(Para una reflexión en grupo)

 

Construir la celebración

 

Salir de la rutina: Parece que existe un esquema muy generalizado cuando se trata de preparar una celebración. Enseguida se reparten los trabajos: las moniciones, los cantos, las preces de fieles, la presentación de los dones… Claro, no siempre se llega a tantas cosas. En ocasiones se preparan los cantos y ya está. Y también hay momentos en que ni a esto llegamos. “No hay nada que preparar porque ya está todo preparado y ¡qué es eso de introducir novedades y cambios! En el Misal ya está todo clarito, basta seguirlo”.

Pero esto es lo negativo. Es cierto que hay mucho bueno y positivo por nuestras comunidades cristianas: comisiones de liturgia y de preparación de las celebraciones con reuniones sistemáticas y con una seriedad de trabajo, nada se deja a la improvisación. Se pretende poner en práctica la riqueza de creatividad que está permitida y es aconsejable. La rutina no está en los libros litúrgicos, está sólo y exclusivamente en las personas que utilizamos esos libros.

 

Construir la celebración. Utilizo el verbo construir. No digo preparar ni adaptar. Tampoco he dicho inventar o crear de la nada una celebración. Construir tiene una riqueza propia. El obrero que construye un edificio tiene delante unos planos que le han sido dados por un arquitecto que estudió el proyecto anteriormente. Con todos esos elementos se va dando forma progresiva al edificio. Construir una celebración me parece que tiene un gran parecido. Existen unos elementos que yo no me invento, porque son propiedad de la vida y de la experiencia de toda la comunidad cristiana a lo largo del tiempo. Pero es preciso el trabajo propio de quienes aquí y ahora deben ensamblar con su arte, con sus circunstancias propias todos los materiales que existen a disposición.

 

Propuesta de esquema para construir una celebración

 

Es posible que lo primero que surja a un catequista que tiene que encargarse de una celebración es decir: “Estas son cosas del cura. Yo no entiendo” Es cierto que el sacerdote tiene su rol específico en muchas celebraciones sacramentales. En el resto, no tanto. Y es cierto que para hacer algo hay que entender y saber. También es verdad que se puede aprender haciendo, sobre la marcha el trabajo. Un esquema es justamente una guía práctica muy sencilla para ayudar a los catequistas que se sientan más perdidos. Nunca es una solución final y definitiva. Sí que puede ayudar para salir del paso con una cierta seriedad en lo que hacemos.

 

Vamos a ponernos en camino…

 

Desde 1965 se comenzó a cambiar algunas expresiones referidas a los sacramentos, como por ejemplo: “decir misa” “oír misa”… Ahora es normal oír: “hoy celebramos…” o esa expresión acuñada al comienzo de la Eucaristía: “Antes de celebrar los sagrados misterios…”

Participar en la liturgia significa tener conciencia de “celebración”.

Así pues, si hablamos de “celebración de los sacramentos” es necesario conocer y saber qué es una celebración y qué es celebrar…

 

Celebrar quiere decir..

 

Dedicar tiempo a algo que es importante, que no es penoso ni proporciona fatiga o cansancio, sino que, por el contrario, da vida, alegría, entusiasmo, gozo…

Romper con lo cotidiano para recrear lazos de amistad, fidelidad, compromiso… en un clima de fiesta.

Hacer fiesta: encuentro con un grupo de personas y una serie de elementos simbólicos que nos introducen en una relación recíproca, como es el ambiente, el espacio y una serie de signos accesibles a la mayoría del grupo.

Apertura a lo gratuito, es decir, que no repercute en lo económico, sino que tiene valoren sí mismo.

 

Interesados en celebrar…

 

Si estamos interesados en celebrar, es decir interesados en hacer fiesta, no debemos olvidar que:

Hay algo importante en mi vida; y, porque es importante le dedicamos un tiempo especial: algo o alguien nos convoca; existe una invitación.

Este tiempo especial no lo vivo en soledad, sino que lo comparto con alguien más: amigos, familia, grupo…

Presento unos signos por los que todos nos sentimos haciendo algo en común y distinto de lo que hacemos todos los días; algo que nos alegra, que no nos cansa porque nos abre a la vida, porque nos da vida y, por tanto, nos sentimos a gusto.

