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LO PRIMERO ES LO PRIMERO
Para educar bien, lo primero, por supuesto, es ser buenos. Pero está claro que no basta. Para ofrecer una buena educación no basta con tener buena voluntad. Con la mejor voluntad del mundo, muchos padres y educadores han cometido graves errores educacionales que han causado serios traumas en sus educandos.
Ha sido para mí aleccionadora la comparación entre varios matrimonios, hermanos entre sí, todos ellos comerciantes y faltos de estudios superiores. Mientras un par de ellos se han empeñado en formarse, leer, acudir a conferencias y reuniones para capacitarse como educadores de sus hijos, los otros cinco (tres hermanos y dos hermanas) han vivido enteramente absorbidos por los negocios. Resultado: los dos primeros llevan una relación armónica y comunicativa con sus hijos; éstos confiesan: "Se puede dialogar con ellos; te entienden". Los otros, por el contrario, son incapaces de dialogar en serio sobre cosas importantes con sus hijos. Me han confidenciado algunos de los hijos y nietos: "Es inútil intentar dialogar razonablemente con ellos; están en otra galaxia; no entienden más que de negocios y billetes".
Afirma la psicóloga M. Utrilla: "Ser padres es la profesión más difícil y de menor formación". Es una profesión cuyo aprendizaje no se improvisa. No se puede dejar para cuando llegue el momento de proceder a educar. Dejar el aprendizaje para más adelante es tan absurdo como si pretendiera hacer lo mismo el profesor de inglés.
En sí mismo no es fácil educar. No es fácil dar con el punto exacto entre la blandura y la exigencia; no es fácil liberarse de la tentación de "apropiarse" los hijos y "domesticarlos", en lugar de hacer de comadrona de su riqueza interior, poniendo en práctica la famosa mayéutica de Sócrates. Todo ello supone preparación, unas actitudes para una relación afectuosa y pedagógica con los hijos, una revisión constante sobre su desarrollo... Como es evidente, esto no se improvisa. Sinceramente, me cuesta entender tanta dejación sobre la preparación para poder educar, cuando hoy los padres cuentan con numerosos y diversos medios de formación: abundante y cualificada literatura sobre el tema en sus diversos aspectos, diversos movimientos matrimoniales, familiares, escuelas de padres, posibilidad de encontrar o crear grupos de padres en las parroquias o colegios...
¡Que desigualdades también en este campo con respecto al Tercer Mundo, en el que a muchos matrimonios con inquietud su situación económica no les permite comprar libros! Francamente, los padres de nuestra sociedad de la abundancia no tienen perdón en su descuido de la formación para educadores de sus hijos.
Tú, querido lector, eres un padre o madre responsable y sensato porque has venido a estas páginas buscando y queriendo formarte como educador. Enhorabuena. No desaproveches la ocasión antes de que sea tarde.
FORMADORES EN FORMACIÓN PERMANENTE
El implacable resultado para muchos hijos y padres es la dimisión de éstos como educadores... y la dictadura de los hijos. En algunas familias mandan los chicos con tal protagonismo y descaro, que produce náuseas. Hay muchos padres desorientados.
La educación en España, según la opinión de los expertos, está en fase de progresiva degradación. Escucho con frecuencia este diagnóstico a amigos y amigas docentes: Los niños y los jóvenes, de una u otra manera, se han adueñado del hogar, de la escuela, de la calle. Si no, ahí está el fenómeno desafiante del "botellón". Los informativos nos ofrecen constantemente la mala noticia de la violencia en los colegios, con datos y cifras alarmantes. La situación no mejora.
Otro de los síntomas de disfunción familiar es el fracaso escolar. Todos los analistas destacan que en España hay una tasa demasiado elevada de fracaso escolar a distintos niveles de la enseñanza. Esta situación evidencia la desmotivación de los alumnos y de los profesores. Y ello no es, en realidad, más que una metástasis del cáncer social que sufre la familia.
Se ha oído lamentar, medio en broma medio en serio: "A los de mi tiempo nos ha tocado la peor suerte. Cuando yo era chico, mandaban los padres; ahora que soy padre, mandan los chicos". Esto no es nada bueno, sobre todo para los chicos, en ningún sentido. Ellos necesitan de la autoridad de los padres; les da seguridad, les certifica el amor que se hace preocupación y solicitud por ellos. No hay mayor frustración que "pasar" de ello. Como clamaba alguno de nuestros literatos, "ódiame al menos, pero no me olvides". Hace más daño y duele más a los hijos la despreocupación que el azote, porque les hace sentirse desprotegidos. Para colmo de males, si los alumnos están desmotivados, muchos educadores -padres, profesores, catequistas- están también desmotivados y quemados. Y para mayor desgracia, no hay entendimiento entre los padres y los otros educadores. A veces, incluso, hay enfrentamientos. Los padres se sienten incapacitados e impotentes. Los educadores, incomprendidos y hasta maltratados. Lo preocupante y llamativo de esta situación es que no provoque alarma social, cuando estamos ante el problema más grave de nuestra sociedad. Escribe irónicamente A. Francia: "Hubo más alarma por las 'vacas locas' que por las 'cabras locas".
Vigor y ternura son los dos remos imprescindibles que es necesario batir incansable y acompasadamente para que la barca del crecimiento armónico de los hijos avance firme y seguro hacia su madurez psicológica. Cualquiera de los dos extremos, de las dos actitudes, son imprescindibles; cuando los hijos no encuentran el mínimo vital de vigor y ternura necesarios, se convierten en deficientes psicológicos en su dimensión afectiva; esta frustración se transforma en agresividad que se refleja, sobre todo, en la violencia escolar, tan preocupante en los centros educativos. Hay que recordar una obviedad: se educa, sobre todo, con el clima que se respira en el propio hogar, con el testimonio de la propia vida. Tierno Galván testificaba: "... esa gran cátedra que es la familia. Porque no nos engañemos: la familia es insustituible. Nada ni nadie pueden ocupar su lugar o desempeñar su función. El consejo del padre, la piedad de la madre, la observación del hermano, las cuitas y alegrías compartidas... vienen a definir el carácter y a preparar moralmente al hombre o la mujer que uno va a ser".
RECLAMAR Y APROVECHAR LOS MEDIOS
Tanto al Estado como a la Iglesia les compete echar una mano a los matrimonios en esta tarea primera y principal de favorecer la educación de niños, adolescentes y jóvenes... Pero, tristemente, hay que lamentar una gran dejadez por parte de las dos instancias, tanto en lo que respecta a la ayuda a los padres como a los educandos.
Para el Estado, la "educación" se reduce, sobre todo, a preparar buenos productores de riqueza, buenos profesionales, pero no tanto buenas personas ni buenos ciudadanos. En este sentido hay que alabar la preocupación por formar, mediante la asignatura de Educación para la Ciudadanía, personas con una debida jerarquía de valores. Lo importante es que se acierte en el modo y en los contenidos al impartir tal asignatura. Pero la preocupación me parece primaria y la deberían compartir todos los españoles. Por lo que respecta a la ayuda a los padres, la situación es desconcertante. ¿No es acaso escandaloso que se exija más para colocar unos lavabos en un edificio nuevo que para ser padre o madre, y educar a un hijo? Qué exigencias, cuánto estudio y preparación (justificadas, desde luego) para enseñar física, matemáticas, geografía... y, en cambio, ¿qué se ofrece o se exige para enseñar a los hijos a ser personas?
En la misma Iglesia las exigencias y la preparación son mínimas, y no siempre de la debida calidad. Cuando, por motivo de la preparación al matrimonio, tengo que entrar en contacto con parejas de novios y me percato de la escasa preparación humana, pedagógica y religiosa con que inician su andadura como "Iglesia doméstica", me da pena pensando en sus hijos. En nuestra sociedad se educa poco para la vida de pareja y para la vida de familia. Creo que padecemos una especie de ceguera general para ver la trascendencia de la educación de los hijos.
