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1.- La transmisión socio-cultural en crisis
Las dificultades que encontramos para transmitir la fe en nuestro tiempo, forman parte de una crisis más amplia. Hay una crisis en la transmisión de valores, criterios o referencias, tradiciones o costumbres, de unas generaciones a otras. Algunos factores de esta complejidad: Vivimos muy de prisa: si bien las relaciones se multiplican, éstas quedan reducidas muchas veces a un trato superficial, poco profundo. La vida cotidiana se dispersa en diferentes ámbitos de actividad, desconectados entre sí, incluso físicamente distantes... El pluralismo ideológico, cultural y religioso que exige una actitud de respeto y tolerancia. Sin embargo, en ocasiones la afirmación de las libertades personales llega a confundirse con una postura individualista de desinterés práctico hacia los derechos y las necesidades de los otros. En la familia se han producido profundos cambios no sólo en su estructura, sino en sus relaciones interpersonales. Los lazos y relaciones familiares han mejorado en espontaneidad y libertad, pero han perdido densidad, hondura y estabilidad... La crisis llega a afectar a las instituciones de enseñanza... Puede constatarse una pérdida de influencia de la escuela y la universidad frente a otras instituciones en la transmisión de la cultura. Los medios de comunicación han adquirido una fuerza tal que constituyen una fuerza determinante en la selección de los puntos de interés de la opinión pública. Los tiempos anteriores a nuestros días se caracterizaban por recibir casi como intangible el legado del pasado. Hoy este legado es puesto en cuestión precisamente por provenir del pasado. Nuestra sociedad tiende a recelar del pasado, de la tradición y es proclive a asumir acríticamente la novedad.
2.- Repercusión en lo religioso
La cultura de nuestro tiempo ha logrado humanizar muchos aspectos de la vida personal y comunitaria. Con todo hay factores que influyen en la transmisión de valores en general y de los religiosos en particular. Prevalece una forma de vivir al momento, centrados en el presente inmediato... Se vive ocupado por lo que está al alcance de la mano, lo que tenemos delante y esta actitud bloquea cualquier pretensión de trascendencia. La atención concretada en lo superficial y en las actividades y cuestiones de la vida cotidiana ahogan las preguntas profundas sobre el sentido de la vida misma... Vivimos en una civilización que estima como valioso lo eficaz y lo útil... Y desde estas coordenadas a muchos no les interesa el saber religioso y el extraño sentido de la gratuidad Percibimos un clima de indiferencia generalizada hacia lo religioso y en particular hacia lo cristiano... Hay que reconocer, por otra parte, que el rechazo de ciertas visiones religiosas inadecuadas, imágenes deformadas de Dios, falta de coherencia en la vida y compromiso cristiano de algunos creyentes y pastores, la escasa estima social por lo institucional –aplicado en este caso a la Iglesia- y los problemas de adaptación o falta de comprensión del lenguaje religioso y eclesial, son factores que inciden en la dificultad a la hora de transmitir la fe.
3.- Dificultades en la comunicación de la fe
Hay creyentes, conscientes de la dificultad que entraña vivir como tales en nuestro tiempo, se sienten responsables de su fe y la viven de forma consecuente y comprometida. Otros muchos, la mayoría, viven la fe sin atreverse a manifestarla y ofrecerla como experiencia a aquellos con los que conviven incluso en la propia familia o en estrechas relaciones de amistad.. No son pocos los que viven en una actitud de repliegue defensivo de las propias creencias ante lo que sienten como un medio hostil. Ese repliegue hace de la vida de la fe algo recluido a la intimidad personal, viviendo de forma anónima su condición de creyentes. De este modo se reduce la expresión de la propia fe a espacios muy protegidos. No pocos cristianos se avergonzarían hoy de ser públicamente reconocidos como tales.