Compartir la amistad, compartir la palabra y el diálogo, compartir la comida y la bebida son elementos que, en cierto modo, se exigen en toda celebración, pues van conformando el ritual de la celebración.

 

¿Qué se celebra?

 

No se puede ir a una celebración sin saber qué se celebra, de lo contrario manifestaríamos que no ha existido invitación o convocatoria y habríamos desaprovechado el tiempo pre-celebrativo o disposición de ánimo para la celebración.

¿Qué vamos a celebrar? Es una pregunta que omitimos o que damos por hecha. Y conviene hacerla en cada construcción de una celebración. Posiblemente no celebramos bien porque no sabemos si tenemos algo que celebrar.

Celebramos sobre todo los hechos que Dios ha realizado a favor nuestro para salvarnos. Celebramos la muerte y resurrección de Jesús como hecho culmen, celebramos el “Misterio Pascual”.

Celebramos lo que proclamamos en la Palabra de Dios.

Celebramos hechos de Dios que nos afectan, que nos tocan porque nos salvan. La celebración pide, de entrada, creer que Dios nos ha alcanzado con sus acciones y nos salva. Y esto tiene que estar claro. En cada situación, en cada momento histórico, la persona puede reconocer siempre de manera original que Dios salva, y celebramos a un Dios Salvador.

¿Qué vamos a celebrar como comunidad creyente hoy, en nuestras circunstancias concretas? Esta pregunta no es ociosa y puede ser la que dé sentido a todo lo demás.

 

¿Qué es una celebración litúrgica?

 

En resumen: toda celebración litúrgica es una puesta en acto de:

El Misterio Pascual de Cristo: no sólo su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión, sino todo lo que Cristo “ha dicho y hecho” a favor nuestro desde su Encarnación.

Sentimientos de acción de gracias por el reconocimiento de la obra de Dios a favor del hombre al enviarnos a su Hijo Jesús y, así, manifestarnos su gran amor.

Expresiones de alabanza a Dios porque nos renueva continuamente por la presencia y la acción del Espíritu Santo.

 

Novedad de cada celebración

 

Aunque el motivo central de toda celebración es siempre el mismo, el Misterio Pascual, sin embargo, cada celebración presenta un carga de novedad:

Novedad de los que participan: tienen nuevas experiencias de vida, se encuentran en un estado de ánimo diferente; las motivaciones que les traen a celebrar son diferentes también unos de otros…

Novedad de la celebración: cada celebración litúrgica nos invita a vivir en profundidad un aspecto singular o particular del acontecimiento pascual. Esta singularidad la ofrecen las lecturas bíblicas y el misterio de Cristo (Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Pascua…)

 

¿Quién celebra?

 

Celebra la Comunidad.

Celebran algo las personas: un cumpleaños, un final de curso…

Y celebran los hechos de salvación de Dios, los que creen en Dios.

 

La celebración litúrgica, que es celebración festiva, pide y exige que todos los reunidos se sientan celebrantes, participando activa, consciente y plenamente en dicha celebración.

Celebrar no significa que uno sólo actúa y los demás miran; celebrar no es acudir a un espectáculo teatral donde aparecen dos grupos claramente distintos: los actores y los espectadores. En la celebración  todos somos actores, si bien cada uno desempeña un rol particular dentro de la misma.

Es la comunidad entera la que celebra, de ahí que la Sacrosanctum Concilium (El Documento sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II) pida que en toda celebración se respete el aspecto eclesial comunitario. Toda celebración litúrgica es celebración de la Iglesia entera, incluso estando presentes en la celebración una o dos personas.

El grupo de celebra puede ser homogéneo (grupos de catequesis que han estado durante algún tiempo profundizando un tema) o heterogéneo (la celebración dominical de una parroquia, donde llegan toda clase de personas con su propio ritmo de fe, con sus problemas, su compromiso cristiano…) Es preciso atender a estas necesidades, pensar un poco en llegar a lo largo de la celebración a todos los niveles posibles de los participantes… Y siempre quedarán muchos excluidos…

Dentro del grupo de los que celebramos, además de diversidad de niveles de compromiso en la fe, hay diversidad de funciones a realizar: presidencia, cantores, lectores… Todo esto exige un mínimo de coordinación.

La personas que celebramos marcamos la celebración por el mismo hecho de ser éstas y no otras…

 

Sentirse celebrante

 

Señalo algunas notas que ayudan a la comunidad a sentirse celebrante:

Participar más o celebrar mejor no quiere decir que todos tengan que hacerlo todo.

