29. EDUCAR EN EL OPTIMISMO

 

Para muchos jóvenes y muchachos, hoy, la vida tiene el aspecto sañudo y antipático de una caja fuerte herméticamente cerrada. El optimismo es la combinación para abrirla, pero hace falta que alguien dé los números; porque optimista no se nace, se hace.

 

 

Educar en el optimismo significa, antes de nada, crear y mantener una atmósfera familiar rica de estímulos vitales que nutra las cuatro dimensiones más importantes de la vida: física, afectiva, mental y espiritual.

Lo pueden hacer sobre todo los padres con algunas atenciones sencillas.

 

- Dar a los hijos una imagen valiosa de sí. Admirad a vuestros

hijos y demostradles vuestra estima, confianza y responsabilidad. El mejor modo consiste en implicarlos cada vez más en la vida de la familia.

 

- Dadles puntos de referencia. El instrumento más adecuado son los «no» que, sobre todo en los primeros años de vida, marcan el camino físico y espiritual de los hijos. Los «no» deben ser siempre serios y atentamente motivados.

 

- Enseñar a los hijos que los problemas se resuelven.

Educar a un optimista no significa en absoluto construir un iluso que vive beatíficamente haciendo el avestruz. Los optimistas son bien conscientes de que viven en un mundo imperfecto donde el amor es frágil, los ingenuos quedan liados y los enfermos mueren. Sin embargo, los optimistas ponen en práctica algunas estrategias fundamentales que permitan mantener el control y el equilibrio: piensan de sí mismos que son capaces de solucionar los problemas; saben que existen siempre alternativas; prevén los problemas. Los padres deben enseñar a los hijos que si un intento falla se puede siempre escoger otro camino. Deben facilitar a los hijos un abanico de alternativas. Son demasiados los padres que ponen en guardia a sus hijos contra todo y todos Es una actitud sin salida que lleva sólo a la temeridad o al descorazonamiento.

 

- Acostumbrarlos a apreciar lo que tienen. Los verdaderos optimistas se centran en las cosas que tienen y de ese modo no tienen ya tiempo de fijarse en motivos de tristeza. En una familia que luchaba en medio de graves dificultades, la madre transmitió a los hijos un mensaje de fuerte intensidad: «Cuando llega la noche es cuando pueden verse las estrellas». Ahora que son mayores aquellos hijos no lo han olvidado nunca.

 

- Proponer metas y alcanzarlas juntos. Las incertidumbres, la ociosidad, el «bricolaje» moral provocan sólo hastío y pesimismo. El potencial humano es asombroso si decidiésemos usarlo. San Pablo en la Carta a los Filipenses escribe: «Por último, hermanos, tomad en consideración todo lo que es verdad, lo que es bueno, lo que es justo, puro, digno de ser amado y honrado; lo que viene de la virtud y es digno de alabanza». También san Pablo piensa, por tanto, que nosotros podemos escoger los objetos de nuestra contemplación y de nuestros pensamientos: el contenido de nuestra mente está en gran parte a nuestra disposición y, haciendo uso de este poder selectivo, podemos modificar nuestro mundo.

 

- Animarlos siempre y habituarlos al esfuerzo. Evitad los falsos estímulos. Un estímulo falso es en general lo último que un muchacho necesita. Si acaso vale que alguno diga: «Estamos en un buen lío, pero si todos nos arremangamos podemos hacer algo para salir de él». Impedidles que se compadezcan de sí mismos con demasiada facilidad o que se den de patadas mentalmente. Hay personas que viven de catastrofismo, como si fuesen «telediarios ambulantes», prevén un tropiezo a cada paso, se sienten incapaces, inadecuados, culpables de todo. Un niño debe crecer sin pensar en el «fracaso». Los hijos deben educarse en la confianza en sí mismos y en el futuro. Enseñadles cómo se puede dominar el propio temperamento.

 

- Buscar, para sí y para los hijos, la compañía de personas ricas de experiencia. Es de veras vital crecer en un ambiente rico en estímulos constructivos. Buscad un refuerzo social positivo.

 

- Cultivad la fantasía y la creatividad. Dadles hábitos intelectuales. Acostumbradles a ver lo bello, escuchad música, hacer excursiones, reíd con frecuencia.

 

- Ayudarles a vencer los puntos débiles. Deben ser y sentirse «competentes» en algo.

 

- Alimentar con cuidado el espíritu. Lo peor que puede sucederle a una persona es perder la fuerza del espíritu. Pero el impulso espiritual tiende a «evaporarse» en las familias que no se marcan un espacio para leer y meditar sobre la fe y, sobre todo, para rezar juntos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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