Cuida la acogida

 

Diálogo entre catequistas

 

 

Luis: Una de las cosas que me sorprenden de Jesús es

su poder de convocatoria. Creyentes y ateos, pobres y

ricos, sanos y enfermos, sumos sacerdotes y prostitutas...

todo tipo de personas se acercaban a escucharle y a estar

con él. Aunque sus palabras fuesen críticas e incomodasen a muchos, éstos no se sentían rechazados por Jesús. En sus encuentros no faltaba el saludo, el trato cercano, el ocuparse de que todos tuvieran sitio, la despedida.

Teresa: Sí, Jesús a lo largo de su vida cuidó la acogida en sus relaciones con los demás. Transmitió, a través de su modo de ser, que toda persona era digna de estar en su presencia y ser escuchada. Ni siquiera en la cruz se dejó llevar por su sufrimiento. Se preocupó de su madre, escuchó y se hizo cargo del malhechor arrepentido, convirtió la traición de su pueblo en perdón. Llevó la acogida hasta sus últimas consecuencias.

 

 

 

Pregúntate a ti mismo

 

Imagínate que estás pasando una mala racha y que te gustaría charlar sobre ello; ¿a qué persona de tu entorno elegirías? No lo pienses mucho, relájate y quédate con la primera persona que se te ha ocurrido. ¿Cómo es esa persona...? ¿Qué es lo que te ha hecho elegirla?

Estoy convencido, y eso que no soy adivino, que una de las características personales que te hacen pensar en ella es su capacidad de acogida: su disponibilidad, ese saludo que te hace sentir que se alegra de verte, su mirada, sus gestos, su capacidad de escucha, su interés por ti, el intentar hacerte el encuentro agradable...

La acogida es uno de los momentos más fundamentales en la catequesis. En él no sólo nos jugamos el buen funcionamiento del grupo; transmitimos una de las enseñanzas que Jesús quiso reflejarnos con su vida: el valor que toda persona tiene a los ojos de Dios.

 

La levadura en el bizcocho

 

La acogida es en las relaciones lo que la levadura en un bizcocho.

Me explico. Gracias a la levadura, el bizcocho no sale pastoso, nos permite apreciar más su sabor, es más agradable al tacto. Si pusiéramos en la mesa dos bizcochos uno con levadura y otro sin ella, la gente repetiría más del primero.

Cuando somos acogedores hacemos de la relación un bizcocho con levadura. Creamos un ambiente agradable, hacemos que las personas se sientan cómodas. La comunicación se vuelve más fluida, hay más posibilidad de diálogo y la gente se siente más animada a integrarse en el grupo y repetir la experiencia cada semana.

Son muchos los detalles que hacen que nos sintamos acogidos. Yo me voy a centrar en tres de ellos: el espacio y contexto físico, el preocuparse por conocer a las personas que integran el grupo y la comunicación no verbal.

 

¿Cómo es la sala de reuniones?

 

Por un momento sitúate en el lugar que ocupan tus chavales de catequesis. Siéntate en sus sillas, mira desde ahí la sala... ¿Cómo te sientes en su lugar? ¿Son suficientemente cómodas? ¿La comunicación de éstas facilita la comunicación entre los miembros del grupo? ¿Cómo te ven a ti desde sus sitios? ¿Qué te transmite la decoración de la sala?

El lugar donde nos reunimos influye más de lo que creemos en el desarrollo de la catequesis. Una sala sin ningún póster, descolorida, u oscura...transmite frialdad, vacío tristeza que puede contaminar el ambiente e interés de la reunión. Es cierto que en muchas parroquias no sobra el dinero, pero se puede crear un espacio acogedor con la ayuda de todos. Se les puede invitar a los chavales a decorar su propia sala de reuniones, traer pósters o fotografías que tengan relación con el tema que vamos a trabajar en catequesis... Y si esa sale se comparte con otras actividades es cuestión de ponerse de acuerdo.

Otro aspecto que no debemos descuidar es la colocación de las sillas. Ver la espalda del compañero, o tenerlo de refilón entorpece el diálogo. Es importante que, en la medida de lo posible, tengamos sillas que podamos mover con facilidad, y que éstas las coloquemos de manera que todos podamos mirarnos sin tener que estar continuamente cambiando de postura. Una disposición adecuada es colocar las sillas en círculo. Facilita la comunicación y la integración grupal.