En la familia: Muchos padres se interesan y comprometen en la educación de sus hijos, pero experimentan dificultades a la hora de trasmitir a sus hijos criterios y valores que son referencias importantes en su vida. Y lo mismo ocurre con la fe. Llevados por una aguda sensibilidad por el respeto a la libertad provoca en los padres la convicción de que proponer la fe o invitar a ella a sus hijos va en contra de esa libertad. NO llegan a darse cuenta de que, por el contrario, la posibilidad de optar libremente, de decidir por sí mismos con mayor capacidad, se hace real y completa sólo después de recibir la propuesta. No pocos padres consideran que la práctica religiosa y los hábitos morales son un camino fundamental para la felicidad de sus hijos. Pero en la actualidad se ven perplejos y desbordados, sin capacidad de reaccionar, por el abandono de la práctica religiosa y la contestación de los principios morales que descubren en los jóvenes. En muchas familias se descubre hoy un descuido de todo lo religioso, una escasa valoración de la vida cristiana y un debilitamiento de los vínculos de pertenencia a la Iglesia. La familia no es una “escuela de fe”, sino un lugar donde se transmite de padres a hijos indiferencia y silencio religioso. Muchos hombres y mujeres adultos, padres y madres de familia, se sienten inseguros en su vivencia personal de la fe. Inquietos por los cambios que se perciben, faltos de recursos: falta de un lenguaje para expresar su fe. Un número apreciable de padres y madres pertenecientes a la franja de edad comprendida entre los treinta y los cincuenta años, por diversas razones no se han preocupado de iniciar a sus hijos en la fe cristiana, dando lugar a un fenómeno sociológicamente nuevo entre nosotros, cual es la falta de una verdadera iniciación religiosa de sus hijos. Esta situación supone hoy una de los mayores retos pastorales de la Iglesia.
Entre los jóvenes: Donde más crudamente percibimos la dificultad de comunicar a otros nuestra fe es cuando fijamos la atención en el mundo juvenil. A una mayoría de la juventud de nuestros días las inquietudes religiosas les resultan desconocidas o extrañas. Hay jóvenes que después de una educación cristiana en la familia y en la propia comunidad han abandonado habitualmente su participación en la celebración de la fe cristiana y así van acentuando su alejamiento de la fe y de la vivencia religiosa sin trauma ni crisis aparente. Otros han crecido ya, en las últimas décadas, en una situación de ruptura con la tradición cristiana de la que a veces ignoran lo más elemental. La Iglesia les parece algo ajeno, lejano y sin interés. Los jóvenes, incluso los que participan en actividades de la comunidad cristiana, buscan con ilusión campos de acción con generosidad, pero soslayan hacer frente a cuestiones fundamentales en su vida, concretamente en relación con la fe.
En la enseñanza: Algunos padres confían sus hijos precisamente a aquellos centros donde tienen garantías de que van a recibir una educación cristiana. En ocasiones, al delegar esa responsabilidad, se sienten liberados de participar activamente en ella.
En la catequesis: En las últimas décadas, las catequesis de la comunidad cristiana han mejorado en la exposición del mensaje, estimulan a la oración y la escucha de la Palabra, proponen modelos de vida cristiana e invitan al seguimiento de Jesús... Quienes trabajamos en la catequesis destacamos la dificultad en esa deseada iniciación cristiana... En el origen de esa dificultad está la relación entre los procesos de catequesis y la celebración de los sacramentos... La Iglesia celebra un sacramento que supone, expresa y acrecienta la fe y, en consecuencia, ofrece un serio proceso de formación. Pero muchos desean principalmente el rito sacramental por el relieve social que éste conserva todavía.
Ante esta situación
Creer y transmitir la fe
Los creyentes que vivimos con gozo nuestra fe, tenemos conciencia de que otros, en la familia y en la Iglesia, por diversos medios nos han ayudado a encontrarla y a crecer en ella. Y les estamos sinceramente agradecidos porque nos han transmitido lo más valioso que poseemos. Transmitir o comunicar la fe consiste fundamentalmente en ofrecer a otros nuestra ayuda, nuestra experiencia como creyentes y miembros de la Iglesia, para que ellos, por sí mismos y desde su propia libertad, accedan a la fe movidos por la gracia de Dios. Transmitir la fe es, pues, preparar o ayudar a otros a creer, a encontrarse personalmente con Dios
¿Qué es creer en Dios?
