El cura párroco del pequeño pueblo leonés acogió complacido

la propuesta del anticuario: cambiar aquella imagen de la Virgen,

«desproporcionada y fea, que sólo valía como reliquia», por una

preciosa imagen moderna de escayola, proporcionada, pintadita

con una cara celestial. A todo el pueblo le pareció un intercambio

muy ventajoso. ¡Cuántos disparates como éste se hicieron hace

algunas décadas!

En otro pueblo, también cercano, había otra preciosa imagen de la Virgen,

de comienzos del Gótico. Cuando fue de visita un sacerdote les dijo a los

vecinos del pueblo que aquella imagen era un tesoro, quedaron boquiabiertos.

«Si supieras que estuvo el hacha encima para hacerla astillas », le dijo uno de ellos. Alertados por aquellas palabras, se movilizaron para confirmar su juicio. Desde luego que, a simple vista, parecía un tosco tótem de un pueblo primitivo: tenía dos o tres capas de pintura gruesa medio descascarillada, con colores infantiles burdamente dados: añil, rojo, verde. Estaba cubierta con un manto de tela, y los brazos y el cuello cubiertos de adornos de fantasía.

El restaurador la volvió a su ser primitivo, y ahí está de nuevo en su sitio, con una sonrisa esbozada, con su dulce majestad de comienzos del XIV, con su Hijo en brazos, con su mirada bondadosa invitando a la confianza, con largos y esbeltos pliegues de madera decorados sobre paños de oro. De verdad que es otra imagen. Todo un prodigio de arte y autenticidad.

Esa imagen deformada y afeada por el mal gusto y la incultura de los vecinos, ¿no es tal vez la Virgen lejana, manipulada mágicamente por el egoísmo de sus «devotos», folclórica y dulzarrona de muchas de nuestras advocaciones y devociones marianas? ¿No han cambiado acaso muchos cristianos la esbelta, sólida y artística María de los evangelios y de la tradición patrística por una María quebradiza, artificial, fabricada en serie por un devocionalismo subjetivista?

Ante los siglos crecientes de amor a María, hay que preguntarse si la Santísima Virgen de la que son devotos muchos cristianos es aquella misma María vecina de Nazaret, madre y compañera de un profeta «revoltoso», crucificado y resucitado; si es la misma María, madre de Jesús, que participó activa, pero discretamente, en la vida de la pequeña comunidad de Jerusalén.

Hay que dar gracias a Dios por la sabia tarea de restauración de muchos teólogos que desde hace años nos están recuperando a la verdadera María. Pero el toque final, la mano divina que remató la restauración, ha sido el Vaticano II. En el retablo de la constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium) se nos presenta a la veneración y a la imitación una María tal como ha salido de las manos geniales de Dios, tal como ella se entendió a sí misma, tal como la entendió la Iglesia en el ardiente canto del Magnificat.

Como en los otros aspectos de la fe, el Concilio lo que ha hecho para «restaurar la imagen» de María es volver a la diafanidad de los evangelios, dejando a un lado los barroquismos y los sentimentalismos subjetivistas.

Después del Concilio, sobre todo en estos últimos años, se ha desatado todo un torrente de libros, artículos con reflexiones y celebraciones que, por gracia de Dios, difunden y amplían esa imagen de María que el Vaticano II «restauró» y puso en el cómputo del retablo en la hornacina que le corresponde: junto a Jesús.

Esa comprensión más bíblica, más teológica y más eclesiológica ha inspirado en las comunidades cristianas posconciliares una nueva predicación, una nueva celebración, una nueva iconografía de María. ¡Gracias a Dios! La presencia de la auténtica María en medio de la Iglesia provocará, sin duda, una nueva manifestación del Espíritu, un nuevo Pentecostés en ella como hace veinte siglos (Vaticano II, LG 59).

 

MARIA NO HAY MÁS QUE UNA: LA DE NAZARET

 

Un hombre sencillo de pueblo comentaba, hablando de un hermano suyo embajador en un país lejano: «Le hemos perdido, lo único que es un orgullo para nosotros; es verdad que nos trae, de vez en cuando, algún recuerdo del país donde está, pero apenas le vemos y le tratamos».