Por último, no nos olvidemos de la temperatura. Si una persona tiene mucho frío o mucho calor difícilmente podrá atender lo que dices. Llegará un momento en que su cuerpo le demandará toda su atención para que se ponga algo de abrigo o lo contrario. Se encontrará incómodo, comenzará a distraerse y a mirar el reloj.

 

Desarrollar la memoria

 

Un aspecto fundamental de la acogida es el saludo; y a poder ser el saludo personalizado. Una persona se siente acogida y valorada cuando le das la bienvenida llamándole por su nombre; cuando le preguntas, si el momento es oportuno, por algo que él ha hecho en otras reuniones.

Cuando una persona ve que te acuerdas de él, y te interesas -sin ser cotilla- por algún aspecto de su vida personal le estás expresando que te alegras de verle, que te importa, que cuentas con él en la catequesis. Es verdad que aprenderse los nombres cuesta al principio, pero no creo que es imposible...

No seamos comodones.

 

 

El poder del lenguaje no verbal

 

Aunque en nuestra cultura se le suele dar más importancia a la comunicación verbal, el lenguaje no verbal juega un papel decisivo cuando nos relacionamos con los demás.

¡Cuántas veces sentimos que nos quedamos cortos con las palabras, que nos falta vocabulario para poder expresar nuestras vivencias y emociones! El lenguaje verbal, las palabras, es un buen medio para expresar con precisión y claridad ideas, opiniones, conceptos; pero se nos queda corto para expresar nuestros sentimientos.

A través de la postura corporal, los gestos, la expresión del rostro, la mirada, la distancia física, la tonalidad, el ritmo de la voz...estamos continuamente mandando información sobre cómo nos sentimos, sobre cómo nos encontramos con las personas con las que estamos en ese momento, y sobre qué opinamos realmente de lo que estamos hablando. El lenguaje no verbal colorea las palabras; y es un gran comunicador de lo que llevamos dentro. Si queremos ser acogedores no son suficientes las palabras, pero cuidado...

 

Hay “te quieros” que son como puñaladas

 

De poco nos sirve decir que estamos encantados de verles, que nos importa mucho lo que les pasa, o que consideramos muy importante la catequesis, si nuestra postura corporal transmite pasotismo, nuestros gestos indiferencia, y apenas miramos directamente a los ojos de las personas.

Si tus actitudes, tus acciones contradicen lo que dices, tus palabras perderán brillo y quedarán vacías de contenido. Lo que crea o destruye las relaciones no son, como creemos, las cosas que decimos, sino cómo las decimos.

Es importante reflexionar sobre lo que vamos a decir, pero más importante aún, es que sea nuestra persona la que exprese eso que queremos decir.

 

Para trabajar en grupo:

 

1.- Revisad todos las salas de reuniones. Id a cada sala y, como si fuera la primera vez que estáis allí, sentaros en sus sillas, observad sus paredes, el mobiliario, la temperatura... ¿Cómo os sentís en esa posición? ¿Cambiaríais algo?....

2.- Hay muchos detalles que nos hacen sentir acogidos. Tras pensar sobre ello, podemos poner en común lo que para cada uno significa acoger; y qué comportamientos, actitudes, palabras...nos hacen sentirnos acogidos...

 

 

La complejidad de comunicarse

 

Diálogo entre catequistas

 

Teresa: Luis, llevamos media hora hablando de la salida que vamos a hacer con los chavales, y todavía no has abierto la boca. Te noto distraído, ¿te pasa algo?

Luis: Lo siento, no logro concentrarme. tengo la cabeza en otro lado. Aunque lo intento, no puedo dejar de pensar en la discusión que esta mañana he tenido con mi mujer. Hay veces que no la comprendo. ¿Por qué tiene que afectarle tanto que se me olvide la fecha de nuestro aniversario? Ella sabe que yo la quiero, y que ahora estoy muy liado en el trabajo. Si a ella se le hubiese olvidado, yo no me pondría así. ¿Tú que opinas?

