Cuestiones pastorales

 

¿No sería mejor que se bautizara de mayor?

 

Cualquier padre, cualquier madre, desea darle a hijo o hija

todo lo que pueda hacerle verdaderamente feliz, y en ese

sentido intenta guiarlo ya desde pequeño. Es lo más normal.

Pues si eso es así, ¿por qué no introducirlo ya desde pequeño

en el camino cristiano? Si los padres son cristianos, y se

sienten felices siéndolo, y creen que es algo que merece la pena,

¿por qué no hacer que desde pequeño el niño comience a entrar en ese mismo camino?

¿Y por qué no hacer que entre del modo más pleno, celebrando el sacramento que lo llena del amor de Dios y lo une a Jesús?

Los padres, al bautizar a su hijo, no lo comprometen a él: se comprometen a sí mismos a ayudarlo a crecer como cristiano, además de como persona. Cuando el niño vaya creciendo, irá aprendiendo a vivir lo que eso significa, y a partir de ahí encaminará libremente su vida. Pero ahora, ¿no es ese el mejor regalo que los padres pueden hacerle?

Lo que sí no tiene mucho sentido es esperar a que el niño tenga tres o cuatro años para bautizarlo: si realmente queremos que el niño entre en la comunidad cristiana, y queremos ayudarle en ese camino, hagámoslo pronto, durante el primer año de su vida. Si no, mejor será esperar a que sea mayor.

 

 

¿Por qué no me pedisteis permiso para bautizarme?

 

Hay preguntas que te llegan de repente y te dejan sin salida… sin palabras.

Muchos jóvenes formulan preguntas a los adultos porque es la forma mejor de criticar sus contradicciones. Si tu hijo siente necesidad de preguntarte es porque no ha visto en tu vida una respuesta convincente. Quizás, con preguntas como éstas, lo que se nos está diciendo es que les hemos metido en un «lío» del que ni nosotros mismos estamos convencidos; en un «lío» que nosotros mismos ni nos creemos ni lo practicamos ni tenemos razones válidas de por qué somos lo que somos...

Me pregunto una cosa: cuando se formulan preguntas como la que ahora nos ocupa, ¿no será porque no han vivido en la familia las exigencias del bautismo con la misma naturalidad con que han vivido la necesidad de comer, de jugar, de ir al 'cole'...? Quizás la 'protesta' surge cuando se dice una cosa y después se vive otra...

No se trata de juzgar ni de culpabilizar a nadie. Pero sí de invitar a hacerse preguntas. Una que brota espontáneamente es la siguiente: ¿En qué se nota que estamos bautizados y vivimos el bautismo recibido? Cada familia, cada persona tiene que dar su respuesta. El trato con Dios no es algo standard. A Dios se le trata de persona a persona. Eso es lo grande. Y eso es lo difícil. Dígame qué es lo que tengo que hacer. Te lo diré, pero casi seguro que no entenderás nada: Trata a Dios y trata con Dios de manera personal, de manera familiar y deja que esto se vea. ¿Tratas a todos los hijos de igual manera? ¡No!, que los estropeas, que los haces a todos iguales, y cada uno tiene su personalidad propia. No se hacen hijos en serie. Cada uno es fruto de un amor responsable. Trata a Dios de manera personal y pondrás en práctica tu bautismo. ¡Ah!, Y que se vea, que lo vean ellos. Será una delicia.

El bautismo está cargado de consecuencias que influyen y cambian la vida. Eso es lo importante hoy: No podemos vivir como los que no conocen a Dios. .

 

 

¿Y los padrinos?

 

Al principio de la Iglesia, cuando muchos se bautizaban siendo ya adultos, la comunidad cristiana encargaba a uno de sus miembros para que cuidase de que el que se quería bautizar se preparase bien para el bautismo y para la vida cristiana. Ese miembro de la comunidad se llamaba padrino, y se llamaba así porque era como un segundo padre.

Ahora, cuando bautizamos a un niño pequeño, los que se comprometen a ayudarle a ser cristiano son en primer lugar sus padres. Pero aun así, los padrinos siguen ejerciendo una función. Y es la de acompañar a los padres en el momento del bautizo, y colaborar con ellos luego para ayudar a su ahijado a ser un buen cristiano.