Cuanto más nos conozcamos los que estamos celebrando, más festiva y viva puede ser nuestra celebración.

Desempeñar un rol en la comunidad exige disponibilidad, cualificación, preparación y una fuerte dosis de humildad…

En la celebración no contamos sólo con nuestras propias fuerzas o capacidades, aunque éstas son necesarias; también está presente el Espíritu Santo y, por su mediación, Cristo se hace presente en la comunidad.

Una comunidad se manifiesta celebrante cuando participa activa, consciente y plenamente.

Ayudar a otros a celebrar mejor, redunda en provecho personal.

 

 

¿Dónde se celebra?

 

No carece de importancia el lugar donde se celebra una celebración.

El lugar y la disposición del mismo favorecen o desfavorecen la participación activa, plena y consciente de las personas reunidas.

Los espacios celebrativos: la sede, el ambón, el altar, el baptisterio, el lugar de la reconciliación, el presbiterio, el lugar que ocupa la asamblea reunida… De todos ellos, cobra un valor especial: la sede, el ambón y el altar, como lugares de la presidencia, de la Palabra y de la Eucaristía (que son tres presencias de Cristo en la celebración).

La pedagogía que ofrece el espacio celebrativo parte de la misma vida cotidiana, donde nosotros mismos buscamos diversos lugares o espacios para realizar o vivir diversos encuentros o experiencias.

El espacio influye en lo que vamos a hacer: cambios de mobiliario en la presidencia, armonía de los elementos; centralidad de lo importante (cruz, altar, corona de adviento, Niño Jesús, Cirio…)

Construir una celebración es un arte de conjunción de elementos que están ahí o que nosotros introducimos con lucidez celebrativa.

 

¿Cuándo se celebra?

 

Toda celebración exige un tiempo determinado, es decir, una fecha señalada y una determinada duración (horas o días).Así se nos presenta toda celebración desde la dimensión antropológica, tanto en lo social como en lo religioso.

El tiempo celebrativo, especialmente la fecha elegida para celebrar, está en íntima conexión, especialmente la fecha elegida para celebrar, está en íntima conexión con el motivo central que convoca a celebrar. Así por ejemplo, para celebrar la recolección de las cosechas se elegirán los días de comienzo de las estaciones del año o la conclusión de las mismas.

 

Es domingo: celebración de la Pascua

La celebración litúrgica presenta también un tiempo determinado en el que convoca a la comunidad. Este tiempo está en estrecha conexión con el acontecimiento que se celebra: el Misterio Pascual. El acontecimiento que sobrecoge a los discípulos del Señor es su Resurrección. Este acontecimiento de la Resurrección tiene lugar el primer día de la semana judía (nuestro domingo)

En la última cena de Jesús con sus discípulos, éste dirá: “Haced esto en memoria mía”. Desde entonces la Iglesia no ha cesado de celebrar el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús una vez al año en la fecha de la Pascua, y en esa otra “pascua semanal” que es el Domingo.

Por tanto, en torno a la Pascua y al Domingo gira todo el ritmo de celebraciones del año litúrgico…

 

¿Cómo se celebra?

 

En toda celebración, y, en nuestro caso, la celebración litúrgica, es importante promover la participación activa de los que están presentes. Esta participación activa puede ser favorecida mediante aclamaciones, respuestas, gestos y posturas…pero no dejan de ser medios…

No hay que olvidarse de la necesidad primera y principal que es la PARTICIPACIÓN INTERNA.

Pero esta participación interna pide y exige, en ciertos momentos, mostrarse al exterior, manifestarse, hacerse pública; pide, en definitiva, un determinado gesto, signo o movimiento por medio del cual expresar que me encuentro celebrando, que lo que estoy haciendo me llena porque es importante para mi vida…

¿Cómo vamos a celebrar? No se trata de inventar cada día una forma de celebración. La celebración tiene unas formas que es preciso respetar. Pero este respeto no nos impide que nos hagamos una pregunta: ¿Cómo vamos a celebrar?, porque son muchas las cosas que dependen de los responsables de la celebración.

Tono General de la celebración: en ocasiones será más festiva, en otras más meditativa, reposada… Y para conservar esta unidad de todo, todo tiene que confluir.

