Monición antes de salir el sacerdote

 

Hermanos: La Iglesia dedica este día a Conmemorar a los Fieles Difuntos. Vamos a recordar a nuestros familiares y amigos que tenemos en el corazón y no queremos olvidar, también a los hombres y mujeres que no hemos conocido, así como a todos aquellos que nadie se acuerda de rezar por ellos.

Esta oración, la hacemos por medio de la Eucaristía

 

Saludo

 

Que el Dios de la vida esté con todos vosotros...

Antes del Canto se enciende el Cirio y se dice...

 

Va a iluminar nuestra celebración el Cirio Pascual, símbolo de Jesús muerto y resucitado.

Al encender el Cirio en este momento, reconocemos a Jesús como a nuestro Dios y Salvador. Él es el camino, la verdad y la vida.

 

Monición de entrada

(A)

 

Conmemoramos hoy a los fieles difuntos. La muerte de nuestros seres queridos es una realidad que nos va sorprendiendo a lo largo de la vida: poco a poco vamos diciendo adiós, llenos de dolor, a quienes más hemos querido: padres, familiares, amigos... Y vivimos con la más grande de las certezas, aunque no queramos recordarla: cada uno de nosotros también dejaremos esta vida.

La fe cristiana que compartimos tiene su centro en la resurrección de Jesús; y por eso sabemos que los difuntos gozan ya de la Comunión total con Dios, viviendo en Él. En la muerte nosotros sólo vemos dolor, partida y vacío, pero la resurrección de Jesús, manifestación del amor de Dios, ha convertido a la muerte en la puerta a la vida eterna. No podemos, pues, vivir sin esperanza: a la separación que nos llena de dolor, seguirá la vida, y vida sin limitación, en total unión con Dios.

En nuestra celebración tenemos presentes a todos nuestros queridos difuntos, de los que confesamos que viven felices en Dios y que estamos en Comunión con ellos.

 

(B)

 

Estamos aquí para rezar por los difuntos. Por los nuestros, por los que hemos conocido y querido, y por todos. Sentimos el dolor de los familiares y amigos que nos han dejado, pero al mismo tiempo sentimos la fe y la esperanza, la confianza en Dios que no deja que se pierda ninguno de sus hijos.

Por eso estamos aquí. Escucharemos la Palabra de Dios y compartiremos la mesa de la Eucaristía. Así fortaleceremos nuestra fe, y así también encomendaremos a nuestro Padre a esos hermanos y hermanas nuestros que llevamos en el corazón.

 

Pedimos perdón

 

Al ponernos delante de Dios para iniciar esta asamblea de oración, necesitamos guardar unos instantes de silencio.

 

Tú que te has identificado con los pequeños y los pobres. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Tú que nos has amado hasta entregar la vida y nos examinas sobre el amor. CRISTO, TEN PIEDAD...

Tú que pasaste por la vida haciendo el bien y curando a los enfermos. SEÑOR, TEN PIEDAD...

 

Oración colecta

 

Dios, nos cuesta aceptar que morir es con mucho lo mejor.

Abrimos la puerta de la fe para creer que no comienza la nada con la muerte,

sino que la vida sigue de otra manera.

Señor, creemos que tus manos llegan donde no llegan las nuestras.

Creemos que tu presencia aparece allí donde a nosotros

se nos roba la presencia de nuestros seres queridos.

Ellos son ahora más tuyos que nuestros.

Ese es nuestro consuelo.

Acógeles y a nosotros danos fuerza para vivir el presente con confianza.

Te lo pedimospor NSJ….

 

 

Escuchamos la Palabra

 

Monición a las lecturas

 

Escucharemos ahora las lecturas de la Palabra de Dios. Estas lecturas nos hablan, hoy, especialmente de confianza, de esperanza, de fe en la vida nueva que Dios ofrece a todos sus hijos. Son palabras que nos consuelan ante el dolor de la muerte, y que nos animan a vivir muy unidos a Jesucristo.

 

Lecturas propias del día de Difuntos…

 

Homilías

 

(A)

En estos días de noviembre, mucha gente visita los cementerios, lleva flores a las tumbas, recuerda a sus muertos con cariño y, si es creyente, reza por ellos. Tenemos conciencia de que nuestros familiares difuntos han ocupado un lugar importante en nuestra vida y muchas de las cosas que usamos aún están cargadas de su recuerdo y su presencia. Es que está todavía muy vivo el recuerdo y el cariño. Muchas cosas nos siguen vinculando a nuestros familiares difuntos. Para nosotros no están muertos del todo. Pero, además, los cristianos sabemos por la fe que nuestros muertos viven en el Dios de la vida. Y por eso hacemos oración por ellos. En las tumbas de los cementerios quedan lo que siempre hemos llamado los “restos mortales”. Tendríamos que recordarle a mucha gente con poca fe que nuestros muertos no están en los cementerios, sino que allí están sólo sus restos mortales, seguramente restos cargados de significado para nosotros, pero sólo restos.

