Que nos la devuelvan, que nos la han robado...,

ella andaba por aquí..., por nuestros caminos...,

y de pronto, un día, dejó de estar aquí.

La buscamos por nuestros barrios, pueblos

y no la encontramos.

Por fin, un día, la encontramos allá arriba.

La habían puesto bien alta, medio tapada por

un gran manto bordado, con una corona de

brillantes en la cabeza. Esta no es nuestra

María, dijimos, que nos la han «cambiao».

Y entonces nos dedicamos a buscar a nuestra

Señora María, porque estamos seguros de que

ésa no es.

Buscamos y buscamos. Nos decían que no creíamos

en la Virgen María. Nosotros contestábamos que sí,

pero que no creíamos en esa que nos querían presentar. Que nuestra María era distinta. Y seguimos buscando.

En estas líneas intento deciros cómo es, para que nos ayudéis a buscar.

Todos los días en los periódicos sale la foto de un niño o una anciana o un vecino que ha desaparecido. La familia comunica sus señas: estatura, color de ojos, cómo va vestido... Si alguno lo ha visto, llame al teléfono... Pues nosotros vamos a intentar deciros cómo es María.

Si la encontráis, avisadnos. Lo celebraremos juntos.

 

Así es como nosotros creemos que es nuestra María:

 

María no hay más que una

 

«Pues la Virgen de mi pueblo es más bonita que la del tuyo...». «La del mío hace más milagros...». «Pero la más antigua...». Acaso a ti no hay que decírtelo, pero todavía mucha gente confunde a María -la madre de Dios- con la imagen que hay en su pueblo.

«Yo no creo en Dios, dicen algunos, pero sí en la patrona de mí pueblo». ¡Estamos buenos! .

Antes de presentar quién es y cómo es la María que buscamos, habrá que explicar cómo no es:

 

María no es ninguna imagen de madera, de plata o de piedra. NO. A María no se la puede hacer propiedad exclusiva de ningún pueblo, de ningún particular. Ella no es «propiedad privada».

Y no se creáis que es problema sólo de los pueblos. Hay personas o asociaciones o congregaciones que tienen «su» Virgen.

Algunos saben distinguir bien que es una manera de hablar, que María no hay más que una. Otros, no. Otros dicen «su» Virgen y por eso algunos se desconciertan: ¿Por qué tantas Vírgenes distintas?, ¿por qué hay algunos tan fanáticos que lo único que vale para ellos es la imagen de su pueblo o la de su congregación o la estampa que les dio su madre?

Vamos a hablar de ello, porque acaso debajo de todo encontremos a María de Nazaret, la de verdad.

 

Para muchos, María, es como una percha

 

Perdona, María, pero es verdad. Para muchos eres como una percha donde ellos cuelgan sus ideas, sus vanidades, sus joyas, sus orgullos, sus miedos, su mala conciencia. También sus ilusiones, sus cariños, sus esperanzas, sus alegrías... Déjame que te explique, María.

Las imágenes tuyas, que se tienen en muchos santuarios, están cubiertas de mantos, de coronas, rodeadas de recuerdos, de bastones de mando militares y hasta de sables... A veces, lo único que asoma de tu estatua es una carita y dos manos, todo lo demás está cubierto. En unos casos, tu imagen es una maravillosa escultura que no se puede ver con todo lo que le han puesto encima. En otros casos, no hay imagen: sólo una preciosa cara y dos manos; el resto es un soporte de madera, como una percha.

¿A qué se debe ese empeño por colgarte tantas cosas a ti, María, a ti que no tenía más que tu traje de campesina? Me parece, María, que hay que distinguir.

La gente del pueblo que lo pasa mal o que tiene también sus ilusiones y sueños..., le cuelga todo eso a esa imagen tuya. Unos, además, tienen fe, otros no mucha o no tienen ninguna.

Otras veces, la cosa es peor. Son gentes de dinero que han regalado «a la Virgen», perdón, a la estatua, un dinero que tendrían que haber utilizado para pagar el sueldo a sus empleados. Acaso lo que han colgado encima de la imagen es su orgullo o su mala conciencia o su idea torcida de lo que es la fe..., y se quedan tan tranquilos.