Para significar que los padres son los primeros responsables del niño, ahora, a diferencia de antes, no son los padrinos los que lo sostienen en el momento de bautizarlo, sino que lo hacen el padre o la madre. Pero los padrinos están a su lado, y son los que, hacia el final de la celebración, encienden el cirio tomando la luz del cirio pascual (y habrá que explicarles que no lo tienen que encender antes, ni tampoco de un encendedor: el celebrante ya les avisará cuando tienen que hacerlo...).

Y a partir del día del bautizo, además de obsequiar a su ahijado

de distintas maneras según las costumbres de cada lugar, es muy importante que ejerzan su verdadera función de ayudar al crecimiento de la fe del niño, con su ejemplo, rezando con él alguna vez, haciéndole algún regalo que tenga relación con la fe (algún librito, imagen...).

Bueno será que los padres escojan a los padrinos teniendo en cuenta esa función de ayudar en el camino de la fe.

 

¿Qué significan, las palabras "bautismo", "bautizo", "bautizar"?

 

Son palabras que vienen todas del verbo griego "bápto", que

significa "sumergir". Y es que al principio, el bautismo se celebraba siempre sumergiendo al que se bautizaba en el agua de una gran pila bautismal, que era como una piscina. Así se vivía más sensiblemente lo que el bautismo significa: sumergirse, como ahogarse, y salir luego afuera, nacer de nuevo. Como Jesús, que vivió la oscuridad de la muerte y renació a la vida nueva de la resurrección.

Y por eso, además, al principio, todos los bautismos se celebraban en la noche de Pascua: porque en la noche de Pascua celebramos que Jesús vence a la muerte y comienza la vida nueva de la resurrección.

Lástima que, con el tiempo, lo de sumergirse en el agua se considerase como algo demasiado complicado y el bautismo se redujera, en la mayoría de los casos, a echar una poca agua en la cabeza del niño.

 

De muchas maneras podemos ayudar al niño a crecer como cristiano. Por ejemplo:

 

* La fe y la vida de los padres. Bautizar a un hijo o a una hija puede ser una gran ocasión. Una gran ocasión para decir: tomémonos más en serio nuestra fe. Y buscar algunos momentos de oración, y participar en la misa de los domingos... Y preguntarse también si en nuestra vida de cada día hay amor de verdad: en la pareja, con la demás gente... Lo que el niño vea en sus padres, a medida que vaya creciendo, será decisivo.

 

* Tener signos cristianos en casa. Cuando el niño o niña empiece a abrir los ojos a la vida, será muy importante que vea, como algo que forma parte de la casa, algún signo cristiano: una cruz, una imagen, un póster... el belén en Navidad... Esos signos, además, darán pie, cuando pregunte, a explicarle las principales cosas de la fe.

 

* Enseñarle a rezar. Desde muy pequeño. Aunque a veces quizá no entienda lo que dice. Y hacerlo tanto el padre como la madre. Y rezar algunas veces toda la familia. Y entrar con él algún día en la iglesia, y más adelante llevarlo a participar de la misa, y explicarle de modo sencillo lo que eso significa.

 

* Enseñarle actitudes cristianas. Que las vea en los padres, pero ayudarle también a vivirlas. Por ejemplo, a compartir juguetes, o a llevarles algunos a los que no tienen. O que venga él también el día en que una vecina está enferma y hay que echarle una mano...

 

* Celebrar el aniversario del bautismo. El aniversario del nacimiento, el cumpleaños, se celebra mucho, y cada vez con mayor aparatosidad. Bueno sería celebrar también, sencillamente, el del bautismo, para recordar la importancia que tiene el ser cristiano.

 

* Y, a medida que crezca, irlo incorporando a la vida de la comunidad cristiana. El bautismo es el inicio del camino cristiano, la puerta por la que se entra en la comunidad, el primer sacramento de la iniciación cristiana. Después vendrán los otros sacramentos que completan esa iniciación: la confirmación y la eucaristía. Por eso, un día ese niño comenzará a prepararse para la primera comunión, para participar por primera vez de la eucaristía. Y luego para la confirmación. Los padres le ayudarán a vivir lo que esos sacramentos significan, y evitarán que se conviertan en un puro acto social. Y así, el niño irá dirigiendo sus pasos para ser, como sus padres, un cristiano adulto.

