"MENS SANA IN CORPORE SANO"

 

Es encomiable el cuidado que, generalmente, tenemos con respecto a la salud física: las revisiones, los análisis generales y particulares, comprobar los niveles de colesterol, de glucosa, del ácido úrico, la tensión, el funcionamiento del corazón, la arteriosclerosis. Y para corregir las deficiencias, se pone en práctica el tratamiento, la medicación, la dieta, la gimnasia, el footing, las caminatas ... No puede haber bienestar físico sin salud. Y aunque la persona de momento se sienta bien, si no cuida las constantes, en cualquier momento puede sorprenderle una hemiplejia, un infarto, una trombosis que destruiría su bienestar. Controlar y cuidar la salud es una exigencia del amor a uno mismo y del amor a las personas del entorno, para no ser una carga.

También el espíritu sufre patologías, como todos sabemos, pero lamentablemente no nos preocupan tanto las patologías físicas. Muchas personas se preocupan, sí, de tomar medicamentos, acudir a los médicos y seguir dietas para tener buena salud, pero mientras tanto están envenenando sus mentes y su interior con pensamientos negros y destructivos, sentimientos agresivos y de venganza. No caen en la cuenta de que las actitudes negativas internas repercuten de una manera destructiva en el organismo por la interrelación que existe entre la mente y el cuerpo.

¡Cuántas horas en ocupaciones a veces bastante banales! Se pasan horas en tertulias intranscendentes, en limpiar el coche, en la limpieza escrupulosa de la casa. No se escatima tiempo para escoger la ropa. No hay nervios en la peluquería; se está vigilante para ir al médico y ser atendido todo el tiempo que sea necesario. ¿Por qué no somos más sensatos para invertir el tiempo necesario en lo que es lo más importante en el ser humano: la salud del espíritu, la higiene de la mente y del corazón?

El ser humano es una unidad inseparable de materia-espíritu. Si se separaran estos componentes, dejaría de existir la persona humana.

En todo intento de formación personal deberíamos atender más a esta unidad completa de la persona. Pero generalmente la gente vive identificándose exclusivamente con lo biológico. Piensan estar felices cuando el cuerpo funciona bien y tiene sus gustos, tendencias y caprichos satisfechos. Y de momento parece que resulta. Pero tal estado, que erróneamente solemos llamar felicidad, es inestable; desaparece por diversas causas o bien desaparecen los estímulos que nos daban goce y satisfacción. O las exigencias y caprichos del organismo aumentan y no podemos satisfacerlas, o nos cansamos con estos estímulos que antes eran muy satisfactorios y ahora no nos dicen nada, o se pierde el equilibrio por los achaques y las enfermedades. Lo cierto es que esta exclusiva identificación con nuestro cuerpo resulta, por errónea y parcial, insuficiente.

El hombre se crea constantemente ataduras, necesidades y cultos.

Creo que los esfuerzos excesivos por mantener en forma el cuerpo son perjudiciales para el mismo cuerpo, que no está programado por la naturaleza para esfuerzos y sacrificios excesivos o anormales de ejercicios físicos largos y pesados y dietas de todo tipo. Tan pernicioso puede resultar un espiritualismo exagerado, pensando que el espíritu es lo único importante, como el culto esclavizante a la forma física. Se puede decir que la obsesión por el cuerpo, por la estética, por alargar la juventud ... es el último tabú de nuestra sociedad, que no puede calmar los anhelos profundos de felicidad.

Nos hemos identificado con lo físico de nosotros mismos, pensando que al funcionar bien la materia, seríamos felices. La mejoría del cuerpo, esa mejoría parcial de nosotros mismos, nos hace sentirnos momentáneamente mejor. Pero los estados anímicos siguen dominados por los mismos problemas y sigue el malestar, el decaimiento y la tristeza. Generalmente la causa de nuestros males suele ser más profunda que el exceso de grasas, de embotamiento físico o el anquilosamiento de los músculos. El estado anímico depende principalmente del interior. Si hay conflictos internos, por bien que funcione la sangre del corazón, los músculos y el organismo entero, habrá inquietud, desasosiego e infelicidad. Más bien suele ocurrir que el cuerpo llega a estar mal porque el ánimo está mal.

La gente, cuando se siente mal, recurre al médico, buscando la causa de su mal en su organismo. Ya veces está ahí. Pero no siempre.

Porque es más fácil echar la culpa de nuestro mal a lo que parece que no es responsabilidad nuestra: el cuerpo. Y en muchos casos no está en el organismo la causa del malestar. La interrelación mente-cuerpo es innegable. El estado físico influye en el anímico y viceversa. La supremacía de lo interno sobre lo físico en nuestros estados de ánimo es clara e indiscutible, aunque nos cueste reconocerlo en algunos casos.