Teresa: ¿Por qué das por sentado que ella es igual que tú? Tu mujer y tú no sois iguales; pensáis y vivís las cosas de modo diferente. Esa suele ser una de las causas de tantos malentendidos. Creemos que los otros interpretan la realidad igual que nosotros, y eso no es así. ¿Has hablado de lo que ha ocurrido con ella? ¿Le has explicado el porqué de tu olvido? ¿Le has expresado que la querías y que lo sientes?

Luis: Lo intenté, pero enseguida nos pusimos a discutir y dejamos de dialogar. Comenzamos a sacarle punta a todo y la liamos.

 

Un mal común

 

Aunque todo el día estemos comunicándonos, esto no significa que lo hagamos bien. Las dificultades en las relaciones interpersonales es uno de los problemas más extendidos en nuestra sociedad.

Detrás de muchos divorcios, de familias enemistadas, de chavales difíciles, de catequesis que no avanzan...siempre nos encontramos con problemas de comunicación.

Establecer una buena relación con nosotros mismos y con los demás no es una tarea fácil.

 

Para escuchar hay que querer escuchar

 

Escuchar no debemos de confundirlo con esperar a que uno termine de hablar. Ni tampoco es sinónimo de oír. Podemos estar oyendo a una persona y, sin embargo, no estar escuchándola. Un ejemplo está en el diálogo entre Luis y Teresa. Luis está oyendo las palabras de Teresa, pero no está atento y centrado en la conversación.

Salvo que nos pongamos tapones o tengamos problemas auditivos, nuestro oído está preparado para captar todos los sonidos del exterior. Es un proceso natural, espontáneo y automático. NO requiere ningún aprendizaje, ni nos exige ningún esfuerzo previo. Oímos y ya está. Sin embargo, el proceso de escuchar va mucho más allá.

Escuchar implica una decisión, una opción y, por tanto, una renuncia. Si deseamos escuchar a una persona debemos dejar a un lado lo que estamos haciendo o pensando. Una buena escucha requiere toda nuestra atención e interés.

Estar atentos

 

Escuchar no sólo se reduce a entender y a quedarnos con las palabras que la otra persona nos dice. Si realmente queremos captar lo que esa persona quiere transmitirnos, debemos estar muy atentos y fijarnos no sólo en lo que nos dice sino en cómo nos lo está diciendo.

Hay veces que las palabras apenas expresan lo que la persona experimenta. Sin embargo, sus gestos, la expresión del rostro, la mirada, el tono y el ritmo de la voz... pueden ayudarnos a conocer su estado de ánimo, a saber cómo le afecta lo que nos cuenta, o a intuir cómo se siente con nosotros.

Es cierto que el lenguaje del cuerpo es mucho más ambiguo y arriesgado de interpretar que el lenguaje hablado. Pero si no leemos y desciframos ambos lenguajes, nuestra escucha quedará muy empobrecida.

 

¿Leemos la realidad del mismo modo?

 

Un error en el que caemos muy frecuentemente es creer que todos leemos la realidad de la misma manera. Luis y su mujer no viven del mismo modo la fecha del aniversario. El secuestro de Ortega, o la muerte de Buesa y su escolta es interpretado de forma diferente por ETA o por “Gesto por la paz”. La educación, la familia, la cultura, el país, la religión, el idioma nos van influenciando en nuestra manera de pensar, sentir y actuar.

Cuando percibimos la realidad, no la interpretamos asépticamente. Nuestros valores, educación, principios, costumbres, edad, experiencias personales nos llevan a interpretarla de una manera concreta y distinta a la de los demás. De ahí que sea tan fundamental que nuestra escucha esté teñida de empatía.

 

Haber caminado muchas leguas con sus mocasines

 

La empatía es un término muy utilizado en psicología. No significa que seamos simpáticos. Significa dejar a un lado nuestros puntos de vista, nuestros valores para ponernos en el lugar de la otra persona y captar qué es lo que está viviendo y sintiendo en ese momento. Es intentar ver la realidad desde la perspectiva del otro.

Un sabio proverbio indio lo define muy gráficamente: “Oh, gran espíritu, no permitas que opine del caminar ajeno hasta que no haya caminado muchas leguas con sus mocasines”.

 

Jesús, ejemplo de empatía

 

Jesús de Nazaret también nos muestra en sus encuentros qué es ser empático. Un ejemplo lo tenemos en el encuentro que tuvo con más de cuatro mil hombres, mujeres y niños en el lago de Galilea tras abandonar el país de Tiro y Sidón.

