La asamblea es la que celebra

 

"Toda la celebración se dispone de modo que favorezca la consciente, activa y

total participación de los fieles, la que reclama su misma naturaleza y a la que

tiene derecho y deber, por fuerza de su bautismo, el pueblo cristiano" (IGMR 3).

"En la Misa o Cena del Señor el pueblo de Dios es reunido, bajo la presidencia

del sacerdote que hace las veces de Cristo, para celebrar el memorial del Señor

 o sacrificio eucarístico... En la celebración de la Misa, Cristo está realmente

 presente en la misma asamblea congregada en su nombre..." (IGMR 7).

"En la celebración de la Misa, los fieles forman la nación santa, el pueblo

adquirido por Dios, el sacerdocio real, para dar gracias a Dios y ofrecer,

no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, la víctima inmaculada

y aprender a ofrecerse a sí mismos" (IGMR 62).

"En la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es liturgo, cada cual

según su función" (CCE 1144).

 

Si todavía no hemos perdido la mentalidad de que los fieles son "el público",

los "asistentes", los "espectadores", y que el sacerdote y los demás ministros

son los "celebrantes", nos vendrán bien estos números de la introducción al

Misal Romano y del Catecismo, que presentan al pueblo de Dios como protagonista,

como "asamblea celebrante". Los ministros están dentro de esa comunidad, no fuera de ella ni sobre ella, para ayudar a todos a que esta celebración sea consciente y activa. Sobre todo el sacerdote, que representa sacramentalmente a Cristo Jesús, que es el verdadero presidente y animador de toda celebración cristiana.

Lo que tendríamos que conseguir entre todos, la comunidad y los ministros, es que crezca la calidad de la celebración, para que todos podamos participar -con el canto, la escucha, la oración, la comunión cada vez más activa y conscientemente en el Misterio que celebramos.

 

 

El día de la comunidad grande

 

Uno de los aspectos que más subraya Juan Pablo II en su carta Dies Domini (=DD) es el carácter de “dies ecclesiae", día de la Iglesia, que tiene el domingo.

Desde el principio, la comunidad cristiana decidió que su día de fiesta y de reunión eucarística, no fuera, como podría saber sido, el jueves (por la Eucaristía), o el viernes (por la muerte de Cristo) o, sobre todo, el sábado (el día de fiesta de los israelitas), sino el "primer día después del sábado", el que luego se llamó "día del Señor" o "domingo", por ser el día marcado para siempre con la presencia del Resucitado.

El Papa, en consecuencia, invita a que los grupos más pequeños -movimientos, asociaciones, pequeñas comunidades religiosas- renuncien en este día a su Eucaristía particular y se sumen a la general. Y esto, no tanto para dar un respiro a los sacerdotes, sino para que los miembros de estos grupos puedan experimentar la unidad y la universalidad de la comunidad eclesial, a la que todos pertenecen. Con el oportuno margen de alguna "eventual y muy concreta" excepción, a juicio del obispo (DD 36).

La Eucaristía dominical nos ayuda a renovar nuestras raíces y a madurar en nuestra pertenencia a la familia de Dios, la Iglesia, "locus ubi Spiritus floret", lugar donde actúa de modo privilegiado el Espíritu, como dijo Hipólito en el siglo III.

 

 

Entrar a misa "con la vida a cuestas"

 

Chesterton, en una de sus ocurrencias, dijo que "al entrar en la iglesia hay que quitarse el sombrero, pero no la cabeza". Cuando acudimos a la Eucaristía entramos con toda nuestra persona, con la situación concreta de esta semana, con sus preocupaciones y alegrías.

En el acto penitencial tomamos conciencia de nuestras faltas (es como pedir permiso para entrar en misa). La Palabra ilumina nuestra historia de ahora mismo. La homilía nos ayuda a conectar lo que Dios dice con nuestras actitudes vitales. La oración universal recuerda aspectos no demasiado gloriosos de esta historia, pidiendo a Dios su ayuda. En el ofertorio, en el pan y el vino que presentamos, vemos simbolizada toda nuestra vida. y sobre todo, en la Eucaristía es nuestra vida concreta la que aportamos al sacrificio eucarístico de Cristo. Él se entregó hace dos mil años, de una vez para siempre. Ahora nosotros nos unimos a su entrega, nos introducimos en su movimiento pascual con nuestra existencia, con los éxitos y fracasos de la semana. En algún sentido "oramos la vida" y "celebramos desde la vida", porque dejamos que Dios la impregne y la llene de sentido.

Entramos a misa con la vida a cuestas, pero luego deberíamos volver a la vida con la misa a cuestas.

 

Del "yo" al "nosotros"

 

La celebración misma tendría que ayudar, no sólo a que cada uno se encuentre con el Señor Jesús, su Palabra y su donación eucarística, sino también a que vayamos creciendo en el sentido de Iglesia y de comunidad, local y universal.

Esta es una de las metas a largo plazo de nuestra pastoral litúrgica: ir creando el "nosotros" como conciencia y experiencia. Que dentro de la asamblea se sienta cada uno unido a los demás, que experimente la sintonía con la comunidad en el nivel parroquial, diocesano y universal, no sólo nombrando en cada misa al propio Obispo y al Papa, sino sintiéndose parte de la comunidad eclesial.

