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Moniciones de entrada: (A) Los Apóstoles llevan ya cierto tiempo conviviendo en el grupo de Jesús. Le ven todos los días y hablan a cada momento con Él. Un día, Jesús toma a un pequeño grupo y se va con ellos a la montaña del Tabor, fuera del ruido y de la vida monótona, para estar en un lugar de silencio y tranquilidad. Allí, al liberarse de las preocupaciones y de la monotonía de cada día, empiezan a fijarse en Jesús y a conocerle de una forma diferente, más clara y transparente. Nosotros, ahora, en la tranquilidad de esta Iglesia, en este espacio de oración de esta Celebración de la Eucaristía, vamos a intentar mirar a Jesús con ojos nuevos, con mirada clara. Porque Jesús es alguien distinto a los demás.
(B)
Bienvenidos a celebrar la Eucaristía del segundo domingo de cuaresma. Escuchar a Jesús es una característica esencial del cristiano. Hoy nos propone vivir con Él la experiencia del monte Tabor, dónde Dios nos invita a escuchar a su Hijo predilecto. Dispongámonos a celebrar esta Eucaristía como una experiencia profunda de podernos encontrar con el Señor y escucharle.
(C)
¿Qué tal esta primera semana de “conversión”? ¿No hemos progresado demasiado? Bueno, pero al menos aquí estamos para intentarlo de nuevo. Quizás es que nos sentimos demasiado atrapados por la rutina de cada día. Y a lo mejor necesitamos poner algunas cosas en su sitio. El mensaje de hoy apunta en esa dirección: despegarnos un poquito del suelo, para mirar a lo alto y ensanchar el horizonte que Dios abre ante nosotros. Un horizonte en el que han de estar presentes: los hermanos que nos rodean, la Palabra de Dios y Cristo que nos renueva con su sacrificio. Sintiéndonos todos en comunión, comenzamos la Eucaristía.
Acto penitencial: (A)
La Cuaresma es tiempo de CONVERSIÓN a Dios, de ARREPENTIMIENTO, de perdón. En un momento de silencio descubramos qué cosas de nuestra vida nos partan de Dios y de las personas, para arrepentirnos de ello y pedirle perdón a Dios. (Silencio). Por nuestros pecados de individualismo, olvidándonos de los demás. Oh Señor, escucha y ten piedad... Por las veces que no hemos sabido compartir, porque sólo hemos pensado en nosotros. Oh Señor, escucha y ten piedad... Por nuestros egoísmos, que nos apartan de Dios y de los demás. Oh Señor, escucha y ten piedad... El Dios del Amor y de la Misericordia perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la vida eterna. Amén.
(B)
La Cuaresma es tiempo de CONVERSIÓN: convertirnos a Dios y convertirnos a los demás. Arrepintámonos de las cosas de nuestra vida que nos alejan de este propósito y pidámosle perdón a Dios.
Por las veces que, por pereza, no hemos vivido ni celebrado la fe. SEÑOR, TEN PIEDAD... Por las veces que hemos celebrado la fe por rutina, con poco interés, sin ningún compromiso. CRISTO, TEN PIEDAD... Por las veces que al celebrar la Eucaristía no nos hemos sentido más cercanos a los demás. SEÑOR, TEN PIEDAD...
o “Yo confieso.....” El Dios del Amor y de la Misericordia perdone nuestros pecados, nos llene de su Gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna. Amén.
(C)
Queremos que la Cuaresma sea para nosotros una conversión a Dios y a los demás. Antes de pedir perdón a Dios de nuestros pecados, pidámosle ayuda para descubrir cuáles son esos pecados y para arrepentirnos de ellos.
Porque muchas veces cerramos nuestros oídos a tu Palabra. Señor, ten piedad... Porque muchas veces no sabemos descubrirte en los demás, especialmente en los pobres. Cristo, ten piedad... Porque muchas veces no aceptamos el sufrimiento, los problemas y las contrariedades de la vida, como Tú lo aceptaste. Señor, ten piedad…
Por la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Dios de la Vida y de la Misericordia, perdone nuestros pecados, nos llene de su gracia, nos dé su Salvación y nos lleve a la Vida Eterna. Amén.
