|
+ Lectura del Santo Evangelio según San Marcos
Llegó Jesús a Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios." Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Palabra del Señor
Contador de historias
Hay un periodista que viaja habitualmente a un pueblo de África y disfruta enterándose de las pequeñas cosas que suceden en la vida de las gentes del poblado. En una de sus visitas descubrió un montón de televisores almacenados en una choza a las afueras del pueblo. Desconcertado, todos estaban aún sin estrenar, se fue a conversar con el jefe del pueblo. ¿Por qué la gente del pueblo no ve la televisión?, le preguntó. Y el jefe del pueblo le contestó: "Nosotros tenemos nuestro propio contador de historias." Eso está muy bien pero la televisión puede contarles miles de historias, le dijo el periodista. "Es verdad, le dijo el jefe, pero nuestro contador de historias nos conoce a cada uno de nosotros". Esta es la clave "nuestro contador de historias nos conoce". Así puede contarles no la historia que desearían oír, sino la que necesitan cada día. Puede darles la mejor medicina para el sufrimiento y el mejor consejo para cada decisión que han de tomar. ¿Es la televisión nuestro único contador de historias? Para muchos, desgraciadamente, es el único. Para nosotros los que nos reunimos aquí los domingos, tenemos otro contador de historias, otro maestro, otro médico. Jesús es nuestro contador de historias. Nos conoce. Tiene autoridad. Nos ama. Está siempre disponible. Viene a nuestra iglesia el domingo y nos enseña. En la historia de hoy vemos a Jesús en la sinagoga enseñando con autoridad y actuando con poder. Había mucha gente en la iglesia aquella mañana. Nadie sabía que uno de ellos albergaba un espíritu malo. Pero Jesús que los conocía a todos, sabía que uno de ellos necesitaba sanación. Reprendió al espíritu malo y le dijo: "Cállate. Sal de él". La gente reunida en la iglesia no entendían ni palabra y se preguntaban: "Qué es esto? Cuando Jesús es nuestro contador de historias, Dios se hace presente y Dios nos trabaja a cada uno con su poder. Suponed que yo digo: aquí y ahora, en medio de nosotros hay una persona que tiene un espíritu malo… Yo no puedo escanear vuestros corazones, pero si puedo escanear el mío y ver lo que hay dentro de él… Sólo Jesús conoce las zonas oscuras que hay en nuestros corazones: avaricia, odio, indiferencia, pereza, lujuria, crítica... Sí muchos espíritus oscuros viven dentro de nosotros. Y Jesús nos dice: Cállate. Sal fuera. Estoy aquí para sanarte, para liberarte. Tengo autoridad y poder y tú tendrás el mismo poder si vas entrando en una relación cada vez más profunda con mi Padre y tu Padre Dios. Invitación a profundizar en nuestra fe a través de la oración y la escucha de nuestro contador de historias: Jesucristo. Hay ciertas vocaciones que cada día tienen menos candidatos. La vocación de sacerdote, contador de la historia de Jesús. La vocación de maestro. Dicen que Nueva York, en los próximos diez años, tendrá que buscar 50.000 maestros. Para nosotros los cristianos, Jesús es el Maestro. Un Maestro que no sólo habla de Dios sino que habla como Dios. Y habla con la autoridad de Dios porque está en comunión con El. A ti ¿Te gusta sentarte en su escuela y escucharle?