Después de varios días curó a muchos enfermos, Jesús dijo a sus discípulos: Me da lástima de esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen por el camino. Además, algunos han venido de muy lejos.

Jesús se puso en el lugar de aquella gente. Pese a llevar tres días dedicado a curarles, siguió interesándose por ellos. Se dio cuenta de que apenas tenían alimento. Se metió en su pellejo y supo anticipar que muchos podrían estar débiles y desmayarse por el camino. Sabía que algunos venían de lejos.

 

Ser un buen comunicador

 

Establecer una buena comunicación con los chavales no sólo requiere que sepamos escucharlos, también es necesario que sepamos transmitirles aquello que les hemos entendido y queremos comunicar, con un lenguaje que sea comprensible para ellos.

Hemos nuevamente de ponernos en el lugar de ellos. Tener en cuenta su edad, su vocabulario, su cultura. Hay veces que el problema radica en que no nos entienden, en que les aburrimos con una terminología que no les dice nada.

 

Sus beneficios

 

Sentirnos “comprendidos”, es una de las experiencias más beneficiosas que podemos vivir. Cuando experimentamos que una persona nos escucha y capta lo que nosotros queremos expresar notamos cómo algo cambia en nuestro interior. Sentimos que se valora lo que decimos y vivimos. Que somos alguien para los demás, que no estamos solos.

Hace muchos siglos, un filósofo dijo una cosa sabia: “Nos han sido dadas dos orejas, pero en cambio, una boca, para que podamos oír (escuchar) más y hablar menos”.

 

Preguntas:

 

1.- En tus reuniones:

- ¿Dejas espacio para el diálogo?

- ¿Eres modelo de escucha para los demás?

2.- ¿Qué obstáculos notáis que os dificultan una buena escucha? ¿Cómo podéis evitarlos?

3.- ¿Creéis que el lenguaje que empleáis en la catequesis llega a los chavales?

 

 

 

¿Cómo prepararse para dar una catequesis?

 

Muchos catequistas, en las circunstancias que nos ha tocado  vivir hoy, dicen: “Tiemblo cada vez que voy a dar catequesis”; “creo que no estoy suficientemente formado”; “cada vez cuesta más trabajo interesar a los niños en los temas que damos”, “cada sesión de catequesis es una nueva sorpresa y no sé cómo actuar”.

Algunos catequistas como consecuencia de esta realidad, cuestionan su compromiso en la catequesis: ¿Por qué no lo dejo hasta que esté mejor formado? ¿Por qué no vienen otros más capacitados que yo? ¿Por qué tengo que ser yo el que dé catequesis en estas circunstancias? ¿Por qué?

Pienso que, dar una catequesis, es algo bastante menos complicado de lo que parece. Iniciar a la vida cristiana ha sido una práctica de la Iglesia a lo largo de toda su historia y han sido, precisamente, en la mayoría de los casos, cristianos sencillos, los catequistas que han comunicado a otros la fe recibida de manera competente y fructífera.

 

1.- Fíate del que te llamó

 

El catequista fundamenta su acción en su vocación. Tiene conciencia de que es un llamado y un enviado. Si somos consecuentes con esta misión no podemos ir a una sesión de catequesis pensando que todo va a depender de nosotros.

Tenemos que ser humildes y reconocer, como el apóstol Pablo, que: “Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer, por tanto, el que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea Dios” (1 Cor 3,6-7).

Tenemos que confiar en el Señor que nos llamó para ser catequistas y aceptar que la obra es suya.

Ser catequista, es, antes que nada, ser una persona de fe en la obra de Dios. Jesús nos decía: “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo” (Jn 5,17). Tenemos que confiar en que la obra es de Dios y Él cuida de sus hijos todos los días.

Si nos fiamos del que nos llamó tendremos paz para desarrollar la obra que nos encomendó. Después de trabajar con empeño y poner todo nuestro ser al servicio de la misión podremos decir: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).

 

2.- Comunica lo que vives

 

Comunicar la propia experiencia de fe es la primera forma de evangelizar. Normalmente “somos y vivimos” más de lo que “sabemos y comunicamos”. No siempre transmitimos bien todo lo que conocemos y vivimos. No tenemos palabras suficientes para explicar las experiencias más profundas de la vida cristiana.