Escuchamos la Palabra
Monición:
La figura de Abrahán es altamente significativa para todos los creyentes. Dialoga con Dios y cree en su palabra, incluso contra toda esperanza. Con esta ejemplar actitud de fe logrará la alianza y la bendición de Dios.
Monición al Evangelio:
Hay momentos en los que nuestros ojos brillan de alegría y son como el reflejo del corazón. Cuando esto ocurre, los amigos se alegran y están juntos y se les pasa el tiempo volando. Un día, Jesús resplandeció lleno de luz ante sus amigos y vieron de verdad quién era Jesús: Jesús era el Hijo amado de Padre. Quisieron quedarse con él. Comprendieron que quien le escucha y le sigue, es feliz. Nos preparamos para escuchar esta lectura...
Evangelio dialogado (Niños)
Narrador: Un día, Jesús acompañado de tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, subieron a un monte. Estando allí, Jesús se transfiguró: su rostro se volvió brillante como el sol y sus vestidos se volvieron resplandecientes como la luz. Y aparecieron hablando con Él el profeta Elías y Moisés, el que sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Pedro, impresionado por aquella visión tan maravillosa, le dice a Jesús:
Pedro: Señor, podemos montar tres tiendas de campaña: una para Ti, otra para Elías y otra para Moisés, y nos quedamos aquí para siempre.
Narrador: Pedro estaba tan impresionado que no sabía lo que decía. Pero, de repente, les envolvió como una nube y se oyó una voz que les dijo a Pedro, Santiago y Juan:
Voz: "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo y hacedle caso".
Narrador: Poco después, aquellos tres discípulos miraron asustados a su alrededor, pero no vieron a nadie; sólo estaba Jesús con ellos.
Palabra del Señor
Homilías:
(A)
Los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo marcha bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace exclamar: «Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura». «Yo creía que esto iba a resultar más fácil». «¡Qué necesidad tengo yo de meterme en líos a mis años, con los bien que están... otros». Las frases se pueden multiplicar. La realidad es muy sencilla: al principio todo parece de rosas, pero el camino trae sorpresas... No es que «la ilusión inicial sea falsa». Al inicio está en germen, en promesa todo lo que esperamos, todo lo que nos hace partir y nos pone en marcha. Pero no es posible adelantar todo. La vida va atrayendo, poco a poco, la dura realidad. Y habrá que mirar al principio para recuperar fuerzas y ver que en los objetivos iniciales estaba todo iniciado, aunque no desarrollado. Las personas y los grupos palpamos cada día esta realidad. Muchos se vuelven atrás a la primera dificultad; no soportan caminar entre rosas con espinas. Jesús siente que su grupo de discípulos no está al margen de esta dinámica. Jesús acaba de hablar de la muerte que le espera y se encamina hacia Jerusalén, donde lo anunciado tendrá cumplimiento. Necesita «confirmar» a los suyos para que resistan en el seguimiento a pesar de lo duro que viene. Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”. Unos seguían a Jesús pero no ocultaban que lo que en el fondo pensaban era sentarse a la derecha de él algún día. El poder, con tal de llegar a él, exige algunas incomodidades, pero después recompensa... Como veis, este funcionamiento no es de hoy. Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder... Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos... Los seguidores de Jesús tenemos que aprender que al lado de Jesús no hay poder, sino servicio; al lado de Jesús no hay puestos, sino últimos puestos; al lado de Jesús no se ve todo claro, se va aclarando uno esperando que la Luz llegue más tarde... Y cuando llega, la verdad deslumbra.
Jesús elige a los más íntimos, a los «pilares del grupo», para mostrarles, por unos instantes, su identidad y su relación directa con toda las tradición religiosa anterior: Moisés y Elías. Se deja ver para hacer saber su identidad en el marco de una oración. Suben al monte a orar. Y en la oración es donde acontece lo que ellos no esperan. Lo que acontece les pilla por sorpresa hasta el punto de no entenderlo bien. Pero sucede algo que entenderán más tarde. Ven y escuchan una voz de revelación: Es mi Hijo; escuchadle. Algo así como esto: «Pase lo que pase, triunfe o esté clavado en la cruz, es mi Hijo. No reneguéis ni lo abandonéis». “Escuchadle”. Hoy se nos grita a nosotros este imperativo... Es difícil escuchar. Muy difícil. Oímos ruidos. Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos como nos invaden. “Me siento muy solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”. Es tremenda la soledad que viene de sentirse excluido por no ser escuchado. La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención. “Escuchadle”, prestad atención a Dios, dad importancia a Dios, acoged la palabra de Dios... Esta es la revelación del Padre sobre su hijo. Prestar atención a Dios es “escuchar a su Hijo, el Enviado”. Está bien hacer las “obras de Dios”, pero es insuficiente. Ser creyente es ser oyente, ser escuchador. “Escuchadle”. Escuchar a Dios, prestarle atención es, al mismo tiempo, saberse escuchado por Dios y sentir que nos tiene en cuenta... Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades... Aunque hay veces que tenemos que confesar que nos horroriza el silencio y preferimos el ruido al silencio.
Si te detienes un momento, descubrirás que a lo largo de tu vida, en contacto con las personas, subiendo o bajando al «monte Tabor de la profundidad», allí donde se ve un poco más que tierra plana..., se dan situaciones de Tabor con otras personas, con Dios mismo. Dices que entras en la iglesia buscando un poco de paz y silencio y sales viendo las cosas de otra manera, transfigurado... Sales escuchando más y reconociendo mejor y aceptando lo duro de la vida... Sales más evangelizado por el Padre. Nada de la Escritura es un pasado que no pasa. Es un pasado que nos ayuda a reconocer la revelación de Dios también en nuestro presente... Calla y escucha. ¡Si aprendiéramos a escuchar! ¡Si aprendiéramos a escucharle!.
(B)
El pasaje clave en este Evangelio de la Transfiguración, son sin duda las palabras dirigidas por el Padre a los tres discípulos preferidos de Jesús: “Este es mi Hijo amado: escuchadle”. Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar. En este contexto, tampoco resulta extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y, sin embargo, solamente desde esa escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Un famoso médico psiquiatra decía en cierta ocasión: “Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros...entonces, está ya curado”. Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienzas a escuchar de verdad a Dios, estás salvado. La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas. Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que nos cuesta mucho aceptar. Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún, alguien que es la Verdad. Entonces, empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario. ¿Cómo responder hoy a esta invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo amado. Escuchadle”. Quizás, tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.
(C)
Preciosas y estremecedoras las lecturas de este domingo. Reconocido como Mesías por Pedro, Jesús habla a sus discípulos de la necesidad de la pasión. Es un discurso difícil siempre el tema de la cruz y de la pasión. Los discípulos no entienden bien. No parece que haya mucha dificultad en aceptar a Jesús como Mesías. Donde reside el problema es en aceptar que el Mesías tenga que pasar por la cruz. En la cruz es donde se juega lo esencial de la aceptación de Jesús. Ante esta situación, Jesús siente la necesidad de hacer ver a los discípulos más íntimos cuál es su identidad verdadera. Por unos instantes, quedan cautivados del resplandor que les envuelve. En nuestra existencia humana, nos decimos en los momentos de alegría y euforia: “Si no fuera por estos ratos...” “Vamos a disfrutar ahora, que lo malo ya vendrá...” Tenemos todos pequeños “tabores” o momentos en los que la vida se carga de sentido y el resplandor de unos momentos fugaces nos sirve para vivir la