Posibilidades de cada parte de la celebración: ambientación o ritos de entrada; liturgia de la Palabra, liturgia sacramental (cuando se trata de la celebración de un sacramento), ritos de despedida… Para cada una de estas partes hay unas variantes que son siempre posibles. Cuando se trata de celebraciones con niños, el Directorio amplía las sugerencias en los modos de hacer…

En todo caso, siempre que nos hagamos la pregunta:  ¿Cómo vamos a celebrar?, hay que pensar en dos cosas:

algo que sea sencillo, comprensible y que fomente la participación de todos;

algo que esté estéticamente bien hecho, lo cual implica ensayo.

 

 

Dar valor al gesto y al símbolo

 

Nuestros gestos en la celebración deben ser sinceros; deben manifestar que lo que estamos celebrando es un encuentro de vida y no una función de teatro.

Los gestos que hagamos serán naturales, para poder entrar en diálogo con los demás participantes.

Los signos tienen que ser significativos, es decir, que su lectura sea fácil, inmediata y cercana.

Más que pensar en crear nuevos signos hay que comenzar por valorar los que ya poseemos, porque detrás de ellos laten un sin fin de corazones, cuyo latir hacemos vivo desde nuestro mismo corazón. Nos ofrecen la posibilidad de manifestar un valor importante de la persona humana, el reconocimiento y el agradecimiento a los que nos precedieron en el signo de la fe.

Pero también aparecen signos nuevos, propios, de grupos y comunidades que es importante valorar y reconocer…

 

El lenguaje musical

 

Toda celebración, litúrgica o no, exige la presencia del lenguaje musical, bien a través de una melodía instrumental o bien por medio de la voz humana.

La música y el canto aparecen como imprescindibles a la hora de participar en una celebración, y más cuando está celebración entra dentro del ámbito religioso, pues se dice que la música es un camino hacia lo espiritual.

 

. El canto une a la asamblea (SC nº 112)

Según este número, el canto destinado a la celebración litúrgica debe ser signo de una comunidad orante, y al mismo tiempo manifestar la unidad de corazones, colaborando en la solemnización de la misma celebración.

Sin duda alguna, descubrimos la diferencia entre celebrar con canciones y melodías o celebrar sin canto algunoa, y sobre todo, entre jóvenes y niños.

Cuidar, por tanto, este medio puede ser de gran utilidad para la participación interior, espiritual, de la comunidad que se reúne a celebrar.

 

Pero estemos atentos en el uso de la música y el canto en las celebraciones litúrgicas, pues son un medio y no un fin. No cualquier música o melodía es conveniente para la celebración litúrgica. Habrá que tener en cuenta qué se celebra y quién celebra…

 

¿Qué debemos cantar en una celebración litúrgica?

 

Depende:

 

1. del contenido de la celebración: eucaristía, exequias sin misa, sacramentos del bautismo, del perdón, del matrimonio...

o del tiempo litúrgico: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, tiempo ordinario, fiestas de la Virgen, de los santos...

2. de la estructura literaria de cada canto propuesto por los libros

litúrgicos: aclamación, himno, procesional, responsorial...

o del momento de la celebración: entrada, rito de la fracción, de la comunión...

3. de las posibilidades interpretativas de cada lugar:

sólo asamblea, coro, instrumentos...

 

Por tanto, no vale pensar:

 

* que utilizamos la música sólo para darle más amenidad a la celebración, intercalándola entre los textos, y da lo mismo una cosa que otra,

* que, como el celebrante no es especialista en música, puede dejar al director de coro, de asamblea, o a los chicos de las guitarras que canten lo que les guste o lo que sepan.

 

LAS PALABRAS QUE CANTAMOS

 

Los textos litúrgicos de los libros oficiales son el primer indicativo válido. No hemos de elegir los cantos únicamente por su melodía agradable sino principalmente por los contenidos de su texto.

El tiempo litúrgico o la fiesta que se celebra deben percibirse con evidencia desde el inicio de la celebración. Sólo en el tiempo ordinario o en comunidades con poco repertorio se justifica el uso de cantos muy genéricos.

Pero incluso en el tiempo ordinario es recomendable elegir aquellos cantos que sintonicen con el contenido de los textos bíblicos proclamados. Así se logra mayor unidad entre todos los elementos: homilía, moniciones...