La fe no consiste en un saber intelectual, ni siquiera en un saber acerca de Dios. El contenido fundamental de la fe no es un conjunto de ideas o conocimientos... NO basta transmitir a otro nuestro conocimiento para comunicarle la fe. Precisamente porque la fe no consiste principalmente en un saber puede ser accesible a todos, tanto a los humildes como a los más sabios. Comunicar ideas o conocimientos no es suficiente para transmitir a otro la fe, aunque tampoco es posible hacerlo sin su ayuda. Es necesario poseer algunas ideas fundamentales y claras que sirvan de vehículo a nuestra comunicación, pero sobre todo es necesario que estemos convencidos de ellas en lo más profundo de nosotros. Creer y saber son dos experiencias diferentes. Todo creer requiere un mínimo de saber y se apoya en él. “No hemos de olvidar que la fe implica siempre un contenido. No es posible creer en Dios sin creer en lo que Dios nos revela...
Creer es buscar: Creer es abrirse al misterio profundo e íntimo que habita en cada uno de nosotros... Transmitir la fe supone ayudar a tomar conciencia de una Presencia con la que hemos sido agraciados... Transmitir la fe no consiste en darle a otro una gracia o una fe que le sean ajenas... Igual que en la pedagogía la labor de cualquier educador consiste fundamentalmente en que aflore en el educando lo mejor de sí mismo, así sucede en la transmisión de la fe. Transmitir la fe es educar a la persona en la experiencia de Dios presente en su interior. Hay que reconocer que durante mucho tiempo la Iglesia ha procedido, a la hora de presentar el Evangelio, como si una inmensa mayoría de los cristianos tuviese que contentarse con la aceptación de una verdades, el cumplimiento de unos preceptos y la práctica de unos ritos; mientras que la experiencia personal con él, quedaba reservada a un grupo privilegiado (curas y monjas)... Hoy se hace realidad aquella acción de gracias de Jesús: “YO te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios...” Karl Rahner... insiste como pocos en la condición mistagógica de toda acción pastoral verdadera, utiliza este ejemplo esclarecedor. Las acciones de la Iglesia y sus agentes en la tarea de la transmisión de la fe no consisten en un complicado sistema de irrigación, destinado a llevar a la tierra del corazón el agua de la palabra, los sacramentos, sus prácticas y sus estructuras, para así hacer esa tierra fructífera”. El agua de todos esos medios tiene que confluir con el agua que mana del centro de la persona. Hay también un manantial, un pozo en el interior de la persona, con el que tiene que entrar en contacto el agua que viene del exterior. Toda llamada del exterior, hecha en nombre de Dios, sólo resulta provechosa si confluye con el agua interior a cada uno de la presencia de Dios. El agente pastoral, se limita a ofrecer, si puede, una pequeña ayuda, con objeto de que Dios y la persona puedan realmente encontrarse de modo directo. Nosotros tenemos que decir con San Agustín: “No somos vuestros maestros porque os hablemos... sino que el maestro de todos es quien habita dentro de cada uno”. El sonido de los maestros humanos golpea los oídos, el maestro de verdad está dentro”. Una transmisión así entendida, cambia completamente todo el proceso de transmisión de la fe que la Iglesia ha realizado durante siglos... Se trata de fomentar una relación interpersonal.... Los caminos serán muchos y muy variados “para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol y un camino virgen Dios”, como cantaba León Felipe. Se trata de guiar a la persona por ese camino que le lleve a exclamar: “Dios está aquí, y yo no lo sabía” Algunos pasos necesarios de ese itinerario... “Dios no está lejos de cada uno de nosotros” “Cerca de ti está la palabra, en tus labios y en tu corazón” (Hch 17,27; Rm 10,8), pero el hombre puede estar lejos de él. Porque el encuentro con Dios tiene lugar en el más profundo centro (S. Juan de la Cruz), pero el hombre puede instalarse en la superficie de sí mismo, en la dispersión de sus quehaceres, en una vida volcada hacia sus posesiones. Y la propuesta de la fe supondrá unas llamadas a superar una vida descentrada, inauténtica, perdida; exigirá al sujeto a adoptar determinadas predisposiciones... No olvidemos que el camino de conversión del hijo pródigo tuvo su primer paso en una vuelta sobre sí mismo “recapacitó”...