Ir creando el "nosotros" no significa tener que dejar el "yo": el "nosotros" no va contra la persona, sino contra el individualismo. Que crezca el sentido de pertenencia a la Iglesia local y la universal: "aquí pertenezco yo, me reúno con otros que también son cristianos, todos escuchamos la Palabra que Dios nos quiere dirigir, y participamos del don eucarístico que Cristo nos quiere hacer". Recordamos algunos medios para ayudar a pasar del "yo" al "nosotros":

a) crear un clima amable de acogida, ya desde el principio de la celebración, desde el ambiente del local hasta la cara y la monición de entrada del presidente: un clima humano afable, de respeto a todos y de interés por todos, también en el caso de los "ocasionales" que vienen a una boda o unas exequias;

b) dar prioridad en el conjunto de la celebración a lo que hace la comunidad; los que realizan ministerios -el presidente, el monitor, el encargado del canto, el sacristán, los monaguillos- que se note que están al servicio de la comunidad: no "sobre" ella ni "fuera" de ella, sino "dentro" de y "para" ella; cuidar, por tanto los cantos, las aclamaciones, los diálogos, las respuestas cantadas, la perfecta audición de las lecturas, la visibilidad, la imagen de los ministerios de laicos: que se sientan protagonistas, porque todos son el pueblo sacerdotal reunido para celebrar bajo la presidencia del que representa a Cristo;

 

c) que se manifieste que la Eucaristía que celebramos no se desentiende de lo que es la vida de estas personas y de la comunidad fuera de aquí; es verdad que celebramos el gran acontecimiento de la Pascua de Cristo, pero su Palabra y su comunión nos afectan en nuestra historia, en la historia de estos cristianos concretos; nombrar sus intereses, alegrías, preocupaciones y disgustos; que se note que el sacerdote ama a esta comunidad, que se interesa por ella; que existan momentos de conexión con las intenciones más urgentes de la parroquia, de la ciudad, de la diócesis, de la Iglesia y la humanidad; por ejemplo en el acto penitencial, en la oración de los fieles, en la homilía...

 

Decir "nosotros" sin mentir

 

Un filósofo del siglo XX, célebre por su despiadado cinismo, escribió que quien dice "nosotros", miente. Seguramente exageraba. Pero apuntaba a un peligro real: el de abusar del pronombre de primera persona en plural, cuando faltan las condiciones para que su utilización se corresponda con la realidad. Tal peligro acecha constantemente a nuestras celebraciones de la Eucaristía.

La celebración de la Eucaristía es una forma eminente de oración comunitaria. En ella, convocada por el Señor, una fraternidad cristiana se reúne en torno a su mesa para la acción de gracias al Padre común. Las oraciones aluden, además, con insistencia a la acción del Espíritu que hace unánimes a los que oran dejándose inspirar por él. Pero basta una mirada a nuestras asambleas para medir la distancia entre la realidad de unas personas dispersas por las naves del templo, que con frecuencia se desconocen y se ignoran y que casi siempre "producen" más una suma de oraciones privadas que una oración hecha en común, expresable en un "nosotros" verdadero.

Ya sé que, seguramente, si sólo pudiese celebrarse por personas que constituyen una comunidad verdadera, la Eucaristía sólo muy raramente podría tener lugar, y que la Eucaristía es un medio -el medio por excelencia- para la construcción de la comunidad cristiana. Pero, precisamente por eso, convendría que no nos resignásemos a esa distancia insalvable entre las palabras y nuestra realidad, que nos convierte en malos actores de una farsa.

Para evitar esa situación, la comunidad cristiana que se congrega habitualmente para la celebración de la Eucaristía debería proponerse como uno de sus objetivos prioritarios la creación de la fraternidad. Una celebración se prepara, mucho antes de su reunión en el templo, con el conocimiento de sus miembros, el trato fraterno y, sobre todo, con la comunicación de bienes y el amor y el servicio mutuos. ¿Sería exagerado decir que, para que haya verdadera Eucaristía, más necesario que el templo, los textos, los ritos y las mismas especies sacramentales es que entre los que la celebran nadie se sienta separado de otro hermano (Mt 5,23-25), nadie pase hambre mientras otros están hartos (1 Co 11,20-23), y que en una comunidad en la que hay pobres, estos ocupen el primer lugar (St 2,2-8)? Basta añadir la convicción de que en cada asamblea litúrgica se hace de algún modo presente la Iglesia entera para percibir las consecuencias revolucionarias a escala mundial que tiene orar en común, decir "nosotros" cuando oramos, procurando decirlo con verdad.

 

¿Sociedad anónima?

 

Una comunidad cristiana no debería ser una sociedad anónima. Deberíamos tener, los unos para con los otros, un nombre, una cara. O sea, conocernos.

Sobre todo los pastores y los que se dedican a la animación de la comunidad: no deberían ser unos extraños ni ellos para los fieles ni los fieles para ellos.

En la celebración, el Misal nos pone a veces en rojo una inicial: N. Que significa "nombre". Por eso pronunciamos el nombre del Papa, del obispo de la diócesis, del Santo del día, de los difuntos que recordamos de modo especial. Y podemos nombrar también alguna persona o acontecimiento.

Importante en el "memento de los vivos". Como lo hacemos en la oración universal. En los sacramentos del matrimonio, la confirmación, el bautismo, las ordenaciones o en las exequias, nombramos a los "protagonistas" de los mismos.

Lo mismo debería pasar en la vida, en el trato con los miembros de la comunidad. Deberíamos tratar de conocer a las personas, estar cercanos a ellas, saludar a todos. Jesús nos dijo que el buen pastor conoce a sus ovejas.

Y él miraba y saludaba á cada uno por su nombre (Pedro, Magdalena). Somos una comunidad, una familia, no una sociedad anónima.

 

 

Los que están y los que no están

 

En nuestra Eucaristía dominical experimentamos alegría por los que han acudido a ella y tristeza por los que no han venido. Esta ausencia, cuando es por enfriamiento o abandono de la fe, nos despierta una sensación de urgencia misionera: ¿dónde están los que tenían que haber venido, jóvenes o mayores? ¿qué hacemos para atraerles? ¿cómo les ayudamos a captar los valores del domingo? ¿ofrecemos una Eucaristía digna y alimentadora?