Por eso, te digo, María, que te toman a ti, a tu imagen, como una percha donde cuelgan de todo. Están confundiendo la fe con las supersticiones. «Yo tengo mucha fe en la Virgen de...», dicen algunos.

¡No, señor! Me parece que lo que usted tiene no es fe. Para tener fe en alguien primero hay que conocerlo y luego quererlo como es. Y ¿qué sabe usted de María, la de Nazaret, la Madre de Jesús, llamado el Galileo? ¿Qué sabe usted?

 

Sabemos de ella poco, pero mucho

 

Poco en cantidad. Lo único que sabemos de la vida de María, es lo que sabemos por el Evangelio. No te extrañes de lo que te

voy a decir: el Evangelio no es libro de historia como los modernos. Hoy la historia se cuenta con pelos, señales, fechas, estadísticas, fotos, grabaciones, planos... Pero entonces, y en aquellos imaginativos países orientales, la historia se contaba mezclada con poesías, parábolas, fábulas y refranes. Era historia, pero de otro estilo.

El libro de los Evangelios es un libro de consejos, poemas, oraciones, recuerdos, esperanzas, mezcladas con la historia real.

Lo que sabemos de nuestra María, lo sabemos por el Evangelio. En el Evangelio no se cuenta mucho de ella, pero lo que se cuenta es bonito e importante.

Ella era una campesina desconocida, en un pueblo poco importante, Nazaret, de un país pequeño, Israel, al que las grandes potencias de entonces le habían dado leña por todos los costados: los asirios, los egipcios, los griegos y los romanos habían pasado por allí con sus lanzas como Pedro por su patio. Los americanos y los rusos no, porque entonces no había aviones ni americanos ni rusos... María hubiera pasado desconocida a no ser porque tuvo un hijo «especial».

Especial y normal a la vez. Tan normal era el hijo de María que cuando empezó a actuar de modo especial ella se pegó unos sustos tremendos y tuvo que ir comprendiendo poco a poco a esa joya que le había tocado en suerte.

Hay quien se imagina que María ya lo sabía todo sobre su hijo y que nada le pillaba de sorpresa. Pues no.

El Dios Padre de Jesús no es un Dios que se está continuamente apareciendo entre nubes, rayos, truenos y prodigios, sino un Dios muy callado, muy silencioso, que se nos comunica poco a poco y dentro de la vida más sencilla.

Por eso, quienes esperan a un Dios con fuegos artificiales y milagros cada dos días, van listos: o se hacen un lío o dejan de creer en El. Pero vamos a lo nuestro o a «la nuestra».

 

Lo último que nos cuenta la Biblia

 

La Biblia no nos cuenta nada de dónde y cuándo murió María. Hay tradiciones y leyendas sobre si estuvo en Patmos con el discípulo Juan, que a la muerte de Jesús se la llevó a vivir a su casa. Otros dicen que vivió en una ciudad de Asia Menor. Pero nada seguro.

Lo último que nos cuentan de ella los «Hechos de los Apóstoles» es que estaba reunida con los discípulos de Jesús. Ellos ya se habían encontrado con Jesús después de haber muerto y resucitado. Estaban empezando a organizarse como asamblea (Iglesia, en griego, quiere decir eso: asamblea) y se reunían en una casa de Jerusalén. Rezaban, hablaban, hacían planes, se organizaban. Se puede leer en los capítulos 1 y 2 de los «Hechos de los Apóstoles». Allí se cuenta que el Espíritu Santo, la fuerza de Dios, que se presenta como si fuera viento y fuego, les quitó el miedo, les hizo abrir las puertas de su casa y echarse por el

mundo. Pentecostés, decimos.

El que estuviera allí María es importante, porque son los momentos de organizarse la Iglesia, esa Iglesia que a lo largo de los siglos ha sido tan fiel y tan infiel: una mezcla extraña, como la vida misma.

María no estaba dirigiendo la asamblea.

Las mujeres pintaban poco en los cargos públicos y mandar en la Iglesia no tenía la importancia que luego se le ha ido dando. Pero que no digan por eso que la mujer no puede presidir la asamblea, «porque María no lo hizo». Sería como decir que no podemos montar en coche porque Cristo no montó, los tiempos han cambiado y no siempre para mal.