Creer es confiar... La fe religiosa es la confianza total del hombre en un Dios con el que se ha encontrado personalmente... En la fe, como en toda relación interpersonal hay una confianza en el otro que va más allá de lo puramente racional. Creer en Dios, es sobre todo, confiar en Él. “Yo sé de quién me he fiado” (2 Tm 1,12) Esta confianza en Dios encuentra apoyo en el testimonio de quienes nos transmiten su palabra: Jesucristo, los apóstoles, los creyentes y la comunidad cristiana... Asumir la responsabilidad de comunicar a otros la propia fe nos exige una coherencia de vida con lo que decimos creer...
Creer es acogerEl que busca abiertamente a Dios puede llegar a descubrir que, a su vez, incluso con anterioridad, es buscado por el mismo Dios. Él ha puesto en nuestra vida diversos signos de su cercanía, ha sembrado nuestra existencia de señales de su presencia. Dios no irrumpe ordinariamente con estrépito en nuestra historia personal, está presente discretamente en los acontecimientos cotidianos y nos sale al paso a través de nuestras relaciones con otras personas. Dios nos llama incluso desde nuestro interior, desde lo más íntimo de la conciencia. El que llega a encontrarse con Dios reconoce que, ese acontecimiento no es fruto de su esfuerzo, sino gracia... Una gracia que la familia o el ambiente social, pueden ayudar o impedir el que la acojamos.
Creer es compartirLa fe no se puede vivir en solitario. Quien experimenta a Dios como Padre reconoce, al mismo tiempo a todos los hombres y mujeres como hermanos e hijos del mismo Dios. La fe se recibe, se alimenta, se purifica, se prueba, se fortalece, se celebra y se comunica compartiéndola. En la familia, en la comunidad, en la Iglesia, mi fe, es a la vez, nuestra fe. La fe, como el amor, es uno de esos bienes que aumenta cuando se comparten. Ser creyente implica formar parte de una comunidad, compartir la fe con los demás creyentes en la Iglesia y asumir el compromiso de comunicarla a otros, invitándoles a participar del don más valioso que hemos recibido de Dios.
Creer es comprometerseLa fe, es sobre todo, vida, y no un simple conocimiento, por lo que sólo podremos comprobar la verdad de la fe tratando de vivirla. Por ello, es preciso comprometerse. Decir “creo en Dios” significa que me comprometo a hacer de Dios una presencia que ocupe el centro de mi corazón en la vida de cada día con sus luces y sus sombras. Para un creyente lo esencial no es lo que puede “decir” de su fe, sino lo que vive y experimenta interiormente, aunque tenga dificultades en expresarlo con palabras. La mejor manera de probar que creo en Dios, que lo acojo como centro de mi vida, es dejarme guiar por Él.
Creer es adorarCreer es reconocer a Dios cono el único absoluto. Ante Él todo lo demás se vuelve penúltimo y relativo. Esto no supone ninguna forma de alineación, pues mi vida centrada y apoyada en Él la experimento más libre y, al mismo tiempo, más segura
Creer es amar, servirQuien conoce de verdad a Dios, el Dios de Jesús, ha conocido el amor “porque Dios es amor”. Quien llega a conocer el amor de Dios responde con amor, pero no sólo a Dios, sino también a los hermanos. De tal modo que la verdad de Dios se prueba por el amor a los hermanos. Hacer de Dios el centro de mi vida me exige vivir abierto a los demás. Una vida transformada por la fe y el amor de Dios se manifiesta al compartir con los demás todos los bienes, en especial el más valioso, la clave de la propia felicidad: la misma fe. Creer es transmitir la fe.