PALABRAS CON AUTORIDAD
Cuando por las mañanas sale el sol, poco a poco van desapareciendo las estrellas. Tened por cierto que, si en nuestras almas reinara el sol del amor a Dios, poco a poco irían desapareciendo nuestros defectos. El sol, por la mañana, transforma las gotas de rocío que hay sobre las hojas en puntos de luz y transforma la oscuridad en los hermosos colores que vemos durante el día. Pues bien, el amor a Dios lo transforma todo. El incrédulo que ve por la calle a un pobre pidiendo limosna ve sólo un pobre; en cambio, el enamorado de Dios ve en los pobres algo más que estómagos vacíos, algo más que corazones hambrientos; ve en ellos al mismo Jesús pobre… El que de verdad ama a Dios trata a los demás como a Jesús. Su palabra y su conducta transforman corazones. En la vida diaria encontramos tres clases de palabras: palabras vacías, palabras autoritarias y palabras con autoridad. Las palabras vacías son las de los charlatanes, las de los que no hacen lo que dicen, las de ciertos políticos que se preocupan por el número de votos y se olvidan del bien de los votantes, dejando de cumplir tantas promesas. Las palabras autoritarias son las de los dictadores, las de aquellos con los que a la fuerza hay que estar de acuerdo, digan lo que digan. Si dicen que una cosa es blanca, no le digáis que es negra aunque lo sea, porque lo pasaríais mal. Las palabras con autoridad son las de los que viven lo que dicen. Sus palabras responden a su vida honrada. A estos se les escucha con respeto y con agrado; por eso las multitudes se agolpaban para oír a Jesús de Nazaret porque sus palabras estaban de acuerdo con su vida. La gente, más que fijarse en palabras, se fija en cómo es el que las dice. Un día se insertó en el periódico el siguiente anuncio: «Adelgace en quince días sin dejar de comer, sin medicamentos, sin molestias! Garantizado». Firmado Luci. Y Dorinda, demasiado entrada en carnes, acudió a inscribirse inmediatamente. Ya en la sala de espera, Dorinda pudo ver, al entreabrirse la puerta de la sala de tratamiento, a la tal Luci. -Esa señora, ¿es Luci? -preguntó al oído de la vecina de asiento. -¡Esa es! --contestó. -iSanto Dios! ¿y cuánto pesa? -preguntó de nuevo. -Dicen que 110 kilos --contestó la vecina. Dorinda se dirige rápidamente a la recepcionista y le dice: -Perdón, ¿quiere usted borrarme de la lista de espera? -No se impaciente. Le va a tocar ya, señora -le aclaró la joven. -Me siento un poco mal; otro día volveré -le dijo Dorinda. Pero no regresó jamás. Cuando una persona no es lo que les pide a otros que sean, las palabras más verdaderas se convierten en falsas. Tengamos todos en cuenta esto, especialmente los padres, sacerdotes y maestros. ... Que nuestras buenas palabras correspondan a nuestra vida.
Para nuestro hoy
Como cristianos, que intentamos seguir a Jesús y pro-seguir su causa, hemos de traducir este «milagro» a nuestro tiempo y geografía. El reto de nuestra época es realizar «milagros» que, como el de Jesús, humanicen a los oprimidos y marginados, eliminen la pobreza, el paro y un sinfín de marginaciones en el Primer Mundo, y erradiquen los inmensos problemas de injusticia estructural en el Tercer Mundo. Éstas serían las «palabras de autoridad» que la comunidad cristiana, la Iglesia, todos y cada uno, deberíamos realizar en medio de nuestro mundo para mostrar que el Reino es irreversible y buena noticia, aunque los aires que respiramos sean de desapuntarse de todo ello. El reto de nuestra época es buscar, percibir, ver «milagros» como el de Jesús, que nos ayuden a liberarnos, a vivir asombrados, a recuperar la esperanza como la recuperaron aquellas gentes de Cafarnaún. El reto de nuestra época es anunciar el Reino, no con palabras sino con hechos; no de una forma ideológica, sino con una práctica y vida liberadora aunque cree conflicto; no con la amenaza de Dios, sino con su misericordia.
Estoy perdido
El relato de Marcos que acabamos de escuchar, presenta a Jesús, el Santo de Dios, sacando de un hombre lo malo para que el Espíritu de Dios, la fuerza de Dios pueda vivificar, airear, sanar con una nueva vida las zonas más profundas de aquel hombre.
En la vida vivimos situaciones que nos desbordan haciéndonos sentir amargamente la impotencia, la debilidad, la soledad, la desgracia, la culpa, en definitiva el mal entre nosotros. Son experiencias de las que no sabemos salir.