Además, por la fe estamos convencidos de que la muerte no es algo definitivo ni para siempre. No es dejar de existir para caer en la nada. La muerte es el paso a una nueva forma de vivir con el Señor. Sabemos que nuestros muertos están en las manos de Dios. Ése es su sitio y su premio, su fiesta y su descanso. Esto nos proporciona una gran confianza y mitiga en los creyentes la amargura de la separación que produce la muerte. Para los primeros cristianos la muerte era como entrar en un sueño del que nos despertaríamos en las manos de Dios. Cementerio significa “dormitorio”, sitio de descanso y de espera hasta “despertar” para la vida. En las oraciones de la misa aún hablamos de nuestros difuntos como de los que “duermen ya el sueño de la paz” o de los que “durmieron con la esperanza de la resurrección” o de los que “se durmieron en el Señor”. Sabemos que al final de esta historia nuestra nos espera Dios, nuestro Padre, que prepara para nosotros una fiesta hermosa, un gran banquete, un paraíso o una casa grande donde todos tenemos sitio a su lado.

Muchas veces, en las misas de difuntos hemos leído estas palabras de Jesús: “No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos ese lugar. Una vez que me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros”.

Venía a decirnos: no me voy a separar de vosotros para siempre. Viviremos juntos. En la casa de mi Padre hay sitio para todos.

Y cuando nos hablaba de la otra vida siempre la comparaba con cosas hermosas. Decía que era como una fiesta, como un banquete o como un paraíso. Por eso, nosotros pensamos que nuestra vida es como un caminar hacia la vida, hacia el descanso y la alegría con Dios.

Nosotros no desesperamos como los hombres sin esperanza.

Celebramos que nuestros difuntos ya soborean el amor inmenso de Dios y a esa fiesta hermosa también estamos llamados nosotros.

 

(B)

 

Hoy nos hemos reunido para recordar a aquellas personas que nos han dejado. Algunos recientemente: son familiares, amigos o vecinos, que siguen estando muy cerca del corazón y cuya ausencia nos causa dolor y tristeza. Y otros quizás no tan cercanos, que han marcado nuestra vida y que siguen estando presentes en nuestro recuerdo y cariño.

Hoy es un día para recordarlos a todos ellos. Porque siempre que muere alguien conocido, alguien con quien hemos compartido algo, es como si muriese una parte de nosotros mismos. Porque no vivimos solos, no somos un mundo aislado, sino que nuestra vida está llena de otras vidas, está formada por todo lo que los demás nos han dado, por todo lo que hemos compartido, por las alegrías y las tristezas que hemos vivido juntos.

Por eso nos va bien, hoy, aquí, recordar a nuestros difuntos. Recordarlos, hacer que revivan en nuestro interior, volver a sentir lo que han significado para nosotros. Aunque sea doloroso, nos va bien mantener este recuerdo. No debemos olvidarlos, no debemos perder esa parte importante de nuestra vida que son nuestros familiares y amigos difuntos.

Y también nos va bien convertir este recuerdo en oración. Hoy recordamos a los difuntos no sólo en nuestro corazón, sino que los recordamos todos juntos, como comunidad cristiana, y los recordamos ante Dios.

Nosotros y Dios, reunidos aquí, en este templo, compartimos el recuerdo de las personas que nos han dejado. Y lo compartimos convencidos de que Dios les ama, y les ama mucho, inmensamente, infinitamente.

Por eso, con esta confianza, con esta fe, le decimos a Dios nuestra gran esperanza: que nuestros difuntos vivan siempre la vida más plena, más gozosa, más feliz. Sabemos que en este mundo todos fallamos, todos nos alejamos con frecuencia de Dios. Pero sabemos también que podemos confiar en el amor de Dios, que es más grande y más fuerte que todo el mal y el pecado que los hombres podamos cometer. Por eso le decimos a Dios esta esperanza nuestra, y le pedimos que los tenga con él para siempre, en su Reino eterno, a nuestros difuntos y a todos los difuntos de todos los tiempos y de todo lugar.

Y todo eso, el recuerdo de nuestros difuntos y nuestra oración por ellos, lo hacemos hoy dentro de la celebración de la Eucaristía. Acabamos de escuchar la palabra de Jesús en el Evangelio, y ahora él mismo se hará presente entre nosotros en el pan y el vino que pondremos encima del altar, esta pan y vino que se convertirán en su Cuerpo y Sangre, el alimento de vida eterna.

Nos encontramos aquí, celebrando la Eucaristía, porque creemos que Jesús, muerto en la cruz por amor, vive para siempre, y nos abre las puertas de su Reino. Le hemos escuchado en el Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” nos ha dicho. Seguirle, vivir como él, es lo único que nos puede llenar de felicidad. Y creer en Él es creer que todos, nosotros y nuestros difuntos, somos llamados a compartir su vida para siempre.