¿Qué es transmitir la fe?
1.- Ofrecer un testimonio cercano de vida creyente:
la comunicación se da en distancias cortas, se requiere presencia y cercanía “Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiesten su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunidad de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida interrogantes irresistibles: ¿por qué son así? ¿por qué viven de esa manera? ¿qué es o quien es el que los inspira? ¿por qué están con nosotros? ... Surgirán otros interrogantes, más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial en la evangelización. Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores”. (Evangelii nuntiandi)
El principal atractivo de un testimonio de vida creyente es percibir de manera espontánea la felicidad y la paz que llena a quien hace de la fe en el Dios de Jesús el centro de su vida.
2.- Transmitir la fe es provocar preguntas
Ayudar a superar los límites de una vida de horizontes recortados. Invitar a tomar conciencia de las grandes incógnitas del ser humano. Inquietar con las cuestiones transcendentes. La inconsciencia y la superficialidad impiden muchas veces llegar a formularse las preguntas fundamentales sobre uno mismo y el sentido de la propia vida. Además de ofrecer un testimonio, podemos interpelar a otros respetuosamente sobre sus propios motivos, actitudes y compromisos en la vida
3.- Transmitir la fe es narrar la propia experiencia personal.
Nuestro mejor servicio ala transmisión de la fe no consiste en ofrecer complejas reflexiones. Hemos de comunicar nuestra experiencia personal. Narrar nuestra experiencia de Dios es manifestar cómo vivimos su presencia en nuestras alegrías o en las penas; cómo recurrimos a Él en la dificultad, cómo buscamos su Luz en la oscuridad, cómo encontramos su paz en la zozobra... En la vida cotidiana es donde mejor puedo experimentar y compartir con los demás que hay “Alguien” más allá de nosotros y mayor que nosotros, que nos llama a su encuentro con Él. No podemos ni debemos ocultar nuestras limitaciones, dudas o vacilaciones e incoherencias, si queremos ofrecer a los demás un servicio sincero en su camino de fe. Reconocemos como el apóstol que llevamos un tesoro en vasijas de barro. La fe no nos hace perfectos, ni impecables, pero sí nos exige ser humildes y sinceros.
4.- Transmitir la fe es dar a conocer el verdadero rostro de Dios
Sólo una imagen auténtica y limpia de Dios lo hace atractivo e interesante. No necesitamos buscar complicados retratos de Dios, nos basta con dar a conocer a Jesús como revelación del Padre. Él mismo nos asegura: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”. En no pocos casos, es necesario deshacer falsas imágenes de Dios que nosotros mismos poseemos y que no hacen justicia al verdadero rostro de Dios. Hay que limpiar el auténtico rostro de Dios de maquillajes deformadores. Es muy importante “no hacer daño” especialmente a los más sencillos, evitando ofrecerles imágenes falsas, parciales o interesadas de Dios. En Jesús conocemos el rostro de Dios que nos atrae y llena nuestras vidas: “Un Dios que sólo busca la salvación del ser humano; un Dios amigo de la vida; cercano a las necesidades más hondas del hombre; respetuoso de la libertad humana; un Dios Padre de todos los hombres y de todos los pueblos; un Dios de los pobres y abandonados; un Dios que quiere introducir en la historia un reinado de justicia, fraternidad y paz; un Dios crucificado por nuestra salvación; un Dios resucitador, un Dios en quien podemos poner nuestra última esperanza”.
5.- Transmitir la fe es respetar la libertad
Nuestro servicio a la fe sólo tiene valor en el respeto a la libertad. Nuestro papel consiste en ofrecer una mediación para el encuentro entre dos personas libres.