 

 

EL BAUTISMO DE NIÑOS

 

La Iglesia bautiza a los niños "en la fe de la misma Iglesia, proclamada por los padres, padrinos y demás presentes" (Ritual, 8). Pero, a la vez, exige "que los niños sean educados después en la fe en que han sido bautizados" (ib. 9). Se aconseja que se acentúe el sentido comunitario, agrupando a los niños que van a recibir el bautismo y evitando en lo posible los bautismos individuales.

Actualmente hay en muchos católicos la tendencia a retrasar el bautismo de sus hijos, a veces por falsas concepciones (que lo hagan cuando sean mayores y ellos puedan decidir por sí mismos, o a los 30 años como Cristo). El bautismo es un derecho de los niños; bautizarlos no limita su libertad, como tampoco educarlos o proporcionarles el alimento necesario para la vida.

Teológicamente el bautismo tanto de los niños como de los adultos es don gratuito de Dios. Todo cristiano recibe gratuitamente el don de la gracia y la fe. La fe es comunitaria, eclesial. La fe de la Iglesia, madre que engendra espiritualmente a sus hijos, es la justificación del bautismo de niños. El niño recibe el bautismo como recibe todo lo demás: en dependencia de los adultos. No son bautizados por su fe personal, sino porque nosotros nos comprometemos a transmitirles nuestra fe. Es toda su vida, también su vida cristiana, la que se pone en manos de los padres para que la protejan y desarrollen como si de una pequeña plantita se tratara. Del bautismo se dice que es "germen" de vida divina en nosotros, germen que hay que desarrollar hasta hacer de él un cristiano adulto, responsable. Cuando los niños crezcan tiene que operarse en ellos una conversión personal, una adhesión a la fe que recibieron. Por eso, hasta el mismo nombre que se elige tiene su importancia. Muchos eligen nombres impuestos por la moda; no, se deben poner nombres con sentido cristiano (c. 855).

Sin embargo, el peligro principal de hoy es la falta de coherencia entre fe y vida en muchos cristianos que no garantizan los compromisos que asumen en el bautismo de sus hijos y ahijados. Hay el peligro de administrar el bautismo como "mercancía barata" y fabricar en serie "futuros paganos", no "hombres nuevos en Cristo". Si en los padres y padrinos no se dan las condiciones mínimas de educar la fe de los niños, es mejor retrasar el bautismo.

 

 

EL MINISTRO DEL BAUTISMO

 

Los ministros ordinarios son el obispo, el sacerdote y el diácono.

A los obispos se les encomienda sobre todo el bautismo de los adultos y el cuidado de su preparación. Los sacerdotes colaboran con el obispo, instruyen a los adultos que han de bautizarse y preparan a los padres y padrinos de los que se van a bautizar. Para ello se pueden servir de la colaboración de catequistas y laicos idóneos.

En caso de emergencia, cualquier fiel puede y debe administrar el bautismo con agua natural. Hace la profesión de fe y dice: "N., yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Luego rezan el padrenuestro. En lugares apartados donde no hay sacerdote ni diácono, el obispo puede autorizar a algún catequista que haga los bautismos con un rito apropiado (c. 861).

 

LOS PADRES y PADRINOS

 

Todos los sacramentos exigen antes de celebrarse una evangelización y una catequesis adecuada. Antes del Concilio Vaticano II se suponía esta fe en todos y no se tenía una preparación especial. Hoy las circunstancias han cambiado y se pide una catequesis de preparación de cada sacramento. No se concreta el modo y duración de esta catequesis, pero sí los objetivos: debe acentuar el sentido de la fe vivida y celebrada, el carácter comunitario de los sacramentos, la lucha contra el pecado personal y social, y el sentido y ritos propios de cada sacramento.