Por eso hoy, al recordar a nuestros difuntos y orar por ellos a Dios nuestro Padre, vale la pena que reafirmemos nuestra fe en Jesús y nuestro deseo de seguir su camino. Para vivir, ya desde ahora mismo, su vida.

 

(C)

 

Nos hemos reunido, hoy, aquí en este templo de ________, porque queremos tener un recuerdo cariñoso para nuestros familiares y amigos que nos fueron tan queridos.

El vacío que dejaron en nuestra vida se mantiene, pero queremos llenar ese hueco con estas oraciones y estos recuerdos junto a Dios.

Nos consuela que están en las manos de Dios. Sabemos también que contamos ahora con su intercesión y su ayuda desde el cielo: su nueva patria.

Señor, Tú has dicho: “El que come mi carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

Confiamos, Señor, en tu Palabra. Sabemos que resucitaste y vives para siempre. Tu amor es más fuerte que la misma muerte y venciste el poder de la muerte en su mismo terreno.

Nuestros seres queridos están gozando de la felicidad junto a Dios. Su vida en la tierra ha dado ya el fruto y gozan del cariño y la amistad de Dios.

Nuestra fe de cristianos, seguidores de Jesús, nos dice que la vida de los que creemos en Dios no termina, se transforma.

Jesús, con su muerte y resurrección nos abrió las puertas del cielo, de la vida para siempre. Lo mismo que has creado este mundo y esta vida humana, has creado también un paraíso, un nuevo mundo y una nueva vida para tus hijos.

Eres así de bueno con nosotros. No quieres que nada ni nadie se pierda. En esta celebración vamos a seguir juntos, orando por nuestros familiares y amigos.

 

 

(D)

 

Hace todavía poco tiempo había un tabú que envolvía toda la vida social, era el tabú del sexo. Ahora se está imponiendo otro tabú, el tabú de la muerte.

Es necesario esconder la muerte, o al menos disfrazarla. Porque es una realidad que relativiza todos nuestros proyectos y elocuencias. Es una realidad que profana todos nuestros ídolos... Y por ello es una realidad escandalosa que queremos ocultar.

Sin embargo, hoy, visitando los cementerios, deteniéndonos en oración ante la tumba de nuestros seres queridos, no podemos, no debemos ignorar esta realidad.

Ánimo, miremos las tumbas. Existen diferencias, pero no a nivel de lápidas, mármoles y bronces. Son diferencias no visibles, no llamativas. Y se refieren a los contenidos, los valores, los ídolos de una vida.

De las lápidas a mí sólo me interesan dos fechas. La del nacimiento y la de su fallecimiento. Y me gustaría saber qué hay en medio de esas dos fechas. Con qué se ha llenado esa vida...

Y además el cementerio nos habla hoy de una ley a la que nadie puede sustraerse. San Francisco cantaba así: “Y por la hermana muerte: ¡loado mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución”. O aquello que decía un proverbio ruso: “Se pasa tantas veces cerca del cementerio que al final se cae dentro”.

Dios ha hecho bien poniendo la muerte al final de la vida, en vez de al principio, así los hombres tenemos tiempo para prepararnos para ella. La preparación, por supuesto, no consiste en estar esperando. La vida no es una sala de espera, en la que nos resignamos, bien o mal, a acampar, hasta que llegue el tren que nos embarque al más allá. La vida es itinerario, compromiso, amor... Es aquello que decía E. From: “Morir es tremendo. Pero la idea de tener que morir sin haber vivido es insoportable”.

Me ha gustado siempre esta oración de un creyente: “Señor, haz que la muerte me encuentre vivo”. Solamente paradójico hasta cierto punto. Puede darse una muerte aparente, pero hay también, desgraciadamente, numerosísimas vidas aparentes.

El cristiano es ante todo, un celebrante de la vida. Cristo ha dado la vida para que todos podamos, precisamente, tener el gusto por la vida.

Así pues, del camposanto se debe sacar un deseo de vivir. El gusto de la vida.

 

Oración de los Fieles

Oremos a nuestro Dios vivo, que nos creó para la vida y la felicidad. Dios no nos va a entregar a la muerte definitiva, sino que nos va a dar vida eterna.

Oremos diciéndole:

R/ Señor de la vida, escucha a tu pueblo.

