1. Preocupación de fondo compartida

"Hay cansancio. No sabemos dónde apoyarnos. Es un momento de cierto desconcierto y esto crea una especie de malestar". La acción pastoral hoy es lugar donde se nota cansancio  en muchos. Palpamos que hay algo que no funciona como nosotros desearíamos... Queremos que nuestra acción tenga resultados..., y muy frecuentemente no los vemos, y se repite la escena de Emaús: "¡Y nosotros que esperábamos que iba a ser él el liberador de Israel!"

 La decepción puede provocar "vuelta a casa" o "postura de brazos cruzados, paralización por no saber qué y cómo hacer". Esta constatación a unos les quema. A otros los intranquiliza y los moviliza para buscar siempre "otras cosas" sin saber bien qué. Éstos se ven sometidos a vivir una constante situación de "ensayo", de imaginación, de provisionalidad.

No estamos hoy en pastoral como quien sabe bien cómo hacer, aunque se sepa muy bien qué hacer: anunciar. El problema nace, a mi juicio, no de una pérdida de saber qué tengo que anunciar sino de saber cómo lo tengo que hacer. Podemos encontrar una explicación a esta situación: Nos faltan referencias personales vividas de una praxis pastoral que no sea lo que hemos visto hacer y sabemos hacer por tradición. Nos hemos educado en la infancia y hemos recibido una formación para una pastoral que hoy detectamos que no es satisfactoria. Quizás ni el ambiente cultural y religioso en el que nos formamos ni las preguntas iniciales del hombre de ayer coinciden con las de las personas concretas que tratamos hoy. Es como un tiempo de desierto.

Afecta este tiempo a la persona al menos en dos dimensiones: como persona humana que necesita ver que es útil, eficaz, que su trabajo produce unos frutos; y afecta

como creyentes, que tienen que reconocer que la misión para la que hemos sido llamados no es sólo obra de nuestras manos. El Espíritu no es manejable.

Este contexto y panorama, si no es uniforme, está muy generalizado. De todas formas, tenemos que reconocer que no todos viven la misma realidad de la misma manera ni como personas ni como creyentes. Aquí no se juzga ni se pretende decir qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. El problema no es un juicio sobre los haceres (buenos o malos) de los pastores, sino que el hacer pastoral (sea bueno o malo), no parece interesante o importa muy poco a los destinatarios. Y en esa situación, ¿qué hacer?

Al mismo tiempo conviene subrayar que en esta situación Dios ni nos ha abandonado ni se ha olvidado de nosotros. Esta situación de "niebla" es una situación teologal. En la situación de "niebla", cuando conducimos, no podemos ir a la misma velocidad que vamos con buena visibilidad. Es momento de ir más despacio y de encender luces de posición y luces antiniebla. En este hoy es donde Dios se nos revela y donde tenemos que anunciar a Dios. Pensar otra cosa es ponernos al margen de la historia de Salvación, de nuestra historia, de los hombres y mujeres a los que somos enviados para anunciar la Buena Nueva. Me parece importante acentuar que la actual situación, antes que buena o mala, es situación de gracia. Dios se nos está revelando y Dios nos está urgiendo a que reconozcamos y escuchemos su voz. Dios hoy tiene algo que decirnos en lo que vivimos. Si Dios andaba entre los pucheros, ¿cómo no andará también entre nuestros problemas pastorales?

 

2.- Dos señales de humo

 

Me atrevo a señalar dos lugares en los que vemos "señales de humo" que nos indican que por allí algo "se está quemando".

a) Los sacramentos

La práctica sacramental es, para muchos, sobre todo clérigos, el centro y el baremo de referencia para "medir" la eficacia pastoral. Además, los sacramentos y su celebración tienen algo de cuantitativo y de mensurable. Es fácil saber cuántos vienen a misa, cuántos se confirman y después no pisan la iglesia, cuántos se bautizan, cuántos se casan por la Iglesia..., y sabemos que son cada vez menos. Y es fácil palpar en qué condiciones lo hacen, con qué preparación, etc.

b) La predicación.

 En los grupos de adultos escucho con frecuencia: "No es que no queramos ir a misa, es que no queremos escuchar los rollos que nos echáis para no decir nada. No calentáis nuestra vida con la Palabra de Dios. Echáis broncas a los que vamos, ¡encima que vamos! No nos decís nada que nos alegre la vida. El cristianismo que nos predicáis es triste, negativo; no nos hace felices, no atrae.

Oléis a viejo y encima nos decís que es la "buena nueva". ¡Quedaos con ella! No nos interesa".

Esto lo dicen los que vienen a grupos de reflexión cristiana (no es catequesis...); ignoro lo que dicen otros... Y lo manifiestan con confianza y, a veces, hay que reconocerlo, con pena. Buscan otra cosa. No cosas nuevas no oídas, sino palabras que les alegren la vida y les den sentido para vivir de manera nueva. Sienten que el cristianismo que viven los cristianos es un cristianismo cansado, viejo, poco atrayente. Muchos jóvenes son todavía más mordaces y critican abiertamente un estilo de Iglesia, de anuncio y de vivencia del cristianismo.

 

3.- IR POR UVAS

 

Cuando Moisés no sabía cómo convencer a un pueblo cansado, escéptico y desmotivado (corrían tiempos parecidos a los nuestros...) para entrar en la tierra de la promesa, se le ocurrió una estrategia fantástica: envió exploradores a Canaan que volvieron cargados con gigantescos racimos de uvas dulces, frescas y apetitosas.

- «¡Estos son los frutos de la tierra hacia la que nos dirigimos!», dijo Moisés al mostrárselos a los israelitas (Núm 13).

Preciosa parábola que nos invita a sacudirnos las quejosas pesadumbres a las que somos tan propensos a la hora de juzgar la crisis religiosa actual y a tratar de convertirnos en

catequistas-exploradores: gente disfrutadora de esas uvas deliciosas que nacen de la cepa del Evangelio, hombres y mujeres que se experimentan agraciados y dichosos por haber recibido la buena noticia del campo donde echa sus raíces, contentos de compartir con otros ese secreto a voces, ese sabor del vino que llena de alegría.

Un saboreo no puede ser impuesto ni presentarse con imperativos y el que lo ofrece va aprendiendo a no frustrarse ante comensales inapetentes. Su propia vida, su alegría, su capacidad de contagio son los únicos instrumentos de que dispone para decir a otros: «Es una tierra que mana leche y miel. Vale la pena subir a conocerla».

 

Cuadro de texto: Cansancio pastoral