A María la llamamos Madre de la Iglesia y también Hermana de la Iglesia, porque ella es «de los nuestros» y desde entonces ha sufrido con los cristianos todas las aventuras que han pasado durante dos mil y pico de años.

 

Un poco de tiempo antes: La tragedia

 

Para estar allí reunidos en Jerusalén, los discípulos de Cristo tuvieron que pasar por un trago tremendo. Les habían agarrado a su jefe y lo habían condenado. De la Madre del jefe el Evangelio no dice en ese momento más que una frase: que junto a la cruz de Jesús estaba ella con otras amigas. Los hombres, los discípulos, se habían evaporado. Sólo Juan aguantaba aquel terrible trago.

Estar junto a la cruz es como estar junto a la cama del hijo enfermo. Junto a la cama, por lo menos se le puede acariciar la frente y ponerle el termómetro y espantarle las moscas.

Junto a la cruz hay que aguantar las carcajadas de los soldados, ver gotear la sangre sobre las piedras, sentir vibrar la madera con los estertores, pero el Evangelio no lo describe. Sólo dice que junto a la cruz estaba María su madre y otras amigas y Juan y que Jesús le dijo a su madre: «Ahí tienes a tu hijo», y dijo a Juan: «Ahí tienes a tu madre», y que desde entonces María se fue a vivir a casa de Juan.

No dice más. Pero lo otro lo deducimos.

 

María y su extraño hijo

 

La madre había ido recorriendo el camino detrás de su hijo. Al principio, cuando el chico empezó a sacar los pies de las alforjas, ella se asustó. Lucas, el médico evangelista, cuenta que a sus doce años, María y José llevaron a Jesús a la capital a celebrar la fiesta de la Pascua y a visitar el gran templo, el único templo que tenían los israelitas. Y Jesús se les quedó allí y se enrolló en la catequesis pública que daban los maestros, los doctores de la ley. Al encontrarle sus padres, les dio un corte diciéndoles: «Pero, ¿no sabíais que tengo que ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no entendían aquella respuesta. Luego parece que al hijo se le calmó el impulso y volvió a someterse a María y José por algún tiempo.

María quedó viuda. Un buen día, le da otra vez la vena al chico, cuando ya no era tan chico. A sus treinta años se marcha hacia el río Jordán donde el profeta Juan andaba dando gritos, anunciando que se acercaba la liberación de aquel pueblo aplastado... Más tarde hablaremos del subsodicho Juan y su familia.

El caso es que María se queda sin marido y sin hijo, pensando en qué manías le daban a Jesús... Y la familia de María parece que empezó a calentarle la cabeza: «que vaya hijo que tienes..., que en vez de quedarse contigo en la carpintería..., que está mal de la cabeza».

Total, que un día anda Jesús hablando por los caminos y le dicen: «Oye, que están ahí tu madre y tus hermanos, que preguntan por ti» (en el lenguaje hebreo hermanos son también los primos, los parientes...). Pero, dice el doctor Lucas, Jesús mira a la gente que le rodea y exclama: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen».

Otro corte, pienso yo, para la madre.

Nosotros estamos acostumbrados a las influencias familiares. Cuando alguien tiene un tío en el Gobierno, ya tiene las puertas abiertas..., la señora del ministro es la señora del ministro... Pero María no tuvo la vida fácil por ser la madre de Jesús. Un santo llegó a decir que María concibió a Jesús más con la mente que con el vientre, o sea, que no se quedó en el privilegio de ser la madre de la criatura, sino que se tuvo que ir identificando

con él, con su misión, con su lucha, con su tragedia. El ser la mamá de..., el cuñado de..., no valen en el Evangelio. O acaso sí valen.

Eso le valió a María sufrir desgarrón tras desgarrón hasta tropezarse con la madera ensangrentada en el Calvario.

Ella se fue integrando en el grupo de su hijo y se mantuvo al pie de la cruz, mientras los otros se escondían, y allí estuvo con el grupo de los primeros cristianos cuando se lanzaron a anunciar por el mundo la gran noticia.