Cuántas veces hemos dicho este famoso refrán: “Nadie da lo que no tiene”. Preocúpate más de tener algo que decir, que de cómo lo vas a decir. Decía el profeta Jeremías: “¡Ah, Señor, mira que no sé hablar, pues soy un niño!”. Y el Señor me respondió: No digas: “Soy un niño”, porque irás donde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, pues yo estoy contigo” (Jer 1,6-8).

El temor a fracasar nos impide, muchas veces, dar la catequesis con alegría y paz. Cuando vivimos la vida cristiana con sencillez y abandonada en Dios, no debemos temer comunicar lo que vivimos. El Señor estará con nosotros para hacer su obra a pesar de nuestras limitaciones.

Cuando parece que todo va mal y que lo único que podemos esperar es el fracaso de toda nuestra obra, deberíamos repetir una y otra vez, con la misma fortaleza de Sta. Teresa: “Nada te turbe. Nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”.

 

3.- Profundiza lo que enseñas

 

Cada sesión de catequesis tiene un tema concreto que explicar. Debemos conocerlo bien e interiorizarlo. Asumirlo personalmente.

No puede ser, por tanto, una comunicación fría y superficial, sin alma. Hay que poner fervor y sabiduría en nuestras palabras y gestos. Esto supone que tenemos que saborear personalmente el tema, estudiarlo con todos los medios a nuestro alcance y prepararlo con la pedagogía adaptada a los destinatarios.

Debemos leer despacio todo el tema y tratar de meditarlo y conocerlo en profundidad. Es bueno que nos preguntemos ante el mensaje de cada tema: ¿qué me dice el Señor? ¿qué espera de mi?, ¿cómo vivo lo que tengo que anunciar?

 

4.- Utiliza la guía pedagógica

 

Los materiales elaborados para dar catequesis son un instrumento útil a nuestro servicio. Las guías para el catequista ofrecen, “paso a paso”, el camino a recorrer en una sesión de catequesis.

Se presenta y programa para cada catequesis: objetivos, contenidos a transmitir, actividades para comprender, profundizar y recordar. Sugerencias para orar y celebrar. Propuestas para llevar a la vida el tema tratado. Son los distintos aspectos que debemos tener en cuenta a la hora de impartir la catequesis.

A veces somos muy arriesgados. Nos atrevemos a presentarnos en el grupo sin haber leído la guía del catequista. En la guía hay encerrado mucho amor, sabiduría y experiencia. Seguro que también encontrarás algunas deficiencias y, en ocasiones, no responderá del todo a lo que necesitas para tu grupo concreto.

El trabajo de adaptar las sugerencias de la guía al grupo es tarea propia de cada catequista. Nadie podrá suplir la labor de cada catequista por muy buena que sea la guía pedagógica. A veces dirás: “esto me ayuda” y lo utilizarás tal como viene presentado en la guía.

En otras circunstancias pensarás: “No es esto lo que necesita el grupo”. Esto no me va a mí o no lo sé realizar yo”. Entonces busca otra propuesta mejor y, así, seguirás creciendo como catequista. La práctica te irá enseñando a exponer los diferentes temas y el conocimiento de los destinatarios te ayudará a adaptarte lo mejor posible a sus preguntas y a su vida.

 

5.- Prepara la catequesis con otros catequistas

 

Es verdad que, el trabajo personal del catequista, no lo puede sustituir el trabajo en grupo. Cada uno debe enfrentarse con el tema y hacerlo propio. Pero, también es cierto que no nos podemos limitar al trabajo personal: necesitamos compartir nuestra fe o nuestro quehacer y así enriquecernos todos...

Hemos de sentirnos comunidad viva para trabajar. Unidad en la misión es lo que Cristo quiere para su Iglesia. La considera indispensable para que el mundo crea: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).

 

Para trabajar en grupo

 

1.- ¿De dónde proceden tus miedos a la hora de dar la catequesis?

2.- ¿Utilizas la guía pedagógica del material que usas? ¿Por qué? ¿Cómo puedes utilizarla satisfactoriamente?

3.- ¿Preparas la catequesis? ¿Lo haces con otros...?

 

Cuadro de texto: Catequesis en marcha 3