En relación con este sacramento, la catequesis deberá ser prebautismal (para padres y padrinos -c. 851 , 2-) Y postbautismal para los niños pequeños, catequesis de seguimiento y preparación a los demás sacramentos (confirmación y eucaristía) y, por último, catequesis de adultos. El proceso catequético dura toda la vida. Los principales responsables de la primera educación cristiana del niño son sus padres; ellos son los que piden el bautismo del niño, al menos uno de ellos o el que tiene la responsabilidad sobre el niño (c. 868).

Actualmente hay quien es partidario de establecer un catecumenado que implique a los niños en edad catequética, a sus padres y padrinos en una preparación más larga de tipo doctrinal, pastoral y litúrgico con los ritos previstos para el "Catecumenado de adultos". Este proceso tiene en cuenta la integración progresiva en la comunidad eclesial y prevé celebrar unidos los tres sacramentos de la iniciación cristiana.

Un aspecto importante es la elección de los padrinos. Es un valor

comunitario que también ha degenerado. Debe haber un padrino, al menos, tanto en el bautismo de niños como de adultos. Lo importante de los padrinos no es que sean ricos, sino que sean buenos cristianos (que sean católicos, hayan recibido los tres sacramentos de la iniciación cristiana, lleven una vida acorde con la responsabilidad que asumen y garanticen con su ejemplo la educación cristiana del ahijado -c. 874-). No son ellos los protagonistas del bautismo y no se debe retrasar éste porque no estén presentes o pedir un bautismo individual y urgente porque tienen que viajar. El protagonista del bautismo es el niño y con él sus padres. Los padrinos pueden serlo aunque estén ausentes. Basta el acuerdo con los padres y otros pueden representarlos en la ceremonia.

Finalmente es importante, en la educación cristiana de los niños, el papel que desempeña la comunidad cristiana. Con su ejemplo y su servicio catequético es un signo de comunión y ayuda al desarrollo de la fe del niño.

 

TIEMPO DEL BAUTISMO

 

Fuera de casos de emergencia, la Iglesia pide que el niño se bautice en las primeras semanas de vida, a no ser que el obispo disponga otro plazo mayor (Ritual, 44). Se han de hacer, en cuanto sea posible, celebraciones comunitarias. Y cada parroquia debe establecer un calendario de "días de bautismo" (ib. 45).

Los días propios por excelencia para los bautismos son la Vigilia Pascual y los domingos (c. 856), días en que la Iglesia conmemora la Resurrección del Señor. También los sábados por la tarde como comienzo litúrgico del domingo.

Se pueden hacer dentro de la misa, en presencia de la comunidad, pero no es prudente hacerlo con demasiada frecuencia. No es conveniente celebrar los bautismos en Cuaresma, por ser tiempo de preparación al bautismo de los catecúmenos y de renovación bautismal de los fieles. Otro momento oportuno es con ocasión de la visita del obispo diocesano (ib. 46-48).

 

LUGAR DEL BAUTISMO

 

Normalmente debe celebrarse en el templo parroquial que debe tener su fuente bautismal. El obispo puede autorizar que haya fuente bautismal en otra iglesia de la misma parroquia (c. 858, 2), Y lo normal es que sea el párroco quien lo presida. No se deben celebrar los bautismos en las casas particulares ni en las clínicas (a no ser que el obispo lo haya autorizado por razones serias, pero preparando a los padres previamente y comunicándolo al párroco) (Ritual, 49-52).

El lugar propio es el baptisterio, que solía estar a la entrada de las iglesias, porque simbolizaba la entrada del neófito en la comunidad.

En muchas iglesias modernas las dimensiones reducidas del baptisterio y su ubicación generan dificultades prácticas, sobre todo en el caso de los bautismos comunitarios o en las celebraciones dentro de la misa dominical.

En muchos lugares celebran el rito completo en el presbiterio, utilizando en el momento del bautismo un recipiente móvil (a veces poco digno) en lugar de desplazarse hasta la pila bautismal. Entonces se gana funcionalidad, pero se pierde el valor simbólico del signo. Si la iglesia tiene baptisterio y pila bautismal (que es lo que corresponde a todas las iglesias parroquiales), ése debe ser el lugar del bautismo.

Pero si se cree más conveniente bautizar en el presbiterio, entonces hay que dignificar al máximo el recipiente utilizado y la expresividad del rito.

 

Cuadro de texto: El Bautismo de 
nuestro hijo