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Antes del banquete presentémonos
MAS QUE "INVITADOS': SOMOS..."ACTORES"
Hasta el Concilio Vaticano II al sacerdote se le llamaba "celebrante" y a los fieles "asistentes". Después de su reforma litúrgica se llama" celebrantes" a todos cuantos participan en la Eucaristía, aunque existan distintos" ministerios" entre ellos. Como si se tratara de una voz en "off", los iré presentando:
- Este es el "sacerdote", representa a Cristo-Cabeza de la Iglesia. Preside y realiza aquello que le compete en exclusiva; puede suplir en aquello que sea propio de quien no esté. - Este es el "diácono". Lo suyo es llevar y proclamar el Evangelio. - Este el "monitor". Anima la celebración con sus moniciones, marca el ritmo de la celebración y puede dirigir los cantos del público. - Estos son los "lectores". Leen la Palabra de Dios a toda la asamblea. - Este, el "salmista", encargado de recitar o cantar el Salmo responsorial. - Estos, los "acólitos", que ayudan al sacerdote para cosas puntuales. - Estos, los "portadores de las ofrendas", para el Ofertorio. - Ese es nuestro "Coro", para animar la música y el canto. - Una o más personas realizan también "las colectas". - y por fin, los "fieles"; nombre que recibimos todos los bautizados que no sólo asistimos, sino que intervenimos continuamente en la Celebración Eucarística, aunque no ejerzamos ningún ministerio particular. No somos, mejor, no debemos ser "asistentes", sino "concelebrantes".
TODOS PARTICIPAMOS; NO TODOS INTERVENIMOS
Distingamos muy bien entre lo que es "participar" e "intervenir". La "participación" nos corresponde a todos y ha de ser plena; esto es, poniendo en ella alma, vida y corazón. A mantener esta atención nos ayudan quienes "intervienen o intervenimos" en cada momento puntual leyendo, cantando, respondiendo, levantándonos, sentándonos, etc. Aquí es donde más interés hay que poner: en conseguir una participación plenamente consciente y activa, tanto del grupo, como de cada individuo. A esta participación se oponen frontal mente actitudes tales como:
- Acaparar ministerios en lugar de repartirlos, sobre todo por parte del sacerdote. - Ausencia de un "monitor" que integre a los fieles en plegarias, ritos, cantos, posturas y gestos. - El desequilibrio entre lo que se "hace" (leer, hablar, cantar, ofrecer, sentarse o levantarse) y lo que se "calla y contempla". - Hacer, decir o cantar siempre lo mismo y del mismo modo. - La excesiva dispersión o lejanía física de los fieles, tanto respecto del altar, como los unos de los otros. - Cierto abuso del tiempo, sobre todo al hablar, y la falta de un cierto ritmo, que hacen la celebración interminable y cansina. - Monopolizar todo el canto desde el coro...
Pero, cuidado, no porque intervengan muchos participamos mejor. La participación es algo muy personal. Es meterse uno mismo en la celebración. Es sentirse realmente ante el Señor y los hermanos. Es vivir en cada momento el misterio global que estamos celebrando, lo que alguien en nombre de todos está haciendo, junto con la resonancia que todo ello produce en mí gracias a mi plena participación hecha de escuchas, respuestas, cantos, silencios, posturas y gestos.
RECORDEMOS ALGO SOBRE LOS LUGARES, ORNAMENTOS Y OBJETOS
Cuando estamos o vamos de visita hacemos lo mismo. Hay que aprender o recordar dónde está cada lugar en esa casa; qué valor afectivo o real tiene esto o qué función tiene lo otro; qué significado dar a tales o cuales gestos o cómo sintonizar con todos. Y todo, no por cuestión de protocolo o etiqueta, sino para que el fin de la reunión se logre más plenamente, y hasta para resultarnos más gratos los unos a los otros. ¿Por qué no pensar esto cuando llegamos al Templo? En toda Celebración Eucarística destacan en primer lugar unos...