Esta lamentación de este buen amigo me obliga a preguntar: ¿No es María, para muchos cristianos, esa embajadora en el cielo, orgullo, eso sí, de la humanidad, abogada que les obtiene de vez en cuando favores celestiales, sí, pero distinta y distante de ellos?

María no hay más que una: la de Nazaret, la esposa de un obrero trabajador de un pueblo diminuto de Galilea y la madre extraordinaria del profeta polémico.

María no hay más que una: la bondadosa y sencilla convecina de la que comentaban los habitantes de su pueblo a propósito de la discutida actuación de su Hijo: «¿De dónde saca éste ese saber y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?

¡Si su madre es María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas! ¡Si sus hermanas viven todas aquí! ¿De dónde saca entonces todo eso?» (Mt 13,55-58).

No hay otra María que la de los evangelios: la María que participa en la vida del pueblo como una vecina más, la que peregrina a Jerusalén todos los años, la que participa en una boda como cualquiera de los invitados, la que habla con sencillez y llaneza con las otras amigas que forman el grupo de las que siguen a Jesús, la que busca a su Hijo desesperada y angustiosamente, la que se relaciona y habla con increíble sencillez con Pedro, Tomás, Felipe, Juan; la que vive en la casa de Juan, el predilecto de Jesús, con la familiaridad de cualquier madre adoptiva.

Es una lamentable pobreza el que muchos cristianos no conozcan y den culto más que a la Santísima Virgen de las historias, de los milagros, e ignoren a la María de «la historia de la salvación», a la María de la vida cotidiana.

«No conozco a otro Cristo que Jesús, y a este crucificado», decía Pablo enfáticamente. Es que no hay otro. El Resucitado y Señor no es otro que el Jesús de Nazaret (1 Cor 1,23). Lo mismo hay que decir de su madre: no conozco otra María que a la María concrucificada con Cristo y asunta luego con él al cielo.

De tanto ensalzarla y levantarla en andas, hemos deshumanizado a María, la hemos exiliado de nuestra tierra.

Muchas devociones populistas (más que populares) han recuperado en María a la diosa-madre pagana más que celebrar en ella a la mujer-mujer elegida por Dios para hacer hombre-hombre a su Hijo e insertarlo en nuestra historia.

Con su glorificación, en la que «se rompieron estas rejas y esta cárcel en que el alma está metida», este cuerpo mortal de nuestra vida peregrina, que decía Santa Teresa, ella se hizo vecina de todos los pueblos, geografías y culturas, contemporánea de todas las épocas y posible amiga de todos los hombres.

Con su asunción a los cielos no se ha alejado de los hombres ni psicológica ni históricamente. No sólo no renuncia, sino que se reafirma ante Dios y ante los hombres como la humilde aldeana, hermana de los pobres, madrina de los marginados de siempre.

María, como mujer de toda nuestra tierra y de toda nuestra historia, es la respuesta a los problemas de los hombres de todos los tiempos; ella constituye un desafío para los hombres de ayer, de hoy y de siempre. 

Frente a la alucinación de los ídolos de la sociedad, María ofrece la alternativa de una belleza, de una alegría, nacida del interior, de la fe, del silencio contemplativo, de la transparencia de corazón, de la libertad interior.

En medio de una sociedad rabiosamente competitiva, donde tantos intentan abrirse paso a codazos para obtener el primer puesto, donde se agitan las personas frenéticamente para tener éxito, triunfar, lograr sobresalir, ¿no constituye María, la madre que alienta a su Hijo a darse, la mujer pobre que tiene que ser recogida por un discípulo después de la muerte de Jesús, la mujer que encuentra la paz bajo la mirada de Dios y en la realización perfecta de su voluntad; no constituye esta mujer una denuncia y una oferta profética de sentido a la vida?

Esta mujer, que enviuda en su juventud, que tiene un Hijo inigualable y que, sin embargo, es perseguido a muerte, que muere como el peor de los delincuentes, insultado y masacrado; esta mujer, que, a pesar de todo, no se siente fracasada, ¿ no nos dice nada a los hombres angustiados, deprimidos, desesperados por los problemas más triviales de la vida?