A veces es otro el motivo de estos vacíos: en las ciudades, por la dispersión veraniega o los fines de semana, se nota la falta de muchas personas, incluso comprometidas en la pastoral, que han ido a su segunda residencia o salen de viaje.

Los que no están. Pero a la vez, hay personas que se han quedado y acuden a la Misal dominical. Los que están.

Los que se han ido es de esperar que recuerden que también para ellos es domingo, y que allí donde van son invitados a participar de la misa, donde el Señor Resucitado nos da a todos su Palabra y su Eucaristía, y donde se confirma expresivamente nuestra pertenencia a la Iglesia universal. Los pastores de la comunidad de destino se supone que les acogerán y les ayudarán a integrarse en la nueva comunidad eucarística.

Los que se han quedado son también importantes: tienen todo el derecho a ser atendidos, a que la Eucaristía veraniega o de puente largo o de pueblo pequeño, aunque con menos personal, sea digna, cuidada, tal vez con menos ministros y ayudantes, pero con igual cariño y entrega pastoral. Un obispo al que le preguntaban cuántos iban a misa en su diócesis, respondió que eso le interesaba, pero que le preocupaba más cómo salían de Misa los que habían acudido. En la comunidad de origen o en la de destino, una Eucaristía bien cuidada es la mejor ayuda para que todos salgan con más esperanza y crezcan en su fe. Y seguramente también el mejor reclamo para que los alejados vuelvan algún día.

El Señor resucitado se aparecía tanto a 500 hermanos juntos como a siete que pescaban en el lago. Y además, como lo había anunciado ya con la parábola del Buen Pastor, salió en busca de los ausentes; por ejemplo los dos desanimados que dejaron la comunidad de Jerusalén e iban a "su chalet" de Emaús: les salió al encuentro y les recondujo a la comunidad. Un buen pastor atiende a los que se van, a los que vienen de otra parte, a los que se quedan, a los que vienen ocasionalmente. Como Cristo, el Buen Pastor.

 

 

Centrados en el Señor

 

Cuando el sacerdote dice a la comunidad: "El Señor esté con vosotros", su intención es bastante más profunda que la de dar inicio civilizado a una celebración: "El sacerdote, por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor" (IGMR 28). Toda nuestra celebración, ya desde el principio, se explica si estamos convencidos de la presencia invisible, pero viva y personal, del Señor Resucitado.

No sólo se nos hace presente, y se nos da como comida, en el pan y el vino consagrados. Ya antes se nos da como la Palabra viviente de Dios. Y antes aún está presente en su comunidad y en su representante, el ministro que preside.

Esta convicción da densidad a toda la celebración. Y también a su final. El sacerdote, antes de trazar sobre la comunidad la bendición conclusiva, recuerda de nuevo: "El Señor esté con vosotros". Aquí, evidentemente, no es un saludo: es la convicción de que el mismo Jesús nos bendice para que prosigamos nuestra vivencia de fe en el compromiso de la vida de cada día, uniendo celebración y existencia en la misma clave: la presencia del Señor.

Orígenes dijo: "Feliz la asamblea en la cual los ojos de todos están fijos en Cristo". No se trata de que miremos hacia un icono o hacia la cruz. Sino que celebremos la Eucaristía, desde la convicción de la presencia del Señor en medio de nosotros.

 

"El Señor esté con vosotros"

 

¿Cuatro saludos en una Misa? Alguno puede pensar que, aunque se han simplificado algunas repeticiones de la misa anterior -señales de la cruz, besos al altar- todavía quedan, por ejemplo, varios "saludos" repetidos, que en una misma celebración no parecen tener sentido. En efecto, cuatro veces se dirige el sacerdote a la comunidad diciendo "el Señor esté con vosotros", y otras tantas le responden los fieles "y con tu espíritu".

Pero este diálogo no es exactamente un saludo. Es un recordatorio de que el Señor Jesús, Resucitado, está realmente presente en la celebración. Cuando al principio el sacerdote saluda a los fieles, dice el Misal que "manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor" (IGMR 28).

Esto sucede cuatro veces, en otros tantos momentos de la celebración en que de un modo muy especial nos conviene recordar que lo que estamos haciendo lo hacemos bajo la presidencia y el protagonismo del Señor Glorioso.

a) Al principio de la Misa, el sacerdote recuerda a todos que Cristo está presente: "allí donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo", y que con él vamos a concelebrar la Misa. Los fieles le desean al presidente que también esté con él, con su espíritu: lo necesita para ser su representante.

b) Al ir a proclamar el evangelio, el sacerdote o el diácono vuelven a decir el diálogo: la palabra que va a sonar, después del Antiguo y del Nuevo Testamento, es la de Cristo Jesús, y en su nombre se proclamará y se escuchará.

c) Antes del prefacio, o sea, de la plegaria eucarística, presidente y comunidad se desean mutuamente la presencia del Señor porque esta oración central el presidente la proclamará para la comunidad en nombre de Cristo, el verdadero Sacerdote y Orante de cada Eucaristía.

d) y antes de la bendición final, de nuevo se repite "el Señor esté con vosotros", porque el sacerdote va a bendecir en nombre de Cristo Jesús, como cuando él, en la Ascensión, se despidió bendiciendo a los suyos. La comunidad recibe esta bendición de su Señor y Guía, transmitida por su ministro. Una bendición que quiere darle fuerza e ilusión para la vida.