cotidianidad prosaica de la vida. La concentración de la luz dura poco en el tiempo, pero perdura a lo largo de los días. Se hace referencia que nos impulsa hacia delante. Ser compañeros de otros peregrinos por la vida, nos trae sorpresas. Un día inesperado nos sorprende un gesto de bondad que no esperábamos en una determinada persona. Lo mejor que el otro lleva dentro sale y nos deslumbra. La luz percibida cambia todos nuestros esquemas y se entabla una nueva relación. Otras personas han sido sorpresa para nosotros y nosotros hemos sigo alguna vez sorpresa para gente que quizás nunca nos lo dijo. Si analizas tu relación con Dios, verás que de vez en cuando se te conceden pequeños “tabores”. Ser compañeros de Jesús nos trae sorpresas: un día nos maravilla y se nos llena el corazón de ganas de estar con Él, de permanecer con Él. Descubrimos que es un compañero que vale la pena. Lo que hace que los íntimos de Jesús quieran hacer tres tiendas y quedarse en el Tabor no es lo que tienen que decir a Jesús, ni lo que Jesús les cuenta. Es simplemente las ganas de contemplar. Callar y contemplar. Nunca el otro es tan grande como cuando nos sorprende y nos deja “mudos”; entonces comprendemos que no sabemos todo sobre él y que necesitamos contemplar mucho para descubrir lo que es invisible a primera vista. Hermanos, quizás hoy tenemos mucha necesidad de creyentes que, de tanto acompañar a Jesús, hayan tenido momentos de Tabor y nos quieran comunicar lo que vieron y sintieron. Hay revelaciones y experiencias de Dios que sólo vamos a conseguir caminando muchos días y muchas noches con Jesús, subiendo donde Él sube, recorriendo los caminos que Él recorre. Permanecer con Jesús es obligarse a escucharle. Hay que atravesar mucho espesor de superficialidad para llegar donde está la luz que cautiva. Algunos llaman a esto desierto, otros fidelidad y otros nombres posibles... Pero el Tabor nos remite a una manera de existencia en contemplación, aunque todavía no nos sea dada ni nos sea posible. Estoy seguro de que Dios tiene reservados para nosotros momentos de luz, encuentros reanimadores de fuerzas. Que el Señor os llene de su luz.
Oración de los fieles
(A)
Jesús nos enseña a orar con su mismo ejemplo. Oremos con Él y como Él al Padre.
Para que escuchemos siempre la Palabra de Jesús y nos dejemos transformar por ella. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que descubramos a Cristo en los demás, especialmente en los más necesitados. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que la Iglesia se renueve y se transforme continuamente. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que todas las personas pongamos nuestro esfuerzo en la transformación del mundo. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Oremos: Ayúdanos, Señor, a ser siempre testigos de tu Pasión y de tu Gloria, de tu Cruz y de tu Resurrección y que para ello nos dejemos renovar por la fuerza de tu Espíritu.
(B)
Oremos confiadamente a Dios, nuestro Padre, que es generoso y misericordioso con nosotros.
Por las personas que trabajan en la transformación del mundo, para que con el esfuerzo y colaboración de todos, se consiga un mundo más justo, más solidario y fraternal. ROGUEMOS AL SEÑOR. Por la Iglesia, para que se renueve y se transforme continuamente y así pueda iluminar la vida de los hombres. ROGUEMOS AL SEÑOR. Por todos los cristianos, para que sepamos descubrir a Cristo, transfigurado en los pobres, en los enfermos, en los que sufren. ROGUEMOS AL SEÑOR. Por nosotros mismos, para que nos esforcemos en nuestra vida por caminar tras los pasos de Jesús. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Oremos: Escúchanos, Señor, y ayúdanos, para que como discípulos tuyos sigamos siempre tus pasos.
(C)
Jesús nos enseña a orar con su mismo ejemplo. Oremos con Él y como Él al Padre.
Para que escuchemos siempre la Palabra de Jesús y nos dejemos transformar por ella. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que descubramos a Cristo en los demás, especialmente en los más necesitados. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que la Iglesia se renueve y se transforme continuamente. ROGUEMOS AL SEÑOR. Para que todas las personas pongamos nuestro esfuerzo en la transformación del mundo. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Oremos: Ayúdanos, Señor, a ser siempre testigos de tu Pasión y de tu Gloria, de tu Cruz y de tu Resurrección y que para ello nos dejemos renovar por la fuerza de tu Espíritu.