Es mejor utilizar cantos a base de los textos propios publicados en los libros litúrgicos oficiales, que servirse de cantos con textos que sean parecidos en el contenido; estos serán apropiados en caso de no existir aquéllos.

Hay algunos textos, como el gloria, el credo, el santo y el padrenuestro, que nunca deben sustituirse por otros, ni admitir en ellos supresiones, cambios ni paráfrasis. Con nuestra forma de orar, expresamos nuestra fe. (En latín se dice así: «Lex orandi, lex credendi”)

 

CADA CANTO TIENE UN SENTIDO

 

No todos los cantos que pide la liturgia son iguales ni tienen la misma función.

. Las aclamaciones y las respuestas son breves y van destinadas a

conseguir la participación activa de toda la asamblea. Pierden todo su sentido si sólo se recitan (por ej. el aleluya) y cumplen plenamente su función cuando se cantan.

En la plegaria eucarística de toda misa dominical, se debería cantar

- el diálogo introductorio

- el santo

- la aclamación después de la consagración

- el amén conclusivo.

El santo es una aclamación.

No debería romper el ritmo de la plegaria eucarística por su longitud. Es totalmente desaconsejable un «sanctus-benedictus" polifónico, anterior a la reforma litúrgica del Vaticano II. Podrá utilizarse como «motete" para escuchar en otro momento adecuado.

 

Los himnos litúrgicos pueden ser

 

- en prosa: gloria, credo, «te Deum",...

- en estrofas regulares: liturgia de las horas,... (con estribillo o sin él)

Su estructura literaria determinará el tipo de música.

Aunque admitan el tratamiento a varias voces para la coral, en los cantos de reciente creación, habría que pensar en la participación de la asamblea.

 

Los cantos procesionales, a diferencia de los himnos (que se cantan por sí mismos y, por tanto, en su integridad), los procesionales acompañan una procesión, (de entrada, al evangelio, de ofrendas, de comunión) y tienen una duración aleatoria, mientras dura la procesión.

 

Los cantos responsoriales, como su nombre indica, son los que llevan una respuesta, generalmente breve, destinada al canto de la asamblea, mientras las estrofas están a cargo de un grupo de cantores o de un salmista.

En el salmo responsorial se comenta con otras palabras, también bíblicas, la lectura que se acaba de escuchar.

La asamblea responde con una breve melodía. Habría que respetar el mismo texto propuesto en los leccionarios. En algunos casos, el salmo o la respuesta pueden substituirse por otros textos que contengan ideas similares. Pero es desaconsejable utilizar otros cantos no sálmicos.

 

Por el canto de entrada debería poder reconocerse inmediatamente lo que vamos a celebrar. Que exprese, por tanto, el tiempo litúrgico, o el hecho de reunirse en asamblea para la celebración.

 

El Señor ten piedad, la Plegaria Universal y el Cordero de Dios tienen una estructura litánica. Que quede evidente que se trata de plegarias de petición.

 

 

El canto en la presentación de las ofrendas sólo se debería poner cuando se hace una procesión. O también, en este momento, el coro puede cantar un motete y el órgano y otros instrumentos pueden ofrecer música para escuchar.

Si no hay ni procesión ni incienso, es mejor quedar en silencio para crear un espacio de transición entre la palabra y la eucaristía.

 

El procesional de comunión debe tender a ser suave en la música y con textos fácilmente memorizables. Aquí se agradecen los interludios instrumentales y la música para escuchar. También el silencio, sobre todo hacia el final.

 

UNA RECOMENDACIÓN FINAL:

 

No hay que cantarlo siempre todo.

Hay que hacer un proyecto que respete:

* la mayor o menor solemnidad.

* los textos litúrgicos, no los gustos personales.

* las posibilidades reales de la asamblea.

 

 

Dos notas finales:

 

- La precipitación, los nervios, las cosas hechas de cualquier manera, sin un mínimo de elegancia y precisión nunca podrán favorecer el clima celebrativo.

 

- A evitar: reducir todas las celebraciones a la celebración eucarística. Es un empobrecimiento. Hay grupos que se reúnen los domingos para celebrar Vísperas; otros los sábados tienen una celebración de oración; con ocasión de acontecimientos especiales se pueden preparar celebraciones ocasionales…

Cuadro de texto: Catequesis y Liturgia II

“Celebrar”
Cuadro de texto: