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Cuando venga a la Parroquia usted, que es un buen creyente, para encargar una misa por una intención que ofrece, no pregunte al sacerdote: “¿Cuánto vale?, ¿qué se debe?” ni se asombre, si pregunta, que algo extraño le contesten.
Que quien inventó la misa ya pagó el precio bien fuerte, pues le costó cinco llagas tras una condena a muerte.
Si insiste en saber el precio, tal vez le digan que puede ofrecer su fe y su vida y escuchar atentamente las lecturas de la Biblia por si algo le comprometen.
Pero si áun duda, pues piensa que ha de pagar lo que debe, comprenda que Dios le ama y cualquiera que celebre ese amor, dándole gracias, responde a lo que Dios quiere.
Y para pagar su ofrenda tenga siempre esto presente: la misa, igual que el cariño, ni se compra ni se vende.
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