios explica el dolor a sus preferidos o cantando la dulzura de la enfermedad? Ya sé que esto se hace con buenísima voluntad y mala teología. Pero no creo que quienes sufren de verdad la compartan y temo que a muchos les provoque la rebeldía más que la clarificación.

Me parece que al hacer esas explicaciones se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

En la mano del hombre está el conseguir que el dolor sea una ruina o un parto. Que el hombre no puede impedir el dolor, pero sí puede conseguir que no le aniquile, e incluso lograr que ese dolor le levante en vilo... En este sentido yo estaría plenamente de cuerdo en que el dolor es uno de los grandes motores del hombre.

Yo nunca me imagino a Dios mandando con gusto dolores a sus hijos sólo para probarlos. El dolor es más bien una parte de nuestra condición humana, deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. Por eso no hay hombre sin dolor.

Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero...

El hombre tiene, pues, en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se conviertan en vinagre o en vino generoso. Y tenemos que reconocer, con tristeza, que desgraciadamente son muchos más los seres destruidos o disminuidos por el dolor y pulverizados por la amargura que aquellos otros que saben convertirlo en fuerza y alegría.

Por esto, el verdadero problema del dolor no es su naturaleza sino su “sentido”. Y más importante que aclarar cuánto se sufre es saber cómo se sufre. Ahí es donde realmente se retrata un ser humano. Como decía Amiel: “la manera de sufrir es el más grande testimonio que una alma da de sí misma”. Así ocurre que hay supuestos “grandes” de este mundo que se hunden en la primera tormenta, mientras que “pequeñas” personas son maravillosas cuando llega la angustia. Un hospital es siempre como una especie de juicio final anticipado.

Desde estas premisas me interesa más una vida llena que una vida larga. El valor de una vida no se mide por los años que dura, sino por los frutos que produce. De ahí que, ante la enfermedad, pase lo que pase, suceda lo que suceda, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo tienes ya disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean...

Y desde estas reflexiones hay que subrayar que la verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano compasiva y amiga! ¡Qué fácil, en cambio, seguir cuando te sientes amado y ayudado!.

Dejadme que os subraye esto a vosotros que cuidáis de algún enfermo: nunca, en toda vuestra vida, haréis algo mejor que quererlos, sostenerlos, sonreírles. Hay en el mundo un déficit tremendo de compasión.

Permitidme contar la experiencia que narra JLM. Descalzo, en uno de sus libros.

“Yo tuve la fortuna (o mejor la gracia de la larga vida de mi padre. Pues bien: en sus últimos años (y llegó a noventa y tres) yo vivía en otra ciudad distinta a la de mi familia y solía ir a ver a mi padre algunos domingos, cuando podía. Pero confieso que, con demasiada frecuencia, se imponía mi egoísmo: siempre encontraba alguna razón para no ponerme en viaje, siempre había demasiado trabajo y pensaba que necesitaba ese fin de semana para ponerme al día. Hice esto bastantes domingos, aun sabiendo que para mi padre los verdaderos domingos eran aquellos en los que me tenía a su lado. Aquéllos eran “los domingos del alma” más que los del calendario. Pero esto sólo lo entendí cuando mi padre me faltó.

Y de nada me he arrepentido tanto como de aquellos domingos “robados” a mi padre que, afortunadamente, tiene ahora domingo todos los días en el cielo. Pero yo le fallé tontamente, tontamente. Y es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra esto: que hay que quererse de prisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta. ¡Ojalá vosotros, amigos míos, no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis, ojalá no tengáis que doleros de haber ahorrado una sonrisa o un gesto de amor que, en definitiva, es lo mejor que podéis dar a los enfermos y lo que ellos más necesitan!.

También descubrí que tenía que ordenar mi escala de valores. Un hombre se define a sí mismo por la escala de valores que maneja. Dad una lista: dinero, éxito, triunfo social, amor humano, fe, trabajo, amistad. Pedidle que ponga después en orden estas palabras según el aprecio que tiene de ellas y según el tiempo y el esfuerzo que a cada una dedica, y sabréis muy bien qué tipo de hombre tenéis delante.

La enfermedad es en esto una gran bendición: cuando ella te sacude ya no puedes seguir engañándote a ti mismo, ves con claridad qué eras, quién eres...

Aprendí también desde la enfermedad a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría nada, absolutamente nada. Entender en cambio que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como los otros nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía. Yo creía que daba más de lo que recibía y la enfermedad me descubrió que era mucho más lo que otros me daban que todo lo que yo jamás podría dar.

La enfermedad ha iluminado mi fe, pero he de añadir que si esto es así, mucho más la fe ha iluminado mi enfermedad”.

 

Huellas en la arena

Una noche un hombre tuvo un sueño. Soñaba que iba caminando con Dios a lo largo de la playa. En el cielo se iban proyectando las escenas de su vida. En cada escena se percibían dos huellas de pisadas en la arena: unas pertenecían a él y las otras a Dios.

Cuando se proyectó sobre él la última escena de su vida se volvió y miró hacia atrás, a las pisadas en la arena. Descubrió que muchas veces, a lo largo del camino de su vida, había una sola huella en las pisadas. También se dio cuenta de que esto ocurría en los momentos más bajos y más tristes de su existencia. Esto, en realidad, le preocupaba grandemente y preguntó a Dios: “Padre, tú me dijiste que una vez que me decidiese a seguirte, caminarías siempre a mi lado. Pero veo que en los momentos más difíciles de mi vida hay sólo las huellas de una persona. No puedo entender cómo, cuando más te necesité, Tú me abandonaste”.

Y Dios le respondió: “Hijo mío, te quiero tanto que nunca te abandonaría. En los momentos de desgracia y sufrimiento, cuando viste las huellas de una sola persona, fue cuando tuve que llevarte en brazos”.

Cuadro de texto: ¿En que Dios creo?
Materiales para trabajar en grupo