Deberían ser los propios padres, plenamente responsables, los que reclamaran ayuda para su formación. Pero desgraciadamente no sólo no lo reclaman, sino que desperdician a veces y se sienten molestos por las ayudas que se les brindan, pretextando casi siempre falta de tiempo. Lo digo por la experiencia de haber hecho personalmente incontables invitaciones a integrar grupos de formación educativa y familiar. Y no es precisamente multitudinario el número de los que responden a la llamada a participar en charlas, conferencias y reuniones sobre el tema.
Como denuncian psicólogos y pedagogos, muchos padres han dimitido, antes de tomar posesión, de su responsabilidad de educadores. Son muchos los que traspasan la tarea de la educación de sus hijos a profesores y catequistas. Con frecuencia unos y otros se pasan la pelota y se echan mutuamente las culpas del fracaso de los educandos.
Para la reflexión, el diálogo y el compromiso - ¿Qué factores constituyen para nosotros la autoridad moral ante los hijos? ¿Creemos que la tenemos? - ¿Nos informamos de los medios que tenemos a nuestro alcan- ce para aprender el "oficio" de padres? ¿Los aprovechamos? - ¿Sabemos conjugar en la educación de nuestros hijos el vigor y la ternura, o hay algún desequilibrio en ellos? - En concreto, ¿qué medios vamos a poner en práctica a corlo, medio y largo plazo?
TAMBIÉN LOS HIJOS EDUCAN
Es Jesús el primero que nos invita a dejarnos enseñar por los niños: "Llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: 'Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de Dios. El que se hace tan poca cosa como este niño es el más grande en el Reino de Dios" (Mt 18,2-4). Jesús vive gozosa y contemplativamente su encuentro con los niños. Sus actitudes candorosas le recuerdan las actitudes esenciales que han de animar la vida de sus discípulos: la sencillez, la docilidad, la receptividad... Escribe Marcos: "Le acercaban niños para que les tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo Jesús, les dijo: 'Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os lo aseguro: quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él'. Y tomándolos en brazos, los bendecía imponiéndoles las manos" (Mc 10,13-16).
Señalaba un padre en una reunión de grupo: "Cuando los hijos eran niños, con su sencillez y cariño nos acusaban de lo complicados y maliciosos que somos los adultos. Ahora, adolescentes y jóvenes, nos enseñan a asomarnos a otro mundo, el suyo, y a relativizar lo nuestro". Decía otro padre: "Yo he aprendido de mis hijos tolerancia, generosidad y sinceridad. Tienen más sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Comparten más...". Agregaba una madre: "Pues yo he aprendido de mis tres hijos espontaneidad y sinceridad; no les va lo impuesto, lo hecho por obligación. Me repiten que hacer las cosas sin convicción es hipocresía". Los testimonios se podrían multiplicar.
Está claro que los padres no lo saben todo, y menos hoy. Con frecuencia los hijos han tenido mayores oportunidades de estudio y formación en la Universidad y en los centros de formación humana y religiosa: el colegio y el grupo cristiano. Encerrarse los padres en sus esquemas y negarse a aprender humildemente de sus hijos es perder prestigio y autoridad moral. Hay padres sensatos y conscientes de sus limitaciones que saben aceptar agradecidamente orientaciones y correcciones de sus hijos en diversos campos. Esto no hace perder autoridad ante los hijos, sino que ayuda a ganarla.
Hay una cultura en la que los que enseñan son los jóvenes. Muchos adultos se encuentran superados por los cambios tecnológicos y culturales, así como por mentalidades que pretenden ser vigentes. Los padres tienen que aprender de los hijos, pero con sentido crítico.
La familia es, ciertamente, un ámbito de interacción, en el que unos miembros influyen y educan a los otros en sus relaciones mutuas. Los jóvenes también aportan una gran riqueza a los mayores incluso en la dimensión religiosa y de fe. Aseveraba Pablo VI: "Los padres no sólo comunican a sus hijos el Evangelio, sino que pueden, a su vez, recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido" (EN, 71).
Sólo quien tiene el espíritu abierto para aceptar la verdad tiene autoridad moral para ofrecerla. El elocuente orador Lacordaire confesaba con increíble humildad: "Todos los hombres son mis maestros". Lo mismo han decir los padres: "Todos los hombres, incluidos mis hijos, son mis maestros".
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