6.- Transmitir la fe es ayudar a dialogar
En ocasiones antes de producirse un encuentro hay una llamada que lo provoca y lo prepara. Pero no siempre la comunicación se reduce a palabras, también se desarrolla con signos o se expresa en símbolos. Dios nos habla a través de los acontecimientos de la vida y por medio de quienes están a nuestro alrededor. En sus necesidades, en sus demandas, en sus preguntas, en su fuerza o su debilidad, hemos de identificar la llamada que Dios nos hace. Nuestra oración puede ser una llamada, una queja, una petición, un reconocimiento, una alabanza, una cogida, una escucha, una contemplación.... en cualquier caso una forma de encuentro y diálogo con Dios. Ayudar a orar es acompañar en el camino de la iniciación en la experiencia de Dios, de preparación al diálogo con Él. En los primeros pasos, la forma más sencilla de oración es la que algunos llaman “la oración del pobre”, en la que invitamos al otro a repetir con sus labios y en su corazón las palabras que nosotros dirigimos a Dios en su presencia. El que empieza a orar y lo hace desde la oscuridad o la duda, ya ofrece una apuesta de confianza en Aquel a quien busca y desea encontrar.
7.- Transmitir la fe es acompañar en la búsqueda
El que vive sinceramente la fe, es probable que en muchas ocasiones haya experimentado las mismas dudas y turbaciones que otros viven a través de su búsqueda. Rememorar y compartir, con sencillez, cómo hemos vivido en nuestra propia carne las pruebas de la fe, puede constituir una valiosa ayuda en el itinerario de los demás. Es bastantes casos lo importante, más que saber decir, es saber escuchar. Acoger sus problemas e inquietudes requiere una paciente escucha acompañada de largos silencios.
Todos somos corresponsables en la transmisión de la fe
1.- El diálogo sobre la fe entre los esposos
Muchas veces, incluso entre esposos creyentes no se llega a compartir en diálogo abierto y sincero la experiencia de la fe. Lo cual no consiste esencialmente en razonar juntos sobre verdades o contenidos religiosos, sino más bien en manifestar con sencillez el uno al otro la fuerza o debilidad de las propias convicciones, en expresar sinceramente los sentimientos religiosos, en descubrir dudas o seguridades. Desde esta experiencia brota la oportunidad y la necesidad de orar, celebrar, reflexionar y expresar juntos la fe. Cuando en la vida de pareja sólo uno de sus miembros se siente guiado por la fe, no puede silenciar su condición de creyente en la vida común. Una relación respetuosa con las convicciones de ambos no puede ignorar la identidad más profunda de cada uno. Habrá ocasiones y situaciones en las que abiertamente se presente la oportunidad de dialogar y compartir mutuamente sobre valores, referencias, creencias... Una de las tareas permanentes de la vida matrimonial es procurar crecer en el conocimiento y comprensión mutuos, lo que no es posible sin llegar a compartir también las experiencias de la fe.
2.- La educación de los hijos:
Nosotros nacimos a la fe en el seno de una familia creyente. Al abrir los ojos a la vida, fuimos descubriendo en el amor y la ternura de nuestros padres, una imagen del amor de Dios. también en el hogar escuchamos por primera vez el nombre de Jesús. nuestra familia nos acompañó a la Iglesia no sólo para pedir el Bautismo, sino también para participar en la vida de la comunidad; en la celebración, en la catequesis y en los compromisos de la caridad cristiana. Nuestros padres realizaron su tarea en medio de un ambiente social más favorable a la comunicación de la fe... pero afrontaron esta tarea con sencillez de recursos intelectuales y pedagógicos. Hoy es necesario cuidar estos primeros pasos en el despertar religioso. Los padres cristianos son los primeros educadores de la fe de sus hijos. No es necesario dar complicadas explicaciones acerca de Dios, sino sencillamente dejar ver el lugar que Él ocupa en nuestra vida cotidiana. Más que ideas o razonamientos, el niño asimila actitudes y sentimientos religiosos que ve en sus padres. Después irá formulando sencillas preguntas que le ayuden a comprender y expresar mejor su vivencia religiosa. Es necesario prestar atención y dedicar tiempo a la educación religiosa de los niños en la vida familiar. Tiene particular significado en el despertar religioso infantil la iniciación en la experiencia de la oración. Hablar a Dios o con Dios, identificarlo como Alguien con quien es posible entablar una relación personal. Pedir su ayuda o darle gracias. es muy importante orar junto a los niños con sencillez hablando con Dios desde las situaciones y necesidades de la vida de cada día. También debemos facilitarles el aprendizaje de algunas fórmulas de oración... Hoy día muchos padres no encuentran el modo de transmitir con naturalidad la fe a sus hijos. En algunos casos, necesitan clarificar y purificar su propia experiencia creyente de dudas e incoherencias. En otras ocasiones, precisan ahondar en su propia vida de fe, pasando de unas ideas y conocimientos, o de unos sentimientos elementales y unas prácticas tradicionales, a una verdadera vivencia comprometida de la fe. Necesitan la ayuda de la comunidad eclesial para madurar como cristianos y poder asumir con garantías la responsabilidad de educar a sus hijos en la fe. Pero no pueden soslayar su función insustituible pensando que la catequesis o la enseñanza religiosa escolar pueden suplir por sí solas su inhibición en la educación cristiana de sus hijos.