En esta nuestra sociedad, donde tantos que anhelan solidaridad se sienten burlados, María es buena noticia porque vivió la experiencia de Dios, que responde al clamor de los humillados y compartió fecundamente la vida de los humildes y su lucha por acceder a la verdadera liberación.

María, según el irrefutable testimonio del Vaticano II, es prototipo del cristiano y gozosa imagen para toda la Iglesia y sus comunidades.

María sigue siendo la mujer sencillamente maravillosa y maravillosamente sencilla.

Ella sigue siendo la misma de Nazaret. Y se ríe compasivamente de nuestras prosopopeyas y rimbombancias. Ella quiere que la tuteemos.

 

MARIA DE LOS EVANGELIOS

 

La verdadera María es la María de los evangelios, la María de la fe de la Iglesia.

Ciertamente, los relatos y las afirmaciones sobre María en los evangelios son más bien escasos, pero densos como epitafios, y dicen lo suficiente sobre la madre de Jesús.

Los evangelios tienen a veces afirmaciones lacónicas, pero inagotables en su contenido. Como cuando canoniza a José, el esposo de María: «Su esposo, José, que era hombre justo» (era un santo, diríamos hoy) (Mt 1,19). Con escasísimas palabras, Jesús hace un supremo elogio de Natanael (Bartolomé): «He aquí un judío sin falsedad» (Jn 1,47). Marcos pone en labios de los testigos de la curación de un sordomudo el elogio máximo: «¡Todo lo hace bien!» (Mt 7,37).

¿Qué hondura, qué caudal de vida no deja entrever, por ejemplo, Lucas cuando dice que «María conservaba el recuerdo de todo ello, meditándolo en su interior»? (Lc 2,19). Esta sola afirmación vale por un libro. ¿Puede alguien sospechar la grandeza de alma, el espíritu de fe, la comunión con la voluntad de Dios que dejan entrever las palabras de María al anuncio del ángel? «Aquí está la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). Sin largas explicaciones, María se retrata de cuerpo entero con solas tres palabras que son como su apellido: «Esclava-del-Señor». ¡Cuánta fidelidad, cuánta fe, cuánta fortaleza no entrañan la escueta constatación de Juan, el único apóstol cotestigo del martirio y la muerte de Jesús: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre.,.» (Jn 19,25). Hubieran sido, sin duda, apasionantes infinidad de detalles propios de un cronista sobre María: sus gestos, sus lágrimas, sus reacciones ante las palabras, ante la muerte, en el descendimiento del Hijo. Todo ello hubiera sido conmovedor, pero en realidad nos basta con el dato escueto. Todo lo demás está sobrentendido.

No importa tampoco que algunos relatos no sean históricos en el sentido estricto en que nosotros lo entendemos ahora. Sabemos que los evangelios no son biografías de Jesús, sino mensajes de fe en Jesús, el liberador de los hombres. Y en esto tienen la garantía del Espíritu.

El hecho admitido por todos los exegetas de que el Magnificat  no sea un canto literalmente compuesto por María ni materialmente recitado por ella no sólo no le resta grandeza, sino que se la añade. Por de pronto, si la comunidad de Jesús lo pone en labios de María es porque a la luz de su comprensión de ella entendía que ésos eran sus sentimientos y sus actitudes; así era su memoria sobre la madre de Jesús, con quien habían compartido la vida de la comunidad después de la resurrección del Señor.

Precisamente desde esta comprensión como figura e imagen de la Iglesia es como María cobra mayor trascendencia y su canto de alabanza mayor grandeza y significación. La madre de Jesús adquiere mayor relevancia cuando la comunidad cristiana de Lucas ve en ella la personificación más auténtica del verdadero espíritu de los que creen en el reino de Jesús y sus valores.

El Magnificat es, con toda probabilidad, un himno litúrgico que cantaba la comunidad cristiana. Es un himno pascual, compuesto a la luz del triunfo de Dios en la resurrección de Jesús, culminación de las esperanzas mesiánicas y profecía de la nueva humanidad anticipada en él.