Cuatro momentos educativos, que nos ponen de modo especial "en presencia de Cristo", el que en verdad preside, enseña, ora y bendice. Cuatro diálogos que hacen humilde al presidente, recordándole que actúa como sacramento de Cristo, y que dan profundidad de fe a la comunidad, porque se ha reunido para celebrar con Cristo el don de su Eucaristía.

 

 

La doble mesa y sus consecuencias

 

Uno de los aspectos de la Eucaristía que, cuando se descubre, produce más provecho espiritual es la dinámica relación que hay entre la escucha de la Palabra y la celebración del sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, la doble mesa a la que Cristo nos invita en su Eucaristía.

Es famoso el pasaje en que Orígenes (+254) urge a que se ponga tanto empeño en no perder nada de la Palabra como el que se pone en no perder nada del pan consagrado de la Eucaristía: "Los que soléis tomar parte en los divinos misterios sabéis con cuánto cuidado y reverencia guardáis el Cuerpo del Señor cuando os es entregado, no sea que alguna pequeña migaja de él pudiera caer al suelo, pudiendo perder alguna pequeña parte de aquel don santificado. Con razón os sentiríais culpables si por vuestra negligencia cayera al suelo cualquier fragmento. Pues bien, si con razón dais muestra de tal cuidado en guardar el Cuerpo del Señor, ¿podéis pensar que sería menos culpable cualquier descuido en guardar su Palabra que en guardar su Cuerpo?" (Homilía sobre el Éxodo 13,3).

El Concilio Vaticano II, con una comparación que pareció atrevida a bastantes de los padres conciliares, dijo: "La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo. Pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a los fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (DV 21).

Esta expresión compara la escucha de la Palabra al comer: primero nos dejamos alimentar por Cristo y comulgamos con él como Palabra, para luego, preparados de este modo por él mismo, comulgar eucarísticamente con su Cuerpo y Sangre. Primero "por la palabra de Cristo el pueblo de Dios se reúne, crece, se alimenta" (OLM 44), al escucharla con veneración y acogerla en sus vidas. Luego, el mismo Cristo se nos da como Pan y Vino que fortalece nuestra vida: "los fieles han de tener la convicción de que hay una sola presencia de Cristo, presencia en la Palabra de Dios, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla, y presencia, sobre todo, bajo las especies eucarísticas" (OLM 46).

Nuestra formación nos ha llevado a una valoración casi exclusiva de la segunda parte, la eucarística. Sin disminuir ni un ápice este aprecio, ahora hemos recuperado la valoración de la Palabra. Debemos hacer lo posible -presidente, lectores, músicos, monitores, sacristanes- para que la comunidad cristiana vaya apreciando más el alimento de la Palabra. La manducatio spiritualis nos prepara para que la manducatio sacramentalis sea más fructífera. Ya Juan 6 pasaba dinámicamente del "creer" al "comer y beber", y en ambos momentos prometía el fruto de la "vida".

Distinguir el lugar de cada "mesa" (el ambón y la sede para la Palabra, el altar para la Eucaristía), cuidar la proclamación expresiva de las lecturas y la recitación o canto del salmo, tomar en serio el ministerio de la homilía, no como independiente, sino como servicio a las lecturas proclamadas, expresar visiblemente el aprecio a la Palabra, con un cierto paralelismo con lo que hacemos en torno a la Eucaristía (el libro digno, el ambón adornado y reservado a su proclamación, las aclamaciones al evangelio): todo podrá ayudar a que los ministros que están delante (¡ellos los primeros!) y toda la comunidad den la importancia debida a esta primera parte de la Misa en que Cristo- Palabra-Maestro se nos comunica. Y así, no sólo lo reconoceremos en la fracción del Pan, como los de Emaús, sino que sentiremos cómo va ardiendo nuestro corazón cuando nos proclama las Escrituras.

 

Celebrar la Palabra

 

Celebrar la Palabra es más que oírla o escucharla. Es acogerla como acontecimiento siempre vivo y nuevo: Dios Padre, aquí y ahora, a través de esas páginas de Isaías o de Mateo, y por la voz de este lector o lectora, nos está dirigiendo su Palabra.

La Palabra que nos dirige Dios es su mismo Hijo, Cristo Jesús, la Palabra hecha hombre, que en las lecturas bíblicas ya nos está realmente presente y se nos da como luz y alimento de nuestra vida.

Completando el protagonismo de Dios Trino, el Espíritu Santo, el que inspiró a los autores sagrados, es también quien hace que ese pequeño hecho, que puede parecer muy sencillo -un lector que proclama y una comunidad que escucha- tenga aliento vital y se convierta en acontecimiento salvador.

Todo esto debe llevamos a actitudes muy concretas:

 a) por parte de la comunidad, a una escucha atenta y dócil;

b) por parte de los lectores, al compromiso de preparación y de lectura expresiva;

c) por parte del presidente, a una actitud de respeto (él no es el dueño) y de escucha (ha de aparecer como oyente, antes que como maestro en la homilía).

Todavía puede mejorar mucho la primera parte de la misa: la celebración de la Palabra que Dios nos dirige, de modo que no produzca sólo el 30%, sino el 100% de fruto.

 

Conocer y vivir la Palabra

 

En un reciente encuentro sobre la misa, al tocar el tema de la liturgia de la Palabra, se decía que uno de los problemas fundamentales era el poco conocimiento que normalmente se tiene de la Escritura, la poca proximidad vital: la lectura y asimilación de la Palabra de Dios no constituye un elemento permanente de la vida cristiana.

Y se comparaba con los protestantes, que la leen, la hablan, la predican largamente, la estudian...