Vamos a reflexionar sobre algunas de estas vivencias en las que experimentamos el mal y ver qué nos dice el Evangelio en estas situaciones. “Estoy perdido... No hay nada que hacer...” Que duro es escuchar a quien se nos confía con estas o parecidas palabras. Pocos sentimientos habrá tan penosos para el ser humano como esa sensación de verse hundido sin remedio. “Estoy perdido... No hay nada que hacer...”
Todo se desata, a veces, a partir de una desgracia que el individuo se siente incapaz de soportar. “Es demasiado para mí. No puedo más. Voy a volverme loco”. La persona que grita así no sabe dónde encontrar consuelo. Ya nada será como antes. Siente que dentro de sí algo se ha roto para siempre.
Otras veces es la soledad sentida de manera angustiosa la que obliga a exclamar “Nadie me entiende. Nadie me quiere. Todos me han dejado. Estoy solo”. La persona que dice esto vive frustrada en lo más íntimo, percibe como se va hundiendo en la amargura. Sabe que nadie le espera ya en ningún lugar. ¿Qué sentido puede tener seguir viviendo sin la presencia de una persona amada?
En algunos momentos puede aparecer una inexplicable y profunda sensación de malestar que hace decir: “No tengo ganas de vivir. Nada me llena. Todo me da igual”. Esta persona no sabe cómo sacudirse de encima esa fastidiosa impresión de vacío y falsedad. Hay que seguir viviendo sí, pero uno se siente acabado.
En otras ocasiones el ser humano experimenta el cansancio de su propia persona: “Estoy harto de todo y de todos”. Una especie de paralización interior se apodera de la persona. Hay que “seguir tirando” sí, pero hace tiempo que la vida se ha apagado.
No es tampoco tan extraña la experiencia del pecado: cuando reconozco que “mi vida es un desastre. He dado muchos pasos equivocados. Poco a poco me he ido alejando de Dios, y ahora no tengo fuerzas para cambiar”. La persona que dice eso no se atreve ya a enfrentarse a su propia conciencia. Siente confusamente el peso de la culpa, pero no sabe cómo salir de ese estado.
Ante estas vivencias de impotencia, debilidad, soledad, desgracia, culpa. Ante la presencia desestabilizadora del mal en nosotros mismos, ¿qué nos dice el Evangelio? La parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido (Lucas 15, 1.32) insisten todas ellas en lo mismo: Dios es alguien que se alegra con la recuperación de todo hombre o mujer que se veía perdido.
No hay desgracia ni pecado, no hay cansancio ni soledad, no hay crimen ni oscuridad que nos pueda destruir definitivamente. Nadie está perdido para Dios, porque el amor de Dios es incondicional.
Esta es la Buena Noticia del Evangelio. No hay desesperación definitiva; siempre se puede seguir esperando incluso “contra toda esperanza”. Dios es Salvador para todos aquellos que se ven desbordados por el mal, el pecado, la impotencia o la fragilidad. Esto es lo que descubren con admiración aquellas gentes de Galilea que son testigos del poder y la bondad de Jesús que libera del “espíritu inmundo” a aquel pobre hombre que se retuerce poseído por el mal.
Este Jesús, que expulsa demonios no con fórmulas mágicas de exorcista, sino como el enviado del Dios de la vida y la salud, este Jesús que predica con fuerza liberadora el amor, y que nos invita a entrar en el reino de la ternura, la fraternidad y la libertad, y este Jesús puede ser también hoy Alguien capaz de acallar las fuerzas del mal y liberarnos de las vivencias de tantos males que parecen escapar a nuestro control.
¿Me siento mal, con miedos, frustrado, desbordado?
¿Pongo mi confianza en Jesús que liberó a tanta gente?
Curador
Según Marcos, la primera actuación pública de Jesús fue la curación de un hombre poseído por un espíritu maligno en la sinagoga de Cafarnaún. Es una escena sobrecogedora, narrada para que, desde el comienzo, los lectores descubran la fuerza curadora y liberadora de Jesús.
Es sábado y el pueblo se encuentra reunido en la sinagoga para escuchar el comentario de la Ley explicado por los escribas. Por primera vez Jesús va a proclamar la Buena Noticia de Dios precisamente en el lugar donde se enseña oficialmente al pueblo las tradiciones religiosas de Israel.