En la resurrección de Jesús, Dios había vencido a los fuertes con la debilidad de la cruz, a los soberbios con la humildad del que se hizo obediente a Dios y servidor de sus hermanos; había vencido a la muerte con la muerte; había exaltado al que «se humilló hasta la muerte»; siendo cordero degollado, «por eso le exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre» (Flp 2,9).

En Jesús, Dios se nos manifiesta como el que apuesta por los pobres, los sencillos, los hambrientos de justicia y fraternidad. Sobre todo a partir de la resurrección de Jesús, los pobres de todos los tiempos que ponen su esperanza en Dios pueden estar seguros que no se verán defraudados, porque el que resucitó a Jesús «y le hizo subir de la humillación suprema» a la suprema exaltación, cuida paternalmente de ellos.

Los evangelios, desarrollados por el Vaticano II, nos presentan a María, ante todo y sobre todo, como cómplice de Jesús, unida a él como la enredadera al árbol en esta tarea de salvar. Corredentora, la aclamamos.

En los versículos del Magnificat  se sienten los latidos del corazón de María, aunque sus labios no profieran expresamente estas palabras.

María, por su situación de debilidad social como mujer judía, por su disponibilidad ante el proyecto salvador de Dios, por su actitud de apertura y acogida de los dones de Dios, del misterio de su Hijo, por su comunión con Dios en el silencio y la contemplación de los hechos y palabras de Jesús, por la fidelidad en el seguimiento de su Hijo hasta la cruz, por su actitud alentadora y esperanzada en medio de la comunidad cristiana, fue vista como la personificación de los «pobres de Dios» cristianos.

María dejó, sin duda, una huella espiritual y teológica imborrable en la primitiva comunidad cristiana, que la contemplaba como perfecta encarnación del auténtico seguidor de Jesús y de los valores del reino por él vividos y anunciados.

El Magnificat es el cántico de todo creyente, «nuestro» cántico, ya que nos sentimos salvados por Dios en Jesús y contemplamos a María como un desafío para nuestro crecimiento en la fidelidad. Para que nuestra comprensión y vivencia del misterio de María sean maduras y evitemos desviacionismos, es preciso tener como necesario punto de referencia las afirmaciones y relatos evangélicos. No podemos decir que sobran, pero sí podemos decir que bastan. Ellos son verdaderas reliquias de las primeras comunidades cristianas; son como fragmentos arqueológico-bíblicos que hay que desentrañar y saborear, como han hecho los estudiosos con los documentos del Mar Muerto.

 

LA VERDADERA DEVOCION

 

Es innegable que años atrás hubo, y la hay todavía en determinados sectores cristianos, una fuerte crisis devocional mariana. ¿Causas? La más determinante, sin duda, el desviacionismo en esas mismas manifestaciones de devoción a María.

Pablo VI en la Marialis cultus, en los número 32 y 38, y el Concilio Vaticano II constataron y alertaron contra él. «Recuerden, pues -advirtió el Concilio-, que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio ni en vana credulidad» (LG 97). 

Resulta paradójico, pero la realidad es que muchos de los que se lamentan del oscurecimiento de María en la fe de muchos cristianos y en la liturgia de las comunidades son precisamente los culpables de él por las deformaciones en su piedad mariana. El alejamiento y olvido no es tanto de la verdadera María y de la verdadera devoción, sino de las versiones infantiles y mágicas hacia ella. Es exactamente el mismo fenómeno de los tiempos de la Reforma y las reacciones radicales que separaron a nuestros hermanos protestantes de la veneración a María.

Con respecto a María ocurre como con respecto a Dios. Hay muchos «ateos» que no lo son tanto porque no crean en el verdadero Dios como porque no creen en el Dios que les presentamos algunos cristianos.

Con frecuencia, la fe de nuestros cristianos ha quedado atrapada en las mediaciones. En vez de utilizar el puente para llegar a la otra orilla, se han quedado en él. Se han quedado atrapados en las advocaciones, en las imágenes, en las devociones.

Muchos cristianos tienen más devociones que devoción. Muchos de nuestros lugares de culto mariano no hacen referencia a la casa de Nazaret y en el culto de nuestras imágenes de la «Santísima Virgen» se hace poca referencia a la persona de María, madre de Jesús.