3.- Cuando los hijos crecen
Acciones de la comunidad eclesial
1.- La acogida y el acompañamiento de los que buscan la fe
Es preciso crear o impulsar en las comunidades espacios de acogida para ayudar y acompañar en su itinerario de búsqueda a quienes se interesan por la fe. Acoger a los que buscan, escuchar sus planteamientos, sus preguntas, sus dudas y reservas. Se trata de una labor de atención individual y directa o, a lo sumo, de encuentro en pequeños grupos...No existen esquemas preestablecidos...
2.- La iniciación cristiana y la catequesis
La iniciación cristiana, tal y como se desarrolla entre nosotros en la mayoría de los casos, presenta múltiples lagunas y deficiencias. La dispersión a lo largo de amplias etapas de la vida de la celebración de los tres sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, dificultan la unidad del proceso. La fragmentación del proceso catequético y su reducción en algunos casos a meras catequesis presacramentales, contribuyen a su desarticulación y empobrecimiento. Las connotaciones sociales que rodean la celebración de estos sacramentos desvirtúan con frecuencia su más profundo significado. El resultado es que muchos bautizados crecen sin alcanzar una mínima madurez personal de su fe, no llegan a adquirir siquiera la condición de verdaderos iniciados en la vida cristiana. La catequesis debe suplir con frecuencia la carencia de un anuncio misionero previo... La catequesis está llamada a abarcar el mundo de los adultos. Gran parte de los bautizados tienen necesidad de resituar su fe en el contexto de su vida personal y social. Tal vez muchos aprendieron en su día fórmulas y normas de fe, pero necesitan vivirlas y experimentar el gozo del encuentro con Dios... La catequesis de la infancia debe procurar incorporar más activamente en su proceso la participación de la familia... Orientar y apoyar a los padres en su tarea específica de acompañamiento a la catequesis de sus hijos
3.- El mundo de la enseñanza...
4.- La pastoral de juventud
No podemos ignorar que los jóvenes más que teorías o conocimientos buscan experiencias de vida, necesitan actuar. Es preciso facilitarles la oportunidad de comprometerse desde la fe en iniciativas concretas de servicio a los demás, especialmente a los más débiles. Hay que trabajar por la incorporación de los jóvenes a la comunidad cristiana. Los grupos de jóvenes deben participar activamente en la renovación de nuestras comunidades... Entre las debilidades de la fe juvenil está: el déficit de experiencia orante. Iniciar a los jóvenes de manera intensa, sistemática y pedagógica a la oración individual y comunitaria resulta capital para su fe. Es preciso ayudarles a pasar de la relación intimista con un Dios que acaricia su sensibilidad a la relación estimuladora con un Dios que interpela su vida entera y motiva su compromiso.
5.- Una celebración renovada de la fe
Para acercar la celebración a la vida es de gran ayuda impulsar la participación activa de todos en su preparación y realización. Utilizar un lenguaje comprensible y significativo. Han de cuidarse todos los elementos y condiciones que faciliten un verdadero encuentro personal, con Dios y entre los hermanos. Para una mejor participación es preciso una iniciación. |