Sabemos de personas enfermas físicamente, pero con un estado de ánimo elevado, con alegría y optimismo porque su interior está en armonía. Por el contrario, conocemos gentes con salud de hierro y una excelente forma física que se sienten infelices porque no tienen armonía interior. Y esta es la causa de que poco a poco vaya resquebrajándose también la salud física.

 

Enfrentarnos con los conflictos internos es más comprometido que ir a un médico. Porque en los conflictos internos hay que enfrentarse con uno mismo. El orden interno requiere un conocimiento de sí tan necesario como temido, ignorado y rehuido. Así como muchas enfermedades físicas son producidas por estados anímicos de estrés, miedos, inquietudes, temores y sobresaltos, así también el estado anímico de paz, orden, armonía, alegría y optimismo producen frecuentemente un estado de equilibrio orgánico.

"Esta unidad psico-somática que es el ser humano -apunta Darío Lostado- debe recuperar la atención perdida y olvidada de esa parte de nosotros mismos que no es la materia. Llamémosle como se quiera: espíritu, alma o principio vital. La preocupación desproporcionada del culto al cuerpo, frente al olvido de lo anímico, puede ser la explicación de muchos de nuestros males actuales. Muchas personas han llegado a pensar que solo son cuerpo. El espíritu, ese algo que aletea en nosotros, queda abandonado en la oscuridad. Y esa oscuridad produce tinieblas, miedos y muerte. ¿No son esos los males de muchas personas? Es necesario iluminar el interior. Es necesario restablecer el equilibrio para sanar. Es necesario que el cuerpo, nuestro vehículo, funcione bien. Pero es aún más necesario que "eso" que vivifica el cuerpo tenga también su atención. De nada sirve que el vehículo ande bien si "eso" por lo que vivimos, pensamos, amamos ... anda mal".

 

HIGIENE PSICOLÓGICA

 

Señala D. Lostado: "Al estar bajo la ducha, piensa que el agua, además de limpiar tu piel, arrastra también los pensamientos negativos y tóxicos. Haz la higiene completa. No dejes elementos tóxicos y venenosos en tu corazón ni en tu mente. Tu salud está en tu mano. Tu mente es tuya. De nadie más. Te llegarán influencias de los demás. Si tu mente está a expensas de los demás, los miedos, temores, ansiedades y tristezas pueden intoxicarte. Pero eres tú el que ha de decir la última palabra. Eres tú el que abre o cierra la mente al odio o al amor, a la alegría o a la tristeza, a la esperanza o a la desesperación, a la generosidad o al egoísmo, al optimismo o al pesimismo, a la vida o a la muerte.

Decídete por la vida. Lleva vida a tus pensamientos, y tu corazón y tu cuerpo rebosarán vida. No estés sano solo a medias, solo en tu cuerpo.

Sanea tu mente. Sanea tu corazón. Tendrás más salud, más vida".

Ya santa Teresa se lamentaba: "¡Qué esmerado cuidado tenemos de nuestros cuerpos mortales y qué descuidada tenemos la salud del alma!". Un proverbio chino refiere: "La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?". Los Santos Padres descubrían en la fiebre de la suegra de Pedro (Mt 8,14-15) un símbolo de las fiebres del espíritu que, en mayor o menor medida, todos padecemos. Fiebre es el odio, la ira, la envidia; fiebre es el orgullo y el afán de sobresalir; fiebre es la avaricia, la sexualidad exacerbada. A este respecto hay que decir que se puede ser feliz a pesar de las enfermedades físicas, pero no se puede ser feliz con patologías psicológicas graves. Un enfermo, incluso con cáncer en estado terminal, puede ser feliz; pero no puede ser feliz quien sufre una patología del espíritu en estado agudo, ya que al fin y al cabo es una adicción que hiere gravemente la libertad y la armonía interior de la persona. Cualquier dolencia grave, sea la ira, envidia, celos, avaricia, ambición, hace absolutamente imposible la felicidad. Y proporcionalmente limita la felicidad según el grado en que se padece. Como ocurre con la fiebre; no es lo mismo tener 37° que 41°. Pero, además, como ocurre con las enfermedades físicas, el enfermo no solo no es feliz, no solo ve limitada su felicidad según la gravedad de su patología psicológica o espiritual, sino que impide la felicidad de los demás en proporción a la gravedad de su dolencia. Pensemos, por ejemplo, en el iracundo, en el celoso, en el ambicioso, en el avaro, en el suspicaz, en el miedoso, en el perezoso ... Ni son felices, ni dejan serlo a los demás.

Es más, causa menores sufrimientos y compromete menos la felicidad de los demás una enfermedad física que una patología psicológica.