LUGARES:
a. El Altar:
Simboliza a Cristo, sacerdote, víctima y Altar del sacrificio incruento que vamos a presenciar. Por eso ha de ser único como único es el Señor. Equivale a una mesa, la mesa donde vamos a celebrar este misterioso Banquete. Está situado en el centro del presbiterio, es fijo, y por lo que representa ha de ser venerado al máximo, tanto dentro como fuera de la celebración. Por ello, el sacerdote lo besa al comenzar y terminar la Misa. Y cuando se utiliza el incienso, también lo inciensa. Encima no han de ponerse sino únicamente los vasos sagrados con el pan y el vino para la Eucaristía. Bien visibles, sin taparlos. ¡Lástima que a veces se le utilice como revuelta mesa de trabajo, estantería de libros y objetos de culto, peana de floreros y hasta como muro donde pegar carteles!
b. El Ambón:
Si el altar era la "Mesa de la Eucaristía", éste es "Mesa de la Palabra". Cierto que para proclamar ésta puede bastar con un simple atril, pero cualquiera tiene que admitir que la dignidad de la Palabra exige mucho más. Hacia él debemos dirigir la mirada cuando se nos proclame o se nos explique aquélla. Es absurda la costumbre de algunos fieles que creen ser más devoto escuchar al sacerdote o lector mirando fijamente hacia el Sagrario o con los ojos recogidos fervorosamente. No olvidemos que el Ambón es un "lugar", no un "mueble". Y que sobre él sólo pueden colocarse el Leccionario o el Evangeliario. Por eso va contra su dignidad el convertirlo en armario donde guardar hojas y libritos, o donde colgar rosarios.
c. La Sede:
La sede no es sólo el lugar donde en ocasiones se sienta el sacerdote o celebrante principal, tiene también un hondo simbolismo. Desde ella es Cristo mismo quien preside la asamblea en la persona del ministro que lo representa. Por eso mismo ha de destacar en dignidad del resto de los asientos. Y nunca debe estar colocada delante del altar para que un símbolo no oculte a otro. La sede es única, no triple como a veces aparenta. Única porque uno es el Señor del que es icono quien preside. Es el lugar propio del que enseña, del que tiene autoridad. Por eso las primitivas comunidades cristianas representaban siempre sentado a Cristo. En ella debe comenzar siempre cada Celebración Eucarística que se celebre con pueblo, sin distinción entre domingos y días ordinarios, misas rezadas o solemnes. Desde ella escucha quien preside las lecturas de la Palabra, puede predicar la homilía, recitar el Credo y dirigir la Oración Universal.
LOS ORNAMENTOS
Venimos repitiendo que, dentro de la celebración de la Eucaristía, el sacerdote representa a Cristo, de ahí que, tanto su comportamiento como su modo de vestir deba recordárnoslo. He aquí el porqué de que se vista de un modo especial.
a) El "alba" es una túnica blanca que le cubre por completo y que simboliza el vestido bautismal. b) La "estola" es una franja alargada de tela que le cuelga por igual sobre los hombros y que es el símbolo de la función sacerdotal. c) La "casulla" es un largo manto más corto que el alba que le cubre por completo, del mismo color que la estola. Los colores, tienen también su significado propio, de acuerdo con el misterio o santo recordado:
. “El blanco” recuerda la luz, la gloria, el triunfo y la alegría. Se usa, sobre todo en los tiempos de Navidad, Pascua, memoria de muchos santos y fiestas comunes.
. El “rojo” es el color del amor y de la sangre. Se utiliza por lo mismo el Domingo de Ramos, Viernes Santo, Pentecostés y memoria de los mártires.
. “El verde” es el color de la esperanza y el crecimiento. Es propio del tiempo ordinario.
. “El morado” color de la penitencia, de la conversión y del dolor. De ahí que sea el color de Adviento y Cuaresma, así como de las misas por los difuntos y celebraciones penitenciales.
. “El azul” un color que la liturgia permite utilizar en España en la fiesta de la Inmaculada Concepción.
