|
Si no fuera…¡ay si no fuera!
La mayoría de los curas de las Diócesis rurales ya hemos llegado a la edad del si no fuera… por esta pierna, por las rodillas, por la vista o por el oído, por la espalda o por lo que sea, ¡por los años, hombre, por los años! Pero no infaliblemente todos estos si no fuera tienen connotaciones negativas. Lo digo desde mi experiencia, pobre, pero vivida con amor, de párroco de siete parroquias rurales de la comarca leridana de Solsones, que tengo la dicha de continuar sirviendo cumplidos mis 75 años.
Bajo el epígrafe del si no fuera, quiero recoger algunos aspectos positivos: son las colaboraciones, pequeñas pero a menudo fieles e importantes, que encuentras en el momento de servir parroquias del mundo rural. Vamos allá, pues, sin orden de prioridades.
- Si no fuera…. por mi pequeño Peugeot, sólo estaría a tiempo de celebrar misa en dos o tres parroquias los fines de semana y los festivos. “Mi” territorio pastoral tiene montaña y llano, con más de 50 capillas (en algunas nunca se celebra nada), con poco más de 450 habitantes (seguramente es mayor el pelotón de puercos salvajes-jabalíes) y, para postre, con caminos más bien malos.
- Si no fuera… por otro compañero sacerdote mayor que yo, con quien compartimos misas, cada fin de semana tendría que celebrar de tres a cinco y, en algunas ocasiones, más. Compartimos también las visitas a los enfermos, las preparaciones y la realización de los encuentros interparroquiales de oración y de celebraciones penitenciales.
- Si no fuera… por la buena gente de los pueblos que, por turno dejan las iglesias limpias, engalanadas y arregladas y casi autofinanciadas dentro de la bendita pobreza evangélica, no nos sentiríamos en casa como ahora nos sentimos. ¡Y pobre de mí, si tuviera que hacerlo yo! Este voluntariado es muy importante para nuestras parroquias en dos aspectos: el cuidado del templo y la economía. Entrad en cualquier templo rural y de una ojeada sabréis si hay cuidadores o no. Y si os dejan ver las cuentas, también lo descubriréis.
- Si no fuera… porque en la mayoría de las parroquias suele haber algún lector, los párrocos nos las tendríamos que apañar solos… como vemos que pasa en parroquias no rurales.
- Si no fuera… por los feligreses que aman la parroquia, sus fiestas, su cementerio (cosa que no suelen hacer la mayoría de los nuevos que se han instalado entre nosotros, ni los visitantes de fin de semana); si no fuera, pues, por los hijos e hijas del pueblo, todo se convertiría pronto en un montón de ruinas… y los de fuera criticarían, encima, el abandono.
- Si no fuera… por los hijos de la parroquia forzados a emigrar por la escasez de la economía y por la falta de servicios (los políticos saben bien que en el mundo rural no hay demasiados votos y se olvidan de él, ¡ay! ¡y encima dicen que los de los pueblos siempre se están quejando!) Por lo tanto, si no fuera por aquellos hijos de la parroquia que suelen hacerse presentes en las fiestas patronales y por Todos los Santos, seríamos sólo los cuatro gatos que nos hemos quedado. La fiesta enmudecería y, cuando la fiesta enmudece, el pueblo muere…como está pasando en tantos y tantos pueblos.
- Si no fuera… porque amamos a nuestra gente a la que vemos como ciudadanos marginados, los curas del mundo rural, por comodidad o poco espíritu de servicio, aplicaríamos de forma inhumana el Derecho Canónico dejando de celebrar la misa porque a las personas mayores ya no les obliga el precepto dominical… como algún obispo ha indicado a sus curas. Nosotros dejaremos ahí la piel, antes que abandonarlos. ¿No lo hace así el Buen Pastor?
- Si no fuera… (¿Es positivo o negativo? ¿Es una presión que Cristo hace a su iglesia?...) Si no fuera porque los curas no tenemos herederos que nos empujen, a muchos ya nos habrían retirado de la circulación.
- Si no fuera… por el amor a Dios, a las personas y a la dicha del servicio de cura rural, ya disfrutaría de la jubilación total del trabajo, esperando la hora de la jubilación definitiva que sólo Dios conoce… La espero, pero sin prisas. Hasta el momento la salud me ha respetado, gracias a Dios. Cuando él quiera ya me cortará la trama. Y lo espero sin miedo. Como decía mi madre: “Total, cambiamos de mano”
- Si no fuera… etc, etc, etc… Debe de haber muchos más si no fuera, positivos y negativos. He dicho algunos míos. Que los complete quien tenga más.
Con todo afecto
Ramón Alsina (Diócesis de Solsona)
¿Para qué sirven los curas?
Ya lo sé. Hoy los curas no sirven para nada. Tenemos buenos profesionales en todos los aspectos de la vida. En la lista de profesiones importantes, el sacerdote ocupa los últimos lugares. Ya lo sé. Las cosas poco prácticas no sirven para nada. Esta generación necia y consumista sólo tiene ojos para sus intereses. Ha perdido totalmente el sentido de lo gratuito. Un beso y una sonrisa no sirven para nada, pero ¡cómo los necesitamos! La verdad es que las cosas más importantes no sirven, pero sin ellas no podemos vivir.
¿Sirven para algo los curas?
Los curas sirven para servir. Lo decía el padre a su hijo seminarista: como una escoba, hijo mío, como una escoba, siempre dispuesta a ser utilizada, pero sin esperar recompensa alguna; gastándose una vez y otra, pero sin esperar que la coloquen en una vitrina. Los curas han aprendido bien las palabras del Maestro: «Yo no he venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 44). Un cura que no sirve, no sirve.
Los curas sirven para perdonar. Antes que maestros y liturgos son testigos de la misericordia divina. En un mundo violento y dividido, ellos son portadores del diálogo y del perdón. Están siempre ahí, como casa de acogida. Abren sus puertas cada día para escuchar confidencias, para quitar cargas, para devolver la alegría y la esperanza.
Los curas sirven para iluminar. Son portadores de la palabra de Dios, que tratan de explicar y de vivir. Cuando nos cegamos con los espejismos y seducciones del mundo, ellos nos recuerdan las Bienaventuranzas. Cuando nos movemos a ras de tierra, ellos nos señalan el cielo. Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, ellos nos descubren la presencia de Dios en todo.
Sirven para interceder. El sacerdote prolonga la mediación de Jesucristo. Por eso es llamado pontífice, constructor de puentes entre el cielo y la tierra. Habla a Dios de los hombres y habla a los hombres de Dios. Decía San Juan de Avila: «Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios... Esto, padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviere, ¡ay!, enojado con su pueblo; que tengan experiencia de que Dios oye sus oraciones y tengan tanta familiaridad con El”.
Sirven para amar. Reservan su corazón para amar del todo a todos. Quieren ser para todos, amigos, padres y hermanos. Un amor liberado y agrandado. Un amor gratuito y oblativo, como antorcha que se va gastando poco a poco. Escribía un jesuita, mártir en Bolivia en 1980: «Tenemos miedo a gastar la vida y entregarla sin reservas... Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no nos paguen... Somos antorchas y sólo tenemos sentido cuando nos quemamos. Sólo entonces seremos luz” (Lucho Espinal).
Sirven para hacer presente a Jesucristo. Todo sacerdote está llamado a ser otro Cristo. El sacerdote está para repetir las palabras y los gestos de Jesús, para continuar sus pasos y desvelar su presencia, para prolongar y actualizar su amor generoso. Y esto a dos niveles: el sacramental y el de la vida.
Sirven para ser el alma del mundo. En un mundo sin espíritu, ellos son el alma, la luz, la sal y el perfume. Sin el sacerdote todo sería un poco más feo y oscuro. «Sacerdote no es el que se limita a hacer cosas, sino a hacer santos”. (G. Rovirosa). Es verdad que, en cierta medida, a todo cristiano se le puede aplicar cuanto llevamos dicho, pero el sacerdote tiene vivencias y urgencias especiales. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestra “inútil” luminosidad. Manda, Señor, sacerdotes, esos hombres tan raros que sólo sirven para servir.
¿Cuánto gana un cura?
La pregunta tiene «tela». Mucha gente se siente picada por la curiosidad de conocer las «ganancias» de los sacerdotes. Yo-más de una vez- he respondido con la sinceridad más absoluta: un sacerdote gana más que nadie.. Ante la mirada atónita de mi interlocutor, suelo explicar los «tesoros» que enriquecen nuestra vida, más o menos así: «Yo soy un pobre hombre que un día fue invitado a desempeñar la más alta dignidad. Llamo a Dios y me obedece. Tengo cada jornada -entre mis manos- al dueño del mundo. Puedo perdonar todos los pecados de los hombres y en mi casa hay bienes para todos. Los pobres, los que tienen hambre y sed de amor pueden saciarse en mi mesa, porque allí hay manjar abundante. Mi familia es el mundo y tengo en mis alforjas un mensaje de paz, que es salvación para toda la Humanidad.» El tesoro del sacerdote está en eso. La otra ganancia, la que se recibe cada mes, no pasa del salario de un humilde obrero. Es por este contraste, tan rico en favores de Dios y tan pobre en recompensa material, por lo que la vida del sacerdote, a pesar de sus debilidades, tiene una dimensión grandiosa, que los buenos cristianos saben valorar. El testimonio de hombres valiosísimos, adornados con una buena base cultural, y dedicados las veinticuatro horas del día al servicio de los hermanos, sólo se comprende desde una riqueza espiritual, que surge de haber descubierto en Dios el tesoro escondido y la fuente de la felicidad. ¿Cuánto gana un sacerdote? Está claro, «más que nadie».
El sacerdote signo de contradicción
Si predica más de diez minutos… no acaba nunca. Si predica menos de diez minutos… no se ha preparado.
Si trata temas sociales… es de izquierdas. Si trata temas morales… es de derechas.
Si está en su despacho… es un misántropo. Si visita a las familias… no tiene nada que hacer.
Si es cordial con la gente… tiene problemas afectivos. Si es reservado… es un reprimido.
Si hace obras en la Iglesia… tira el dinero por la ventana. Si no las hace… le interesa poco la Iglesia.
Si tiene amigos ricos… vive con los que mandan. Si se rodea de pobres… es un revolucionario.
Si es joven… no tiene experiencia. Si es mayor… debería jubilarse.
Si hace salidas con los jóvenes… descuida la parroquia. Si no las hace… es que no se preocupa de los jóvenes.
Si va por las entidades del barrio… quiere meterse en todo. Si no va… desconoce la realidad de la gente.
Si el obispo cierra la parroquia por falta de sacerdotes… El pueblo se mueve y todos firman una carta de protesta.
|