 

Una pobre que esperaba

 

Para entender a la Señora María, como para entender a Jesús y el Evangelio, hay que conocer un poco más la Biblia, incluido el

Antiguo Testamento. María y Jesús pertenecen a ese pueblo de Israel que había sido tan machacado desde hace más de treinta siglos, ese pueblo que había andado por los desiertos en tiendas de campaña y había sentido encima las pezuñas de los caballos asirios, egipcios... En tiempo de María los caballos eran romanos. Para entender a María hay que comprender que aquel pueblo estaba esperando un liberador, porque aquello era bastante inaguantable.

Los compatriotas de María se acordaban de aquellos grandes reyes: Salomón, David..., de aquellos valientes guerrilleros: los macabeos..., y esperaban un rey que los liberase de los conquistadores de la época.

Cuando María era una chavalilla e iba a por agua a la fuente de Nazaret... Eso no viene en el Evangelio, pero nadie dudará de que María tendría que ir a por agua a la fuente, porque todavía no se habían inventado los grifos.

Hoy Nazaret es una ciudad asfaltada, con comercios, con agua corriente y luz eléctrica.

En una de sus calles más concurridas, rodeada de pequeños jardincillos, hay una fuente. Se la llama «la fuente de la Virgen». Cuando Nazaret era un pueblecillo, un puebluco, y algunos decían que un poblado, aquélla era la única fuente del pueblo.

Cuenta el Evangelio de Juan que uno de los discípulos de Cristo se enteró de que Jesús vivía en Nazaret y dijo con ironía: «Pero, ¿de Nazaret puede salir algo decente?».

Pues en Nazaret, en la época del emperador romano César Augusto, cuando Herodes mandaba en Judea y un tal Cirino en Siria y el pueblo les tenía que aguantar a todos, la niña María iba a por agua a la fuente y los sábados a la sinagoga donde escuchaba cosas como:

«El Espíritu del Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena noticia y proclamar la liberación de los presos y la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos...»

Y la niña María y los demás asistentes pensarían mientras rezaban: «¡Cuándo caerá esa breva!». Y cuando la niña María ya era novia de José, el carpintero-herrero-albañil (la Biblia no dice que José era carpintero sino «tekton», que es una especie de chapuzas que hacía de todo en el pueblo; pero eso es igual),

pasó lo de la anunciación. Y eso merece otro capítulo.

 

Se acabó el Antiguo Testamento

 

Se acabó y no se acabó. Ese pueblo, que esperaba un gran general que le librase del César romano, no se movió cuando María recibió el anuncio del mensajero. Aclarémonos y no se escandalicen. ¿Cómo se lo explicaré para que no me entiendan mal? Lo intentaré.

Los pintores pintan el ángel Gabriel con una túnica que debió costarle un dineral, con unas alas blancas blanquísimas atravesando cortinas y columnas para anunciar a María... María, con manto bordado de importación italiana, leyendo un libro con cantos dorados (cuando entonces no había libros así y María acaso no sabía leer, porque en aquella época leer era un privilegio para algunos hombres).

Los pintores tienen mucha imaginación y hacen bien. Pero María era una campesina pobre, su casa sería una especie de chabola de adobe con techo plano, con una o dos habitaciones donde se metían también los bichos domésticos. ¿y el ángel? Angel en la Biblia es un mensajero de Dios. A veces se emplea esa palabra para indicar a Dios mismo cuando habla a alguien; y Dios no habla con palabras.

El ángel no tiene ni cuerpo ni túnica ni plumas... O sea, que no sabemos cómo fue exactamente la anunciación; desde luego no fue como lo pintan los pintores. El que María tuviera una llamada de Dios es lo importante, que recibiera una misión para engendrar y cuidar al Hijo del Altísimo.

Lo importante es que María tuvo un encargo tremendo de parte de Dios. ¿Cómo fue el anuncio? No sé, ni me importa. Lo que importa es que lo tuvo y que ella lo aceptó. Aunque no lo dijera en voz alta, lo dijo con toda su vida. Es lo que el médico-evangelista Lucas dice que dijo María: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra ».

No sabía bien en qué lío se había metido.