La gente queda sorprendida al escucharle. Tienen la impresión de que hasta ahora han estado escuchando noticias viejas, dichas sin autoridad. Jesús es diferente. No repite lo que ha oído a otros. Habla con autoridad. Anuncia con libertad y sin miedos a un Dios Bueno.
De pronto un hombre «se pone a gritar: ¿Has venido a acabar con nosotros?». Al escuchar el mensaje de Jesús, se ha sentido amenazado. Su mundo religioso se le derrumba. Se nos dice que está poseído por un «espíritu inmundo», hostil a Dios. ¿Qué fuerzas extrañas le impiden seguir escuchando a Jesús? ¿Qué experiencias dañosas y perversas le bloquean el camino hacia el Dios Bueno que él anuncia?
Jesús no se acobarda. Ve al pobre hombre oprimido por el mal, y grita: «Cállate y sal de él». Ordena que se callen esas voces malignas que no le dejan encontrarse con Dios ni consigo mismo. Que recupere el silencio que sana lo más profundo del ser humano.
El narrador describe la curación de manera dramática. En un último esfuerzo por destruirlo, el espíritu «lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió». Jesús ha logrado liberar al hombre de su violencia interior. Ha puesto fin a las tinieblas y al miedo a Dios. En adelante podrá escuchar la Buena Noticia de Jesús.
No pocas personas viven en su interior de imágenes falsas de Dios que les hacen vivir sin dignidad y sin verdad. Lo sienten, no como una presencia amistosa que invita a vivir de manera creativa, sino como una sombra amenazadora que controla su existencia. Jesús siempre empieza a curar liberando de un Dios opresor.
Sus palabras despiertan la confianza y hacen desaparecer los miedos. Sus parábolas atraen hacia el amor a Dios, no hacia el sometimiento ciego a la ley. Su presencia hace crecer la libertad, no las servidumbres; suscita el amor a la vida, no el resentimiento. Jesús cura porque enseña a vivir sólo de la bondad, el perdón y el amor que no excluye a nadie. Sana porque libera del poder de las cosas, del autoengaño y de la egolatría
Espíritus inmundos abundan
“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura."
En la crisis nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar 'superado'. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones”. Estas ideas no son mías sino de Albert Einstein, que no fue un cualquiera y todos lo sabemos.
Jesús comienza por echar un mal espíritu y para colmo en plena sinagoga. Claro que los malos espíritus se resisten a abandonarnos. ¡Cuidado que no se trata de eso que llamamos estar endemoniados! Es algo mucho más simple. Todos llevamos dentro infinidad de malos espíritus, como es el espíritu de la rutina, el miedo a cambiar, el miedo al futuro, el miedo a ser diferente. Por eso me encanta la frase de Einstein: “No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.”
¡Cuánto nos cuesta cambiar nuestra mentalidad y decidir embarcarnos en la aventura de hacer no lo de siempre sino algo nuevo, algo diferente! A poco que miremos nuestro corazón y nuestra mente nos daremos cuenta de que llevamos dentro ese mal espíritu del miedo, ese mal espíritu de tratar de repetirnos siempre, que en el fondo es mal espíritu del miedo, el mal espíritu de no confiar en nosotros, de no fiarnos de nosotros.
El mundo no cambia “si siempre hacemos lo mismo”. La Iglesia no cambia “si siempre hacemos lo mismo”. Tampoco nosotros vamos a cambiar “si siempre hacemos lo mismo”. Pero eso no es fácil. El espíritu inmundo de este hombre de la Sinagoga también se resistía a salir de él. Y Jesús debió increparle “cállate y sal de él”. Es posible que también hoy Jesús tenga que decir en cada uno de nosotros “cállate y sal de él, cállate miedo y sal de su corazón”. “Cállate inseguridad y deja libre su corazón para volar.” “Cállate espíritu inmundo y libéralos de esas falsas seguridades del pasado para que comiencen a hacer algo nuevo diferente. Al hombre de la sinagoga el espíritu inmundo la zarandeó hasta retorcerlo. Y no salió el silencio “sino dando fuertes gritos.”