 

- Por los difuntos de nuestras familias y de nuestra comunidad, por todos los que significaban mucho para nosotros en la vida, para que Dios, que los llamó por su nombre, sea su alegría sin fin, roguemos al Señor:

- Por los que tuvieron que sufrir mucho en la vida a causa de la enfermedad, de la injusticia o de la pobreza, para que sus penas se acaben ya ahora, y para que su felicidad no tenga fin, roguemos al Señor:

- Por los difuntos que tuvieron que caminar en la vida en triste soledad, porque nadie o muy pocos se cuidaron de ellos, o porque ellos mismos eran personas inadaptadas y solitarias, o porque sus hijos o compañeros les abandonaron; también por aquellos por quienes nadie llora, para que ahora puedan descubrir y gozar la alegría de la amistad de los santos en el cielo, roguemos al Señor.

- Y finalmente por nosotros mismos, para que sepamos ayudarnos y apoyarnos unos a otros en el viaje a través de la vida, para que vayamos juntos por los caminos del Señor y compartamos penas y alegrías, vida y muerte, roguemos al Señor:

Oh Dios de vida, te damos gracias por la certeza que nos das de que los muertos están en tus manos y que nosotros estamos llamados y destinados a la vida eterna, gracias a tu Hijo Resucitado, Jesucristo. No permitas que se inquiete nuestro corazón, y reúnenos un día con gozo con todos los que hemos conocido y amado. Llévanos a todos hacia ti por medio de aquél que es nuestro camino, Jesucristo nuestro Señor.

 

Oración sobre las ofrendas

 

Acepta, Señor, estos dones que te presentamos por tus fieles difuntos y recíbelos en la gloria con tu Hijo Jesucristo resucitado, al que nos unimos en esta celebración del memorial de su amor. Que vive y reina contigo…

 

Prefacio...

 

Señor de la vida y de la muerte, te damos gracias

porque has creado el mundo con amor infinito

y por tu inmensa bondad nos has llamado a la vida.

Te damos gracias, sobre todo,

porque has enviado a tu Hijo al mundo

y nos has hecho de su familia.

Dedicó toda su vida a nuestro servicio,

anunció la Buena Nueva a los pobres,

intentó traer consuelo a los tristes

y aliviar el dolor de los enfermos.

Muriendo en una Cruz destruyó la muerte para siempre,

y Resucitando, nos regaló una nueva vida.

Por todo eso, y por muchas cosas más,

llenos de alegría y esperanza,

te cantamos un himno de alabanza

diciendo:

 

Santo, Santo, Santo...

 

Padre nuestro

 

Encomendar a los difuntos es ponerlos en las manos de Dios. Las mejores manos. Las manos del Padre. De él sólo cabe esperar amor infinito y entrañable, y vida plena y eterna. Eso es lo que pedimos con la plegaria de Jesús: Padre nuestro...

 

Invitación a la paz

 

Esta es la voluntad del Padre: que no se pierda nada de lo que me dio sino que lo resucite en el último día”.

Que ninguno de nuestros hermanos difuntos se pierdan, que todos resuciten y disfruten de la paz del Señor. La paz y el descanso  en sus brazos. Con estos sentimientos nos damos fraternalmente la paz...

 

Oración final

 

Padre: hoy venimos a Ti con una pena,

con un dolor de ausencia.

En nuestras familias nos faltan seres queridos.

El tiempo no ha acabado de curar estas heridas,

ni podrá nunca llenar el hueco que se hizo en nuestras casas.

Sólo Tú los querías, más aún que nosotros.

Y aún así, Tú sabes por qué misteriosas razones

consentiste que se nos fueran como un pedazo del alma.

Bendito seas, Señor,

Hágase tu voluntad, por difícil,

y oscura que sea.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Te pedimos que los hayas recibido ya

en las anchuras y en la felicidad de tu casa.

Prémiales bien todo lo que trabajaron

y se desvivieron por nosotros.

Lo mucho que nos quisieron...

Recíbeles también en esa casa tuya, donde todos caben,

a nuestros parientes, los que llevan nuestros apellidos,

a nuestros amigos y a todos tus hijos.

Dales la paz y el descanso que no acaba.

Danos a nosotros la paz que nace de la fe y la esperanza.

Y danos tu mano para no perdernos

en el camino que lleva hacia un nuevo encuentro

contigo y con todos los que han muerto.

Amén.

 

Bendición

(A)

 

Hermanos:

Que el recuerdo y la oración por nuestros difuntos nos lleven a vivir en cercanía de cariño y amistad con quienes están a nuestro lado. Para ello que la Bendición de Dios todopoderoso...

 

(B)

 

Hemos celebrado con fe y con amor, la Eucaristía.

La Palabra de Dios ha iluminado nuestra vida.

La participación en la Comunión ha fortalecido nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza.

Fe, Amor y Esperanza que deben ser proyectados en nuestro ambiente.

La familia, los amigos, el trabajo, los pobres, los enfermos, los abandonados, deben sentir la compasión y el ánimo de nuestra presencia.

Aunque la Misa haya terminado, la Eucaristía no la tendríamos que considerar nunca concluida.

Cuadro de texto: Todos los Difuntos