"No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". La respuesta de Jesús a la primera tentación es una llamada a tomarse en serio la Palabra como punto de referencia básico de la vida: una llamada a conocerla, a vivirla, a alimentarse de ella.

Habría que decirlo a menudo: el cristiano tiene que sentir la Palabra como algo muy propio, muy próximo, muy vital. Leerla, rumiarla, comentarla en grupo. Y la parroquia o la zona podría ofrecer ayudas para aprender a hacerlo.

 

Silencio: resuena la Palabra

 

Los libros litúrgicos expresan bien qué valor tiene el silencio en la celebración cristiana (cf. IGMR 21.32; IGLH 201).

A veces nos sirve para "concentramos en nosotros mismos", como en el acto penitencial, en que nos presentamos ante Dios como personas débiles necesitadas de su ayuda. O para "reflexionar brevemente sobre lo que hemos oído", como después de las lecturas o de la homilía. O para "alabar a Dios en nuestro corazón y orar", como después de comulgar: cuando acabamos de recibir a Cristo como alimento de vida, es un momento para hablar interiormente con él y dejamos llenar de su presencia.

Cuando el sacerdote nos invita a orar ("oremos"), nos deja unos momentos de silencio para hacernos "conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente nuestras súplicas". En la oración de las Horas -por ejemplo, al final de los salmos- el silencio nos ayuda a "lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones".

Un silencio así puede ser como el alma de la celebración. Desde el silencio es como mejor escuchamos la Palabra. Desde el silencio es como mejor decimos nuestra palabra.

 

 

Que re-suene

 

Proclamar la Palabra de Dios, en la celebración litúrgica, es algo más que un ejercicio de lectura o de formación permanente. Se trata de "celebrar" esa Palabra, de entrar en su dinámica, de comulgar con Cristo Palabra: que no sólo suene, sino que llegue a re-sonar en el interior de cada oyente.

Jesús comparó la Palabra con la semilla: tenemos que colaborar a que produzca no sólo un 30%, sino un 100% de fruto. Los discípulos de Emaús, además de reconocer al Resucitado en la fracción del pan, dijeron que ya habían sentido cómo ardía su corazón cuando les explicaba las Escrituras.

¿Podemos sentir nosotros cómo se calientan los ánimos de los presentes -empezando por nosotros mismos- cuando proclamamos la Palabra revelada?

Isaías comparaba la palabra a la lluvia que desciende sobre el campo, lo fecunda y le hace dar fruto: ¿se puede decir otro tanto de cómo se realiza, en nuestras celebraciones, la liturgia de la Palabra? En el libro de Nehemías (8,1 ss) se cuenta que el pueblo se emocionó y lloró cuando los catequistas les explicaron la Palabra de Dios, porque la entendían y se dejaban interpelar por ella. No hace falta que los fieles de nuestras misas dominicales se pongan a llorar ni aplaudan de entusiasmo cada vez. Pero ¿de veras colaboramos, todos los que realizamos algún ministerio o servicio, a que la comunidad cristiana se deje iluminar y alimentar por la Palabra viva de Dios?

 

Escuchar

 

No deja de ser verdad que cada época tiene su propio vocabulario y acentúa determinadas actitudes en la forma de vivir cada hecho o cada situación. Esto también ocurre por lo que respecta a la liturgia. Por eso, en nuestro tiempo, en que se ha considerado necesario insistir en la "participación activa" de los fieles en la liturgia, se recuerda con frecuencia todo lo que se debe hacer. Y eso es positivo.

No obstante, para no caer en una inevitable ley del péndulo, conviene que no olvidemos nada cuando digamos "qué debemos hacer". Por eso es bueno recordar que al final del n. 30 de la Constitución de Liturgia, como quien no quiere la cosa, se indica: "Debe guardarse también a su debido tiempo un silencio sagrado".

Así pues, la cuestión es cómo traducimos de una manera comprensible esta "participación" desde el silencio. Quizás, en este contexto, una forma clara de responder a la pregunta que con frecuencia se plantea sobre "qué debo hacer cuando voy a misa" sería esta tan elemental: "¡Escuchar!".

En realidad, la primera actitud del cristiano que participa de una acción litúrgica es la de escuchar, la de saber escuchar, la de poner todos los sentidos -valga la expresión- en la escucha. De ahí irán tomando sentido las demás formas de actuar.

Nos hemos acostumbrado tanto a decir: "¿Queréis hacer el favor de escucharme?", que nos cuesta de decir: "Por favor, hablad, que os escucharé". Es cuestión de conversión. Es cuestión de entender que debemos entrar en la liturgia dispuestos a escuchar, a escuchar la voz de Dios, a escuchar a la Iglesia orando a su Señor, a escuchar la voz del Espíritu para dejarse llevar por él hasta lo más íntimo del misterio de la liturgia.

Sólo aquel que, desde la fe, escucha con todo el corazón, podrá cantar, dialogar, responder con una fe activa para participar a fondo en la acción santa a la que está incorporado. Escuchemos, pues. Lo demás se nos dará por añadidura.

 

En aquel tiempo... hoy

 

A algunos les resulta extraño que, cada vez que proclamamos el evangelio, comencemos diciendo: "En aquel tiempo...". Les parece que con ello se quita actualidad a su mensaje. Pero no es así. Ante todo, porque el misterio de Cristo se hace presente y se realiza cada vez en nuestra celebración. El Jueves Santo, la oración sobre las ofrendas dice: "Cada vez que celebramos este memorial de la muerte de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra redención".

Y luego porque, como Palabra viva de Dios, es Palabra siempre presente. Y su hoy está también en la homilía: hoy, entre nosotros y para nosotros, actúan las palabras de Cristo que sonaron hace dos mil años. Es lo que sucedió cuando Jesús se levantó, en la sinagoga de su pueblo, para leer el pasaje de Isaías y pronunciar su primera homilía. Las palabras del profeta eran: "El Espíritu del Señor sobre mí... Me ha enviado a proclamar un año de gracia...". Esa era la lectura, una palabra antigua. Y entonces llegó la homilía de Jesús:

"Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy".

Los cristianos no escuchamos el evangelio como una historia pasada. Dios nos lo dice hoy aquí a cada uno. La escritura pasa a ser palabra viviente. Cada uno se lo aplica en su interior. Y, además, el presidente, en su homilía, ayuda a todos -empezando por él mismo- a dejarse interpelar por él y a traducirlo en vida.

 

Hablar de los hombres a Dios

 

Un momento muy expresivo en que el pueblo cristiano ejercita su sacerdocio bautismal, es cuando en la misa intercede ante Dios por la Iglesia y la humanidad. Los cristianos hacemos de mediadores -sacerdocio significa mediación- entre Dios y la humanidad, sobre todo en la oración universal o de los fieles.

Hay otros momentos en que pedimos a Dios por nosotros mismos, cosa que también es legítima. Por ejemplo, en las preces de la hora matutina de Laudes. Pero aquí, después de la liturgia de la Palabra, es como si le dijéramos a Dios: que esta salvación que nos han anunciado las lecturas bíblicas, llegue de verdad a nuestra historia, a todos nuestros contemporáneos. Es una oración por los demás, sobre todo a favor de la paz, de la justicia, por los que están sufriendo y han fracasado en la vida. O sea, a favor de los débiles. Que eran también los preferidos de Jesús.

Toda la asamblea dirige la palabra a Dios, respondiendo a las intenciones que se le proponen con una invocación: esta respuesta del pueblo cristiano es precisamente lo principal. La "oración de los fieles" no son tanto las intenciones que se formulan, que son a modo de monición o sugerencia, sino la respuesta de la comunidad.

En los momentos en que nos dedicamos a la catequesis o a la evangelización, hablamos de Dios a los hombres. En esta oración universal podemos decir que hablamos de los hombres a Dios.

 

Te damos gracias

 

La plegaria eucarística II es, seguramente, la más frecuente en las celebraciones actuales. Los días feriales, porque es breve, y parece adecuada a la simplicidad de la celebración... y los domingos, porque es breve, y compensa el tiempo de la homilía. Esta ironía inocente -no demasiado alejada de la realidad, quizá- no es ningún menosprecio para este texto venerable.

Precisamente quiero subrayar uno de sus valores que me parece particularmente importante y exclusivo.

En el interior de la anámnesis están estas palabras: "Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia" (gratias agentes quia nos dignos habuisti astare coram te et tibi ministrare). ¡Es magnífico! Nuestra condición de miembros de la asamblea eucarística, y de ministros de la Eucaristía, es considerada un motivo de acción de gracias en este momento central de la plegaria. Hay otra interpretación o matiz: hacemos la acción de gracias en tanto que Dios nos ha hecho dignos de servirlo en su presencia.

En ambas interpretaciones, especialmente en la primera que es la más clara en nuestra versión, está la afirmación de la alegría de la asamblea y de los ministros. Y esto es lo que me parece particularmente valioso de este texto. Recitarlo como sacerdote que preside la asamblea eucarística es una invitación a tomar conciencia cada vez del don del ministerio, con acción de gracias; es una manera muy simple de hacer cada día lo que san Pablo recomendaba a Timoteo: "Avivar la llama del don de Dios".

Situados ante el Padre, delante del misterio del Cuerpo entregado y la Sangre derramada bajo las especies del pan y el vino, con los ojos de la fe fijos en el misterio pascual de Cristo, lo ofrecemos unidos a su ofrenda, con acción de gracias. Y toda la asamblea, por su parte, participa de esta actitud de alegría y acción de gracias por ser pueblo sacerdotal, unido a la misma ofrenda.

 

La plegaria eucarística: la gran desconocida

 

Me he pasado unos cinco meses leyendo, preguntando -conversando-, reflexionando sobre la relación, sobre la imbricación, entre misa dominical y vida personal …

 Cuando uno se sumerge en una situación así -especialmente durante las semanas de redacción intensa- cosas que ya uno probablemente sabía, sobre las que incluso quizá había escrito algo, adquieren mucha más fuerza, más profundidad. Y eso es lo que me ha ocurrido sobre todo respecto a la parte central, fundamental, de la misa que sin embargo me temo que sea la gran desconocida.

Me refiero, claro está, a la plegaria eucarística. Al intentar explicar -desde distintos puntos de vista-la importancia vivencial de la misa para el cristiano normal, he chocado una y otra vez con este hecho: el general desconocimiento sobre lo que es, sobre lo que dice-y cómo lo dice- esta plegaria central y decisiva de la misa. ¿Cómo hablar, por ejemplo, de la misa como oración fundamental en la que el cristiano debe sumergirse si lo que es más oración, oración más honda, es algo que a la mayoría de asistentes les parece algo ajeno, algo durante lo cual no se sabe qué hacer, qué pensar? Contentarse con introducir un par de aclamaciones durante la plegaria no soluciona un problema que es, sobre todo, de desconocimiento.

Desconocimiento de su estructura, de su sentido, de sus expresiones.

Desconocimiento que, me temo, parecen compartir bastantes sacerdotes celebrantes (por ejemplo, cuando casi nunca se habla de ella, expresivamente, en la homilía). Expresivamente, digo, porque no basta con referencias que apenas comunican nada concreto (limitarse a "ahora vamos a hacer la acción de gracias" o "el memorial", etc.)