(D)
Dirigimos nuestras súplicas y presentamos nuestros deseos a Dios, nuestro Padre, como también Jesús lo hacía. Lo hacemos diciendo: TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
Para que nos sintamos y seamos solidarios con los demás, como Jesús lo fue con los hombres. TE LO PEDIMOS, SEÑOR. Para que nuestra parroquia sea, de verdad, una familia unida y solidaria. TE LO PEDIMOS, SEÑOR. Para que no nos dejemos llevar del individualismo, olvidándonos de los demás. TE LO PEDIMOS, SEÑOR. Para que, compartiendo generosamente con los demás lo que somos y lo que tenemos, venzamos la tentación de pensar sólo en nosotros. TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
Oremos: Ilumina, Señor, nuestras vidas con tu Palabra y haznos generosos y solidarios para ser verdaderos hijos tuyos.
Símbolo:
Hoy encendemos el Cirio Pascual (Avance de la Transfiguración definitiva de Cristo) Que su luz transforme nuestras oscuridades. Y un miembro de la Comunidad presenta una luz que enciende en el Cirio Pascual, mientras se dice: Señor, yo te traigo esta luz, en este domingo en el que hemos recordado la transfiguración de tu Hijo. Esta luz es el símbolo de Jesucristo. Es una luz mortecina y pequeña. Te la ofrecemos como expresión de nuestra lucha y de la lucha de toda la Iglesia por transformar el mundo. La queremos hacer según tu Hijo Jesús y a sabiendas de que la definitiva nos la regalarás Tú en tu Reino.
Prefacio…
Señor y Padre nuestro, hoy te damos gracias por el regalo de la Cuaresma. No nos dejes caer en la tentación de malgastar esta nueva oportunidad que nos brindas. Infúndenos tu Espíritu, que dé alas a la imaginación y sacuda nuestra inercia, para que empecemos a tomarnos más en serio el Evangelio. Que nuestro ayuno sea un no rotundo al consumismo y un sí de corazón a la solidaridad con los pobres de este mundo. Que nuestras privaciones sirvan de ayuda a los más necesitados y de alivio a los que sufren. Que las procesiones no desfilen sólo por las calles, sino que vayan por dentro y acaben con el egoísmo, el etnocentrismo y la indiferencia. Queremos estar siempre contigo, siempre en contacto, siempre en oración, para escucharte en todo momento y en todo instante decirte que cuentes con nosotros. Hoy comenzamos. Por eso, con los ángeles, los santos y con toda persona de buena voluntad, te alabamos cantando:
Santo, Santo, Santo...
Padre nuestro
El Padre del cielo nos quiere elevar a lo alto de la montaña, al lugar donde llegan los esforzados que han seguido fielmente a Jesús. Que Él nos dé fuerzas para volver a los hermanos y anunciarles con nuestra vida que Dios nos quiere a todos como hijos. Padre nuestro...
Nos damos la paz
Vamos a pedir al Señor que nos dé ánimos para arriesgar nuestras vidas y así conseguir que haya más paz en la tierra, y que un día podamos conseguir la verdadera Paz en ese mundo que Dios nos tiene preparado a todos sus hijos.
Compartimos el pan
Jesús quiere vernos reunidos junto a Él, por eso no invita a su mesa. Dichosos los invitados a la mesa...
Bendición final:
Con la luz de tu palabra y la fuerza de tu Cuerpo y de tu Sangre queremos hacer un mundo nuevo y una historia distinta. Un mundo solidario, sin discriminaciones, un mundo limpio y cálido, donde todos disfrutemos de ser hermanos. “Bajamos” ahora de la montaña de nuestra celebración y somos enviados a la vida de cada día, para hacer realidad estos deseos. Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros. Amén. |