Tenemos miedo a las crisis cuando “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progreso”. Sin crisis de ideas, sin crisis de decisiones, sin crisis de búsqueda de nuevos caminos, seguiremos pensando siempre lo mismo, seguiremos haciendo lo mismo y andaremos siempre los mismos caminos. Es decir, sin esas crisis seguiremos todos “en el tiempo de la carreta”
Hablar con autoridad
Un hombre se lanzó de un avión en paracaídas y al intentar tomar tierra se quedó colgado y enredado en un árbol, sin poder bajarse. Pasaba por allí un caminante, al que le preguntó: ¿”Podría decirme dónde estoy?” Desde luego “Usted está colgado de un árbol”, respondió el viajero. El paracaidista preguntó de nuevo: “¿Es usted sacerdote?”. Sí, contestó el caminante. “¿Cómo lo supo?”. “Porque lo que usted dice es verdad, pero no sirve para nada”. Podríamos concluir que nuestro viajero no hablaba con autoridad. En cambio de Jesús, según el evangelio, que hemos escuchado, comentaban sorprendidos que “hablaba con autoridad”. Volviendo al caminante, éste le dio una respuesta rutinaria, no aporta nada, detrás de aquellas palabras no había nada. Por lo visto, los judíos echaban en falta a personas que les hablaran con autoridad. Posiblemente a gusto les hubieran dicho a sus dirigentes en más de una ocasión ante tantas palabras falsas y vacías: “¿por qué no os calláis?”. Hasta tal punto que Jesús llamaba la atención precisamente por eso, porque era la excepción. Confesaban que este enseñar con autoridad era nuevo. Hablar con autoridad implica estar bien informado, analizar correctamente los datos y ser coherente con lo que se dice o se ha dicho. Hablar con autoridad no supone decir lo que se quiere oír o escuchar. Hablar con autoridad no es igual que hablar autoritariamente. Es muy diferente. La autoridad no proviene del puesto que ocupa quien habla, ni de la brillantez del discurso, ni del número de citas, ni del tono elevado de voz, ni de la agresividad o tacos que se vierten, ni de abundar en palabrería o en verborrea. Hay quienes hablan poco, suave y de manera sencilla y sin embargo arrastran, convencen. Aunque parezca una contradicción, el hablar con autoridad exige también escuchar mucho. Hay numerosas clases de palabras, según quién, cuándo y cómo se pronuncien: hay palabras protocolarias, injuriosas, injustas, solidarias, alentadoras, proféticas …Gandhi, cuyo aniversario de su muerte lo celebramos mañana, día 30, habló con autoridad sobre la no-violencia. Tuvo la valentía de ser coherente con lo que decía y sentía, a pesar de las persecuciones que sufrió. Hoy se utiliza frecuentemente la palabra “credibilidad”, para añadir a renglón seguido que se carece de ella, que escasea en los individuos y en las instituciones. Se echan en falta personas creíbles en el plano internacional, en el espacio europeo, sobre todo a raíz de la crisis económica tan brutal que nos zarandea. Y también en el marco eclesial. Echamos en falta personas a quienes se les pueda creer cuando narran los hechos, cuando los interpretan y cuando sacan conclusiones y programan acciones. Concretamente la Iglesia está comprometida (desde la última parroquia hasta el Vaticano) en trasmitir el mensaje cristiano a las futuras generaciones, pues tiene la sensación de que se ha roto la cadena. Pero las futuras generaciones lo aceptarán o acogerán si los intermediarios son creíbles. Volviendo al diálogo del paracaidista, no aporta nada. Son preguntas y respuestas obvias, rutinarias. En lenguaje coloquial diríamos que se trata de un diálogo de besugos. Así no se transmite ningún mensaje. No es casualidad que Jesús, después de hablar, curara a aquel enfermo víctima de un espíritu extraño. Fue la prueba de que su palabra había que tomarla en serio. Nosotros, nuestra coherencia no hará milagros, pero sí levantará el ánimo, sembrará el perdón, espantará pesimismos. Ello probará que “hablamos con autoridad” Todos tenemos oyentes, un público –grande o pequeño: la familia, el grupo de amigos …).-. Hablar con autoridad no consiste en “no callar”, sino en hablar con sinceridad, con el corazón, con honestidad, respaldados por una vida. Todos recordamos alguna frase pronunciada por un amigo o familiar y que se ha convertido en estrella, en punto de referencia de nuestro caminar. Jesús nos sigue hablando con autoridad. Merece la pena que le tengamos en cuenta.