LOS LIBROS Y VASOS SAGRADOS
He aquí los principales:
a) El "leccionario". Un grueso libro que contiene las lecturas de la Palabra que ha de leer el lector en cada Eucaristía.
b) El "Misal". Es el libro en que el sacerdote encuentra todas las oraciones e indicaciones o rúbricas que la liturgia propone en cada celebración.
c) la "patena" y el "copón" son dos recipientes de materia lo más digna posible, dispuestos para contener las hostias antes y después de la Consagración.
d) y el "cáliz", por fin, es una copa de un material semejante al anterior, que antes de la Consagración contiene el vino y, a partir de ella, la Sangre del Señor.
Celebrar la Eucaristía requiere, por fin un SABER ESTAR
SABER "REUNIRNOS EN FAMILIA"
La celebración eucarística es antes que nada "reunión" de la familia de los hijos de Dios dispersos por el pecado; "asamblea litúrgica" que celebra los misterios del Señor, a la vez que mesa en la que se alimenta con el pan de su Palabra y de su Cuerpo. Ahora bien, este "reunirnos constituyendo una comunidad orante" no es empresa fácil: Es algo más, mucho más que "orar los unos por los otros". Es algo más, mucho más que orar "los unos junto a los otros". Como diría San Ignacio de Antioquía, ora en común la comunidad cuyos miembros pasan a ser como cuerdas de una lira que, con el impulso del Espíritu, y bajo los dedos del sacerdote u obispo que preside, entonen todos ellos una melodía única. Sólo diluyendo mi fe, mis intenciones, mis gustos y preferencias personales, mis cantos y mis silencios, mi sentarme y levantarme en el ritmo de la comunidad; sólo aportando lo mejor de mí mismo y asumiendo como mío lo mejor de los demás; sólo sintiendo la pena y la alegría ajenas como sé que sienten los demás las mías; sólo de este modo puede uno orar al unísono; esto es, en familia, en asamblea, en comunidad eso de: "te alabamos..., te bendecimos..., te adoramos..., te damos gracias Señor, Dios del universo". Sólo así puede uno rezar de verdad el "Padre... ¡nuestro!" Sólo de este modo será la asamblea litúrgica, y toda ella, la que ore, aclame y dé gracias.
a. Este "reunirse" es una gracia...
¡Claro que no es empresa fácil conseguir esta unión de corazones! Andamos demasiado dispersos. Vamos cada uno demasiado "a lo nuestro". Reproducimos con demasiada frecuencia la escena de aquel fariseo que subió al templo a orar. Debe animarnos, sin embargo, el considerar que esta reunificación es "gracia", a la vez que "tarea". Es "gracia", porque el pegamento que nos ha de aglutinar es el mismo Señor. Él es quien convoca, primero, para enviarnos, después. Él y nadie como Él ha de ser quien nos ensamble y cohesione. De ahí que lo primero que tenemos que hacer, apenas nos congreguemos físicamente ante el altar, sea el sentir su presencia muy en medio de nosotros. "Donde dos o más se junten en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). Solemos poner no poco empeño en dar vida a nuestras Eucaristías repartiendo papeles, ensayando cantos, modificando rúbricas... ¡Y olvidamos que la verdadera fuerza centrípeta y el auténtico animador es Él!
Sintámosle muy como codo a codo con nosotros. Para ello, no olvidemos sus "disfraces preferidos" dentro de la asamblea litúrgica:
a) Cristo se nos hace presente, primero, en la imagen de la propia asamblea como la expresión más fiel que es de su misma Iglesia.
b) Cristo se nos hace presente, luego, en la figura del sacerdote. De ahí su peculiar modo de vestir. De ahí que cuando ore lo haga en nombre de todos. De ahí que se dirija a la comunidad, no como uno de tantos: "démonos la paz", "vayamos en paz”, sino en nombre del mismo Señor: “daos fraternalmente la paz", "podéis ir en paz”.