Lo fue viendo poco a poco, como todos nosotros, que nos comprometemos alegremente a algo y luego la cosa es más dura de lo que esperábamos. Pero, a pesar de todo, seguimos adelante, como ella, hasta el final.

 

De visita

 

Lo que sí sabía María es que ella esperaba un Salvador para el pueblo. Alguien que ofreciera una vida distinta de la que allí corría. Porque los tiempos de la niña María eran malos: los romanos dominando al pueblo, los jefes del pueblo de Israel haciendo la pelota a los romanos, los cobradores de impuestos

chupando el dinero al pueblo, los soldados aplastando cualquier protesta, los sacerdotes dándose la vida padre a costa del pueblo, los doctores de la ley inventando cada día leyes y pecados nuevos, los fariseos con cara de vinagre dándoselas de santos, los mendigos, los leprosos, los esclavos arrastrándose por los caminos frente al desprecio de los otros y la niña María y los otros niños yendo por agua a la fuente y mirando a lo lejos por si veían llegar al Salvador de Israel.

Dice don Lucas (medicina general y evangelista) que María se fue de Nazaret a las montañas de Judea (échele ciento y pico kilómetros a pie o en burro) para ver a su prima Isabel que iba a ser madre de Juanito, el que de mayor iba a bautizar a la gente (bautizo con su cursillo de preparación y todo…).

Dice también que al llegar allí doña Isabel le soltó a doña María una cascada de bendiciones y felicitaciones y entonces... El doctor

Lucas nos transmite las palabras más largas que en todo el Evangelio dice la Virgen. Es una poesía.

Pero antes quiero hacer otra aclaración. Se pueden suponer que esas palabras no las diría María al pie de la letra. El Evangelio no es una crónica histórica al estilo moderno. Los que escribieron la Biblia contaban las cosas al estilo de la época y ponían en los labios de los santos y los profetas frases que acaso no habían dicho, pero que reflejaban sus pensamientos. Además, esa poesía repite frases de otro poema del Antiguo Testamento

(lea el cántico de Ana en el libro primero de Samuel, el capítulo dos y verá).

«Dijo María»... Y Lucas refleja en esa poesía los sentimientos que, aunque no dijera en voz alta, tenía María en el corazón. Porque en varias ocasiones dice también Lucas: «María conservaba todas estas cosas, pensándolas en su corazón» y eso es claro y natural.

 

El canto de la Revolución

 

Decía un ministro francés que menos mal que los cristianos cantan el «Magnificat» en latín y no se enteran de lo que dicen. Que no se preocupe el «mesié», que hoy lo cantamos en nuestra lengua y tampoco nos enteramos.

El «Magnificat» es el cántico de María. En un pueblecito de los montes de Judea -Ain Karim-, donde María fue a buscar a Isabel, el cántico está escrito sobre un muro en hebreo, francés, español, inglés, etc. Pero seguimos sin enteramos. El cántico dice así:

 

« Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;

su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos despide vacíos.

 

Auxilia a Israel su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

a favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

 

Fuertecilla la cosa, ¿no? Estas expresiones del Evangelio, más que contar el pasado anuncian el futuro, es decir, cantan, gritan el deseo y la esperanza del mundo nuevo que traía a los hombres ese nene que se movía en el vientre de María. Por eso el cántico de María en los montes de Judea empezó a realizarse desde el principio.

No hará falta contaros cómo María, embarazada, y José volvieron a recorrer los ciento y pico de kilómetros hasta Belén para empadronarse, por un capricho del departamento romano de estadística. Cómo no encontraron pensión y María dio a luz en una cueva de las afueras y no se enteró nadie más que unos pastores (gente bastante despreciada en el país) que andaban por los alrededores. Cómo anduvieron de emigrantes por aquellos mundos hasta que volvieron a establecerse en Nazaret.

Luego, el niño -dice Lucas el doctor- era obediente y crecía en edad y cada día era más listo, más simpático, más bueno..., y todo eso que dicen las madres de sus hijos. Hasta que a los treinta años dejó a su madre... Lo demás ya lo hemos contado.