Me dio pena. Y, al mismo tiempo, me hizo gracia. Había ido yo a visitar un santuario mariano local que no conocía.

Después de orar un rato, para informarme un poco me puse a conversar con un pequeño grupo de personas. «¿Son ustedes de aquí?», les pregunté. «Sí, somos vecinos del pueblo. Somos todos familiares, y venimos a pedir por éste, que se va a operar», me contestó rápidamente un fortachón con acento rústico, señalando a un hombre encogido que aparentaba sexagenario. Le deseé suerte. Y luego les rogué que me dijeran algo de historia del santuario, el origen de la imagen. Me dieron, entre varios que se iban complementando, una amplia información. Luego, haciéndome un poco el ignorante, les pregunté si tenía que ver algo aquella imagen con la Virgen María, «que dicen que dio a luz» a Jesucristo. Pueden imaginarse los disparates más solemnes que se pueden esperar en un pequeño rato de conversación.

Tal vez parezca una exageración; a mí me llenó, ciertamente, de asombro, pero pude constatar que personas cumplidoras, de misa dominical y de visita diaria al templo, ignoraban que las diversas advocaciones marianas se referían a la misma persona de María de Nazaret, madre de Jesús. ¿Creían tal vez que eran distintas santas nacidas en distintas épocas de la historia? No lo sé. No tuve precaución de preguntárselo; me contenté con exponerles la verdad.

Pablo VI, en la Marialis cultus en el número 38, denuncia las exageraciones de contenidos doctrinales y la vana credulidad en que se apoyan algunas devociones.

Se han repetido en nuestros días los errores y exageraciones que denunciaron ya en su tiempo santos tan marianísimos como San Buenaventura y San Bernardo.

«No deberíamos inventar nuevos títulos de honor en alabanza de la Virgen, que no necesita de nuestras mentiras, ya que está ricamente adornada de verdadera gloria», aconsejaba San Buenaventura.

San Bernardo, tan generoso siempre en elogios marianos, por su parte, llamaba la atención diciendo: «El honor de la Reina exige únicamente fidelidad; la Virgen regia no necesita falso honor, ya que está abundantemente dotada de verdaderos títulos de honor y adornada con la corona de muchas glorias».

E. Schillebeeckx explícitamente y Pablo VI implícitamente, al hacer alusión a «ciertas exageraciones de contenidos doctrinales» en la Marialis cultus  núm. 32, denuncian una idea nacida de una sana intención devota, pero doctrinalmente inaceptable, y que ha pervivido hasta nuestros días: es que «Dios obedece a María, que ella impera en el reino de la misericordia, mientras que a su Hijo se ha dejado únicamente el de la justicia, que del tribunal de Dios podemos apelar al suyo»

¿No es acaso una rotunda blasfemia presentar a María como la «madraza» que ablanda a un Dios un tanto justiciero y olvidadizo de la frágil condición de sus hijos? ¿No es una soberana blasfemia el presentarla como una «madraza» que mima a sus hijos y les da favores, como la madre del hijo perdido o drogadicto que le da dinero sonsacándoselo con piadosas mentiras al padre? ¿De dónde le viene a María su compasión hacia los hombres sino de la misericordiosa ternura, fluyente del corazón de Dios?

Se ha instrumentalizado burdamente la devoción a María; en todos los sentidos; también en el sentido político, social y económico.

En la Marialis cultus número 38, Pablo VI exhorta a un culto a María limpio en sus motivaciones, por lo cual se tendrá cuidadosamente lejos del santuario todo mezquino interés. Con frecuencia, la devoción a María ha sido una devoción descaradamente intimista, interesada y egoistizante; comercial: promesas por favores, rezos y ritos por ayudas. Comercial incluso en el sentido material, promovida por el lucro.