De hecho, la mayoría de cristianos que van cada domingo a misa no ha leído nunca el texto de las plegarias eucarísticas. O desconocen el carácter esencial que en ellas tienen las invocaciones al Espíritu Santo. O el engarce que, en el interior de la plegaria y no como un paréntesis, tiene la narración de lo que Jesús realizó en la última cena. ¿No requeriría todo ello un esfuerzo especial de catequesis o, mejor dicho, una constante presencia en todo el lenguaje cristiano? ¡Tampoco es tan difícil! (

 

Entre dos "Amén"

 

En la misa hay dos Amén con una significación muy especial: uno es el Amén que cierra la plegaria eucarística; el otro, el Amén que pronuncia cada fiel cuando el ministro le muestra la Eucaristía, antes de la comunión: "el Cuerpo de Cristo, la Sangre de Cristo". Cada uno de estos Amén tiene una propia peculiaridad. El primero es un Amén de toda la asamblea, una rúbrica que esta pone a la plegaria sacerdotal. San Justino, en el año 150, ya la cita, y los Santos Padres, siglos después, dicen que sonaba en sus iglesias, ¡como un trueno...! El segundo, en cambio, es un Amén individual, de cada fiel. Este lo pronuncia, respondiendo a las palabras del ministro, antes de comulgar.

Al margen de esta diferencia, existen no obstante unas coincidencias importantes: el fiel que dice Amén en el momento de comulgar, ha dicho también el Amén, con los demás, en la conclusión de la plegaria. Más aún, los dos Amén se refieren a la Eucaristía: uno al ofrecimiento y doxología, el otro a la comunión eucarística.

Con estas comparaciones -coincidencias y diversidades- llegamos a una conclusión que podemos formular así, imitando el lenguaje de san Agustín: estos dos Amén son dos actitudes de los fieles en la confesión de la fe de la Iglesia y en la participación en la Eucaristía. Las dos son importantes, las dos son necesarias para una profesión y una participación completa. El Amén común recibe su riqueza vital de los Amén particulares, y el Amén particular no tendría valor si no fuese participación del Amén común.

 

El Amén de la Iglesia

 

Expliquémoslo. El Amén es el acto de fe concentrado. Es por excelencia la respuesta fiel a la Palabra de Dios. Cuando la Iglesia dice Amén, lo dice como Iglesia, como Cuerpo de Cristo, Esposa fiel, movida por el Espíritu que la habita como un Templo. Este Amén de la Iglesia es más que la suma de los Amén de cada uno de los fieles presentes: es el Amén de la Iglesia extendida de Oriente a Occidente, desde los Apóstoles hasta nuestros días, la Iglesia del pasado, del presente y del futuro. Por eso es hermosa la comparación de los Padres con el trueno que resuena: el Amén de la Iglesia resuena por las hondanadas de la historia y más allá. Pero cuando una asamblea concreta pronuncia este Amén, la intensidad fiel de los que están allí presentes la enriquece con su aportación. El Amén de la Iglesia es profesado y visibilizado con la fuerza y la vitalidad que le da aquella iglesia en concreto. Permitidme una comparación: la fuerza eléctrica que utilizamos en el hogar es la misma en todas las habitaciones, están igualmente iluminadas, pero eso depende de la potencia de cada lámpara: en un caso será 100, en otro 40...

Cuando pronunciamos o cantamos el Amén final de la plegaria eucarística es el momento de fundirnos todos en una misma profesión de fe y aclamación. Y esto es una participación real en la Eucaristía, pues con este Amén proclamamos que la gran plegaria de acción de gracias que ha recitado el sacerdote -y en cuyo interior él, en la persona de Cristo, ha repetido el gesto y las palabras de la cena, eficaces por la fuerza del Espíritu Santo- lo es también de toda la asamblea, como se ha dicho en la misma plegaria: "nosotros, tus siervos, (los sacerdotes) y todo tu pueblo santo". Con este Amén proclamamos que la Eucaristía no es un bien particular, individualista, sino el bien común espiritual de toda la Iglesia, como decía hermosamente santo Tomás de Aquino.

Alguien dice que si en una misa no se comulga, es mejor no asistir a ella, la participación no tiene sentido. Cuidado con estas afirmaciones. Unirse a la acción de gracias de la Iglesia, a la ofrenda del sacrificio, a ratificar todo esto con el Amén, ya es una forma real de comunión, aunque no sea la plenitud de la comunión eucarística.

 

El Amén de cada fiel

 

Pero la Iglesia, la Eucaristía, los sacramentos, no son únicamente un hecho comunitario: son también, inseparablemente, un hecho individual. La comunidad no sustituye al individuo de su responsabilidad, no destruye o difumina su personalidad. Cuando se bautiza a una persona, se le pregunta individualmente si cree, y se le bautiza también individualmente, a él, con su nombre. Cuando se celebra la Eucaristía, es cada fiel quien se acerca o no a comulgar y que pronuncia su Amén, no independiente del de la Iglesia, sino participado del de ella y vivido en ella. Y el fruto de la Eucaristía depende, en último término, de las disposiciones de cada uno -de la verdad y la intensidad del propio Amén- aunque el conjunto de la celebración ayude eficazmente a estas disposiciones. Es la dinámica de la salvación cristiana: la obra redentora de Cristo es participada por cada uno, por la fe y por el sacramento, en la Iglesia.