 

La viejecita María

 

Que yo recuerde, sólo hay un cuadro famoso donde se pinta a la Virgen María viejecita y arrugada. Lo pintó Mantegna y lo pueden ver en el museo del Prado: «La dormición de María». María en el momento de su muerte, rodeada de los apóstoles. Destaca su rostro de anciana, consumido por los años y los dolores.

María, mientras los apóstoles se iban por el mundo a contar a todos lo de Jesús, iba envejeciendo suavemente en casa del amigo de su hijo. Ella daría vueltas y vueltas a sus recuerdos. Es normal que los primeros cristianos fueran a casa de María para que les contase sus recuerdos de Jesús.

El hecho es que María, cargada de recuerdos y viviendo los primeros pasos de la Iglesia, se fue acercando a su «dormición». No sabemos cómo fue, pero... pero...

 

Allí no terminó todo

 

Allí empezó lo de María y nosotros. Ya lo había dicho en su cántico: «Me llamarán feliz todas las generaciones».

La Iglesia habla de «Asunción». Dice el diccionario: asunción, acción de asumir. Asumir, tomar para sí. La gente se la imagina

-con ayuda de Murillo- subiendo al cielo entre nubes. ¡Cuidado! Asunción no es ascensión.

El Señor la «asumió». Se la llevó para sí.

Mucho cuidado con eso del cielo. Lo que llamamos «cielo» es otra manera de vivir, que supera nuestra vida tan achuchada. Unos piensan que ese «cielo» se encuentra sólo después de la muerte. Otros piensan que el «cielo» sólo se consigue aquí en la tierra haciendo una revolución que destruya todas las injusticias y los males.

El mensaje de Cristo -aunque lo olvidamos- dice que «las dos cosas»: que hay que luchar por un mundo justo y feliz y esperar otra vida que supere ésta. Que una vida de amor entre todos, luchando por cambiar las organizaciones injustas y atendiendo a los derechos de los débiles, puede transformar la perra vida de aquí y abrirnos a otra vida después de la muerte.

Dicho esto, voy a contarte una leyenda de los cristianos de oriente. Cuentan que Andrés -que fue, según parece, el apóstol que murió el último- se fue al «cielo» y, naturalmente, después de saludar a las altas jerarquías, buscó a sus amigos y compañeros: «Pedro, jefazo, ¿qué tal?». «Hombre, Tomás, ¿ya te lo acabaste de creer?». «Pero, Juanito, te encuentro tan joven como siempre». ¿y  María? No la veo por aquí». «Colega, no lo sabes?  María se ha bajado a la tierra a ver si la arregla un poco, ya sabes cómo es».

 

Me gusta la leyenda. Cuando el hijo de María predicaba por los caminos, insistía en una sola cosa: «Cambiad todo y todos, porque viene a vosotros el Reino de Dios». Con el Reino de Dios pasa como con el cielo. No se trata de huir de este mundo. El

Reino de Dios es cambiar esta tierra y esperar un futuro en que veamos a Dios cara a cara.

Los cristianos hemos utilizado a veces la religión para evadirnos de los problemas de aquí y no rebelarnos ante las injusticias, «porque como luego hay otra vida...». Otras veces hemos utilizado la religión como una escalera para subir al poder... Eso no es buscar el cielo ni el Reino de Dios. Eso ha hecho mucho daño y el daño lo ha sufrido también María.

No nos interesa una María entre nubes ni con corona de brillantes sentada en un trono. Queremos a María cerca.

Está bien que cada pueblo se la imagine como las mujeres de su tierra, como las mujeres que montan por las mañanas en el autobús, que van a barrer suelos o a la compra, que siguen esperando, como ella, la liberación de todos los aplastamientos. María, Madre de la Iglesia y Hermana en la Iglesia.

María Reina..., mejor, María servidora.

Y hemos vuelto a donde habíamos empezado, a pedir que nos devuelvan a María los que la hayan escondido detrás del poder. No es que la hayan secuestrado, no pueden secuestrarla, sino que la han escondido. Pero nosotros, en estas letras, hemos dado sus señas de identidad. Es muy fácil encontrarla. Si la encontráis, avisadnos. Lo celebraremos juntos.

Cuadro de texto: Que nos devuelvan 
a María