Es preferible estar pendiente y atender a un asmático que soportar a una persona de carácter agrio e hiriente. Naturalmente si coinciden las dos enfermedades, entonces tenemos la desdicha completa. Estas fiebres del espíritu destruyen la calidad de vida y provocan conflictos en cascada. ¡Qué distinta es, por ejemplo, la convivencia con una persona pacífica de la convivencia con una persona explosiva! La persona llena de paz vive feliz y atrae; la persona violenta sufre y repele.

Conocemos el lema de los romanos: "Mens sana in corpore sano": espíritu sano en un cuerpo sano. Para alcanzar un espíritu sano es preciso, en primer término, reconocer nuestras patologías. No es tan fácil como descubrir las patologías somáticas. Por eso hay muchos ciegos que no se reconocen enfermos, porque las enfermedades del espíritu con frecuencia están dormidas, son indoloras. Los psicólogos saben perfectamente lo frecuente que es la ceguera psicológica en lo que respecta a uno mismo. A menudo nos engañamos a nosotros mismos. Somos perspicaces para descubrir los engaños de los demás:

"¡Qué engañado está!", comentamos. Pero al mismo tiempo que lo decimos de otros, lo dicen otros de nosotros. Aunque resulte extraño, nos es más fácil descubrir la paja atravesada en el ojo del vecino que la viga atravesada en el nuestro (cf. Mt 7,3-4).

San Juan, en el Apocalipsis, increpa a la comunidad de Laodicea y trata de abrirle los ojos: "Estás diciendo: "Soy rico, me he enriquecido; no me falta nada; y no sabes que eres desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego para enriquecerte, vestiduras blancas para vestirte, y que no aparezca la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que unjas tus ojos y veas" (Ap 3,17-18). El principio de la rehabilitación está en ser despiadadamente sinceros con nosotros mismos. Como afirma Jesús, "la verdad nos hará libres" (Jn 8,32). Y la libertad nos hará más felices. Esto supone verificar unos análisis, a semejanza de como hacemos en lo que respecta a la salud corporal; hemos de hacer revisiones de vida implacables, poniéndonos ante el espejo de la Palabra de Dios, ante el espejo de los grandes maestros de la vida, para percibir el contraste. Confesaba P. Laín Entralgo: "Un santo es un hombre que debería quitarnos el sueño".

Y, naturalmente, conocida la patología, se trata de aplicar la terapia y la medicación. Debemos comprender que el cuerpo sano ayuda a tener la mente sana. Pero la mente sana siempre es necesaria para un estado general estable y satisfactorio. Solemos ocuparnos del cuerpo y quedarnos en él. ¿Cuándo nos decidiremos a sanear nuestra mente?

 

• Cuándo nos decidiremos a higienizar nuestros pensamientos? Una mente enferma, unos pensamientos torcidos, turbios, odiosos y egoístas, malintencionados, mantenidos habitualmente, enferman el cuerpo al mismo tiempo que la mente.

Igual que se hace gimnasia o deporte para fortalecer el cuerpo, hemos de sentirnos apremiados a hacer también ejercicios psicológicos para la higiene mental. Cada pensamiento, cada sentimiento, consciente o subconsciente, moviliza en mayor o menor grado el sistema endocrino, eje secreción interna, que es el determinante de tantísimos trastornos corporales. La actitud interior y el estado anímico influyen de una manera constante y efectiva en el estado físico.

Todos queremos tener una buena salud. Se hacen programas de televisión y radio acerca de los cuidados de una buena alimentación, del peligro de las intoxicaciones, etc. Todo esto es, naturalmente, recomendable y se debe tener muy en cuenta. Lo que ya no está bien es que olvidemos lo que somos y que las toxinas no entran solo por la boca, sino también por la mente y el corazón. Nuestra incongruencia puede llegar a querer tener buena salud mientras estamos intoxicándonos ... Es necesario higienizar la mente de las toxinas de las inquietudes inútiles y obsesivas. Limpiar la mente y el corazón de oscuros sentimientos odiosos. Limpiar la mente de necios miedos inveterados, innatos o adquiridos. Limpiar la mente de intenciones engañosas y destructivas, porque son toxinas que envenenan la mente y el cuerpo.

 

PARA LA REVISIÓN Y LA PROYECCIÓN

 

- ¿Qué afirmación, frase o párrafo subrayas como más importante en la reflexión? ¿Por qué?

- ¿Crees que realmente hay mucho cuidado del cuerpo y poco del alma? ¿Qué observas a tu alrededor?

- ¿En mi caso (nuestro caso) incurro (incurrimos) en este error?

- ¿Escaneamos nuestro interior? ¿Reconocemos nuestras patologías?

- ¿Aplicamos el tratamiento adecuado? ¿Qué hacemos? ¿Qué deberíamos hacer?

 

 

Cuadro de texto:     Para ser feliz