También así se explica aquella orientación que da el Concilio cuando dice que, en principio, debe preferirse la celebración común de los sacramentos, cuando su naturaleza lo permite. Celebración común y con participación no quiere decir necesariamente celebración con diversos sujetos -bautizos con muchos niños, unción con muchos enfermos, penitencia con muchos penitentes sino celebración que manifieste su carácter de acción eclesial, en la que no sólo se siga el ritual previsto en los libros de la Iglesia -¡esto ya es importante!- sino que se procure que los presentes entren en la celebración haciéndola visiblemente suya.

Así es, pues, como entre dos Amén aprendemos, cada vez que participamos en la misa, en qué consiste el dinamismo de nuestra vida cristiana. Un Amén lo cantamos, el otro lo recitamos en voz baja pero suficiente para que se oiga.

Un Amén nos anticipa la alabanza celestial, donde resuena -dice el Apocalipsis- el Amén perenne. El otro nos acompaña durante la vida presente, en el camino de cada día, y tendrá su punto final en el Viático, en el momento de nuestra muerte. "Amén. ¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20).

 

María, modelo de celebrantes

 

A lo largo del año, el recuerdo de la Virgen María, la Madre de Jesús, nos puede ayudar a celebrar la Eucaristía con una actitud más consciente. Ella es un buen modelo para la comunidad eucarística:

- supo estar con la comunidad,

- escuchó y obedeció a la Palabra,

- alabó con entusiasmo a Dios con el Magnificat,

- permaneció firme al pie de la cruz, uniéndose con su propia ofrenda al sacrificio pascual de su Hijo,

- y fue la persona que más en comunión estuvo con él.

 

¿No son precisamente estas las actitudes de la comunidad eucarística: reunión de la asamblea, escucha de la Palabra, alabanza gozosa a Dios, ofrenda del sacrificio de Cristo y autoofrenda de nuestra vida, comunión con él? Nuestra devoción mariana tiene un cauce estupendo también en nuestra celebración dominical o diaria de la Eucaristía. (

 

La Eucaristía interpela nuestra vida

 

Nuestra Misa no puede quedar encerrada en sí misma. No se puede entender el "podéis ir en paz" como una ruptura con lo celebrado o como un sedante para que salgamos a la vida con ánimo tranquilo, como si no hubiera pasado nada.

Cada Eucaristía es don de Dios ya la vez "juicio". Por eso Pablo (1 Co 11) acusa fuertemente a los cristianos de Corinto de que no han entendido lo que Cristo pretendía al dejarnos este sacramento como herencia. Si no sacan consecuencias para la vida, si no hay fraternidad, si "desprecian a la comunidad" y "avergüenzan a los pobres", no se puede decir que hayan celebrado "la cena del Señor". Más aún: llega a decirles que esas celebraciones "les hacen más mal que bien" y les dejan tan enfermos o muertos como estaban.

La Misa no pretende sólo consolarnos y alimentarnos a nosotros. No sólo nos tiene que unir "verticalmente" con el Señor Resucitado, que nos comunica su vida, sino también "horizontalmente" con los hermanos y con toda la humanidad. Ya que hemos comido al "entregado por" nosotros, hemos de ir mejorando en nuestra actitud de "entregados por" los demás y crecer en nuestra capacidad de comunión, de solidaridad, de trabajo por la justicia. En este sentido, la Eucaristía es más incómoda y "provocativa" de lo que nos puede parecer a primera vista.

 

 

Eucaristía que se traduce en vida fraterna

 

La liturgia tiene que aterrizar también en la vida de cada día. En la vida fraterna, en el nivel doméstico de nuestras familias y comunidades, y en el más universal de las relaciones eclesiales y sociales.

Es muy hermoso que hagamos genuflexión ante el sagrario. Pero no lo es menos que hagamos genuflexión ante los hermanos, ante el prójimo, respetándoles y amándoles como a Cristo mismo.

Es muy interesante que prestemos suma atención a la Palabra de Dios cuando nos es proclamada. Pero también tiene importancia prestar atención a lo que nos dicen los demás.

Está muy bien que asumamos a veces el papel de sacristanes voluntarios y ayudemos espontáneamente a llevar y retirar del altar lo que se necesite. Pero también es conveniente que nos acostumbremos, por ejemplo, a levantarnos de la mesa para traer y llevar lo que haga falta.

Es muy litúrgico celebrar por todo lo alto las fiestas del calendario que gozan de la categoría de solemnidad. Pero tampoco desentona en absoluto celebrar con la correspondiente fiesta y detalles fraternos los cumpleaños y onomásticos de las personas que nos rodean.

Está bien que todos nos sintamos pecadores a la hora del acto penitencial al comienzo de la misa. Pero eso nos debe llevar a saber pedir perdón puntual y personalmente cuando hemos faltado al hermano.

Es nuestro deber alabar a Dios y cantar su gloria. Pero también podrían mejorar nuestros comentarios en relación con las personas, sobre todo si no nos caen demasiado bien.

Seguro que ponemos cuidado en respetar todas las normas de la buena celebración litúrgica. Pero tendremos que cuidar también las normas del trato fraterno, y de la buena educación.

Aprovechemos todo el margen de creatividad pastoral que permiten los libros litúrgicos para animar las celebraciones. Y luego, aprovechemos también todas las posibilidades que brinda el sentido común y el amor a los demás para animarles cuando están pasando por horas bajas.

Cuando entonemos el aleluya, cantémoslo con entusiasmo. Pero luego, que se note en la vida que no tenemos una visión pesimista, sino pascual, de los acontecimientos y de las personas.

Antes de ir a comulgar nos damos fraternalmente la paz, y no parece costarnos mucho. Pero luego a lo largo de la jornada deberíamos traducir ese gesto en un esfuerzo eficaz por crear un espacio de paz y reconciliación a nuestro alrededor...

 

Cuadro de texto: La comunidad
celebrante