c) Cristo se nos hace presente, por fin, en la Palabra proclamada o escuchada, y, sobre todo, en el Pan y en el Vino de la Eucaristía.
b) Pero saber reunirse es también una tarea:
Evidente que mucho depende de nosotros a la hora de celebrar en común los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Primero, reviviendo nuestra convicción de que en esto consiste ciertamente orar en Iglesia; de que ésta es la oración agradable al Señor. Hemos de superar todo individualismo; hemos de sobreponernos a la inercia de la costumbre, a la desgana, a la mera pasividad; hemos de meternos, en fin, en ese movimiento de vaivén por el cual habrá momentos en los que yo me deje llevar por los demás, mientras otros seré yo quien también arrastre con mi entusiasmo al responder, cantar o, simplemente, con mi saber estar junto a los demás.
Citemos, a modo de ejemplo, algunas actitudes creadoras de comunidad:
- Crea comunidad el simple hecho de llegar puntualmente a la iglesia.
- Crea comunidad el ponernos lo más cerca del altar y lo más cercanos los unos de los otros. Más que un banquete familiar, nuestras Eucaristías parecen a veces un restaurante de carretera, donde cada cual se sienta lo más lejos posible del otro.
- Crea comunidad el expresar de algún modo (con un gesto sencillo, con una palabra amable, con una sonrisa) la acogida que hacemos al de al lado; aunque sea un desconocido, es un hermano con quien vas a compartir tu propia fe. ¿No nos saludamos, acaso, al entrar en el ascensor, salas de espera, etc.? ¡Lástima de aquellas tertulias de los pórticos de nuestras iglesias rurales!
- Crea comunidad el responder, cantar, sentarse, levantarse y, sobre todo, desearse la paz, con prontitud y ganas.
- Crea comunidad el brindarse a leer, cantar, etc., si uno juzga que tiene cualidades. Y más, si a uno le invitan a hacerlo.
SABER “CALLAR” Y SABER “HABLAR”
a) Los silencios: Son algo mucho más importante de lo que pensamos dentro de nuestras celebraciones eucarísticas. Zarandeados a diario por ruidos y prisas, parece que le tengamos pánico al silencio. Tanto, que raramente le permitimos aflorar un poquito ya que, como si de un insecto inoportuno se tratase, rápido lo suprimimos con más comentarios, más canto, más música y hasta más y más oraciones "personales".
Con esta conducta, olvidamos cosas muy primarias:
- Que también la oración litúrgica es... "escucha del Señor".
- Que la página necesita de blancos para poder leer el negro de su letra.
- Que sin silencio es imposible todo proceso de asimilación personal.
Nuestra liturgia, no sólo permite, sino que anima y urge para que salpiquemos nuestras celebraciones de los distintos tipos de silencios fecundos que la enriquecen:
- Silencios que predisponen a la escucha: Después de invitar a orar. - Silencios que recogen. Para dolerse uno de los propios pecados. - Silencios que predisponen a reflexión: Después de cada lectura. - Silencios que relajan: Presenciando la procesión de ofrendas. - Silencios que crean intimidad y gratitud: Después de la Comunión. - Silencios "punto y aparte": Entre las distintas partes de la Eucaristía. ¡Cuidado! No se trata de alargar por alargar nuestras reuniones. Tratamos de recuperar para la Eucaristía ese coeficiente de actitud contemplativa que ha de tener siempre la cercanía del Señor. Se trata de no transplantar las prisas de fuera a la paz de los templos. Se trata de darnos tiempo para que pueda desarrollarse medianamente en nuestro interior ese proceso de oír-escuchar-comprender-amar y comprometernos. Se trata de suplir tanta palabra y gesto, por el eficacísimo lenguaje del silencio. Por eso, porque recordamos la frase de san Juan de la Cruz: "Que el lenguaje que Él más oye sólo es el callado amor".