Apariencias y realidad
Un hombre decidió buscar a un sabio de quien pudiera aprender tanto de su conocimiento como de su ejemplo.
Un amigo se enteró de sus intenciones y se prestó a ayudarlo:
‑ Yo conozco a un santo que vivo en la montaña; si quieres, te acompañaré a visitarlo.
Ambos iniciaron el camino en medio de una nevada y a media jornada se sentaron a descansar al lado de una fuente a la que llegó a beber un caballo blanco.
El hombre preguntó a su amigo:
‑ ¿Cómo sabes que el hombre de la montaña es un santo?
‑ Verás ‑contestó éste‑, él siempre viste túnica blanca en señal de pureza, come sólo hierbas y bebe agua fresca de las fuentes, lleva clavos en los pies para mortificarse, a veces rueda desnudo por la nieve, y se azota la espalda con correas para disciplinarse.
El hombre reaccionó perplejo y exclamó:
‑ A ese hombre que describes yo lo conozco y no es ningún santo sino un loco, y lo que tú consideras señales de santidad no son más que apariencias. Mira a ese caballo, también es blanco, come hierba y bebe agua de la fuente, le gusta revolcarse por la nieve, lleva clavos en los cascos, seguro que también lo fustigan con correas. ¡Y no es ningún santo!
Jesús nos enseña a distinguir la realidad de las apariencias; por eso quienes le conocieron decían que él enseñaba con autoridad, no como los letrados, que hablaban mucho y hacían poco. Hoy también es necesario distinguir la realidad de las apariencias y descubrir a quien hable con autoridad, no con verborrea vacía.
Gestos, signos e imágenes para orar
a) Meterse en escena. Contemplar a los que en ella intervienen: al hombre con espíritu inmundo, a Jesús, a los discípulos, a los letrados, a la gente... Captar sus gestos, sus sentimientos, sus reacciones... Después, identificarse con alguno de ellos, y desde ahí releer el evangelio, releerlo como buena nueva que acontece hoy, que me afecta a mí personalmente.
b) Dar crédito, fiarse de Jesús. La oración es un acto de fe, de confianza. Y la vida cristiana, toda ella, es también un acto de fe. Nos ponemos en sus manos, creemos en su palabra y mensaje, pero sobre todo creemos en él. Fijamos los ojos en él, agarramos su mano y nos dejamos conducir... Orar es ir con Jesús de una parte a otra, llegar, partir, entrar, salir, recorrer toda Galilea.
c) Dejar a un lado la palabrería. «Cuando oréis, no seáis palabreros.» Seguimos la consigna de Jesús, y hacemos de nuestra oración un encuentro con palabra verdadera, llena de sentido y vida. Hablamos de lo que somos y queremos, de nuestros sentimientos y anhelos, de nuestras esperanzas y proyectos. No nos engañamos ni intentamos engañar a nadie. Por un momento somos sinceros a carta cabal.
d) Tener credibilidad. Hoy asistimos a una grave crisis de credibilidad de la palabra de los representantes de la vida política, social, económica, militar y hasta eclesial. La palabra se ha trivializado; pero cuando la palabra está devaluada y trivializada, a la vida le pasa lo mismo. Ser consciente de lo que tiene y no tiene credibilidad para mí, y el porqué. Y a la vez vivir y actuar de tal forma que lo que diga y haga sea creíble.
e) Asombrarse y alegrarse. Percibir los signos del Reino que hay entre nosotros; descubrir los hechos liberadores y salvadores; captar la irrupción del Espíritu en la historia... Y, ante ello, asombrarse y alegrarse. Dar gracias y bendecir a Dios por la fuerza salvadora que habita entre nosotros.
f) Aceptar los retos. Orar es aceptar, de antemano, un reto. Es exponerse a Dios. Para orar, nos preparamos aceptando día a día los retos que surgen en el camino: el reto de saltarse las leyes, de acercarse a quienes nadie se acerca, de mantener la esperanza, de compartir los carismas, de poner al ser humano en el centro, de vivir luchando contra el mal, de no buscar el quedar bien, etc. Y la oración se prolonga en ese vivir aceptando retos.