Muchos cristianos han practicado una devoción a María para que convenza a Dios a fin de hacerle cambiar sus planes en situaciones adversas y dolorosas. Se olvida que ella fue siempre, lo es y lo será «la esclava del Señor», que jamás intentó cambiar sus planes ni para sí misma ni para su Hijo; se olvidan que fue la madre de un crucificado que no intentó jamás ablandar a Dios con plegarias para que le librara de los sufrimientos que conllevaba la lucha por el reino. María estuvo al lado de Jesús para ayudarle a subir la cuesta del Calvario y para acompañarle en su agonía en la cruz. Y está a nuestro lado para ayudarnos a vivir la Pascua de Jesús: el paso a la vida por el camino doloroso de la muerte.

Ya sé que es un caso límite. Ya sé que no es representativo; pero sí que es sintomático. Conversando con un grupo de personas conocidas, felicité a una pareja por el hijo rechonchete, sonrosado y desbordante de salud. «Pues ahí donde le ve tan sano, estuvo a punto de muerte», me explicaron, «ya que tuvo una infección gástrica grave». «Así que estaréis muy agradecidos a Dios», les dije. «¿Agradecidos a Dios? -me contestaron súbita y exactamente-. Le rezamos a Dios y le ofrecimos al Cristo muchas promesas, y el chico se nos moría.

¡Gracias a la Virgen del Verdún, que cuando le pedimos a ella y le ofrecimos unas velas, flores y llevarle al chico cuando sanara, empezó a mejorar. Por Dios estaba ya muerta la criatura».

El protagonismo de María en la historia de la salvación no puede reducirse a proporcionarnos favores terrenos y solucionar imposibles haciendo a los hombres cada vez más pasivos y descomprometidos. Ella, después de Jesús, es el regalo supremo de Dios a la humanidad para ayudarnos a ser personas libres, solidarias, abiertas, creadoras, generosas. Nada menos.

Y, al fin, eso es lo que nos importa de verdad.

Los obispos sudamericanos, sobre todo en los documentos de Medellín, y también en las cartas pastorales de muchos de ellos, han denunciado el colmo de los colmos, que es que la devoción a la que cantó en su corazón el cántico de acción de gracias por la acción liberadora de Dios en Jesús, la que vivió para colaborar con Jesús en la liberación de los hombres, en su dignificación como hijos de Dios, sea un factor alienante para personas y grupos sociales. Tristemente, esto es realidad no sólo en Sudamérica. Esta es una praxis herética, sacrílega y profanadora que clama, ciertamente, al cielo.

Algunas devociones y «cultos» rutinarios, artificiales, de mal gusto incluso, vacíos teológica y vivencialmente, la utilización de la Virgen y sus devociones como bandera de conservadurismo, han dado ocasión a personas sensatas y de buen criterio para pensar que la devoción a María es algo ridículo, sensiblero, propio de «viejas crédulas» y no de personas sesudas y críticas.

En ciertos círculos católicos cerrados se ha repetido, como recordaba antes, la situación de los tiempos de la Reforma y se han repetido también las mismas reacciones extremosas. Hilda Graef retrata el fenómeno con cuatro pinceladas: «Una devoción a la Virgen devaluada por el sentimentalismo, envilecida por las invenciones de la credulidad (falsos milagros, promesas baratas de salvación, etc.), corrompida por infiltraciones supersticiosas...»

El Concilio Vaticano II, después de prevenirnos contra el peligro de hacer consistir la devoción mariana «en afecto estéril y transitorio, en vana credulidad», nos señala que la devoción mariana «debe brotar de la verdadera fe, por la que somos conducidos a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y movidos a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67).

Es preciso comprender el misterio de María dentro del proceso global de evangelización y catequesis cristiana y no como un dato aparte. María, si no está al lado de Jesús y dentro de la Iglesia, no es María.

El proceso natural, a pesar de lo que se ha dicho, es: por Jesús a María. Pero el proceso real para quienes tienen una cierta vinculación afectiva y una devoción inmadura, para quienes no están evangelizados, ha de ser: por María «su» María, a Jesús.

Es el proceso que seguía Pablo en su evangelización con los judíos en las sinagogas: partía del Mesías que esperaban para anunciarles a Jesús de Nazaret.

 

LETANIA DE MARIA, MADRE DE JESUS Y DE LOS HOMBRES

 

Esta es la letanía, «mi» letanía, con la que me dirijo a María con frecuencia:

 

María, mujer agraciada y agradecida: Enséñanos a reconocer los dones de Dios y agradecerlos.