b) El hablar "a una sola voz":
Pero también hay momentos en los que debemos hablar. Hay dentro de nuestras celebraciones eucarísticas unas oraciones preciosas que debemos recitar al unísono, en iglesia. Son, sobre todo, ese "Gloria", una de las plegarias más antiguas de nuestra liturgia, ese "Credo", como profesión abierta y compartida de esa misma fe que nos une a todos; esa aclamación adoradora del "Santo"; ese mecernos entre el sentido de filiación y de fraternidad que experimentamos en cada "Padrenuestro", etc. Escuchémonos mutuamente, hagamos las mismas pausas, acomodémonos a un mismo ritmo. Hacerlo al unísono es reproducir la atmósfera de aquellas primitivas comunidades cristianas en las que todos tenían un solo corazón y una sola alma.
c) Cantando la Misa, no en la Misa:
Es muy importante que cantemos en nuestras Eucaristías. - Venimos de un pueblo -el Pueblo de la Biblia- que oraba cantando. - Cantando expresamos mejor todas nuestras vibraciones interiores. - Cantar es orar con cuerpo y alma. - El canto une a los orantes. - Cantamos porque, en el fondo, toda oración es fiesta. - Cantamos porque, al hacerlo, ayudamos a los demás a orar.
Sin embargo, es conveniente hacer una advertencia: Debemos cantar "la" Misa, no "en" la Misa, ni "durante" la Misa. Cantar la Misa es cantar los textos propios de la Eucaristía que celebramos. De lo contrario volveremos a lo que tanto nos costó quitar: A aquella tendencia a aprovechar la Misa para rezar rosarios, novenas, etc. Es decir, para no estar a lo que debemos estar.
EL LUGAR DONDE CELEBRO
Mediante el Bautismo Dios nos concedió el favor de ser sus amigos; también nos hizo miembros de su pueblo, al que llamamos Iglesia, la cual es, ante todo, una gran familia. También utilizamos la palabra iglesia para designar el edificio donde se reúnen los amigos de Jesús, que son los cristianos, para alimentar su fe y rezar juntos. A la iglesia puedes ir cuando quieras, para estar con Jesús. Lo harás especialmente los domingos, día en que, con la Misa, los cristianos alabamos a Dios.
Vamos a fijamos en una iglesia cualquiera, para conocer bien las partes de que consta.
1. El altar: es la mesa sobre la que se celebra la Eucaristía. Representa a Jesucristo. Ocupa el centro del espacio que llamamos presbiterio, es decir, el lugar donde están los presbíteros o sacerdotes.
2. El ambón: es el lugar desde donde se anuncia la Palabra de Dios y de Jesús. La Palabra está recogida en un libro que llamamos leccionario.
3. La sede: es el sitio desde donde el sacerdote preside la asamblea e invita a la oración.
4. La CRUZ: es el distintivo de los cristianos. En ella murió Jesús.
5. El Sagrario: lugar donde se guarda a Jesús en el Pan eucarístico. La presencia de Jesús nos la indica una pequeña luz roja.
6. La pila bautismal: una gran piedra cóncava que contiene el agua para los bautizos.
7. El confesonario: es el lugar donde pedimos perdón a Jesús, que nos lo concede por medio del sacerdote.
8. La nave: es el espacio de la casa del Señor donde viven la Misa los amigos de Jesús. Esta parte se orienta hacia la mesa santa o altar.
9. La pila de agua bendita: es un recipiente con agua bendita. Se encuentra a la entrada de la iglesia. En ella se moja un poco la mano derecha para hacer la señal de la Cruz.
10. La sacristía: es un local donde se guardan los objetos que sirven para las celebraciones. En dicho local el sacerdote y los monaguillos se ponen la ropa adecuada para la celebración
11. La puerta principal: es la gran puerta de entrada a la iglesia. Es Dios quien me llama y me invita a entrar en su casa, pues quiere estar con cada uno de los cristianos y formar con Él su pueblo
12.- El campanario: es la torre donde se encuentran las campanas que transmiten -la invitación de Dios- y recuerdan el comienzo de la oración. Hoy marcan el ritmo del día.
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