Oración
Llénanos, Señor, de tu autenticidad
Se sorprendían al ver cómo actuabas, porque todo tu hacer brotaba de Dios, provenía de la fuente de tu sabiduría, del dejar a Dios ser en ti mismo.
Tú transparentabas a Dios, porque actuabas con amor, porque sabías escuchar al hermano, porque todo tú te ponías a su servicio. y esa era tu autoridad, la que tanto sorprendía a tus seguidores y es la que nos falta a nosotros, porque no te dejamos hacer en nosotros del todo.
Señor, sé la energía de mis actos, el motor de mi fuerza y el amor de mis gestos. Hazme gratuito, empático con el otro, para entrar en su necesidad, para alumbrar sus oscuridades, para ser pañuelo de sus lágrimas y compañero de la vida.
Tú que conoces mis demonios, y los de mi entorno, enséñame a reconocerlos, sáname, para sanarlos, y hazme, como Tú, generador de vida.
PALABRAS DE VIDA
Las palabras de los políticos pronuncian promesas vanas. Sus discursos son capciosos. Con elocuentes palabras ocultan sus ambiciones personales. Ensayan lo que tienen que decir para convencernos. Son palabras vacías y muertas. Las tuyas, Señor, son Buena Noticia.
Las palabras de la publicidad no dicen la verdad de las cosas. Sus anuncios están pensados para seducirnos, para incitarnos a un consumo ciego. Por los oídos y los ojos martillean nuestra sensibilidad y llegan a nuestra cartera. Son palabras ilusorias y engañosas. Las tuyas, Señor, son Buena Noticia.
La tele, la radio, las revistas, los periódicos, están llenos de palabrería. Sus informaciones nos desinforman. Hablan mucho y nos dicen poco. Sus palabras tergiversan, manipulan, para satisfacer la curiosidad y el morbo, el cotilleo y la polémica, y así seguir vendiéndonos más palabras sobre palabras. Su ración diaria de palabras no sacia el hambre de Palabra viva. Las tuyas, Señor, son Buena Noticia.
Mientras unos y otros utilizan las palabras para esconderse tras ellas, para disimular sus intenciones, para halagar los oídos, para disfrazar sus intereses, para camuflar mentiras... Tú, Señor, te revelas en tu Palabra, Tú mismo te haces Palabra viva en el tiempo. Por eso las tuyas, Señor, son Buena Noticia.
EL RIESGO DE EQUIVOCARSE
"La persona que cambia puede equivocarse, pero la que no cambia nunca vive equivocada". Una gran verdad de la sabiduría popular. Todo el que cambia puede equivocarse y tiene derecho a equivocarse. En cambio, el que nunca cambia, ese no se equivoca nunca, porque vive siempre equivocado.
El que sueña tiene derecho a equivocarse. El que planta un árbol tiene derecho a equivocarse. El que siembra semillas tiene derecho a equivocarse. El que se arriesga tiene derecho a equivocarse.
El que duerme mientras otros hacen algo, ya vive equivocado. El que no se atreve a sembrar, ya se equivocó de futuro. El que no se decide por miedo, ya vive equivocado.
¿Por qué tendremos más miedo a equivocarnos que a hacer algo? ¿Por qué tendremos más miedo a equivocarnos que a construir?
La peor equivocación es no hacer nada. La peor equivocación es renunciar a lo nuevo. La peor equivocación es el miedo a equivocarse.
El riesgo es el derecho de los que piensan, hablan y hacen. El riesgo es la condición para poder crecer. El riesgo es el camino para que el mundo sea diferente. ¿Acaso Dios no se arriesgó al crearnos?
|