María, llena de gracia y ejemplo de fidelidad: Ayúdanos a valorar el don de Dios y hacerlo fructificar.

María, esclava incondicional de Dios: Intercede por nosotros para que sepamos en todo momento hacer su voluntad en nuestras vidas.

María, madre, maestra y discípula de Jesús: Ruega por nosotros para que seamos verdaderos seguidores de tu Hijo.

María de Nazaret, mujer trabajadora con la escoba, la aguja, el cántaro y el puchero: Quisiéramos vivir nuestra vida cotidiana con espíritu servicial, generoso, con un profundo sentido de la vida.

María de Nazaret, nuestra Señora de cada día: ¡Que realicemos las cosas pequeñas con corazón grande!

María, maestra del amor universal y del perdón total: Ruega por nosotros para que nos amemos unos a otros como Cristo nos amó a todos.

María, tú que estuviste incondicionalmente al servicio de todos: Intercede por nosotros para que no busquemos en la vida «ser servidos, sino servir».

María, evangelio vivo: Pide para nosotros el don del Espíritu que transforme nuestros corazones egoístas y cerrados en abiertos y generosos.

María, «cómplice» con Jesús y crucificada con él: Enséñanos a arriesgar algo por su causa.

María, vigor y ternura: Ruega por nosotros para que seamos cordiales y sencillos como niños y fuertes como mártires.

María, la perfecta cristiana: Con tu intercesión ayúdanos para

que nosotros no sólo nos llamemos hermanos, sino que lo seamos de verdad.

María, mujer de oración constante e infatigable en la contemplación: Pide a Jesús para nosotros la gracia de orar sin descanso.

María, probada en la fe, pero «bienaventurada porque creíste» a pesar de todo: ¡Aliéntanos con tu ejemplo y no nos dejes caer en la tentación!

María, miembro vivo, madre, figura e imagen de la Iglesia, mujer comunitaria: Ruega por nosotros para que seamos fieles a los impulsos del Espíritu, vivamos nuestra fe en comunidad y seamos miembros activos de la Iglesia.

María, tú que experimentaste vivamente la cercanía de Dios, que conviviste con Jesús, su Hijo y tu Hijo: Aviva en nosotros el gozo de saber que también con nosotros «estará hasta la consumación de los siglos».

María, tú que pusiste toda tu confianza en Dios: Alcánzanos de él la gracia de creer que «todo lo podemos en aquel que nos conforta».

María, glorificada en cuerpo y alma, profecía de la nueva humanidad: Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte para que, con el pueblo santo de Dios, lleguemos a la verdadera tierra de promisión y compartamos la gloria de tu Hijo, nuestro hermano, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

PARA LA REFLEXION PERSONAL Y EL DIALOGO EN GRUPO

 

1.-  ¿Cómo es la María en la que yo creo? ¿Es fruto de las enseñanzas del catecismo, del colegio, de la tradición folclórica popular o de las verdaderas fuentes de la fe cristiana?

2.- ¿En qué fuentes se alimenta en estos momentos mi fe y mi devoción marianas y las de mi grupo? ¿Hemos reflexionado sobre los relatos y afirmaciones de los evangelios y del Concilio Vaticano II sobre María?

3.- ¿Qué aberraciones y desviaciones en el culto y el pensamiento marianos descubro en mi alrededor?

4.- ¿El acercamiento a la vida y persona de María me interpela, me ayuda a transformar mi personalidad y mi vida? ¿Nos ayuda a los que formamos el grupo cristiano?

5.- ¿Cómo expreso yo, cómo expresa mi comunidad cristiana la devoción a María?

6.- ¿Qué hago yo, qué hace mi comunidad cuando estoy o estamos en presencia de María: alabar a Dios por María y con María, pedirle gracias, revisar la propia vida a la luz de la de María, meditar los relatos y referencias neotestamentarios sobre ella?

7.- ¿Cuáles son las actitudes de María que más me impresionan y qué querría encarnar en mi vida personal y la de mi comunidad cristiana?

 

Cuadro de texto: Recuperar 
la verdadera María